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sábado, 5 de noviembre de 2022

El destino de los infrarrealistas que Roberto Bolaño retrató en “Los detectives salvajes”

Por Alejandro Santos Cid / Gonzalo Moncloa Allison

El País, México. 04.09.2022



Arriba: Margarita Caballero, Mario Santiago, José Rosas Ribeyro, Roberto Bolaño y José Vicente Anaya. 

Abajo: Rubén Medina, Dina García, Ramón Méndez, Guadalupe Ochoa y José Peguero.



La mayoría no había cumplido 20 años y quería volarle la tapa de los sesos a la cultura oficial. Eran jóvenes acelerados, casi adolescentes, que se movían por el Distrito Federal de la década convulsa de 1970 intentando ganarse la vida con artículos y colaboraciones en los suplementos culturales de los periódicos; tratando de juntar unos cuantos pesos que les granjearan unas horas de conversación al calor de un café con leche en el Café La Habana. Sobre todo, eran poetas: pensaban, respiraban, vivían por y para la poesía; creían en ella como en un arma cargada de futuro, con una feroz oposición al establishment, a Octavio Paz y los autores que se acomodaron en las instituciones. Representaban la contracultura de la contracultura, una suerte de punks antes de los punks que escupían versos sobre política, amor, sexo y muerte. Se llamaron a sí mismos los infrarrealistas y durante décadas fueron marginados de los círculos culturales, olvidados por la crítica y rechazados por las editoriales. Hasta que muchos años después, uno de ellos, un autor chileno que se exilió de la dictadura de Augusto Pinochet, recaló en México y acabó en Barcelona, los inmortalizó en un libro que fue considerado por algunos críticos como la última gran novela latinoamericana. El escritor se llamaba Roberto Bolaño, la obra, Los detextives salvajes.

 

Bolaño convirtió en leyenda las andanzas de aquellos poetas por el DF de los 70. Lo elevó al terreno de lo mítico. Los infrarrealistas —con seudónimos— fueron los protagonistas de su libro. La obra, que ganó el premio Herralde, tiene algo de crónica, un punto policíaco y otro de poesía existencialista. Después de su publicación corrieron ríos de tinta sobre los infras: se escribieron tesis, ensayos académicos, artículos e influenció a generaciones posteriores. El libro también funcionó como una maldición: Bolaño se sirvió de mucha materia prima de la realidad, pero también de altas dosis de ficción que desdibujaron la frontera entre qué era literatura y qué historia. Los infrarrealistas quedaron condenados a reivindicarse como personas y no como personajes. Muchos no recibieron la novela con cariño, aunque la mayoría acabaron haciendo las paces con sus trasuntos literarios.

 

El infrarrealismo nació en 1975, forjado entre las tertulias del Café La Habana y las conversaciones sobre poesía a través de las noches del DF. La gasolina del movimiento fueron sus dos caras más visibles, Bolaño y Mario Santiago Papasquiaro (que nació con el nombre de José Alfredo Zendejas). Sobre ellos, sus viajes y sus desventuras recae casi todo el peso de la novela. En ella, sus personajes se llaman Arturo Belano y Ulises Lima, respectivamente. Bolaño dio el infrarrealismo por muerto en 1977, cuando se fue a Europa, pero el resto de poetas, comandados por Papasquiaro, lo han mantenido vivo.

 

Casi 50 años después, Guadalupe Ochoa (64 años) —retratada como Xóchitl García en Los detectives salvajes— fuma cigarrillos sin filtro en un café de Coyoacán. La vida le ha llevado por otros derroteros, es profesora y documentalista, pero no ha dejado de escribir poesía. “Para mí ser infra es haber aprendido a caminar, es una manera de estar en el mundo, y eso implica lo bueno y lo malo”. Entre otros proyectos, ahora prepara una novela que habla de aquellos años, una especie de respuesta a Bolaño. Una de las grandes deudas del chileno con los infras es el trato que da en el libro a las mujeres, criticado por tener un sesgo machista.

 

Ochoa reconoce las dinámicas sexistas que existían en el grupo entonces. “Muchos de ellos eran más nobles que la mayor parte de los hombres de mi generación, eran generosos y talentosos. Pero eso no les quita que muchos hayan sido muy maltratadores, muy golpeadores, no solo de mujeres”. Por eso ella se distanció con los años de una parte del grupo original, al igual que otra de sus fundadoras, Mara Larrosa, aunque siempre lo ha vivido como una contradicción: su amor por aquellos poetas con los que descubrió el mundo enfrentado a una realidad demasiado incómoda como para ser obviada.

