martes, 18 de junio de 2019

Exilio distante: Roberto Bolaño y el exilio en México

Por Martín Cinzano
Carcaj.cl, 02.09.2018



A la mitad de este verso Roberto Bolaño me hace una pregunta idiotamente dostoievskiana y lo perdono es poeta el huevón y en su patria donde está sentado (riente soberano) en una verga de burro el cadáver de Nicanor Parra, mueren quelonios, batracios, grillos, palomitas, ardillas de inquieta cola, pavorreales de hermoso abanico, niños, ladillas en los testículos, putas, sobrenombres, fantasmas, hombres, señoras y señores dando vuelta a la plazuela, el arca de Noé en pleno
y todo
contra su muy puta y muy perra y muy leal voluntad
Orlando Guillén, Versario pirata (1979)


En escritores como Ernest Hemingway, José Revueltas o Jack Kerouac hay ciertos espacios entre biografía y obra por donde se cuela toda una imaginería, como las invenciones infantiles que a la postre acaban convirtiéndose en pequeños mitos, privados y públicos: un relato que alguien se cuenta frente al espejo, agregándole o restándole a cada tanto nuevos detalles. Y uno de los más visitados territorios en estos autorrelatos es el de la guerra; haber estado en la guerra, cualquier tipo de guerra, personal o colectiva, sangrienta o puramente literaria, revolucionaria o imperialista, para, desde ahí, montar una obra como el ajado documento de un sobreviviente. ¿Es que el silencio de quienes vuelven de esos campos, al cual se refería Walter Benjamin, se troca por la locuacidad megalómana de los escritores, reacios a aceptar o harto dispuestos a disimular aquel dictum según el cual “somos pobres en historias memorables”? En Chile, el caso cómico, desbordado, es el de Vicente Huidobro, destacado mitómano que regresó de la Segunda Guerra Mundial cargando un teléfono que, según él, pertenecía a Hitler. Roberto Bolaño, que después de todo era un narrador, construyó un relato más sólido, y su obra narrativa, podría afirmarse, en buena parte es otra construcción del mito del sobreviviente, pero con implicancias y estrategias particulares que impactan directamente en su lectura.

Desde 1968 Bolaño fue un inmigrante chileno en México. Después viene ese interregno biográfico, tan vivencial y tan ficticio: en resumen, viaja “por tierra y por mar” a Chile, a “participar en la construcción del socialismo”; cae detenido; es liberado gracias a un par de policías que lo reconocen como antiguo compañero de liceo; regresa a México y en el camino —capítulo huidobriano— dice llegar a conocer a los asesinos de Roque Dalton.

Como sea, desde 1974 a la calidad de inmigrante se sumará la de exiliado político. Su pasaporte no lleva el famoso sello oficial de la letra “L” con el cual se marca a los exiliados chilenos, aunque muchos de ellos simplemente optan por salir del país antes de caer, o recaer, en manos de la dictadura. Ambas condiciones migratorias de todos modos acercarán y a un tiempo alejarán a Bolaño de los contingentes de la diáspora sudamericana en México, cuyos testimonios durante el mandato presidencial de Luis Echeverría (1970-1976) por lo general dan cuenta de una intencionada ceguera ante la política interna del anfitrión en virtud de la “política de puertas abiertas” implementada por los gobiernos priístas. De algún modo, como dice en 2666 el profesor Amalfitano refiriéndose a los intelectuales mexicanos, a los exiliados esta política los desoreja. Ahí está, por ejemplo, el dirigente socialista Alejandro Witker, que en 1974 recibe un salvoconducto expedido por la UNAM y logra salir de Chile luego de permanecer cautivo en los campos de concentración de Isla Quriquina y Chacabuco; en Prisión en Chile (un libro editado en 1975 por el Fondo de Cultura Económica), relata: “El 17 de octubre partí rumbo a México. Estaba abierta la hospitalidad de sus instituciones académicas de nobles tradiciones y la activa solidaridad de su digno presidente, Luis Echeverría”.

Las palabras dignidad y solidaridad son a estas alturas muletillas frecuentes en el lenguaje de la izquierda y de la argucia política en general, pero para los socialistas de la época de Salvador Allende aún tenían sentido. Y sin embargo es un exiliado, un exiliado recién salido de un campo de concentración, quien se las endosa al que a todas luces era, y es, el señalado responsable de al menos dos carnicerías de carácter marcadamente político, Tlatelolco 1968 y el Halconazo de junio de 1971. Aun cuando se trate de un testimonio escrito al calor de una experiencia difícil, en ocasiones extrema, como la del destierro, se podría decir que la política del exilio chileno —del “exilio chileno oficial”, por llamarlo de algún modo, donde resalta la propia Hortensia Bussi—, por tanto, consistió en irse con pies de plomo a la hora de darle una mirada al contexto político mexicano. El gobierno anfitrión (hoy también) parece decir: pasen, los invito a mi casa, les doy trabajo, escriban, pero cuidado: mantengan las manos alejadas del refri. ¿Cuál era la postura de Roberto Bolaño como inmigrante/exiliado al respecto? Un testimonio del infrarrealista José Rosas Ribeyro puede señalar algunos factores a considerar:

            Eran los años del sexenio de Echeverría y todo el mundo parecía haberse olvidado que ese individuo había sido secretario de gobernación en 1968 y uno de los responsables directos de la masacre de Tlatelolco. Recuerdo que en algunos sectores    se trataban de organizar sindicatos independientes, pero era muy difícil y arriesgado enfrentar a los burócratas y matones del PRI.  Con los infrarrealistas no discutíamos casi nunca de política, con Bolaño, en particular, un poco. Se ha dicho que Roberto era trotskista y eso no es verdad. (…) Ocurrió por esos días que un grupo de gentes, “enemigos de Octavio Paz”, tomaron el diario Excélsior y expulsaron arbitrariamente a Julio Scherer y sus colaboradores. La revista Plural, que dirigía Paz y editaba Excélsior, cayó así en manos de una mediocre banda de escritorzuelos medio hampones. Creo yo que los infrarrealistas cometieron entonces (y no digo “cometimos” porque yo me negué a participar en eso) un grave error político al meterse a colaborar con ese nuevo y lamentable Plural. Lo hicieron, creo, sin reflexionar lo suficiente, porque odiaban a Paz y a todo lo que Paz pudiera hacer, decir o fomentar. Más allá de las discrepancias reales que se podía tener con él, lo odiaban visceralmente, a ciegas, y tenían unas ganas muy fuertes y justificadas de     tener un espacio de expresión, el cual les era cerrado debido a las posiciones rebeldes, inconformes, irreverentes, parricidas (en algunos casos) de los infrarrealistas. Así, en ese efímero Plural, tan dudoso en su “izquierdismo” como mediocre en la creación y el pensamiento, se publicaron algunos textos infrarrealistas, algunos excelentes. Textos que hubieran merecido aparecer en otra parte. [1]

Es harto común que en una agrupación pequeña —para colmo integrada por poetas— como es el infrarrealismo, cada quien tenga su versión del movimiento. En ocasiones (aún hoy) la pandilla parece una bolsa de gatos, y el testimonio de Rosas Ribeyro es tan sólo una pequeña muestra de las serias discrepancias existentes entre sus miembros. Pero, precisamente, al tiempo que en el infrarrealismo ocurre lo mismo que después de todo sucede al interior de cualquier partido político, la beligerancia, el “terrorismo cultural”, intentar joderse a Paz (y fracasar en el intento) a costa de cometer gruesos errores, parece un modus vivendi. Ahí quizá se podría hallar, aguzando la vista bastante, un hilo tendido entre Bolaño y su presunto “trotskismo” (con aditamentos de “internacionalismo” incluidos) en cuanto figura de la disidencia: la “tormenta permanente”, ir saltando a la deriva, vagabundear expuesto a la intemperie, “dejarlo todo”, jugarse a fondo en el amor e inventarse un mito son acciones revolucionarias, pero de una revolución (o más bien: de una rebeldía) continua, imposible de contener dentro de los límites impuestos por la burguesía.

