jueves, 5 de noviembre de 2020

Bolaño en primera línea o las jornadas del caos

Por Roberto Contreras Soto
Presslibre.mx, 31.10.2020
Carcaj.cl, 02.11.2020




Dedicado a lxs PP de la revuelta 18/O
 
 
“Desde la ventanilla del taxi pudo comprobar que la ciudad, al menos en apariencia, estaba tranquila, aunque de tanto en tanto se vislumbraban hogueras y en algunas bocacalles se veían los coches de la policía antidisturbios. Pero en general todo parecía tranquilo y la ciudad dormía narcotizada”, son las líneas de un cuento de Roberto Bolaño. Que fue lo primero que recordé cuando vi en IG la foto del auto calcinado. Traigo la imagen asimilada de los cementerios de autos en Arica, donde es frecuente descubrirlos en las más diversas formas y estado (una visión permanente en cualquier esquina, peladero o camino de carretera donde los habitantes abandonan sus camionetas, furgones y coches americanos que habrán cruzado día y noche la frontera.) Este relato aparece en una discutible publicación del 2007, El secreto del mal, cuando su viuda o la que fuera su viuda, legalmente la madre de sus dos hijos, más su editor de entonces, Ignacio Echevarría, se hallaban vaciando su computador. Se llama ilusoriamente “Las jornadas del caos”, y es el cuento con que cierra el libro. Tiene como protagonista a Belano. Son apenas dos páginas, lo que da aún más esa noción de inacabado, no solo porque se interrumpe a poco de empezar algunos párrafos, y deja en suspenso lo más duro de una trama, sino porque pese a lo habitual de los finales abiertos de sus narraciones, en éste la suspensión es accidental y, por tanto, evidente: se trata del borrador de un cuento.
 
Gerónimo, el hijo de Arturo Belano, cuando creía que todas sus aventuras se habían acabado, se pierde en Berlín durante las Jornadas del Caos. He aquí la primera distopía: “Esto sucedió en el año 2005. Ese mismo día Arturo hizo su equipaje y por la noche tomó su primer avión con destino a Berlín. Llegó a las tres de la mañana […] Arturo Belano tenía más de cincuenta años y Gerónimo Belano tenía quince y había viajado con un grupo de amigos. Era el primer viaje sin ninguno de sus padres. La mañana en que su mujer lo fue a buscar el grupo había regresado, pero faltaban Gerónimo y uno más, un muchacho llamado Félix, a quien Arturo recordaba como un muchacho alto y flaco y lleno de espinillas […] Cuando Arturo tenía quince también hizo su primer viaje largo. Sus padres decidieron abandonar Chile e iniciar una nueva vida en México”.
 
Bolaño en ese pasaje refiere a su llegada, siendo un adolescente, a la colonia Guadalupe Tepeyac del DF. Pero con ese dato yo recuerdo su viaje de vuelta. El retorno suyo en, esta vez, el utópico escenario de haber venido a sumarse a la revolución. Eso ha sido recreado y ficcionado en un poema, un cuento y una novela, donde un desprevenido B es sorprendido en un control militar en las cercanías de Concepción, en el sur de Chile, llevado a una comisaría y camino desde el calabozo a los baños es reconocido por unos ex compañeros de liceo, ahora policías –quienes conforman el grupo de sus captores o centinelas, parece que ocupa la palabra “cancerbero”, pero no tengo el libro a mano para confirmarlo– lo cierto es que, en el cuento, consiguen ponerlo en libertad pasado unos días. Según su amigo de entonces, Jaime Quezada, llegó a su casa en la comuna de La Cisterna, una vez que arribara, buscando integrarse al “yo lo vi yo lo viví” del sueño de la UP con Allende: “El Golpe Militar –recuerda Quezada– lo ha sorprendido visitando familiares en Los Ángeles y Mulchén, en el centro-sur del país, en un afán por recuperar acaso su infancia perdida […] No pasaría desapercibido a los severos controles militares en calles, lugares públicos, terminales de buses y estaciones ferroviarias. El marcado canturreo mexicano de su hablar y el aspecto desfachatadamente extranjerizante y desafiante de su vestimenta, le traerían momentos de ingratos pesares”. Lucía un ancho y grueso cinturón de cuero con una hebilla de balas-salvas de fusil. Pasó lo que pasó. Fue detenido. El resto es parte de la biografía de la represión que se cierne sobre su vida, él mismo lo reconocía, pues alguno de sus editores norteamericanos habrían ensalzado esa curiosa condición de preso político, torturado, salvado de las garras de Pinochet y lo habría hecho vivir por más de veinte años exiliado en España. Acaso solo excesos de una fama meteórica.
 