 

Todavía muy joven, Ochoa se emparejó con otro de los infras, José Peguero (67 años)—Jacinto Requena en la novela— con el que tuvo un hijo. Él conoció a Bolaño y Papasquiaro en un taller sobre poesía en la Casa del Lago, cuando tenía 19 años, y ya no se separó del grupo. Se ha dedicado al cine y con los años cada vez escribe menos, pero asegura que sigue siendo infrarrealista. “Lo importante era la manera de ver la poesía. Las posiciones del infrarrealismo están vigentes, es una manera de vivir, de absorber la vida, el gusto, la poesía. Para mí es un movimiento muy vivo, pero la percepción general es que estamos muertos. No ha sido para escuelas, seguimos todavía en cierta actitud beligerante”, explica una tarde de julio en la Cineteca Nacional.

 

 

Diáspora infrarrealista

 

Una de las consignas del primer manifiesto del movimiento (firmado por Bolaño), llevaba el imperativo “¡Déjenlo todo!”. Se lo tomaron al pie de la letra y muchos de ellos, como el propio Bolaño y Papasquiaro, se perdieron en la diáspora. Uno de los fundadores, Bruno Montané —Felipe Müller en la novela—, compatriota exiliado de Bolaño, había marchado a Barcelona en 1976, donde unos meses después llegó para instalarse también el autor de Los detectives salvajes.

 

Montané, que hace unos años reunió su obra poética en El futuro (2018), es uno de los custodios del infrarrealismo. Hace una década fundó Ediciones Sin Fin —junto a Ana María Chagra—, inspirada en el poema de Mario Santiago: Sueño sin fin, que fue el primer libro que publicaron. Si uno se pregunta por el legado del movimiento, el catálogo de la editorial es determinante. A su llegada a Barcelona, con 19 años, trabajó como pintor o saxofonista en orquestas “de pachanga”, recuerda entre risas. Pronto reconoce, sentado en un café del barrio del Ravál cercano al Céntric (que también aparece en la novela de Bolaño), que no ha podido cotizar lo suficiente. A sus 65 años todavía trabaja como corrector de libros para ganarse la vida. Vive en el mismo piso del Raval al que llegó a mediados de los setenta: “Si no fuera porque es de renta antigua, no podría asumir el precio”.

 

Esas calles del distrito de Ciutat Vella vieron cómo se extendía la amistad con Bolaño. Juntos hicieron fanzines literarios, aún inéditos; compartieron libros como el atlas que el padre de Montané escribió sobre los desiertos de Sonora, y que le sirvieron a Bolaño (“que nunca estuvo ahí”) para escribir la parte final de Los detectives salvajes, o su novela póstuma, 2666. A pesar de “momentos de distanciamiento”, la relación nunca se apagó. “Después de que murió [en 2003], Roberto aparecía en mis sueños”, evoca Montané, “estaba vivo: había entrado en la clandestinidad de los autores secretos. Así trabajaba mi inconsciente. Era el modo de recuperar al primer amigo, cuando no éramos nadie. Cuando solamente nos dedicábamos a escribir”.

 

En 1978, Rubén Medina —Rafael Barrios en Los detectives salvajes— se fue a California persiguiendo el amor. Durante un tiempo se buscó la vida con trabajos mal pagados. Hoy es profesor de literatura en la Universidad de Wisconsin. “Bolaño da visibilidad a un movimiento que era muy, muy marginal. Lo negativo es que la gente ve el realismo a través de él, a través de la leyenda, los mitos, la figura de Ulises Lima, la vida en la Ciudad de México a finales de los 70 con los infrarrealistas del Café en La Habana. Todo eso que se vuelve casi como una mitología”, cuenta durante una breve estancia en Ciudad de México, mientras el tráfico de Insurgentes se cuela por la ventana del hotel. Cuando se publicó la novela pasó un tiempo enfadado con el chileno, evitando entrevistas para hablar de él. Con el tiempo abrazó también esa parte del legado y ha publicado artículos, monográficos en Chicago Review o una compilación, Perros habitados por las voces del desierto (2014). 

