lunes, 14 de noviembre de 2022

¿Quién es el valiente?

Por Roberto Bolaño

Página/12, Argentina, 10.07.2022





Los libros que más recuerdo son los que robé en México D.F., entre los dieciséis y los diecinueve años, y los que compré en Chile cuando tenía veinte, en los primeros meses del golpe de Estado. En México había una librería extraordinaria. Se llamaba Librería de Cristal y estaba en la Alameda. Sus paredes, incluso el techo, eran de vidrio. Vidrio y vigas de hierro. Examinada desde afuera, parecía imposible poder robar un libro allí. Sin embargo, la tentación de hacer la prueba pudo más que la prudencia y al cabo de un tiempo lo intenté. El primer libro que cayó en mis manos fue un pequeño tomo de Pierre Louys, con hojas delgadas como papel de Biblia. Sé que tenía dieciséis años y que Louys se convirtió en mi maestro durante algún tiempo. Después robé libros de Max Beerbhom, de Champfleury, de Samuel Pepys, de los hermanos Goncourt, de Alphonse Daudet, de los mexicanos Rulfo y Arreola, que entonces estaban, a su manera, activos, y que por lo tanto era factible que hasta yo me los pudiera encontrar una mañana en la abigarrada avenida Niño Perdido, una avenida que los mapas que hoy tengo del DF me escamotean, como si Niño Perdido solo hubiera existido en mi imaginación o como si la calle, con sus tiendas subterráneas y con sus espectáculos, se hubiera, efectivamente, perdido, tal como me perdí yo a los dieciséis años. De esas brumas, de esos asaltos sigilosos, recuerdo muchos libros de poesía. Libros de Amado Nervo, de Alfonso Reyes, de Renato Leduc, de Gilberto Owen, de Huerta y de Tablada, y de poetas norteamericanos, como El general William Booth entra en el paraíso, del gran Vachel Lindsay. Pero fue una novela la que me sacó y me volvió a meter en el infierno. Esta novela es La caída, de Camus, y todo lo que concierne a ella lo recuerdo como atrapado en una luz espectral, luz de atardecer inmóvil, aunque yo la leí, la devoré, iluminado por aquellas mañanas privilegiadas del DF, que son o que eran de una luminosidad roja y verde cercada por ruidos, en un banco de la Alameda, sin dinero y con todo el día, es decir con toda la vida, a mi disposición. Después de Camus todo cambió. Recuerdo el ejemplar: era un libro de letras muy grandes, como un primer abecedario, de pocas páginas, de tapas duras, con un dibujo horrendo en la portada, un libro difícil de sustraer y que no supe si ocultar bajo la axila o en la espalda, pues no se amoldaba a mi americana de estudiante cimarrero, y que al final saqué a vista y paciencia de todos los empleados de la Librería de Cristal, que es una de las mejores formas de robar y que había aprendido en un cuento de Poe. A partir de entonces, de aquella sustracción y de aquella lectura, pasé de ser un lector prudente a ser un lector voraz, y de ladrón de libros me convertí en atracador de libros. Quería leerlo todo que, en mi simpleza, equivalía a querer o a intentar descubrir el mecanismo hecho de azar que había llevado al personaje de Camus a aceptar su atroz destino. Contra todas las predicciones, mi carrera de atracador de libros fue larga y provechosa, pero un día me atraparon. Por suerte no fue en la Librería de Cristal sino en la Librería del Sótano, que está o estaba en frente de la Alameda, en la avenida Juárez, y que como su nombre indica era un sótano de proporciones considerables donde se amontonaban relucientes las últimas novedades llegadas de Buenos Aires o de Barcelona. Mi detención fue ignominiosa. Parecía como si los samuráis de la librería hubieran puesto precio a mi cabeza. Amenazaron con expulsarme del país, con propinarme una paliza en el sótano de la Librería del Sótano, lo que a mí me sonó como si aquellos neofilósofos hablaran entre ellos de la destrucción de la destrucción, y al final, tras una larga deliberación, me dejaron en libertad, no sin antes apropiarse de todos los libros que yo llevaba, entre los que estaba La caída, ninguno de los cuales había robado allí. Poco después me marché a Chile. Si en México había podido encontrar a Rulfo y Arreola, en Chile me pudo pasar lo mismo con Parra y Lihn, pero creo que al único que vi fue a Rodrigo Lira caminando aprisa una noche que olía a gases lacrimógenos. Después vino el golpe y tras éste me dediqué a recorrer las librerías de Santiago como una forma barata de conjurar el aburrimiento y la locura. A diferencia de las librerías mexicanas, las de Santiago carecían de empleados y eran atendidas por una sola persona, casi siempre el dueño. Allí compré la Obra Gruesa y los Artefactos de Nicanor Parra, y libros de Enrique Lihn y Jorge Teillier que no tardaría en perder y cuya lectura resultaría crucial; aunque crucial no es la palabra: esos libros me ayudaron a respirar. Pero respirar tampoco es la palabra. De mis visitas a esas librerías recuerdo sobre todo los ojos de los libreros, ojos que a veces parecían los de un ahorcado y a veces estaban velados por una tela como de legañas y que ahora sé que era otra cosa. No recuerdo, además, haber visto librerías más solitarias. Allí no robé ningún libro. Eran baratos y los compraba. En la última que visité, el librero, un hombre de unos cuarenta años, alto y flaco, me dijo de sopetón mientras yo revisaba una hilera de viejas novelas francesas si me parecía justo que un autor recomendara sus propias obras a un condenado a muerte. El tipo estaba de pie en un rincón, llevaba solo una camisa blanca arremangada hasta los codos y tenía una nuez prominente que le temblaba al hablar. Le contesté que no me parecía justo. ¿De qué condenados a muerte estamos hablando?, dije. El librero me miró y dijo que él sabía, fehacientemente, de más de un novelista capaz de recomendar su propio libro a un condenado a muerte. Después dijo que hablábamos de lectores desesperados. Soy el menos indicado para decirlo, dijo, pero si no lo digo yo no lo dirá nadie. ¿Qué libro le regalaría a usted a un condenado a muerte?, me preguntó. No sé, dije. Yo tampoco lo sé, dijo el librero, y me parece terrible. ¿Qué libros leen los desesperados? ¿Qué libros les gustan? ¿Cómo se imagina usted la sala de lecturas de un condenado a muerte?, dijo. No tengo ni idea, dije. Es normal, es usted muy joven, dijo. Y después: es como la Antártida. No como el Polo Norte, sino como la Antártida. Pensé en el final de Arturo Gordon Pym, pero prefería no decir nada. A ver, dijo el librero, ¿quién es el valiente de poner sobre el regazo de un condenado a muerte esta novela? Levantó un libro que había gozado de cierta fama y luego lo arrojó sobre una espuerta. Le pagué y me fui. Al darle la espalda el librero no sé si se rio o se puso a llorar. Cuando gané la calle le oí decir: ¿Quién es el gallito capaz de semejante hazaña? Y luego dijo algo más, pero no entendí sus palabras.




* Este texto pertenece al volumen La intemperie, donde se recopilan textos de no ficción que Roberto Bolaño fue publicando desde 1975 hasta 2003, el año de su muerte.

 















sábado, 5 de noviembre de 2022

El destino de los infrarrealistas que Roberto Bolaño retrató en “Los detectives salvajes”

Por Alejandro Santos Cid / Gonzalo Moncloa Allison

El País, México. 04.09.2022



Arriba: Margarita Caballero, Mario Santiago, José Rosas Ribeyro, Roberto Bolaño y José Vicente Anaya. 

Abajo: Rubén Medina, Dina García, Ramón Méndez, Guadalupe Ochoa y José Peguero.



