miércoles, 10 de julio de 2019

Bolaño columnista: la historia tras su participación en periódicos

Por Pablo Retamal N.
La Tercera, Culto. 15.04.2018


El autor de Los detectives salvajes redactó columnas en España y Chile. En su tiempo pasaron inadvertidas, puesto que aún no era el escritor best seller que conocemos hoy.


Roberto Bolaño no solo fue narrador y poeta. Hacia los últimos años de su vida tuvo una participación como columnista en medios escritos. La primera de estas fue para Diari de Girona, de la provincia donde residía, en Cataluña, España. Según cuenta el editor Ignacio Echevarría en el prólogo del libro póstumo Entre paréntesis, esto comenzó en enero de 1999. Durante un año y medio, las colaboraciones eran originalmente elaboradas en castellano para luego ser traducidas y publicadas en catalán.

A mediados de 2000, poco después de terminar su participación en ese matutino, Roberto Bolaño le envió un mail a su amigo Andrés Braithwaite, quien trabajaba en el diario Las Últimas Noticias, proponiéndole la idea de tener un espacio semanal: “A mí me gustaría tener una columna en donde pueda hablar del más desconocido poeta provenzal hasta el más conocido novelista polaco, todo lo cual en Santiago sonará por igual a chino. De hecho, esas crónicas, de aquí a un tiempo, conformarán un libro, y por eso quiero meter también las que se publicaron ya en catalán. No sé si está claro: sería una columna básicamente literaria”. Así, el narrador comenzó a redactar para LUN.

El contacto con Braithwaite ya venía desde antes; se habían conocido en 1998 en una comida organizada por revista Paula. Se cayeron bien, comenzaron a charlar, y de a poco comenzó a surgir una amistad. “No había ninguna pomposidad, todo muy relajado. Él sugería los temas, no había pauta, era como un divertimento”, cuenta Andrés Braithwaite. ¿Cómo era Roberto trabajando? “Era muy puntual. Si había que entregar un martes a las 6.30, él entregaba a esa fecha y hora. Generalmente en los mails mandaba la columna junto con algún comentario tipo ¿cómo están tus hijos? Hablábamos de otras cosas también, porque esto era sin pretensiones”.

En equivalente al dinero de estos tiempos, el periódico le pagaba 70 mil pesos por columna al autor de Estrella distante. Como Bolaño residía en España, y no había cómo transferir, el mismo editor juntaba el pago en efectivo y se lo entregaba personalmente cuando se daba la ocasión en algún viaje. “Incluso, una vez me pidió que le entregara la plata a su mamá que venía a Chile. Una señora muy amable”, recuerda Braithwaite.

El creador de los personajes Arturo Belano y Ulises Lima narraba de todo en sus columnas, aunque algunas de ellas terminaron convirtiéndose en relatos de sus libros, como “Jim”, el cuento que abre el volumen El gaucho insufrible; o “Playa”, que tuvo su origen en una columna publicada primero en Girona y después en LUN.

Por esos entonces, Bolaño había comenzado a ganar una fama incipiente gracias a Los detectives salvajes y gozaba de estima en los círculos literarios, pero no era un autor best seller. Por lo mismo, la columna pasaba más bien inadvertida en el diario, en ningún caso causaba furor. Solo la gente más interesada en los libros valoraba el espacio, que era compartido con el escritor español Enrique Vila-Matas. “El bolañismo vino después de su muerte”, apunta Braithwaite.











martes, 18 de junio de 2019

Exilio distante: Roberto Bolaño y el exilio en México

Por Martín Cinzano
Carcaj.cl, 02.09.2018



A la mitad de este verso Roberto Bolaño me hace una pregunta idiotamente dostoievskiana y lo perdono es poeta el huevón y en su patria donde está sentado (riente soberano) en una verga de burro el cadáver de Nicanor Parra, mueren quelonios, batracios, grillos, palomitas, ardillas de inquieta cola, pavorreales de hermoso abanico, niños, ladillas en los testículos, putas, sobrenombres, fantasmas, hombres, señoras y señores dando vuelta a la plazuela, el arca de Noé en pleno
y todo
contra su muy puta y muy perra y muy leal voluntad
Orlando Guillén, Versario pirata (1979)


En escritores como Ernest Hemingway, José Revueltas o Jack Kerouac hay ciertos espacios entre biografía y obra por donde se cuela toda una imaginería, como las invenciones infantiles que a la postre acaban convirtiéndose en pequeños mitos, privados y públicos: un relato que alguien se cuenta frente al espejo, agregándole o restándole a cada tanto nuevos detalles. Y uno de los más visitados territorios en estos autorrelatos es el de la guerra; haber estado en la guerra, cualquier tipo de guerra, personal o colectiva, sangrienta o puramente literaria, revolucionaria o imperialista, para, desde ahí, montar una obra como el ajado documento de un sobreviviente. ¿Es que el silencio de quienes vuelven de esos campos, al cual se refería Walter Benjamin, se troca por la locuacidad megalómana de los escritores, reacios a aceptar o harto dispuestos a disimular aquel dictum según el cual “somos pobres en historias memorables”? En Chile, el caso cómico, desbordado, es el de Vicente Huidobro, destacado mitómano que regresó de la Segunda Guerra Mundial cargando un teléfono que, según él, pertenecía a Hitler. Roberto Bolaño, que después de todo era un narrador, construyó un relato más sólido, y su obra narrativa, podría afirmarse, en buena parte es otra construcción del mito del sobreviviente, pero con implicancias y estrategias particulares que impactan directamente en su lectura.

Desde 1968 Bolaño fue un inmigrante chileno en México. Después viene ese interregno biográfico, tan vivencial y tan ficticio: en resumen, viaja “por tierra y por mar” a Chile, a “participar en la construcción del socialismo”; cae detenido; es liberado gracias a un par de policías que lo reconocen como antiguo compañero de liceo; regresa a México y en el camino —capítulo huidobriano— dice llegar a conocer a los asesinos de Roque Dalton.

