jueves, 3 de octubre de 2019

Las ficciones de un escritor chileno podrían incluir su colorido pasado

Por Larry Rohter
The New York Times, 27.01.2009
Traducción de Carlos Almonte
 




En la actualidad, pocos escritores son más aclamados que el novelista chileno Roberto Bolaño, quien murió de una enfermedad hepática en el año 2003, a la edad de 50 años. Su novela póstuma, 2666, apareció en numerosas listas de los mejores libros del 2008 [año de la aparición de 2666 en inglés], y el interés por él y por su obra se ha visto aumentado por una creciente reputación de escritor proscrito de vida difícil.

Ha sido su viuda, de quien estaba separado al momento de su muerte, y Andrew Wylie, el agente contratado después de distanciarse de los amigos y editores de Bolaño, los que ahora desafían la construcción de esa imagen. Difieren de la idea, sugerida (en principio) por el propio señor Bolaño, refrendada por su traductor estadounidense y mencionada en varias de las entusiastas críticas recientes de 2666 en los Estados Unidos, que refieren a que el autor alguna vez "tuvo tratos con la heroína".

[Respecto a la construcción de mitos]

Algunos de los amigos de Bolaño en México, país en el que vivió durante casi una década antes de establecerse cerca de Barcelona, ​​España, cuestionan otro aspecto de la historia de vida que él mismo construyó. Ellos dicen que el Sr. Bolaño, quien ha emergido rápidamente como el escritor latinoamericano más importante de su generación, no estuvo en Chile durante el golpe militar dirigido por el general Augusto Pinochet, a pesar de que él mismo se autoadjudica este honor.

Con respecto a la relación del Sr. Bolaño con las drogas, numerosos críticos y blogueros latinoamericanos y europeos se han puesto del lado de su viuda, acusando a los críticos y editores estadounidenses de distorsionar deliberadamente el pasado del escritor para encajarlo en el cliché comercial del artista perturbado. La vida y obra del Sr. Bolaño ha sido convertida en "un espectáculo trivial", reseñó Julio Ortega, crítico y académico peruano, en El País, el principal diario en España.

El origen de la controversia sobre la heroína [resuelto ya a estas alturas del 2019] se haya en un relato de cuatro páginas que apareció en un compilado titulado Entre paréntesis, publicado un año después de la muerte del Sr. Bolaño. El relato se titula "Playa", y su estructura se compone de una sola oración larga, cuyas palabras iniciales son: "Dejé la heroína, volví a la ciudad y comencé el tratamiento con metadona que me administraron en la clínica".

Ya desde la portada de Entre paréntesis se describe al compilado como una colección de “ensayos, discursos y artículos diversos”. En la introducción, Ignacio Echevarría -crítico y editor español a quien el Sr. Bolaño nombró su albacea literario [con las posteriores destituciones y reasignaciones ya conocidas]- explica que el libro debería ser visto como "una especie de autobiografía hecha de fragmentos" a la vez que como una "cartografía personal" del Sr. Bolaño. Sin embargo, en posteriores entrevistas, el propio Echevarría y Jorge Herralde, editor del autor chileno en la prestigiosa editorial Anagrama, han explicado que la introducción y la portada de las futuras ediciones del libro se cambiarían para dejar en claro que “Playa” es, en realidad, una ficción (cambio que verá la luz ya en la versión en inglés de Entre paréntesis que New Directions publicará el año próximo). “La situación se presta para confusiones, debido a que a Bolaño le gustaba jugar bromas y crear misterios", mencionó Herralde. “Es una posibilidad el que haya estado tratando de tender una trampa a sus futuros biógrafos”, considera.

El texto en cuestión, “Playa”, fue publicado originalmente en el diario madrileño El Mundo, en julio del año 2000, como parte de una serie de relatos en que se pidió a treinta escritores que relataran el peor verano de sus vidas. El editor del suplemento literario, Manuel Llorente, dijo que la mayoría de los escritores respondieron con "relatos que eran clara e incuestionablemente autobiográficos", pero que nunca había estado seguro de la veracidad en la contribución de Bolaño. “Era sabido que Bolaño era un escritor que jugaba con la realidad, que creaba ambigüedades e identidades falsas, así que no importaba mucho si el relato presentado era verdadero o inventado”, dijo Llorente en una entrevista. "Para mí, lo único importante era su valor literario”.

El Sr. Wylie, quien comenzó a manejar el trabajo del Sr. Bolaño el año pasado, dijo en una entrevista telefónica que la viuda del escritor, Carolina López (a quien el Sr. Bolaño conoció después de mudarse a España a fines de la década de 1970), le había "mencionado de pasada" que ella consideraba que los informes sobre el uso de heroína de su esposo eran, al menos, "inexactos". Sin embargo, se negó a discutir el asunto más a fondo, diciendo que "el trabajo de detective literario" no le interesaba.

Pero la investigación literaria fue uno de los temas favoritos del Sr. Bolaño. Tanto 2666 como su predecesor igualmente elogiado, The Savage Detectives, tratan sobre bandas de poetas y críticos que intentan rastrear la verdad sobre escritores que han desaparecido de la historia o que se ocultaron detrás de versiones turbias de sus pasados. En entrevistas telefónicas desde España y México, los amigos y cercanos del Sr. Bolaño sugirieron que el autor siempre aceptó de buena gana la ambigüedad. "Él creó su propio mito", dijo la mujer con la que el escritor estaba involucrado románticamente al momento de su muerte (pidió que no se publicara su nombre porque quiere preservar su privacidad). "Nadie puede negar que él jugó ese juego, y él mismo, sin duda, sería el primero en admitirlo", culminó.

Según la biografía conocida, el Sr. Bolaño se mudó a México en 1968, pero regresó a Chile a principios de la década de 1970 para apoyar al gobierno socialista del presidente Salvador Allende. Luego fue supuestamente arrestado y encarcelado durante el golpe de estado que llevó al general Pinochet al poder el 11 de septiembre de 1973, pero fue salvado de una posible ejecución por dos guardias con los que había sido compañero en la escuela secundaria. Ellos fueron los que lo reconocieron y le permitieron escapar. Por otro lado, algunos de los amigos mexicanos del Sr. Bolaño, que estuvieron en Chile durante los años de Allende, dicen que el escritor estuvo en México durante el tiempo que afirmó haber estado en Chile.

A mediados de los 70 "hablamos mucho sobre Chile, y era obvio, para mí, que Roberto no había estado allí y, a la vez, que estaba dejando que la gente pensara que sí", dijo Ricardo Pascoe, un sociólogo y diplomático mexicano, cuyo hogar fue el escenario de algunas de las fiestas y lecturas que el Sr. Bolaño describiría más tarde en Los detectives salvajes. "Me preguntaba sobre cosas que cualquier persona que hubiera estado allí, habría sabido".

El padre del Sr. Bolaño, León, excamionero y boxeador, dijo desde México que creía que su hijo había estado en Chile, y recordó una conversación en la que el joven Bolaño le decía que "iba a viajar por tierra" para visitar a la hermana de su padre. Aunque no está seguro de la fecha de ese viaje, León Bolaño, ahora de 82 años y enfermo, dijo que después del golpe buscó y obtuvo las garantías del gobierno mexicano para evacuar a su hijo a través de la embajada de México en Chile.

