miércoles, 12 de septiembre de 2018

Nota al margen de un poeta marginal

Por Claudia Kerik
Revista La Zorra Vuelve al Gallinero (5), septiembre del 2018




Cuando conocí a Mario Santiago en el Taller de Poesía de la Casa del Lago en el año de 1975, él ya se presentaba bajo el nombre de su personaje-poeta, aquél con el que daría inicio su leyenda [1]. Creo que desde el comienzo ya tenía una percepción de sí mismo como miembro de una troupe de “actores de actos infinitos”, como pieza clave de un movimiento que iba más allá de su persona y que lo hacía posar conmovido “frente a 1 fotógrafo invisible”. Había una voluntad en él, no sólo de escribir poesía y trascender con ella, sino de proyectarse como integrante de una comunidad disímil de artistas que habrían conseguido finalmente triunfar justamente desde su posición al margen de la cultura oficial. Insertarse en esa cofradía convocada por él mismo le aseguró (desde “el vamos”) el derecho a pronunciarse como un poeta cuya voz vendría acompañada por otras, o garantizada por aquellos que sí lograron obtener un lugar en la historia, pese a ser ignorados en vida o haber demorado en ser reconocidos. Pienso, por ejemplo, en Alfred Jarry, pero también en una peculiar mezcla de ese enfant terrible francés con algo de Cantinflas y un poco de Allen Ginsberg, para crear un coctel con el que servirse un trago de poesía exclusiva gracias a esa hábil combinación de sus componentes: el descaro del primero (convertido en el grosero Père Ubu), la licencia (heredada de nuestro célebre peladito) para crear un mundo autónomo haciendo un uso desviado de la gramática, y el eco trascendente de la voz del poeta beat que se proponía darle un mensaje a su generación. Todo esto enmarcado bajo el signo dramático de la vida de Van Gogh (o de la de Artaud, “carnal de su alma”), cuya obra rechazada o comprendida de manera insuficiente y a destiempo, además de conmovernos, nos señala.

Esa convicción de sí mismo como mito, fruto de su identificación e inserción voluntaria en una lista de ilustres “rebeldes con causa”, también fue el lado oscuro de su figura. Le permitió exigir de los demás hacer una lectura obligada de su poesía, con la seguridad de que su voz –parte integrante de un coro de voces que merecía respeto absoluto– debía ser atendida con no menos seriedad que la de sus congéneres. Había en él algo impositivo y autocomplaciente, que ahora puedo comprender como resultado de esa visión de sí mismo. Para los que lo escuchamos entonces, parecía un exceso de autoconfianza el que dejara nuestros cassetes de la contestadora telefónica saturados con sus poemas recitados. ¿Cómo estaba tan seguro de que era importante oírlo? ¿Sabía ya quién podía llegar a ser? [2] Nadie tuvo dudas sobre sus alcances cuando leyó “Consejos de un discípulo de Marx a un fanático de Heidegger” en una de las sesiones semanales del Taller de poesía, y más tarde en un acto público. Mario Santiago ya era dueño de una voz cuando todos a su alrededor (al menos los del grupo Infra) aún la estaban buscando –algunos jamás la encontrarían. Pese a ello, su demanda de atención, que en adelante crecería quizás hasta convertirse en amargura [3], era abrumadora por parecer injustificada.

Pienso que el lado iluminador de su trabajo como poeta aún no ha terminado de manifestarse. Un mérito de su poesía (del que no estoy segura que se haya percatado) consistió en aquello que lo diferenciaba de quienes admiraba. Ejemplo de ello fue su capacidad para representar una cierta dimensión (más que nunca vigente) de la rudeza de la vida urbana que no había conseguido expresarse aún en la poesía mexicana pese a los frutos de Efraín Huerta, los pasos previos de Salvador Novo y Renato Leduc, o las maniobras creativas de los Estridentistas. Mario Santiago tomó muy en serio su papel de flâneur del D.F., y de su experiencia real destiló una parte importante de sus visiones como poeta. Logró legitimar una zona de observación propia [4] y ofrecer, desde ahí, su colección de impresiones. Algunos poetas mexicanos han tratado de hablar de una experiencia paralela haciendo eco del habla popular, e intentado, de esa manera, acercarse al punto de vista de los que están del otro lado de la calle. Ellos fueron, en parte, el modelo precursor de Papasquiaro. Tomó sin dudarlo la lección ofrecida por Efraín Huerta (que Alejandro Aura transmitía con el ejemplo de su propia obra, en el Taller), pero se distinguió de sus modelos al no intentar parecer (a toda costa) que era uno-como-todos, sino en serlo quizás más espontáneamente. Hay algo en su mezcla abigarrada de vulgaridad y alta cultura underground que resulta genuino y vuelve menos artificiales los escenarios por los que transita y a los que les presta su voz. De hecho, no parece que tome la voz de los demás para hacerles un lugar en sus poemas, sino que los deja hablar desde su poesía, puesto que son él o parte de él. Su punto de vista no es turístico, no es el de aquél que hace un retrato de los bajos fondos de la capital desde su posición privilegiada como observador, más bien es el de uno que reside “en las alcantarillas sin fondo de los barrios” y cuenta lo que allí ocurre con la responsabilidad que le confiere el saberse poeta, y ser, por eso mismo, aquél al que le toca hablar para dar a conocer esa realidad [5]. No fue un poeta lumpen sino un «lumpen poeta». Y sin embargo, la clasificación le queda chica, pues quiso identificarse haciendo manifiesta su incomodidad con una poesía concebida como una “Oración-herejía” que nos ha escupido en la cara, y porque el mundo que desde allí se proyecta, desde la oscuridad de esa “noche antiBuñuel / antiDalí”, puede ser también el mundo en un sentido más amplio, uno en el que tendrá cabida una “explosión de destellos” no obstante su constatación de estar situado en “el pantano de la normalidad”.

