lunes, 17 de mayo de 2010

Una energía que no todos pueden seguir

por Guillermo Fadanelli
Babelia (dossier). 14.04.2007










Hace apenas unas semanas llegué a Berlín, donde permaneceré un año. Para el viaje dispuse de 50 libros que habrían de acompañarme en la aventura: ensayos, novelas que acumulan sobre sí varias lecturas, relatos de escritores alemanes (para ejercer la hipocresía) y ninguna obra de Roberto Bolaño. Mis amigos que a su vez son escritores mexicanos discuten acerca de Bolaño, a unos les parece que se ha hecho una tormenta en un vaso de agua, es un buen escritor dicen, pero nada más. En cambio, otros lo consideran un Dios de talento no sólo evidente, sino indiscutible. Aunque he leído buena parte de la obra del escritor chileno me he mantenido fuera de la contienda. ¿Con qué se queda uno después de leer una novela? Acaso con un vaso roto y un conjunto de maldiciones, nadie lo sabe. Yo creo que Bolaño era un gran escritor: incontenible en su producción e impredecible en sus historias. Además es simpático, es decir, que su relatar tiene gracia, humanidad. Cuántos escritores conocemos sin una sola de gota de gracia. ¿Los contamos? No acabaríamos en varios días. Me sorprende de varios escritores su furia narrativa: no saben detenerse. Me imagino que también le sucedió a Bolaño, pero su caso es distinto porque casi siempre salió bien librado. ¿A qué se debe eso? Ojalá lo supiera, pero sospecho que su poder de fabulación extraordinario sumado a un talento para hacer de cualquier hecho un acontecimiento narrativo lo ponen del lado de los buenos. Los detectives salvajes me parece por mucho una obra más que importante, pese a que me arrastré para llegar a la última página. Y es que Bolaño tiene esa energía de escritor-niño al que no todos pueden seguir. Y bueno, el entusiasmo se acaba: en sus relatos me siento bastante más cómodo, pero menos emocionado.

La discusión a la que aludí líneas atrás no tiene mayor sentido: cuando un escritor va más allá del mero oficio de narrar y crea un mundo desconocido, imposible, capaz de hacer de la imaginación de sus lectores un campo de batalla, estamos frente a un escritor de verdad. Y Bolaño lo era de sobra. (Ahora bien, mis cincuenta libros son intocables).