lunes, 13 de enero de 2020

Ignacio Echevarría quedó absuelto tras ser acusado de atentar contra el honor de Bolaño

Por Javier García
La Tercera, Chile. 12.01.2020


 

 
El crítico literario español y amigo del autor de Los detectives salvajes había sido acusado por la viuda del escritor, Carolina López, de “atentar contra el honor y la intimidad de su familia”. Sin embargo, la justicia dio la razón al columnista y López deberá pagar los costos del proceso.


Ocurrió el pasado viernes, Ignacio Echevarría envió un correo a sus cercanos: “Hoy se ha publicado la sentencia sobre la demanda que me interpuso Carolina López, y el resultado es que el juez la desestima íntegramente, condenándola a pagar las costas del proceso”, apuntó junto a otras palabras. “Ya habrá lugar o momento para comentarlo y celebrarlo particularmente”, agrega.

De esta manera se cerraba un caso judicial que a mediados de diciembre reunió en la Ciudad de la Justicia de Barcelona, en España, como testigos, nada menos que al agente Andrew Wylie y al fundador de Anagrama, Jorge Herralde. Esto, luego de que la viuda del escritor chileno Roberto Bolaño, Carolina López, tras efectuar una demanda contra Carmen Pérez de Vega, conocida como “la última pareja de Bolaño”, acusara al crítico Ignacio Echevarría de “atentar contra el honor y la intimidad de su familia” y exigir entonces 150 mil euros.

“Ignacio Echevarría, absuelto de atentar contra el honor de Bolaño”, apuntó hoy una nota el diario español La Vanguardia. “El titular del juzgado número 9 de primera instancia de Barcelona ha absuelto al crítico literario Ignacio Echevarría de atentar contra el honor y la intimidad de Roberto Bolaño y su familia, por lo que la viuda del escritor chileno, Carolina López, que le reclamaba 150.000 euros, debe asumir las costas del proceso”, señala el medio de comunicación.

En el email enviado a algunos amigos, Echevarría comentaba la sentencia: “Al frente de Putas asesinas, Roberto Bolaño puso este epígrafe de Horacio: ‘La demanda acabará en risas y tú te irás libre de cargos’. Se cumplieron las palabras. Más o menos”.

El reconocido crítico español, que trabajó en obras póstumas de Bolaño como 2666, era acusado tras publicar dos artículos en la prensa en 2016, donde el columnista se refiere al intento de López de borrar del relato biográfico de Bolaño el nombre de Carmen Pérez de Vega. Los textos son “Roberto Bolaño borrado”, aparecido el 23 de septiembre del 2016, en el suplemento “El Cultural” del diario El Mundo y Desmentido de un presunto albacea, del 23 de noviembre del mismo año, publicado por el diario El País.

En este último señala Echevarría: “Nunca hasta ahora me he referido a la vida privada de Carolina López ni de sus hijos. Me he limitado a dejar constancia de la relación de Roberto Bolaño con Carmen Pérez de Vega, y lo he hecho movido por el escándalo que me producía la insistencia de Carolina en negar esa relación y la prepotente manera en que ha acosado a Carmen Pérez”.










 

viernes, 29 de noviembre de 2019

¿Llamó Bolaño “estalinista” a Neruda?

Por Alberto del Castillo 
PlayGround. 11.08.2017




Un escritor me dijo una vez que no hablaría mal de otro escritor que estuviera vivo y, aunque pudiera parecer que esta frase complementa a la anterior, lo cierto es que el criterio de Bolaño para hablar mal de un escritor era simple: que no le gustara. Pérez-Reverte, Isabel Allende, Octavio Paz o Antonio Skármeta bien lo saben. Neruda no lo supo, porque murió cuando Bolaño recién tenía veinte años. Cuando apenas había empezado a criticarle.

La vara de medir que usó el autor de 2666 para arremeter contra Neruda no era exclusivamente cualitativa. No se refirió a él en los términos que lo hizo, por ejemplo, Vicente Huidobro: “(Neruda) escribe una poesía fácil, bobalicona, al alcance de cualquier plumífero. Es la poesía especial para todas las tontas de América”. No, a Bolaño le gustaban -o le gustaron, durante un periodo determinado- los versos de Neruda. “Franz Kafka es un hombre de un talento enorme. James Joyce, ahí hay talento. En Nicanor Parra hay talento. En Pablo Neruda, hubo talento”.

¿Hubo talento? ¿En qué momento empezó a existir? O, mejor, ¿cuándo dejó de haberlo?

“Neruda es gran poeta”, dijo Bolaño. “Él es más o menos lo que yo pretendía ser a los veinte años. Vivir como poeta sin escribir. Escribió tres libros muy buenos. El resto son muy malos. Pero él ya vivía como poeta y ejercía como poeta rey”.

Pero a Bolaño no le molestaba que Neruda viviera de la literatura. No parece haber restos de envidia por el hecho de que Neruda recibiera un Nobel y él apenas recibiera reconocimiento en vida. Tras esta crítica se esconde una respuesta a uno de los reproches que se le hacen a Bolaño: su ausencia de interés en la política. Como bien señala Andrés Ibáñez en su brillante análisis de la obra de Bolaño: “Lo cierto es que en la extensa obra de Bolaño la política apenas aparece. La política en el sentido inmediato y explícito, tal y como suele entenderse en España”.

De hecho, el compromiso político de Bolaño se puede resumir con estas palabras (de Ibáñez): “No quiso ser comunista después de conocer a los comunistas y ver que todos pensaban igual, y se hizo trotskista. Al ver que todos los trotskistas pensaban igual se hizo anarquista. Al venir a España y conocer a los anarquistas, decidió no ser nada”.

En 1952, Neruda recibió el Premio Stalin de la Paz [Es cierto, no es una ironía, existió el Premio Stalin de la Paz –Nota AB-]. Pareciera que, al igual que con Octavio Paz, la opinión (pobre) sobre Neruda estuviera basada en la hipocresía de su compromiso político: “El Neruda estalinista me molesta muchísimo, y en ese Neruda veo además mucha miseria humana”.

