lunes, 21 de agosto de 2023

Roberto Bolaño, la política y el Golpe

Por Matías Rivas

La Tercera, 22 de julio de 2023





La voz de Roberto Bolaño -la que escuchamos al leerlo- no es ni aguda ni ronca, su tono es medio y claro. Es una voz que siempre va al grano, versátil y capaz de narrar a distintas velocidades. Consciente de sus recursos estilísticos, desea expresar sus repliegues sin aburrir. No es meditativa ni abstracta. Sí concreta y cruda, eficaz para el sarcasmo y la melancolía, que son temples que lo caracterizan. Se puede oír con nitidez en las crónicas y ensayos personales que se encuentran en el volumen A la intemperie; también hay señales en sus entrevistas reunidas bajo el título Bolaño por sí mismo. Y, por cierto, en su ficción.

 

Son escasos los escritores talentosos y temerarios. A 20 años de su muerte se extraña su franqueza y distancia crítica. Se conjetura que existen diarios de vida, pero aún no hay datos por parte de la familia. Espero que algún día se libere su legado completo. Necesitamos conocer a Bolaño en todas sus dimensiones. Su correspondencia es igual de importante. Me consta que redactaba correos a alta velocidad.

 

Tiene una marca que cruza toda su obra: la resistencia al poder. Lejos de ubicarse en el sitio de las víctimas o en la esfera de los jueces, ocupó distintos papeles menores en el exilio: fue testigo silencioso, intelectual solitario y un izquierdista perdido. No era un especulador, sino un prosista ejemplar que vivía en la incertidumbre. Adhirió a la ética de Enrique Lihn y de Nicanor Parra, que consistía en incomodar y ejercer la crítica sin piedad ni miedo. Consideraba a Rodrigo Lira como el poeta fundamental de su generación, por sus textos cáusticos y su actitud insobornable.

 

En el relato “Carné de baile” cuenta lo que vivió el día del Golpe. Se presentó como voluntario a la única célula operativa del barrio. Eran pocos. “El 11 de septiembre fue para mí, además de un espectáculo sangriento, un espectáculo humorístico. Vigilé una calle vacía. Olvidé mi contraseña. Mis compañeros tenían 15 años o eran jubilados o desempleados”. Bolaño fue detenido mientras viajaba en bus de Los Ángeles a Concepción. Lo sacaron de la cárcel dos detectives, excompañeros en el Liceo de Hombres de Los Ángeles. En enero de 1974 abandonó el país.

 

Antes de partir se dedicó a recorrer librerías de viejos, “como una forma barata de conjurar el aburrimiento y la locura”. En la crónica “Quién es el valiente” señala: “Compré la Obra gruesa y los Artefactos, de Nicanor Parra, y los libros de Enrique Lihn y Jorge Teillier que no tardaría en perder y cuya lectura resultaría crucial; aunque crucial no es la palabra: esos libros me ayudaron a respirar”. En el último local que visitó, Bolaño tuvo una experiencia siniestra. Un tipo alto y flaco le dijo de sopetón “si me parecía justo que un autor recomendara sus propias obras a un condenado a muerte”. El tipo agregó que hablaba de lectores desesperados. Y dejó flotando las preguntas: “¿Qué libros le gustan? ¿Cómo se imagina usted la sala de lecturas de un condenado a muerte?”.

 

Quizá los detectives, íconos de la literatura de Bolaño, provienen de su experiencia con el terror y no solo de sus lecturas. Están presentes en sus cuentos y novelas. Son policías que bordean la ley. No operan como una metáfora ni calzan con la realidad. Ambiguos y alienados se vinculan a poetas furiosos.

 

Cuando obtuvo el Premio Rómulo Gallegos pronunció el “Discurso de Caracas”. En unas pocas líneas sintetizó su relación con la política: “Todo lo que he escrito es una carta de amor o de despedida a mi propia generación, los que nacimos en la década del 50 y los que escogimos en un momento dado el ejercicio de la milicia, (…) a una causa que creímos la más generosa de las causas del mundo y que en cierta forma lo era, pero que en la realidad no lo era. De más está decir que luchamos a brazo partido, pero tuvimos jefes corruptos, líderes cobardes, un aparato de propaganda que era peor que una leprosería”.

 

¿Era Bolaño inocente al recordar las ideas revolucionarias de su época? No lo sé, pero suena nostálgico y rabioso. Hay un romanticismo anarquista indiscutible en su posición. El resentimiento es esencial en su poética. El exilio se convirtió en un asunto central. Fue una condición y un punto de vista. Desde ese lugar escribirá en la pobreza y la soledad. En México, junto a sus amigos poetas, emprendió campañas contra el poder y la sumisión de los artistas ante las prebendas del Estado. Una de sus obsesiones consistía en socavar la autoridad de figuras como Octavio Paz, Gabriel García Márquez y otros próceres.

 

En España, refugiado en el pueblo de Blanes, cerca de Barcelona, gestará sus obras cruciales. Dos de ellas abordan el tema de la dictadura. Estrella distante es la historia de un misterioso poeta, un asiduo a los talleres literarios durante el gobierno de la Unidad Popular, que después del Golpe muestra una nueva identidad: pasa a ser un piloto de la Fuerza Aérea que escribe en el cielo y que se empeña en crear una poesía relacionada con el crimen. En democracia desaparece y desata una intriga policial.

 

Nocturno de Chile está inspirado en la figura del crítico Ignacio Valente y su estrecha relación con personeros de la Junta de Gobierno. Su estructura es la de un monólogo delirante basado en hechos reales. En ella hace alusión al taller literario de Mariana Callejas y hay una escena de tortura. Susan Sontag le dedicó un texto a la versión en inglés: “Nocturno de Chile es lo más auténtico y singular: una novela contemporánea destinada a tener un lugar permanente en la literatura mundial”.