Aunque lo que sí se me agolpa como verdad, en medio del espejismo de estos días, es lo que irrumpe en las actualizaciones de post, también volviendo a la ciudad este viernes, primero en taxi y más tarde en bicicleta: un auto quemado en las inmediaciones de la Plaza de la Dignidad (Ex Plaza Italia y Baquedano a metros de la SECH) con el número 2666, que también me hace recordar esa distópica alegoría de que Bolaño habría vuelto a las calles, también a participar de la revuelta: “Guerrero, a esa hora, se parece, sobre todas las cosas a un cementerio, pero no a un cementerio de 1974, ni a un cementerio de 1968, ni a un cementerio de 1975, sino a un cementerio de 2666, un cementerio olvidado debajo de un párpado muerto o nonato, las acuosidades desapasionadas de un ojo que por querer olvidar algo ha terminado por olvidarlo todo”, es la voz de Auxilio Lacouture en Amuleto (1999). Aunque, también de modo espectral, recuerdo que allá por el 2005, acaso conmemorando el segundo aniversario de su muerte, comenzaron a aparecer por las inmediaciones del Paseo de la Rambla y calle Tallers, a metros de la casa donde viviera junto a Bruno Montané, unos stencil con su cara. Bolaño fumando. El retrato tan familiar de su foto en las solapas de sus libros grises de “narrativas hispánicas”.
 
Los rayados fueron replicados durante varios días, pero cada noche el servicio de ornato del Ayuntamiento catalán los fue borrando. Desaparecía así su cara de las calles.
 
Hoy el auto ha desaparecido. Fue quemado la noche en que se conmemoraba un año del comienzo de las revueltas. Bolaño se escurre entre los gases y el agua, cada vez más ácida, arrojada por un fuerte chorro de los blancos lanzaaguas de la policía antimotines, con que se dispersa y agrede a los manifestantes.
 
En mi bicicleta hago entonces el camino de vuelta. Busco formas de volver a casa eludiendo los controles policiales. Llego y escribo al contacto que tiene la foto que no pude sacar. ¿Qué define una autoría ante las intervenciones, los volantes, afiches y graffitis de las calles? Miré los muros de la patria mía. El país se quema y veremos qué hacer con sus cenizas. La poesía, más valiente que nadie. El cuentista debe ser valiente. Es triste reconocerlo, pero es así, repito como un mantra las claves de Bolaño.
 
Las jornadas del caos remata, en su final sin fin: “Esto ocurre en el año 2005. Gerónimo Belano tenía quince años. Arturo Belano tenía más de cincuenta y a veces le parecía increíble estar vivo”.
 
Esto ocurre en el año 2020.
 
 
 
“Diario de bicicleta”, Día 200 de la cuarentena, Santiago de Chile.
Fotografía: Roberto Vega-Sotelo /
Facebook: roveso - Instagram: robveso. 










martes, 29 de septiembre de 2020

La ciencia de la tristeza, de Dario Galicia (Presentación de la edición mexicana)




Presentación de La ciencia de la tristeza, de Darío Galicia

Este próximo miércoles 30 de septiembre, en acto virtual, a las 17:00 horas se podrá seguir la transmisión de la presentación del libro por: https://www.facebook.com/coordinacion.literatura.mx

La presentación estará a cargo de la novelista Ana Clavel, el poeta y editor Mario Raúl Guzmán, el poeta y cantautor rupestre Rafael Catana, el poeta Juan José Oliver y la actriz Sara Ramírez. La ciencia de la tristeza. Primera edición: Barcelona, 2019, Ediciones sin fin. Segunda edición: México, 2020, Ediciones sin fin, Ediciones La zorra vuelve al gallinero y La Ratona Cartonera.


