miércoles, 28 de abril de 2010

En Tokio presentaron la primera versión en japonés de "Los detectives salvajes"

EFE. 23.04.2010


Invitación del Instituto Cervantes de Tokio a la presentación



El Instituto Cervantes de Tokio presentó este viernes la primera versión en japonés de Los detectives salvajes, junto con sus dos traductores, que hallaron en el lenguaje soez y la diversidad de registros que utiliza Roberto Bolaño la mayor dificultad en su trabajo.

Takaatsu Yanagihara y Kenji Matsumoto, los traductores al japonés de la que es la obra más aclamada del chileno, junto con la póstuma 2666, reconocieron que las acepciones de homosexual que utiliza el personaje Ernesto San Epifanio, en Los detectives salvajes, como "loca" o "maricón", fueron la parte más difícil del proceso de traducción.

"Tuve que realizar un profundo proceso de investigación para dar con las palabras adecuadas en japonés, pero lo pasé muy bien traduciendo palabras soeces pese a los problemas con los editores", indicó Yanagihara, traductor además de Alejo Carpentier.

Para Matsumoto, la obra de Bolaño, fallecido en 2003 a los 50 años de edad, es de una gran riqueza lingüística, ya que se vale de muchos tipos de habla en castellano, desde el que utiliza un joven en México hasta la de un español. En este sentido, Matsumoto, responsable de la primera traducción de Bolaño en Japón, Llamadas telefónicas, destacó la importancia de las fronteras en su obra y su narrativa, que definió como "perteneciente al mundo de la poesía".

Según Fumiaki Noya, catedrático y moderador de un debate sobre Bolaño ante el público japonés, Los detectives salvajes será bien recibida en el país asiático por los lectores jóvenes porque es divertida y contiene gran variedad de historias y mundos.










Publican primera versión en japonés de “Los detectives salvajes” y un libro objeto sobre el México de Bolaño

Justa.com.mx. Nº 11. 28.04.2010





Recientemente se han publicado dos libros relacionados con Roberto Bolaño (1953-2003): una edición japonesa de Los detectives salvajes, y un libro objeto basado en la visión que el autor chileno tuvo de México, país en el que vivió su adolescencia y juventud, y en el que concibió sus libros Amuleto, 2666 y la obra que se editó en Japón.

El Instituto Cervantes de Tokio presentó la primera versión en japonés de uno de los títulos emblemáticos de Bolaño, Los detectives salvajes. El volumen fue editado por el sello Hakusuisha en dos tomos y traducido por Takaatsu Yanagihara y Kenji Matsumoto. “Tuve que realizar un profundo proceso de investigación para dar con las palabras adecuadas en japonés, pero lo pasé muy bien traduciendo palabras soeces pese a los problemas con los editores”, afirmó Yanagihara sobre lo que representó la mayor dificultad en la traducción de la obra. Asimismo, indicó que la traducción del título se mantiene intacta.

El viaje imposible. En México con Roberto Bolaño (Tropo Editores), de Dunia Gras, Leonie Meyer-Krentler y el fotógrafo español Siqui Sánchez, es un libro objeto presentado en Madrid y que intenta reflejar la dificultad del ambiente sonámbulo, entre ficción y realidad, que Bolaño transmitió en sus obras. Este ejemplar es un recorrido metafórico por el territorio mexicano y que se describe en los libros del autor, como el norte del país, la frontera, el desierto de Sonora y la Ciudad de México. El volumen propone dos lecturas: el viaje en sí por México y el viaje a través de las citas de los libros de Bolaño. Por otra parte, las fotografías de Siqui Sánchez forman parte de una exposición que, con el mismo título del libro, está recorriendo diversas sedes del Instituto Cervantes.










lunes, 26 de abril de 2010

Libro relata el "viaje imposible" de Roberto Bolaño en México

EFE. 26.04.2010





MADRID. "Ciudad de México, que es la prolongación de tantos sueños, la materialización de tantas pesadillas", escribió el chileno Roberto Bolaño en uno de sus poemas. Pero en ese país, en el que vivió la adolescencia y juventud, se hizo poeta y centró tres de sus grandes obras: Los detectives salvajes, Amuleto y 2666.

Ahora, un libro-objeto publicado por Tropo Editores en el que dialogan los textos con las imágenes de "El viaje imposible. En México con Roberto Bolaño", de Dunia Gras, Leonie Meyer-Krentler y el fotógrafo español Siqui Sánchez, traza la carta de navegación del escritor chileno por México. "Un viaje imposible" que intenta reflejar la dificultad del ambiente sonámbulo, entre ficción y realidad, que Bolaño transmitió en sus obras. Recorriendo así con el lector y de forma metafórica el Norte de México, la frontera, el desierto de Sonora y México Distrito Federal.