 

En ambos libros la política y la literatura están encarnadas en sujetos dobles, turbios. Son intelectuales zafados por el fascismo. El antecedente es La literatura nazi en América, su tercera novela, en la que asume a los sujetos infames en calidad de protagonistas.

 

La fama llegó tarde para Bolaño. Sin embargo, aprovechó esos años finales para trazar un mapa cultural de sus preferencias y desprecios. Armar su tradición fue uno de sus últimos empeños intelectuales, además de sacar adelante su obra monumental, 2666.

 

Estuvo atento a lo que pasaba con la democracia en Chile y era disconforme. Pero no dedicó demasiado espacio a su análisis. Se inclinaba por fenómenos puntuales. Comentó las grabaciones para ejecutar el bombardeo a La Moneda. Observa: “El humor del que hacen gala, es pese a todo, familiar”. Sostiene que pertenece ese registro al género de la pornografía. En “Una proposición modesta” se queja con desaliento del discurso político de los 90, pues según él tiende hacia “la penitencia incesante que sustituye el intercambio o la exposición de ideas”.

 

Había en Bolaño una fascinación por el salvajismo. Estaba con los que se padecen y detestó al estrato satisfecho de la sociedad. Vivió en el desasosiego y apostó por temas que oscilan entre la tristeza, la locura y la violencia. El placer de odiar, del que habla William Hazlitt, no le fue ajeno. La diatriba fue su arma preferida. Una de las más concluyentes se titula “Sobre el expandido virus del escritor amigo del presidente”: “El poder siempre ha sido, digamos, el viagra de los escritores chilenos. El poder representado por el presidente, por el millonario, por el mecenas, por el comité central del partido. A veces pareciera que los escritores chilenos tienen miedo a dormir solos o con la luz apagada”.

 

La frecuencia de Bolaño se escucha cada día más pesada. Su estilo era el de un francotirador. Sus frases suenan como balazos.
















miércoles, 9 de agosto de 2023

Duelo de gigantes: la historia inédita de la pelea de Roberto Bolaño con Pedro Lemebel

Por Marcelo Soto

ExAnte.cl, 30.07.2023





Los 20 años de la muerte de Roberto Bolaño, uno de los grandes escritores chilenos del último medio siglo, autor de obras maestras como Los Detectives SalvajesNocturno de Chile y 2666, no tuvieron la repercusión que algunos esperaban. No hubo grandes actos oficiales en su homenaje. No se inauguró una calle en Santiago que lleve su nombre. Y las ventas de sus libros han bajado.

 

El poeta Sergio Parra, socio de la librería Metales Pesados, dice que “con suerte se vende un libro suyo al mes. Hace una década era un best seller, los jóvenes lo leían con devoción, incluyendo a Boric. Ya no es así, porque han surgido otros autores, traducidos a varias lenguas, como Benjamín Labatut, Alejandro Zambra o la argentina Mariana Enríquez”.

 

Parra fue probablemente el primer amigo de Bolaño cuando el narrador volvió a Chile en 1998, después de 25 años viviendo en México y España. Fue una amistad intensa y breve, que esconde pasajes inéditos como su pelea con el escritor Pedro Lemebel.

 

 

Aterrizaje exitoso 

 

En 1998, luego de una carrera llena de dificultades, en la que debió trabajar como guardia de un camping y otros empleos mal pagados, Bolaño por fin conocía el éxito gracias a Los Detectives Salvajes, que ganó el premio Rómulo Gallegos, uno de los más importantes de la lengua española. Fue en ese contexto que aterrizó en Santiago como miembro del jurado del concurso de cuentos de Revista Paula.

 

Pocos saben que Sergio Parra, quien había leído sus poemas a mediados de los 80, tuvo un rol importante en la visita de Bolaño. Un año antes, cuando era vendedor en la Feria Chilena del Libro, llegó a sus manos Literatura Nazi en América, del escritor chileno. A Parra le encantó el libro y llamó a Malala Ansieta, de Editorial Planeta y le recomendó efusivamente que publicara La Pista del Hielo, otra novela de Bolaño.

 

Cuenta Parra: “En 1998 conocí a Roberto con su esposa Carolina. ‘Me han contado que te gusta mucho lo que escribo y me dijeron que también eres poeta’, me dijo. Nos fuimos a almorzar, íbamos bajando el ascensor y preguntó: ´¿Has leído a Houellebecq? Acaba de publicar Las Partículas Elementales’. Abrió su mochila y me regaló el libro. Atrás me puso su correo. Fuimos a comer al Bar Nacional, en Bandera. El quería probar una empanada. Ya no tomaba alcohol. Yo pedí una copa de vino, la Carolina también. Empezamos a conversar del ambiente chileno. Yo le hablé de Lemebel. ‘Tengo ganas de conocerlo’, me dijo”.

 

Parra recuerda que hablaron sobre escritores como Eduardo Anguita, Braulio Arenas y Campos Menéndez, que habían apoyado a la dictadura. “Bolaño me preguntaba qué autores chilenos faltaron en su libro sobre autores nazis, pero sentenció: ‘Los chilenos son muy fomes’. Supongo que había cierto odio hacia Chile”.

 

 

Lanzamiento estelar

 

Bolaño lanzó La Pista del Hielo en la plaza Mulato, en Lastarria. Fue un hito de la narrativa chilena de la época. Un entusiasta Carlos Franz alabó su trabajo. Sergio Parra llegó con Lemebel. Luego de las presentaciones de rigor, Lemebel le contó la historia de Mariana Callejas y los tallares literarios que se hacían en su casa, que tenía un subterráneo que había sido un centro de torturas de la DINA. Bolaño tenía una comida con otros escritores, alguno de los cuales visitaban ese taller, pero después de un rato les pidió: “Esperen, me voy con ustedes”.