No es posible, así, alinearse con la resistencia chilena en el exilio mientras es esa misma resistencia la que silenciosa y diplomáticamente avala la Guerra Sucia en México. Por tanto, se puede y debe blasfemar contra la dictadura gorila de Pinochet, pero desde una postura propia, más aún: una postura propia acreditada por un periplo automitificado como es el viaje de ida y vuelta de Bolaño a Chile. Éstas, por supuesto, no son más que suposiciones acerca de una presunta, muy vaga, posición política del Bolaño exiliado, pero al menos en algunos de sus relatos hay una marcada simpatía hacia aquellos expatriados chilenos más del estilo del Ojo Silva que el de quienes pertenecen a una oficialidad partidista: “No era como la mayoría de los chilenos que por entonces vivían en el DF: no se vanagloriaba de haber participado en una resistencia más fantasmal que real, no frecuentaba los círculos de exiliados”. Asimismo, el distanciamiento ante aquellos círculos, además de operar de acuerdo a la poética contestataria del infrarrealismo frente a las camarillas mafiosas de la poesía mexicana, se interpone desde un punto de vista, ante todo, moral.

            Por aquellos días se decía que el Ojo Silva era homosexual. Quiero decir: en los círculo de exiliados chilenos corría ese rumor, en parte como manifestación de maledicencia y en parte como un nuevo chisme que alimentaba la vida más bien aburrida de los exiliados, gente de izquierdas que pensaba, al menos de la cintura para abajo, exactamente igual que la gente de derecha que en aquel tiempo se enseñoreaba de Chile. (“El Ojo Silva”).

Y en otro relato de Putas asesinas, “Días de 1978”, el narrador señala: “La realidad, una vez más, le ha demostrado que la demagogia, el dogmatismo y la ignorancia no son patrimonio de ningún grupo concreto”. La ubicación de Bolaño en cuanto al exilio chileno en México (y en Europa) quizá forme parte importante de su educación política —toda vez que es ahí donde entra en conflicto con las directrices reaccionarias enraizadas en la propia “gente de izquierdas”—, pero se diría que es justamente a la vista de ese exilio cuando la actividad política deja de gravitar; poco a poco, o de golpe, el pragmatismo, “la demagogia, el dogmatismo y la ignorancia” arraigados en el sistema político —en cuanto estatutos inamovibles de las bajas y altas esferas latinoamericanas— van conformando un obstáculo insalvable para convertirse en el indócil escritor de carrera que Bolaño quiso ser y sin duda fue, gracias, en buena parte, a la introducción de ese sistema, de sus contradicciones y aberraciones, en su narrativa. Porque la actividad política, la grilla del infrarrealismo frente al resto de las cúpulas sectarias será un tema literario y también una forma de hablar y de narrar (en ocasiones, asumiendo cierta voz de autor puro, de desertor perteneciente al linaje de Arquíloco). Específicamente, la política de los años sesenta y setenta en Latinoamérica pasa a convertirse en su materia literaria; y el exilio, en todas sus variantes (y contra el cual despotricará la mayoría de escritores latinoamericanos, algunos de los cuales Bolaño admira), será pues la condición de la literatura, o mejor, como él mismo propuso en uno de sus “Discursos insufribles”: “Literatura y exilio son, creo, las dos caras de la misma moneda, nuestro destino puesto en manos del azar”.


[1] Fragmento de una entrevista de Raúl Silva a José Rosas Ribeyro, como parte de un libro en preparación sobre el infrarrealismo.











jueves, 2 de mayo de 2019

Santa Teresa o “el secreto del mal”: una aproximación a “2666” de Roberto Bolaño

Por Manuel Illanes
Revista Poétika 1, Nº 3, 01.2019



 
Si Los detectives salvajes representa en la obra de Bolaño el acercamiento a un México mítico, luminoso, el territorio de iniciación para Belano, Lima y los real-visceralistas en los terrenos de la poesía, 2666, por el contrario, nos introduce en las zonas oscuras del país, esa suerte de “dimensión desconocida” mencionada por Sergio González Rodríguez en Huesos en el desierto, haciendo eco de lo dicho por R. K. Ressler a propósito de los crímenes de mujeres en Ciudad Juárez. De alguna manera, ambos textos figuran el anverso y el reverso de la imagen que Bolaño comenzó a construir de México casi desde el momento en que pisó el país en 1968, y que siguió desarrollando hasta su muerte ocurrida en 2003, la de una nación que se mueve entre los polos de la maravilla y el horror. Esta distancia no es impedimento, sin embargo, para que desde distintas perspectivas, Los detectives salvajes y 2666 desarrollen el tema del poder como central en sus relatos: mientras que en Los detectives… se nos presenta la historia de un grupo de poetas que desde la marginalidad debe confrontarse con la oficialidad literaria mexicana, liderada por Octavio Paz, que ha establecido un canon acerca de lo que es “apropiado” en la escritura poética -de la que obviamente se hallan excluidos estos poetas-, 2666 traslada este tópico al ámbito del crimen: una de las cinco secciones que componen el libro, “La parte de los crímenes”, narra de forma detallada los asesinatos cometidos a partir de 1993 contra mujeres en Ciudad Juárez, asesinatos en que se manifiesta de manera patente la huella de una cofradía invisible que domina esta ciudad y la frontera norte. Uno y otro libro revelan, entonces, las caras desconocidas de esa Medusa que constituye el poder en México.

En relación a estos crímenes, Carlos Monsiváis ha señalado de forma contundente que existe un vínculo, un lazo que une a los distintos grupos que participan de los asesinatos, lo que ha permitido tanto la impunidad de los crímenes, como su continuidad en el tiempo. Así lo señala en Los mil y un velorios. Crónica de la nota roja en México:

La clave de la “incompetencia” es la alianza entre los gobernantes, los inquilinos del poder judicial, las policías y los empresarios y los terratenientes de Ciudad Juárez y El Paso, Texas. Esta alianza (no tan) en las sombras se inicia con el despojo de tierras comunales, con los fraudes sin castigo y con las técnicas de intimidación y compra del narcotráfico, que exhiben la disponibilidad de jueces, jefes policiales (de distintos niveles), agentes del Ministerio Público, muy altos funcionarios, empresarios, comerciantes, militares, clérigos.

