miércoles, 3 de abril de 2019

De la vida de los poetas: anticipo de la poesía reunida de Roberto Bolaño

Por Manuel Vilas
Página 12, Argentina. 31.03.2019

 
Si bien Roberto Bolaño fue reconocido como un gran narrador y novelista latinoamericano, su obra poética no sólo no fue menor ni lateral sino que estuvo en la base de su configuración como escritor. Se formó leyendo poesía y, sobre todo, atento a la vida de los poetas que lo fascinaban y que también alimentaron a muchos de sus mejores personajes. Ahora se publica un tomo de su Poesía reunida (Alfaguara) que además de los volúmenes La Universidad Desconocida, Los perros románticos y Tres, incluye una buena parte de poemas dispersos en revistas y plaquettes prácticamente inhallables. Aquí se anticipa el prólogo que escribió el escritor y poeta español Manuel Vilas para la presente edición.


 
Roberto Bolaño siempre fue devoto de la poesía. Llegó a la literatura de la mano de los poetas, de Baudelaire, de Rimbaud, como él mismo se encargaba de recordar cuando en las entrevistas se le preguntaba por sus orígenes literarios. Una mano dura, la de esos poetas. Su fascinación por la vida y obra del poeta chileno Nicanor Parra es de sobra conocida. Parra fue su poeta tutelar, un poeta que regaló a Bolaño una forma de entender la poesía que estaba directamente relacionada con una manera de vivir. Y esa manera de vivir perseguía la irreverencia, la iconoclastia y el misterio.

A Bolaño le apasionaban los poetas y, sobre todo, la vida de los poetas. Y la vida de los seres humanos que fracasan: “Nunca te enamores de una jodida drogadicta: / Las primeras luces del día te sorprenderán / Con sangre en los nudillos y empapado de orines”. Los poetas que fracasan eran un espectáculo universal. La vida de los poetas fracasados era inquietante y humorística, albergaba una melancólica ironía contra todos los poderes de la tierra: el poder político y el poder económico, y también el cultural.

Los poetas fueron una fiesta. Una fiesta para mendigos. Porque los mendigos que se van de fiesta se convierten en poetas.

Bolaño vio en la poesía una forma de rebeldía y una intriga existencial que engrandecía la vida. Es curioso, porque sin esa apelación a la poesía no se puede entender el conjunto de su obra, especialmente sus dos novelas más celebradas: Los detectives salvajes y 2666. Ese sentido de la rebeldía se manifiesta en una preocupación constante por exhibir las vidas de los fracasados, de los malogrados, de los hundidos, de los seres humanos que no consiguieron arraigar, de los desposeídos, de los que tuvieron mala suerte, de los raros, de los incomprendidos, de los que murieron antes de hora. Y sobre todo de los pobres: “Demos gracias por nuestra pobreza, dijo el tipo vestido con harapos”.

Hay mucha desesperación en la poesía de Roberto Bolaño. Tal vez porque la contemplación de la vida y del mundo de finales del siglo veinte producía extrañeza, destemplanza y angustia. Producía una desesperación inteligente. Yo diría que ése es el sentimiento que predomina en esta poesía: una angustia que viene de muy adentro y que acaba siendo luminosa. Pienso en ese poema en que Bolaño cita a Alain Resnais, quien a su vez recuerda que Lovecraft fue vigilante nocturno en un cine de Providence, y en esa historia el poeta encuentra consuelo, al contemplarse como vigilante nocturno del camping Estrella de Mar. A veces Bolaño comunica telegráficamente su desesperación, pero siempre con una ironía final: “El fracaso. La miseria. La degeneración. La angustia. / El deterioro. La derrota. Dos artículos masculinos / y cuatro femeninos”.