 

Se fueron a un restaurante peruano en Lastarria. “Roberto le empezó a preguntar a Pedro qué novelitas le gustan. Y a Pedro le importaba un carajo hablar de ese tipo de cosas. ‘No seas aburrido’, le dijo. Bolaño no sabía hablar mucho de otra cosa que no fuera literatura. Roberto era como un pistolero. O estabas con él o no estabas con él. Si se aburría contigo, te disparaba”, dice Parra.

 

 

Amistad rota

 

La segunda vuelta a Chile, en 1999, fue más conflictiva. Parra recuerda que habló con Lemebel por teléfono. Este último le dijo: “Me llamó Robertito (así le decía), quiere que nos juntemos con él, pero me da una lata feroz. De todos modos, lo voy a invitar al programa de radio Tierra que hago en la Casa La Morada”.

 

Ese programa tendría consecuencias lamentables. “Llegué a las seis de la tarde a La Morada.” recuerda Parra. “Me quedé en el patio fumando y de repente veo que Roberto sale muy enojado, muy mal, descompuesto. Luego aparecen Pedro con la Raquel Olea muertos de la risa. Todo era bien extraño”.

 

Se fueron a comer al Venezia. Al tercer pisco sour, aunque Bolaño no tomaba, se desahogó: “Ese puto programa salió  muy mal. ¿Cómo me traes a esta vieja dinosaurio, la Raquel Olea, esta crítica dinosaurio que se quiere burlar de mí por mi acento español?” .

 

Lemebel intentó defender a Olea, que era su amiga. Pero Bolaño seguía muy enojado. “Está lleno de dinosaurios en Chile, partiendo por Gladys Marín”, dijo el novelista. Parra sostiene que Bolaño en ese punto tocó un tema sensible.

 

“Ahí Pedro se le tira encima: ‘Qué te pasa con Gladys Marín, es mi amiga’. Bolaño respondió: ‘Pero es una dinosauria del Partido Comunista’. Empezó una discusión a gritos”. Estaban a punto de irse a los golpes. Parra en un momento dijo: “Ya, se acaba esta discusión. Terminemos acá”.  Bolaño pagó la cuenta, y antes de subir al taxi, ofreció la mano para despedirse. Pero ni Lemebel ni Parra se la dieron.

 

 

Desencuentro en la Estación

 

Al día siguiente Lemebel y Bolaño tenían una conversación estelar en la Feria del Libro en la Estación Mapocho, cuando la Feria atraía a miles de personas. El encuentro entre Lemebel y Bolaño era el gran atractivo del evento. El cronista de El Zanjón de la Aguada pensó no asistir, pero decidió que no iba a dejar que Bolaño ocupara su espacio. Parra pasó al camarín, donde Pedro se estaba maquillando. Había una fila gigante para entrar, tanto por Bolaño como por Lemebel, las dos estrellas literarias del momento.

 

Sergio Parra se sentó en primera fila y vio pasar las 7 de la tarde, las 7:15, con el local lleno. Una hora después, Lemebel no salía. La gente empezó a gritar que saliera Pedro. Y Bolaño estaba en el escenario con cara de rabia. Ante la demora, la organización decide darle la palabra a Bolaño. Parra vio que “Pedro estaba detrás de una cortina mirando todo esto. Y cuando Bolaño va a abrir la boca, sale y lo deja callado. Pedro era así, dramático, una especie de diva”.

 

“Lemebel se sentó de lado, casi dándole la espalda a Bolaño. Le hacen una pregunta a Pedro, y dice: ‘¿Se escucha? Antes de empezar esta conversación con Robertito, quiero saludar a una gran amiga que está presente acá: Gladys Marín’. A Bolaño la cara se le descompuso”, describe Parra.

 

 

Enemigos íntimos

 

“Pedro decía lo que quería y Roberto decía lo que quería. Y nunca llegaron a conversar. Nunca”, reflexiona el poeta. “Al final Pedro se sacó una foto con Roberto, un abrazo muy falso. Nos fuimos a una mesa a tomar un café, con varios escritores, y Bolaño apura el tranco y me dice: ‘Me hicieron una encerrona malditos de m…’ , unos insultos fuertísimos. ‘No los perdono’, amenazó. ‘Ok, chao’, respondió Lemebel. Se da media vuelta y se va. Nunca más lo vi. Pedro tampoco”.

 

De acuerdo con el socio de Metales Pesados, “hicimos un pacto con Pedro (quien falleció en 2015) de nunca hablar de lo que había pasado. Lo que sintió Pedro era que Roberto no era suficientemente feminista. Es cosa de ver su su lista de escritores favoritos y son puros hombres. Bolaño después escribe Nocturno de Chile con la historia que le había contado Pedro sobre los talleres de Callejas. Y nunca reconoció que gran parte de esa novela Pedro se la contó. Pero fue gracias al apoyo de Bolaño que Lemebel se hizo famoso internacionalmente. Lo recomendó con entusiasmo en España. Una paradoja”.

 

La historia tuvo un final inesperado. “Años después, limpiando cosas en mi departamento, me encuentro con un sobre sellado que decía ‘Roberto Bolaño, Blanes, España’. Lo abro y era un disquete con poemas de Roberto que me había mandado para ver si yo podía buscar una editorial para que los publicaran. Y todavía tengo guardado el disquete, pero nunca lo he abierto”.

 

 

 

Fotografía: Mural “Bolaño y Lemebel”, de Afropunk (Pedro Moraga), 

ubicado en Pasaje 21 Sur esquina de Avenida Central, 

Población José María Caro, Lo Espejo.
















lunes, 31 de julio de 2023

El Bolaño cauquenino

Por Rodrigo Alcaíno Padilla

http://ralcaninop.wordpress.com, 25.02.2023





Mi amigo Óscar Fuentes se aprestaba a emprender viaje de placer por Cataluña, y como buen lector de Roberto Bolaño, tenía incorporado en su itinerario Blanes, esa ciudad costera impregnada del sudor literario del escritor.