La mayoría no había cumplido 20 años y quería volarle la tapa de los sesos a la cultura oficial. Eran jóvenes acelerados, casi adolescentes, que se movían por el Distrito Federal de la década convulsa de 1970 intentando ganarse la vida con artículos y colaboraciones en los suplementos culturales de los periódicos; tratando de juntar unos cuantos pesos que les granjearan unas horas de conversación al calor de un café con leche en el Café La Habana. Sobre todo, eran poetas: pensaban, respiraban, vivían por y para la poesía; creían en ella como en un arma cargada de futuro, con una feroz oposición al establishment, a Octavio Paz y los autores que se acomodaron en las instituciones. Representaban la contracultura de la contracultura, una suerte de punks antes de los punks que escupían versos sobre política, amor, sexo y muerte. Se llamaron a sí mismos los infrarrealistas y durante décadas fueron marginados de los círculos culturales, olvidados por la crítica y rechazados por las editoriales. Hasta que muchos años después, uno de ellos, un autor chileno que se exilió de la dictadura de Augusto Pinochet, recaló en México y acabó en Barcelona, los inmortalizó en un libro que fue considerado por algunos críticos como la última gran novela latinoamericana. El escritor se llamaba Roberto Bolaño, la obra, Los detextives salvajes.

 

Bolaño convirtió en leyenda las andanzas de aquellos poetas por el DF de los 70. Lo elevó al terreno de lo mítico. Los infrarrealistas —con seudónimos— fueron los protagonistas de su libro. La obra, que ganó el premio Herralde, tiene algo de crónica, un punto policíaco y otro de poesía existencialista. Después de su publicación corrieron ríos de tinta sobre los infras: se escribieron tesis, ensayos académicos, artículos e influenció a generaciones posteriores. El libro también funcionó como una maldición: Bolaño se sirvió de mucha materia prima de la realidad, pero también de altas dosis de ficción que desdibujaron la frontera entre qué era literatura y qué historia. Los infrarrealistas quedaron condenados a reivindicarse como personas y no como personajes. Muchos no recibieron la novela con cariño, aunque la mayoría acabaron haciendo las paces con sus trasuntos literarios.

 

El infrarrealismo nació en 1975, forjado entre las tertulias del Café La Habana y las conversaciones sobre poesía a través de las noches del DF. La gasolina del movimiento fueron sus dos caras más visibles, Bolaño y Mario Santiago Papasquiaro (que nació con el nombre de José Alfredo Zendejas). Sobre ellos, sus viajes y sus desventuras recae casi todo el peso de la novela. En ella, sus personajes se llaman Arturo Belano y Ulises Lima, respectivamente. Bolaño dio el infrarrealismo por muerto en 1977, cuando se fue a Europa, pero el resto de poetas, comandados por Papasquiaro, lo han mantenido vivo.

 

Casi 50 años después, Guadalupe Ochoa (64 años) —retratada como Xóchitl García en Los detectives salvajes— fuma cigarrillos sin filtro en un café de Coyoacán. La vida le ha llevado por otros derroteros, es profesora y documentalista, pero no ha dejado de escribir poesía. “Para mí ser infra es haber aprendido a caminar, es una manera de estar en el mundo, y eso implica lo bueno y lo malo”. Entre otros proyectos, ahora prepara una novela que habla de aquellos años, una especie de respuesta a Bolaño. Una de las grandes deudas del chileno con los infras es el trato que da en el libro a las mujeres, criticado por tener un sesgo machista.

 

Ochoa reconoce las dinámicas sexistas que existían en el grupo entonces. “Muchos de ellos eran más nobles que la mayor parte de los hombres de mi generación, eran generosos y talentosos. Pero eso no les quita que muchos hayan sido muy maltratadores, muy golpeadores, no solo de mujeres”. Por eso ella se distanció con los años de una parte del grupo original, al igual que otra de sus fundadoras, Mara Larrosa, aunque siempre lo ha vivido como una contradicción: su amor por aquellos poetas con los que descubrió el mundo enfrentado a una realidad demasiado incómoda como para ser obviada.

 

Todavía muy joven, Ochoa se emparejó con otro de los infras, José Peguero (67 años)—Jacinto Requena en la novela— con el que tuvo un hijo. Él conoció a Bolaño y Papasquiaro en un taller sobre poesía en la Casa del Lago, cuando tenía 19 años, y ya no se separó del grupo. Se ha dedicado al cine y con los años cada vez escribe menos, pero asegura que sigue siendo infrarrealista. “Lo importante era la manera de ver la poesía. Las posiciones del infrarrealismo están vigentes, es una manera de vivir, de absorber la vida, el gusto, la poesía. Para mí es un movimiento muy vivo, pero la percepción general es que estamos muertos. No ha sido para escuelas, seguimos todavía en cierta actitud beligerante”, explica una tarde de julio en la Cineteca Nacional.

 

 

Diáspora infrarrealista

 

Una de las consignas del primer manifiesto del movimiento (firmado por Bolaño), llevaba el imperativo “¡Déjenlo todo!”. Se lo tomaron al pie de la letra y muchos de ellos, como el propio Bolaño y Papasquiaro, se perdieron en la diáspora. Uno de los fundadores, Bruno Montané —Felipe Müller en la novela—, compatriota exiliado de Bolaño, había marchado a Barcelona en 1976, donde unos meses después llegó para instalarse también el autor de Los detectives salvajes.

 

Montané, que hace unos años reunió su obra poética en El futuro (2018), es uno de los custodios del infrarrealismo. Hace una década fundó Ediciones Sin Fin —junto a Ana María Chagra—, inspirada en el poema de Mario Santiago: Sueño sin fin, que fue el primer libro que publicaron. Si uno se pregunta por el legado del movimiento, el catálogo de la editorial es determinante. A su llegada a Barcelona, con 19 años, trabajó como pintor o saxofonista en orquestas “de pachanga”, recuerda entre risas. Pronto reconoce, sentado en un café del barrio del Ravál cercano al Céntric (que también aparece en la novela de Bolaño), que no ha podido cotizar lo suficiente. A sus 65 años todavía trabaja como corrector de libros para ganarse la vida. Vive en el mismo piso del Raval al que llegó a mediados de los setenta: “Si no fuera porque es de renta antigua, no podría asumir el precio”.

 

Esas calles del distrito de Ciutat Vella vieron cómo se extendía la amistad con Bolaño. Juntos hicieron fanzines literarios, aún inéditos; compartieron libros como el atlas que el padre de Montané escribió sobre los desiertos de Sonora, y que le sirvieron a Bolaño (“que nunca estuvo ahí”) para escribir la parte final de Los detectives salvajes, o su novela póstuma, 2666. A pesar de “momentos de distanciamiento”, la relación nunca se apagó. “Después de que murió [en 2003], Roberto aparecía en mis sueños”, evoca Montané, “estaba vivo: había entrado en la clandestinidad de los autores secretos. Así trabajaba mi inconsciente. Era el modo de recuperar al primer amigo, cuando no éramos nadie. Cuando solamente nos dedicábamos a escribir”.

 

En 1978, Rubén Medina —Rafael Barrios en Los detectives salvajes— se fue a California persiguiendo el amor. Durante un tiempo se buscó la vida con trabajos mal pagados. Hoy es profesor de literatura en la Universidad de Wisconsin. “Bolaño da visibilidad a un movimiento que era muy, muy marginal. Lo negativo es que la gente ve el realismo a través de él, a través de la leyenda, los mitos, la figura de Ulises Lima, la vida en la Ciudad de México a finales de los 70 con los infrarrealistas del Café en La Habana. Todo eso que se vuelve casi como una mitología”, cuenta durante una breve estancia en Ciudad de México, mientras el tráfico de Insurgentes se cuela por la ventana del hotel. Cuando se publicó la novela pasó un tiempo enfadado con el chileno, evitando entrevistas para hablar de él. Con el tiempo abrazó también esa parte del legado y ha publicado artículos, monográficos en Chicago Review o una compilación, Perros habitados por las voces del desierto (2014). 