Como sea, desde 1974 a la calidad de inmigrante se sumará la de exiliado político. Su pasaporte no lleva el famoso sello oficial de la letra “L” con el cual se marca a los exiliados chilenos, aunque muchos de ellos simplemente optan por salir del país antes de caer, o recaer, en manos de la dictadura. Ambas condiciones migratorias de todos modos acercarán y a un tiempo alejarán a Bolaño de los contingentes de la diáspora sudamericana en México, cuyos testimonios durante el mandato presidencial de Luis Echeverría (1970-1976) por lo general dan cuenta de una intencionada ceguera ante la política interna del anfitrión en virtud de la “política de puertas abiertas” implementada por los gobiernos priístas. De algún modo, como dice en 2666 el profesor Amalfitano refiriéndose a los intelectuales mexicanos, a los exiliados esta política los desoreja. Ahí está, por ejemplo, el dirigente socialista Alejandro Witker, que en 1974 recibe un salvoconducto expedido por la UNAM y logra salir de Chile luego de permanecer cautivo en los campos de concentración de Isla Quriquina y Chacabuco; en Prisión en Chile (un libro editado en 1975 por el Fondo de Cultura Económica), relata: “El 17 de octubre partí rumbo a México. Estaba abierta la hospitalidad de sus instituciones académicas de nobles tradiciones y la activa solidaridad de su digno presidente, Luis Echeverría”.

Las palabras dignidad y solidaridad son a estas alturas muletillas frecuentes en el lenguaje de la izquierda y de la argucia política en general, pero para los socialistas de la época de Salvador Allende aún tenían sentido. Y sin embargo es un exiliado, un exiliado recién salido de un campo de concentración, quien se las endosa al que a todas luces era, y es, el señalado responsable de al menos dos carnicerías de carácter marcadamente político, Tlatelolco 1968 y el Halconazo de junio de 1971. Aun cuando se trate de un testimonio escrito al calor de una experiencia difícil, en ocasiones extrema, como la del destierro, se podría decir que la política del exilio chileno —del “exilio chileno oficial”, por llamarlo de algún modo, donde resalta la propia Hortensia Bussi—, por tanto, consistió en irse con pies de plomo a la hora de darle una mirada al contexto político mexicano. El gobierno anfitrión (hoy también) parece decir: pasen, los invito a mi casa, les doy trabajo, escriban, pero cuidado: mantengan las manos alejadas del refri. ¿Cuál era la postura de Roberto Bolaño como inmigrante/exiliado al respecto? Un testimonio del infrarrealista José Rosas Ribeyro puede señalar algunos factores a considerar:

            Eran los años del sexenio de Echeverría y todo el mundo parecía haberse olvidado que ese individuo había sido secretario de gobernación en 1968 y uno de los responsables directos de la masacre de Tlatelolco. Recuerdo que en algunos sectores    se trataban de organizar sindicatos independientes, pero era muy difícil y arriesgado enfrentar a los burócratas y matones del PRI.  Con los infrarrealistas no discutíamos casi nunca de política, con Bolaño, en particular, un poco. Se ha dicho que Roberto era trotskista y eso no es verdad. (…) Ocurrió por esos días que un grupo de gentes, “enemigos de Octavio Paz”, tomaron el diario Excélsior y expulsaron arbitrariamente a Julio Scherer y sus colaboradores. La revista Plural, que dirigía Paz y editaba Excélsior, cayó así en manos de una mediocre banda de escritorzuelos medio hampones. Creo yo que los infrarrealistas cometieron entonces (y no digo “cometimos” porque yo me negué a participar en eso) un grave error político al meterse a colaborar con ese nuevo y lamentable Plural. Lo hicieron, creo, sin reflexionar lo suficiente, porque odiaban a Paz y a todo lo que Paz pudiera hacer, decir o fomentar. Más allá de las discrepancias reales que se podía tener con él, lo odiaban visceralmente, a ciegas, y tenían unas ganas muy fuertes y justificadas de     tener un espacio de expresión, el cual les era cerrado debido a las posiciones rebeldes, inconformes, irreverentes, parricidas (en algunos casos) de los infrarrealistas. Así, en ese efímero Plural, tan dudoso en su “izquierdismo” como mediocre en la creación y el pensamiento, se publicaron algunos textos infrarrealistas, algunos excelentes. Textos que hubieran merecido aparecer en otra parte. [1]

Es harto común que en una agrupación pequeña —para colmo integrada por poetas— como es el infrarrealismo, cada quien tenga su versión del movimiento. En ocasiones (aún hoy) la pandilla parece una bolsa de gatos, y el testimonio de Rosas Ribeyro es tan sólo una pequeña muestra de las serias discrepancias existentes entre sus miembros. Pero, precisamente, al tiempo que en el infrarrealismo ocurre lo mismo que después de todo sucede al interior de cualquier partido político, la beligerancia, el “terrorismo cultural”, intentar joderse a Paz (y fracasar en el intento) a costa de cometer gruesos errores, parece un modus vivendi. Ahí quizá se podría hallar, aguzando la vista bastante, un hilo tendido entre Bolaño y su presunto “trotskismo” (con aditamentos de “internacionalismo” incluidos) en cuanto figura de la disidencia: la “tormenta permanente”, ir saltando a la deriva, vagabundear expuesto a la intemperie, “dejarlo todo”, jugarse a fondo en el amor e inventarse un mito son acciones revolucionarias, pero de una revolución (o más bien: de una rebeldía) continua, imposible de contener dentro de los límites impuestos por la burguesía.

No es posible, así, alinearse con la resistencia chilena en el exilio mientras es esa misma resistencia la que silenciosa y diplomáticamente avala la Guerra Sucia en México. Por tanto, se puede y debe blasfemar contra la dictadura gorila de Pinochet, pero desde una postura propia, más aún: una postura propia acreditada por un periplo automitificado como es el viaje de ida y vuelta de Bolaño a Chile. Éstas, por supuesto, no son más que suposiciones acerca de una presunta, muy vaga, posición política del Bolaño exiliado, pero al menos en algunos de sus relatos hay una marcada simpatía hacia aquellos expatriados chilenos más del estilo del Ojo Silva que el de quienes pertenecen a una oficialidad partidista: “No era como la mayoría de los chilenos que por entonces vivían en el DF: no se vanagloriaba de haber participado en una resistencia más fantasmal que real, no frecuentaba los círculos de exiliados”. Asimismo, el distanciamiento ante aquellos círculos, además de operar de acuerdo a la poética contestataria del infrarrealismo frente a las camarillas mafiosas de la poesía mexicana, se interpone desde un punto de vista, ante todo, moral.