La fijación de Bolaño con Neruda va más allá, incluso llega a ser el elemento troncal de “Carnet de baile”, un cuento que se integra en Putas Asesinas. Es un relato breve a caballo entre la ficción, el ensayo y las memorias en el que habla, entre otras cosas, de su relación con Jodorowski y del propio Pablo Neruda: “Yo era por entonces un joven hipersensible, además de ridículo y muy orgulloso, y afirmé que el mejor poeta de Chile, sin duda alguna, era Pablo Neruda”, escribe Bolaño, haciendo referencia a su inmadurez para criticar al autor de Veinte poemas de amor y una canción desesperada.

Más agresivo parece el término bajo el que en Los detectives salvajes cataloga tanto a Neruda como a Octavio Paz. En un momento de la novela, uno de sus personajes, el poeta Ernesto San Epifanio, distinguía entre varias corrientes o distintos tipos de poetas. Para él, están los maricones, que defienden la estética, y también los maricas, defensores de la ética. De Paz y de Neruda dice que son poetas maricas.

Roberto Bolaño nunca llegó a darle el lujo de elevar a Neruda a los puestos privilegiados de mejor-poeta-chileno: ese honor era para Nicanor Parra. Precisamente a esta idea hace referencia en “Carnet de baile”: “La literatura chilena gira en torno a un sol muerto que se llama Pablo Neruda y que es la principal coartada para que exista esa entelequia que llaman literatura chilena”.

No obstante, no se puede desdeñar la posibilidad de que las razones escondidas tras la crítica de Bolaño estuvieran ligadas a una cuestión de pose. En una de sus últimas entrevistas dijo que: “Residencia en la tierra o ciertas zonas del Canto general son una poesía tan alta, pero tan alta, que de alguna manera permite cualquier exceso posterior. Neruda es un gran poeta, pero un gran poeta”.

Resulta curioso, después de todo, que en su estudio de Blanes, en la biblioteca que le encargó a un ebanista -donde según cuentan guardaba los libros de los poetas que más le gustaban- tuviera amontonada la obra de Pablo Neruda y de Octavio Paz.











jueves, 3 de octubre de 2019

Las ficciones de un escritor chileno podrían incluir su colorido pasado

Por Larry Rohter
The New York Times, 27.01.2009
Traducción de Carlos Almonte
 




En la actualidad, pocos escritores son más aclamados que el novelista chileno Roberto Bolaño, quien murió de una enfermedad hepática en el año 2003, a la edad de 50 años. Su novela póstuma, 2666, apareció en numerosas listas de los mejores libros del 2008 [año de la aparición de 2666 en inglés], y el interés por él y por su obra se ha visto aumentado por una creciente reputación de escritor proscrito de vida difícil.

Ha sido su viuda, de quien estaba separado al momento de su muerte, y Andrew Wylie, el agente contratado después de distanciarse de los amigos y editores de Bolaño, los que ahora desafían la construcción de esa imagen. Difieren de la idea, sugerida (en principio) por el propio señor Bolaño, refrendada por su traductor estadounidense y mencionada en varias de las entusiastas críticas recientes de 2666 en los Estados Unidos, que refieren a que el autor alguna vez "tuvo tratos con la heroína".

[Respecto a la construcción de mitos]

Algunos de los amigos de Bolaño en México, país en el que vivió durante casi una década antes de establecerse cerca de Barcelona, ​​España, cuestionan otro aspecto de la historia de vida que él mismo construyó. Ellos dicen que el Sr. Bolaño, quien ha emergido rápidamente como el escritor latinoamericano más importante de su generación, no estuvo en Chile durante el golpe militar dirigido por el general Augusto Pinochet, a pesar de que él mismo se autoadjudica este honor.

Con respecto a la relación del Sr. Bolaño con las drogas, numerosos críticos y blogueros latinoamericanos y europeos se han puesto del lado de su viuda, acusando a los críticos y editores estadounidenses de distorsionar deliberadamente el pasado del escritor para encajarlo en el cliché comercial del artista perturbado. La vida y obra del Sr. Bolaño ha sido convertida en "un espectáculo trivial", reseñó Julio Ortega, crítico y académico peruano, en El País, el principal diario en España.

El origen de la controversia sobre la heroína [resuelto ya a estas alturas del 2019] se haya en un relato de cuatro páginas que apareció en un compilado titulado Entre paréntesis, publicado un año después de la muerte del Sr. Bolaño. El relato se titula "Playa", y su estructura se compone de una sola oración larga, cuyas palabras iniciales son: "Dejé la heroína, volví a la ciudad y comencé el tratamiento con metadona que me administraron en la clínica".

Ya desde la portada de Entre paréntesis se describe al compilado como una colección de “ensayos, discursos y artículos diversos”. En la introducción, Ignacio Echevarría -crítico y editor español a quien el Sr. Bolaño nombró su albacea literario [con las posteriores destituciones y reasignaciones ya conocidas]- explica que el libro debería ser visto como "una especie de autobiografía hecha de fragmentos" a la vez que como una "cartografía personal" del Sr. Bolaño. Sin embargo, en posteriores entrevistas, el propio Echevarría y Jorge Herralde, editor del autor chileno en la prestigiosa editorial Anagrama, han explicado que la introducción y la portada de las futuras ediciones del libro se cambiarían para dejar en claro que “Playa” es, en realidad, una ficción (cambio que verá la luz ya en la versión en inglés de Entre paréntesis que New Directions publicará el año próximo). “La situación se presta para confusiones, debido a que a Bolaño le gustaba jugar bromas y crear misterios", mencionó Herralde. “Es una posibilidad el que haya estado tratando de tender una trampa a sus futuros biógrafos”, considera.