Esta lectura que Monsiváis realiza de la situación en Juárez -que podríamos denominar sadiana (desarrollaremos más adelante esta comparación en profundidad)-, puede ser aplicada también al texto del novelista chileno, por cuanto la idea de una complicidad en torno a los asesinatos entre las distintas fuerzas que gobiernan la ciudad es recogida y ampliada por Bolaño en la sección ya mencionada. Ahí, el novelista chileno ficciona un espacio que replica el horror que se vive día tras día en la urbe fronteriza de Chihuahua: Santa Teresa. Santa Teresa será en la novela de Bolaño el centro de un espanto que se expande por todo México, un agujero negro que engulle las vidas de cientos de mujeres que desaparecen a plena luz y son encontradas después, muertas, la mayoría de ellas violadas y algunas mutiladas, situación que se ha prolongado hasta el presente y que revela la existencia de una cultura de cariz no solo machista, sino que abiertamente misógina, para la cual el cuerpo de la mujer es tan solo el espacio de escritura con que cuentan algunas mafias para reafirmar su dominio sobre el territorio y enviar mensajes a sus asociados o enemigos (tal como nos lo ha señalado Rita Segato). Hay que destacar que el tema de los feminicidios, tratado en 2666, encuentra, al menos, un antecedente en la literatura mexicana: Las muertas, libro publicado por Jorge Ibargüengoitia en 1977. En él, Ibargüengoitia realiza una recreación del caso de las “Poquianchis”, un par de hermanas de Guanajuato que ejercían de proxenetas en varios prostíbulos de su propiedad, situados en los estados de Jalisco y Guanajuato, donde mantuvieron trabajando durante años a jóvenes que eran engañadas para ejercer la prostitución, muchas de las cuales terminaron muertas o asesinadas, siendo inhumadas de manera clandestina en los patios de dichos prostíbulos. Estos crímenes únicamente pudieron haberse cometido gracias a la connivencia tácita de las autoridades civiles y policiales de los estados citados, con las que las “Poquianchis” establecieron una red de contactos e influencias que les permitía atraer a sus víctimas, explotarlas en los burdeles y luego desechar sus cadáveres sin ser descubiertas por casi dos décadas. Esta misma combinación de hechos (los asesinatos de mujeres que pululan debido a la corrupción de las autoridades) es la que deben enfrentar los agentes encargados de resolver los crímenes de Santa Teresa en 2666, lo que hermana ambos textos y los sitúa dentro de una órbita similar en relación a la visión del poder que ellos presentan. También los acerca, por otro lado, el lenguaje forense que utilizan al describir los crímenes, aunque en el caso de la novela de Bolaño esto puede deberse a la admiración que el chileno profesaba hacia autores del género policial y, especialmente, por la influencia de James Ellroy, de quién el novelista era un gran adepto (tal como se refleja en Entre paréntesis donde dedica una pequeña reseña a Mis rincones oscuros), en particular sobre la autobiografía de este autor, publicada en 1996, donde se trata acerca del asesinato irresoluto de su madre y de los feminicidios que él investiga para resolverlo, situados en el contexto del Los Angeles de las décadas de los 50 y 60.

Refiriéndose a esta confluencia de fuerzas políticas, policiales y de los cárteles que estarían detrás de una parte importante de los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, la ensayista argentina Rita Segato ha indicado en un penetrante estudio acerca de estos casos (La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez. Territorio, soberanía y crímenes de segundo estado) que:

El poder soberano no se afirma si no es capaz de sembrar el terror. Se dirige con esto a los otros hombres de la comarca, a los tutores o responsables de la víctima en su círculo doméstico y a quienes son responsables de su protección como representantes del Estado; le habla a los hombres de las otras fratrías amigas y enemigas para demostrar los recursos de todo tipo con que cuenta y la vitalidad de su red de sustentación; le confirma a sus aliados y socios en los negocios que la comunión y la lealtad de grupo permanece incólume. Le dice que su control sobre el territorio es total, que su red de alianzas es cohesiva y confiable, y que sus recursos y contactos son ilimitados.

El concepto de fratría que la ensayista argentina utiliza en su estudio, se encuentra -a mi modo de ver- directamente relacionado con la lectura que unos párrafos antes llamé sadiana refiriéndome a la interpretación que Monsiváis hacía de la situación en Juárez: el Marqués de Sade, en Las 120 jornadas de Sodoma, desarrolla la idea de la existencia de una cofradía, integrada por cuatro hombres adinerados (un aristócrata, un eclesiástico, un banquero y un juez) que deciden recluirse en un castillo y someter a una serie de abusos y vejaciones a un grupo de jóvenes de ambos sexos, especialmente escogidos para tales efectos. Estos hombres representan distintas facetas del poder que, ya en esa época -con el capitalismo alcanzando una incipiente madurez-, despuntaba en la sociedad del Antiguo Orden y se proyectaba hacia el futuro, esto es, el poder del Capital. El hecho de que todos ellos se encuentren asociados bajo un pacto secreto y compartan una misma visión respecto al derecho que los respaldaba para ejercer una violencia sin freno sobre los cuerpos de los jóvenes encerrados en el castillo parece tener una resonancia poderosa en la novela de Bolaño, quién de forma sutil (y otras no tanto) sugiere los vínculos incestuosos que unen a la clase dirigente de Santa Teresa con la policía y los grupos criminales. Esto se refleja, por ejemplo, en los lazos de amistad que unen al jefe de la policía de la ciudad, Pedro Negrete, con el líder de uno de los carteles de Santa Teresa, Pedro Rengifo, al que el primero entrega para el séquito de guardaespaldas del segundo, a Olegario Expósito (Lalo Cura), quien se convertirá en uno de las protagonistas de “La parte de los crímenes”. O en la actuación de las fuerzas de seguridad del Estado, que en distintas escenas de la novela, demuestran una ineptitud y negligencia en la investigación de los casos que está al borde de transformarse en una asistencia directa a los autores de los delitos y que, incluso, han llegado al extremo de adoptar los métodos delincuenciales, torturando a supuestos sospechosos de cometer los crímenes e intentando que éstos se autoinculpen, amén de otras tropelías aun más graves (la escena de la violación de las prostitutas del club La Riviera en los calabozos de un cuartel policial, que figura en la página 501 de 2666, resume a la perfección este punto). O en las reuniones entre los distintos estamentos del gobierno con el objeto de “solucionar” la situación -que más bien parecen el intento de maquillar los entuertos que se cometen en la ciudad-, de la que este fragmento simboliza de modo cabal la estrategia de ocultamiento de los responsables directos:

La vida es dura, dijo el presidente municipal de Santa Teresa. Tenemos tres casos que no ofrecen ninguna duda, dijo el judicial Ángel Fernández. Hay que mirar las cosas con lupa, dijo el tipo de la cámara de comercio. Yo todo lo miro con lupa, una y otra vez, hasta que se me cierran los ojos de sueño, dijo Pedro Negrete. De lo que se trata es de no moverle al cucarachero, dijo el presidente municipal. (Las cursivas son mías)

La particular insistencia que Bolaño pone en asociar las figuras de los representantes más importantes de Santa Teresa (como en la cita anterior) en relación a los crímenes, da cuenta de este afán del novelista por hacer patente la clave sadiana a la que me he referido. En tal sentido, hay otro fragmento de “La parte de los crímenes” que abona sobre la evidencia de los nexos existentes entre las autoridades civiles de Santa Teresa y los capos de los grupos criminales, y su deseo de dirigir las investigaciones en cierta dirección, una que apunte hacia la tesis del asesino único (que en 2666 se encarna en la figura de Klaus Haas) o de crímenes que son el resultado de la violencia intrafamiliar, con el objeto de proteger sus propios intereses:

Dos noches después del hallazgo de los cadáveres se reunieron en un club privado anexo al campo de golf el presidente municipal de Santa Teresa, el licenciado José Refugio de las Heras, el jefe de la policía Pedro Negrete y los señores Pedro Rengifo y Estanislao Campuzano. El encuentro duró hasta las cuatro de la mañana y se aclararon algunas cosas. Al día siguiente toda la policía de la ciudad, se podría decir, se puso a la caza de Javier Ramos.

Es de notarse, además, una característica muy importante que se repite entre las víctimas de los crímenes, que remarca la dimensión sadiana a la que creo apunta Bolaño en esta sección de su novela: de igual forma que en Las 120 jornadas de Sodoma (y aquí es la ficción la que cruelmente se anticipa a la realidad) ellas pertenecen al estrato más bajo de la sociedad -la juarenense, en particular, y la mexicana, en general-, el que corresponde a las mujeres migrantes que laboran en las maquilas por salarios de hambre. Estas víctimas son, desde el punto de vista de los victimarios, material desechable, lo que no solo se expresa por la constante incidencia de los asesinatos entre las féminas de este grupo, y la virulencia que tales crímenes muestran, sino que también por el hecho de que los cadáveres son abandonados en zonas de la periferia de Santa Teresa/Ciudad Juárez, tales como descampados, basurales, barrancas, etc., es decir, que se confundan, literalmente, con los desechos y la basura (lo anterior se ejemplifica en el tiradero El Chile, que es mencionado varias veces en “La parte de los crímenes”, un vertedero ilegal donde se encuentran algunos cuerpos de víctimas, prácticamente irreconocibles). De cierta manera, esto exhibe la absoluta asimetría que hay entre víctimas y victimarios: mientras las primeras se hallan en un estado de total indefensión, siendo muchas veces raptadas a plena luz del día sin que nadie haga nada por ayudarles, los victimarios cuentan con todos los medios para raptarlas, torturarlas, asesinarlas, deshacerse de los cuerpos y desaparecer posteriormente en el anonimato. Lo que surge de esta constatación es la idea de que el poder se manifiesta en tanto realidad incondicional que resguarda a algunos y aniquila sin piedad a otros, siendo estos “otros” aquellos que no pertenecen a la cofradía de la que se forma parte, la que se encuentra detrás de los abusos y vejaciones en Las 120 jornadas... y de los asesinatos en 2666.