La educación sentimental y lectora de Roberto Bolaño, que nació en Santiago de Chile en 1953 y murió en Barcelona en 2003, se inició en México, donde se refugiaba en la Biblioteca Pública y las librerías de donde se llevaba los libros que podía. Allí fundó, después de un intento breve de regreso a Chile en 1973 frustrado por el golpe militar, el movimiento poético Infrarrealismo junto a Mario Santiago (el Ulises de Los detectives salvajes), uno de sus muchos golpes de efecto contra la cultura establecida y los modelos aceptados. Contra la derecha, la izquierda, las vanguardias históricas y contra uno de los popes mexicanos, Octavio Paz.

Así, este terreno de experiencia que luego Bolaño convirtió en ficción queda "plasmado" en este bello libro, que propone dos lecturas: el viaje en sí por México y el viaje a través de las citas de los libros de Bolaño. Un proyecto que inició la profesora Dunia Gras, amiga de Bolaño, con quien tuvo una relación de "admiración total", según explica a EFE, y a quien conoció a partir de una entrevista en Cuadernos Hispanoamericanos en 1998.

Las fotografías del libro, de Siqui Sánchez, también forman parte de una exposición que, con el mismo título del volumen, "El viaje imposible", está recorriendo diversas sedes del Instituto Cervantes por el mundo. "Hice el viaje con Leonie, otra experta en Bolaño, que conocí en Berlín y a la que le interesaba el viaje en la literatura de Bolaño, y con Siqui Sánchez a finales del 2007. Y lo primero que queríamos era intentar mostrar, algo imposible, esas sensaciones que él proporciona en su literatura, ese ambiente que se intuye más que se muestra, lo intangible", apunta.

"Bolaño muestra en toda su literatura dos méxicos, también con su país de origen, Chile, y con Blanes y Barcelona, donde murió. Pero muestra por un lado las calles de México, donde tuvo lugar su educación sentimental y literaria, y la Universidad, como en Amuleto con Auxilio Lacouture, donde describe cómo toma la universidad la policía en México en 1968", relata Gras. "Y por otro lado -continúa- muestra el de la imaginación, que es el Norte, un espacio mítico y de ficción, como 'Santa Teresa', que es un trasunto de Ciudad Juárez en 2666", precisa Dunia Gras.

De ese espacio mítico sobre el que Bolaño crea sus arquetipos da buena cuenta, con palabras y poderosas imágenes, este libro, por donde viajan, a modo de literatura sonámbula, la frontera, el desierto y su soledad, los grandes cielos azules y añiles, los colores fronterizos de fuego y tierra amarilla, los cactus, los perros arrumbados, los coyotes y los neones viejos y desvencijados.

"Encendí un cigarrillo y me estuve mirando el horizonte y respirando. A lo lejos creí divisar una polvareda, pero luego me di cuenta de que solo era una nube baja. Baja y estática. Pensé que no era raro oír el ruido de los animales. De vez en cuando, sin embargo, si uno prestaba atención, se oía el canto de un pájaro", dice este fragmento de Los detectives salvajes, que acompaña a una poderosa imagen. "El detective salvaje que fue Bolaño", puntualiza Dunia Grass.

Se da la circunstancia de que Los detectives salvajes acaba de ser traducida al japonés. Un éxito más para la obra de Bolaño, que siete años después de su muerte se ha convertido en todo un mito literario.










jueves, 22 de abril de 2010

Testamento de un malabarista

por Silvia López
No Retornable. Número 1. Invierno, 2008













En El guardián entre el centeno, Holden Caulfield recuerda el castigo que el profesor Vinson había instaurado en su clase de expresión oral. Cada vez que el alumno que estaba de pie, improvisando un discurso, no se ceñía al asunto, sus compañeros debían gritarle “¡Digresión!”. Y esto le sucedía una y otra vez al pobre Richard Kinsella, un muchacho nervioso al que le temblaban los labios cada vez que le tocaba hablar. Casualmente, los discursos del pobre Kinsella eran los que más le gustaban a Holden, aunque él mismo no supiera explicar por qué. Y es este “no ceñirse al asunto”, precisamente (si se perdona toda esta digresión), una de las características más asombrosas de 2666, sólo que no puede uno imaginar a Bolaño en el acto de escribir esta obra como al inseguro Kinsella, sino más bien con una mano que no tiembla al pulsar el teclado y con una carcajada permanente mientras lleva adelante, a contrarreloj de la muerte, las más de mil páginas de su testamento literario. Y es esa amalgama de humor y muerte, la misma que ha signado la escritura, la que recorre, como un escalofrío, su columna vertebral.