El texto en cuestión, “Playa”, fue publicado originalmente en el diario madrileño El Mundo, en julio del año 2000, como parte de una serie de relatos en que se pidió a treinta escritores que relataran el peor verano de sus vidas. El editor del suplemento literario, Manuel Llorente, dijo que la mayoría de los escritores respondieron con "relatos que eran clara e incuestionablemente autobiográficos", pero que nunca había estado seguro de la veracidad en la contribución de Bolaño. “Era sabido que Bolaño era un escritor que jugaba con la realidad, que creaba ambigüedades e identidades falsas, así que no importaba mucho si el relato presentado era verdadero o inventado”, dijo Llorente en una entrevista. "Para mí, lo único importante era su valor literario”.

El Sr. Wylie, quien comenzó a manejar el trabajo del Sr. Bolaño el año pasado, dijo en una entrevista telefónica que la viuda del escritor, Carolina López (a quien el Sr. Bolaño conoció después de mudarse a España a fines de la década de 1970), le había "mencionado de pasada" que ella consideraba que los informes sobre el uso de heroína de su esposo eran, al menos, "inexactos". Sin embargo, se negó a discutir el asunto más a fondo, diciendo que "el trabajo de detective literario" no le interesaba.

Pero la investigación literaria fue uno de los temas favoritos del Sr. Bolaño. Tanto 2666 como su predecesor igualmente elogiado, The Savage Detectives, tratan sobre bandas de poetas y críticos que intentan rastrear la verdad sobre escritores que han desaparecido de la historia o que se ocultaron detrás de versiones turbias de sus pasados. En entrevistas telefónicas desde España y México, los amigos y cercanos del Sr. Bolaño sugirieron que el autor siempre aceptó de buena gana la ambigüedad. "Él creó su propio mito", dijo la mujer con la que el escritor estaba involucrado románticamente al momento de su muerte (pidió que no se publicara su nombre porque quiere preservar su privacidad). "Nadie puede negar que él jugó ese juego, y él mismo, sin duda, sería el primero en admitirlo", culminó.

Según la biografía conocida, el Sr. Bolaño se mudó a México en 1968, pero regresó a Chile a principios de la década de 1970 para apoyar al gobierno socialista del presidente Salvador Allende. Luego fue supuestamente arrestado y encarcelado durante el golpe de estado que llevó al general Pinochet al poder el 11 de septiembre de 1973, pero fue salvado de una posible ejecución por dos guardias con los que había sido compañero en la escuela secundaria. Ellos fueron los que lo reconocieron y le permitieron escapar. Por otro lado, algunos de los amigos mexicanos del Sr. Bolaño, que estuvieron en Chile durante los años de Allende, dicen que el escritor estuvo en México durante el tiempo que afirmó haber estado en Chile.

A mediados de los 70 "hablamos mucho sobre Chile, y era obvio, para mí, que Roberto no había estado allí y, a la vez, que estaba dejando que la gente pensara que sí", dijo Ricardo Pascoe, un sociólogo y diplomático mexicano, cuyo hogar fue el escenario de algunas de las fiestas y lecturas que el Sr. Bolaño describiría más tarde en Los detectives salvajes. "Me preguntaba sobre cosas que cualquier persona que hubiera estado allí, habría sabido".

El padre del Sr. Bolaño, León, excamionero y boxeador, dijo desde México que creía que su hijo había estado en Chile, y recordó una conversación en la que el joven Bolaño le decía que "iba a viajar por tierra" para visitar a la hermana de su padre. Aunque no está seguro de la fecha de ese viaje, León Bolaño, ahora de 82 años y enfermo, dijo que después del golpe buscó y obtuvo las garantías del gobierno mexicano para evacuar a su hijo a través de la embajada de México en Chile.

A esto habría que decir que Pascoe fue uno de los miles de jóvenes latinoamericanos que viajaron a Chile después de que Allende fuera elegido en 1970, con el objetivo de participar en la revolución que todos habían estado esperando. Durante el derramamiento de sangre que acompañó al golpe de estado de Pinochet, él y un centenar de personas se refugiaron en la Embajada de México en Santiago hasta que pudieran ser repatriados. El Sr. Bolaño, dijo el Sr. Pascoe, "definitivamente no estaba allí". Dijo que una vez le preguntó directamente al Sr. Bolaño si había estado en Chile y "su respuesta fue tan vaga que me hizo querer decir: ¿Por qué no respondes sí o no? Pero me caía bien y nuestra amistad no se basaba en la política, así que no me importó. Pero está claro que no había estado allí”.

Los amigos mexicanos del Sr. Bolaño dijeron que simplemente estaba avergonzado de admitir que estuvo ausente de la que fue considerada la experiencia política definitoria de su generación. "Entiendo por qué mintió, porque se arrepintió de haberse perdido, de no haber estado allí", dijo Carmen Boullosa, novelista, dramaturga y poeta que mantuvo correspondencia permanente con el Sr. Bolaño.

Rodrigo Fresán, un novelista argentino que vive en Barcelona, ​​dijo: "La biografía de Roberto va a ser interesante de leer, y estoy agradecido de que solo fui su amigo y no el que tendrá que escribirla". Otros que conocen al Sr. Bolaño solo por su trabajo han llegado a la misma conclusión.

"Es un ejercicio difícil el tratar de mantenerse al día con los juegos de un escritor que juega con los hechos y la ficción", dijo Marcela Valdés, una de las críticas estadounidenses que se ha referido al uso de heroína en sus ensayos sobre el Sr. Bolaño. "En este caso, puede que nos haya atrapado".
















lunes, 9 de septiembre de 2019

10 años sin Roberto Bolaño: las pistas que dejó el detective salvaje

Editorial
La Segunda, Chile. 12.07.2013



Este lunes se cumple una década de la partida de, posiblemente, el escritor latinoamericano más trascendente de los últimos tiempos, el que logró "liberar a la escritura latinoamericana del realismo mágico". Manuscritos perdidos, herederos y supuestas adicciones, sólo han acrecentado el mito. 