El trovador medieval Guiraut de Bornelh, uno de los personajes que aparece en la poesía de Bolaño, es una sombra del pasado remoto de la literatura desde la que nuestro poeta piensa su propio presente. Con frecuencia Bolaño buscó auxilio privado en la historia de la literatura y también en la amistad de los escritores coetáneos con quien tuvo afinidades vitales. Buscaba un refugio, no sentirse tan solo y desamparado. Hay mucho sentimiento de desamparo en la poesía del autor de Los detectives salvajes. Pensó que ese desamparo era inherente a la tarea del poeta, a la tarea del escritor. Al aprendizaje en el desamparo dio en llamarle “la Universidad Desconocida”, y así se tituló la recopilación de su poesía, preparada durante décadas y finalmente publicada en 2007. Es un título muy en la línea de 2666, formulaciones que encierran un pequeño misterio que nos araña el corazón: sabemos qué significan, pero son tan herméticos que hay algo en esos títulos que esquiva nuestra comprensión. Además, la universidad desconocida posee casi una naturaleza infernal, un abismo que encierra terror y muerte. México puede ser el lugar de la universidad desconocida, todo un país que sirve de alegoría, de símbolo de la desesperación luminosa, de la destrucción elegida en un acto de valor oscuro.

Siempre pensé que había un hermoso paralelismo, un secreto túnel, entre la manera en que aparecen y son caracterizados los poetas en una obra como Luces de bohemia, de Ramón María del Valle-Inclán, y en Los detectives salvajes, de Bolaño. El poeta mexicano Mario Santiago, al que Bolaño dedica varios poemas, se convertirá en el legendario personaje Ulises Lima en la citada novela. La miseria material, la existencia llena de penurias acompañada por la autenticidad moral y la entrega a una vocación poética parecen aunarse en personajes como Max Estrella y Ulises Lima.

Tanto Valle-Inclán como Bolaño idearon teorías estéticas. Valle formuló el esperpento y Bolaño, junto con Mario Santiago y otros poetas mexicanos, el infrarrealismo. La fundación de este último ocurrió a mediados de los años setenta en México. Más allá de los contenidos literarios, tanto el esperpento como el infrarrealismo eran estéticas revulsivas y disolventes. Bolaño entendió el infrarrealismo como una especie de orden mendicante de la posmodernidad, o un rotundo “no” a las convenciones. Los infrarrealistas querían volarle los sesos a la cultura oficial. Valle quería volarle los sesos a la España putrefacta. El poema de Bolaño titulado “Ernesto Cardenal y yo” puede ser un ejemplo de teoría infrarrealista. Tal vez toda esta teoría poética sea un homenaje a México. Puede que México también sea un homenaje al infrarrealismo. En realidad, nadie sabe qué fue el infrarrealismo, más allá de la parodia y de la ironía con respecto a las grandes vanguardias literarias de principios del siglo veinte.

Los poetas parece que son lo único insobornable. Tal vez porque no tengan nada. La miseria radical se convierte en pureza, en un acto político valiente, sólido. Bolaño estaba obsesionado con los poetas, porque eran lo único que se resistía al dinero. No tenían dinero los poetas, pero sí conocimiento. Esa es la paradoja que gustaba al autor de 2666. Memorable es el poema titulado “El dinero”:

“Trabajé 16 horas en el camping y a las 8 de la mañana tenía 2.200 pesetas pese a ganar 2.400 no sé qué hice con las otras 200 supongo que comí y bebí cervezas y café con leche en el bar de Pepe García dentro del camping y llovió la noche del domingo y toda la mañana del lunes y a las 10 fui donde Javier Lentini y cobré 2.500 pesetas por una antología de poesía joven mexicana...”.

La exhibición del dinero, cuando es tan poco dinero, se convierte en la mejor poesía del mundo. En otro poema nos dice: “El dinero que no tendré jamás y que por exclusión hace de mí un anacoreta, el personaje que de pronto empalidece en el desierto”. Es sugerente la imagen del anacoreta posmoderno, del escritor que se sabe inútil para ganar dinero, y sabe que eso lo es todo, o casi todo. Inútil para ganar dinero, pero no para el sexo. En la poesía de Bolaño, como en su narrativa, el sexo descarnado o fisiológico o explícito tiene una gran relevancia. Los poetas no tenían dinero, pero hacían el amor. Siempre disponibles para la promiscuidad. Los detectives salvajes son salvajes porque son tan pobres como promiscuos, o lujuriosos, qué hubiera dicho Dostoievski. La lujuria o la promiscuidad parecen emociones o postulados infrarrealistas.

