miércoles, 2 de mayo de 2007

5 de noviembre






Mis amigos se han perdido. Han partido en distintas direcciones, caminando, en bus, en tren, ni siquiera dos de ellos han seguido el mismo rumbo. Una generación completa envuelta en el extraño curso del destino de unos pocos. Describir cada lugar sería largo y tedioso, además de inútil. Cada uno sabe, a ciencia incierta (como todo arte de respeto), que de un lugar reaparecen cuatro más, de esos cuatro, otros cuatro, y así, hasta llegar al infinito. El mayor viaje se da en el mismo sitio físico ya que implica (necesita, requiere) movimiento de otro tipo. Es así como me encuentro una vez más en esta plaza, esperando aquella chica del saludo opaco. Me detengo, miro, observo detenidamente, las parejas, las palomas, el pequeño césped (seco en la mayor parte, aunque es invierno), "tal vez sean las heladas", concluyo en alta voz, vuelvo a caminar en círculos, pregunto la hora, me comienzo a poner nervioso y me relajo casi de inmediato. Busco arbustos altos ya ocupados por otras parejas, busco algún rincón oscuro y apartado. Bebo sorbos de tequila hasta que la veo aparecer detrás de un árbol. Trae un cuaderno en una mano, un cigarrillo casi terminado en la otra. Me pregunta si lo traje, antes del saludo acostumbrado. ¿Lo trajiste?, y antes que yo diga nada, me da un beso apasionado, me aprieta contra ella, me acaricia y gime como loca. Tres botones desgarrados en su blusa, un seno a punto de escapar, mis manos en sus nalgas y el rumbo natural hacia la intimidad.


Ya no sé a qué se refería, tal vez a ese poema que le prometí la última noche, cuando estábamos tumbados entre las botellas y ella me entregaba lenguetazos generosos sobre la verga. Tal vez era otra cosa, una invitación al cine, un libro, otro paseo. lo cierto es que repetimos cada acción, como un rito mal acostumbrado, bajó mis pantalones con cuidado, su lengua comenzó haciendo círculos y yo me entretuve en versos cálidos, ardientes, que algún día escribiría para ella, algún día...