Aunque ya era un autor reconocido -es cosa de revisar los premios y alabanzas cosechados por Los detectives salvajes (1998)- la muerte de Roberto Bolaño a los 50 años, el 15 de julio de 2003, encendió los mecanismos con que la industria cultural vuelve leyenda a un escritor. Primero fue la publicación póstuma de 2666 (2005) (*Nota de la redacción: el año de publicación de 2666 es 2004), una ultraviolenta y magistral novela de más de mil páginas y que originalmente serían cinco libros. Como confirma su círculo cercano, el escritor se encerró en su estudio de Blanes (Barcelona) para terminarla, sabiendo que le quedaba poco tiempo. La idea del autor era asegurar económicamente el futuro de sus dos hijos, Lautaro y Alexandra. Después de pensarlo mucho, Jorge Herralde (editor de Anagrama) e Ignacio Echevarría, crítico y confidente del autor, decidieron publicarla tal como la conocimos.

Después vendría la obtención del National Book Critics Circle Awards en EE.UU. y los elogios en bloque de Patti Smith, la prensa especializada y popular ("The New York Times" lo calificó de "obra maestra") y la aparición de un flamante ejemplar en el programa de Oprah Winfrey, la mujer más mediática de la televisión estadounidense. Todo lo anterior, más la visionaria defensa de Susan Sontag, pavimentó un hito: Bolaño llegó a convertirse en best seller (en las dos editoriales estadounidenses que tienen sus derechos: la exquisita New Directions y la masiva Farrar, Straus & Giroux) y fue considerado casi unánimemente como el autor latinoamericano más importante después del boom sesentero de Vargas Llosa y García Márquez. De hecho, el "New Yorker" lo alabó por "liberar a la escritura latinoamericana del realismo mágico".

Sin embargo, este despegue mundial vino acompañado de varias polémicas que han alimentado -a veces tímidamente- el comidillo del ambiente literario en español. Estas son algunas de ellas.


¿Adicto a la heroína?

En una admirada reseña de 2666, a cargo de Jonathan Lethem, en "The New York Times", se dio por hecho que Bolaño tuvo un periodo de adicción a la heroína. Un dato que también fue aludido por "The New Yorker", "The Guardian" y la revista "Time", donde el autor del artículo incluso aseguró que recién llegado a España, en 1977, comenzó un periodo de experimentación con drogas.

Todo esto provocó una polémica -algo exagerada- en internet y su círculo íntimo que obligó al mismo diario que inició el mito a investigar el origen. Al parecer, el malentendido surgió con una mala interpretación de "Playa", un cuento publicado originalmente en "El Mundo" de España, para una sección donde diversas personalidades recuerdan el peor verano de sus vidas. Allí, abre el relato -donde juega con lo autobiográfico- con la frase: "Dejé la heroína y volví a mi pueblo y empecé con el tratamiento de metadona que me suministraban en el ambulatorio".

Un dato que fue utilizado por los biógrafos anglosajones con la misma naturalidad con que le harían un perfil a una estrella de rock. De hecho, la estrategia de vender a Bolaño como un poeta "maldito" que padeció los rigores de Pinochet y la violencia mexicana, dio frutos. Sin embargo, el autor de la investigación que desmintió su adicción -Larry Rohter- lanzó otro dardo: ninguno de los amigos mexicanos consultados recuerda que Bolaño haya viajado a Chile para participar de los últimos días (de gobierno) de Salvador Allende, siendo tomado preso y liberado por un militar amigo. "(Los amigos) dijeron que él sentía vergüenza de admitir que estuvo ausente de la experiencia política que, aún hoy, define a su generación", aseguró el periodista en la nota de 2009 que, nuevamente, dio a entender que el propio Bolaño jugó con su biografía para despistar a fans y periodistas.


La "María Kodama" de Bolaño

Publicar mails enviados por el escritor a sus amigos, ya no es una tarea tan simple. Grabar un documental y organizar una exposición tampoco. Lo mismo que rescatar algún texto inédito como lo hizo una web literaria chilena hace un par de años. Todo por prohibición de Carolina López, viuda y heredera oficial de Bolaño. En abril de este año impidió la exhibición -en Canal 13 Cable- del documental "Estrella distante", de Darinka Guevara y Jordi Lloret. En él se mencionaba que la pareja del escritor era la también española Carmen Pérez, algo que le molestó profundamente; más allá de que el material estuviera hecho sin su autorización, como justificaron sus abogados. (Bolaño y López) Se casaron en 1985 y, aunque seguían legalmente juntos, Bolaño era pareja de Pérez hace muchos años ya. El plan era separarse, luego del trasplante de hígado.

Comparada con María Kodama y Yoko Ono, la heredera de Bolaño hace notar su poder al intentar mantener la historia "oficial", sin considerar a la pareja que acompañó a Bolaño el mismo día de su muerte, la misma que manejó a toda velocidad desde Blanes a Barcelona (60 kilómetros), intentando salvarle la vida.

La primera muestra de poder de López fue cuando despidió a Andrew Wylie, "El Chacal", su agente estadounidense, al mismo tiempo que "limpió" su entorno de varios amigos entrañables de Bolaño. Celosa de la obra de su marido, su idea era negociar ella misma los acuerdos de publicación de cualquier inédito (Bolaño dejó cientos de papeles).

Algunas fuentes señalan que ella es capaz de impedir la publicación de poemas en antologías o incluso de quien pretenda recitarlos en público. Sobre la relación de ella con Anagrama, la editorial que publicó su obra gruesa en nuestro idioma, no se sabe nada hasta el momento.


Condenado a sufrir el destino de Jimi Hendrix

Además de las novelas y cuentos, Bolaño dejó una gran cantidad de material: manuscritos, cuadernos, correos electrónicos y un puñado de libros de poesía de distribución discreta. Lo lógico sería rescatarlo como el militante del movimiento infrarrealista y autor de textos como Reinventar el amor (1976), Los perros románticos (1993) o El último salvaje (1995). Material hay, incluso muchísimas piezas líricas incluidas en antologías o revistas universitarias mexicanas o españolas.