 

Cuando Jorge Hernández se fue de México en 1982, se llevó el nombre que la “pandilla” infrarrealista le había marcado en el cuerpo como un destino. Lo llamaron Piel Divina, por su “piel lisa, brillante, totalmente lampiña, como si tocaras una serpiente”. El apodo adquirió un aire de trascendencia. Más aún cuando Bolaño llamó a un personaje de Los detectives salvajes del mismo modo. El nombre lo “rebasaba”, dice Hernández al otro lado de la videollamada, desde su casa en un bosque perdido a las afueras de París: “He tenido que ir buscándolo, como si persiguiese a mi propia sombra”. La búsqueda lo llevó al otro lado del Atlántico.

 

—¿Qué le impulsó a marchar?

—El amor, amigo, el amor.

 

El artista conoció en una protesta “surrealista” a su compañera, de origen francés, con la que se fue a París. Durante los primeros años, Piel Divina se las arregló como pintor de brocha gorda. Aunque, con el tiempo profundizó en el mundo de la escultura, un combate “cuerpo a cuerpo con la materia”. “Es como ponerle trampas a la luz”, dice mientras muestra una pieza de madera, extraída de la piel de los árboles que rodean su casa, con las que reflexiona —a través de perforaciones— sobre el sentido que brota del vacío.

 

Años después, Piel Divina tuvo un encuentro “de pura casualidad” con Bolaño, caminando a orillas del Sena. “Él estaba en su mundo, como siempre con papeles, libros en los bolsillos... fue efímero, no teníamos plata, apenas si podíamos tomarnos un café”, recuerda. Una segunda oportunidad, que no se concretó, fue cuando el chileno visitó la capital francesa para presentar una de sus novelas. Piel Divina no llegó.

 

Ese día en la sala, sin embargo, estaba sentado José Rosas Ribeyro, un escritor peruano que en 1975 subió a un avión en Lima, junto a otros perseguidos políticos, y fue deportado por la dictadura de Juan Velasco Alvarado a la capital mexicana. Un día, la escultora Margarita Caballero, compañera entonces de Rosas Ribeyro, encontró un volante en el que se anunciaban lecturas semanales de poetas latinoamericanos, organizadas por unos tales Roberto Bolaño y Mario Santiago. Rosas Ribeyro abre los brazos, sentado en un restaurante de ramen en el centro de Barcelona, donde se instaló en 2017, cuando recuerda la sorpresa que se llevó al escuchar un poema suyo en el programa. “Gracias por leer uno de mis poemas”, dijo al término de la sesión; “¿y quién eres tú?”, le preguntaron los poetas melenudos. “Rosas Ribeyro”, respondió. “¡Hermano!”, se alzaron, antes de envolverse en un abrazo. Desde entonces formó parte de la hermandad infrarrealista. Papasquiaro siempre le reconoció como uno de sus referentes poéticos.

 

A Barcelona también llegó el chileno Juan Esteban Harrington —Juan García Madero, el protagonista de la primera parte de Los detectives salvajes— siguiendo el rastro de Bolaño y Montané. Él fue uno de los poetas más jóvenes, apenas tenía 15 años cuando el movimiento empezó. Estuvo tres años en Europa hasta que volvió a América. Aunque sigue escribiendo poesía, se ha dedicado al cine. “Cuando leímos los detectives todos nos reconocimos. Todo es novelizado y exagerado, pero todo son anécdotas que ocurrieron”. Cuando la novela vio la luz, Harrington se sintió traicionado, pero con el tiempo hizo las paces con su viejo amigo. “Para mí los infras y mi ida a Europa son la parte más importante de mi vida, lo que me convirtió en la persona que soy hoy”.

 

El legado infrarrealista va mucho más allá de la obra de Bolaño. Ediciones Sin Fin y Rubén Medina han hecho un gran trabajo recopilando los inéditos, juntando una obra inabarcable y desperdigada entre los recovecos de los años. Los poetas siguen publicando, esporádicamente, la revista La zorra vuelve al gallinero. El movimiento no acabó con la muerte de Bolaño, la de Papasquiaro en 1998 o las de Darío Galicia y los hermanos Ramón y Cuauhtémoc Méndez —Ernesto San Epifanio, Pancho y Moctezuma Rodríguez en la novela—. Lo atestigua un grupo de poetas que, a sus más de 60 años, continúan en feroz posición contra todo lo establecido. Detectives salvajes, a medio camino entre mitología y realidad, escondidos en las páginas de la literatura y la historia.



