            Por aquellos días se decía que el Ojo Silva era homosexual. Quiero decir: en los círculo de exiliados chilenos corría ese rumor, en parte como manifestación de maledicencia y en parte como un nuevo chisme que alimentaba la vida más bien aburrida de los exiliados, gente de izquierdas que pensaba, al menos de la cintura para abajo, exactamente igual que la gente de derecha que en aquel tiempo se enseñoreaba de Chile. (“El Ojo Silva”).

Y en otro relato de Putas asesinas, “Días de 1978”, el narrador señala: “La realidad, una vez más, le ha demostrado que la demagogia, el dogmatismo y la ignorancia no son patrimonio de ningún grupo concreto”. La ubicación de Bolaño en cuanto al exilio chileno en México (y en Europa) quizá forme parte importante de su educación política —toda vez que es ahí donde entra en conflicto con las directrices reaccionarias enraizadas en la propia “gente de izquierdas”—, pero se diría que es justamente a la vista de ese exilio cuando la actividad política deja de gravitar; poco a poco, o de golpe, el pragmatismo, “la demagogia, el dogmatismo y la ignorancia” arraigados en el sistema político —en cuanto estatutos inamovibles de las bajas y altas esferas latinoamericanas— van conformando un obstáculo insalvable para convertirse en el indócil escritor de carrera que Bolaño quiso ser y sin duda fue, gracias, en buena parte, a la introducción de ese sistema, de sus contradicciones y aberraciones, en su narrativa. Porque la actividad política, la grilla del infrarrealismo frente al resto de las cúpulas sectarias será un tema literario y también una forma de hablar y de narrar (en ocasiones, asumiendo cierta voz de autor puro, de desertor perteneciente al linaje de Arquíloco). Específicamente, la política de los años sesenta y setenta en Latinoamérica pasa a convertirse en su materia literaria; y el exilio, en todas sus variantes (y contra el cual despotricará la mayoría de escritores latinoamericanos, algunos de los cuales Bolaño admira), será pues la condición de la literatura, o mejor, como él mismo propuso en uno de sus “Discursos insufribles”: “Literatura y exilio son, creo, las dos caras de la misma moneda, nuestro destino puesto en manos del azar”.


[1] Fragmento de una entrevista de Raúl Silva a José Rosas Ribeyro, como parte de un libro en preparación sobre el infrarrealismo.











jueves, 2 de mayo de 2019

Santa Teresa o “el secreto del mal”: una aproximación a “2666” de Roberto Bolaño

Por Manuel Illanes
Revista Poétika 1, Nº 3, 01.2019



 
Si Los detectives salvajes representa en la obra de Bolaño el acercamiento a un México mítico, luminoso, el territorio de iniciación para Belano, Lima y los real-visceralistas en los terrenos de la poesía, 2666, por el contrario, nos introduce en las zonas oscuras del país, esa suerte de “dimensión desconocida” mencionada por Sergio González Rodríguez en Huesos en el desierto, haciendo eco de lo dicho por R. K. Ressler a propósito de los crímenes de mujeres en Ciudad Juárez. De alguna manera, ambos textos figuran el anverso y el reverso de la imagen que Bolaño comenzó a construir de México casi desde el momento en que pisó el país en 1968, y que siguió desarrollando hasta su muerte ocurrida en 2003, la de una nación que se mueve entre los polos de la maravilla y el horror. Esta distancia no es impedimento, sin embargo, para que desde distintas perspectivas, Los detectives salvajes y 2666 desarrollen el tema del poder como central en sus relatos: mientras que en Los detectives… se nos presenta la historia de un grupo de poetas que desde la marginalidad debe confrontarse con la oficialidad literaria mexicana, liderada por Octavio Paz, que ha establecido un canon acerca de lo que es “apropiado” en la escritura poética -de la que obviamente se hallan excluidos estos poetas-, 2666 traslada este tópico al ámbito del crimen: una de las cinco secciones que componen el libro, “La parte de los crímenes”, narra de forma detallada los asesinatos cometidos a partir de 1993 contra mujeres en Ciudad Juárez, asesinatos en que se manifiesta de manera patente la huella de una cofradía invisible que domina esta ciudad y la frontera norte. Uno y otro libro revelan, entonces, las caras desconocidas de esa Medusa que constituye el poder en México.

En relación a estos crímenes, Carlos Monsiváis ha señalado de forma contundente que existe un vínculo, un lazo que une a los distintos grupos que participan de los asesinatos, lo que ha permitido tanto la impunidad de los crímenes, como su continuidad en el tiempo. Así lo señala en Los mil y un velorios. Crónica de la nota roja en México:

La clave de la “incompetencia” es la alianza entre los gobernantes, los inquilinos del poder judicial, las policías y los empresarios y los terratenientes de Ciudad Juárez y El Paso, Texas. Esta alianza (no tan) en las sombras se inicia con el despojo de tierras comunales, con los fraudes sin castigo y con las técnicas de intimidación y compra del narcotráfico, que exhiben la disponibilidad de jueces, jefes policiales (de distintos niveles), agentes del Ministerio Público, muy altos funcionarios, empresarios, comerciantes, militares, clérigos.