Sin embargo, lo más espectacular han sido las exhumaciones de El tercer Reich (2010) y, muy especialmente, Los sinsabores del verdadero policía (2011). Dos novelas póstumas que abrieron el apetito sobre las posibilidades de dar con nuevo material. Algo que, al parecer, no será posible en el mediano plazo.

Esto no quiere decir que el disco duro de su computador y los centenares de páginas desordenadas en su casa no estén sometidos a una revisión y catalogación. Al parecer, según algunos editores consultados, Carolina López quiere esperar que las traducciones en inglés y otros idiomas cumplan su ciclo antes de atacar con nuevo material. Es cosa de ver lo que se exhibió en la muestra catalana “Archivo Bolaño” (*Muestra cuyo título fue tomado, evidentemente y sin ningún tipo de consulta, de un espacio virtual de existencia muy anterior a la misma, y muy cercano al lugar donde está leyendo, ahora, esta publicación).

Hay novelas autobiográficas como La virgen de Barcelona (fechada en 1979), D.F. La Paloma, Tobruck, Diorama y El espíritu de la ciencia ficción, dedicada a Philip K. Dick. Un material precioso que anuncia las obras mayores que publicó. Por algo Bolaño no peleó por su publicación hasta el final. A propósito de eso, el "The New York Times" trazó un paralelo con el mundo del rock que quizá a Bolaño -fan de The Pogues y Suicide- le hubiera gustado: "El escritor parece condenado a sufrir el destino de Jimi Hendrix o Jim Morrison... de quienes han comercializado desechos y fragmentos de la creatividad del difunto para sus más ardientes fans".


Coordenadas para llegar a un maestro del disfraz

Roberto Bolaño era un maestro del disfraz, de la misma manera que Andy Warhol, quien despistaba con ironías o datos falsos a quienes intentaban hurgar torpemente en sus procesos creativos. Pero, a diferencia del artista pop, famoso por lo monosilábico en las entrevistas, Bolaño hablaba hasta por los codos. De ahí lo fascinante de Bolaño por sí mismo (Ediciones UDP, 2006), una compilación de notas dadas a "El País", "Mensaje" o "Playboy", donde el escritor deja invisible al entrevistador. Leer sus respuestas en perspectiva funciona como un manual de supervivencia. "Ser escritor no es agradable", dice en un momento. "No, agradable no es la palabra. Es una actividad que no carece de momentos muy divertidos, pero conozco otras actividades aún más divertidas". Pero también, nunca dejaba de hablar de su país. Porque Bolaño nunca dejó de estar conectado. "Chile es un país en donde ser escritor y ser cursi es casi lo mismo". Y también tenía frases contundentes, de esas que se podrían enmarcar: "Asesino o detective: no hay otra elección para un hombre".

En Para Roberto Bolaño (Acantilado, 2005), el emblemático editor de Anagrama, Jorge Herralde, recopila columnas, conferencias y artículos donde el chileno es el protagonista. Ahí se rescató por primera vez una frase que debería enmarcarse: "Cada vez que leo que alguien habla mal de mí me pongo a llorar, me arrastro por el suelo, me araño, dejo de escribir por tiempo indefinido, el apetito baja, fumo menos, hago deporte, salgo a caminar a orillas del mar, que, entre paréntesis, está a menos de treinta metros de mi casa, y les pregunto a las gaviotas, cuyos antepasados se comieron a los peces que se comieron a Ulises, ¿por qué yo, por qué yo, que ningún mal les he hecho?".

Bolaño pasó la mayor parte de su vida entre México y Barcelona. En el D.F. terminó de configurar su estilo a partir de la poesía y la fundación del movimiento infrarrealista. Entre 1971 y 1972, el reconocido poeta nacional Jaime Quezada vivió en su casa. Justo cuando el autor, de 18 años, abandonaba el colegio y se embarcaba en la lectura frenética de Cortázar, Kafka y Proust, entre otros. Todo eso es narrado en Bolaño antes de Bolaño (Catalonia, 2007). "Llegué a los 15 años a México y fue alucinante. A partir de ahí pasé de ser un lector prudente a un lector voraz, y de ladrón de libros me convertí en atracador de libros", dijo Bolaño sobre esa época.

Otras puertas de acceso a la personalidad de Bolaño están en El hijo de Míster Playa (Almadía, 2012), de Mónica Maristain, una extensa semblanza e investigación a cargo de la amiga que, como editora de Playboy, le hizo la última entrevista. También destaca Entre paréntesis (Anagrama, 2004), compilación de columnas y artículos como el de la cena que tuvo con Diamela Eltit y Jorge Arrate, que sacó ronchas en 1999, y Bolaño salvaje (Candaya, 2008) que se relanzó con nuevo material y que recopila textos íntimos de figuras como Rodrigo Fresán, Enrique Vila-Matas y Juan Villoro, entre otros.

El último lanzamiento es "Archivo Bolaño 1977-2003" (*Libro de la muestra cuyo título fue tomado, evidentemente y sin ningún tipo de consulta, de un espacio virtual de existencia muy anterior a la misma, y muy cercano al lugar donde está leyendo, ahora, esta publicación), el libro con la exposición hecha en Barcelona que contiene testimonios, fotografías inéditas y abundante material, como cuadernos y manuscritos.










miércoles, 7 de agosto de 2019

El humor en el rellano

Por Roberto Bolaño
Las Últimas Noticias, 20.01.2003




Cortázar se quejaba de la carencia de una literatura erótica en el ámbito latinoamericano. Con la misma razón hubiera podido quejarse de la ausencia de una literatura humorística. Los clásicos, por llamarlos de alguna manera, quiero decir los clásicos de nuestros países en desarrollo, sacrificaron el humor en aras de un romanticismo cursi y en aras de textos pedagógicos o, en algunos casos, de denuncia, que mal resisten el paso del tiempo y que si se mantienen es por un afán voluntarista de bibliófilo, no por el valor real, el peso real de esa literatura.