A esto habría que decir que Pascoe fue uno de los miles de jóvenes latinoamericanos que viajaron a Chile después de que Allende fuera elegido en 1970, con el objetivo de participar en la revolución que todos habían estado esperando. Durante el derramamiento de sangre que acompañó al golpe de estado de Pinochet, él y un centenar de personas se refugiaron en la Embajada de México en Santiago hasta que pudieran ser repatriados. El Sr. Bolaño, dijo el Sr. Pascoe, "definitivamente no estaba allí". Dijo que una vez le preguntó directamente al Sr. Bolaño si había estado en Chile y "su respuesta fue tan vaga que me hizo querer decir: ¿Por qué no respondes sí o no? Pero me caía bien y nuestra amistad no se basaba en la política, así que no me importó. Pero está claro que no había estado allí”.

Los amigos mexicanos del Sr. Bolaño dijeron que simplemente estaba avergonzado de admitir que estuvo ausente de la que fue considerada la experiencia política definitoria de su generación. "Entiendo por qué mintió, porque se arrepintió de haberse perdido, de no haber estado allí", dijo Carmen Boullosa, novelista, dramaturga y poeta que mantuvo correspondencia permanente con el Sr. Bolaño.

Rodrigo Fresán, un novelista argentino que vive en Barcelona, ​​dijo: "La biografía de Roberto va a ser interesante de leer, y estoy agradecido de que solo fui su amigo y no el que tendrá que escribirla". Otros que conocen al Sr. Bolaño solo por su trabajo han llegado a la misma conclusión.

"Es un ejercicio difícil el tratar de mantenerse al día con los juegos de un escritor que juega con los hechos y la ficción", dijo Marcela Valdés, una de las críticas estadounidenses que se ha referido al uso de heroína en sus ensayos sobre el Sr. Bolaño. "En este caso, puede que nos haya atrapado".
















lunes, 9 de septiembre de 2019

10 años sin Roberto Bolaño: las pistas que dejó el detective salvaje

Editorial
La Segunda, Chile. 12.07.2013



Este lunes se cumple una década de la partida de, posiblemente, el escritor latinoamericano más trascendente de los últimos tiempos, el que logró "liberar a la escritura latinoamericana del realismo mágico". Manuscritos perdidos, herederos y supuestas adicciones, sólo han acrecentado el mito. 


Aunque ya era un autor reconocido -es cosa de revisar los premios y alabanzas cosechados por Los detectives salvajes (1998)- la muerte de Roberto Bolaño a los 50 años, el 15 de julio de 2003, encendió los mecanismos con que la industria cultural vuelve leyenda a un escritor. Primero fue la publicación póstuma de 2666 (2005) (*Nota de la redacción: el año de publicación de 2666 es 2004), una ultraviolenta y magistral novela de más de mil páginas y que originalmente serían cinco libros. Como confirma su círculo cercano, el escritor se encerró en su estudio de Blanes (Barcelona) para terminarla, sabiendo que le quedaba poco tiempo. La idea del autor era asegurar económicamente el futuro de sus dos hijos, Lautaro y Alexandra. Después de pensarlo mucho, Jorge Herralde (editor de Anagrama) e Ignacio Echevarría, crítico y confidente del autor, decidieron publicarla tal como la conocimos.

Después vendría la obtención del National Book Critics Circle Awards en EE.UU. y los elogios en bloque de Patti Smith, la prensa especializada y popular ("The New York Times" lo calificó de "obra maestra") y la aparición de un flamante ejemplar en el programa de Oprah Winfrey, la mujer más mediática de la televisión estadounidense. Todo lo anterior, más la visionaria defensa de Susan Sontag, pavimentó un hito: Bolaño llegó a convertirse en best seller (en las dos editoriales estadounidenses que tienen sus derechos: la exquisita New Directions y la masiva Farrar, Straus & Giroux) y fue considerado casi unánimemente como el autor latinoamericano más importante después del boom sesentero de Vargas Llosa y García Márquez. De hecho, el "New Yorker" lo alabó por "liberar a la escritura latinoamericana del realismo mágico".

Sin embargo, este despegue mundial vino acompañado de varias polémicas que han alimentado -a veces tímidamente- el comidillo del ambiente literario en español. Estas son algunas de ellas.


¿Adicto a la heroína?

En una admirada reseña de 2666, a cargo de Jonathan Lethem, en "The New York Times", se dio por hecho que Bolaño tuvo un periodo de adicción a la heroína. Un dato que también fue aludido por "The New Yorker", "The Guardian" y la revista "Time", donde el autor del artículo incluso aseguró que recién llegado a España, en 1977, comenzó un periodo de experimentación con drogas.

Todo esto provocó una polémica -algo exagerada- en internet y su círculo íntimo que obligó al mismo diario que inició el mito a investigar el origen. Al parecer, el malentendido surgió con una mala interpretación de "Playa", un cuento publicado originalmente en "El Mundo" de España, para una sección donde diversas personalidades recuerdan el peor verano de sus vidas. Allí, abre el relato -donde juega con lo autobiográfico- con la frase: "Dejé la heroína y volví a mi pueblo y empecé con el tratamiento de metadona que me suministraban en el ambulatorio".

Un dato que fue utilizado por los biógrafos anglosajones con la misma naturalidad con que le harían un perfil a una estrella de rock. De hecho, la estrategia de vender a Bolaño como un poeta "maldito" que padeció los rigores de Pinochet y la violencia mexicana, dio frutos. Sin embargo, el autor de la investigación que desmintió su adicción -Larry Rohter- lanzó otro dardo: ninguno de los amigos mexicanos consultados recuerda que Bolaño haya viajado a Chile para participar de los últimos días (de gobierno) de Salvador Allende, siendo tomado preso y liberado por un militar amigo. "(Los amigos) dijeron que él sentía vergüenza de admitir que estuvo ausente de la experiencia política que, aún hoy, define a su generación", aseguró el periodista en la nota de 2009 que, nuevamente, dio a entender que el propio Bolaño jugó con su biografía para despistar a fans y periodistas.


La "María Kodama" de Bolaño

Publicar mails enviados por el escritor a sus amigos, ya no es una tarea tan simple. Grabar un documental y organizar una exposición tampoco. Lo mismo que rescatar algún texto inédito como lo hizo una web literaria chilena hace un par de años. Todo por prohibición de Carolina López, viuda y heredera oficial de Bolaño. En abril de este año impidió la exhibición -en Canal 13 Cable- del documental "Estrella distante", de Darinka Guevara y Jordi Lloret. En él se mencionaba que la pareja del escritor era la también española Carmen Pérez, algo que le molestó profundamente; más allá de que el material estuviera hecho sin su autorización, como justificaron sus abogados. (Bolaño y López) Se casaron en 1985 y, aunque seguían legalmente juntos, Bolaño era pareja de Pérez hace muchos años ya. El plan era separarse, luego del trasplante de hígado.

Comparada con María Kodama y Yoko Ono, la heredera de Bolaño hace notar su poder al intentar mantener la historia "oficial", sin considerar a la pareja que acompañó a Bolaño el mismo día de su muerte, la misma que manejó a toda velocidad desde Blanes a Barcelona (60 kilómetros), intentando salvarle la vida.