Esta lectura que Monsiváis realiza de la situación en Juárez -que podríamos denominar sadiana (desarrollaremos más adelante esta comparación en profundidad)-, puede ser aplicada también al texto del novelista chileno, por cuanto la idea de una complicidad en torno a los asesinatos entre las distintas fuerzas que gobiernan la ciudad es recogida y ampliada por Bolaño en la sección ya mencionada. Ahí, el novelista chileno ficciona un espacio que replica el horror que se vive día tras día en la urbe fronteriza de Chihuahua: Santa Teresa. Santa Teresa será en la novela de Bolaño el centro de un espanto que se expande por todo México, un agujero negro que engulle las vidas de cientos de mujeres que desaparecen a plena luz y son encontradas después, muertas, la mayoría de ellas violadas y algunas mutiladas, situación que se ha prolongado hasta el presente y que revela la existencia de una cultura de cariz no solo machista, sino que abiertamente misógina, para la cual el cuerpo de la mujer es tan solo el espacio de escritura con que cuentan algunas mafias para reafirmar su dominio sobre el territorio y enviar mensajes a sus asociados o enemigos (tal como nos lo ha señalado Rita Segato). Hay que destacar que el tema de los feminicidios, tratado en 2666, encuentra, al menos, un antecedente en la literatura mexicana: Las muertas, libro publicado por Jorge Ibargüengoitia en 1977. En él, Ibargüengoitia realiza una recreación del caso de las “Poquianchis”, un par de hermanas de Guanajuato que ejercían de proxenetas en varios prostíbulos de su propiedad, situados en los estados de Jalisco y Guanajuato, donde mantuvieron trabajando durante años a jóvenes que eran engañadas para ejercer la prostitución, muchas de las cuales terminaron muertas o asesinadas, siendo inhumadas de manera clandestina en los patios de dichos prostíbulos. Estos crímenes únicamente pudieron haberse cometido gracias a la connivencia tácita de las autoridades civiles y policiales de los estados citados, con las que las “Poquianchis” establecieron una red de contactos e influencias que les permitía atraer a sus víctimas, explotarlas en los burdeles y luego desechar sus cadáveres sin ser descubiertas por casi dos décadas. Esta misma combinación de hechos (los asesinatos de mujeres que pululan debido a la corrupción de las autoridades) es la que deben enfrentar los agentes encargados de resolver los crímenes de Santa Teresa en 2666, lo que hermana ambos textos y los sitúa dentro de una órbita similar en relación a la visión del poder que ellos presentan. También los acerca, por otro lado, el lenguaje forense que utilizan al describir los crímenes, aunque en el caso de la novela de Bolaño esto puede deberse a la admiración que el chileno profesaba hacia autores del género policial y, especialmente, por la influencia de James Ellroy, de quién el novelista era un gran adepto (tal como se refleja en Entre paréntesis donde dedica una pequeña reseña a Mis rincones oscuros), en particular sobre la autobiografía de este autor, publicada en 1996, donde se trata acerca del asesinato irresoluto de su madre y de los feminicidios que él investiga para resolverlo, situados en el contexto del Los Angeles de las décadas de los 50 y 60.

Refiriéndose a esta confluencia de fuerzas políticas, policiales y de los cárteles que estarían detrás de una parte importante de los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, la ensayista argentina Rita Segato ha indicado en un penetrante estudio acerca de estos casos (La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez. Territorio, soberanía y crímenes de segundo estado) que:

El poder soberano no se afirma si no es capaz de sembrar el terror. Se dirige con esto a los otros hombres de la comarca, a los tutores o responsables de la víctima en su círculo doméstico y a quienes son responsables de su protección como representantes del Estado; le habla a los hombres de las otras fratrías amigas y enemigas para demostrar los recursos de todo tipo con que cuenta y la vitalidad de su red de sustentación; le confirma a sus aliados y socios en los negocios que la comunión y la lealtad de grupo permanece incólume. Le dice que su control sobre el territorio es total, que su red de alianzas es cohesiva y confiable, y que sus recursos y contactos son ilimitados.

El concepto de fratría que la ensayista argentina utiliza en su estudio, se encuentra -a mi modo de ver- directamente relacionado con la lectura que unos párrafos antes llamé sadiana refiriéndome a la interpretación que Monsiváis hacía de la situación en Juárez: el Marqués de Sade, en Las 120 jornadas de Sodoma, desarrolla la idea de la existencia de una cofradía, integrada por cuatro hombres adinerados (un aristócrata, un eclesiástico, un banquero y un juez) que deciden recluirse en un castillo y someter a una serie de abusos y vejaciones a un grupo de jóvenes de ambos sexos, especialmente escogidos para tales efectos. Estos hombres representan distintas facetas del poder que, ya en esa época -con el capitalismo alcanzando una incipiente madurez-, despuntaba en la sociedad del Antiguo Orden y se proyectaba hacia el futuro, esto es, el poder del Capital. El hecho de que todos ellos se encuentren asociados bajo un pacto secreto y compartan una misma visión respecto al derecho que los respaldaba para ejercer una violencia sin freno sobre los cuerpos de los jóvenes encerrados en el castillo parece tener una resonancia poderosa en la novela de Bolaño, quién de forma sutil (y otras no tanto) sugiere los vínculos incestuosos que unen a la clase dirigente de Santa Teresa con la policía y los grupos criminales. Esto se refleja, por ejemplo, en los lazos de amistad que unen al jefe de la policía de la ciudad, Pedro Negrete, con el líder de uno de los carteles de Santa Teresa, Pedro Rengifo, al que el primero entrega para el séquito de guardaespaldas del segundo, a Olegario Expósito (Lalo Cura), quien se convertirá en uno de las protagonistas de “La parte de los crímenes”. O en la actuación de las fuerzas de seguridad del Estado, que en distintas escenas de la novela, demuestran una ineptitud y negligencia en la investigación de los casos que está al borde de transformarse en una asistencia directa a los autores de los delitos y que, incluso, han llegado al extremo de adoptar los métodos delincuenciales, torturando a supuestos sospechosos de cometer los crímenes e intentando que éstos se autoinculpen, amén de otras tropelías aun más graves (la escena de la violación de las prostitutas del club La Riviera en los calabozos de un cuartel policial, que figura en la página 501 de 2666, resume a la perfección este punto). O en las reuniones entre los distintos estamentos del gobierno con el objeto de “solucionar” la situación -que más bien parecen el intento de maquillar los entuertos que se cometen en la ciudad-, de la que este fragmento simboliza de modo cabal la estrategia de ocultamiento de los responsables directos:

La vida es dura, dijo el presidente municipal de Santa Teresa. Tenemos tres casos que no ofrecen ninguna duda, dijo el judicial Ángel Fernández. Hay que mirar las cosas con lupa, dijo el tipo de la cámara de comercio. Yo todo lo miro con lupa, una y otra vez, hasta que se me cierran los ojos de sueño, dijo Pedro Negrete. De lo que se trata es de no moverle al cucarachero, dijo el presidente municipal. (Las cursivas son mías)

La particular insistencia que Bolaño pone en asociar las figuras de los representantes más importantes de Santa Teresa (como en la cita anterior) en relación a los crímenes, da cuenta de este afán del novelista por hacer patente la clave sadiana a la que me he referido. En tal sentido, hay otro fragmento de “La parte de los crímenes” que abona sobre la evidencia de los nexos existentes entre las autoridades civiles de Santa Teresa y los capos de los grupos criminales, y su deseo de dirigir las investigaciones en cierta dirección, una que apunte hacia la tesis del asesino único (que en 2666 se encarna en la figura de Klaus Haas) o de crímenes que son el resultado de la violencia intrafamiliar, con el objeto de proteger sus propios intereses:

Dos noches después del hallazgo de los cadáveres se reunieron en un club privado anexo al campo de golf el presidente municipal de Santa Teresa, el licenciado José Refugio de las Heras, el jefe de la policía Pedro Negrete y los señores Pedro Rengifo y Estanislao Campuzano. El encuentro duró hasta las cuatro de la mañana y se aclararon algunas cosas. Al día siguiente toda la policía de la ciudad, se podría decir, se puso a la caza de Javier Ramos.