En algunos modernistas o vanguardistas tempranos es dable leer, sin embargo, páginas de humor de ley. No son muchos, pero son. Recuerdo a Tablada, textos muy poco conocidos de Amado Nervo, fragmentos en prosa de Darío, cuentos de horror y humor de Lugones, las primeras incursiones de Macedonio Fernández. Posiblemente, sobre todo en el caso de Nervo, este humor es involuntario. Los hay también, excelentes prosistas y poetas, en cuya obra el humor brilla por su ausencia. Martí es el máximo exponente de este tipo de escritores, pese a “La edad de oro”.

En la literatura latinoamericana, los escritores que se ríen son contados con los dedos, y en no pocas ocasiones su risa es amarga.

Podría decirse que en la Latinoamérica rural, provinciana, el humor es un ejercicio en decadencia y que solo vuelve a renacer con la llegada masiva de los emigrantes de principios del siglo XX. Nuestros próceres, que en materia de pensamiento casi siempre fueron unos patanes, desconocieron a Voltaire y a Diderot y a Lichtenberg, y en el colmo de los colmos no leyeron nunca, o mal leyeron, o dijeron que habían leído, mintiendo como bellacos, al Arcipreste de Hita, a Cervantes, a Quevedo.

Es en el siglo XX cuando el humor, tímidamente, se instala en nuestra literatura. Por supuesto, los practicantes son una minoría. La mayoría hace poesía lírica o épica o se refocila imaginando al superhombre o al líder obrero ejemplar o deshojando las florecillas de la Santa Madre Iglesia. Los que se ríen (y su risa en no pocas ocasiones es amarga) son contados con los dedos. Borges y Bioy, sin ningún género de dudas, escriben los mejores libros humorísticos bajo el disfraz de H. Bustos Domecq, un heterónimo a menudo más real, si se me permite esta palabra, que los heterónimos de Pessoa, y cuyos relatos, desde los “Seis problemas para don Isidro Parodi” hasta los “Nuevos cuentos de H. Bustos Domecq”, deberían figurar en cualquier antología que sea algo más que un poco de basura, como hubiera dicho don Honorio, precisamente. O no.

Pocos escritores acompañan a Borges y a Bioy en esta andadura. Cortázar, sin duda, pero no Arlt, que como Onetti opta por el abismo seco y silencioso. Vargas Llosa en dos libros y Manuel Puig en dos, pero no Sábato ni Reinaldo Arenas, que contemplan hechizados el destino latinoamericano. En poesía, antaño un lugar privilegiado para la risa, la situación es mucho peor: uno diría que todos los poetas latinoamericanos, inocentes o de plano necios, se debaten entre Shelley y Byron, entre el flujo verbal, inalcanzable, de Darío, y las expectativas nerudianas de hacer carrera. Enfermos de lírica, enfermos de otredad, la poesía latinoamericana camina a buen paso hacia la destrucción. El bando de lo que en Chile se llama muy apropiadamente “tontos graves” es cada vez mayor. Si releemos a Paz o si releemos a Huidobro advertiremos una ausencia de humor, una ausencia que a la postre resulta ser una cómoda máscara, la máscara pétrea. Menos mal que tenemos a Nicanor Parra. Menos mal que la tribu de Parra aún no se rinde.











miércoles, 10 de julio de 2019

Bolaño columnista: la historia tras su participación en periódicos

Por Pablo Retamal N.
La Tercera, Culto. 15.04.2018


El autor de Los detectives salvajes redactó columnas en España y Chile. En su tiempo pasaron inadvertidas, puesto que aún no era el escritor best seller que conocemos hoy.


Roberto Bolaño no solo fue narrador y poeta. Hacia los últimos años de su vida tuvo una participación como columnista en medios escritos. La primera de estas fue para Diari de Girona, de la provincia donde residía, en Cataluña, España. Según cuenta el editor Ignacio Echevarría en el prólogo del libro póstumo Entre paréntesis, esto comenzó en enero de 1999. Durante un año y medio, las colaboraciones eran originalmente elaboradas en castellano para luego ser traducidas y publicadas en catalán.

A mediados de 2000, poco después de terminar su participación en ese matutino, Roberto Bolaño le envió un mail a su amigo Andrés Braithwaite, quien trabajaba en el diario Las Últimas Noticias, proponiéndole la idea de tener un espacio semanal: “A mí me gustaría tener una columna en donde pueda hablar del más desconocido poeta provenzal hasta el más conocido novelista polaco, todo lo cual en Santiago sonará por igual a chino. De hecho, esas crónicas, de aquí a un tiempo, conformarán un libro, y por eso quiero meter también las que se publicaron ya en catalán. No sé si está claro: sería una columna básicamente literaria”. Así, el narrador comenzó a redactar para LUN.

El contacto con Braithwaite ya venía desde antes; se habían conocido en 1998 en una comida organizada por revista Paula. Se cayeron bien, comenzaron a charlar, y de a poco comenzó a surgir una amistad. “No había ninguna pomposidad, todo muy relajado. Él sugería los temas, no había pauta, era como un divertimento”, cuenta Andrés Braithwaite. ¿Cómo era Roberto trabajando? “Era muy puntual. Si había que entregar un martes a las 6.30, él entregaba a esa fecha y hora. Generalmente en los mails mandaba la columna junto con algún comentario tipo ¿cómo están tus hijos? Hablábamos de otras cosas también, porque esto era sin pretensiones”.

En equivalente al dinero de estos tiempos, el periódico le pagaba 70 mil pesos por columna al autor de Estrella distante. Como Bolaño residía en España, y no había cómo transferir, el mismo editor juntaba el pago en efectivo y se lo entregaba personalmente cuando se daba la ocasión en algún viaje. “Incluso, una vez me pidió que le entregara la plata a su mamá que venía a Chile. Una señora muy amable”, recuerda Braithwaite.

El creador de los personajes Arturo Belano y Ulises Lima narraba de todo en sus columnas, aunque algunas de ellas terminaron convirtiéndose en relatos de sus libros, como “Jim”, el cuento que abre el volumen El gaucho insufrible; o “Playa”, que tuvo su origen en una columna publicada primero en Girona y después en LUN.