La primera muestra de poder de López fue cuando despidió a Andrew Wylie, "El Chacal", su agente estadounidense, al mismo tiempo que "limpió" su entorno de varios amigos entrañables de Bolaño. Celosa de la obra de su marido, su idea era negociar ella misma los acuerdos de publicación de cualquier inédito (Bolaño dejó cientos de papeles).

Algunas fuentes señalan que ella es capaz de impedir la publicación de poemas en antologías o incluso de quien pretenda recitarlos en público. Sobre la relación de ella con Anagrama, la editorial que publicó su obra gruesa en nuestro idioma, no se sabe nada hasta el momento.


Condenado a sufrir el destino de Jimi Hendrix

Además de las novelas y cuentos, Bolaño dejó una gran cantidad de material: manuscritos, cuadernos, correos electrónicos y un puñado de libros de poesía de distribución discreta. Lo lógico sería rescatarlo como el militante del movimiento infrarrealista y autor de textos como Reinventar el amor (1976), Los perros románticos (1993) o El último salvaje (1995). Material hay, incluso muchísimas piezas líricas incluidas en antologías o revistas universitarias mexicanas o españolas.

Sin embargo, lo más espectacular han sido las exhumaciones de El tercer Reich (2010) y, muy especialmente, Los sinsabores del verdadero policía (2011). Dos novelas póstumas que abrieron el apetito sobre las posibilidades de dar con nuevo material. Algo que, al parecer, no será posible en el mediano plazo.

Esto no quiere decir que el disco duro de su computador y los centenares de páginas desordenadas en su casa no estén sometidos a una revisión y catalogación. Al parecer, según algunos editores consultados, Carolina López quiere esperar que las traducciones en inglés y otros idiomas cumplan su ciclo antes de atacar con nuevo material. Es cosa de ver lo que se exhibió en la muestra catalana “Archivo Bolaño” (*Muestra cuyo título fue tomado, evidentemente y sin ningún tipo de consulta, de un espacio virtual de existencia muy anterior a la misma, y muy cercano al lugar donde está leyendo, ahora, esta publicación).

Hay novelas autobiográficas como La virgen de Barcelona (fechada en 1979), D.F. La Paloma, Tobruck, Diorama y El espíritu de la ciencia ficción, dedicada a Philip K. Dick. Un material precioso que anuncia las obras mayores que publicó. Por algo Bolaño no peleó por su publicación hasta el final. A propósito de eso, el "The New York Times" trazó un paralelo con el mundo del rock que quizá a Bolaño -fan de The Pogues y Suicide- le hubiera gustado: "El escritor parece condenado a sufrir el destino de Jimi Hendrix o Jim Morrison... de quienes han comercializado desechos y fragmentos de la creatividad del difunto para sus más ardientes fans".


Coordenadas para llegar a un maestro del disfraz

Roberto Bolaño era un maestro del disfraz, de la misma manera que Andy Warhol, quien despistaba con ironías o datos falsos a quienes intentaban hurgar torpemente en sus procesos creativos. Pero, a diferencia del artista pop, famoso por lo monosilábico en las entrevistas, Bolaño hablaba hasta por los codos. De ahí lo fascinante de Bolaño por sí mismo (Ediciones UDP, 2006), una compilación de notas dadas a "El País", "Mensaje" o "Playboy", donde el escritor deja invisible al entrevistador. Leer sus respuestas en perspectiva funciona como un manual de supervivencia. "Ser escritor no es agradable", dice en un momento. "No, agradable no es la palabra. Es una actividad que no carece de momentos muy divertidos, pero conozco otras actividades aún más divertidas". Pero también, nunca dejaba de hablar de su país. Porque Bolaño nunca dejó de estar conectado. "Chile es un país en donde ser escritor y ser cursi es casi lo mismo". Y también tenía frases contundentes, de esas que se podrían enmarcar: "Asesino o detective: no hay otra elección para un hombre".

En Para Roberto Bolaño (Acantilado, 2005), el emblemático editor de Anagrama, Jorge Herralde, recopila columnas, conferencias y artículos donde el chileno es el protagonista. Ahí se rescató por primera vez una frase que debería enmarcarse: "Cada vez que leo que alguien habla mal de mí me pongo a llorar, me arrastro por el suelo, me araño, dejo de escribir por tiempo indefinido, el apetito baja, fumo menos, hago deporte, salgo a caminar a orillas del mar, que, entre paréntesis, está a menos de treinta metros de mi casa, y les pregunto a las gaviotas, cuyos antepasados se comieron a los peces que se comieron a Ulises, ¿por qué yo, por qué yo, que ningún mal les he hecho?".

Bolaño pasó la mayor parte de su vida entre México y Barcelona. En el D.F. terminó de configurar su estilo a partir de la poesía y la fundación del movimiento infrarrealista. Entre 1971 y 1972, el reconocido poeta nacional Jaime Quezada vivió en su casa. Justo cuando el autor, de 18 años, abandonaba el colegio y se embarcaba en la lectura frenética de Cortázar, Kafka y Proust, entre otros. Todo eso es narrado en Bolaño antes de Bolaño (Catalonia, 2007). "Llegué a los 15 años a México y fue alucinante. A partir de ahí pasé de ser un lector prudente a un lector voraz, y de ladrón de libros me convertí en atracador de libros", dijo Bolaño sobre esa época.

Otras puertas de acceso a la personalidad de Bolaño están en El hijo de Míster Playa (Almadía, 2012), de Mónica Maristain, una extensa semblanza e investigación a cargo de la amiga que, como editora de Playboy, le hizo la última entrevista. También destaca Entre paréntesis (Anagrama, 2004), compilación de columnas y artículos como el de la cena que tuvo con Diamela Eltit y Jorge Arrate, que sacó ronchas en 1999, y Bolaño salvaje (Candaya, 2008) que se relanzó con nuevo material y que recopila textos íntimos de figuras como Rodrigo Fresán, Enrique Vila-Matas y Juan Villoro, entre otros.

El último lanzamiento es "Archivo Bolaño 1977-2003" (*Libro de la muestra cuyo título fue tomado, evidentemente y sin ningún tipo de consulta, de un espacio virtual de existencia muy anterior a la misma, y muy cercano al lugar donde está leyendo, ahora, esta publicación), el libro con la exposición hecha en Barcelona que contiene testimonios, fotografías inéditas y abundante material, como cuadernos y manuscritos.










miércoles, 7 de agosto de 2019

El humor en el rellano

Por Roberto Bolaño
Las Últimas Noticias, 20.01.2003




Cortázar se quejaba de la carencia de una literatura erótica en el ámbito latinoamericano. Con la misma razón hubiera podido quejarse de la ausencia de una literatura humorística. Los clásicos, por llamarlos de alguna manera, quiero decir los clásicos de nuestros países en desarrollo, sacrificaron el humor en aras de un romanticismo cursi y en aras de textos pedagógicos o, en algunos casos, de denuncia, que mal resisten el paso del tiempo y que si se mantienen es por un afán voluntarista de bibliófilo, no por el valor real, el peso real de esa literatura.

En algunos modernistas o vanguardistas tempranos es dable leer, sin embargo, páginas de humor de ley. No son muchos, pero son. Recuerdo a Tablada, textos muy poco conocidos de Amado Nervo, fragmentos en prosa de Darío, cuentos de horror y humor de Lugones, las primeras incursiones de Macedonio Fernández. Posiblemente, sobre todo en el caso de Nervo, este humor es involuntario. Los hay también, excelentes prosistas y poetas, en cuya obra el humor brilla por su ausencia. Martí es el máximo exponente de este tipo de escritores, pese a “La edad de oro”.