Es de notarse, además, una característica muy importante que se repite entre las víctimas de los crímenes, que remarca la dimensión sadiana a la que creo apunta Bolaño en esta sección de su novela: de igual forma que en Las 120 jornadas de Sodoma (y aquí es la ficción la que cruelmente se anticipa a la realidad) ellas pertenecen al estrato más bajo de la sociedad -la juarenense, en particular, y la mexicana, en general-, el que corresponde a las mujeres migrantes que laboran en las maquilas por salarios de hambre. Estas víctimas son, desde el punto de vista de los victimarios, material desechable, lo que no solo se expresa por la constante incidencia de los asesinatos entre las féminas de este grupo, y la virulencia que tales crímenes muestran, sino que también por el hecho de que los cadáveres son abandonados en zonas de la periferia de Santa Teresa/Ciudad Juárez, tales como descampados, basurales, barrancas, etc., es decir, que se confundan, literalmente, con los desechos y la basura (lo anterior se ejemplifica en el tiradero El Chile, que es mencionado varias veces en “La parte de los crímenes”, un vertedero ilegal donde se encuentran algunos cuerpos de víctimas, prácticamente irreconocibles). De cierta manera, esto exhibe la absoluta asimetría que hay entre víctimas y victimarios: mientras las primeras se hallan en un estado de total indefensión, siendo muchas veces raptadas a plena luz del día sin que nadie haga nada por ayudarles, los victimarios cuentan con todos los medios para raptarlas, torturarlas, asesinarlas, deshacerse de los cuerpos y desaparecer posteriormente en el anonimato. Lo que surge de esta constatación es la idea de que el poder se manifiesta en tanto realidad incondicional que resguarda a algunos y aniquila sin piedad a otros, siendo estos “otros” aquellos que no pertenecen a la cofradía de la que se forma parte, la que se encuentra detrás de los abusos y vejaciones en Las 120 jornadas... y de los asesinatos en 2666.

Justamente tal rasgo de las mujeres asesinadas, el de su pertenencia a uno de los estratos más bajos de la sociedad y su indefensión, es apuntado por Sergio González Rodríguez en Huesos en el desierto, una obra que funge como contrapunto ensayístico de la ficción elaborada por Bolaño en 2666, ya que en ella se abordan los crímenes de Juárez a través de una serie de reportajes que González produjo como periodista del periódico Reforma, durante los años en que los feminicidios se desarrollaron con mayor fuerza. El recientemente fallecido ensayista señala, refiriéndose a Huesos

Asimismo, el libro ha retratado la puesta en marcha de esta industria maquiladora del exterminio de mujeres pobres, al insistir en el modus operandi de extrema violencia de aquellos asesinos que inscriben signos de odio idiosincrático, misógino, radical, u otros que reflejen los privilegios sociales de quienes patrocinan todo. Las víctimas de esta fábrica de cadáveres en serie han sido objeto de mensajes de secrecía en condiciones específicas de miedo y amenazas de un poder clasista e impune. Sangre, sacrificio, poder, grabados en cada uno de los cuerpos.

La inclusión de Sergio González como personaje de 2666 da cuenta de la dimensión política que Bolaño intenta imprimir a “La parte de los crímenes”: en tanto Huesos en el desierto representa una declaración directa contra la impunidad asociada a los asesinatos en Juárez, y el esfuerzo por desvelar los nombres que están detrás de la cofradía que ordena los crímenes y los encubre, al mostrar la “toma de conciencia” del personaje Sergio González respecto de la situación (“toma de conciencia” que se lleva a cabo paulatinamente en el texto), lo que se nos está sugiriendo, en pocas palabras, es que todos debemos realizar, junto con la lectura, el mismo viaje que guió a González desde una postura inicial de indiferencia hacia una de rechazo de los feminicidios y denuncia de sus causas. Bolaño mismo, reseñando Huesos…en su obra Entre paréntesis, invoca esta cualidad subversiva que posee el texto de González Rodríguez respecto del orden actual de las cosas en México:

Huesos en el desierto es así no sólo una fotografía imperfecta, como no podía ser de otra manera, del mal y de la corrupción, sino que se convierte en una metáfora de México y del pasado de México y del incierto futuro de toda Latinoamérica. Es un libro no en la tradición aventurera sino en la tradición apocalíptica, que son las dos únicas tradiciones que permanecen vivas en nuestro continente, tal vez porque son las únicas que nos acercan al abismo que nos rodea.

Siguiendo la misma línea se encuentra la aparición del personaje Juan de Dios Martínez, uno de los judiciales que debe hacerse cargo de los innumerables casos de mujeres asesinadas en Santa Teresa, en el relato que desarrolla “La parte de los crímenes”. El nombre del judicial es una clara alusión a la obra del poeta chileno Juan Luis Martínez quién, en 1977, editó un libro fundamental: La nueva novela. Publicado en uno de los momentos más oscuros de la dictadura pinochetista, en el texto de Martínez se presenta un alegato cifrado contra los poderes ilimitados del mal, en el cual, el alter ego del autor -justamente este Juan de Dios Martínez- ocupa un papel central. Me parece pertinente citar uno de los fragmentos del poema “La desaparición de una familia”, que figura en La nueva novela, el cual expresa este sentimiento de pérdida de sentido e indefensión completa que implica el rapto de un familiar, para ilustrar la carga significante que Bolaño imprime al texto al aludir a este Juan de Dios en 2666: “Ese último día, antes que él mismo se extraviara / entre el desayuno y la hora del té, / advirtió para sus adentros: / “-Ahora que el tiempo se ha muerto / y el espacio agoniza en la cama de mi mujer, / desearía decir a los próximos que vienen, / que en esta casa miserable / nunca hubo ruta ni señal alguna / y de esta vida al fin, he perdido toda esperanza”.