Aún resta hacer un balance de su trabajo recogiendo las experiencias de primera mano que obtuvo y que quiso compartir desde ese lugar al que accedió –y que la noción de lo «marginal» no alcanza a cubrir–, corriendo riesgos tales que mantienen (en cierto modo) inaccesible, todavía hoy, su mensaje. Y resta, también, hacer el reconocimiento de su fe en la poesía como un valor en sí [6], compartido por toda una generación (de escritores y lectores) que –como bien ha señalado John Coetzee– en la década de los sesenta y los setenta “se tomaba a la poesía como la guía más fiable que existía para la vida”. En la era de los mensajes virtuales en que escribo esta nota, en que un tweet puede mover al mundo, el recuerdo de los versos que guiaron a mi generación me sigue conmoviendo, e invita, de paso, a hacer una reflexión sobre la ausencia del arte como protagonista de nuestras vidas.



Notas

[1] Pasó de ser José Alfredo Zendejas para convertirse, por obra de él mismo, en la figura del poeta Mario Santiago, rubricada en adelante como Mario Santiago Papasquiaro.

[2] Garabatear libros (que no le pertenecían o que no eran suyos) de sus autores célebres, fue otra forma de garantizarse un lugar en un Olimpo imaginario. En adelante, sería imposible transitar por las páginas de aquél ejemplar sin leer primero las asociaciones libres de MSP. Cambiaba de este modo, y con toda intención, el orden de la lectura, dándole prioridad a su reescritura sobre el decir de los otros.

[3] Me pregunto si, de haber sobrevivido ambos y haberse reencontrado, hubiera tolerado el triunfo de su amigo Roberto Bolaño. Pues el merecido éxito de Bolaño no parece haber sido el de un autor que habiendo sido marginal dejó de serlo, sino el de uno que nunca debió estar fuera de la cancha, y que, si lo estuvo, sólo fue por razones de tiempo. En cambio, Mario Santiago hizo con su obra una defensa de su identidad como autor marginal que no tenía manera de cancelar sin negarse a sí mismo.

[4] En la que se advierte un aprendizaje obtenido de la lectura de Rodolfo Hinostroza y de Max Rojas, entre otros.

[5] Una realidad que en su momento nadie pudo entender (¿acaso hoy sí?). Como ha precisado Bolaño, en lo que parece un cuadro estremecedor de poetas como Mario Santiago: “salidos del gran orfanato del metro del DF (…) una generación salida directamente de la herida abierta de Tlatelolco, como hormigas o como cigarras o como pus, pero que no había estado en Tlatelolco ni en las luchas del 68 (…) sus voces que no oíamos decían: no somos de ésta parte del DF, venimos del metro, de los subterráneos del DF, de la red de alcantarillas, vivimos en lo más oscuro y en lo más sucio, allí donde el más bragado de los jóvenes poetas no podía hacer otra cosa que vomitar”.

[6] Aunque por sí sola, la fe en el valor de la poesía no haya convertido a Mario Santiago Papasquiaro en un mejor poeta, le dio el impulso necesario para hacerse oír y llevar a los otros la voz de su tiempo. Su mensaje fue atendido por Roberto Bolaño quien supo reconocer al poeta (que él mismo no podía todavía ser) para hacerle justicia en su novela Los detectives salvajes, nunca como una concesión, sino como un merecido ajuste de cuentas. ¿Quién de nosotros se había atrevido en ese mismo instante a hablar en voz alta y correr el riesgo de ser un poeta, como él? La poesía desafiaba nuestras vidas. Ser poeta no era solamente una cuestión de palabras.










miércoles, 22 de agosto de 2018

A 15 años de su muerte: escultura de Roberto Bolaño se tomó el campus de Los Ángeles de la Universidad de Concepción

Por El Desconcierto. 09.08.2018



 
A 15 años del fallecimiento de uno de los escritores chilenos más destacados, Bolaño recibió un cálido homenaje de parte de los habitantes de Los Ángeles, quienes inmortalizaron su figura y la llevarán a recorrer los colegios de la comuna. Durante el pasado lunes, una escultura del escritor chileno Roberto Bolaño se tomó las instalaciones del campus Los Ángeles de la Universidad de Concepción. La obra, de autoría del artista angelino Juan Carlos Rivas Vásquez, fue creada para conmemorar los 15 años del fallecimiento del autor de Los Detectives Salvajes.

