lunes, 22 de octubre de 2007

“Los escritores somos delincuentes de cuidado”. Entrevista a Roberto Bolaño

por Miguel Calçada
El Periódico. 12.05.2003







Roberto Bolaño, el autor de historias tan intensas como Estrella distante o Los detectives salvajes, aparece como si viniera de cortar flores, respirar el tibio aire de la playa o de haber estado leyendo toda la mañana novelas policiales. Le pregunto si quiere beber algo, responde "sólo café". Se sienta, deja un par de libros sobre la mesa y le pregunto por los autores: "Ellroy, maestro, Fonseca, no está mal". Aún confunde al aire con un par de frases sobre fútbol, vino y cigarrillos. Ama hacerse el chico rudo, pero en el fondo es un buen muchacho, y él lo sabe...



¿En qué piensa cuando no está escribiendo?
En lo que acabo de escribir, o en lo que voy a escribir.

¿Nunca tiene pensamientos impuros, violentos, descabellados?
Todo el tiempo. La mayoría de mis pensamientos corresponden a una de esas tres categorías que acabas de nombrar. El resto pertenece a categorías aún peores, innombrables. Si dijera lo que realmente pienso, me tomarían preso, o me encerrarían en una clínica de orates. Vamos, estoy seguro que con todo el mundo ocurriría igual. La diferencia en mi caso es que los impulsos sádicos los refrena la ficción, la escritura.

¿Qué pasa con los otros, con los que no tienen acceso a tal posibilidad?
Nadie verbaliza, al menos no tan fácilmente, los “pensamientos últimos”, aquellos que no reconocemos como propios ni estando solos frente al espejo. ¡Qué digo, mucho menos frente a un espejo! Nadie es tan demente, sólo los dementes, como para hablar en público con la verdad, me refiero a la pura y santa. Eso pasa, habitamos un mundo de ficción donde en el fondo todos somos escritores: elidimos, ocultamos o mentimos derechamente, nos justificamos al llegar tarde a nuestro hogar, inventamos historias, algunas francamente ridículas, no le decimos a la chica del frente que queremos llevarla a la cama, que su culo es una obra de arte, etcétera; hay códigos, ilusiones y mentiras. Todos caemos en una de estas “especialidades” al comunicarnos.

¿No cree posible escapar de estos pensamientos?
El instinto asesino, por nombrar una de las posibles variaciones, entre muchos otros instintos, es intrínseco al ser humano. Van de la mano: hombre y muerte, hombre y crueldad, hombre y pólvora o cuchillo, hombre y sangre. No es agradable, pero sí muy cierto.

Para usted es más sencillo...
Quizás... Como te decía, tal vez para los que nos ejercitamos en el oficio de la ficción y la escritura nos resulte más sencillo aminorar esta pulsión. Después de todo, asesinamos las veces que queremos; violamos, robamos, incendiamos, escapamos, morimos y resucitamos tantas veces como se hace necesario, y a nuestro regalado gusto.

¿Jamás, esta pulsión, pasó de la ficción a la realidad?
Salvo honrosas y muy tenues excepciones, no. Me pregunto qué habría pasado conmigo si me hubiese tocado vivir en las barriadas, soportando toda aquella pobreza, suciedad, perversidad y violencia explícita y continua. En lugares así la presión aumenta y el instinto se torna incontenible. Un día cualquiera simplemente se toma un cuchillo y se clava en el cuerpo del primer desafortunado que se cruza por delante.

Al parecer aquella realidad no tiene otra salida...
Hay ocasiones, sitios o contextos en los que la violencia, y por lo tanto el asesinato, el súmmum en un acto de violencia extrema, no tiene más posibilidad que hacerse tangible, presente, real.