Por esos entonces, Bolaño había comenzado a ganar una fama incipiente gracias a Los detectives salvajes y gozaba de estima en los círculos literarios, pero no era un autor best seller. Por lo mismo, la columna pasaba más bien inadvertida en el diario, en ningún caso causaba furor. Solo la gente más interesada en los libros valoraba el espacio, que era compartido con el escritor español Enrique Vila-Matas. “El bolañismo vino después de su muerte”, apunta Braithwaite.











martes, 18 de junio de 2019

Exilio distante: Roberto Bolaño y el exilio en México

Por Martín Cinzano
Carcaj.cl, 02.09.2018



A la mitad de este verso Roberto Bolaño me hace una pregunta idiotamente dostoievskiana y lo perdono es poeta el huevón y en su patria donde está sentado (riente soberano) en una verga de burro el cadáver de Nicanor Parra, mueren quelonios, batracios, grillos, palomitas, ardillas de inquieta cola, pavorreales de hermoso abanico, niños, ladillas en los testículos, putas, sobrenombres, fantasmas, hombres, señoras y señores dando vuelta a la plazuela, el arca de Noé en pleno
y todo
contra su muy puta y muy perra y muy leal voluntad
Orlando Guillén, Versario pirata (1979)


En escritores como Ernest Hemingway, José Revueltas o Jack Kerouac hay ciertos espacios entre biografía y obra por donde se cuela toda una imaginería, como las invenciones infantiles que a la postre acaban convirtiéndose en pequeños mitos, privados y públicos: un relato que alguien se cuenta frente al espejo, agregándole o restándole a cada tanto nuevos detalles. Y uno de los más visitados territorios en estos autorrelatos es el de la guerra; haber estado en la guerra, cualquier tipo de guerra, personal o colectiva, sangrienta o puramente literaria, revolucionaria o imperialista, para, desde ahí, montar una obra como el ajado documento de un sobreviviente. ¿Es que el silencio de quienes vuelven de esos campos, al cual se refería Walter Benjamin, se troca por la locuacidad megalómana de los escritores, reacios a aceptar o harto dispuestos a disimular aquel dictum según el cual “somos pobres en historias memorables”? En Chile, el caso cómico, desbordado, es el de Vicente Huidobro, destacado mitómano que regresó de la Segunda Guerra Mundial cargando un teléfono que, según él, pertenecía a Hitler. Roberto Bolaño, que después de todo era un narrador, construyó un relato más sólido, y su obra narrativa, podría afirmarse, en buena parte es otra construcción del mito del sobreviviente, pero con implicancias y estrategias particulares que impactan directamente en su lectura.

Desde 1968 Bolaño fue un inmigrante chileno en México. Después viene ese interregno biográfico, tan vivencial y tan ficticio: en resumen, viaja “por tierra y por mar” a Chile, a “participar en la construcción del socialismo”; cae detenido; es liberado gracias a un par de policías que lo reconocen como antiguo compañero de liceo; regresa a México y en el camino —capítulo huidobriano— dice llegar a conocer a los asesinos de Roque Dalton.

Como sea, desde 1974 a la calidad de inmigrante se sumará la de exiliado político. Su pasaporte no lleva el famoso sello oficial de la letra “L” con el cual se marca a los exiliados chilenos, aunque muchos de ellos simplemente optan por salir del país antes de caer, o recaer, en manos de la dictadura. Ambas condiciones migratorias de todos modos acercarán y a un tiempo alejarán a Bolaño de los contingentes de la diáspora sudamericana en México, cuyos testimonios durante el mandato presidencial de Luis Echeverría (1970-1976) por lo general dan cuenta de una intencionada ceguera ante la política interna del anfitrión en virtud de la “política de puertas abiertas” implementada por los gobiernos priístas. De algún modo, como dice en 2666 el profesor Amalfitano refiriéndose a los intelectuales mexicanos, a los exiliados esta política los desoreja. Ahí está, por ejemplo, el dirigente socialista Alejandro Witker, que en 1974 recibe un salvoconducto expedido por la UNAM y logra salir de Chile luego de permanecer cautivo en los campos de concentración de Isla Quriquina y Chacabuco; en Prisión en Chile (un libro editado en 1975 por el Fondo de Cultura Económica), relata: “El 17 de octubre partí rumbo a México. Estaba abierta la hospitalidad de sus instituciones académicas de nobles tradiciones y la activa solidaridad de su digno presidente, Luis Echeverría”.

Las palabras dignidad y solidaridad son a estas alturas muletillas frecuentes en el lenguaje de la izquierda y de la argucia política en general, pero para los socialistas de la época de Salvador Allende aún tenían sentido. Y sin embargo es un exiliado, un exiliado recién salido de un campo de concentración, quien se las endosa al que a todas luces era, y es, el señalado responsable de al menos dos carnicerías de carácter marcadamente político, Tlatelolco 1968 y el Halconazo de junio de 1971. Aun cuando se trate de un testimonio escrito al calor de una experiencia difícil, en ocasiones extrema, como la del destierro, se podría decir que la política del exilio chileno —del “exilio chileno oficial”, por llamarlo de algún modo, donde resalta la propia Hortensia Bussi—, por tanto, consistió en irse con pies de plomo a la hora de darle una mirada al contexto político mexicano. El gobierno anfitrión (hoy también) parece decir: pasen, los invito a mi casa, les doy trabajo, escriban, pero cuidado: mantengan las manos alejadas del refri. ¿Cuál era la postura de Roberto Bolaño como inmigrante/exiliado al respecto? Un testimonio del infrarrealista José Rosas Ribeyro puede señalar algunos factores a considerar:

            Eran los años del sexenio de Echeverría y todo el mundo parecía haberse olvidado que ese individuo había sido secretario de gobernación en 1968 y uno de los responsables directos de la masacre de Tlatelolco. Recuerdo que en algunos sectores    se trataban de organizar sindicatos independientes, pero era muy difícil y arriesgado enfrentar a los burócratas y matones del PRI.  Con los infrarrealistas no discutíamos casi nunca de política, con Bolaño, en particular, un poco. Se ha dicho que Roberto era trotskista y eso no es verdad. (…) Ocurrió por esos días que un grupo de gentes, “enemigos de Octavio Paz”, tomaron el diario Excélsior y expulsaron arbitrariamente a Julio Scherer y sus colaboradores. La revista Plural, que dirigía Paz y editaba Excélsior, cayó así en manos de una mediocre banda de escritorzuelos medio hampones. Creo yo que los infrarrealistas cometieron entonces (y no digo “cometimos” porque yo me negué a participar en eso) un grave error político al meterse a colaborar con ese nuevo y lamentable Plural. Lo hicieron, creo, sin reflexionar lo suficiente, porque odiaban a Paz y a todo lo que Paz pudiera hacer, decir o fomentar. Más allá de las discrepancias reales que se podía tener con él, lo odiaban visceralmente, a ciegas, y tenían unas ganas muy fuertes y justificadas de     tener un espacio de expresión, el cual les era cerrado debido a las posiciones rebeldes, inconformes, irreverentes, parricidas (en algunos casos) de los infrarrealistas. Así, en ese efímero Plural, tan dudoso en su “izquierdismo” como mediocre en la creación y el pensamiento, se publicaron algunos textos infrarrealistas, algunos excelentes. Textos que hubieran merecido aparecer en otra parte. [1]

Es harto común que en una agrupación pequeña —para colmo integrada por poetas— como es el infrarrealismo, cada quien tenga su versión del movimiento. En ocasiones (aún hoy) la pandilla parece una bolsa de gatos, y el testimonio de Rosas Ribeyro es tan sólo una pequeña muestra de las serias discrepancias existentes entre sus miembros. Pero, precisamente, al tiempo que en el infrarrealismo ocurre lo mismo que después de todo sucede al interior de cualquier partido político, la beligerancia, el “terrorismo cultural”, intentar joderse a Paz (y fracasar en el intento) a costa de cometer gruesos errores, parece un modus vivendi. Ahí quizá se podría hallar, aguzando la vista bastante, un hilo tendido entre Bolaño y su presunto “trotskismo” (con aditamentos de “internacionalismo” incluidos) en cuanto figura de la disidencia: la “tormenta permanente”, ir saltando a la deriva, vagabundear expuesto a la intemperie, “dejarlo todo”, jugarse a fondo en el amor e inventarse un mito son acciones revolucionarias, pero de una revolución (o más bien: de una rebeldía) continua, imposible de contener dentro de los límites impuestos por la burguesía.

No es posible, así, alinearse con la resistencia chilena en el exilio mientras es esa misma resistencia la que silenciosa y diplomáticamente avala la Guerra Sucia en México. Por tanto, se puede y debe blasfemar contra la dictadura gorila de Pinochet, pero desde una postura propia, más aún: una postura propia acreditada por un periplo automitificado como es el viaje de ida y vuelta de Bolaño a Chile. Éstas, por supuesto, no son más que suposiciones acerca de una presunta, muy vaga, posición política del Bolaño exiliado, pero al menos en algunos de sus relatos hay una marcada simpatía hacia aquellos expatriados chilenos más del estilo del Ojo Silva que el de quienes pertenecen a una oficialidad partidista: “No era como la mayoría de los chilenos que por entonces vivían en el DF: no se vanagloriaba de haber participado en una resistencia más fantasmal que real, no frecuentaba los círculos de exiliados”. Asimismo, el distanciamiento ante aquellos círculos, además de operar de acuerdo a la poética contestataria del infrarrealismo frente a las camarillas mafiosas de la poesía mexicana, se interpone desde un punto de vista, ante todo, moral.

            Por aquellos días se decía que el Ojo Silva era homosexual. Quiero decir: en los círculo de exiliados chilenos corría ese rumor, en parte como manifestación de maledicencia y en parte como un nuevo chisme que alimentaba la vida más bien aburrida de los exiliados, gente de izquierdas que pensaba, al menos de la cintura para abajo, exactamente igual que la gente de derecha que en aquel tiempo se enseñoreaba de Chile. (“El Ojo Silva”).

Y en otro relato de Putas asesinas, “Días de 1978”, el narrador señala: “La realidad, una vez más, le ha demostrado que la demagogia, el dogmatismo y la ignorancia no son patrimonio de ningún grupo concreto”. La ubicación de Bolaño en cuanto al exilio chileno en México (y en Europa) quizá forme parte importante de su educación política —toda vez que es ahí donde entra en conflicto con las directrices reaccionarias enraizadas en la propia “gente de izquierdas”—, pero se diría que es justamente a la vista de ese exilio cuando la actividad política deja de gravitar; poco a poco, o de golpe, el pragmatismo, “la demagogia, el dogmatismo y la ignorancia” arraigados en el sistema político —en cuanto estatutos inamovibles de las bajas y altas esferas latinoamericanas— van conformando un obstáculo insalvable para convertirse en el indócil escritor de carrera que Bolaño quiso ser y sin duda fue, gracias, en buena parte, a la introducción de ese sistema, de sus contradicciones y aberraciones, en su narrativa. Porque la actividad política, la grilla del infrarrealismo frente al resto de las cúpulas sectarias será un tema literario y también una forma de hablar y de narrar (en ocasiones, asumiendo cierta voz de autor puro, de desertor perteneciente al linaje de Arquíloco). Específicamente, la política de los años sesenta y setenta en Latinoamérica pasa a convertirse en su materia literaria; y el exilio, en todas sus variantes (y contra el cual despotricará la mayoría de escritores latinoamericanos, algunos de los cuales Bolaño admira), será pues la condición de la literatura, o mejor, como él mismo propuso en uno de sus “Discursos insufribles”: “Literatura y exilio son, creo, las dos caras de la misma moneda, nuestro destino puesto en manos del azar”.


[1] Fragmento de una entrevista de Raúl Silva a José Rosas Ribeyro, como parte de un libro en preparación sobre el infrarrealismo.