Justamente tal rasgo de las mujeres asesinadas, el de su pertenencia a uno de los estratos más bajos de la sociedad y su indefensión, es apuntado por Sergio González Rodríguez en Huesos en el desierto, una obra que funge como contrapunto ensayístico de la ficción elaborada por Bolaño en 2666, ya que en ella se abordan los crímenes de Juárez a través de una serie de reportajes que González produjo como periodista del periódico Reforma, durante los años en que los feminicidios se desarrollaron con mayor fuerza. El recientemente fallecido ensayista señala, refiriéndose a Huesos

Asimismo, el libro ha retratado la puesta en marcha de esta industria maquiladora del exterminio de mujeres pobres, al insistir en el modus operandi de extrema violencia de aquellos asesinos que inscriben signos de odio idiosincrático, misógino, radical, u otros que reflejen los privilegios sociales de quienes patrocinan todo. Las víctimas de esta fábrica de cadáveres en serie han sido objeto de mensajes de secrecía en condiciones específicas de miedo y amenazas de un poder clasista e impune. Sangre, sacrificio, poder, grabados en cada uno de los cuerpos.

La inclusión de Sergio González como personaje de 2666 da cuenta de la dimensión política que Bolaño intenta imprimir a “La parte de los crímenes”: en tanto Huesos en el desierto representa una declaración directa contra la impunidad asociada a los asesinatos en Juárez, y el esfuerzo por desvelar los nombres que están detrás de la cofradía que ordena los crímenes y los encubre, al mostrar la “toma de conciencia” del personaje Sergio González respecto de la situación (“toma de conciencia” que se lleva a cabo paulatinamente en el texto), lo que se nos está sugiriendo, en pocas palabras, es que todos debemos realizar, junto con la lectura, el mismo viaje que guió a González desde una postura inicial de indiferencia hacia una de rechazo de los feminicidios y denuncia de sus causas. Bolaño mismo, reseñando Huesos…en su obra Entre paréntesis, invoca esta cualidad subversiva que posee el texto de González Rodríguez respecto del orden actual de las cosas en México:

Huesos en el desierto es así no sólo una fotografía imperfecta, como no podía ser de otra manera, del mal y de la corrupción, sino que se convierte en una metáfora de México y del pasado de México y del incierto futuro de toda Latinoamérica. Es un libro no en la tradición aventurera sino en la tradición apocalíptica, que son las dos únicas tradiciones que permanecen vivas en nuestro continente, tal vez porque son las únicas que nos acercan al abismo que nos rodea.

Siguiendo la misma línea se encuentra la aparición del personaje Juan de Dios Martínez, uno de los judiciales que debe hacerse cargo de los innumerables casos de mujeres asesinadas en Santa Teresa, en el relato que desarrolla “La parte de los crímenes”. El nombre del judicial es una clara alusión a la obra del poeta chileno Juan Luis Martínez quién, en 1977, editó un libro fundamental: La nueva novela. Publicado en uno de los momentos más oscuros de la dictadura pinochetista, en el texto de Martínez se presenta un alegato cifrado contra los poderes ilimitados del mal, en el cual, el alter ego del autor -justamente este Juan de Dios Martínez- ocupa un papel central. Me parece pertinente citar uno de los fragmentos del poema “La desaparición de una familia”, que figura en La nueva novela, el cual expresa este sentimiento de pérdida de sentido e indefensión completa que implica el rapto de un familiar, para ilustrar la carga significante que Bolaño imprime al texto al aludir a este Juan de Dios en 2666: “Ese último día, antes que él mismo se extraviara / entre el desayuno y la hora del té, / advirtió para sus adentros: / “-Ahora que el tiempo se ha muerto / y el espacio agoniza en la cama de mi mujer, / desearía decir a los próximos que vienen, / que en esta casa miserable / nunca hubo ruta ni señal alguna / y de esta vida al fin, he perdido toda esperanza”.

Las anteriores palabras parecen tener un eco en el párrafo final de “La parte de los crímenes” en que se expresa la sensación de extrañeza, de vivir en un mundo hostil, como el que tenía lugar en el Chile de fines de los 70, pero ahora trasladado a la realidad del México de mediados de los 90, el epicentro de una guerra soterrada entre los diferentes carteles, y entre éstos y el Estado mexicano, en medio de la cual se hallan los civiles inocentes:

Las navidades en Santa Teresa se celebraron de la forma usual. Se hicieron posadas, se rompieron piñatas, se bebió tequila y cerveza. Hasta en las calles más humildes se oía a la gente reír. Algunas de estas calles eran totalmente oscuras, similares a agujeros negros, y las risas que salían de no se sabe dónde eran la única señal, la única información que tenían los vecinos y extraños para no perderse.

Al enlazar la realidad chilena de fines de los 70 con la de las desaparecidas y asesinadas de Santa Teresa/Ciudad Juárez, Bolaño no solo hermana las situaciones políticas de uno y otro país sino que al mismo tiempo establece el campo de acción a seguir, cosa que la inclusión del personaje de Sergio Rodríguez en la novela, a mi modo de ver, ratifica: la oposición a este orden del mal que es el México contemporáneo y el deseo de desvelar el secreto del mal que está detrás de los asesinatos y desapariciones.




Bibliografía


-Bolaño, Roberto. 2666, Editorial Anagrama, Barcelona, 2008

-Bolaño, Roberto. Entre paréntesis, Editorial Anagrama, México, 2013

-González, Sergio. Huesos en el desierto,  Editorial Anagrama, Barcelona, 2005

-Martínez, Juan Luis. La Nueva Novela, Ediciones Archivo, 1977

-Monsiváis, Carlos. Los mil y un velorios. Crónica de la nota roja en México, Random House Mondadori, México, 2010

-Segato, Rita. La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en  Ciudad Juárez. Territorio, soberanía, y crímenes de segundo estado, Tinta Limón Ediciones, Buenos Aires, 2013



Fotografía: Tzompantli, Museo del Templo Mayor, Manuel Illanes











miércoles, 3 de abril de 2019

De la vida de los poetas: anticipo de la poesía reunida de Roberto Bolaño

Por Manuel Vilas
Página 12, Argentina. 31.03.2019

 
Si bien Roberto Bolaño fue reconocido como un gran narrador y novelista latinoamericano, su obra poética no sólo no fue menor ni lateral sino que estuvo en la base de su configuración como escritor. Se formó leyendo poesía y, sobre todo, atento a la vida de los poetas que lo fascinaban y que también alimentaron a muchos de sus mejores personajes. Ahora se publica un tomo de su Poesía reunida (Alfaguara) que además de los volúmenes La Universidad Desconocida, Los perros románticos y Tres, incluye una buena parte de poemas dispersos en revistas y plaquettes prácticamente inhallables. Aquí se anticipa el prólogo que escribió el escritor y poeta español Manuel Vilas para la presente edición.


 
Roberto Bolaño siempre fue devoto de la poesía. Llegó a la literatura de la mano de los poetas, de Baudelaire, de Rimbaud, como él mismo se encargaba de recordar cuando en las entrevistas se le preguntaba por sus orígenes literarios. Una mano dura, la de esos poetas. Su fascinación por la vida y obra del poeta chileno Nicanor Parra es de sobra conocida. Parra fue su poeta tutelar, un poeta que regaló a Bolaño una forma de entender la poesía que estaba directamente relacionada con una manera de vivir. Y esa manera de vivir perseguía la irreverencia, la iconoclastia y el misterio.