Un misterioso escritor alemán, Beno von Archimboldi, es el motivo con que empieza y termina el conjunto de cinco novelas que componen el libro. En la primera, cuatro profesores de literatura expertos en su obra se conocen en lo que David Lodge (otro humorista de la estirpe de Bolaño) considera un sucedáneo del peregrinaje de la cristiandad medieval: los congresos. Pero el peregrinaje de estos fieles de Archimboldi no se circunscribe a puras actividades académicas. Quieren aventura. Tres de ellos cruzan a México en busca del escritor y allí se enteran, como al pasar, de las mujeres asesinadas que aparecen en la ciudad de Santa Teresa y sus alrededores. Conocen al profesor Amalfitano, que los asiste en su búsqueda, y también como al pasar miran extrañados ese libro de geometría tendido en la cuerda de la ropa de su casa. Y es aquí uno de esos momentos (ni siquiera es el primero) en que la clase de Holden gritaría “¡Digresión!” y el profesor Vinson no entendería uno de los tantos golpes de timón de Bolaño. Porque la digresión le da a la obra ese carácter arborescente que multiplica personajes y situaciones en que lo desopilante se mezcla con lo patético o con el horror. Porque Bolaño juega a Sherezade, pero además, la digresión es solidaria con el engranaje de la trama. Una novela da lugar a la otra como en un juego de postas. Amalfitano y ese “Testamento geométrico”, escrito a su vez por un poeta ignoto, se convierten en los protagonistas de la segunda parte, y todo lo que se cuenta alrededor de ese libro colgado a la intemperie y que Amalfitano va a mirar una y otra vez, como para constatar algo que tiene que ver con la existencia o el desasosiego, es una de las cosas que seguramente le encantarían a Holden, aunque él tampoco supiera explicar por qué.

Así continúan los engarces en la cadena. En la tercera novela, a un periodista de Estados Unidos que parece haber salido de la nada, especialista en la problemática de la gente negra, le cae del cielo cubrir una pelea de box en Santa Teresa. Así como la deriva de Amalfitano se refleja en el libro colgado a la intemperie, Fate navega en un vacío existencial que se entrevé en su malestar físico y en su relación con la muerte de su madre. Su historia se cruza con la de la hija de Amalfitano, el trasfondo de los crímenes y un presunto culpable que aparece casi con la extrañeza que produce el “Testamento geométrico”.

Constantemente, lo que estaba en segundo plano, pasa al primero. Así, en la cuarta parte son los crímenes los protagonistas, y las víctimas, en su mayoría obreras de las maquiladoras, desfilan como figurantes (lo que verdaderamente son) de la zona fronteriza. Los casos se repiten casi calcados uno de otro, de manera extenuante; cambian los nombres (si los hay), el color de la ropa, el lugar del hallazgo, mientras las historias secundarias siguen diversificándose en el entramado de los crímenes, entre ellas las del principal sospechoso, cuya presunta culpabilidad va ganando las dimensiones del absurdo. Y cuando ya nos habíamos olvidado de él, en la quinta novela, donde se narra la historia de Archimboldi, la puntada final de Bolaño termina de engarzar los eslabones, como esos malabaristas que arrojan sus pelotitas al aire y, en el punto culminante de su destreza, pensamos que alguna se le va a escapar. Pero la que parecía más difícil también vuelve, obediente, a la mano del malabarista, en una coreografía inconcebible. Quedan para la imaginación del lector aquellas destrezas que no serán mostradas, porque todas las historias principales se interrumpen en un punto donde los personajes quedan abandonados a su destino (a tal punto que el destino nombra a Fate). No hay solución, no hay verdad. Hay una cara cómica y un revés de terror, como lo que ve el fugitivo Ansky en esas pinturas de Arcimboldo, que según se las mire de una manera o en la invertida, tienen distintos significados. Esas pinturas de las que Ansky habla en su diario, el diario que Archimboldi ha encontrado en una dacha abandonada, cuando todavía no se llama así sino Hans Reiter y está por desertar del ejército alemán y apropiarse del nombre del pintor para comenzar su juego.