En la literatura latinoamericana, los escritores que se ríen son contados con los dedos, y en no pocas ocasiones su risa es amarga.

Podría decirse que en la Latinoamérica rural, provinciana, el humor es un ejercicio en decadencia y que solo vuelve a renacer con la llegada masiva de los emigrantes de principios del siglo XX. Nuestros próceres, que en materia de pensamiento casi siempre fueron unos patanes, desconocieron a Voltaire y a Diderot y a Lichtenberg, y en el colmo de los colmos no leyeron nunca, o mal leyeron, o dijeron que habían leído, mintiendo como bellacos, al Arcipreste de Hita, a Cervantes, a Quevedo.

Es en el siglo XX cuando el humor, tímidamente, se instala en nuestra literatura. Por supuesto, los practicantes son una minoría. La mayoría hace poesía lírica o épica o se refocila imaginando al superhombre o al líder obrero ejemplar o deshojando las florecillas de la Santa Madre Iglesia. Los que se ríen (y su risa en no pocas ocasiones es amarga) son contados con los dedos. Borges y Bioy, sin ningún género de dudas, escriben los mejores libros humorísticos bajo el disfraz de H. Bustos Domecq, un heterónimo a menudo más real, si se me permite esta palabra, que los heterónimos de Pessoa, y cuyos relatos, desde los “Seis problemas para don Isidro Parodi” hasta los “Nuevos cuentos de H. Bustos Domecq”, deberían figurar en cualquier antología que sea algo más que un poco de basura, como hubiera dicho don Honorio, precisamente. O no.

Pocos escritores acompañan a Borges y a Bioy en esta andadura. Cortázar, sin duda, pero no Arlt, que como Onetti opta por el abismo seco y silencioso. Vargas Llosa en dos libros y Manuel Puig en dos, pero no Sábato ni Reinaldo Arenas, que contemplan hechizados el destino latinoamericano. En poesía, antaño un lugar privilegiado para la risa, la situación es mucho peor: uno diría que todos los poetas latinoamericanos, inocentes o de plano necios, se debaten entre Shelley y Byron, entre el flujo verbal, inalcanzable, de Darío, y las expectativas nerudianas de hacer carrera. Enfermos de lírica, enfermos de otredad, la poesía latinoamericana camina a buen paso hacia la destrucción. El bando de lo que en Chile se llama muy apropiadamente “tontos graves” es cada vez mayor. Si releemos a Paz o si releemos a Huidobro advertiremos una ausencia de humor, una ausencia que a la postre resulta ser una cómoda máscara, la máscara pétrea. Menos mal que tenemos a Nicanor Parra. Menos mal que la tribu de Parra aún no se rinde.











miércoles, 10 de julio de 2019

Bolaño columnista: la historia tras su participación en periódicos

Por Pablo Retamal N.
La Tercera, Culto. 15.04.2018


El autor de Los detectives salvajes redactó columnas en España y Chile. En su tiempo pasaron inadvertidas, puesto que aún no era el escritor best seller que conocemos hoy.


Roberto Bolaño no solo fue narrador y poeta. Hacia los últimos años de su vida tuvo una participación como columnista en medios escritos. La primera de estas fue para Diari de Girona, de la provincia donde residía, en Cataluña, España. Según cuenta el editor Ignacio Echevarría en el prólogo del libro póstumo Entre paréntesis, esto comenzó en enero de 1999. Durante un año y medio, las colaboraciones eran originalmente elaboradas en castellano para luego ser traducidas y publicadas en catalán.

A mediados de 2000, poco después de terminar su participación en ese matutino, Roberto Bolaño le envió un mail a su amigo Andrés Braithwaite, quien trabajaba en el diario Las Últimas Noticias, proponiéndole la idea de tener un espacio semanal: “A mí me gustaría tener una columna en donde pueda hablar del más desconocido poeta provenzal hasta el más conocido novelista polaco, todo lo cual en Santiago sonará por igual a chino. De hecho, esas crónicas, de aquí a un tiempo, conformarán un libro, y por eso quiero meter también las que se publicaron ya en catalán. No sé si está claro: sería una columna básicamente literaria”. Así, el narrador comenzó a redactar para LUN.

El contacto con Braithwaite ya venía desde antes; se habían conocido en 1998 en una comida organizada por revista Paula. Se cayeron bien, comenzaron a charlar, y de a poco comenzó a surgir una amistad. “No había ninguna pomposidad, todo muy relajado. Él sugería los temas, no había pauta, era como un divertimento”, cuenta Andrés Braithwaite. ¿Cómo era Roberto trabajando? “Era muy puntual. Si había que entregar un martes a las 6.30, él entregaba a esa fecha y hora. Generalmente en los mails mandaba la columna junto con algún comentario tipo ¿cómo están tus hijos? Hablábamos de otras cosas también, porque esto era sin pretensiones”.

En equivalente al dinero de estos tiempos, el periódico le pagaba 70 mil pesos por columna al autor de Estrella distante. Como Bolaño residía en España, y no había cómo transferir, el mismo editor juntaba el pago en efectivo y se lo entregaba personalmente cuando se daba la ocasión en algún viaje. “Incluso, una vez me pidió que le entregara la plata a su mamá que venía a Chile. Una señora muy amable”, recuerda Braithwaite.

El creador de los personajes Arturo Belano y Ulises Lima narraba de todo en sus columnas, aunque algunas de ellas terminaron convirtiéndose en relatos de sus libros, como “Jim”, el cuento que abre el volumen El gaucho insufrible; o “Playa”, que tuvo su origen en una columna publicada primero en Girona y después en LUN.

Por esos entonces, Bolaño había comenzado a ganar una fama incipiente gracias a Los detectives salvajes y gozaba de estima en los círculos literarios, pero no era un autor best seller. Por lo mismo, la columna pasaba más bien inadvertida en el diario, en ningún caso causaba furor. Solo la gente más interesada en los libros valoraba el espacio, que era compartido con el escritor español Enrique Vila-Matas. “El bolañismo vino después de su muerte”, apunta Braithwaite.











martes, 18 de junio de 2019

Exilio distante: Roberto Bolaño y el exilio en México

Por Martín Cinzano
Carcaj.cl, 02.09.2018



A la mitad de este verso Roberto Bolaño me hace una pregunta idiotamente dostoievskiana y lo perdono es poeta el huevón y en su patria donde está sentado (riente soberano) en una verga de burro el cadáver de Nicanor Parra, mueren quelonios, batracios, grillos, palomitas, ardillas de inquieta cola, pavorreales de hermoso abanico, niños, ladillas en los testículos, putas, sobrenombres, fantasmas, hombres, señoras y señores dando vuelta a la plazuela, el arca de Noé en pleno
y todo
contra su muy puta y muy perra y muy leal voluntad
Orlando Guillén, Versario pirata (1979)


En escritores como Ernest Hemingway, José Revueltas o Jack Kerouac hay ciertos espacios entre biografía y obra por donde se cuela toda una imaginería, como las invenciones infantiles que a la postre acaban convirtiéndose en pequeños mitos, privados y públicos: un relato que alguien se cuenta frente al espejo, agregándole o restándole a cada tanto nuevos detalles. Y uno de los más visitados territorios en estos autorrelatos es el de la guerra; haber estado en la guerra, cualquier tipo de guerra, personal o colectiva, sangrienta o puramente literaria, revolucionaria o imperialista, para, desde ahí, montar una obra como el ajado documento de un sobreviviente. ¿Es que el silencio de quienes vuelven de esos campos, al cual se refería Walter Benjamin, se troca por la locuacidad megalómana de los escritores, reacios a aceptar o harto dispuestos a disimular aquel dictum según el cual “somos pobres en historias memorables”? En Chile, el caso cómico, desbordado, es el de Vicente Huidobro, destacado mitómano que regresó de la Segunda Guerra Mundial cargando un teléfono que, según él, pertenecía a Hitler. Roberto Bolaño, que después de todo era un narrador, construyó un relato más sólido, y su obra narrativa, podría afirmarse, en buena parte es otra construcción del mito del sobreviviente, pero con implicancias y estrategias particulares que impactan directamente en su lectura.