La escultura fue hecha en acero de 4 mm de espesor y pesa cerca de 250 kilos. Un detalle interesante es que la obra fue trabajada con entrevistas a compañeros, familiares, vecinos y amigos de Bolaño. El proyecto artístico llamado “Raíces de Bolaño” -financiado por los Fondos de Cultura- fue presentado junto a la directora de la Universidad de Concepción, Helen Díaz Páez y el presidente de la Corporación Isla Laja, Héctor Anabalón Cuevas. La cita también contó con la presencia de familiares del autor, quienes posaron junto a su figura. La obra permanecerá por algunas semanas en el hall de acceso de la Universidad, para luego ser trasladada al Liceo Bicentenario, donde emprenderá un recorrido por “los principales establecimientos educacionales de la comuna y, en una etapa siguiente, por diversas instituciones hasta que tenga su ubicación definitiva”, según relató Héctor Anabalón.




 
La idea surgió de un “grupo bolañista” de la zona, quienes decidieron que era importante rescatar y fortalecer el legado del escritor en Los Ángeles. También propusieron que el ex Internado del Liceo de Hombres, donde Roberto Bolaño estudio cuando era pequeño, lleve su nombre.

“Fue en ese momento cuando nos dimos cuenta de que no teníamos ningún retrato de él, por lo que pensamos en llegar a construir una escultura de Roberto Bolaño, a través de relatos”, contó. Por su parte, el jefe de la Unidad de Extensión de la UdeC en Los Ángeles, destacó que “para nosotros es muy importante la figura del escritor, ya que no mucha gente sabe que él tuvo una estancia acá en la comuna que fue durante su infancia”.

Los realizadores del trabajo esperan que su lugar definitivo se constituya en la Plaza de Armas de la ciudad, frente al ex Internado del Liceo de Hombres.













martes, 14 de agosto de 2018

“Los detectives salvajes”: La ciudad de los fantasmas

Por Álvaro Bisama
La Tercera PM, 10.08.2018



 
Ahora que se cumplen veinte años de su publicación, creo que una de las cosas que  más me gusta de un libro como Los detectives salvajes es que nadie lo va a poder filmar jamás. O sea, van a hacerlo o van a tratar de hacerlo; quizás consigan una película latinoamericana candidata al Oscar llena de escenas de pobreza material o moral y diálogos trascendentales sobre la poesía; o una serie de Netflix donde se asomen algunos buenos momentos, acaso unas actuaciones destacables que nos conmuevan mientras hacemos una maratón de fin de semana, algún momento inspirado de algún director; pero aunque eso suceda siempre va ir a la baja pues lo que va a quedar va a ser el fracaso de la imagen en relación a la palabra.

Anoto esto porque a Bolaño nunca le interesaron mucho las ciudades reales. La Santa Teresa de 2666 puede ser o no Juárez pero lo que nos importa de ella es cómo se expande su mapa en la imaginación hasta erigirse como un territorio propio; la Roma de Una novelita lumpen es intencionalmente un decorado roto de Cinecittá; lo mismo puede decirse de Santiago o Concepción en Nocturno de Chile y Estrella distante, que son lugares que existen casi como  alucinaciones o pesadillas. Pero eso no pasa en Los detectives salvajes, una novela que es, quizás, un canto de amor a una ciudad de México que se abandonó (Bolaño se fue a España a fines de los 70) y a la que solo puede volver escribiendo una elegía por la juventud perdida, los amigos muertos y las calles que no se volverán a pisar.

Lugar al que se regresa en la medida de que se lo inventa, aquello excede cualquier clave generacional: Los detectives salvajes es un clásico porque resume esa experiencia que la ciudad latinoamericana despliega sobre sus ciudadanos, donde el pánico quizás sea la misma cosa que el asombro. Eso hace que la primera mitad de la novela (que narra la vida en Ciudad de México del joven García Madero y de sus amigos Belano y Lima, poetas que se dedican a vender marihuana) posea una energía irrepetible. Vale la pena leer el libro desde esa clave. La trama de las voces de la ficción también son los apuntes para el mapa posible de esa ciudad oscura, que tiene la nitidez de la obsesión pero también la turbiedad de la memoria pues Bolaño se inventó un pasado para él y los suyos; todos miembros de la vanguardia del infrarrealismo (llamado “real-visceralismo” en la ficción); todos escritores a la deviva entre callejones y cafés, buscando la iluminación mientras vagan por colonias diametralmente opuestas, asediados por la violencia pero también por los autos fantamas, los poemas jamás escritos y la sombra de una adultez traumática e inminente.

Con esto, Bolaño salva a Ciudad de México y a los suyos. Los preserva del olvido y hace que sus lectores sospechen que los personajes (Belano, Lima, García Madero, las hermanas Font y su padre Quim, Lupe, Requena y Piel Divina) son apenas máscaras de rostros reales y  que leer la novela es atravesar un laberinto que permitirá encontrarlos. Por supuesto, como dice Lihn, “nada es lo suficientemente real para un fantasma” y ahí radica la trampa del libro pues el pasado solo podrá ser recordado a través de la ficción y cualquier recuerdo de lo real será medido a la luz de lo inventado; serán las mentiras sobre los real visceralistas las que hagan que los infrarrealistas sobrevivan para siempre.