La ciencia de la tristeza de Darío Galicia, por Raúl Silva

Regeneración, México. 20092020

 

La vida de un poeta es un poema, pero no necesariamente un poema de amor. La vida del poeta Dario Galicia lo comprueba plenamente. No la tuvo fácil, aunque él se empeñó siempre en vivirla con la premisa de la plenitud a toda costa, a contra corriente de los prejuicios, defendiendo a capa y espada su sensibilidad, la delicadeza que Madre Natura le regaló y que él, con ese gesto digno que solo la poesía en su quintaescencia le procura a algunos, convirtió en una comunicación viva y duradera que ahora navega en un pequeño librito cuyo título estremece: La ciencia de la tristeza. Sus editores, Ana Maria Chagra y Bruno Montané, en Barcelona, y Mario Raúl Guzmán, en la ciudad de México, reunieron los dos únicos libros que Darío publicó en vida, uno con el mismo título de esta reciente edición, publicado por la UNAM en 1994; y el otro, Historias cinematográficas, publicado por la Universidad Autónoma de Puebla en 1987. El siguiente poema lo dibuja y nos dibuja, con el pulso que cada biografía tensa

Autobiografía: mándeme a la silla eléctrica

Oxido la tarde en el café
Un duelo negro refleja mi sombra
Recorro el cielo
Mi eterno Meinkampf
Ataúd negro sin estrellas
Las estaciones son polvo negro
No existe el color
El negro es mi duelo
Mis ojos tapados en una celda blanca
No hay voluntad
Los tranquilizantes son el péndulo de mi mente
Aquí estoy encerrado
En mi crujía
Donde ninguna alma late
¿La salud mental?...
Es su invención
Psiquiatras asesinos
Enfermeros carcelarios
Enemigos de la invención y la Utopía
A mi huelga de hambre
Pinchan mis venas con comida artificial
Cada gota que cae es un gusto por mi náusea
Me es vetado el grito
Un golpe
Otro madrazo
En un psiquiátrico
Donde ronda mi cadáver
No espero mi Hiroshima
Soy un ciudadano desconocido
Soy un expediente psiquiátrico
Donde no tengo nombre
Ni historia.

La vida y la obra de Darío Galicia rondó siempre muy cerca en los confines del Movimiento Infrarrealista, aunque él nunca se acercó a esa militancia, simple y sencillamente porque tenía su propia militancia, que giraba y sigue girando en una galaxia donde gravita sin fin un más allá. Su amigo Roberto Bolaño lo convirtió en Ernesto San Epifanio, en su novela Los detectives salvajes. Un largo poema publicado en Los perros salvajes concentra esencias de este poeta, poeta:


Visita al convaleciente (fragmento)

Es 1976 y la Revolución ha sido derrotada
pero aún no lo sabemos.
Tenemos 22, 23 años.
Mario Santiago y yo caminamos

            por una calle en blanco y negro.
Al final de la calle, en una vecindad escapada

            de una película de los años cincuenta está
la casa de los padres de Darío Galicia.
Es el año 1976 y a Darío Galicia

            le han trepanado el cerebro.
Está vivo, la Revolución ha sido derrotada,

            el día es bonito
pese a los nubarrones que avanzan lentamente

            desde el norte cruzando el valle.
Darío nos recibe recostado en un diván.
Pero antes hablamos con sus padres,