martes, 16 de febrero de 2021

La poesía sale de mi boca, por Mario Santiago Papasquiaro




 
Para Roberto Bolaño,
al que presiento ya como mi Maharischi
e iniciador de 1 movimiento cuyo nombre ignoro
& en el cual prometo realizarme plenamente


La poesía sale de mi boca,
asoma las narices / el pene
a lo imprevisto /
el estremecimiento
el resplandor /
& la baba también
& los pelos arrancados a este tiempo
a fuerza de jinetearlo
& desatascarle su rodeo /
& la caspa / & la petrificación
de tantas de las yerbas & raíces
de este mundo / que antes de
morderlas nos vemos obligados
a escupir...
La poesía sale de mi boca,
de mis puños, de cada poro
resuelto de mi piel /
de éste mi lugar volátil, aleatorio /
testiculariamente ubicado /
afilando su daga / sus irritaciones
su propensión manifiesta a

estallar / & encender la mecha
en 1 clima refrigerador
donde ni FUS ni FAS
ni mechas ni mechones
            ni 1 solo constipado
que merezca llamarse constipado,
ni 1 solo caso de Fiebre-Fiebre
digno de consignarse en este
mi inmóvil país

            La poesía sale de mi boca,
con 1 pelambre & unas antenas
& unos ojos de mosca/
Con los gorjeos de 1 canario
enjaulado / & los bostezos
cacofónicos bostezos del cuidador
del zoológico /
            Noche & día / Roja & negra
con los ovarios de 1 muchacha
con la voz ronca de 1 muchacho
con la mirada vacilante
pero rabiosa / hermosamente rabiosa
de 1 niño marica que no

quiere que lo escondan en 1
barril sin fondo

            La poesía sale de mi boca
con la limpia negrura de la gasolina
con el brillo elocuente de 1 foco de 500 voltios
con la emoción & el orgullo

de unos bíceps
            dueños de su mundo
(& dentro de la relatividad
del maestro Einstein):
Todopoderosos
Con los colores de 1 vestido
hecho con retazos de telas /
con los sonidos confundidos
caóticamente armonizados

de cientos & cientos de cláxons
distintos /
1 día de embotellamiento
en el periférico
            Contra vendavales e inundaciones
(& de cierta manera a
favor de ellos)
            contra casas de puertas cerradas
            contra soles agusanados
            contra cirrosis más allá
            del hígado /
            contra botellas de refresco
            conteniendo urea /
            contra niños & niñas
            castrados / congelados
            el día de su nacimiento /
            contra las toneladas de
            tierra & basura
            que nos caen encima,
            cuando lo que 1 quiere
            es mostrarse alegre & hermoso
como demostración palpable

de 1 nuevo "renacimiento"
            Saltando y corriendo con los
ágiles / poniendo 1 cerillo en
el fundillo de los lerdos /
planeando almuerzos & veladas
con los lúcidos /
            poniéndole unas ganas
inmensas a la resolución
de las averías / de Aries a Piscis
de lunes a domingo /
de enero a diciembre
del día 1 al día 31
de tabla apolillada en el piso
a telaraña bailoteando sobre
el techo /
            de reventazón en reventazón
de la impresión de 1 cavernícola
al conocer por 1ª vez a 1
mujer desnuda /
            el última Ah de un "fulano

cualquiera", cuando estalle la
3ª Guerra Mundial /
            visitando enfermos
            saludando sanos
conspirando bajotierra
saboteando sobretierra
deteniéndose / avanzando
apurando su trago
saboreándolo
gargareándolo
masajeándoselo
inyectándoselo
            / rascando, rasguñando

            por 1 sol de medianoche
como 2 enamorados excarvándose
como 2 enamorados ensanchando
hasta sus últimas posibilidades
los significantes & el significado
del sistema Braille
como 1 borrachera de
girasoles en círculos / como 1
diadema de dalias la flor
favorita de Judith /
como 1 toque de mariguana
& tocas el Nirvana con las manos
mueves 1 dedo, & te das cuenta
arrancas el pasto & te sonríes /

gusano de maceta / gusano de
tierra roja que no te conocías /
Como 1 psilocibinazo galopante
que hace harina la piedra
de tus 4 paredes /
& te pone en la proa del cometa Kohoutek
& deja tu jarana al descubierto,
toda tu extensión

tu abreviatura,
            lista a sacudirse /
a no olvidar la cólera justa
por las cabronadas injustas /
sino a enriquecerla
sino a fortificarle
la mecha al TNT,
sino a explotarle
a revirarle la pupila
            Ahora canta el que lloró

hace rato
Grita / Salta / Monta / Eyacula /
el fulano aquel, ya dábanlo
por muerto /
Ahora los cantares duros
las cantatas suaves / las trompetillas
& el regusto de aquel que ha escupido
la tierra & las lagañas

con que habían tapádole los ojos /

            La poesía sale de mi boca
a todo tranco de gerundio
a todo flujo de agua potable
a todo virus luminoso
a toda capacidad de contagio