 

Cuando Jorge Hernández se fue de México en 1982, se llevó el nombre que la “pandilla” infrarrealista le había marcado en el cuerpo como un destino. Lo llamaron Piel Divina, por su “piel lisa, brillante, totalmente lampiña, como si tocaras una serpiente”. El apodo adquirió un aire de trascendencia. Más aún cuando Bolaño llamó a un personaje de Los detectives salvajes del mismo modo. El nombre lo “rebasaba”, dice Hernández al otro lado de la videollamada, desde su casa en un bosque perdido a las afueras de París: “He tenido que ir buscándolo, como si persiguiese a mi propia sombra”. La búsqueda lo llevó al otro lado del Atlántico.

 

—¿Qué le impulsó a marchar?

—El amor, amigo, el amor.

 

El artista conoció en una protesta “surrealista” a su compañera, de origen francés, con la que se fue a París. Durante los primeros años, Piel Divina se las arregló como pintor de brocha gorda. Aunque, con el tiempo profundizó en el mundo de la escultura, un combate “cuerpo a cuerpo con la materia”. “Es como ponerle trampas a la luz”, dice mientras muestra una pieza de madera, extraída de la piel de los árboles que rodean su casa, con las que reflexiona —a través de perforaciones— sobre el sentido que brota del vacío.

 

Años después, Piel Divina tuvo un encuentro “de pura casualidad” con Bolaño, caminando a orillas del Sena. “Él estaba en su mundo, como siempre con papeles, libros en los bolsillos... fue efímero, no teníamos plata, apenas si podíamos tomarnos un café”, recuerda. Una segunda oportunidad, que no se concretó, fue cuando el chileno visitó la capital francesa para presentar una de sus novelas. Piel Divina no llegó.

 

Ese día en la sala, sin embargo, estaba sentado José Rosas Ribeyro, un escritor peruano que en 1975 subió a un avión en Lima, junto a otros perseguidos políticos, y fue deportado por la dictadura de Juan Velasco Alvarado a la capital mexicana. Un día, la escultora Margarita Caballero, compañera entonces de Rosas Ribeyro, encontró un volante en el que se anunciaban lecturas semanales de poetas latinoamericanos, organizadas por unos tales Roberto Bolaño y Mario Santiago. Rosas Ribeyro abre los brazos, sentado en un restaurante de ramen en el centro de Barcelona, donde se instaló en 2017, cuando recuerda la sorpresa que se llevó al escuchar un poema suyo en el programa. “Gracias por leer uno de mis poemas”, dijo al término de la sesión; “¿y quién eres tú?”, le preguntaron los poetas melenudos. “Rosas Ribeyro”, respondió. “¡Hermano!”, se alzaron, antes de envolverse en un abrazo. Desde entonces formó parte de la hermandad infrarrealista. Papasquiaro siempre le reconoció como uno de sus referentes poéticos.

 

A Barcelona también llegó el chileno Juan Esteban Harrington —Juan García Madero, el protagonista de la primera parte de Los detectives salvajes— siguiendo el rastro de Bolaño y Montané. Él fue uno de los poetas más jóvenes, apenas tenía 15 años cuando el movimiento empezó. Estuvo tres años en Europa hasta que volvió a América. Aunque sigue escribiendo poesía, se ha dedicado al cine. “Cuando leímos los detectives todos nos reconocimos. Todo es novelizado y exagerado, pero todo son anécdotas que ocurrieron”. Cuando la novela vio la luz, Harrington se sintió traicionado, pero con el tiempo hizo las paces con su viejo amigo. “Para mí los infras y mi ida a Europa son la parte más importante de mi vida, lo que me convirtió en la persona que soy hoy”.

 

El legado infrarrealista va mucho más allá de la obra de Bolaño. Ediciones Sin Fin y Rubén Medina han hecho un gran trabajo recopilando los inéditos, juntando una obra inabarcable y desperdigada entre los recovecos de los años. Los poetas siguen publicando, esporádicamente, la revista La zorra vuelve al gallinero. El movimiento no acabó con la muerte de Bolaño, la de Papasquiaro en 1998 o las de Darío Galicia y los hermanos Ramón y Cuauhtémoc Méndez —Ernesto San Epifanio, Pancho y Moctezuma Rodríguez en la novela—. Lo atestigua un grupo de poetas que, a sus más de 60 años, continúan en feroz posición contra todo lo establecido. Detectives salvajes, a medio camino entre mitología y realidad, escondidos en las páginas de la literatura y la historia.



















martes, 11 de octubre de 2022

Bolaño y el fuera de lugar

Por Enrique Díaz Álvarez

Publicado en Revista UNAM, agosto de 2008





La literatura es, además de otras cosas,

un modelo de conducta.

Julio Ramón Ribeyro



Solo en una ciudad como México DF puedes desear que te roben un libro. Hace años, cansado de perder reiteradamente el radio del coche con diversos cristalazos, decidí involucrar a los ladrones en una experiencia estética. La mecánica era simple, estacionaba en la calle —si era de noche lejos de los postes de luz—, ponía un libro en el asiento del copiloto y, cuando el barrio era bueno, incluso bajaba un poco la ventanilla para incitar el delito de mi ladrón lector ideal.

 

En vez de una burda radio Clarion, les ofrecía libros que había disfrutado a mis entonces veinticinco años. Por ese asiento desfilaron La muerte de Artemio Cruz de Fuentes, Mi último suspiro de Luis Buñuel, Diario de un seductor de Kierkegaard, Masa y poder de Canetti, y un diccionario de símbolos carísimo. Inevitablemente mi familia y amigos se enteraron del disparate y terminaron sugiriendo títulos. Algunos de ellos, bajo el contexto, llegaron a constituir una verdadera obra de arte; el propietario a plazos de un Volkswagen gris pide que le roben Cómo ser buenos de Nick Hornby.

 

Nunca recibí el cristalazo, pero esa terapia absurda funcionó: me quitó la rabia del hurto y me acostumbré a leer en los embotellamientos. Todo esto era para confesar que hace poco me sorprendí pensando en regresar al Distrito Federal y poner mi ejemplar de Los detectives salvajes en el asiento del copiloto. Quizás así encontraría al caco interlocutor. Después de todo, esa novela universalmente mexicana se ha hecho célebre pasando horizontalmente entre las manos de diversos afectados. El problema es que ya no tengo coche y no recuerdo a quién le presté esa novela.

 

Un libro generacional es aquél del que te despojan tus amigos. Un libro de culto es aquél que te gustaría dejar a la vista cuando bajas del auto en una ciudad travesti.

 

No es fortuito que piense en Roberto Bolaño mientras me debato entre la metrópoli que vivo y la que pienso. Buena parte del éxito de su narrativa es que habla, incluso sin saberlo, a un lector desterrado y posnacional. Su poética del tránsito encuentra eco en miles de seres humanos que construyen su identidad en lo híbrido, en lo mestizo, en el intersticio. Sujetos entre países que no saben conversar, que se desplazan y engañan con tal de contar una buena anécdota. Sujetos que entienden que la identidad es narrativa, que ponen en evidencia la arbitrariedad de las fronteras y que saben que uno es lo que recuerda, hila y puede decir que es. Inclasificables que quitan peso a palabras monolíticas como Patria y de paso le agregan una suave “s”. Lectores que ponen nerviosos a los infatigables fanáticos de lo propio. Individuos concretos que cada vez que se definen y compran el pan ponen en crisis al Estado-nación. Sujetos que tienen como hábito y hábitat el fuera de lugar.