Las anteriores palabras parecen tener un eco en el párrafo final de “La parte de los crímenes” en que se expresa la sensación de extrañeza, de vivir en un mundo hostil, como el que tenía lugar en el Chile de fines de los 70, pero ahora trasladado a la realidad del México de mediados de los 90, el epicentro de una guerra soterrada entre los diferentes carteles, y entre éstos y el Estado mexicano, en medio de la cual se hallan los civiles inocentes:

Las navidades en Santa Teresa se celebraron de la forma usual. Se hicieron posadas, se rompieron piñatas, se bebió tequila y cerveza. Hasta en las calles más humildes se oía a la gente reír. Algunas de estas calles eran totalmente oscuras, similares a agujeros negros, y las risas que salían de no se sabe dónde eran la única señal, la única información que tenían los vecinos y extraños para no perderse.

Al enlazar la realidad chilena de fines de los 70 con la de las desaparecidas y asesinadas de Santa Teresa/Ciudad Juárez, Bolaño no solo hermana las situaciones políticas de uno y otro país sino que al mismo tiempo establece el campo de acción a seguir, cosa que la inclusión del personaje de Sergio Rodríguez en la novela, a mi modo de ver, ratifica: la oposición a este orden del mal que es el México contemporáneo y el deseo de desvelar el secreto del mal que está detrás de los asesinatos y desapariciones.




Bibliografía


-Bolaño, Roberto. 2666, Editorial Anagrama, Barcelona, 2008

-Bolaño, Roberto. Entre paréntesis, Editorial Anagrama, México, 2013

-González, Sergio. Huesos en el desierto,  Editorial Anagrama, Barcelona, 2005

-Martínez, Juan Luis. La Nueva Novela, Ediciones Archivo, 1977

-Monsiváis, Carlos. Los mil y un velorios. Crónica de la nota roja en México, Random House Mondadori, México, 2010

-Segato, Rita. La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en  Ciudad Juárez. Territorio, soberanía, y crímenes de segundo estado, Tinta Limón Ediciones, Buenos Aires, 2013



Fotografía: Tzompantli, Museo del Templo Mayor, Manuel Illanes











miércoles, 3 de abril de 2019

De la vida de los poetas: anticipo de la poesía reunida de Roberto Bolaño

Por Manuel Vilas
Página 12, Argentina. 31.03.2019

 
Si bien Roberto Bolaño fue reconocido como un gran narrador y novelista latinoamericano, su obra poética no sólo no fue menor ni lateral sino que estuvo en la base de su configuración como escritor. Se formó leyendo poesía y, sobre todo, atento a la vida de los poetas que lo fascinaban y que también alimentaron a muchos de sus mejores personajes. Ahora se publica un tomo de su Poesía reunida (Alfaguara) que además de los volúmenes La Universidad Desconocida, Los perros románticos y Tres, incluye una buena parte de poemas dispersos en revistas y plaquettes prácticamente inhallables. Aquí se anticipa el prólogo que escribió el escritor y poeta español Manuel Vilas para la presente edición.


 
Roberto Bolaño siempre fue devoto de la poesía. Llegó a la literatura de la mano de los poetas, de Baudelaire, de Rimbaud, como él mismo se encargaba de recordar cuando en las entrevistas se le preguntaba por sus orígenes literarios. Una mano dura, la de esos poetas. Su fascinación por la vida y obra del poeta chileno Nicanor Parra es de sobra conocida. Parra fue su poeta tutelar, un poeta que regaló a Bolaño una forma de entender la poesía que estaba directamente relacionada con una manera de vivir. Y esa manera de vivir perseguía la irreverencia, la iconoclastia y el misterio.

A Bolaño le apasionaban los poetas y, sobre todo, la vida de los poetas. Y la vida de los seres humanos que fracasan: “Nunca te enamores de una jodida drogadicta: / Las primeras luces del día te sorprenderán / Con sangre en los nudillos y empapado de orines”. Los poetas que fracasan eran un espectáculo universal. La vida de los poetas fracasados era inquietante y humorística, albergaba una melancólica ironía contra todos los poderes de la tierra: el poder político y el poder económico, y también el cultural.

Los poetas fueron una fiesta. Una fiesta para mendigos. Porque los mendigos que se van de fiesta se convierten en poetas.

Bolaño vio en la poesía una forma de rebeldía y una intriga existencial que engrandecía la vida. Es curioso, porque sin esa apelación a la poesía no se puede entender el conjunto de su obra, especialmente sus dos novelas más celebradas: Los detectives salvajes y 2666. Ese sentido de la rebeldía se manifiesta en una preocupación constante por exhibir las vidas de los fracasados, de los malogrados, de los hundidos, de los seres humanos que no consiguieron arraigar, de los desposeídos, de los que tuvieron mala suerte, de los raros, de los incomprendidos, de los que murieron antes de hora. Y sobre todo de los pobres: “Demos gracias por nuestra pobreza, dijo el tipo vestido con harapos”.

Hay mucha desesperación en la poesía de Roberto Bolaño. Tal vez porque la contemplación de la vida y del mundo de finales del siglo veinte producía extrañeza, destemplanza y angustia. Producía una desesperación inteligente. Yo diría que ése es el sentimiento que predomina en esta poesía: una angustia que viene de muy adentro y que acaba siendo luminosa. Pienso en ese poema en que Bolaño cita a Alain Resnais, quien a su vez recuerda que Lovecraft fue vigilante nocturno en un cine de Providence, y en esa historia el poeta encuentra consuelo, al contemplarse como vigilante nocturno del camping Estrella de Mar. A veces Bolaño comunica telegráficamente su desesperación, pero siempre con una ironía final: “El fracaso. La miseria. La degeneración. La angustia. / El deterioro. La derrota. Dos artículos masculinos / y cuatro femeninos”.

El trovador medieval Guiraut de Bornelh, uno de los personajes que aparece en la poesía de Bolaño, es una sombra del pasado remoto de la literatura desde la que nuestro poeta piensa su propio presente. Con frecuencia Bolaño buscó auxilio privado en la historia de la literatura y también en la amistad de los escritores coetáneos con quien tuvo afinidades vitales. Buscaba un refugio, no sentirse tan solo y desamparado. Hay mucho sentimiento de desamparo en la poesía del autor de Los detectives salvajes. Pensó que ese desamparo era inherente a la tarea del poeta, a la tarea del escritor. Al aprendizaje en el desamparo dio en llamarle “la Universidad Desconocida”, y así se tituló la recopilación de su poesía, preparada durante décadas y finalmente publicada en 2007. Es un título muy en la línea de 2666, formulaciones que encierran un pequeño misterio que nos araña el corazón: sabemos qué significan, pero son tan herméticos que hay algo en esos títulos que esquiva nuestra comprensión. Además, la universidad desconocida posee casi una naturaleza infernal, un abismo que encierra terror y muerte. México puede ser el lugar de la universidad desconocida, todo un país que sirve de alegoría, de símbolo de la desesperación luminosa, de la destrucción elegida en un acto de valor oscuro.