Porque en esa ciudad “ululante” (como dice un personaje sobre el ex D. F. en un momento) todas las voces existen a la vez y Bolaño se esfuerza en que no sean asimiladas por el vacío y la entropía no las devore. Escribe quizás  la novela para que no se pierdan, escribe para evitar que el pasado sea puro tiempo muerto, para convertir al arte en una memoria que vaya más allá de sí mismo, otorgándole a sus fantasmas privados la única consistencia que le es permitida, que es la de lo falso y lo novelístico, la de la ciudad de la literatura.











martes, 17 de julio de 2018

Los Detectives Salvajes, veinte años después: Destinos de una obra

Por Alberto Bejarano*
Bogotaucrónica.blogspot.com, 15.07.2018





Y él entonces reordenaba las piezas de su narración y me hablaba de aquellas sombras, sus escuderos ocasionales, los fantasmas que ornaban su inmensa libertad, su inmenso desespero. (Bolaño, Los detectives salvajes) 

Una vez que se ha leído a Bolaño no hay vuelta atrás: la poesía no se expresa en metáforas cerradas ni en elusivas prosas anecdóticas o memorialistas.

Hace veinte años se publicó Los detectives salvajes, una de las novelas más revolucionarias de las últimas décadas: una novela-río de tres partes que desarmaría en buena medida el coro de las lamentaciones sobre la aparente muerte de la literatura latinoamericana tras el supuesto ocaso del boom. Roberto Bolaño era poco conocido hasta ese momento para la mayoría de lectores. Tenía 45 años, una enfermedad crónica en curso, poemas en agendas descosidas, cuentos como búfalos en concursos provinciales en España, miles de noches de poesía y vagabundaje a cuestas y numerosos intentos de novelas más o menos dilatadas. Había perdido un país (Chile, desde 1973), como él mismo lo dijo en uno de sus recurrentes autorretratos, pero había ganado un sueño: la escritura como máxima resistencia posible. Era una Estrella distante. Ignoraba que le quedaban apenas cinco años de vida, de intensa actividad, de febril escritura de una novela-total, novela-alga, 2666, que quedaría inacabada, mas no incompleta. Hace veinte años el mundo parecía en una tensa calma, antes del “terrorismo global” y de las nuevas tempestades. Bolaño desconocía que le aguardaba póstumamente el honor de ser el paradigma de una nueva literatura sustentada en la ruptura de los géneros y en la apuesta por un nuevo tipo de lector, más libre y más errante. Lejos estaba quizá de imaginar que mucho le copiarían y le imitarían a través de retorcidas historias de falsos-bajos-mundos vistos de manera esnobista.

Los detectives salvajes ganó el premio Herralde en 1998 y el Rómulo Gallegos en 1999 y catapultó a Bolaño como escritor de culto y como faro lúcido para las nuevas generaciones de lectores-nómadas del nuevo siglo, emigrantes del espíritu sedientos de anti-poesía, de leer entre líneas devociones y sinsabores de poetas callejeros que miran la luna sin pretender hacer lunarios sentimentales. Más que una novela de iniciación o de testimonio de una generación utopista y vencida, más que una novela-mundo o recopilación de vidas mínimas expuestas a la intemperie, se podría decir que Los detectives salvajes es un largo poema visceral que desanda el tiempo a través de la dilatación del espacio en la segunda parte de la historia. Podría ser también una larga pesadilla soñada por Mario Santiago, el poeta mexicano, gran amigo de Bolaño, el Ulises Lima de la novela, salvaje poeta del nomadismo radical. Santiago-Bolaño/Lima-Belano nos enseñan la ruta de una poesía que ya no es de confesionario: o es de ataúd o es de campo nudista. Esa es la cuestión.

el poeta es el microbio / es el virus que habla / desde esa vejiga-tercer ojo

Qué sinfonía la del agua quemada en los urinarios

escritura-taladro / cine de nervios crispados / ¿cuál es mi próxima parada? / ¿1 ataúd? ¿1 campo nudista? (Mario Santiago, “La escalera está caliente”)

Releer Los detectives salvajes hoy nos produce la misma pulsión mesmérica de entonces, el mismo goce unido al temblor, la misma devoción unida al desparpajo de la digresión en miles de micro-historias laberínticas que solo pueden confluir en un Amuleto: en dos poetas, en Auxilio Lacouture y Cesárea Tinajero, inolvidables anti-musas de otros poetas anónimos. Hablamos de una novela que nos despierta una radiante fascinación por la poesía, de Rimbaud a Nicanor Parra. A través de Bolaño es posible llegar a las autopistas abiertas hacia la poesía: al contacto íntimo con las carreteras desiertas al amanecer, con los burdeles de luces amarillentas, con los faroles de cafés abandonados, con las buhardillas de lectores miopes, con las faldas a cuadros de comadronas iniciadoras, con los hombres duros que no saben bailar, con los impalas voladores, con los crucigramas de Perec, con las conversaciones eternas tomando mezcal Los suicidas, con los amores des-contrariados, fogosos, atrevidos, prohibidos, con el trance de los cines y las películas de serie B, con los talleres y revistas de poesía efímeros, con los viajes onanistas alrededor del cuarto, con lo sueños, vigilias y pesadillas intermitentes de América Latina...