Así va la poesía /
& para ella
            no tengo sino alabanzas

 

 

en Jeta de Santo (Antología), 2008

 

 










lunes, 2 de marzo de 2020

El barrio más oscuro de su memoria

Por Raúl Silva
Inédito, 2020


Testimonio de Horacio Caballero sobre Mario Santiago Papasquiaro

Su personalidad y su figura son las de un caballero andante. Su nombre es una premonición: Horacio Caballero Silva. Su verbo se desborda para hacer brotar un nuevo y ancho río. Es un hombre de palabras que se airean en conversaciones interminables, bebiendo café y mezcal Tehuana. Es un tejedor de historias a la velocidad del instante. Fue amigo de Mario Santiago Papasquiaro y guarda recuerdos de sus encuentros, como quien sabe bien que la ausencia es una presencia que los momentos de entrañable amistad sellaron para siempre. Horacio es un poeta anónimo cuyos mejores versos flotan en el medio ambiente:

            “Es lo que Mario Santiago tenía. Había descubierto el lenguaje necesario para decir todas las cosas sin usar un lenguaje elegante, oculto, inauténtico. Él quería un lenguaje verdadero, auténtico, que saliera del barrio más oscuro de su memoria y que pudiera visitar nada más las realidades azotadas, dolientes. Escogía a la prostituta, al enfermo de sífilis, al purulento. Las cosas más desagradables las convertía en impulso, en aliento, en presunción de creatividad poética. Se las arreglaba para decir cosas grandiosas entre ruinas, y dice cosas muy hermosas de repente: “nuestro señor el aguacero”, con ese modo de encontrar la armonía de los contrarios y los pasos de un estado al otro.

            Se gozaba demasiado atacando a los demás. Había un mundo verdaderamente espantoso para él, entonces su arte surge en la medida que el mundo es  un rival al que puede, a través de sus versos, atacar. Este rival imaginario que también es él mismo, porque en determinados momentos se reconcilia y logra estados poéticos diferentes. Este ser con el que combate perpetuamente me recuerda a un personaje de la Biblia que luchó contra un ángel toda la noche. Creo que, guardando las diferencias,  Mario Santiago se la pasó luchando contra un ángel, Blue Demon o Santo, el enmascarado de plata, contra ese tipo de mitos a los que él apreciaba. Arremete contra ellos y trata de desenmascararlos. De repente se le olvidan. Pero es el principio de su batallar y su impulso continuamente reforzado. En él hay una idea de la fuerza amorfa, brutal, de lava derretida, como la que Rimbaud describe en la Carta del vidente: “Si lo de lo profundo viene amorfo, lo doy amorfo, si trae forma, lo doy con forma”. Ese tipo de testamentos, de los que fue heredero legítimo Mario Santiago, pueden servirnos mucho para entender no sólo sus motivaciones, sino el secreto de sus recursos. Además de que se la pasaba en esos estados de malestar que deja el haber bebido diez días seguidos, esa irritación del nervio y del estado pensante, bajo la disciplina que la alcoholización le produce a un  individuo con el talento que él tenía. Al mismo tiempo, ese estado de volver arte el mal humor. Es como pedirle a un prisionero que haga arte con las experiencias de la celda, del celador, de los prisioneros que lo acosan y de toda la decepción y frustración que le produce el no poder salir en muchos años de ese sitio.
           