            dos personas ya mayores,
el señor y la señora Ardilla

            que contemplan cómo el bosque
se quema desde una rama verde

            suspendida en el sueño.
Y la madre nos mira y no nos ve o ve cosas de nosotros

            que nosotros no sabemos.
Es 1976 y aunque todas las puertas parecen abiertas,
de hecho, si prestáramos atención,

            podríamos oír cómo
una a una las puertas se cierran.
Las puertas: secciones de metal,

            planchas de acero reforzado,

            una a una se van cerrando
en la película del infinito.
Pero nosotros tenemos 22 o 23 años

            y el infinito no nos asusta.
A Darío Galicia le han trepanado el cerebro,

            ¡dos veces!,
y uno de los aneurismas

            se le reventó en medio del Sueño.
Los amigos dicen que ha perdido la memoria.
Así, pues, Mario y yo nos abrimos paso

            entre películas mexicanas de los cuarenta

            y llegamos hasta sus manos flacas

            que reposan sobre las rodillas

            en un gesto de plácida espera.

Es 1976 Y es México

            y los amigos dicen que Darío lo ha olvidado todo,

            incluso su propia homosexualidad.

 

La ciencia de la tristeza, por Alejandro de la Garza

La Razón, México. 13122019

 

El alacrán pendía entre los estantes de la entrañable librería Jorge Cuesta cuando se enteró, en conversación con Mario Raúl Guzmán, de la pervivencia del “perdido” poeta Darío Galicia (Ciudad de México, 1953), leído con azoro admirativo en los años setenta-ochenta y ahora rescatado por la publicación en Barcelona de su libro La ciencia de la tristeza (Ediciones Sin Fin, 2019).

El volumen reúne los dos libros publicados por Galicia: Historias cinematográficas (BUAP, 1987) y La ciencia de la tristeza y otros poemas (UNAM, 1994), más tres poemas de finales de los setenta rescatados de Sábado de unomasuno, la revista barcelonesa Rimbaud vuelve a casa, y aún otro inédito. La reunión del material y la edición corrieron a cargo de Ana María Chagra y Bruno Montané.

El escorpión supo de poemas de Galicia en dos selecciones de poetas infrarrealistas, la de Mario Santiago en Plural (1976) y la de Roberto Bolaño en Hoja de poesía (Barcelona, 1980), y además lo vio encarnar a Ernesto San Epifanio en Los detectives salvajes (Bolaño, 1998) y de refilón a otro personaje de la novela Amuleto (1999), del mismo Bolaño, quien le dedica también unos versos en su poemario Los perros románticos (1994).

Galicia fraternizó con el infrarrealismo pero no afilió su lírica a ese impulso poético, tan irritante aún para la policía poética y sus comisarios del buen gusto. Del célebre taller de Juan Bañuelos en la UNAM, donde participaba junto a Julián Gómez, Orlando Guillén y Juan José Oliver (quien prologa esta edición española), Galicia brincó a la beca Salvador Novo y se declaró con precoz orgullo gay “Darío Galicia viuda de Novo”.

Fue a principios de los setenta cuando sufrió dos graves aneurismas, de los cuales precarias intervenciones quirúrgicas lograron ponerlo a flote, aunque físicamente mermado. A ello se atribuye su “desaparición” del medio literario y su permanencia en ese limbo hasta hace poco, cuando una pesquisa de sus amigos lo halló en el pueblo de San Andrés Tetepilco, en Iztapalapa, con la salud deteriorada y urgido de tratamiento.

Ahora se busca el apoyo de las autoridades culturales para ingresarlo al Hospital de Nutrición, mientras Mario Raúl Guzmán (autor del epílogo de la edición española) y el incansable Raúl Silva, escritor y editor de la Ratonera Cartonera de Cuernavaca, trabajan en el proceso de editar aquí su recuperado libro.