Y a veces sueño que Mario llega / con su moto negra en medio de la pesadilla / y partimos rumbo al norte, / rumbo a los pueblos fantasmas donde moran / las lagartijas y las mosca. (Roberto Bolaño, “El burro”)




* El autor es profesor de literatura comparada en la maestría de literatura del Instituto Caro y Cuervo. Hizo su tesis de doctorado sobre Bolaño en la Universidad París 8. Puede conseguirse el libro en librerías y bibliotecas. Se titula: “Ficción e historia en Roberto Bolaño”, Instituto Caro y Cuervo, 2018









jueves, 12 de julio de 2018

Sepulcros de vaqueros de Roberto Bolaño

Por David Pérez Vega
Revista Para Leer. 09.01.2018
 



Estaba yo, este último verano, paseando por el barrio de San Andrés en Ciudad de México, cuando mi amigo Federico Guzmán nos preguntó a mi novia y a mí: «¿Qué os parece este título para un libro: Sepulcros de vaqueros?». A los dos nos gustaba, sin saber aún si Federico estaba hablando de algún libro escrito por él o por otro. Entonces nos contó que iba a ser el título del nuevo inédito de Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953-Barcelona, 2003), que aparecería en Alfaguara en septiembre. Me alegré de forma inmediata. Yo he leído todo lo que ha aparecido de Bolaño en el mercado y siempre me alegra tener más material suyo a disposición. Ya sé que estos libros no van a estar a la misma altura que sus obras maestras, como Los detectives salvajes, 2666, Llamadas telefónicas o Estrella distante, pero los que he leído hasta ahora me siguen haciendo disfrutar. Así que, cuando llegó septiembre, escribí a la editorial Alfaguara para que me enviara Sepulcros de vaqueros y me acerqué a él a principios de noviembre.

Según lo que había leído en internet, el libro contenía tres novelas cortas. La primera sería la titulada Patria. Según se comienza a leer, el lector habitual de Bolaño reconocerá algunas de sus referencias vitales. Ésta es la primera frase: «Mi padre fue campeón de boxeo, el más valiente, el más salvaje, el más astuto, el mejor…». En el cuento “Últimos atardeceres en la tierra”, del libro Putas asesinas, Bolaño también habla de este padre que fue boxeador, y que se corresponde con su biografía real. Aquí nos encontramos también con un personaje poeta que es un trasunto del autor, pero que aún no se llama Arturo Belano, sino Rigoberto Belano (me alegro del cambio final).

El 11 de septiembre de 1973, un poeta de veinte años recita uno de sus poemas en una fiesta burguesa. Poco después, todos reciben la noticia de que se ha producido un golpe de Estado. El poeta se monta en un coche con la joven Patricia Arancibia, de la que se acabará enamorando. El poeta acabará detenido en un campo de fútbol, mientras un avión que escribe en el aire recorre los cielos. Como el lector avezado de Bolaño sabrá, esta última imagen es una de las centrales de su novela corta Estrella distante.

Me doy cuenta de que cuando Bolaño no quiso publicar en vida parte de su obra fue porque algunas escenas las reciclaba de un libro a otro, y por tanto, aunque Patria tiene páginas originales, acaba siendo una prueba (o un borrador) de lo que sería Estrella distante. Hasta aparece aquí, en Patria, un personaje llamado Bibiano, como en Estrella distante, y unas hermanas (en este caso las Pons) de destino trágico, que además acudían al taller literario del oscuro Cherniakovski. Las páginas en las que se habla de los viajes a la India de Cherniakovski son las más sugerentes. Cherniakovski sería un trasunto del personaje que se acabaría llamado Ruiz-Tagle en Estrella distante. Al final, parece que la narración de Patria está incompleta porque da un salto y se sitúa en Francia. Las páginas son misteriosas, pero no queda muy clara la relación con las anteriores.

Como digo, Patria es, en gran medida (pero no solo eso), una versión previa de Estrella distante, y para mí, como admirador de Bolaño, tiene un interés más arqueológico que literario. Sin embargo, no dejo de disfrutar de la sugerente prosa del autor, en la que siempre encuentro más de una metáfora sorprendente. «La voz era tan letal como un bumerán afilado», leemos en la página 68.

Las sorpresas de verdad empezaron para mí con la segunda narración, la titulada Sepulcros de vaqueros, que a su vez está subdividida en cuatro relatos: “El aeropuerto”, “El Gusano”, “El viaje” y “El golpe”.

“El Gusano” es un cuento que aparece en el volumen Llamadas telefónicas. He comparado los dos textos y existen pequeñas variaciones, pero es en esencia el mismo cuento. Es en este momento cuando la lectura de este nuevo inédito cobra especial relevancia para mí, cuando descubro que el cuento “El Gusano” en realidad formaba parte de una novela corta. La navaja llamada Caborna, que el Gusano le regala a Belano al final de este cuento, aparecerá de nuevo en “El golpe”.