En los tiempos que corren, Proust o Tolstoi no tendrían razón de ser. Semejantes empresas intimidarían al inconsciente colectivo del lector que el mercado editorial hoy imagina. A pesar de eso, Bolaño acometió la proeza de escribir una obra de semejante longitud y de ambición totalizadora. Su esfuerzo está plenamente justificado en el placer del texto.










miércoles, 14 de abril de 2010

El veraneo y otros cuentos

por Álvaro Bisama
Revista Qué Pasa, 13 de febrero de 2010











Después de todo y antes que nada, las preguntas obvias: ¿valió la pena la espera, la ola de rumores, la expectación, la histeria que alimenta el mito?, ¿es "El Tercer Reich" un buen libro? ¿Se puede seguir, aunque sea post mórtem, confiando en la literatura de Roberto Bolaño? Sí, sí y sí otra vez.


-Uno-

Escrita en 1989, descubierta hace poco y publicada recién ahora, El Tercer Reich puede ser leída como un policial anómalo, un thriller en sordina, una novela del exilio o una jugarreta de freaks. En todas esas versiones las 360 páginas del libro cumplen con las expectativas -que eran pocas, hay que decirlo: se podría haber tratado de algo como El secreto del mal- y las superan ampliamente con un relato tan extraño como gélido: el diario del peculiar verano del alemán Udo Berger, jugador de wargames (juegos de estrategia que reproducen en un tablero diversas campañas militares) en un balneario mediterráneo. Ese diario describe los días de Udo e Ingerborn, su novia en un hotel de la Costa Brava española. Mientras ella toma sol, él despliega una partida de El Tercer Reich en la mesa de la habitación. El juego resucita los movimientos de las tropas alemanas y aliadas en la Segunda Guerra Mundial. El texto establece una tensión entre el tablero del wargame y lo que pasa afuera: Udo e Ingerborn conocen a Charly y Hannah; Charly hace windsurf y está dañado y martiriza a Hannah de mil maneras posibles; Udo intenta seducir a Frau Else, la gerente del hotel, a quien recuerda desde la adolescencia; conocen al Lobo y el Cordero, habitantes del pueblo que los llevan de paseo de noche; conocen al Quemado, que tiene la cara desfigurada y arrienda botes en la playa. Udo juega, anota las minucias diarias, refiere las intrigas del mundillo de los wargames, escucha los desmanes de Charly, que termina desapareciendo en el mar. En un momento, sobre la mitad de la novela Ingerborn retorna a Alemania y Udo se queda en el pueblo. En algún momento, invita al Quemado a jugar con él. La partida se vuelve angustiosa. Udo, paranoico, comienza a vivir en el infierno.

Por supuesto, este resumen es demasiado breve. En las novelas de Bolaño lo importante nunca sucede a la vista: su marca de fábrica es el anuncio velado de la amenaza que acecha a los personajes más allá de lo legible, el misterio de un orden oculto del mundo que sólo pueden entrever por medio de la locura, la violencia, los sueños o el sexo. En ese sentido, El Tercer Reich no es la excepción. La atmósfera del libro se enrarece paulatimente mientras Udo se pierde en el juego que es, quizás, una metáfora de la Historia: "En resumidas cuentas todos nosotros éramos como fantasmas que pertenecían a un Estado Mayor fantasma ejercitándose sobre tableros de wargames (…) Parecemos sus oficiales, burladores de la legalidad, sombras sobre sombras".

Así, los wargames de la novela son, en cierto modo, el antecedente de las vanguardias poéticas de Los detectives salvajes y de los serial killers de 2666: sistemas culturales o criminales que esbozan maneras de soportar o procesar lo real, mecanismos de vida artificial capaces de poner en escena la épica desviada de un colectivo, las miniaturas y los fetiches (fichas de una partida irresoluta, cuerpos desmembrados en la frontera) que aspiran a remedar a la vida. Por supuesto, fracasan. Perdido en su partida, Udo anota las señales de su desmoronamiento: mientras los otros viven o mueren en sus vacaciones, el héroe de El Tercer Reich apenas juega. Dice Udo, dice Bolaño: "Comemos envueltos en un silencio interrumpido únicamente por observaciones banales que en realidad son silencios que añadimos al gran silencio que desde hace una hora o algo así rodea al hotel y el pueblo (…) Luego tomaré Londres y lo perderé de inmediato. Contraatacaré en el Este y tendré que retroceder".