Desde 1968 Bolaño fue un inmigrante chileno en México. Después viene ese interregno biográfico, tan vivencial y tan ficticio: en resumen, viaja “por tierra y por mar” a Chile, a “participar en la construcción del socialismo”; cae detenido; es liberado gracias a un par de policías que lo reconocen como antiguo compañero de liceo; regresa a México y en el camino —capítulo huidobriano— dice llegar a conocer a los asesinos de Roque Dalton.

Como sea, desde 1974 a la calidad de inmigrante se sumará la de exiliado político. Su pasaporte no lleva el famoso sello oficial de la letra “L” con el cual se marca a los exiliados chilenos, aunque muchos de ellos simplemente optan por salir del país antes de caer, o recaer, en manos de la dictadura. Ambas condiciones migratorias de todos modos acercarán y a un tiempo alejarán a Bolaño de los contingentes de la diáspora sudamericana en México, cuyos testimonios durante el mandato presidencial de Luis Echeverría (1970-1976) por lo general dan cuenta de una intencionada ceguera ante la política interna del anfitrión en virtud de la “política de puertas abiertas” implementada por los gobiernos priístas. De algún modo, como dice en 2666 el profesor Amalfitano refiriéndose a los intelectuales mexicanos, a los exiliados esta política los desoreja. Ahí está, por ejemplo, el dirigente socialista Alejandro Witker, que en 1974 recibe un salvoconducto expedido por la UNAM y logra salir de Chile luego de permanecer cautivo en los campos de concentración de Isla Quriquina y Chacabuco; en Prisión en Chile (un libro editado en 1975 por el Fondo de Cultura Económica), relata: “El 17 de octubre partí rumbo a México. Estaba abierta la hospitalidad de sus instituciones académicas de nobles tradiciones y la activa solidaridad de su digno presidente, Luis Echeverría”.

Las palabras dignidad y solidaridad son a estas alturas muletillas frecuentes en el lenguaje de la izquierda y de la argucia política en general, pero para los socialistas de la época de Salvador Allende aún tenían sentido. Y sin embargo es un exiliado, un exiliado recién salido de un campo de concentración, quien se las endosa al que a todas luces era, y es, el señalado responsable de al menos dos carnicerías de carácter marcadamente político, Tlatelolco 1968 y el Halconazo de junio de 1971. Aun cuando se trate de un testimonio escrito al calor de una experiencia difícil, en ocasiones extrema, como la del destierro, se podría decir que la política del exilio chileno —del “exilio chileno oficial”, por llamarlo de algún modo, donde resalta la propia Hortensia Bussi—, por tanto, consistió en irse con pies de plomo a la hora de darle una mirada al contexto político mexicano. El gobierno anfitrión (hoy también) parece decir: pasen, los invito a mi casa, les doy trabajo, escriban, pero cuidado: mantengan las manos alejadas del refri. ¿Cuál era la postura de Roberto Bolaño como inmigrante/exiliado al respecto? Un testimonio del infrarrealista José Rosas Ribeyro puede señalar algunos factores a considerar:

            Eran los años del sexenio de Echeverría y todo el mundo parecía haberse olvidado que ese individuo había sido secretario de gobernación en 1968 y uno de los responsables directos de la masacre de Tlatelolco. Recuerdo que en algunos sectores    se trataban de organizar sindicatos independientes, pero era muy difícil y arriesgado enfrentar a los burócratas y matones del PRI.  Con los infrarrealistas no discutíamos casi nunca de política, con Bolaño, en particular, un poco. Se ha dicho que Roberto era trotskista y eso no es verdad. (…) Ocurrió por esos días que un grupo de gentes, “enemigos de Octavio Paz”, tomaron el diario Excélsior y expulsaron arbitrariamente a Julio Scherer y sus colaboradores. La revista Plural, que dirigía Paz y editaba Excélsior, cayó así en manos de una mediocre banda de escritorzuelos medio hampones. Creo yo que los infrarrealistas cometieron entonces (y no digo “cometimos” porque yo me negué a participar en eso) un grave error político al meterse a colaborar con ese nuevo y lamentable Plural. Lo hicieron, creo, sin reflexionar lo suficiente, porque odiaban a Paz y a todo lo que Paz pudiera hacer, decir o fomentar. Más allá de las discrepancias reales que se podía tener con él, lo odiaban visceralmente, a ciegas, y tenían unas ganas muy fuertes y justificadas de     tener un espacio de expresión, el cual les era cerrado debido a las posiciones rebeldes, inconformes, irreverentes, parricidas (en algunos casos) de los infrarrealistas. Así, en ese efímero Plural, tan dudoso en su “izquierdismo” como mediocre en la creación y el pensamiento, se publicaron algunos textos infrarrealistas, algunos excelentes. Textos que hubieran merecido aparecer en otra parte. [1]

Es harto común que en una agrupación pequeña —para colmo integrada por poetas— como es el infrarrealismo, cada quien tenga su versión del movimiento. En ocasiones (aún hoy) la pandilla parece una bolsa de gatos, y el testimonio de Rosas Ribeyro es tan sólo una pequeña muestra de las serias discrepancias existentes entre sus miembros. Pero, precisamente, al tiempo que en el infrarrealismo ocurre lo mismo que después de todo sucede al interior de cualquier partido político, la beligerancia, el “terrorismo cultural”, intentar joderse a Paz (y fracasar en el intento) a costa de cometer gruesos errores, parece un modus vivendi. Ahí quizá se podría hallar, aguzando la vista bastante, un hilo tendido entre Bolaño y su presunto “trotskismo” (con aditamentos de “internacionalismo” incluidos) en cuanto figura de la disidencia: la “tormenta permanente”, ir saltando a la deriva, vagabundear expuesto a la intemperie, “dejarlo todo”, jugarse a fondo en el amor e inventarse un mito son acciones revolucionarias, pero de una revolución (o más bien: de una rebeldía) continua, imposible de contener dentro de los límites impuestos por la burguesía.