“El aeropuerto” habla de la partida de la familia Belano (o Bolaño) de Chile a México. Es un cuento con algunas páginas bellísimas, como las que hablan del padre montado a caballo o el intento que hace el joven Belano de visitar a Nicanor Parra antes de su partida. “El Gusano” habla de la estancia de Belano en el DF, cuando se iba a la Alameda y no a clase. “El viaje” narra la vuelta de Belano de México a Chile, cuando ha llegado al poder Allende, y sobre todo se centra en un viaje en barco. Belano lee a otro pasajero un cuento de ciencia-ficción que está escribiendo y estas páginas me han fascinado. “El golpe” habla de la estancia de Belano, de nuevo, en Chile y de las primeras horas del golpe de Estado.

Si Bolaño decidió publicar en uno de sus libros “El Gusano”, no entiendo por qué no quiso publicar el resto de relatos. “El aeropuerto” y “El viaje” me han parecido buenos cuentos, mejores que algunos de los incluidos en Putas asesinas, por ejemplo.

La última novela corta (o relato) se titula Comedia del horror en Francia. Estamos, como casi siempre, en un contexto de poetas, situado esta vez en la Guayana francesa, que no sé si es un escenario que había usado antes Bolaño (diría que no). El narrador atraviesa una ciudad tropical y termina levantando un teléfono público. Acaban de contactar con él un grupo de poetas parisinos, que se autodenominan “Grupo Surrealista en la Clandestinidad”. La historia que le cuentan es tan surrealista como divertida. De nuevo me pregunto por qué este texto no estaba entre los «relatos oficiales» de Bolaño, porque está muy bien.

En resumen, Patria es una novela corta que sí era lo que me esperaba: es decir, un texto curioso y embrionario, con escenas que Bolaño reciclará luego para otros libros (en este caso Estrella distante), igual que ocurría con El espíritu de la ciencia-ficción respecto a Los detectives salvajes. Pero la verdadera sorpresa me la he llevado al leer Sepulcros de vaqueros y Comedia del horror en Francia, que me han gustado sin más, sin pensar que son borradores ni textos inferiores a los publicados en vida de Bolaño. De hecho, en El secreto del mal, que fue el primer libro de relatos verdaderamente póstumo de Bolaño, no hay cuentos tan buenos como estos que señalo aquí.

Cada vez que aparece en el mercado un nuevo inédito de Bolaño, leo en las redes sociales comentarios irónicos sobre estos libros, sobre su pertinencia o su absurdez. Para mí no hay polémica: a los seguidores de Bolaño, que somos muchos a estas alturas, nos gusta reencontramos con sus páginas, aunque solo sea para ver la evolución de su escritura y, de forma casi inesperada, nos encontramos con textos acabados, literarios y plenamente disfrutables. Lo voy a decir sin pudor: qué más quisieran muchos de los detractores de Bolaño no ya escribir como él, sino escribir al nivel de las páginas que él dejó inéditas y dio por apartadas. Sepulcros de vaqueros le puede gustar mucho a cualquier seguidor verdadero de Bolaño.



Sepulcros de vaqueros, de Roberto Bolaño
Editorial Alfaguara. 209 páginas. 1ª edición de 2017
Prólogo de Juan Antonio Masoliver Ródenas










viernes, 25 de mayo de 2018

Bolaño en sus palabras

Diario La Nación, Argentina (ADN Cultura)
19 de septiembre de 2009



Una selección de fragmentos de entrevistas 
con el autor de Nocturno de Chile
trazan el perfil de un escritor creativo y polémico


¿Tuviste alguna influencia de tus padres en cuanto al gusto por la literatura?
No, la verdad es que, digamos en términos genealógicos, provengo de dos familias: una que arrastraba quinientos años de analfabetismo constante y riguroso, y la otra, la materna, que arrastraba trescientos años de desidia, también constante y rigurosa. En ese sentido soy la oveja negra en mi familia. Supongo que hubieran preferido cualquier otra cosa. La verdad es que, conociendo lo que conozco ahora, que ya tengo 50 años, tampoco a mí me gustaría que un hijo mío fuera escritor. Es bastante duro ser escritor, aunque, bueno, tampoco hay que exagerar [...]. Mi madre sí que leía más, pero si me hubiera formado con los gustos de mi madre ahora sería una especie de Marcelo Serrano o de Isabelo Allende, que por otro lado no estaría mal, porque no hubiera conocido los tormentos del escritor y sí hubiera conocido las mieles de los millones, lo que, visto en perspectiva, no es una mala salida.

Revista Turia, Barcelona, junio de 2005


¿Cuál es el defecto propio que deplora más?
Yo soy una persona llena de defectos y todos son deplorables.
¿Cuál es el defecto que deplora más en otros?
La intransigencia, la prepotencia, la intolerancia.
¿Qué persona viva le inspira más desprecio?
Son muchas, y ya soy demasiado viejo para establecer un ranking.
¿Qué palabras o frases usa más?
"Joder" y "coño".

Diario La Tercera, Santiago de Chile, 19 de marzo de 2000


Siempre se les pregunta a los escritores, y ésta no será la excepción, por su fuente básica de inspiración. Algunos se inspiran más en la vida, otros más en la literatura.
Por lo que a mí concierne, en ambas.