 

 

Dos postales mexicanas

 

La única vez que Roberto Bolaño se sintió extranjero en México fue durante su primer día en la escuela. Nada más pisar su nuevo colegio, un chico bajito y torpe lo retó a pelear por el simple hecho de que era chileno. Bolaño cerró los puños, despejó su cabello ingobernable, y calculó la situación como si fuera un ajedrecista georgiano; aunque estaba seguro de que dos puñetazos serían suficientes para tumbar al chaparrito, intuyó que de hacerlo se le vendrían encima todos los demás chicos.

 

Un mexicano, dos mexicanos, nueve mexicanos. La estrategia que adoptó Bolaño a los quince años habla del personaje: después de intercambiar algunos golpes y exagerar algún movimiento, condujo la pelea al empate. Esa puesta en escena dio resultado, el chico se hizo muy amigo suyo, Bolañito salvó su honor y, por si fuera poco, se encontró un billete de mil pesos en ese ring improvisado. Esto del billete es falso, lo agregué yo, pero lo que sí cuenta Bolaño en una entrevista es que después de ese desagradable bautizo en plan Azteca lo dejaron en paz y se mexicanizó.

 

Habría que completar esta anécdota del bautizo, con la historia que narra en la “Muerte de Ulises”, uno de esos textos inacabados y autobiográficos que se publicaron dentro de El secreto del mal. Libro póstumo al que Kundera, seguramente, calificaría como un testamento traicionado. Pero aquí interesa la anécdota de su  alter ego: el día en que Arturo Belano regresa a México después de más de veinte años de ausencia, descubre y evita a un escritor argentino, amigo suyo, que esperaba en la misma sala del aeropuerto Benito Juárez su enlace para volar a Guadalajara. En ese instante, Belano entiende que no le interesaba participar en la Feria del Libro de aquella ciudad sino quedarse en el Distrito Federal. Busca la salida. Muestra el pasaporte. Cruza la puerta. Otra vez México, piensa.

 

Ya en el taxi, Belano pronuncia la última dirección que recuerda del poeta Ulises Lima. Cierra los ojos. El auto caracolea y se detiene en el sitio acordado. Mientras le devuelve el cambio, el taxista le pregunta si es mexicano: Más o menos, contesta Belano.

 


Cuando los escritores escogen patria/s

 

Si Tales era de Mileto, Bolaño era de Blanes, de Santiago y de la Colonia Lindavista en la Ciudad de México. Es frecuente encontrar textos que vinculan su literatura con la noción de exilio, pero buena parte de ellos se limitan a analizar puntualmente determinados pasajes que reflejan el hecho de que Bolaño deambuló erráticamente por diversos países. A nadie pasa desapercibido que algunos de sus personajes más entrañables son exiliados políticos, fugados o desterrados, pero creo que esta clase de lecturas reducen el concepto de exilio al desplazamiento y a la mera imposibilidad de regresar al lugar de origen. Nada más inmediato, manifiesto y simplón.

 

Sospecho que esa clase de interpretaciones motivaron que el mismo Bolaño mencionara, nada más empezar su memorable conferencia sobre el tema ante la Sociedad Austriaca para la Literatura de Viena, que no creía en el exilio cuando esa palabra iba junto a la palabra literatura. Si algo es sugerente dentro del imaginario del autor de Amuleto es una noción de exilio que tiene que ver poco con la desgracia, el padecimiento o la queja, sino como un hábito o actitud ante la vida. El exilio como algo que se dispone, se ocupa, se procura.

 

Una cierta apología de la trasnacionalidad es evidente dentro del carácter global de su proyecto narrativo. Esta condición cosmopolita se ilustra con personajes e historias que se tejen, de ida y vuelta, en diversas y distantes ciudades del planeta; Barcelona, París, Santiago, Londres, Great Falls, Managua o Viena son solo algunos de sus escenarios. Si 2666Estrella distante o  Llamadas telefónicas agregan cierto pathos a la categoría del exilio es porque tienen un telón de fondo común; la idea de que el exilio tiene también una dimensión voluntaria y es, por qué no, una opción literaria.

 

En sus magníficas Reflexiones sobre el exilio, Edward W. Said ya expresaba algunas condiciones positivas de la condición de exiliado. Entre los placeres del exilio, menciona el privilegio de adoptar una mirada original que permite ver “el mundo entero como una tierra extraña”. Tiene razón Said, la mayoría de las personas solo tienen conciencia de una cultura, un escenario, un hogar; mientras que los exiliados tienen la ventaja de ser conscientes de al menos dos. Esa conciencia, que Said califica de contrapuntística, permite vislumbrar que existen varias miradas y dimensiones simultáneas. Hace algunos años, al recibir el Premio Juan Rulfo, Tomás Segovia —otro exiliado ilustre— reivindicaba el desarraigo en términos similares, y es que para este poeta desde la orfandad del exilio se puede entender mejor la pluralidad de las culturas.

 

Todo esto apela a la estética de Bolaño, porque la espacialidad de sus novelas está estructurada de tal forma que el lector es consciente de que habita un solo mundo y lo hace yuxtaponiendo diferentes planos  simultáneamente. Somos una historia entre un entramado. Desde lo fragmentario, lo nómada y lo descentrado Bolaño enlaza las ficciones hasta constituir un orden extraterritorial. Desde esta perspectiva su narrativa tiene una dimensión moral; nada como la novela para familiarizarnos con miradas disímiles, obtusas. Pensar otro orden de posibilidades al margen de los países y su voluntad de frontera. 

 

A Bolaño le gustaba citar este poema de Nicanor Parra:

 

Los cuatro grandes poetas de Chile
Son tres:  
Alonso de Ercilla y Rubén Darío.

 

No es baladí o frívolo que Bolaño, a través de Parra, reivindicara como chilenos a un español y un nicaragüense que pasaron por tierras australes sin ninguna intención de quedarse. Tres, dos, uno. No es un despropósito ofrendar a los ladrones del Distrito Federal la gran novela mexicana de fin de siglo, escrita por un chileno. En tiempos en que la Unión Europea endurece y aprueba leyes absolutamente obscenas para detener y expulsar a los inmigrantes extracomunitarios, habría que defender la necesidad y el derecho a tomar distancia del país de origen. Ponerse en el lugar del extraño hasta confundirnos. Vagabundear. Imaginar una sociedad mundial de alegres desarraigados.




Enrique Díaz Álvarez (México DF, 1976) vive desde 2002 en Barcelona donde realiza un doctorado en Filosofía y colabora para editoriales como Anagrama y Tusquets. Publica regularmente en diversas revistas y suplementos culturales de México y España y ha dirigido dos documentales: México-Barcelona. Tránsito literario y Café con Shandy.
















martes, 4 de octubre de 2022

Roberto Bolaño y Giuseppe Arcimboldo: ¿Se inspira Roberto Bolaño en las pinturas de Arcimboldo para escribir su novela filosófica ‘2666’?

Por Roberto R. Aramayo

NuevaTribuna.es, 17.08.2022





La fama, cuando no se cimentaba en el arribismo, 

lo hacía en el equívoco y la mentira.

Roberto Bolaño, 2666

 


Debo confesar que no había leído nada de mi tocayo, el escritor chileno Roberto Bolaño, hasta que oí recomendar en la radio una obra suya titulada 2666. Su corpulencia la hacía ideal como lectura de verano. Sus mil doscientos páginas en formato de bolsillo cabían en la maleta y daba de sí. Su lectura es desconcertante, pero tiene algo de hipnótica y no se tira la toalla, ni siquiera en las partes que pueden causar mayor perplejidad. En realidad son cinco libros diferentes cuyas tramas y personajes van aportando nuevas perspectivas de cuanto se narra desde otros ángulos complementarios.