-Dos-

Pero hay más cosas en el libro; preguntas, antes que respuestas. La más importante: ¿por qué Bolaño guardó en un cajón el manuscrito?, ¿qué le molestaba en él para que no viera la luz hasta el presente? Imposible de saber. Se me ocurre una teoría: a pesar de que acá ya están puestas sobre la mesa sus obsesiones básicas (las fichas en el wargame que era su literatura: los freaks de la cultura, los cuerpos deformados por la violencia, el deseo como un látigo insoslayable, la parodia de cualquier épica), el formato no alcanzaba aún su punto de cocción. Como novela, El Tercer Reich es quizás demasiado lenta o convencional en términos estructurales: enfocada en el detalle de las acciones de Udo, el libro no se acelera hasta la segunda mitad, hasta el momento exacto en que Ingerborn vuelve a Alemania y Udo se queda en el pueblo, solo y al borde del colapso. Por supuesto, esa morosidad es entendible. A pesar de la coincidencia de temas, Bolaño no ha trazado aún su plan de dominación mundial del campo literario, no ha pensado en los límites y alcances que rebasará su escritura. Cerrada sobre sí misma, El Tercer Reich apenas tiene eso que hace que los bolañistas padezcan sueños mojados: el descubrimiento de los lazos secretos entre sus distintas obras, la sugerencia de una complejísima conspiranoia que vincula sus relatos y poemas como si en el abismo que los une o los separa se escondiera el secreto de nuestra literatura del futuro.

Poco de eso hay en esta novela, tal vez un link con Heimito, el nazi idiota que era amigo de Ulises Lima en Los detectives salvajes. Pero es muy tenue. Por lo mismo, Bolaño acá aún no es completamente Bolaño. Este Bolaño aún cree en la novela como sistema, como forma. Aún no explota en pedazos ni destruye nada. Eso vendrá después, en el borde del cambio de siglo. Aún así, el libro es inquietante. Como en Embalse de César Aira (otra novela perfecta sobre un apocalipsis vacacional), se relatan acá los detalles del tedio de los bañistas y el paisaje lunar de los balnearios en el borde exacto del fin del verano. Bolaño, quizás por experiencia propia, escribe -de un modo tan existencial como policial- del aburrimiento y de la violencia de esos lugares, de los destinos terminales de quienes hacen una economía del ocio de los otros, del paisaje folclórico de una España que es con suerte un parque temático para el resto de Europa. En medio de todo eso, que ya es de por sí terrible, Udo Berger intenta revertir en el tablero los hechos de una guerra ya perdida mientras juega con el Quemado, personaje incierto cuyas cicatrices testimonian un horror simétrico y olvidado en medio de tanto veranito europeo: el cuarto reich de nuestras dictaduras latinoamericanas.


-Y Tres-

Finalmente, una sugerencia de lectura. Se me ocurre que gracias a todo lo anterior, habría que leer El Tercer Reich pensándola como una obra de su tiempo: 1989, el año en que la novela chilena creyó hacer contacto con el resto del universo habitado. Mientras acá los autores de la Nueva Narrativa Chilena se preparaban para tomar por asalto el mercado con todas esas fábulas realistas de reconstrucción nacional incubadas en el taller de un José Donoso que en el fondo los despreciaba, Bolaño escribía en silencio El Tercer Reich, una novela sobre personajes empecinados en vivir el tiempo horroroso o imposible de una épica en miniatura. Por lo mismo, a pesar de que nunca se encontraron (Bolaño llegó tarde a la fiesta chilena, ya no quedaba nadie en la pista de baile), es inquietante y necesario y reparador pensar y leer esta novela desde esa distancia sólo posible en un universo paralelo de nuestro pasado literario: el abismo habitado sólo por los temblores y el sudor helado que puede llegar a provocar la mejor literatura.










miércoles, 7 de abril de 2010

Roberto Bolaño: inédito y final

por René Gajardo Godoy
La Tercera. 03.04.2010




Esta entrevista permaneció guardada durante años en una grabadora y un archivo computacional, esperando su momento. El encuentro tuvo lugar en Santiago cinco años antes de la muerte del escritor. Roberto Bolaño todavía sorprende con distintas revelaciones y desliza juicios que a veces mantuvo y a veces rectificó. Nunca se terminará de conocer al autor de Los detectives salvajes.


Se iba a llamar En bajo relieve y era una revista literaria que proyectamos cuando estábamos en la universidad. Nunca salió, por los consabidos problemas de financiamiento, pero quedó esta entrevista. La gestionó Planeta en los días en que Roberto Bolaño vino a Chile como jurado del concurso de cuentos Paula y a presentar su novela La pista de hielo.