El Tercer Mundo, es decir, México, solo nos regala miseria y promiscuidad. Bolaño celebró el Tercer Mundo inventando una danza literaria entre la pobreza y el sexo. Porque el sexo entre pobres es más sexo que entre ricos. La pobreza convierte el sexo en rabia, en la rabia más perturbadora del universo.

No hay nada más preciso para definir a un yo poético que decir cuánto dinero gana y con quién fornica. No hay nada más impúdico, y a la vez tan necesario. Los poetas se convirtieron en “perros románticos”. Y la vida de Bolaño se midió en pesetas. Eso produce melancolía. Es una medida desaparecida, que pertenece al siglo XX, desde donde Bolaño nos mira, en donde Bolaño quedó atrapado. Solo tres años pudo cruzar el siglo XXI, pues, como todo el mundo sabe, murió en 2003, a la edad de cincuenta años. Una edad que hoy hace que pensemos en él como si fuese un poeta joven.




La vida fue una universidad desconocida, eso nos dijo Bolaño. También nos dijo, en una parodia brillante que tenía por objeto la novela negra, que los verdaderos detectives son los poetas (y especialmente los poetas anónimos) y que el futuro que se nos trasladaba en 2666 era una expansión incontrolada de la ficción como una forma de borrosa, ambigua, azarosa existencia.

Siempre con un pie más allá del orden, de la naturaleza y de la vida, así es la literatura de Bolaño, en cualquier género. La poesía de Bolaño se decantó por un simbolismo personal. Es una poesía de tendencia figurativa, no usa la abstracción, aunque sí el irracionalismo y el toque visionario, pero se mueve en un territorio simbólico que se apoya en referentes de la historia de la cultura, del arte y de la literatura. Estoy pensando en el poema titulado “El Greco”, en donde la evocación histórica del pintor se mezcla con una escena erótica que busca la redención del pasado. Porque el destino de los artistas es la muerte, y Bolaño los quiere rescatar, para que vuelvan a estar vivos, bajo esa dimensión imaginaria de la poesía. El poeta nombra en sus poemas a escritores de todos los tiempos, dialoga con ellos, y en alguna medida se encomienda a ellos desde la ironía. Mezcla personajes históricos con personas a quienes el poeta conoció. El resultado es una combinación de historia y vida. Y el sentido final siempre es el de una sentencia presidida por la muerte y la angustia. También fondeó Bolaño en la creación de símbolos crípticos, con imágenes que a veces recuerdan a la poesía de Leopoldo María Panero. La creación de símbolos personales, enigmáticos y de cierto tono distópico o apocalíptico tiene asiento en muchos poemas. El hondo desierto de la realidad y de la condición humana busca ser dicho con acertijos, con arcanos privados. Hay destellos de Jorge Luis Borges, y su influencia se nota específicamente en ese poema río titulado “Un paseo por la literatura”, que acaba siendo un aleph en donde cabe la historia del universo.

Son muchos los poemas que expresan una idea recurrente en esta poesía, y que podría cifrarse en un verso del propio Bolaño, ese que dice “Nada quedará de nuestros corazones”. La conciencia de la inutilidad del arte frente a la muerte y el tiempo hacen que Bolaño adopte la ironía, en una acepción casi lúdica, como remedio, o como bálsamo. Es toda una melancolía, de fundamento clásico, la que aparece en esa constatación: nada quedará de nuestras vidas, por mucho que existan los poetas.