A Bolaño le apasionaban los poetas y, sobre todo, la vida de los poetas. Y la vida de los seres humanos que fracasan: “Nunca te enamores de una jodida drogadicta: / Las primeras luces del día te sorprenderán / Con sangre en los nudillos y empapado de orines”. Los poetas que fracasan eran un espectáculo universal. La vida de los poetas fracasados era inquietante y humorística, albergaba una melancólica ironía contra todos los poderes de la tierra: el poder político y el poder económico, y también el cultural.

Los poetas fueron una fiesta. Una fiesta para mendigos. Porque los mendigos que se van de fiesta se convierten en poetas.

Bolaño vio en la poesía una forma de rebeldía y una intriga existencial que engrandecía la vida. Es curioso, porque sin esa apelación a la poesía no se puede entender el conjunto de su obra, especialmente sus dos novelas más celebradas: Los detectives salvajes y 2666. Ese sentido de la rebeldía se manifiesta en una preocupación constante por exhibir las vidas de los fracasados, de los malogrados, de los hundidos, de los seres humanos que no consiguieron arraigar, de los desposeídos, de los que tuvieron mala suerte, de los raros, de los incomprendidos, de los que murieron antes de hora. Y sobre todo de los pobres: “Demos gracias por nuestra pobreza, dijo el tipo vestido con harapos”.

Hay mucha desesperación en la poesía de Roberto Bolaño. Tal vez porque la contemplación de la vida y del mundo de finales del siglo veinte producía extrañeza, destemplanza y angustia. Producía una desesperación inteligente. Yo diría que ése es el sentimiento que predomina en esta poesía: una angustia que viene de muy adentro y que acaba siendo luminosa. Pienso en ese poema en que Bolaño cita a Alain Resnais, quien a su vez recuerda que Lovecraft fue vigilante nocturno en un cine de Providence, y en esa historia el poeta encuentra consuelo, al contemplarse como vigilante nocturno del camping Estrella de Mar. A veces Bolaño comunica telegráficamente su desesperación, pero siempre con una ironía final: “El fracaso. La miseria. La degeneración. La angustia. / El deterioro. La derrota. Dos artículos masculinos / y cuatro femeninos”.

El trovador medieval Guiraut de Bornelh, uno de los personajes que aparece en la poesía de Bolaño, es una sombra del pasado remoto de la literatura desde la que nuestro poeta piensa su propio presente. Con frecuencia Bolaño buscó auxilio privado en la historia de la literatura y también en la amistad de los escritores coetáneos con quien tuvo afinidades vitales. Buscaba un refugio, no sentirse tan solo y desamparado. Hay mucho sentimiento de desamparo en la poesía del autor de Los detectives salvajes. Pensó que ese desamparo era inherente a la tarea del poeta, a la tarea del escritor. Al aprendizaje en el desamparo dio en llamarle “la Universidad Desconocida”, y así se tituló la recopilación de su poesía, preparada durante décadas y finalmente publicada en 2007. Es un título muy en la línea de 2666, formulaciones que encierran un pequeño misterio que nos araña el corazón: sabemos qué significan, pero son tan herméticos que hay algo en esos títulos que esquiva nuestra comprensión. Además, la universidad desconocida posee casi una naturaleza infernal, un abismo que encierra terror y muerte. México puede ser el lugar de la universidad desconocida, todo un país que sirve de alegoría, de símbolo de la desesperación luminosa, de la destrucción elegida en un acto de valor oscuro.

Siempre pensé que había un hermoso paralelismo, un secreto túnel, entre la manera en que aparecen y son caracterizados los poetas en una obra como Luces de bohemia, de Ramón María del Valle-Inclán, y en Los detectives salvajes, de Bolaño. El poeta mexicano Mario Santiago, al que Bolaño dedica varios poemas, se convertirá en el legendario personaje Ulises Lima en la citada novela. La miseria material, la existencia llena de penurias acompañada por la autenticidad moral y la entrega a una vocación poética parecen aunarse en personajes como Max Estrella y Ulises Lima.

Tanto Valle-Inclán como Bolaño idearon teorías estéticas. Valle formuló el esperpento y Bolaño, junto con Mario Santiago y otros poetas mexicanos, el infrarrealismo. La fundación de este último ocurrió a mediados de los años setenta en México. Más allá de los contenidos literarios, tanto el esperpento como el infrarrealismo eran estéticas revulsivas y disolventes. Bolaño entendió el infrarrealismo como una especie de orden mendicante de la posmodernidad, o un rotundo “no” a las convenciones. Los infrarrealistas querían volarle los sesos a la cultura oficial. Valle quería volarle los sesos a la España putrefacta. El poema de Bolaño titulado “Ernesto Cardenal y yo” puede ser un ejemplo de teoría infrarrealista. Tal vez toda esta teoría poética sea un homenaje a México. Puede que México también sea un homenaje al infrarrealismo. En realidad, nadie sabe qué fue el infrarrealismo, más allá de la parodia y de la ironía con respecto a las grandes vanguardias literarias de principios del siglo veinte.

Los poetas parece que son lo único insobornable. Tal vez porque no tengan nada. La miseria radical se convierte en pureza, en un acto político valiente, sólido. Bolaño estaba obsesionado con los poetas, porque eran lo único que se resistía al dinero. No tenían dinero los poetas, pero sí conocimiento. Esa es la paradoja que gustaba al autor de 2666. Memorable es el poema titulado “El dinero”:

“Trabajé 16 horas en el camping y a las 8 de la mañana tenía 2.200 pesetas pese a ganar 2.400 no sé qué hice con las otras 200 supongo que comí y bebí cervezas y café con leche en el bar de Pepe García dentro del camping y llovió la noche del domingo y toda la mañana del lunes y a las 10 fui donde Javier Lentini y cobré 2.500 pesetas por una antología de poesía joven mexicana...”.

La exhibición del dinero, cuando es tan poco dinero, se convierte en la mejor poesía del mundo. En otro poema nos dice: “El dinero que no tendré jamás y que por exclusión hace de mí un anacoreta, el personaje que de pronto empalidece en el desierto”. Es sugerente la imagen del anacoreta posmoderno, del escritor que se sabe inútil para ganar dinero, y sabe que eso lo es todo, o casi todo. Inútil para ganar dinero, pero no para el sexo. En la poesía de Bolaño, como en su narrativa, el sexo descarnado o fisiológico o explícito tiene una gran relevancia. Los poetas no tenían dinero, pero hacían el amor. Siempre disponibles para la promiscuidad. Los detectives salvajes son salvajes porque son tan pobres como promiscuos, o lujuriosos, qué hubiera dicho Dostoievski. La lujuria o la promiscuidad parecen emociones o postulados infrarrealistas.

El Tercer Mundo, es decir, México, solo nos regala miseria y promiscuidad. Bolaño celebró el Tercer Mundo inventando una danza literaria entre la pobreza y el sexo. Porque el sexo entre pobres es más sexo que entre ricos. La pobreza convierte el sexo en rabia, en la rabia más perturbadora del universo.

No hay nada más preciso para definir a un yo poético que decir cuánto dinero gana y con quién fornica. No hay nada más impúdico, y a la vez tan necesario. Los poetas se convirtieron en “perros románticos”. Y la vida de Bolaño se midió en pesetas. Eso produce melancolía. Es una medida desaparecida, que pertenece al siglo XX, desde donde Bolaño nos mira, en donde Bolaño quedó atrapado. Solo tres años pudo cruzar el siglo XXI, pues, como todo el mundo sabe, murió en 2003, a la edad de cincuenta años. Una edad que hoy hace que pensemos en él como si fuese un poeta joven.