El arácnido mira la foto de Darío Galicia en la solapa del libro. Su vigoroso gesto, tan parecido en esa imagen a Siqueiros, le recuerda sus versos: “En un psiquiátrico / Donde ronda mi cadáver / No espero mi Hiroshima / Soy un ciudadano desconocido / Soy un expediente psiquiátrico / Donde no tengo nombre / Ni historia”.

 

Poemas de Darío Galicia


Usura

 

A esa hora 

en la que el viento pasa 

Y los amantes 

ebrios solos desnudos 

Juegan a ser ellos mismos 

el olvido dubitante está en tus ojos 

 

Sobre mi cuerpo llevo 

la memoria de tu tacto 

Y en mis manos reina 

la alegría de tu cuerpo 

 

Ese sonido metálico 

que irrumpe en nuestro cuarto 

ese sonido de sexos trillados y unidos 

que es la respuesta de nuestra soledad 

creada por mi cada vez y cada vez más 

menguante economía 

es el silencio que se escucha 

 

A esa hora en que yo dejo aletear mis manos 

como aspas de un molino 

tratando de robar ese amor neurótico 

que yo por simple usura entrego 

paso los días en esa cama larga vacía 

tocando mordiendo 

viviendo sólo de intereses 

que a ti cada día te vuelven más rico

 

 

 

 

Adolescencia

 

En aquellos días mi necesidad se convirtió en un vicio, 

y es que él sólo soñaba, él siempre sueña: 

La luz es una boca ancha por donde el Verano entra. 

En nuestro juego, o gracia, o aventura melancólica 

nunca existieron las reglas. 

Pero esta vez él se disfrazó de Apolo y puso ley 

a nuestro juego. 

La aventura comenzó: en el patio: una higuera, plantas, 

clorofila, clorofila y rojos tabiques nos observaban. 

No teníamos tregua, 

junto a un árbol, bajo su sombra, 

la inocencia se trocó un fuego. 

 

Eran días adolescentes, 

esos tiempos en los que un muchacho famélico o gordo, 

fino o desgarbado quiere ser hombre o tal vez mujer 

–y es que él sólo soñaba, sí mi vecino siempre sueña–. 

Yo estuve atento a la construcción de nuestro tálamo, 

con finos trazos, como un dibujo nítido, la nave quedó 

hecha, era una gran embarcación, 

larga y sin rumbo, que anclaba sobre un césped, 

en el cual sus piernas tensas en las mías se enlazaban. 

 

  

Noticia

 

En este país, por falta de riego, 

el hombre desperdicia el 85% de sus ríos. 

La lluvia tampoco se aprovecha. 

Las corrientes llegan al mar sin uso, 

Y el campesino, harto: emigra de esta tierra empobrecida. 

 

 

Celebrando a Safo

 

Si Safo le dijera a las niñas 

despréndanse de sus sandalias 

vamos a juntar las guirnaldas 

para que los rapsodas 

me celebren coronando mis suaves cabellos 

y decir vivamos nuestro amor 

para vivir en la memoria del mundo 

en mi isla de Lesbos 

jugaremos desnudas 

con caracolas 

del mar 

y les voy a decir 

con las astillas de la tierra 

volveremos a nuestros antiguos 

orígenes el mar 

 

 

El despertar de la conciencia

 

Dejar la ciudad detrás de sus laberintos 

interiores. Un juego de sonrisas devorándose 

uno al otro como una cadena de espejos: “El 

despertar de la conciencia”. Después que ella 

había tocado un Chopin grácil y dulce, él 

contemplándola cómo desde el espacio caían 

sus dedos sobre el teclado del piano. Detrás 

de las cortinas un sonido de jilgueros los 

deleitaba, después de correr y abrir el cordón 

de las cortinas de terciopelo, un sol los invitó 

a salir para que ellos dos escucharan cómo 

nacían las margaritas. Si algún lector 

descuidado desde una silla amarillo como un  

girasol pintado por Van Gogh, ¿en qué 

posible Geografía del mundo podría situar 

esta pareja? En una cadena de montañas, o en 

una geografía de olas azules...