La necesidad de narrar historias, pero historias con poesía dentro, lleva a Bolaño a escribir poemas en prosa. La poesía está en un lugar intermedio. La poesía se ha hecho prosa. En este libro que tiene el lector entre sus manos hay muchos poemas que son, en realidad, breves narraciones. ¿Por qué llamar poesía al relato corto? Porque tampoco son relatos, en puridad. Pues albergan en sus entrañas un sentido poético, un sentido simbólico e irreal de la existencia humana. No buscan narrar unos hechos, sino trascender esos hechos como motivo simbólico de la vida. La prosa narrativa de Bolaño es poesía por eso, por su ambición de decir la condición humana. Hay en estos textos en prosa mucha influencia de Franz Kafka, sobre todo en esa mezcla de amenaza y desasosiego que invade estas pequeñas narraciones, donde la tan famosa autoficción, donde la aparición del propio Roberto Bolaño como personaje, toman un destacado protagonismo. Pensaba nuestro poeta que si contaba en carne propia todo cuanto veía, la vida se ordenaba o al menos vivir servía para algo. Mientras Roberto Bolaño cuenta lo que le pasa a Roberto Bolaño, con absoluto verismo, con un lenguaje coloquial, recurriendo incluso al exabrupto y a las expresiones soeces, es posible encontrar un poco de sosiego, y una finalidad. Justamente la finalidad que no tiene la vida. ¿Por qué hay tantos hechos, tantos personajes o personas, tantas ciudades y países en la vida real? Bolaño no lo sabe. Lo que sabe es que un ser humano pierde la vida, gasta la vida viendo ciudades, caminando las calles de Barcelona, de Ciudad de México, de Castelldefels, de Ciudad Juárez, que invierte la vida en Chile, México y España, que la vida es lo que ocurre en el camping Estrella de Mar (“Un camping debe ser lo más parecido al Purgatorio”) o en la barcelonesa calle Tallers, y que lo mejor es contarlo, porque la vida solo sirve para contarla. Y si la vida solo sirve para contarla, es que estás desesperado, aunque no se note. Que no se note es la tarea del escritor con talento.

En la poesía de Bolaño puede encontrar también el lector el taller del narrador, la trastienda del novelista, y puede observar cómo funciona el trasvase entre poesía y prosa. Muchos de los temas que ocuparán la narrativa del autor de Los detectives salvajes están sugeridos en los poemas, a modo de apunte, a modo de reflexión, a modo de esbozo. Podría hablarse de la “escritura total”, que puede manifestarse en una novela o en un poema. La creación de Bolaño confundía los géneros literarios porque procedía del violento afán de representar la vida: daba igual el género. La urgencia era la vida. Por eso, este libro de poesía reunida es, en rigor, un libro más de Roberto Bolaño sobre Roberto Bolaño. Un libro sobre la vida de Roberto Bolaño, sobre el intento de que la vida de Roberto Bolaño alcance un fin, un sentido, una representación, una existencia, un rostro, una fotografía.

Se podría sintetizar así: hay poesía escondida en sus novelas y hay novelas interrumpidas en su poesía. Porque todo son palabras. Como todo son palabras, Bolaño buscó aquellas que más dolían o más decían, o más escondían, o más cercanas estaban a lo que el propio Bolaño vivió.

Toda la poesía aquí reunida es, pues, de carácter autobiográfico. Bolaño habla de su trabajo de vigilante en el camping Estrella de Mar de Castelldefels, habla de sus amigos, de todo cuanto vio y vivió con ellos, de las mujeres a las que deseó, de las calles y los bares en los que estuvo y fue Nadie. Esa sensación ardiente de pasar por el mundo siendo Nadie, eso está en estos poemas, en estas prosas.

Creo que el lector encontrará especialmente emocionantes los poemas dedicados a Lautaro Bolaño, hijo del poeta. A través del hijo, llega el poeta a reconstruir el rostro de su propio padre, y hasta el del abuelo. Lautaro Bolaño representa la vida que se cumplirá con el padre ya ausente. Él es lo mejor que hubo en la vida del poeta.

El mundo es líquido y no sólido en la literatura de Bolaño. Eso buscó nuestro chileno españolizado y mexicanizado. El estado líquido es muy hermoso, ayuda a tomarse la vida como comedia, una comedia con sus largos quejidos, con tanta irreverencia como desesperación. Eso es este volumen, esta poesía reunida: la comedia íntima de Roberto Bolaño.