            Mario Santiago investigaba a la prostituta, al prisionero, al que murió de cirrosis, al mediocre, investigaba al criminal, al vividor, al que le roba a los demás con su profesionalismo. Todo el inventario de sinvergūenzas estaba perfectamente valorado por él y lo aprovechaba hablando no de personajes sino con metáforas que aludían a ese tipo de seres. Sus metáforas tienen la característica hermética de contener compactos de seres compactados que viven en una promiscuidad, en un horror, en una soledad indiferente. Toda esta sociología de seres excepcionalmente defraudados, tristones y resentidos, tenían la revancha en el verso agresivo y sorpresivo de Mario Santiago. Él, ahora sí que se hacía cargo de causas perdidas y las llevaba a expresarse a través de su palabra. En el universo secreto al que arriba con mucho esfuerzo el poeta, están invitados todos los personajes que menciona y algunos que, aunque no los nombra, están presentes porque los respeta. A fin de cuentas, es un ser que se gana a pulso cada instante de libertad, que quema, que incendia, que convierte en un montón de ruinas o en pleno poema  mira cómo se resquebrajan las verdades, las cosas. Luego, con esos pedacitos arma nuevas criaturas animadas, sólo para que el poema tenga una expansión, una extensión, una forma encantada, como un monstruo que con un beso se convierte en princesa. Esas historias que nos cuentan de niños, él las recreaba. En muchos momentos vemos cómo hace los milagros de transformar lo horrible en maravilloso o desenmascarando lo maravilloso con todas sus complicidades con una humanidad que él definitivamente no puede salvar. La mira toda leprosa y toda enferma. Se especializa con las enfermedades de los pobres: la sífilis, la tuberculosis. Pero no sólo las enfermedades, sino la locura, el ímpetu y la dignidad que le agrega a sus esfuerzos de persona que maltrata con la palabra a otras palabras. Entonces, es la lucha contra esa personalidad con la que no para de tener conflictos, que puede ser Dios, un ángel o cualquiera de los demonios que él menciona. Porque no menciona a los demonios de acuerdo al nombre que tienen en las tradiciones musulmanas o judías o cristianas. Cuando digo que él menciona a los demonios es que él menciona la embriaguez, la pobreza, la sordidez. Las conjura y se pelea con ellas, no son sus socias sino sus formas de provocar al abismo para sacar lo que Rimbaud decía: a ver qué sacas, ¿lo amorfo?, dalo, sigue dando lo amorfo, si trae forma dalo con forma. Entonces podemos ver que lo amorfo y lo irracional, en el ímpetu de versificador, finalmente le da forma a estos cauces de lava derretida. Creo que Mario Santiago trabaja la fuerza como un peón, como un cargador, como un guerrero que no ha parado de combatir a los españoles en la conquista o a los gringos en la invasión. No le interesa la historia, le interesa enfrentar enemigos, encontrar rivales, provocar respuestas, ecos, convertir sus propias palabras en motivos de burla. No porque se esté burlando de sí mismo. Él tiene que burlarse de lo que es digno de burla. En su plástica, el lenguaje sirve para presentar lo que más detesta y para pulverizar esas entidades. De esta batalla salen de pronto versos maravillosos, sueltos o insólitos, o dentro de un poema hay cuatro claves que te permiten advertir que el trabajo tiene más significado.

            Una de las cosas que le producen más placer es llegar al momento del éxtasis de la gran poesía. Lo convierte en sorpresa, aprovecha esta forma de exteriorizarse como alguien sorprendido porque la cosa ya está diciendo con más energía una verdad. Sabe hacer muy bien los contrastes y las verdades a las que se permite tener derecho son las verdades del pobre y del que sufre, del que tiene un resentimiento más grande por lo que la humanidad no tiene que por lo que a él le falta.

            Otra cosa que puede permitirnos una pista para descubrir los recursos secretos de Mario Santiago es el placer que la da no ser monedita de oro. El placer que le da ser una mortificación hasta para las personas que más estima. Eso le costaba mucho. No se flagelaba como un místico en la celda de un convento, aunque podrían considerarse actividades por el estilo esas depresiones alcohólicas que indudablemente no eran placenteras. Lo placentero en él es encontrar calidades, no la belleza como una presencia o una estatua o una imagen maravillosa. No, no, no. Las pinceladas que llegan a tener estas calidades eran para él su gran encuentro con la poesía. No con la poesía bonita, sino la poesía que encontraba en esas astillas verdades supremas y eso era su esfuerzo de náufrago. Al mismo tiempo, cuando ya despertaba de su propio impulso y se daba cuenta de que su forma de no fracasar en el esfuerzo poético le procuraba el placer y el gusto de poder leerles a sus amigos el poema, a ver qué te parece esto, en una llamada telefónica a las tres de la mañana, cuando uno está más bien para descansar y dormir que para escuchar a un tipo con el que se necesita el triple de voluntad para entender que se trata de un artista excepcional...”.



* El presente texto forma parte del libro que está preparando Raúl Silva sobre el Infrarrealismo.