 

Lo cierto es que se nos cuentan mil y una historias. Algunos párrafos presentan a nuevos personajes que devienen transitoriamente protagonistas y aportan su propio relato. El conjunto resultante se asemeja bastante a la técnica del pintor italiano Arcimboldo. En los cuadros del genio renacentista nos encontramos con elementos perfectamente dibujados que van encajándose hasta hacernos ver a una determinada distancia un retrato. Sus “Cuatro estaciones” rivalizan en fama con las de Vivaldi y son pocos quienes no han visto las primeras o escuchado estas últimas. La figura del bibliotecario de Arcimboldo queda compuesta por libros que nos hacen reconstruir sus rasgos. Bolaño cita varios cuadros, uno de los cuales admite verse del derecho y del revés con dos motivos distintos aunque no cambien las piezas aparentemente deshilachadas.

 

Con un género inclasificable que combina novela y ensayo, literatura y filosofía, Bolaño hace otro tanto con su prosa. Las páginas de 2666 van recolocándose merced a nuestra memoria e imaginación según se avanza en la lectura hasta contemplar el fresco del conjunto tras examinar las piezas por separado. Se trata de un escrito póstumo y se dice que planeó hacer cinco libros para dejar a su familia un legado mayor, ya que la muerte no le dejó sobrepasar el medio siglo e impidió que pudiera seguir enriqueciendo nuestro patrimonio cultural desde una trayectoria ya muy consolidada durante algunas décadas más. Pero tuvo mucho sentido que se publicarán como una novela única. Lo contrario hubiera sido tanto como trocear un cuadro de Arcimboldo para utilizarlo como publicidad gastronómica.

 

Al parecer en el campo de Buchenwald hubo un médico alemán llamado Hans Reiter que participó en los experimentos de Buchenwald y que, tras fingir su fallecimiento en 1969, habría publicado bajo el seudónimo de Arcimboldi y vivido en Bariloche hasta el año 1986, fecha de su muerte real. Pero en cualquier caso esa sería la única inspiración para uno de los personajes que protagonizan la novela y sirve como hilo conductor para ensamblar el mosaico de relatos que nos brinda Bolaño en 2666, pues no se pretende ficcionar la biografía del médico nazi convertido en literato y solo se toman prestados los nombres, el auténtico y el del seudónimo adoptado al cambiar de actividad.

 

En un momento dado uno de los personajes desdeña la fama. De un plumazo se identifica nada menos que con el arribismo, el equívoco y la mentira. Obviamente habría que distinguir entre justa celebridad y el ser transitoriamente famosillo. Los medios de comunicación ponen bajo sus focos a ciertos personajes que no tardan en ser olvidados al no merecer un recuerdo colectivo. Nombres que circulan por las redes y obtienen un sinfín de aprobaciones acaban despareciendo del mal con la misma velocidad que comparecieron. No costaría mucho mencionar a ciertos políticos que, tras acaparar las páginas de los periódicos y el inicio de los informativos audiovisuales, pasan a ocupar el rincón más oscuro de la historia.

 

El reconocimiento perdurable suele ser tardío. En el arte las vanguardias no acostumbran a ser aceptadas por sus coetáneos y deben aguardar a ver apreciada su obra por generaciones posteriores. También pasa en la filosofía, como muestra el caso de Schopenhauer. Diderot escondió sus novelas en un cajón y le tocó a Goethe descubrirlas. La sátira de Moliere no fue bien comprendida en su época. Las partituras de Bach no fueron interpretadas durante mucho tiempo hasta verse redescubiertas y alcanzar su consagración definitiva.

 

Bolaño juega con los caprichosos altibajos de la fama para ensamblar su compleja trama. Un estudioso descubre una obra olvidada y decide dedicarse a estudiar al autor en cuestión hasta devenir un consumado especialista. Esta circunstancia le hace ser conocido en ciertos círculos (porque la fama va por barrios, como casi todo) y eso le hará trabar amistad con otros especialistas, empeñados también en reivindicar la obra de un autor del que se ignora casi todo, dedicándose a buscarlo por todas partes donde haya un mínimo vestigio. Esto les hará visitar diversos lugares y eso permite que se cambie de tercio entrelazando nuevos relatos cuyo decurso paralelo traza las piezas a lo Arcimboldo. Lo que son frutas y enseres domésticos por separado nos dibujan un retrato, si nuestra imaginación las ensambla.

















lunes, 18 de julio de 2022

La ilusión de conocer a Roberto Bolaño

Por Jorge Morales

Maremoto (Maristain). 03.06.2021





En ese tiempo vivía en Barcelona, sin papeles. Había entrado como turista en mayo de 2001 y tenía un pasaje de vuelta para Chile fechado en julio de ese mismo año. Pero no quise regresar. Ya me las arreglaría, pensé. Lo único seguro es que necesitaba uno, dos o como mucho, tres años, para aclararme en la vida y encontrar mi camino. Y ese camino pasaba por la Poesía. Solo en la Poesía podría encontrar el bálsamo capaz de curar todos mis males. Mal de amor. Mal de vida. Nostalgia. Melancolía.

 

La llamada de la Poesía era como un aullido salvaje que retumbaba en medio de la noche y yo quería ir en su búsqueda. Vivir a la intemperie. Saciar una sed de aventuras capaces de justificar no solo la juventud sino la vida entera. La consagración a un ideal que requería arder en la misma llama en la que se consumían los sueños. Leer, leer vorazmente, aferrándose a las palabras como el náufrago al tablón. Leer con método y con disciplina. Este mes leeré a los franceses. Este invierno lo pasaré en compañía de los románticos ingleses. Me dormiré soñando con John Keats y su urna griega, con las manos frías y pálidas de Mary Shelley. Leer a los clásicos y a los autores mal llamados menores, que son, como me enseñaría Enric Sòria años después, “la alegría misma de cualquier tradición literaria que se precie”.

 

Ahora es cuando. Y mientras tanto, los cuadernos se llenan de apuntes. Miles de versos hierven en el corazón. Pero la mano no sabe aún escribir. Las palabras se empujan una tras otra. Nos reunimos todos los miércoles en el Muy Buenas y allá nos escuchamos, recitamos, compartimos hallazgos y canciones. Y crecemos.

 

Un día di por acabado un conjunto de versos. Un amigo canario me hizo fotocopias y bajo el título de En los bordes, fue mi primer libro de poemas. Albert Compte escribió un generoso prólogo y mis amigos me felicitaron. Pero sentía la necesidad de comentar mis poemas con alguien que no fuera un amigo mío cercano. No conocía ningún editor y creo que fue el rapsoda Esteban de Aguilera quien me animó a llevarle un ejemplar al nuevo agregado cultural del Consulado Chileno en Barcelona, el actor Julio Jung, a quien todos admiramos.

 

Y le hice caso. Me presenté una mañana en el consulado y la secretaria recibió mis folios y apuntó mis datos. Semanas después, un domingo, cerca de las once de la noche, sonó el teléfono en el piso del Carmel donde vivíamos con Ricardo Santander, quien tomó el aparato. Yo estaba durmiendo. Mi fiel amigo me fue a despertar: “Jordi, Jordi, me dijo. Es Julio Jung que quiere hablar contigo”. Salté de la cama  y al otro lado de la línea, la voz metálica, gruesa e inconfundible del gran actor chileno, me pedía disculpas por llamar en un horario tan poco habitual. Pero es que acababa de leer mis poemas y no se había resistido al impulso de llamar. Le gustaron mis versos y me convocaba para el día siguiente al mediodía en el consulado chileno.