 

Pasaron los días, Óscar fue a Barcelona, y en esos diálogos por Whatsapp de pronto sale a colación un hecho que nunca notamos, simplemente pasó desapercibido: “Estoy en Barcelona y visité donde vivió Bolaño... Ahora reviso la biografía y dice que estudió en Cauquenes... Cauquenes de no sé dónde, porque no creo que sea el de la séptima región, como el link dirige Wikipedia. Por lo que yo sé, hay un Cauquenes también en la octava región, lo cual me hace más lógica ya que vivió una vida más al sur... ¿A qué Cauquenes se referirá este artículo, crees tú? ¿Sabías que había otro Cauquenes?”.

 

Me picó la guía el asunto y me puse a chequear si existía ese supuesto “otro Cauquenes” en el mapa. Apurando la memoria, lo único que se acercaba a la ciudad maulina eran las Termas de Cauquenes en la región de O’Higgins, pero otra localidad con el mismo nombre no la hallé. 

 

Después de aclarar esa duda, todo se tornó más evidente cuando me puse a indagar en biografías y en la propia obra de Bolaño alusiones a la ciudad en cuestión.

 

A mediados de la década de los setenta, se publicó en la revista mexicana Punto de Partida, perteneciente a la UNAM, un poema del escritor chileno bajo el seudónimo de Galvarino titulado “Overol blanco y otros poemas”, que obtuvo el tercer lugar de un concurso literario en 1976. En su estrofa VIII dice: “Tierra de Chillán aquí estoy de nuevo pisándote quien ha dicho / que soy ángel Tierra de Cauquenes aquí estoy de nuevo”.

 

En el relato “Carnet de baile” del libro Putas Asesinas, página 207, relata: “1. Mi madre nos leía a Neruda en Quilpué, en Cauquenes, en Los Ángeles”.

 

También hay referencia en la última entrevista que dio a Mónica Maristain para la revista Playboy, en julio de 2003; ante la pregunta de cuál de todos los paisajes de Latinoamérica que recorrió le viene primero a la memoria, sostuvo: “Los labios de Lisa en 1974. El camión de mi padre averiado en una carretera del desierto. El pabellón de tuberculosos de un hospital de Cauquenes y mi madre que nos dice a mi hermana y a mí que aguantemos la respiración”.

 

Finalmente, aparecen los fragmentos de una entrevista que concedió Roberto a fines de 1999, y que fue publicada en la Revista de Libros de El mercurio, en octubre de 2003: “Yo nací en Santiago, pero nunca viví en Santiago. Viví en Valparaíso, luego en Quilpué; en Viña; en Cauquenes, una zona llena de alcohólicos y de espiritistas”.

 

Más claro, echarle agua…

 

 

*

 

Roberto Bolaño había vivido en la ciudad, pero había un vacío inexorable de información respecto a esos años. Google, aparte de las referencias ya comentadas, dice poco y nada.

 

La experiencia me sugiere que en los grupos de Facebook hay muchas historias que circulan en un limbo nostálgico que pareciera relevante solo para sus integrantes. ¡Nada más errado!

La búsqueda en dicha red social me llevó al grupo “Cauquenes, mi música, tu música”. Allí, el músico, profesor y gestor cultural Alejandro Morales compartió un poema de Bolaño, y agregó en el posteo: “un poeta y escritor que vivió algunos años en Cauquenes”.

 

Me puse a revisar en los comentarios, y el propio Morales relató que “siempre tuve la duda si era el mismo. Héctor Torres, un compañero común, escribió una vez ‘creo que estoy loco, le cuento a mis hijos que fui compañero de Bolaño y se ríen de mí’. Hasta que conversando con mi amigo y compañero Jorge Córdova, que fue más cercano a él, ratificó que era el mismo, y recordó a sus padres, tal como lo hacíamos nosotros. Vivía muy cerca de los Barrios, en Carrera Pinto (…) Vivió en Cauquenes y fuimos compañeros en el Instituto Cauquenes”.

 

Había un par de pistas a seguir, pero el instinto me dijo que mi amigo René Abarza Yáñez, cauquenino de tomo y lomo, me podría ayudar a seguir la hebra. Y no me equivoqué.

 

En paralelo, descubrí que el Instituto Cauquenes estuvo en dos locaciones: Catedral con Yungay y luego en Maipú con Chacabuco, y que durante un tiempo lo dirigieron unos padres canadienses. Con esos datos, le pregunté a René si sabía algo de ese colegio.

 

Mi amigo recordó que su padre había estudiado en el Instituto, y me preguntó el porqué de mis consultas. Fue una sorpresa para él que Roberto Bolaño haya vivido en su ciudad, y se comprometió a preguntar a don René padre. A las horas me comentó que su progenitor recordaba un alumno de apellido Bolaño, difícil de olvidar “porque el apellido le parecía poco común”, pero no recordaba haber interactuado con él.





*

 

El nombre de Jorge Córdova asomó a la postre como la pista más directa a la historia. Logré dar con él en Facebook, y mostró una gran disposición a compartir los recuerdos de esos años, a pesar de la forma poco ortodoxa de abordarlo virtualmente en su perfil. Me dio su número de teléfono un fin de semana, y un par de días después lo llamé. Coincidió que por esos días este testigo privilegiado estuvo de paso por Cauquenes, incluso se acercó al barrio de infancia para tratar de tomar alguna fotografía de las casas, pero para nuestro pesar ya no existían, todo estaba reconstruido.

 

A partir de lo relatado por don Jorge, él fue vecino de Roberto Bolaño entre 1963 y 1964, en la calle Carrera Pinto, entre Chacabuco y Antonio Varas. Solían jugar al fútbol en el pequeño patio frontal que daba a la calle, y siempre Roberto elegía ser el arquero. Durante esas jornadas supo de la anécdota en ese tiempo reciente -y bien conocida por quienes han seguido la vida de Bolaño- de haberle atajado un penal a Vavá durante los entrenamientos de la selección brasileña en Quilpué durante el mundial de fútbol de 1962.