Siempre pensé que había un hermoso paralelismo, un secreto túnel, entre la manera en que aparecen y son caracterizados los poetas en una obra como Luces de bohemia, de Ramón María del Valle-Inclán, y en Los detectives salvajes, de Bolaño. El poeta mexicano Mario Santiago, al que Bolaño dedica varios poemas, se convertirá en el legendario personaje Ulises Lima en la citada novela. La miseria material, la existencia llena de penurias acompañada por la autenticidad moral y la entrega a una vocación poética parecen aunarse en personajes como Max Estrella y Ulises Lima.

Tanto Valle-Inclán como Bolaño idearon teorías estéticas. Valle formuló el esperpento y Bolaño, junto con Mario Santiago y otros poetas mexicanos, el infrarrealismo. La fundación de este último ocurrió a mediados de los años setenta en México. Más allá de los contenidos literarios, tanto el esperpento como el infrarrealismo eran estéticas revulsivas y disolventes. Bolaño entendió el infrarrealismo como una especie de orden mendicante de la posmodernidad, o un rotundo “no” a las convenciones. Los infrarrealistas querían volarle los sesos a la cultura oficial. Valle quería volarle los sesos a la España putrefacta. El poema de Bolaño titulado “Ernesto Cardenal y yo” puede ser un ejemplo de teoría infrarrealista. Tal vez toda esta teoría poética sea un homenaje a México. Puede que México también sea un homenaje al infrarrealismo. En realidad, nadie sabe qué fue el infrarrealismo, más allá de la parodia y de la ironía con respecto a las grandes vanguardias literarias de principios del siglo veinte.

Los poetas parece que son lo único insobornable. Tal vez porque no tengan nada. La miseria radical se convierte en pureza, en un acto político valiente, sólido. Bolaño estaba obsesionado con los poetas, porque eran lo único que se resistía al dinero. No tenían dinero los poetas, pero sí conocimiento. Esa es la paradoja que gustaba al autor de 2666. Memorable es el poema titulado “El dinero”:

“Trabajé 16 horas en el camping y a las 8 de la mañana tenía 2.200 pesetas pese a ganar 2.400 no sé qué hice con las otras 200 supongo que comí y bebí cervezas y café con leche en el bar de Pepe García dentro del camping y llovió la noche del domingo y toda la mañana del lunes y a las 10 fui donde Javier Lentini y cobré 2.500 pesetas por una antología de poesía joven mexicana...”.

La exhibición del dinero, cuando es tan poco dinero, se convierte en la mejor poesía del mundo. En otro poema nos dice: “El dinero que no tendré jamás y que por exclusión hace de mí un anacoreta, el personaje que de pronto empalidece en el desierto”. Es sugerente la imagen del anacoreta posmoderno, del escritor que se sabe inútil para ganar dinero, y sabe que eso lo es todo, o casi todo. Inútil para ganar dinero, pero no para el sexo. En la poesía de Bolaño, como en su narrativa, el sexo descarnado o fisiológico o explícito tiene una gran relevancia. Los poetas no tenían dinero, pero hacían el amor. Siempre disponibles para la promiscuidad. Los detectives salvajes son salvajes porque son tan pobres como promiscuos, o lujuriosos, qué hubiera dicho Dostoievski. La lujuria o la promiscuidad parecen emociones o postulados infrarrealistas.

El Tercer Mundo, es decir, México, solo nos regala miseria y promiscuidad. Bolaño celebró el Tercer Mundo inventando una danza literaria entre la pobreza y el sexo. Porque el sexo entre pobres es más sexo que entre ricos. La pobreza convierte el sexo en rabia, en la rabia más perturbadora del universo.

No hay nada más preciso para definir a un yo poético que decir cuánto dinero gana y con quién fornica. No hay nada más impúdico, y a la vez tan necesario. Los poetas se convirtieron en “perros románticos”. Y la vida de Bolaño se midió en pesetas. Eso produce melancolía. Es una medida desaparecida, que pertenece al siglo XX, desde donde Bolaño nos mira, en donde Bolaño quedó atrapado. Solo tres años pudo cruzar el siglo XXI, pues, como todo el mundo sabe, murió en 2003, a la edad de cincuenta años. Una edad que hoy hace que pensemos en él como si fuese un poeta joven.




La vida fue una universidad desconocida, eso nos dijo Bolaño. También nos dijo, en una parodia brillante que tenía por objeto la novela negra, que los verdaderos detectives son los poetas (y especialmente los poetas anónimos) y que el futuro que se nos trasladaba en 2666 era una expansión incontrolada de la ficción como una forma de borrosa, ambigua, azarosa existencia.

Siempre con un pie más allá del orden, de la naturaleza y de la vida, así es la literatura de Bolaño, en cualquier género. La poesía de Bolaño se decantó por un simbolismo personal. Es una poesía de tendencia figurativa, no usa la abstracción, aunque sí el irracionalismo y el toque visionario, pero se mueve en un territorio simbólico que se apoya en referentes de la historia de la cultura, del arte y de la literatura. Estoy pensando en el poema titulado “El Greco”, en donde la evocación histórica del pintor se mezcla con una escena erótica que busca la redención del pasado. Porque el destino de los artistas es la muerte, y Bolaño los quiere rescatar, para que vuelvan a estar vivos, bajo esa dimensión imaginaria de la poesía. El poeta nombra en sus poemas a escritores de todos los tiempos, dialoga con ellos, y en alguna medida se encomienda a ellos desde la ironía. Mezcla personajes históricos con personas a quienes el poeta conoció. El resultado es una combinación de historia y vida. Y el sentido final siempre es el de una sentencia presidida por la muerte y la angustia. También fondeó Bolaño en la creación de símbolos crípticos, con imágenes que a veces recuerdan a la poesía de Leopoldo María Panero. La creación de símbolos personales, enigmáticos y de cierto tono distópico o apocalíptico tiene asiento en muchos poemas. El hondo desierto de la realidad y de la condición humana busca ser dicho con acertijos, con arcanos privados. Hay destellos de Jorge Luis Borges, y su influencia se nota específicamente en ese poema río titulado “Un paseo por la literatura”, que acaba siendo un aleph en donde cabe la historia del universo.