No es posible, así, alinearse con la resistencia chilena en el exilio mientras es esa misma resistencia la que silenciosa y diplomáticamente avala la Guerra Sucia en México. Por tanto, se puede y debe blasfemar contra la dictadura gorila de Pinochet, pero desde una postura propia, más aún: una postura propia acreditada por un periplo automitificado como es el viaje de ida y vuelta de Bolaño a Chile. Éstas, por supuesto, no son más que suposiciones acerca de una presunta, muy vaga, posición política del Bolaño exiliado, pero al menos en algunos de sus relatos hay una marcada simpatía hacia aquellos expatriados chilenos más del estilo del Ojo Silva que el de quienes pertenecen a una oficialidad partidista: “No era como la mayoría de los chilenos que por entonces vivían en el DF: no se vanagloriaba de haber participado en una resistencia más fantasmal que real, no frecuentaba los círculos de exiliados”. Asimismo, el distanciamiento ante aquellos círculos, además de operar de acuerdo a la poética contestataria del infrarrealismo frente a las camarillas mafiosas de la poesía mexicana, se interpone desde un punto de vista, ante todo, moral.

            Por aquellos días se decía que el Ojo Silva era homosexual. Quiero decir: en los círculo de exiliados chilenos corría ese rumor, en parte como manifestación de maledicencia y en parte como un nuevo chisme que alimentaba la vida más bien aburrida de los exiliados, gente de izquierdas que pensaba, al menos de la cintura para abajo, exactamente igual que la gente de derecha que en aquel tiempo se enseñoreaba de Chile. (“El Ojo Silva”).

Y en otro relato de Putas asesinas, “Días de 1978”, el narrador señala: “La realidad, una vez más, le ha demostrado que la demagogia, el dogmatismo y la ignorancia no son patrimonio de ningún grupo concreto”. La ubicación de Bolaño en cuanto al exilio chileno en México (y en Europa) quizá forme parte importante de su educación política —toda vez que es ahí donde entra en conflicto con las directrices reaccionarias enraizadas en la propia “gente de izquierdas”—, pero se diría que es justamente a la vista de ese exilio cuando la actividad política deja de gravitar; poco a poco, o de golpe, el pragmatismo, “la demagogia, el dogmatismo y la ignorancia” arraigados en el sistema político —en cuanto estatutos inamovibles de las bajas y altas esferas latinoamericanas— van conformando un obstáculo insalvable para convertirse en el indócil escritor de carrera que Bolaño quiso ser y sin duda fue, gracias, en buena parte, a la introducción de ese sistema, de sus contradicciones y aberraciones, en su narrativa. Porque la actividad política, la grilla del infrarrealismo frente al resto de las cúpulas sectarias será un tema literario y también una forma de hablar y de narrar (en ocasiones, asumiendo cierta voz de autor puro, de desertor perteneciente al linaje de Arquíloco). Específicamente, la política de los años sesenta y setenta en Latinoamérica pasa a convertirse en su materia literaria; y el exilio, en todas sus variantes (y contra el cual despotricará la mayoría de escritores latinoamericanos, algunos de los cuales Bolaño admira), será pues la condición de la literatura, o mejor, como él mismo propuso en uno de sus “Discursos insufribles”: “Literatura y exilio son, creo, las dos caras de la misma moneda, nuestro destino puesto en manos del azar”.


[1] Fragmento de una entrevista de Raúl Silva a José Rosas Ribeyro, como parte de un libro en preparación sobre el infrarrealismo.











jueves, 2 de mayo de 2019

Santa Teresa o “el secreto del mal”: una aproximación a “2666” de Roberto Bolaño

Por Manuel Illanes
Revista Poétika 1, Nº 3, 01.2019



 
Si Los detectives salvajes representa en la obra de Bolaño el acercamiento a un México mítico, luminoso, el territorio de iniciación para Belano, Lima y los real-visceralistas en los terrenos de la poesía, 2666, por el contrario, nos introduce en las zonas oscuras del país, esa suerte de “dimensión desconocida” mencionada por Sergio González Rodríguez en Huesos en el desierto, haciendo eco de lo dicho por R. K. Ressler a propósito de los crímenes de mujeres en Ciudad Juárez. De alguna manera, ambos textos figuran el anverso y el reverso de la imagen que Bolaño comenzó a construir de México casi desde el momento en que pisó el país en 1968, y que siguió desarrollando hasta su muerte ocurrida en 2003, la de una nación que se mueve entre los polos de la maravilla y el horror. Esta distancia no es impedimento, sin embargo, para que desde distintas perspectivas, Los detectives salvajes y 2666 desarrollen el tema del poder como central en sus relatos: mientras que en Los detectives… se nos presenta la historia de un grupo de poetas que desde la marginalidad debe confrontarse con la oficialidad literaria mexicana, liderada por Octavio Paz, que ha establecido un canon acerca de lo que es “apropiado” en la escritura poética -de la que obviamente se hallan excluidos estos poetas-, 2666 traslada este tópico al ámbito del crimen: una de las cinco secciones que componen el libro, “La parte de los crímenes”, narra de forma detallada los asesinatos cometidos a partir de 1993 contra mujeres en Ciudad Juárez, asesinatos en que se manifiesta de manera patente la huella de una cofradía invisible que domina esta ciudad y la frontera norte. Uno y otro libro revelan, entonces, las caras desconocidas de esa Medusa que constituye el poder en México.

En relación a estos crímenes, Carlos Monsiváis ha señalado de forma contundente que existe un vínculo, un lazo que une a los distintos grupos que participan de los asesinatos, lo que ha permitido tanto la impunidad de los crímenes, como su continuidad en el tiempo. Así lo señala en Los mil y un velorios. Crónica de la nota roja en México:

La clave de la “incompetencia” es la alianza entre los gobernantes, los inquilinos del poder judicial, las policías y los empresarios y los terratenientes de Ciudad Juárez y El Paso, Texas. Esta alianza (no tan) en las sombras se inicia con el despojo de tierras comunales, con los fraudes sin castigo y con las técnicas de intimidación y compra del narcotráfico, que exhiben la disponibilidad de jueces, jefes policiales (de distintos niveles), agentes del Ministerio Público, muy altos funcionarios, empresarios, comerciantes, militares, clérigos.