 

Según Córdova, cuando doña Victoria Ávalos no quería cocinar, la familia de Roberto solía almorzar en una residencial a la vuelta de la esquina, en Antonio Varas 680, lugar donde asegura que también tuvo la oportunidad de compartir una comida con el padre del escritor, León, quien animosamente bajo un parrón se jactaba de que Roberto había dejado callados a uno de sus amigos adultos en una discusión. “Ya era un genio, muy agudo”, agregó don Jorge a la hora de recordar el temperamento de su vecino como colofón de la anécdota de León Bolaño.

 

Aunque la madre de Roberto, Victoria, era profesora, ella habría trabajado en el hospital de Cauquenes, dato que le aportó el profesor Alejandro Morales, y que adquiere mucho sentido al recordar una de las citas antes mencionadas, alusiva a un pabellón de tuberculosos. Un tema a dilucidar es qué labor ejercía en el mencionado hospital.

 

Respecto al colegio, Córdova confirmó que Roberto Bolaño estudió en el Instituto Cauquenes en su ubicación de Maipú con Chacabuco. También corroboró el dato del profesor Morales, relativo a que Héctor Torres fue su compañero de curso, y añadió que solían hacer la ruta de regreso desde el instituto por calle Chacabuco.

 

En uno de los últimos puntos de la conversación, don Jorge reveló que recién se enteró que Roberto era un escritor famoso cuando murió, al ver el titular del diario La Segunda. De hecho, recordó que en esa edición del vespertino se rescató una entrevista que había sido publicada originalmente por la revista El Sábado, el 18 de abril de 2003, meses antes de fallecer. Allí Bolaño hacía un autodiagnóstico postrero y poético de su enfermedad a propósito de un evento vivido en Cauquenes, en ese mismo patio que tantas veces fue testigo de las pichangas de dos amigos de provincia.

 

El fragmento de la entrevista decía lo siguiente: “- ¿Cuándo supo que estaba enfermo? – Hace más de diez años. Aunque en realidad me di cuenta de que estaba enfermo a los 11 o tal vez a los 10 años, en Cauquenes. Yo estaba solo, en el patio de mi casa, y un tipo muy alto y flaco me preguntó, desde el otro lado de la barda, por una calle. Le dije que no sabía dónde estaba esa calle y el tipo se alejó. Yo me asomé a la barda (era una barda no de ladrillos ni de cemento, sino de adobes hechos con barro y paja) y lo vi alejarse. Parecía un zancudo. Y entonces me di cuenta de que, de la misma forma que él se alejaba, yo también, en cierto modo, me alejaba, ambos nos alejábamos mutuamente de nuestras respectivas conciencias. Me di cuenta de que yo pensaba y que él también pensaba y que ambos pensamientos no sólo no eran parte de un juego, sino que eran dos pensamientos distintos, destinados a encontrarse una sola vez en la vida y por espacio de pocos segundos. Que yo tenía mi vida y que él también tenía su vida. Y esa toma de conciencia para mí fue el primer atisbo concreto de la muerte, pese a que ya por entonces había visto a dos muertos (en dos velorios, naturalmente)”.




Fotografías: Plaza de Armas de Cauquenes, en 1945,

y la iglesia San Alfonso.

 















lunes, 17 de julio de 2023

Bolaño, una tristeza insoportable

Por Carlos Franz

Letras Libres. 01.2007





I. “La vida es de una tristeza insoportable”

 

“La vida es de una tristeza insoportable”, es lo que repite Fate en 2666. En realidad lo repiten muchos de los personajes, con distintas palabras y con distintos pretextos, en los libros de B. (hablo de B., y no de Bolaño, por aceptar la confusión entre autor y narrador con la que a B. le gustaba jugar). Esa tristeza la repiten tanto sus personajes que puede llegar a dar vergüenza ajena. Página por medio nos encontramos con machos corajudos que en situaciones inesperadas sienten deseos de llorar, o lloran, sencillamente. Los críticos Pelletier y Espinoza se pasean por Hamburgo contándose amores: “La conversación y el paseo sólo sirvió para sumirlos aún más en ese estado melancólico, a tal grado que al cabo de dos horas ambos sintieron que se estaban ahogando”.

 

Casi todos los libros de B. son ferozmente melancólicos (ferocidad y melancolía, a un tiempo). Tanto que bordean peligrosamente el sentimentalismo –todo lo bordea peligrosamente B.– y luego entran de lleno en él. Y luego se “ahogan” en esa melancolía y luego salen más bien fortalecidos, casi invulnerables. ¿Cómo diablos lo hacía B.?

 

Primera hipótesis: esa aguda melancolía, que a primera vista parece romántica (en el contemporáneo sentido de “sentimental”), adopta en B. una forma diferente, mucho más antigua. Una forma que el romanticismo más bien enmascaró y negó públicamente, haciéndolo sinónimo, como en Werther, de languidez y apatía (un depresivo sin fases maníacas, diríamos, en la jerga de estos días).

 

La melancolía de B. no es de ese tipo. Sino que se acerca más a la etimología griega de la palabra. Melancolía viene de “mela-cholé”: la bilis negra. Uno de los cuatro humores de la medicina de Galeno e Hipócrates. A saber: la sangre, la saliva (en la cual se comprenden las lágrimas), la bilis blanca o pus (la de las heridas supurantes) y la bilis negra (la bilis de las heridas interiores, dijéramos). La mela cholé.

 

Cuando esa bilis negra, antiguamente llamada también “atrabilis”, se agolpa y estalla, estamos en presencia de lo atrabiliario. Muchos personajes creados por B., junto con querer llorar a gritos, sufren de esos ataques de ira –el estallido de la atrabilis– que les hace desear, como dice alguien en Estrella distante, “quemar el mundo”.