La vida fue una universidad desconocida, eso nos dijo Bolaño. También nos dijo, en una parodia brillante que tenía por objeto la novela negra, que los verdaderos detectives son los poetas (y especialmente los poetas anónimos) y que el futuro que se nos trasladaba en 2666 era una expansión incontrolada de la ficción como una forma de borrosa, ambigua, azarosa existencia.

Siempre con un pie más allá del orden, de la naturaleza y de la vida, así es la literatura de Bolaño, en cualquier género. La poesía de Bolaño se decantó por un simbolismo personal. Es una poesía de tendencia figurativa, no usa la abstracción, aunque sí el irracionalismo y el toque visionario, pero se mueve en un territorio simbólico que se apoya en referentes de la historia de la cultura, del arte y de la literatura. Estoy pensando en el poema titulado “El Greco”, en donde la evocación histórica del pintor se mezcla con una escena erótica que busca la redención del pasado. Porque el destino de los artistas es la muerte, y Bolaño los quiere rescatar, para que vuelvan a estar vivos, bajo esa dimensión imaginaria de la poesía. El poeta nombra en sus poemas a escritores de todos los tiempos, dialoga con ellos, y en alguna medida se encomienda a ellos desde la ironía. Mezcla personajes históricos con personas a quienes el poeta conoció. El resultado es una combinación de historia y vida. Y el sentido final siempre es el de una sentencia presidida por la muerte y la angustia. También fondeó Bolaño en la creación de símbolos crípticos, con imágenes que a veces recuerdan a la poesía de Leopoldo María Panero. La creación de símbolos personales, enigmáticos y de cierto tono distópico o apocalíptico tiene asiento en muchos poemas. El hondo desierto de la realidad y de la condición humana busca ser dicho con acertijos, con arcanos privados. Hay destellos de Jorge Luis Borges, y su influencia se nota específicamente en ese poema río titulado “Un paseo por la literatura”, que acaba siendo un aleph en donde cabe la historia del universo.

Son muchos los poemas que expresan una idea recurrente en esta poesía, y que podría cifrarse en un verso del propio Bolaño, ese que dice “Nada quedará de nuestros corazones”. La conciencia de la inutilidad del arte frente a la muerte y el tiempo hacen que Bolaño adopte la ironía, en una acepción casi lúdica, como remedio, o como bálsamo. Es toda una melancolía, de fundamento clásico, la que aparece en esa constatación: nada quedará de nuestras vidas, por mucho que existan los poetas.

La necesidad de narrar historias, pero historias con poesía dentro, lleva a Bolaño a escribir poemas en prosa. La poesía está en un lugar intermedio. La poesía se ha hecho prosa. En este libro que tiene el lector entre sus manos hay muchos poemas que son, en realidad, breves narraciones. ¿Por qué llamar poesía al relato corto? Porque tampoco son relatos, en puridad. Pues albergan en sus entrañas un sentido poético, un sentido simbólico e irreal de la existencia humana. No buscan narrar unos hechos, sino trascender esos hechos como motivo simbólico de la vida. La prosa narrativa de Bolaño es poesía por eso, por su ambición de decir la condición humana. Hay en estos textos en prosa mucha influencia de Franz Kafka, sobre todo en esa mezcla de amenaza y desasosiego que invade estas pequeñas narraciones, donde la tan famosa autoficción, donde la aparición del propio Roberto Bolaño como personaje, toman un destacado protagonismo. Pensaba nuestro poeta que si contaba en carne propia todo cuanto veía, la vida se ordenaba o al menos vivir servía para algo. Mientras Roberto Bolaño cuenta lo que le pasa a Roberto Bolaño, con absoluto verismo, con un lenguaje coloquial, recurriendo incluso al exabrupto y a las expresiones soeces, es posible encontrar un poco de sosiego, y una finalidad. Justamente la finalidad que no tiene la vida. ¿Por qué hay tantos hechos, tantos personajes o personas, tantas ciudades y países en la vida real? Bolaño no lo sabe. Lo que sabe es que un ser humano pierde la vida, gasta la vida viendo ciudades, caminando las calles de Barcelona, de Ciudad de México, de Castelldefels, de Ciudad Juárez, que invierte la vida en Chile, México y España, que la vida es lo que ocurre en el camping Estrella de Mar (“Un camping debe ser lo más parecido al Purgatorio”) o en la barcelonesa calle Tallers, y que lo mejor es contarlo, porque la vida solo sirve para contarla. Y si la vida solo sirve para contarla, es que estás desesperado, aunque no se note. Que no se note es la tarea del escritor con talento.

En la poesía de Bolaño puede encontrar también el lector el taller del narrador, la trastienda del novelista, y puede observar cómo funciona el trasvase entre poesía y prosa. Muchos de los temas que ocuparán la narrativa del autor de Los detectives salvajes están sugeridos en los poemas, a modo de apunte, a modo de reflexión, a modo de esbozo. Podría hablarse de la “escritura total”, que puede manifestarse en una novela o en un poema. La creación de Bolaño confundía los géneros literarios porque procedía del violento afán de representar la vida: daba igual el género. La urgencia era la vida. Por eso, este libro de poesía reunida es, en rigor, un libro más de Roberto Bolaño sobre Roberto Bolaño. Un libro sobre la vida de Roberto Bolaño, sobre el intento de que la vida de Roberto Bolaño alcance un fin, un sentido, una representación, una existencia, un rostro, una fotografía.

Se podría sintetizar así: hay poesía escondida en sus novelas y hay novelas interrumpidas en su poesía. Porque todo son palabras. Como todo son palabras, Bolaño buscó aquellas que más dolían o más decían, o más escondían, o más cercanas estaban a lo que el propio Bolaño vivió.

Toda la poesía aquí reunida es, pues, de carácter autobiográfico. Bolaño habla de su trabajo de vigilante en el camping Estrella de Mar de Castelldefels, habla de sus amigos, de todo cuanto vio y vivió con ellos, de las mujeres a las que deseó, de las calles y los bares en los que estuvo y fue Nadie. Esa sensación ardiente de pasar por el mundo siendo Nadie, eso está en estos poemas, en estas prosas.

Creo que el lector encontrará especialmente emocionantes los poemas dedicados a Lautaro Bolaño, hijo del poeta. A través del hijo, llega el poeta a reconstruir el rostro de su propio padre, y hasta el del abuelo. Lautaro Bolaño representa la vida que se cumplirá con el padre ya ausente. Él es lo mejor que hubo en la vida del poeta.

El mundo es líquido y no sólido en la literatura de Bolaño. Eso buscó nuestro chileno españolizado y mexicanizado. El estado líquido es muy hermoso, ayuda a tomarse la vida como comedia, una comedia con sus largos quejidos, con tanta irreverencia como desesperación. Eso es este volumen, esta poesía reunida: la comedia íntima de Roberto Bolaño.

Para poder vivir hay que creer en algo. No me gustaría acabar este prólogo sin recordar aquello en lo que creyó Roberto Bolaño. Creyó en el misterio y en la fuerza de la vida, susceptible de ser dichos de manera quijotesca y cervantina a través de las palabras. Al hacer un brutal recuento de sus fracasos editoriales, Bolaño dijo en lo que creía. Lo dijo en este poema: “Rechazos de Anagrama, Grijalbo, Planeta, con toda seguridad también de Alfaguara, Mondadori. Un no de Muchnik, Seix Barral, Destino… Todas las editoriales…  Todos los lectores… Todos los gerentes de ventas… Bajo el puente, mientras llueve, una oportunidad de oro para verme a mí mismo: como una culebra en el Polo Norte, pero escribiendo. Escribiendo poesía en el país de los imbéciles. Escribiendo con mi hijo en las rodillas. Escribiendo hasta que cae la noche con un estruendo de los mil demonios. Los demonios que han de llevarme al infierno, pero escribiendo”.