Para poder vivir hay que creer en algo. No me gustaría acabar este prólogo sin recordar aquello en lo que creyó Roberto Bolaño. Creyó en el misterio y en la fuerza de la vida, susceptible de ser dichos de manera quijotesca y cervantina a través de las palabras. Al hacer un brutal recuento de sus fracasos editoriales, Bolaño dijo en lo que creía. Lo dijo en este poema: “Rechazos de Anagrama, Grijalbo, Planeta, con toda seguridad también de Alfaguara, Mondadori. Un no de Muchnik, Seix Barral, Destino… Todas las editoriales…  Todos los lectores… Todos los gerentes de ventas… Bajo el puente, mientras llueve, una oportunidad de oro para verme a mí mismo: como una culebra en el Polo Norte, pero escribiendo. Escribiendo poesía en el país de los imbéciles. Escribiendo con mi hijo en las rodillas. Escribiendo hasta que cae la noche con un estruendo de los mil demonios. Los demonios que han de llevarme al infierno, pero escribiendo”.

Un raro poema, líneas desesperadas, en donde el acto de escribir es voluntad, amor y castigo. Un escritor puede arder en el infierno, pero no se consumirá del todo en tanto que su mano en llamas escriba aunque solo sea una sílaba, sea cual sea esta sílaba ignominiosamente secreta.











jueves, 21 de febrero de 2019

Los rastros y los mitos de Bolaño

Por Joaquín Sánchez Mariño 
Diario La Nación, Argentina. 12.07.2015




Roberto Bolaño Ávalos es llevado en auto hacia un hospital de Barcelona. Tiene 50 años y necesita un trasplante de hígado. [Este] No llega: durante la madrugada del 15 de julio de 2003, luego de entrar en coma, muere. Unas horas después, en Chile, la presentadora Carolina Zúñiga anunciará en la televisión: "Se ha muerto Chespirito, se ha muerto el Chavo".

El equívoco es ilustrador: a pesar de haber nacido en Chile, y haber escrito sobre Chile, y haber teñido pesadillas horribles y hermosas sobre Chile, el escritor nunca llegó a ser profeta en su tierra. Y no bastó con que le aclararan a Zúñiga que Roberto Bolaño no era Roberto Gómez Bolaños (el Chavo), porque ni ella, ni los productores, ni la gente en general sabían quién era. Aunque ahora sí: "¿Bolaño? Ah, el que la Zúñiga confundió con el Chavo".

Todo lo que empieza como comedia acaba como tragedia.

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"Hay una infancia chilena, la adolescencia, el año 73, en fin, cosas pequeñas y misteriosas, casi sin importancia, o sin el casi, probablemente cosas sin ninguna importancia, pero que son también las cosas que van construyendo un destino".

(Entrevista de Bolaño con Carolina Díaz)

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Hijo de León Bolaño y de María Victoria Ávalos, Roberto nació en Santiago de Chile el 28 de abril de 1953. Sin embargo, sus primeros años los vivió en la calle Mercedes, del cerro Los Placeres, en Valparaíso. Luego, en 1960 se mudaron a Quilpué, donde pasarían algunos de los años más felices de su infancia. Tenían una casa grande con un jardín delante y detrás, una casa que hoy sigue en pie y que en su frente tiene una placa conmemorativa, acaso la única de todo Chile. Tocamos el timbre, pero nadie acude, solo los cuatro perros que viven ahí, y que ladran y custodian más la privacidad que la placa, que al final del cuento es solo un pedazo de piedra.

Quilpué es una ciudad cercana al mar a la que se llega entre curvas. Desde la altura parece una pequeña villa de pescadores, aunque no tiene mar ni puerto. Casas de madera y cerros con callecitas de tierra. La gente es amable, indica las direcciones sin hablar demasiado. Y camina por el frente de la casa de Bolaño como si nada. Como el chico de unos 12 años que pasea por ahí arrastrando un monopatín. Nos mira, mira la cámara de fotos, la atención inexplicable con que estudiamos la roca. Entonces le preguntamos:

¿Conoces a Roberto Bolaño?
¿El profesor de deportes?

No, un escritor que vivió acá.
Ah. No, po.