 

De la emoción que sentí no pude dormir y casi llegué tarde a la cita, pues me dormí cuando ya era de día. Conversamos de todo con Julio Jung. Se interesó por mi situación en Barcelona, me hizo preguntas. Le expliqué que en Chile había trabajado como profesor de Historia y me dio una cátedra sobre su visión fatalista de la historia nacional y que lo único que se salvaba, era la cultura, que había florecido a pesar de tener todo siempre en contra. Ahorraré, por pudor, las palabras elogiosas que dedicó a mis versos. También se lamentó ante mí de no poseer contactos ni amistades en el mundo editorial. Sin embargo, afirmó que estábamos de suerte. ¿Y sabes por qué?, me preguntó.

 

Yo no sabía por qué estábamos de suerte, aunque para mí el solo hecho de estar con él hablando de mis poemas, era una buena suerte. Julio Jung me dijo que a una escasa hora y media en tren desde aquí, vive el más grande escritor chileno después de Neruda y que ese tan grande escritor sin lugar a dudas se interesaría por mí y que él sí que me podría ayudar. Tú ya sabes a quien me refiero, ¿no? me preguntó Julio Jung. ¿A Roberto Bolaño? Le contesté con un hilo de voz. Efectivamente, me confirmó. Y agregó, muy seguro de sí mismo: Yo te voy a presentar a Roberto Bolaño. Y él sí que te podrá ayudar. Pero ayudarte no solo a publicar tu libro de poemas, sino a mucho más. Imagínate todo lo que Roberto Bolaño podría llegar a enseñarte a ti. Yo sé que él es un hombre muy ocupado -continuó- que rehúye los cenáculos literarios y que es muy, muy exigente y crítico. Pero no he visto a nadie más apasionado por la literatura y más generoso con los jóvenes que él, aseguró don Julio.

 

Yo estaba temblando por dentro. Lo recuerdo vivamente. Cuando salí del consulado, llamé a mis amigos y les conté que Julio Jung me iba a presentar a Roberto Bolaño. ¿Cuándo? No lo sabía. Pero apenas se pudiera, me inventé. Esa fue una hermosa ilusión que supimos celebrar. Mientras, me dediqué a seguir puliendo mis versos. Cada vez iba transformando más los poemas de En los bordes, fui descartando poemas enteros y el libro fue mutando hasta convertirse, años después, en La casa de las arañas. Volví a leer Los detectives salvajes, los cuentos de Llamadas telefónicas y esperaba pacientemente que llegara el día de conocer a Bolaño.

 

Seguimos en contacto con Julio Jung. Le conté que estaba haciendo unos recitales poéticos los miércoles por la noche, en un bar de barrio cerca del Palau de la Música catalana, en una estrecha callejuela antigua, llamado Verdaguer i Callís. No le conté a don Julio que tenía un buen acuerdo con María, la ama del local, que me pagaba un dinerillo por cada recital. La idea era que hubiera algún público con una mínima capacidad de consumo, pero mis amigos eran chilenos que alargaban la única o dos únicas cervezas que se podían permitir, así que el tema iba tirando por la pequeña fracción de la clientela habitual del bar que se sumaba a los recitales. Recuerdo con especial cariño a un hombre llamado Alejandro, cuyo apellido he olvidado. Rondaba la sesentena y vibraba con los poemas. Era un gran lector, me habló de Antonio Tabucchi, de Claudio Magris, de Gil de Biedma y de Vázquez Montalbán. Militaba en ICV, partido de izquierda eco-socialista.

 

Julio Jung se ofreció a venir y participó en unos tres o cuatro recitales. Fue impresionante. La primera vez, la gente no sabía quién era, pero el carisma que irradiaba hizo que, desde que entró en el local, todas las miradas se pusieran sobre él. Se acercó a María, se presentó como representante diplomático de Chile y como tal, le agradeció efusivamente por “cuidar a mis muchachos”. Acto seguido, le tomó la mano y se la besó de manera tan elegante y cortés, como si todos los focos de Hollywood hubieran estado iluminando la escena. María se emocionó y se puso roja como un tomate. Estaba tan contenta. Todos aplaudimos, espontáneamente. Pasamos al salón trasero, preparado para el recital con una tarima, micrófono y dos altoparlantes. Julio Jung preguntó por la carta, seleccionó las tapas que consideró mejores y pidió doble ración de todas ellas. Cuando fue servido, invitó a todos a servirse. No faltó el sinvergüenza que sugirió, por suerte, en voz baja, que don Julio invitara también una ronda de cervezas para todos. Pero eso hubiera sido demasiado jolgorio.

 

Lo mejor fue escucharlo recitar. No necesitó micrófono. Su voz de actor fogueado en mil y un combates, era suficiente. Ofreció de memoria un repertorio amplio de poesía chilena, con textos de Pablo Neruda, Vicente Huidobro, Gabriela Mistral y Pablo de Rokha. De repente, unos versos me parecieron familiares. Él mismo lo anunció, seleccionó unos poemas míos y los memorizó y los recitó. Las dudas que aún albergaba sobre mis propios versos, se disiparon tras escucharlos declamados por la poderosa voz de Julio Jung. ¡Qué honor que me hizo! Y esa no fue la única colaboración que tuvimos con el mejor agregado cultural que hayamos tenido nunca en Barcelona. También nos ayudó en la organización del acto de homenaje por los 40 años del golpe de estado de Chile, que centramos en la figura de Víctor Jara.

 

Pero volviendo a nuestro tema, esa amistad con Julio Jung, esos recitales poéticos, se desarrollaron a la espera de poder un día encontrarnos los tres con Roberto Bolaño. Seguía todas las novedades de este gran autor, los lanzamientos de nuevos libros, las noticias y artículos en la prensa, hasta que una mañana, de manera totalmente abrupta, un Álvaro Ramírez demacrado e histérico, irrumpió en mi casa blandiendo un ejemplar del diario El País y preguntándome si me había enterado. ¿Enterarme de qué? De la muerte de Roberto Bolaño, con solo 50 años, producto de una larga enfermedad.

 

No tenía idea. No lo podía creer. Fue como un mazazo en la cabeza. Se me puso todo negro. A la hora después, estábamos ebrios, llorando, lamentándonos de la mala suerte que nos persigue. Por un grande que nace entre nosotros, la puta muerte cabrona e injusta se lo lleva antes de tiempo. Vimos en la tele imágenes del velorio. No quisimos ir. Por no molestar. La tristeza revive al escribir estas líneas, tantos años después. Inevitable no pensar en cuantos libros tenía aún por escribir este genio de la literatura.

 

A la semana siguiente me llamó Julio Jung. Estaba conmovido. Yo también. Esto es una tragedia, Jorge. Me dijo Julio Jung. Así es. Y yo me quedé con ese dolor, con la ilusión de haber conocido a Roberto Bolaño.






















martes, 15 de marzo de 2022

Roberto Bolaño: detrás de mi ventana

Por César Bringas
TierraAdentro.cultura.gob.mx




Poema escondo
donde el dolor parece
quererlo todo
Ana Jimena Sánchez
 
 
0
Hay una cosa llamada Roberto Bolaño, una leyenda mórbida y extraña que se ha comido al autor y a la obra, y que nada tiene que ver con Roberto Bolaño.

 
 
1
Pero Roberto, eso es un poco desagradable que me lo digas, porque significa que yo solo soy un personaje tuyo nada más, no tengo una existencia real. Todos nosotros, Ignacio y yo, somos como fantasías tuyas. Él me decía bueno, Rodrigo, me decía, peor sería que fueras un personaje de Isabel Allende, me dice, no te quejes, hay destinos peores.
(Rodrigo Fresan en el documental La Batalla Futura, 2016)

 
 
2
La primera vez que leí un libro de Roberto Bolaño, yo entraba a la edad de merecer, me acercaba a los veinte años y mi hermano mayor acababa de comprar Los Detectives Salvajes (1998). La portada era un rojo sangre en la pupila expandida. Muchas cosas me separan hoy de mi hermano, como las opiniones políticas o la orientación sexual, pero hay otras que me unen a él como, aunque ahora lo neguemos los dos, la música de Arjona que escuchábamos en la adolescencia o la literatura de Roberto Bolaño. Y la pesadilla me decía: crecerás./Dejarás atrás las imágenes del dolor y del laberinto/y olvidarás./Pero en aquel tiempo crecer hubiera sido un crimen.