Esta lectura que Monsiváis realiza de la situación en Juárez -que podríamos denominar sadiana (desarrollaremos más adelante esta comparación en profundidad)-, puede ser aplicada también al texto del novelista chileno, por cuanto la idea de una complicidad en torno a los asesinatos entre las distintas fuerzas que gobiernan la ciudad es recogida y ampliada por Bolaño en la sección ya mencionada. Ahí, el novelista chileno ficciona un espacio que replica el horror que se vive día tras día en la urbe fronteriza de Chihuahua: Santa Teresa. Santa Teresa será en la novela de Bolaño el centro de un espanto que se expande por todo México, un agujero negro que engulle las vidas de cientos de mujeres que desaparecen a plena luz y son encontradas después, muertas, la mayoría de ellas violadas y algunas mutiladas, situación que se ha prolongado hasta el presente y que revela la existencia de una cultura de cariz no solo machista, sino que abiertamente misógina, para la cual el cuerpo de la mujer es tan solo el espacio de escritura con que cuentan algunas mafias para reafirmar su dominio sobre el territorio y enviar mensajes a sus asociados o enemigos (tal como nos lo ha señalado Rita Segato). Hay que destacar que el tema de los feminicidios, tratado en 2666, encuentra, al menos, un antecedente en la literatura mexicana: Las muertas, libro publicado por Jorge Ibargüengoitia en 1977. En él, Ibargüengoitia realiza una recreación del caso de las “Poquianchis”, un par de hermanas de Guanajuato que ejercían de proxenetas en varios prostíbulos de su propiedad, situados en los estados de Jalisco y Guanajuato, donde mantuvieron trabajando durante años a jóvenes que eran engañadas para ejercer la prostitución, muchas de las cuales terminaron muertas o asesinadas, siendo inhumadas de manera clandestina en los patios de dichos prostíbulos. Estos crímenes únicamente pudieron haberse cometido gracias a la connivencia tácita de las autoridades civiles y policiales de los estados citados, con las que las “Poquianchis” establecieron una red de contactos e influencias que les permitía atraer a sus víctimas, explotarlas en los burdeles y luego desechar sus cadáveres sin ser descubiertas por casi dos décadas. Esta misma combinación de hechos (los asesinatos de mujeres que pululan debido a la corrupción de las autoridades) es la que deben enfrentar los agentes encargados de resolver los crímenes de Santa Teresa en 2666, lo que hermana ambos textos y los sitúa dentro de una órbita similar en relación a la visión del poder que ellos presentan. También los acerca, por otro lado, el lenguaje forense que utilizan al describir los crímenes, aunque en el caso de la novela de Bolaño esto puede deberse a la admiración que el chileno profesaba hacia autores del género policial y, especialmente, por la influencia de James Ellroy, de quién el novelista era un gran adepto (tal como se refleja en Entre paréntesis donde dedica una pequeña reseña a Mis rincones oscuros), en particular sobre la autobiografía de este autor, publicada en 1996, donde se trata acerca del asesinato irresoluto de su madre y de los feminicidios que él investiga para resolverlo, situados en el contexto del Los Angeles de las décadas de los 50 y 60.

Refiriéndose a esta confluencia de fuerzas políticas, policiales y de los cárteles que estarían detrás de una parte importante de los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, la ensayista argentina Rita Segato ha indicado en un penetrante estudio acerca de estos casos (La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez. Territorio, soberanía y crímenes de segundo estado) que:

El poder soberano no se afirma si no es capaz de sembrar el terror. Se dirige con esto a los otros hombres de la comarca, a los tutores o responsables de la víctima en su círculo doméstico y a quienes son responsables de su protección como representantes del Estado; le habla a los hombres de las otras fratrías amigas y enemigas para demostrar los recursos de todo tipo con que cuenta y la vitalidad de su red de sustentación; le confirma a sus aliados y socios en los negocios que la comunión y la lealtad de grupo permanece incólume. Le dice que su control sobre el territorio es total, que su red de alianzas es cohesiva y confiable, y que sus recursos y contactos son ilimitados.

El concepto de fratría que la ensayista argentina utiliza en su estudio, se encuentra -a mi modo de ver- directamente relacionado con la lectura que unos párrafos antes llamé sadiana refiriéndome a la interpretación que Monsiváis hacía de la situación en Juárez: el Marqués de Sade, en Las 120 jornadas de Sodoma, desarrolla la idea de la existencia de una cofradía, integrada por cuatro hombres adinerados (un aristócrata, un eclesiástico, un banquero y un juez) que deciden recluirse en un castillo y someter a una serie de abusos y vejaciones a un grupo de jóvenes de ambos sexos, especialmente escogidos para tales efectos. Estos hombres representan distintas facetas del poder que, ya en esa época -con el capitalismo alcanzando una incipiente madurez-, despuntaba en la sociedad del Antiguo Orden y se proyectaba hacia el futuro, esto es, el poder del Capital. El hecho de que todos ellos se encuentren asociados bajo un pacto secreto y compartan una misma visión respecto al derecho que los respaldaba para ejercer una violencia sin freno sobre los cuerpos de los jóvenes encerrados en el castillo parece tener una resonancia poderosa en la novela de Bolaño, quién de forma sutil (y otras no tanto) sugiere los vínculos incestuosos que unen a la clase dirigente de Santa Teresa con la policía y los grupos criminales. Esto se refleja, por ejemplo, en los lazos de amistad que unen al jefe de la policía de la ciudad, Pedro Negrete, con el líder de uno de los carteles de Santa Teresa, Pedro Rengifo, al que el primero entrega para el séquito de guardaespaldas del segundo, a Olegario Expósito (Lalo Cura), quien se convertirá en uno de las protagonistas de “La parte de los crímenes”. O en la actuación de las fuerzas de seguridad del Estado, que en distintas escenas de la novela, demuestran una ineptitud y negligencia en la investigación de los casos que está al borde de transformarse en una asistencia directa a los autores de los delitos y que, incluso, han llegado al extremo de adoptar los métodos delincuenciales, torturando a supuestos sospechosos de cometer los crímenes e intentando que éstos se autoinculpen, amén de otras tropelías aun más graves (la escena de la violación de las prostitutas del club La Riviera en los calabozos de un cuartel policial, que figura en la página 501 de 2666, resume a la perfección este punto). O en las reuniones entre los distintos estamentos del gobierno con el objeto de “solucionar” la situación -que más bien parecen el intento de maquillar los entuertos que se cometen en la ciudad-, de la que este fragmento simboliza de modo cabal la estrategia de ocultamiento de los responsables directos:

La vida es dura, dijo el presidente municipal de Santa Teresa. Tenemos tres casos que no ofrecen ninguna duda, dijo el judicial Ángel Fernández. Hay que mirar las cosas con lupa, dijo el tipo de la cámara de comercio. Yo todo lo miro con lupa, una y otra vez, hasta que se me cierran los ojos de sueño, dijo Pedro Negrete. De lo que se trata es de no moverle al cucarachero, dijo el presidente municipal. (Las cursivas son mías)

La particular insistencia que Bolaño pone en asociar las figuras de los representantes más importantes de Santa Teresa (como en la cita anterior) en relación a los crímenes, da cuenta de este afán del novelista por hacer patente la clave sadiana a la que me he referido. En tal sentido, hay otro fragmento de “La parte de los crímenes” que abona sobre la evidencia de los nexos existentes entre las autoridades civiles de Santa Teresa y los capos de los grupos criminales, y su deseo de dirigir las investigaciones en cierta dirección, una que apunte hacia la tesis del asesino único (que en 2666 se encarna en la figura de Klaus Haas) o de crímenes que son el resultado de la violencia intrafamiliar, con el objeto de proteger sus propios intereses:

Dos noches después del hallazgo de los cadáveres se reunieron en un club privado anexo al campo de golf el presidente municipal de Santa Teresa, el licenciado José Refugio de las Heras, el jefe de la policía Pedro Negrete y los señores Pedro Rengifo y Estanislao Campuzano. El encuentro duró hasta las cuatro de la mañana y se aclararon algunas cosas. Al día siguiente toda la policía de la ciudad, se podría decir, se puso a la caza de Javier Ramos.