Revista Capital, Santiago de Chile, diciembre de 1999


¿Crees en la inspiración o en la constancia?
En la constancia. Pero cuando llega la inspiración te das cuenta de que la constancia es una verdadera mierda. Lo que hay que hacer es provocar la inspiración, y para hacerlo hay que ser constante.
¿Tu opinión de los premios ha cambiado desde que ganaste el Herralde de Novela?
De los premios grandes tengo en general una mala opinión. Pero antes de empezar a publicar prosa en Seix Barral, estuve dos o tres años viviendo de lo que ganaba con los premios de provincias. Eran premios de tercera división, pero para mí son los auténticos premios, a los que le tengo una profunda gratitud.

Revista Qué Leer, Barcelona, septiembre de 1999


¿No cree que si se hubiera emborrachado con Isabel Allende y Ángeles Mastretta otro sería su parecer acerca de esos libros?
No lo creo. Primero, porque esas señoras evitan beber con alguien como yo. Segundo, porque ya no bebo. Tercero, porque ni en mis peores borracheras he perdido cierta lucidez mínima, un sentido de la prosodia y el ritmo, cierto rechazo ante el plagio, la mediocridad o el silencio.
¿Usted es chileno, español o mexicano?
Soy latinoamericano.
¿Por qué le gusta llevar siempre la contraria?
Yo nunca llevo la contraria.
¿Cómo enamoró a su esposa?
Cocinándole arroz. En esa época yo era muy pobre y mi dieta era básicamente de arroz, así que lo aprendí a cocinar de muchas formas.
¿Qué cosas les debe a las mujeres de su vida?
Muchísimas. El sentido del desafío y la apuesta alta. Y otras cosas que me callo por decoro.
¿Qué cosas lo aburren?
El discurso vacío de la izquierda. El discurso vacío de la derecha ya lo doy por sentado.

Revista Playboy, México DF, julio de 2003


¿Qué es lo que finalmente quiere que nos quede como gesto en el rostro a nosotros, sus lectores, cuando terminamos un libro suyo?
Aquí hay dos respuestas, la pregunta ésta es muy buena. Primero, que cada lector es dueño de su propio rostro, y que yo no tengo nada que ver con el estado en que quede ese rostro. Y segundo, que si por casualidad cada lector ha podido ver en mis libros a alguien cercano a él, pues yo me daría por satisfecho. Sobre todo a alguien cercano que no cerrara puertas, a alguien cercano que abra puertas y ventanas y que luego desaparezca, porque hay muchas cosas por leer y la vida no es tan breve como se piensa.

Programa Perfiles, Radio Francia Internacional, mayo de 2002











lunes, 9 de abril de 2018

"Bolaño es un escritor borgeano, a veces de manera flagrante". Entrevista a Ignacio Echevarría

Por Pablo Bujalance
El Día de Córdoba, Málaga. 25.05.2017




Pocos pueden hablar sobre Roberto Bolaño con la autoridad de Ignacio Echevarría (Barcelona, 1960), quien, además de compartir amistad con el autor de Los detectives salvajes, se ocupó de la edición póstuma de 2666 y otros títulos como El secreto del mal. Último eslabón de la mejor estirpe de críticos literarios españoles, alojado hoy en las páginas de El Cultural de El Mundo con su imprescindible tribuna y responsable de ediciones de la obra de autores como Nicanor Parra, Juan Benet, Rafael Sánchez Ferlosio y Franz Kafka, Echevarría clausuró ayer el ciclo de conferencias “Bolaño Distante”, con una aproximación personal al escritor.


¿Habrá ocasión de leer a Roberto Bolaño como a un clásico en el futuro, o su obra resistirá bien las tentaciones marmóreas?
El tiempo nos fosiliza a todos y eso le llegará, sin remedio, también a Bolaño. Pero si de algo se reía él era de la posteridad. Jugó mucho con este concepto e incluso se indignaba con quienes se referían a la suya propia. Bolaño ha demostrado que sabe resistir las modas: murió hace ya catorce años y la expectación, atención y admiración que despierta su obra actualmente son tanto o más elevadas. Sí, seguro que algún día será leído como un clásico. Más aun, seguramente ya empieza a serlo.

¿Podemos hablar ya, en consecuencia, de sus herederos?
Sí, desde que se publicó Los detectives salvajes hace veinte años el impacto de la obra de Bolaño es notable. Hay bastantes autores en los que cabe reconocer no una imitación, sino la certificación de que Bolaño logró hacer lo que hacen los escritores importantes: cambiar el paradigma de la escritura. El escritor argentino Patricio Pron es un buen ejemplo de esto, pero hay muchos más que siguen su estela de manera poco disimulada.