Un raro poema, líneas desesperadas, en donde el acto de escribir es voluntad, amor y castigo. Un escritor puede arder en el infierno, pero no se consumirá del todo en tanto que su mano en llamas escriba aunque solo sea una sílaba, sea cual sea esta sílaba ignominiosamente secreta.











jueves, 21 de febrero de 2019

Los rastros y los mitos de Bolaño

Por Joaquín Sánchez Mariño 
Diario La Nación, Argentina. 12.07.2015




Roberto Bolaño Ávalos es llevado en auto hacia un hospital de Barcelona. Tiene 50 años y necesita un trasplante de hígado. [Este] No llega: durante la madrugada del 15 de julio de 2003, luego de entrar en coma, muere. Unas horas después, en Chile, la presentadora Carolina Zúñiga anunciará en la televisión: "Se ha muerto Chespirito, se ha muerto el Chavo".

El equívoco es ilustrador: a pesar de haber nacido en Chile, y haber escrito sobre Chile, y haber teñido pesadillas horribles y hermosas sobre Chile, el escritor nunca llegó a ser profeta en su tierra. Y no bastó con que le aclararan a Zúñiga que Roberto Bolaño no era Roberto Gómez Bolaños (el Chavo), porque ni ella, ni los productores, ni la gente en general sabían quién era. Aunque ahora sí: "¿Bolaño? Ah, el que la Zúñiga confundió con el Chavo".

Todo lo que empieza como comedia acaba como tragedia.

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"Hay una infancia chilena, la adolescencia, el año 73, en fin, cosas pequeñas y misteriosas, casi sin importancia, o sin el casi, probablemente cosas sin ninguna importancia, pero que son también las cosas que van construyendo un destino".

(Entrevista de Bolaño con Carolina Díaz)

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Hijo de León Bolaño y de María Victoria Ávalos, Roberto nació en Santiago de Chile el 28 de abril de 1953. Sin embargo, sus primeros años los vivió en la calle Mercedes, del cerro Los Placeres, en Valparaíso. Luego, en 1960 se mudaron a Quilpué, donde pasarían algunos de los años más felices de su infancia. Tenían una casa grande con un jardín delante y detrás, una casa que hoy sigue en pie y que en su frente tiene una placa conmemorativa, acaso la única de todo Chile. Tocamos el timbre, pero nadie acude, solo los cuatro perros que viven ahí, y que ladran y custodian más la privacidad que la placa, que al final del cuento es solo un pedazo de piedra.

Quilpué es una ciudad cercana al mar a la que se llega entre curvas. Desde la altura parece una pequeña villa de pescadores, aunque no tiene mar ni puerto. Casas de madera y cerros con callecitas de tierra. La gente es amable, indica las direcciones sin hablar demasiado. Y camina por el frente de la casa de Bolaño como si nada. Como el chico de unos 12 años que pasea por ahí arrastrando un monopatín. Nos mira, mira la cámara de fotos, la atención inexplicable con que estudiamos la roca. Entonces le preguntamos:

¿Conoces a Roberto Bolaño?
¿El profesor de deportes?

No, un escritor que vivió acá.
Ah. No, po.

Y se va. Entonces nos dedicamos a recorrer Quilpué buscando algunos de los mitos que el propio escritor fue sembrando. Lo hizo en su literatura o en las entrevistas que dio entre 1996 y 2003, los únicos años en los que pudo vivir exclusivamente de la escritura, gracias a la sucesión de premios (el Rómulo Gallegos y el Jorge Herralde), y a la posterior influencia mundial de su obra.

De esos años en Quilpué, Roberto recordaba un caballo. Se llamaba Poncho Roto y se lo regaló su padre, un boxeador profesional, camionero y ganador de varios concursos de físico en la playa, según reconstruye la periodista Mónica Maristain en su biografía El hijo de Míster Playa. Ese caballo vuelve a aparecer en el cuento “Últimos atardeceres de la tierra” (del libro Putas asesinas), donde el personaje lo recuerda con el nombre de Zafarrancho.

También contó varias veces que en ese tiempo le atajó un penal a Vavá. Bien podría ser fabulación, una construcción de sí mismo, o un recuerdo futbolístico glorioso para alguien que nunca fue un gran deportista. Según su relato, vivía al lado del centro deportivo de Quilpué, donde se concentraba la selección brasileña en el Mundial de 1962, y él podía entrar a verlos. Ese centro deportivo sigue estando a 50 metros de la casa que fue de Bolaño. Tiene reposeras, piletas, campos de fútbol. A pocas cuadras de ahí está la Escuela Pública N° 98, donde Bolaño estudió un año y donde su madre daba clases. Frente a la escuela, limpiando la vereda, un hombre pregunta qué hacemos. Decimos “Roberto Bolaño” esperando la expresión de duda que antecede el recuerdo de Chespirito. Pero el hombre abre bien los ojos y dice: "Mi mujer fue al colegio con él". Su mujer es Erna Heidke, compañera de Bolaño hasta quinto básico en el Colegio Alemán, el segundo al que asistió Roberto en Quilpué.

¿Lo recuerda?
Sí, como a un compañerito más. Su cara, sus rasgos Sí, era el Roberto.

¿Cuándo supo que era un escritor reconocido?
Ya hace tiempo, porque nosotros todavía con los compañeros del colegio estamos en contacto, tenemos un grupo y nos reunimos, y por ahí una vez alguien contó y todos nos sorprendimos. Es lindo de pronto saber que uno fue al colegio con una persona tan importante.

¿Recuerda alguna anécdota con él?
Me acuerdo una vez que nos llevó a todos a ver a la selección de Brasil, porque el padre trabajaba con camiones y no sé qué hacía con el centro deportivo y tenía acceso, entonces él nos invitó a sus compañeros. Fue muy lindo.

¿Y le atajó un penal a Vavá?
Ah, eso no recuerdo. ¿Quién es Vavá?

Bolaño 1, Vavá 0.

Todo lo que empieza como comedia indefectiblemente acaba como misterio o como marcha triunfal, ¿no?

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"Toda literatura, en cualquier época, se apoya en sus, digamos, Troyas portátiles, y en ocasiones las crea. En el caso de mi generación, bueno, nuestro valor no fue tan grande como nuestra inocencia o estupidez. Digamos que, en esa épica, lo que contaba era el gesto. Mediante gestos uno construía su novela de aprendizaje, algo que, bien mirado, es bastante tonto y que, a la postre, si las cosas hubieran sido diferentes nos habría convertido en víctimas o verdugos".

(Entrevista con Daniel Swinburn)

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La Biblioteca Nacional de Santiago de Chile tiene 185 entradas con el nombre de Roberto Bolaño. Están sus libros, hay traducciones, ensayos. Hay textos de entrevistas que lo nombran a la pasada, otros que lo enaltecen y otros que lo destrozan. Su relación con el mundo literario chileno fue más bien polémica. Llamó “escribidora” a Isabel Allende, que le respondió luego de su muerte, diciendo que era un tipo bien desagradable. Se declaró ciento por ciento seguidor de Parra antes que de Neruda o Mistral, los poetas nacionales. Dijo cosas como que en Chile los escritores se preocupan demasiado por la respetabilidad, que es lo peor que puede hacer un escritor, y que la literatura chilena estaba más bien muerta.