Son muchos los poemas que expresan una idea recurrente en esta poesía, y que podría cifrarse en un verso del propio Bolaño, ese que dice “Nada quedará de nuestros corazones”. La conciencia de la inutilidad del arte frente a la muerte y el tiempo hacen que Bolaño adopte la ironía, en una acepción casi lúdica, como remedio, o como bálsamo. Es toda una melancolía, de fundamento clásico, la que aparece en esa constatación: nada quedará de nuestras vidas, por mucho que existan los poetas.

La necesidad de narrar historias, pero historias con poesía dentro, lleva a Bolaño a escribir poemas en prosa. La poesía está en un lugar intermedio. La poesía se ha hecho prosa. En este libro que tiene el lector entre sus manos hay muchos poemas que son, en realidad, breves narraciones. ¿Por qué llamar poesía al relato corto? Porque tampoco son relatos, en puridad. Pues albergan en sus entrañas un sentido poético, un sentido simbólico e irreal de la existencia humana. No buscan narrar unos hechos, sino trascender esos hechos como motivo simbólico de la vida. La prosa narrativa de Bolaño es poesía por eso, por su ambición de decir la condición humana. Hay en estos textos en prosa mucha influencia de Franz Kafka, sobre todo en esa mezcla de amenaza y desasosiego que invade estas pequeñas narraciones, donde la tan famosa autoficción, donde la aparición del propio Roberto Bolaño como personaje, toman un destacado protagonismo. Pensaba nuestro poeta que si contaba en carne propia todo cuanto veía, la vida se ordenaba o al menos vivir servía para algo. Mientras Roberto Bolaño cuenta lo que le pasa a Roberto Bolaño, con absoluto verismo, con un lenguaje coloquial, recurriendo incluso al exabrupto y a las expresiones soeces, es posible encontrar un poco de sosiego, y una finalidad. Justamente la finalidad que no tiene la vida. ¿Por qué hay tantos hechos, tantos personajes o personas, tantas ciudades y países en la vida real? Bolaño no lo sabe. Lo que sabe es que un ser humano pierde la vida, gasta la vida viendo ciudades, caminando las calles de Barcelona, de Ciudad de México, de Castelldefels, de Ciudad Juárez, que invierte la vida en Chile, México y España, que la vida es lo que ocurre en el camping Estrella de Mar (“Un camping debe ser lo más parecido al Purgatorio”) o en la barcelonesa calle Tallers, y que lo mejor es contarlo, porque la vida solo sirve para contarla. Y si la vida solo sirve para contarla, es que estás desesperado, aunque no se note. Que no se note es la tarea del escritor con talento.

En la poesía de Bolaño puede encontrar también el lector el taller del narrador, la trastienda del novelista, y puede observar cómo funciona el trasvase entre poesía y prosa. Muchos de los temas que ocuparán la narrativa del autor de Los detectives salvajes están sugeridos en los poemas, a modo de apunte, a modo de reflexión, a modo de esbozo. Podría hablarse de la “escritura total”, que puede manifestarse en una novela o en un poema. La creación de Bolaño confundía los géneros literarios porque procedía del violento afán de representar la vida: daba igual el género. La urgencia era la vida. Por eso, este libro de poesía reunida es, en rigor, un libro más de Roberto Bolaño sobre Roberto Bolaño. Un libro sobre la vida de Roberto Bolaño, sobre el intento de que la vida de Roberto Bolaño alcance un fin, un sentido, una representación, una existencia, un rostro, una fotografía.

Se podría sintetizar así: hay poesía escondida en sus novelas y hay novelas interrumpidas en su poesía. Porque todo son palabras. Como todo son palabras, Bolaño buscó aquellas que más dolían o más decían, o más escondían, o más cercanas estaban a lo que el propio Bolaño vivió.

Toda la poesía aquí reunida es, pues, de carácter autobiográfico. Bolaño habla de su trabajo de vigilante en el camping Estrella de Mar de Castelldefels, habla de sus amigos, de todo cuanto vio y vivió con ellos, de las mujeres a las que deseó, de las calles y los bares en los que estuvo y fue Nadie. Esa sensación ardiente de pasar por el mundo siendo Nadie, eso está en estos poemas, en estas prosas.

Creo que el lector encontrará especialmente emocionantes los poemas dedicados a Lautaro Bolaño, hijo del poeta. A través del hijo, llega el poeta a reconstruir el rostro de su propio padre, y hasta el del abuelo. Lautaro Bolaño representa la vida que se cumplirá con el padre ya ausente. Él es lo mejor que hubo en la vida del poeta.

El mundo es líquido y no sólido en la literatura de Bolaño. Eso buscó nuestro chileno españolizado y mexicanizado. El estado líquido es muy hermoso, ayuda a tomarse la vida como comedia, una comedia con sus largos quejidos, con tanta irreverencia como desesperación. Eso es este volumen, esta poesía reunida: la comedia íntima de Roberto Bolaño.

Para poder vivir hay que creer en algo. No me gustaría acabar este prólogo sin recordar aquello en lo que creyó Roberto Bolaño. Creyó en el misterio y en la fuerza de la vida, susceptible de ser dichos de manera quijotesca y cervantina a través de las palabras. Al hacer un brutal recuento de sus fracasos editoriales, Bolaño dijo en lo que creía. Lo dijo en este poema: “Rechazos de Anagrama, Grijalbo, Planeta, con toda seguridad también de Alfaguara, Mondadori. Un no de Muchnik, Seix Barral, Destino… Todas las editoriales…  Todos los lectores… Todos los gerentes de ventas… Bajo el puente, mientras llueve, una oportunidad de oro para verme a mí mismo: como una culebra en el Polo Norte, pero escribiendo. Escribiendo poesía en el país de los imbéciles. Escribiendo con mi hijo en las rodillas. Escribiendo hasta que cae la noche con un estruendo de los mil demonios. Los demonios que han de llevarme al infierno, pero escribiendo”.

Un raro poema, líneas desesperadas, en donde el acto de escribir es voluntad, amor y castigo. Un escritor puede arder en el infierno, pero no se consumirá del todo en tanto que su mano en llamas escriba aunque solo sea una sílaba, sea cual sea esta sílaba ignominiosamente secreta.