 
 
1.1
Tenía esa carita mitad pícaro, mitad seriedad, mitad caricatura para ocultar algo. Un Daniel el Travieso envejecido, una adolescencia alargada por el miedo. Pero también tenía algo salvaje, no en la mirada, sino en las manos. El cigarro siempre encendido. La palabra precisa para responder cualquier pregunta que le hicieran, como cuchilla después de haber sido afilada muchas veces.

 
 
2.1
Como en la canción de Yuri yo veía pasar la vida detrás de la ventana. Mientras, me volvía un cliché. El joven que engañaba con su cara de niño y leía libros que robaba cuando no daba el dinero para comprarlos. Una práctica que, debo confesar, dejé hace poco.
No tenía certezas, salvo una: yo quería ser escritor.
Un amor desbocado/un sueño dentro de otro sueño.

 
 
1.2
Luego de 1998, con el premio Herralde, comenzó el mito. El premio Rómulo Gallegos, ganado en 1999, le abrió las puertas de la intelectualidad chilena, de la que él huía y que no necesitaba después del exilio. La diáspora chilena se había dividido en dos, entre los escritores; aquellos que tenían puestos diplomáticos y los que trabajaban en universidades europeas y norteamericanas, y luego estaba Roberto Bolaño, que trabajaba como mesero. Renegando a veces de la condición de escritor chileno, prefiriendo nombrarse escritor latinoamericano, como menciona en la entrevista para el programa La Belleza de Pensar en la Feria Internacional del Libro de Santiago de Chile, a finales de 1999.

 
 
1.2.1
Bolaño, desde la época anterior a los premios, era muy dado a la reinvención de la propia memoria. Se aparecía en los departamentos y las fiestas de sus amigos para contarles historias truculentas donde había matado, por error, a algún ladrón. O la vez que conoció a los asesinos de Roque Dalton. O cuando un compañero de primaria lo salvó de los campos de concentración de Pinochet. Alguna de las tantas escaramuzas en sus viajes de mochilero por el sur de América. Comenzaba a crear un personaje que tuviera una vida literaria y que no fuera fácil de creer a primera vista.

 
 
2.2
Luego, como destino manifiesto, entré a la carrera de letras y al mismo tiempo dejé de escribir por años. Una tormenta. Un gusano blanco retorciéndose/en el amor por querer ser escritor. Y el amor por ese entonces brincaba la ventana de la vida y me obligaba a salir de la vida. Yo era, sin darme cuenta, Juan García Madero y creía saber más que mis maestros, y quería incendiar las instituciones y buscaba referentes en la bohemia y la escena literaria de mi ciudad. Como si la juventud fuera el pecado y el castigo.

 
 
1.3
A poco de su muerte en 2003, en España, a Roberto Bolaño le salieron amigos por todas partes. Comenzó a brillar la veladora del santo. En Barcelona podías arrojar una moneda y seguro un amigo de Bolaño la atraparía para decirte que a él Roberto siempre le recomendaba comer frutas y verduras. Patricio, Patricio… come más fruta, me decía.

 
 
2.3
Roberto Bolaño en México, antes de la fama, era confundido con el comediante y productor de televisión Roberto Gómez Bolaño, Chespirito, creador de los programas El Chavo del 8 y El Chapulín Colorado. Durante años en la carrera, y en algunos congresos, me tocó ver cómo algún incauto era vilipendiado por confundirlos. No eras un verdadero alumno de letras, ni mucho menos aspirante a escritor, si cometías una confusión común sobre todo entre los alumnos de primer semestre, más guiados por los faroles de la bohemia que por las lecturas.

 
 
2.3.1
Aunque ambos sean vacas sagradas, que atraparon un momento de la idiosincrasia mexicana, no pastan en el mismo campo. Pobre de aquél que se atreva a hacerlos uno.

 
 
1.4
Siempre se consideró poeta antes que novelista, pero aprendió que el dinero llegaba mejor y más fácil con la prosa que con el verso. Y él tenía una familia que mantener. Antes de morir, por una insuficiencia hepática prolongada por casi diez años, dejó listos los papeles para que Carolina López y sus hijos tuvieran asegurados los derechos sobre su obra. Su amigo, el crítico literario Ignacio Echevarría, diría que poco antes del deceso Roberto lo nombró persona referente y encargado de todo lo que tuviera que ver con sus obras póstumas. Y aquí comienza el manoseo ajeno de su memoria.

 
 
2.4
Habían pasado once años de su muerte, yo había vuelto a escribir lentamente y publicaba en varias revistas de internet cuando supe de un grupo de Facebook llamado Los Perros Románticos. Me inscribí sin dudarlo. Ya antes, en 2009, había aparecido en CDMX La Red de los Poetas Salvajes, que reunía a varios poetas jóvenes, en su mayoría hombres, que seguían, de una u otra forma, la estela de los infras. Pero en 2014 me llamó la atención que no fueran únicamente mexicanos, sino personas de medio mundo de habla hispana. Dice Didier Andrés Castro, poeta colombiano y uno de sus fundadores: El nombre surge de Bolaño, porque era lo que más nos representaba. Sentíamos que en aquel momento la Alt Lit tenía a David Foster Wallace como maestro, y nosotros tomamos a Bolaño como el nuestro. La verdad no recuerdo cómo nació el nombre, quizá en una videollamada en la que nos leíamos cosas. Todos buscábamos lo mismo, de alguna forma compartíamos lecturas y así. Pero estaban distribuidos por todo internet. Kevin (Castro, autor peruano y otro de los fundadores) habló de que sería mejor una reunión. Escribí a Luna (Miguel, escritora española y tercera fundadora) después para proponerle algo así, ya que ella tenía una selección increíble. Ella ya había leído a Kevin, a David Meza y a algunos otros.

 
 
2.4.1
En aquella primera reunión virtual se habló de los infras, de la poesía de Bolaño, y de a poco la idea inicial de que fuera una base de datos se transformó en encuentros presenciales y en un grupo cibernético que llegó a crecer rápidamente y con la misma velocidad se extinguió en apenas un año. No había pretensiones, sino que se pensaba como un sitio de reunión para leer, sobre todo poesía. Nacieron redes de contacto y proyectos que ayudaron al crecimiento de varios escritores en diferentes puntos de América Latina, incluyéndome.

 
 
1.5
Después la muerte de Bolaño, hubo un nombre que comenzó a borrarse alrededor de su memoria y alrededor de sus textos. El que, según la tradición oral y escrita hecha alrededor de sus momentos finales, fue el último nombre y rostro que Roberto Bolaño vio camino al hospital. Si se revisa la primera edición de El gaucho insufrible (2003), en la dedicatoria del cuento “El viaje de Álvaro Rousselot”, se sabrá ese nombre, que desapareció en las siguientes ediciones y traducciones del libro. Una mujer que fue borrada. Pasa lo mismo en el índice onomástico de Entre paréntesis (2004), aparece en la letra P y lleva a la página 17 donde no está su nombre, pero sí hay una cita muy reveladora “De lo perdido, de lo irremediablemente perdido, solo deseo recuperar la disponibilidad cotidiana de mi escritura...”, que es un fragmento, a su vez, de la novela Amberes (2002). En ediciones posteriores ese nombre, de nuevo, ya no está.
De acuerdo a Mónica Maristain en su libro El hijo de míster playa (2012), Carolina López y Roberto Bolaño ya no convivían como pareja, vivían cerca para que Roberto pudiera tener contacto con sus hijos, Lautaro y Alexandra, pero él iba de Blanes a Barcelona presentando a aquella mujer a la que le dedicó “El viaje de Álvaro Rousselot” con sus amigos y su madre como su novia, y ya buscaba rentar un piso para ambos en la capital de Catalunya.
Sin embargo, el 15 de julio de 2003 en el hospital Vall d’Hebron en Barcelona, en mitad de la noche y después de conducir lo más rápido posible por media ciudad, aquél nombre, que ya no aparece en las dedicatorias ni índices onomásticos, pero era presentada como su novia, llamó por teléfono a Carolina López y le dijo Roberto está muy mal, ven.