 

 

II. La poesía como vida peligrosa

 

Hay otra manera de la melancolía, en la obra de B., cuyo parentesco sería hipocresía omitir. Es la estética fascista aludida de mil maneras en su obra, pero sobre todo en ese contubernio, ese matrimonio del cielo y el infierno, que habría dicho Blake, entre la belleza y la violencia. Un cierto dandismo cuya elegancia favorita y radical es la muerte. Para el que quiera ver no debieran hacer falta muchas pruebas.

 

Desde La literatura nazi en América las ficciones de B. abundan en escritores a la vez vanguardistas y fascistas, abiertos o secretos, conscientes, o crípticos que no lo saben. Escritores nazis de tan vanguardistas, de tan dandis, justamente. Por cierto, hay muchos otros personajes, en esta obra torrencial, que no lo son; y más naturalmente aún, porque B. era un artista, los personajes afectados por esa estética fascista no son de una pieza, sino que conviven con su propia humanidad y su delicadeza; y, a veces, hasta con lo que más desprecian: su normalidad burguesa.

 

Esa “ética de la resistencia”, que a veces se atribuye a B., parece un nombre demasiado elíptico y posmoderno para llamar a lo que es una vieja estética, en realidad. Esa que querría convertir a la vida en obra de arte, en poesía, mediante el dramático recurso del vivere pericolosamente. Querer vivir peligrosamente, y sólo poder imaginarlo.

 

Se diría que es un pesimismo luciferino. Pero del Lucifer recién expulsado de la presencia de Dios. Ferozmente triste, a la vez que ardiendo en deseos de actuar, de comunicar su melancolía al mundo; y hacerlo matando o escribiendo, que en tantos personajes de B. es lo mismo. Una belleza terrible.

 

La ética bestial del fascismo y el esteticismo angelical de las vanguardias se tocan. Lo sabemos demasiado y B. no lo ignoraba. Hay que recordar, en 2666, el placer sexual de esos críticos que se sacuden de todo su pretencioso humanismo, pateando hasta casi matarlo a un taxista paquistaní en Londres. Recordar el placer furibundo de esos estetas, de esos dandis.

 

Querer vivir peligrosamente, y sólo poder imaginarlo, o leerlo o escribirlo. Melancolía, mela-cholé, bilis negra.

 

 

III. La muerte de la melancolía

 

La melancolía personal de B. no importa nada. Lo que importa aquí es esta melancolía como hipótesis de una estética nihilista: la literatura, al igual que nosotros, al igual que el mundo, va derecho hacia ese matadero en el desierto que es Santa Teresa.

 

¿Qué hay de nuevo en esto? ¿Qué, que no hubiera podido escribir un poeta barroco del memento mori? O más atrás, hasta el origen. ¿Qué, que no hubiera escrito ya el profeta Isaías, verdadero autor de la imagen “manriqueana” aquella que hace menos a nuestras vidas que “verduras de las eras”? Nada nuevo.

 

Salvo que entendamos, o sospechemos, que en las novelas de B. no sólo somos nosotros como individuos, y la literatura y el arte, los que vamos al matadero. Sino que es la misma melancolía la que está en extinción (una manifestación más de la muerte de la tragedia; agonía lentísima que se arrastra desde Sócrates, más o menos, si hemos de creer a Nietzsche).

 

Ahora la melancolía ha dejado de ser poética y se ha vuelto prosaica, pero en el sentido de Prozac, el antidepresivo. Vivimos en la era del Prozac. A la melancolía ahora se le llama depresión, y se le trata masivamente. Se le receta una píldora y entretenimientos, diversión, literatura. Sí, literatura como distracción. Nada nuevo tampoco, salvo que hoy es masivo. “Leed y os distraeréis”, le recomendaba el médico al gran comediante Garrik para curarle su esplín romántico. “Tanto he leído”, le contestaba el actor meneando la cabeza. Doscientos años después Ophrah Winfrey nos recomienda lo mismo. Y casi podemos ver las cenizas de B. encendiéndose de nuevo, ardiendo de rabia: ¡la lectura como medicamento, adormidera, ansiolítico!

 

De ahí, sospechemos, el cuidado amoroso con el que B. amamantaba su rabia (hartándola de ella misma, de bilis negra, precisamente). Amamantaba su mela-cholé para que esa energía furiosa, luciferina, no sucumbiera al hechizo de su gemelo maldito: ese pesimismo esencial que a veces llamamos desidia (y que en tiempos medievales se llamaba acedia: la enfermedad de los monjes que un día perdían las ganas de vivir, la peor tentación de San Antonio). Esa desidia sospecha secretamente que toda acción es inútil, ya que la literatura –y con ella los escritores– está destinada solamente a los desiertos (que es como decir a los osarios) de Sonora, es decir al matadero. Olvido, extinción, desaparición en vida por la falta de lectores –como no sean los lectores otros escritores (más sobre esto, luego).

 

Es la melancolía de Amalfitano en Santa Teresa, o la de Duchamp, poniendo a colgar un libro de geometría. La geometría, precisamente, que ha sido desde la antigüedad una metáfora de la melancolía de la razón; o sea, de la inutilidad del esfuerzo intelectual por medir el misterio del mundo.

 

Lo valiente en la obra de B. tiene poco que ver con los desplantes de sus poetas malditos –que adoran los bolañistas adolescentes– y mucho más con su coraje para practicar una literatura que se atreve a esa melancolía radical, en la era prozaica; la era ferozmente antimelancólica y prosaica del Prozac.

 

 

IV. El resentimiento de Los Ángeles

 

Mihály Dés afirma que B. tenía a la literatura como única patria y tema, ya que era un desterrado proveniente de un pueblo perdido en Chile al que no lo ligaba nada. Creo que está en lo cierto, pero que se equivoca en un detalle. Yo diría que algo ligaba a B. con su pueblo de origen. Ese pueblo se llama Los Ángeles –no L.A., de California, sino Los Ángeles de la frontera, en el sur lluvioso de Chile. Y acaso lo que ligaba a B. a esa provincia perdida era el resentimiento. El resentimiento de Los Ángeles; en todo su doble sentido.