No recuerdo con exactitud el día del mes de noviembre de 1998, pero sí la hora: 11 en punto de la mañana. Un departamento en el edificio de Eliodoro Yáñez con Providencia. Abre la puerta Carolina, la mujer del escritor, y nos dice (con esa voz áspera, típica de los fumadores empedernidos) que nos sentemos, que Roberto ya viene. No bien aparece Bolaño y nos saluda, me llaman la atención tres cosas. La primera: Bolaño viste de riguroso negro y está descalzo. La segunda: Bolaño ya tiene encendido el primer cigarrillo de los ocho que se fumará durante la entrevista. Y la tercera: Bolaño me parece, si no más bajo, mucho más delgado de lo que aparenta en las fotografías. Se ve frágil y pienso en que quienes no lo han leído difícilmente reconocerían al escritor feroz tras su apariencia. Lo digo porque no bien se sentó frente mío y prendí la grabadora, se me vino a la cabeza la imagen de un pájaro. De un ave rapaz. De esos que, aparte de tener una visión privilegiada, pueden cazar presas incluso más grandes que ellos mismos.


¿Qué autores influyeron en su literatura?
Muchísimos. En realidad todo libro que uno lee influye en la literatura que posteriormente hace. A mí me ha influido desde Arquíloco, que es un poeta griego, arcaico, que releo siempre, hasta los clásicos del siglo de oro, a quienes leo bastante a menudo. Y contemporáneos: Melville, Flaubert, Stendhal. Este último me ha influido muchísimo, aunque no se nota, porque sigo siendo muy malo y Stendhal es muy bueno.

Descríbame un día normal...
Es facilísimo. Me levanto a las siete de la mañana con un frío de perros. Yo vivo en una casa y mi mujer en otra, como a 10 metros de la mía, en otro edificio, pero en la misma calle.

¿Viven separados?
Vivimos cada uno en nuestra casa y estamos mucho mejor así. Llevamos 17 años juntos, y lo recomiendo vivamente, porque mi mujer es básicamente mi amiga. Entonces hay un respeto por las libertades del otro absoluto. Bueno, me levanto a las siete de la mañana, mi casa es una especie de covacha espartana. Lo primero que hago es encender el ordenador, luego me dirijo a la cocina, pongo un agua a calentar, luego voy al baño. Después voy a la cocina y me hago una infusión de manzanilla, vuelvo al ordenador y me pongo a trabajar, en el acto, inmediatamente. Son como las 7.10 y de ahí trabajo hasta las 10 de la mañana, 10.30 a lo más, que es cuando voy al correo, veo mi apartado, veo si hay cartas, compro el periódico, vuelvo a casa e intento trabajar un poco más. A las 11.10 u 11.20 vuelvo a salir y me voy a buscar a mi hijo al colegio que sale a las 12. Siempre soy el primero en llegar, hay una plaza al lado del colegio y aprovecho para leer el periódico, algún libro. Mi hijo sale a las 12 y volvemos a casa, esta vez a la casa de mi mujer. Le hago la comida al niño, me hago la comida a mí mismo y estamos hasta las 3 de la tarde. Entonces lo vuelvo a dejar al colegio, al turno de tarde, y generalmente espero a mi mujer en la misma plaza del colegio. Mi mujer sale a las 3 de trabajar y nos volvemos juntos a casa. Todo esto teniendo en cuenta que vivo en un pueblo pequeño, Blanes, a una hora y cuarto de Barcelona. Es un pueblo costero, un balneario, pequeñito. Bueno, con mi mujer nos volvemos caminando, conversando, a veces nos metemos en un bar a comer un bocadillo o a tomar algo. Ella se va a su casa, yo me voy a la mía. Si estoy en pleno trabajo de escritura duermo una siesta y cuando me despierto sigo escribiendo. Mi hijo sale a las 5 de clases, lo va a buscar mi mujer, y a eso de las 6 voy a casa de mi mujer, estamos juntos, hacemos la cena, luego tal vez salimos, pero generalmente alquilamos un video. Nos cuesta mucho ir al cine, sólo vemos películas infantiles en el cine, pero películas de adultos pocas veces, porque con quién dejamos al niño. Volvemos a casa después de alquilar un video y dar una vuelta por Blanes. Hacemos la cena, vemos el video, el niño se duerme y el resto es pornografía. Mira, yo creo que un escritor con dos horas intensas, diarias, tiene de sobra.

¿Y cuánto es lo que más ha escrito?
Veinte páginas.