 
 
1.5.1
Aquí se acaba el circo, habría podido pensar Carolina López, después de recibir aquella llamada en mitad de una noche tan larga que se prolongó por varios días. Carolina López. Es fácil verla al pie de la cama, guardiana de la puerta. Una mujer que había soportado un ir y venir del carajo en su vida sentimental, de la que todo el mundo en el ambiente cultural barcelonés parecía tener un punto de vista. Una mujer cansada que no sabía que cuando se acaba una función empieza otra y otra y otra y luego otra.

 
 
2.5
A finales del año 2014 tuve mi primer encuentro personal con Los Perros Románticos, el grupo de Facebook.
Del internet a la                   carne.
Del pixel a la                        carne.
De los verbos a la                carne.
El colágeno de aquellos años
Piel Divina.
Una materialidad.

 
 
2.5.1
Gente de varias partes del país se reunía para una lectura maratónica de poesía en 2014. Coincidiendo con la FIL de Guadalajara un montón de jóvenes poetas hervíamos de la emoción. El bar donde fue la lectura se llenó, como pocas veces he vuelto a ver en un evento de poesía convocado solo por internet y sin tener que ver con instituciones, y con un cartel que no tenía nombres consagrados en él. Una planta a la orilla de la carretera, impulsada por el viento, se agita menos que nosotros en aquella semana. En esas noches de fiesta conocí y reconocí a personas que continúan siendo importantes en mi vida. Hay muchas otras que se fueron, lento. Como dientes de león el tiempo nos echó al aire y nos dispersó. Puede que la poesía no te dé para vivir, pero te da amigos, que es igual de bueno.

 
 
2.5.2
Un tipo de nostalgia específica por la juventud y sus estragos, por los amigos de aquellas noches y los recuerdos borrosos de esas fiestas. Dice Aixa de la Cruz que a los veintipocos el mundo se rige por el deseo y descubrir de golpe que la gente te desea es como intoxicarte de una droga que el cuerpo no disipa y permanece en la sangre modificando la estructura del pensamiento y de tus actos, es casi como salir de prisión. Pienso que eso, la estela de ese pensamiento nostálgico de la juventud, guía de una u otra forma las obras más emblemáticas de Bolaño como Los detectives salvajes, 2666 y Los perros románticos. Una manera de contar cómo crece la gente, qué hace la gente al crecer, cómo vive la gente al crecer. Hace tiempo que para mí la obra de Bolaño dejó de hablar de personas que creían que podían ser especiales de alguna manera, por medio de la literatura, y se convirtió en una advertencia de las consecuencias de nuestras acciones y el peligro de la vida adulta.

 
 
2.5.3
Como si la juventud fue al mismo tiempo el pecado y el castigo.
Una enfermedad que, si te descuidas, puede tener graves estragos.

 
 
1.6
LA VIUDA DE ROBERTO BOLAÑO SIENTA EN EL BANQUILLO AL CRÍTICO IGNACIO ECHEVARRÍA EN UNA DEMANDA POR 150,000 EUROS
El 17 de diciembre de 2019 en varios periódicos de la península ibérica apareció el titular que encendió la comidilla del mundo editorial, una demanda por daños morales contra Ignacio Echevarría por atentar contra la memoria del chileno y contra la intimidad de la familia Bolaño, por aceptar públicamente en un artículo que Roberto tenía una relación sentimental con aquella mujer borrada de las dedicatorias. Se reavivaba así un culebrón de telenovela mexicana que se remontaba a hacía poco tiempo.

 
 
1.6.1
LA VIUDA DE ROBERTO BOLAÑO DEMANDA A LA AMANTE POR 250,000 EUROS
Un juicio del 8 de noviembre de 2018 al 4 de mayo de 2019.
LA AMANTE DE BOLAÑO DEBERÁ PAGAR 35,000 EUROS
Dice la sentencia que se reconoce la relación sentimental de (nombre borrado por la historia oficial de la memoria y de las dedicatorias) con el señor Roberto Bolaño Ávalos, y se desestima que la señora (nombre borrado) atentara contra el honor del escritor, pero se reconoce que atentó contra el honor y la intimidad de su familia, después de una entrevista concedida a la periodista argentina Mónica Maristain para su libro El Hijo de Míster Playa (2012), conminándola a no hablar nunca más de su relación en público y a pagar la suma antes referida.
Algo parecido a un empate.

 
 
 1.6.2
14 de enero de 2020.
IGNACIO ECHEVARRÍA ABSUELTO POR ATENTAR CONTRA EL HONOR DE ROBERTO BOLAÑO
Después de mucho esperar la justicia española dictaba sentencia y afirmaba que Echevarría no atentó contra el honor ni la memoria de su amigo fallecido diecisiete años atrás.

 
 
1.6.3
María Kodama, Mercedes Barcha y Carolina López pertenecen al mismo grupo, el de esposas de escritores y resquicios vivos de la memoria de sus maridos. Un grupo que, dice Rosa Montero en su libro La Loca de la Casa, por suerte ha comenzado a dejar de existir con la liberación femenina. La crítica ha centrado su mirada en Carolina López para hacerla parecer monstruo antes que una persona, olvidando que soportar a ciertos escritores y sus sinsabores no es tarea fácil, y priorizando así el mito del autor cuasi perfecto que no cometía errores ni arrojaba culpas sobre los demás.

 
 
3
De la memoria oficial de Roberto Bolaño se ha borrado un nombre, pero de la memoria de sus lectores no. Quedará en la mano de cada uno hacer sus conjeturas. A él, el hombre al que le gustaba jugar con su memoria, ahora le han hecho reescrituras sobre la misma borrando nombres e imponiendo una versión oficial. Es este juego de espejos que nos lleva a preguntarnos qué hay detrás de la ventana.
En la ciudad de Gerona hay una calle con su nombre. Quizás, cuando haya pasado el tiempo y alguien camine por esa calle no sabrá quizá si se refiere a un escritor chileno o a un comediante mexicano.
Sin embargo, Roberto Bolaño ha cumplido con la posteridad y hace pocos años se publicó su poesía completa, en un tomo tamaño ladrillo, que parece pensado para desnucar enemigos y no para la lectura rápida que le gustaba presumir en vida.
Cuando se planeaba la exposición Archivo Bolaño (2013) se encontró en su estudio un breve texto de despedida: “Y eso es todo, amigos. Todo lo he hecho, todo lo he vivido. Si tuviera fuerzas me pondría a llorar. Se despide de ustedes Arturo Belano”.



César Bringas (Puebla, 1990) ha publicado los libros Limosna para los pájaros (2015), Los cuerpos cautivos (2018), ¿Te acuerdas? (2018) y Aquí vivimos con una mano en la garganta (2019). La crítica no sabe si hace arte o publicidad.

Ray Patiño (Ciudad de México, 1988) Estudió en la Facultad de Artes y Diseño (UNAM), ha trabajado para el mundo editorial y la creación de interactivos digitales, actualmente trabaja como freelance y en sus tiempos libres dibuja cómics personales que autopublica.