Es de notarse, además, una característica muy importante que se repite entre las víctimas de los crímenes, que remarca la dimensión sadiana a la que creo apunta Bolaño en esta sección de su novela: de igual forma que en Las 120 jornadas de Sodoma (y aquí es la ficción la que cruelmente se anticipa a la realidad) ellas pertenecen al estrato más bajo de la sociedad -la juarenense, en particular, y la mexicana, en general-, el que corresponde a las mujeres migrantes que laboran en las maquilas por salarios de hambre. Estas víctimas son, desde el punto de vista de los victimarios, material desechable, lo que no solo se expresa por la constante incidencia de los asesinatos entre las féminas de este grupo, y la virulencia que tales crímenes muestran, sino que también por el hecho de que los cadáveres son abandonados en zonas de la periferia de Santa Teresa/Ciudad Juárez, tales como descampados, basurales, barrancas, etc., es decir, que se confundan, literalmente, con los desechos y la basura (lo anterior se ejemplifica en el tiradero El Chile, que es mencionado varias veces en “La parte de los crímenes”, un vertedero ilegal donde se encuentran algunos cuerpos de víctimas, prácticamente irreconocibles). De cierta manera, esto exhibe la absoluta asimetría que hay entre víctimas y victimarios: mientras las primeras se hallan en un estado de total indefensión, siendo muchas veces raptadas a plena luz del día sin que nadie haga nada por ayudarles, los victimarios cuentan con todos los medios para raptarlas, torturarlas, asesinarlas, deshacerse de los cuerpos y desaparecer posteriormente en el anonimato. Lo que surge de esta constatación es la idea de que el poder se manifiesta en tanto realidad incondicional que resguarda a algunos y aniquila sin piedad a otros, siendo estos “otros” aquellos que no pertenecen a la cofradía de la que se forma parte, la que se encuentra detrás de los abusos y vejaciones en Las 120 jornadas... y de los asesinatos en 2666.

Justamente tal rasgo de las mujeres asesinadas, el de su pertenencia a uno de los estratos más bajos de la sociedad y su indefensión, es apuntado por Sergio González Rodríguez en Huesos en el desierto, una obra que funge como contrapunto ensayístico de la ficción elaborada por Bolaño en 2666, ya que en ella se abordan los crímenes de Juárez a través de una serie de reportajes que González produjo como periodista del periódico Reforma, durante los años en que los feminicidios se desarrollaron con mayor fuerza. El recientemente fallecido ensayista señala, refiriéndose a Huesos

Asimismo, el libro ha retratado la puesta en marcha de esta industria maquiladora del exterminio de mujeres pobres, al insistir en el modus operandi de extrema violencia de aquellos asesinos que inscriben signos de odio idiosincrático, misógino, radical, u otros que reflejen los privilegios sociales de quienes patrocinan todo. Las víctimas de esta fábrica de cadáveres en serie han sido objeto de mensajes de secrecía en condiciones específicas de miedo y amenazas de un poder clasista e impune. Sangre, sacrificio, poder, grabados en cada uno de los cuerpos.

La inclusión de Sergio González como personaje de 2666 da cuenta de la dimensión política que Bolaño intenta imprimir a “La parte de los crímenes”: en tanto Huesos en el desierto representa una declaración directa contra la impunidad asociada a los asesinatos en Juárez, y el esfuerzo por desvelar los nombres que están detrás de la cofradía que ordena los crímenes y los encubre, al mostrar la “toma de conciencia” del personaje Sergio González respecto de la situación (“toma de conciencia” que se lleva a cabo paulatinamente en el texto), lo que se nos está sugiriendo, en pocas palabras, es que todos debemos realizar, junto con la lectura, el mismo viaje que guió a González desde una postura inicial de indiferencia hacia una de rechazo de los feminicidios y denuncia de sus causas. Bolaño mismo, reseñando Huesos…en su obra Entre paréntesis, invoca esta cualidad subversiva que posee el texto de González Rodríguez respecto del orden actual de las cosas en México:

Huesos en el desierto es así no sólo una fotografía imperfecta, como no podía ser de otra manera, del mal y de la corrupción, sino que se convierte en una metáfora de México y del pasado de México y del incierto futuro de toda Latinoamérica. Es un libro no en la tradición aventurera sino en la tradición apocalíptica, que son las dos únicas tradiciones que permanecen vivas en nuestro continente, tal vez porque son las únicas que nos acercan al abismo que nos rodea.

Siguiendo la misma línea se encuentra la aparición del personaje Juan de Dios Martínez, uno de los judiciales que debe hacerse cargo de los innumerables casos de mujeres asesinadas en Santa Teresa, en el relato que desarrolla “La parte de los crímenes”. El nombre del judicial es una clara alusión a la obra del poeta chileno Juan Luis Martínez quién, en 1977, editó un libro fundamental: La nueva novela. Publicado en uno de los momentos más oscuros de la dictadura pinochetista, en el texto de Martínez se presenta un alegato cifrado contra los poderes ilimitados del mal, en el cual, el alter ego del autor -justamente este Juan de Dios Martínez- ocupa un papel central. Me parece pertinente citar uno de los fragmentos del poema “La desaparición de una familia”, que figura en La nueva novela, el cual expresa este sentimiento de pérdida de sentido e indefensión completa que implica el rapto de un familiar, para ilustrar la carga significante que Bolaño imprime al texto al aludir a este Juan de Dios en 2666: “Ese último día, antes que él mismo se extraviara / entre el desayuno y la hora del té, / advirtió para sus adentros: / “-Ahora que el tiempo se ha muerto / y el espacio agoniza en la cama de mi mujer, / desearía decir a los próximos que vienen, / que en esta casa miserable / nunca hubo ruta ni señal alguna / y de esta vida al fin, he perdido toda esperanza”.

Las anteriores palabras parecen tener un eco en el párrafo final de “La parte de los crímenes” en que se expresa la sensación de extrañeza, de vivir en un mundo hostil, como el que tenía lugar en el Chile de fines de los 70, pero ahora trasladado a la realidad del México de mediados de los 90, el epicentro de una guerra soterrada entre los diferentes carteles, y entre éstos y el Estado mexicano, en medio de la cual se hallan los civiles inocentes:

Las navidades en Santa Teresa se celebraron de la forma usual. Se hicieron posadas, se rompieron piñatas, se bebió tequila y cerveza. Hasta en las calles más humildes se oía a la gente reír. Algunas de estas calles eran totalmente oscuras, similares a agujeros negros, y las risas que salían de no se sabe dónde eran la única señal, la única información que tenían los vecinos y extraños para no perderse.

Al enlazar la realidad chilena de fines de los 70 con la de las desaparecidas y asesinadas de Santa Teresa/Ciudad Juárez, Bolaño no solo hermana las situaciones políticas de uno y otro país sino que al mismo tiempo establece el campo de acción a seguir, cosa que la inclusión del personaje de Sergio Rodríguez en la novela, a mi modo de ver, ratifica: la oposición a este orden del mal que es el México contemporáneo y el deseo de desvelar el secreto del mal que está detrás de los asesinatos y desapariciones.




Bibliografía


-Bolaño, Roberto. 2666, Editorial Anagrama, Barcelona, 2008

-Bolaño, Roberto. Entre paréntesis, Editorial Anagrama, México, 2013

-González, Sergio. Huesos en el desierto,  Editorial Anagrama, Barcelona, 2005

-Martínez, Juan Luis. La Nueva Novela, Ediciones Archivo, 1977

-Monsiváis, Carlos. Los mil y un velorios. Crónica de la nota roja en México, Random House Mondadori, México, 2010

-Segato, Rita. La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en  Ciudad Juárez. Territorio, soberanía, y crímenes de segundo estado, Tinta Limón Ediciones, Buenos Aires, 2013



Fotografía: Tzompantli, Museo del Templo Mayor, Manuel Illanes