¿Y eso cuánto tiempo le tomó?
Ocho, o nueve horas, pero no es todos los días. Cuando más trabajo es cuando corrijo, y ahí sí que puedo estar muchísimas horas y es horrible. Para mí es muy agradable escribir, lo que no es nada agradable es corregir.

¿Muy autocrítico?
Lo soy bastante. Leer algo que has escrito tú, y leerlo por décima vez es horrible, cada vez te va pareciendo peor…

¿Elije usted los temas para sus relatos o estos se imponen inevitablemente?
No, los elijo yo. También eso es ambiguo, porque al principio los elijo yo, pero poco a poco se van imponiendo ellos de alguna manera. Digamos que el relato es una montaña y en esa montaña hay una casita pequeña, pero es una casita pequeña con un simple detalle. Y de repente la mirada se va acercando a la casita. Y te acercas poco a poco a esa casita porque hay algo en esa putañera casita que te empieza a atraer misteriosamente sin que previamente lo hayas planeado, y resulta que esa casita hiede a cadáver a la medida que más te acercas. Es como el cuadro de Cézanne, La casa del ahorcado, no sé si lo conocéis, es una pintura en donde se ve una casa en la Provenza, y no se ve nada más, se ve una casa y unos árboles, y tú comienzas a ver ese cuadro y de repente hay una ventana vacía en donde tú dices "ahí se suicidó". En el cuadro no hay ninguna figura humana, pero el dolor humano, la soledad humana está absolutamente reflejada de una manera que provoca pavor.

Después de tantos años fuera de Chile, ¿cuál es el juicio que tiene usted del escenario cultural?
El juicio que tengo es que todo el mundo aquí escribe, porque me encontrado incluso a una Miss Chile que escribía cuentos. ¡Sí, fue increíble! Fui a un programa de televisión y primero salía una ex Miss Chile y me dijo "Ah, tú has sido jurado en un concurso de Revista Paula, yo iba a mandar un cuento, pero no lo pude acabar, pero lo acabaré el año que viene", y yo no sabía que era una ex Miss Chile y escribe, fue realmente increíble. Y luego me han contado lo de los talleres literarios en las cárceles. Aquí hay seis talleres literarios funcionando en seis cárceles distintas. Todos los presos escriben, y en el concurso Paula se presentaron más de mil cuentos. Me parece que es una especie de enfermedad única en el mundo la que tiene Chile. Tal vez si los sicoanalistas estuvieran al alcance de la mano, el 80% de las personas que escriben se psicoanalizarían.

En su relato "Joanna Silvestre", la protagonista dice que cuando un hombre tiene tiempo está atrapado y con él se puede hacer lo que uno quiera.
Sólo a ella se le ocurren esas cosas, que es sin duda una mujer muy hermosa y es uno de mis mitos sexuales y lo que diga ella yo lo reafirmo.

Uno de sus personajes en su novela La pista de hielo admite ser lento o a veces muy rápido en el trabajo, sin embargo nunca abandona. ¿Es así usted?
Bueno, en mi caso no me ha quedado más remedio. Yo he tenido una vida muy azarosa, pero muy, muy azarosa y hubiera podido abandonar en muchísimas ocasiones, pero nunca he abandonado, porque abandonar también en mi caso hubiese sido suicidarme. Yo creo que uno hace cosas de forma natural, porque no hay más remedio que hacerlo y mi relación con la literatura es esa. Yo escribo literatura haga lo que haga y he hecho de todo, todos los trabajos del mundo.

Como guardia de camping...
Ese tal vez fue mi mejor trabajo. Yo siempre he pensado que mi vocación natural, digamos, era ser vigilante de camping, porque fui muy bueno. En el camping en que trabajaba nunca robaron, y realmente yo no vigilaba: me ponía a dormir. Era una telepatía, una fuerza… Al momento de ponerme a dormir tenía una chaqueta de cuero realmente maravillosa, de esas que sólo se hacen en New Jersey, de piloto de la II Guerra Mundial, pero corta, entonces el frío era tan grande que si me ponía la chaqueta me helaba arriba y abajo. Entonces inventé un sistema, el sistema de los indios australianos. Ellos se cortan la circulación de las extremidades y se dejan sólo la circulación del tronco y la cabeza. Y al cortar la circulación, lo único que te pasa es que se te duermen los brazos y las piernas, entonces no sientes frío porque la sangre corre en un circuito mucho más pequeño, y lo que yo hacía era cubrir mi cabeza con la chaqueta, que era corta pero potente, y al tener la cabeza en una grado de sofocación total, el resto del cuerpo más bien como que agradecía el frío. Por supuesto que amanecía en la mañana con los miembros dormidos, y antes de ponerme a dormir decía: "Nadie va a robar este camping" y era súper agradable, porque todo el mundo pensaba que yo era el vigilante ideal.