 

El re-sentir, el sentir dos veces, el sentirse, es algo muy chileno. Neruda decía que había que tener cuidado con Chile porque era “el país de los sentidos”. Pero no se refería a los cinco sentidos, sino a que en Chile la gente se enoja fácilmente, tiene la piel delicada y la memoria larga, y queda resentida; en realidad, casi como que gozáramos de resentirnos. Y parece que cuanto más al sur de Chile se nace, mayor el resentimiento (que perdonen los sureños).

 

Naturalmente, tanto resentimiento produce melancolía. Una melancolía frecuentemente silenciosa o cuando mucho murmuradora, susurrante. El taimado, el amurrado, se dice en Chile de aquel que se queda sin voz de pura rabia. También se lo podría llamar “el melancólico”.

 

B. tuvo un modo genial de eludir la melancolía silenciosa de los ángeles del resentimiento chileno. La convirtió en estética. Podría discernirse una estética específicamente chilena en la obra de B. Una estética del sur de Chile; una estética “penquista”, para usar el gentilicio con el que se designa a los habitantes de esa zona, en general. La investigación de esa estética conduciría a explorar cómo B. pudo elevar el chismorreo literario a la condición de épica, usando los recursos que le proporcionaba el chilenísimo arte del “pelambre”, también llamado con las voces mapuches “copucheo” o “cahuineo” (creo que pocos dialectos latinoamericanos tienen más palabras para denominar al chismorreo, lo que demuestra la matizada perfección que hemos alcanzado en ese campo del lenguaje).

 

“Nunca salí del horroroso Chile”, escribió otro poeta chileno, Enrique Lihn. En algún sentido, si no se podía hablar mal de México, ni bien de Chile, con B. (conforme lo ha observado Juan Villoro), es porque algo de él era muy chileno. Por muy expatriado que fuera, algo de B. nunca salió de la ciudad de Los Ángeles (tan lejos de los otros de California), cerca de la Araucanía de Chile. Nunca se libró de los horrorosos “ángeles” del resentimiento chileno. Lo que hizo, en cambio, fue derrotar su silencio; darles una voz que se oyera muy lejos. Una voz como un incendio en esos bosques, envuelta en llamas.

 

 

V. La cortesía de la desesperación

 

El gran remedio de B. contra su propia mela-cholé, y la de sus obras y personajes, es el humor.

 

Alguien le preguntaba a Henry de Montherlant (dandi, adorador del coraje, suicida): ¿Cómo es posible que usted, que es tan triste, pueda reírse y hacer reír tanto? Y él contestaba: “Ah, es que mi humor es la cortesía de mi desesperación”.

 

 

VI. La soledad del Quijote

 

Mihály Dés ha hecho un paralelo arriesgado entre la obra de B. y el Quijote de Cervantes.

 

Bien observado. ¿Pero dónde está Sancho en la obra de B.? Hay en ella Quijotes literarios, muchos, enloquecidos por la lectura. Aunque más por las lecturas sofisticadas que por las ingenuas; y aún más por la escritura vanguardista que por la lectura inocente; y aún más: enloquecidos por un ideal apocalíptico y milenarista de la literatura (no por “desfacer” los entuertos de este mundo). Pero no existe en su obra el escéptico, práctico y humanísimo Sancho que descree de esta cruzada ficticia de los caballeros de las letras. No hay un Sancho que llame al orden al caballero loco de poesía y le recuerde que los títeres del retablo de maese Pedro son sólo eso, y que la gente también vive y hasta es feliz, aunque ignore la existencia veraz y sagrada de la poesía (acaso sobre todo si la ignora).

 

Carencia del contrapeso sanchopancista que contribuye a la melancolía general en la obra de B. Sus Quijotes carecen de escuderos que los calmen cuando les dan sus pataletas de furia o pena y empiezan a descabezar muñecos o patear taxistas. Nadie que les ridiculice un poco su mela-cholé.

 

Es como si esos escritores enloquecidos que pululan y ululan por sus libros hubieran enloquecido no sólo de tanto leer, sino de soledad. La soledad del Quijote abandonado por Sancho Panza. La soledad del escritor abandonado por su lector común, el del sentido común. El de B. es un Quijote escritor que sospecha que ya no quedan otros lectores más que los propios escritores. No hay lectores corrientes, escuderos que nos aterricen con un buen refrán, sino sólo Quijotes leyéndose a sí mismos.

 

¿Distopía? No, si es que B. –el personaje, el alter ego, y acaso el autor también– hubiera tenido razón: habría que ser un Quijote, hoy día, para atreverse a leer un libro no por mera diversión, sino por la mera belleza de su melancolía.

 

 

VII. El bolañismo triste

 

La rabia triste, la mela-cholé de B., siendo en general inofensiva para la vida real –como lo es la literatura–, no es sin embargo inocua –para la vida literaria. Su rabia atrabiliaria favoreció en algo un rasgo perverso de la vida literaria latinoamericana. En Santiago, como en Lima o Montevideo, y también en Buenos Aires y México y Madrid (menos, cuanto más grande es el ambiente), y sobre todo entre los practicantes del bolañismo, claro, que hoy son legión, oímos que se cita a B. –y en realidad se lo abusa– como un pretexto más para practicar nuestra vieja y descorazonadora capacidad para el maniqueísmo, para el absolutismo intelectual hispano. O dicho al revés: nuestra ancestral incapacidad para el claroscuro, para la duda, para el matiz.

 

Aquella teoría y práctica de la vida literaria, entendida por B. en su obra y en su existencia, como guerrilla sin cuartel, atiza esa tendencia nuestra al maniqueísmo devorador –que vuelve a la comunidad latinoamericana de los literatti una peligrosa tribu caníbal. En seminarios, lanzamientos y “vinos de honor”, todos los días y a todas horas, en la bárbara literatura hispanoamericana, no hay escritor que no monde sus dientes con un huesito afilado, un astrágalo, acaso, que es todo lo que quedó después de que se comió crudo a algún colega.