Sin embargo, sí tuvo la voluntad de publicar Estrella distante en su país natal. En ella narra una historia de horror -tragicómico, otra vez- durante la dictadura de Pinochet. En su momento, mediados de los noventa, le mandó la novela a su amigo Jaime Quezada y le pidió por carta que llevara el manuscrito a "cualquier editorial que pague". Jaime lo hizo: se la acercó a Carlos Orellana, que en sus Memorias de un editor cuenta: "Quezada trajo Estrella distante con el encargo de ofrecerla a alguna editorial nacional. Yo trabajaba por esos años (1993 y siguientes) en Planeta-Chile. Tardé un par de meses (o acaso más) antes de leer Estrella distante, y comprobar entonces que tenía entre mis manos una novela de un escritor de primer orden. Me conseguí su teléfono con el poeta mensajero y me comuniqué con Bolaño. Demasiado tarde. Ante la falta de noticias de Chile había contactado a la editorial Anagrama". Jaime también lo recuerda y aporta una postal en la que Roberto le anuncia que consiguió editorial para su libro. Nos la muestra en una mesa del bar “El Valle de Oro”, donde Quezada se reunía con un grupo de poetas en la década del 70, los años en que Bolaño volvió de regreso a Chile para participar de la revolución.

Antes de su regreso, hubo varias mudanzas internas y una externa. Después de Quilpué, la familia se mudó a Cauquenes y luego a Los Ángeles, de donde era León. De Los Ángeles se fueron en 1968 rumbo a México. Roberto tenía 15 años. En esa época llegó Jaime Quezada a México y se hospedó dos años en su casa. Le presentó el mundo de poetas, lo sacó por las calles del DF. Le presentó, entre otros, a la poeta argentina Diana Bellesi, que hoy recuerda: "Fuimos amiguitos en nuestra juventud". A los 20, Roberto decidió volver a Chile y subirse al sueño socialista. Llegó a Santiago el 30 de agosto. Once días después el sueño de Allende terminó en manos del golpe militar.

Todo lo que empieza como comedia termina como película de terror.





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En esta casa del barrio La Cisterna, entonces residencia de Jaime Quezada, permaneció Bolaño en los días previos al golpe de 1973.

"Estuve detenido ocho días, aunque hace poco, en Italia, me preguntaron: ¿qué le pasó a usted?, ¿nos puede contar de su año y medio en prisión? Y eso se debe al malentendido de un libro en alemán donde me pusieron medio año de prisión. Al principio me ponían menos tiempo. Es el típico tango latinoamericano. En el primer libro que me editan en Alemania me ponen un mes de prisión; en el segundo, en vistas de que el primero no ha vendido tanto, me suben a tres meses; en el tercer libro, a cuatro meses; en el cuarto libro, a cinco meses, y, como siga, todavía voy a estar preso".

(Entrevista con Eliseo Álvarez)

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Llega el 30 de agosto y se hospeda en lo de Jaime Quezada, en el barrio La Cisterna, donde hoy hay casas bajas, gente trabajadora, poco ruido. La calle La Blanca 0559, habitación en el pasillo, justo frente al baño. Hoy es habitada por Francisco Quezada, sobrino de Jaime, un cantor popular que hace shows en los ómnibus y vende empanadas. A dos cuadras de ahí [al momento de escribir esta crónica], digamos que por casualidad, se entrena la selección brasileña para la Copa América.

Durante aquellos días antes del Golpe, Roberto recorría la ciudad con Jaime como si fuera un turista. Él lo llevaba al bar “El Valle de Oro” a conocer poetas, iban a la biblioteca, caminaban sin rumbo. "Este recorrido de Bolaño sobre la ciudad de Santiago no se ha hecho nunca", dice Jaime, que reunió gran parte de sus experiencias junto a su amigo en el libro Bolaño antes de Bolaño. "La figura de los detectives, por ejemplo, tan emblemática en su obra, la tenía interiorizada desde muy chico. Recuerdo una vez en México que íbamos a jugar al policía y ladrón, y él dijo: Yo quiero ser detective, para seguir al policía y al ladrón", recuerda Jaime con entusiasmo. Luego abre un libro y nos muestra un fragmento de una entrevista con Mihály Des en la que Bolaño relata sobre el Golpe: "Yo vivía en casa de Jaime Quezada, que ahora es un poeta casi oficial. En aquella época era un poeta joven, amigo de mi madre. Me despertó temblando y me dijo: Roberto, los militares han dado un golpe. Lo primero que recuerdo es haber dicho: Dónde están las armas, que yo me voy a luchar, y Jaime diciéndome: No salgas, no vayas, ¿qué le voy a decir a tu mamá si te pasa algo? Yo no conocía el barrio y Jaime estaba dispuesto a quedarse encerrado todo el día en casa. Fue muy divertido. Fui a casa de un chaval que sabía que era de izquierda y le pregunté: ¿Quién está organizando la resistencia en el barrio? Porque yo voy de voluntario. Y el chaval me dijo: Yo también quiero ir de voluntario. Yo tenía 20 años, pero él tenía 15. Y fuimos juntos a la célula de unos comunistas, que eran los únicos que tenían organización. Había gente de todos los partidos allí. Era la casa de un obrero comunista. Un hombre que estaba muy, muy asustado. Recuerdo, además, que en su aparador tenía libros de Marcial Lafuente Estefanía, esos pequeños libritos de vaqueros. Fue muy tierno. Muy desolador y muy tierno”.

Jaime se ríe. Lanza una risotada larga y feliz. Le preguntamos si es cierto. "Roberto siempre fue un gran narrador, y esto lo engrandece aun más. Él creó su propio relato. Nada de eso sucedió: nunca preguntó dónde estaban las armas. En cambio, nos quedamos todo el día juntos en la casa porque no se sabía nada y era muy peligroso".

Él cuenta en varias entrevistas y en un cuento incluso (“Detectives”) que luego lo detuvieron ocho días y estuvo al borde de la muerte, temiendo ser torturado. Es parte de su poder narrativo. La verdad es que él se sintió atado a Chile a partir del Golpe. El 20 de septiembre se fue para Los Ángeles a visitar a unos parientes que tenía y luego a Concepción a ver a un amigo. En la estación de Concepción lo detienen. Y ahí lo tuvieron un tiempo hasta que averiguaron sus antecedentes.

¿Estaba comprometido? Dice que lo salvaron dos compañeros del liceo que lo reconocieron.
Los que vivimos esa época sabemos que eso no era posible. Roberto había venido de México con una chaqueta militar, hablaba como extranjero, el pelo largo Llamaba la atención, era esperable que lo detuvieran. Pero no hubo cárcel, solo lo interrogaron y lo liberaron. Ahí se vino para mi casa, hicimos los trámites con la embajada mexicana y se fue para allá otra vez.

* * *

"Detesto, con algunas excepciones, los libros de memorias. Suelen ser grandilocuentes, a veces desde el título mismo; piense, si no, en Confieso que he vivido (de Neruda), un título estúpido de donde los haya, pues nadie, ni el torturador más necio, tratará de hacer confesar a alguien que ha vivido. Una respuesta tonta para una pregunta inexistente () En realidad, los únicos a los que se les debería permitir escribir libros de memorias es a los aventureros sangrientos, a las actrices de cine porno, a los grandes detectives, a los traficantes de droga, a los mendigos".

(Entrevista con Rodrigo Pinto)

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Cuando Roberto Bolaño Ávalos murió, el poeta Nicanor Parra le dedicó un poema visual que decía "Le debemos un hígado a Bolaño". Si es cierto que su tierra no lo reconoció a tiempo, creo que le habría alcanzado con el regalo del Antipoeta. Según Jaime, sin embargo, el país siempre le dio y le sigue dando lugar. Cuando le mencionamos que la mayor parte de la gente lo reconoce por la anécdota de Chespirito, se ríe y dice que eso no habla de Bolaño, sino de Chile. Y otra vez se ríe. Y quedamos en plena calle de Santiago mirando el faraónico Centro Cultural Gabriela Mistral, que está justo enfrente, como cayéndole encima a “El Valle de Oro”, donde nadie sabe que ahí estuvo el autor de Los detectives salvajes. Pienso que Parra diría que la única justicia es siempre imaginaria: debió haber sabido Roberto Bolaño que diez años después de su partida, cuando efectivamente muriera el Chavo, en esta tierra de poetas muchos se iban a acordar de él.

Todo lo que empieza como comedia acaba como un responso en el vacío.



Fotos: Hugo Infante