¿Se siente partícipe de esta llamada Nueva Narrativa Chilena?
La verdad es que no, pero tal vez por otro lado sí. Es decir, generacionalmente soy uno de los más viejos de la Nueva Narrativa Chilena, bueno más viejo es Sepúlveda.

Pero usted no es viejo…
¡Gracias! ¿Quieres tomarte algo? Bueno, sigamos, partícipe no me siento, pero generacionalmente digamos que hay una proximidad, estamos en una misma franja de edades y somos chilenos, hay dos puntos en común claros, pero partícipe de una cierta estética, de un cierto proyecto literario común, para nada. Me siento cercano a algunos latinoamericanos como Avilio Estévez que es cubano, al mexicano Juan Villoro. Villoro, para mí, es uno de los mejores novelistas de mi generación y un escritor desde todo punto de vista admirable. Me siento cercano de Enrique Vila-Matas, de Javier Marías. Me siento cerca de Rodrigo Rey Rosa, guatemalteco que es muy bueno también, y de Cesar Aira, el argentino, o de Alan Pauls y Juan Forn. En fin, hay una serie de escritores en lengua española de los que me siento muy próximo. Respecto de la Nueva Narrativa Chilena, creo que el adjetivo "nueva" no se corresponde, porque no hay ningún veinteañero.

¿Y Alejandra Costamagna?
Bueno, comencé a leer un libro de Alejandra Costamagna y me parece notable. Hay dos narradoras que yo destacaría en la "joven" narrativa chilena, que son Costamagna y Lina Meruane. Yo creo que las dos van por caminos disímiles, pero en las dos veo una potencia literaria fuerte.

¿Y de los autores mayores?
Bueno, no los he leído y no me interesa la verdad.

¿Y Fuguet?
Fuguet tiene cierta ternura que lo hace por momentos entrañable. Hay instantes en los que estoy leyendo a Fuguet y noto una especie de fragilidad en el autor, en lo que está escribiendo y sobre todo en la relación autor-escritura. Sí, en ese especie de flujo entre la escritura y el autor hay una fragilidad que a mí me resulta entrañable. Yo creo que Fuguet es un fantasma, pero puede ser una excelente persona. Hay algo en Fuguet, lo más probable es que si conociera a Fuguet me caería fatal, pero en mi experiencia de lectura me parece entrañable. Aquí me han hablado mucho de Fuguet, de sus historias y todo eso.

¿Y Carlos Franz ?
A Carlos Franz le leí En algún lugar del paraíso, no está nada mal esa novela. Manejamos estéticas bastante distintas, pero es una novela muy, pero muy bien construida y eso es mucho decir. Es la única novela chilena que he leído de principio a fin y, además, me interesa qué hará Carlos Franz después, porque es de alguna manera difícil lo que le espera a Franz, porque no puede seguir por esa misma línea de forma, porque es una forma agotada totalmente en la literatura mundial. Él hace su ejercicio en esa novela y el ejercicio le queda bien, pero no puede repetir ese ejercicio, porque de lo contrario se hundirá.

Vargas Llosa dijo que "ciertas personas hacen de la literatura una especie de actividad decorativa o complementaria, en una vida que está dedicada a otros quehaceres, o hacen de la literatura un instrumento para obtener prestigio o poder". ¿Cuáles son las consecuencias cuando esto ocurre?
Las consecuencias cuando eso ocurre, que suele ocurrir muy a menudo, mucho más a menudo de lo que uno piensa, es la miseria de la literatura. Por eso la literatura es tan humorística y miserable al mismo tiempo, porque está llena de gilipollas, pero llena, llena, llena. Te encuentras gilipollas cada dos por tres. La literatura es como ir en la selva, que estás en plena jungla y sólo oyes gritos de monos, chillidos, y en la literatura es lo mismo, sólo que en vez de esos monos delirantes hay escritores.

¿Qué consejos darías a un aspirante a escritor?
Le daría el consejo que nos dábamos los jóvenes infrarrealistas en México. Cuando teníamos 20, 21 años, teníamos un grupo poético, y éramos jóvenes, mal educados y valientes. Nos decíamos: vivir mucho, leer mucho y follar mucho.