 

Sería obtuso tomar demasiado en serio aquella contribución de B. al canibalismo literario hispanoamericano. Se trata más bien de una manifestación de humor que le sobrevive, una broma práctica a costa de nuestro penosísimo gremio.

 

Hay otro aspecto del culto de B. que puede ser más serio. Es el bolañismo triste. O sea, aquel que da un poco de pena y rabia –o sea, ese que nos produce una legítima y bolañísima mela-cholé. Sus epígonos repercuten hoy la tonada de su maestro con devoción y hasta genuflexión. El asunto es un poco triste porque no es la primera vez que una gran influencia literaria aplasta, agosta, frustra a una generación de admiradores incautos. Y el estilo de B., peculiarmente rítmico, pegajoso, hipnótico, parece especialmente diseñado para ser imitado sin que el copión lo note. Y no digamos nada de sus temas, de su manera de presentar a jóvenes escritores como héroes, últimos caballeros cruzados en pos de un ideal poético perdido. Es comprensible el atractivo que esta supuesta soledad apocalíptica puede ejercer, sobre todo entre plumíferos nuevos, ya que tiene –como dijera Borges de una moda anterior– el “encanto de lo patético”.

 

Se ve esta escena en la película Patton. El general Patton (George C. Scott) está en lo alto de una colina, en el desierto de Libia, dirigiendo una batalla entre sus tanques y los de Rommel. Cuando Patton ve que sus Sherman derrotan por primera vez a los Panzer de Rommel (y aquí B. es Rommel, el zorro del desierto de Sonora), entonces el general yanqui, sin despegarse de sus binoculares, lanza o más bien muerde, este grito de triunfo: “¡Leí tu libro, hijo de puta, leí tu libro!”.

 

¿Quién les dirá a los bolañitos que, en vez de venerar el libro de B., hay que estudiarlo, deshojarlo, desmenuzarlo, abusarlo y hasta torturarlo, hasta que cante, hasta que suelte –o no– el secreto de cómo lo hacía ese gran “hijo de puta” para escribir tan bien?

 

 

VIII. El Otoño de Arcimboldo

 

Hay una prodigiosa clave escondida en ese bello ángel y bestia que es su personaje final, su Benno von Arcimboldi, de 2666. Está el nombre de Benno –“Benito, como Mussolini, no te das cuenta”, le advierte su editor. Y está el apellido tomado del pintor milanés del siglo xvi cuyas obras, esos retratos alegóricos compuestos por frutos y cosas que en sí son otras cosas pero que, observadas con cierta distancia y acostumbrado el ojo, dejan aparecer una figura de conjunto. Como las digresiones y las historias intercaladas en los libros mayores de B. sugieren, observadas con cierta distancia (una distancia que a veces parece estratosférica o lunar) un diseño de conjunto.

 

Semejantes a las pinturas de Arcimboldo (diseñador de vitrales, ilusionista, manierista, es decir, dandi), las novelas de B., compuestas de parcialidades y digresiones, de silencios e infinitos, sugieren también una morbidez del vacío. Una melancolía, de nuevo, en fin. Pero esta es una melancolía final: no hay un sentido, no hay una suma, sólo hay una agregación de partes, que se montan sin jamás fundirse del todo. Para que no se olvide que si se desmontan no queda nada. El arte es un juego de ilusiones, al fin. Como dice B. que dice Benno: “estaban sus propios libros y sus proyectos de libros futuros, que veía como un juego…”.

 

En el cuadro de Arcimboldo donde este retrata al Otoño –mostrado hace poco en Berlín, en una exposición precisamente acerca de la melancolía– vemos el busto de un hombre hecho sólo de frutos maduros. La parte superior del cráneo, si no recuerdo mal, está formada por un apetitoso racimo de uvas pintonas. La nariz es un pepino dulce. En fin, es una naturaleza muerta, pero viva, montada con las cosechas de lo que maduró en el verano. Hay flores también pero ya pálidas. Porque, claro, se aproxima el invierno. Y en efecto, los ojos, que fueron pintados como unas castañas, miran tristes hacia la derecha divisando los fríos que se aproximan. (¿Que cómo es la mirada de unas castañas tristes? Nos haría falta B. para describirlo.) El caso es que ese hombre hecho de fragmentos ha cosechado todo, cuando ya es demasiado tarde y el invierno se aproxima. Siempre se cosecha cuando es demasiado tarde, parece decirnos.

 

En una de las tres ocasiones en que nos vimos le pregunté a Bolaño –no a B., porque esto sí va con el hombre y no con el personaje– cómo se sentía con el éxito y el triunfo que le estaban llegando. Levantó la cabeza de la sopa que cuchareaba en el restaurante Venecia de Santiago (pero por su gesto de amargura tanto podría haber estado en la crujía comedor de un presidio en Los Ángeles de la frontera) y me espetó: “Me llegó demasiado tarde”.

 

Ay, de la melancolía del Otoño. Ay, de la melancolía que se esconde tras los juegos de manos y las ilusiones de Arcimboldo: todo está maduro, por fin, cuando ya no queda tiempo para nada.

 

Los libros que lo imitarán, las tesis que se cernirán sobre su obra, las cátedras que lo “deconstruirán”, y hasta –pobre de B.– los dibujitos expoliados del fondo de los discos duros más duros y el triste bolañismo epigonal, serán –ya son– esos frutos tardíos que no recogerá. Las uvas y el pepino dulce y las castañas tristes que, cuando los desmontamos y separamos, dejan de ser un retrato vivo, lleno de tristeza y rabia y deseo, como es la vida, y vuelven a ser una naturaleza muerta. Si nos acercamos demasiado al cuadro o al libro, la imagen se desvanece, las letras se borronean.

 

Donde hubo un rostro queda solamente la monstruosa mela-cholé del vacío.