¿No se ha proyectado una imagen demasiado doliente del autor, incluso propia de un mártir?
No, al contrario, si algo transmite Bolaño en su escritura es vitalidad y energía. Es cierto que hay un fondo de tristeza, ya que en el fondo se trata de una escritura elegíaca, en gran parte respecto a la propia literatura. Pero su figura no se ajusta a eso que dices. Lo que sí sucede es que Bolaño encaja bien con la tradición romántica, en muchos sentidos es un escritor romántico; y casi siempre asociamos los rasgos románticos a lo doliente, al martirio, pero Bolaño no es nada de esto. Es un buscador de lo absoluto y un cantor de cierta experiencia literaria que parece que se va perdiendo, de la que nacen la leyenda y la elegía. Pero para él la escritura era una ocasión para la alegría, sin duda. Además, escribía siempre conectado con el mundo. Era un espectador adictivo de series televisivas y de películas de serie B. Y escribía siempre escuchando música. Su obra transmite el pulso y la energía de alguien que está conectado con la vida, de alguien para quien escribir es vivir.

De su admirado Nicanor Parra afirmó Bolaño: "Escribe como sabiendo que al escribir el punto final recibirá la descarga eléctrica que acabará con su vida". ¿No le sucedía a él lo mismo?
Sí, sin duda. Toda la literatura de Bolaño está atravesada por la muerte. Cuando decidió vivir de la literatura, a comienzos de los años 90, era un hombre de más de cuarenta años, casado y con un hijo, que había desempeñado trabajos muy distintos, lo mismo vigilando aparcamientos que vendiendo bisutería. Y Bolaño, que desde los 15 años había escrito sobre todo poesía, era consciente de que para poder vivir de su escritura tenía que dedicarse a la narrativa. Justo entonces le diagnosticaron la enfermedad hepática de la que terminaría muriendo, así que se encontró bajo una espada de Damocles que le condenó a una vida seguramente más corta de la que puede esperar la mayoría. Pues bien, toda la obra de Bolaño está atravesada por esa competencia con la muerte. Y conforme avanza en su trabajo, esa competencia es más notoria. Eso se ve de manera clara en 2666, que tiene mucho de carrera contra la muerte pero embellecida de algún modo, adscrita a esa vitalidad que nunca perdió.

Ha afirmado usted que Bolaño, como escritor hispanoamericano, trascendió las fronteras para convertirse en un escritor continental. ¿Habría sido un escritor nacional más si hubiese permanecido en Chile o en México?
Probablemente sí. Bolaño se marchó de Chile con 15 años y volvió durante un tiempo breve a los 18, en coincidencia con el golpe de Pinochet. Luego se marchó a México, hasta el 78, y posteriormente se trasladó a España. Bolaño encarna por tanto esa condición tan propia de su generación que es el exilio, aunque él no era un exiliado político, sino más bien un emigrado. Pero todo esto se traduce en una lengua que ya no permanece arraigada en su lugar de origen, sino que se vivifica y se nutre de las distintas modalidades continentales del castellano. Su literatura, como su lengua, tienen una cualidad extraterritorial: no es un escritor chileno, ni mexicano, ni español. Es un escritor hispanomericano, en un sentido muy amplio. Y esta noción del destino latinoamericano, desligado de un territorio concreto, contribuyó a modificar la imagen arquetípica que se tenía del escritor latinoamericano en España, ligado esencialmente a las figuras del Boom. El recambio de este arquetipo llega con Bolaño: el escritor latinoamericano ya no es esa figura cosmopolita, influyente, con contactos internacionales, sino un desarraigado, nómada y solitario. Después de tantos años de resaca del Boom, este otro arquetipo fue muy bienvenido.

Y contribuyó a recuperar a Borges como primer referente.
Bueno, desde que Borges se reveló como escritor se mantiene alzado como un tótem indiscutible. Bolaño es un escritor borgeano, a veces de manera flagrante, como en La literatura nazi en América. Pero la aparición de Bolaño fue oportuna porque ya llevábamos dos promociones de escritores posteriores al Boom que de alguna forma habían querido desentenderse de su eclosión internacional pero no lo consiguieron. Tuvieron que pasar veinte años hasta la llegada de Bolaño, que conectó tan bien, por ejemplo, y de manera sorprendente, con la literatura norteamericana, con la cultura pop y los beats, y que decididamente ya estaba ofreciendo otra cosa. Es verdad que cuando se lee a Fogwill o a Villoro uno se pregunta todavía por qué no pasó con ellos. Habría que atender a muchas claves para poder responder.

¿Se encuentra en Bolaño la respuesta a la diatriba en torno a la tradición realista española?
La discusión en torno al realismo adolece hoy día de una imprecisión que la hace inoperante. ¿A qué llamamos realismo? ¿A las novelas de Aramburu y Almudena Grandes? Son categorías muy rancias de realismo. Lo difícil es decir qué no es realismo. Llamar realista a Bolaño es equívoco, pero por otro lado sí que es un escritor realista. Es todo muy complejo.

¿Sirve para algo la crítica?
Sí, claro que sirve. Otra cosa es que haya quedado desplazada, espero que coyunturalmente, del lugar que venía ocupando tradicionalmente. Como género periodístico dedicado a la actualidad, la crítica tiene que refundarse, tanto en sus retóricas como en los lugares desde los que actúa. Como el propio periodismo, la crítica atraviesa un periodo de transformación, pero no deja de ser importante. Bolaño prestaba mucha atención a la crítica y defendió siempre su valor. De la importancia de la crítica como instancia orientadora y constructora del canon nadie puede dudar, por mucha manía que se les tenga a los críticos.