Y se va. Entonces nos dedicamos a recorrer Quilpué buscando algunos de los mitos que el propio escritor fue sembrando. Lo hizo en su literatura o en las entrevistas que dio entre 1996 y 2003, los únicos años en los que pudo vivir exclusivamente de la escritura, gracias a la sucesión de premios (el Rómulo Gallegos y el Jorge Herralde), y a la posterior influencia mundial de su obra.

De esos años en Quilpué, Roberto recordaba un caballo. Se llamaba Poncho Roto y se lo regaló su padre, un boxeador profesional, camionero y ganador de varios concursos de físico en la playa, según reconstruye la periodista Mónica Maristain en su biografía El hijo de Míster Playa. Ese caballo vuelve a aparecer en el cuento “Últimos atardeceres de la tierra” (del libro Putas asesinas), donde el personaje lo recuerda con el nombre de Zafarrancho.

También contó varias veces que en ese tiempo le atajó un penal a Vavá. Bien podría ser fabulación, una construcción de sí mismo, o un recuerdo futbolístico glorioso para alguien que nunca fue un gran deportista. Según su relato, vivía al lado del centro deportivo de Quilpué, donde se concentraba la selección brasileña en el Mundial de 1962, y él podía entrar a verlos. Ese centro deportivo sigue estando a 50 metros de la casa que fue de Bolaño. Tiene reposeras, piletas, campos de fútbol. A pocas cuadras de ahí está la Escuela Pública N° 98, donde Bolaño estudió un año y donde su madre daba clases. Frente a la escuela, limpiando la vereda, un hombre pregunta qué hacemos. Decimos “Roberto Bolaño” esperando la expresión de duda que antecede el recuerdo de Chespirito. Pero el hombre abre bien los ojos y dice: "Mi mujer fue al colegio con él". Su mujer es Erna Heidke, compañera de Bolaño hasta quinto básico en el Colegio Alemán, el segundo al que asistió Roberto en Quilpué.

¿Lo recuerda?
Sí, como a un compañerito más. Su cara, sus rasgos Sí, era el Roberto.

¿Cuándo supo que era un escritor reconocido?
Ya hace tiempo, porque nosotros todavía con los compañeros del colegio estamos en contacto, tenemos un grupo y nos reunimos, y por ahí una vez alguien contó y todos nos sorprendimos. Es lindo de pronto saber que uno fue al colegio con una persona tan importante.

¿Recuerda alguna anécdota con él?
Me acuerdo una vez que nos llevó a todos a ver a la selección de Brasil, porque el padre trabajaba con camiones y no sé qué hacía con el centro deportivo y tenía acceso, entonces él nos invitó a sus compañeros. Fue muy lindo.

¿Y le atajó un penal a Vavá?
Ah, eso no recuerdo. ¿Quién es Vavá?

Bolaño 1, Vavá 0.

Todo lo que empieza como comedia indefectiblemente acaba como misterio o como marcha triunfal, ¿no?

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"Toda literatura, en cualquier época, se apoya en sus, digamos, Troyas portátiles, y en ocasiones las crea. En el caso de mi generación, bueno, nuestro valor no fue tan grande como nuestra inocencia o estupidez. Digamos que, en esa épica, lo que contaba era el gesto. Mediante gestos uno construía su novela de aprendizaje, algo que, bien mirado, es bastante tonto y que, a la postre, si las cosas hubieran sido diferentes nos habría convertido en víctimas o verdugos".

(Entrevista con Daniel Swinburn)

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La Biblioteca Nacional de Santiago de Chile tiene 185 entradas con el nombre de Roberto Bolaño. Están sus libros, hay traducciones, ensayos. Hay textos de entrevistas que lo nombran a la pasada, otros que lo enaltecen y otros que lo destrozan. Su relación con el mundo literario chileno fue más bien polémica. Llamó “escribidora” a Isabel Allende, que le respondió luego de su muerte, diciendo que era un tipo bien desagradable. Se declaró ciento por ciento seguidor de Parra antes que de Neruda o Mistral, los poetas nacionales. Dijo cosas como que en Chile los escritores se preocupan demasiado por la respetabilidad, que es lo peor que puede hacer un escritor, y que la literatura chilena estaba más bien muerta.

Sin embargo, sí tuvo la voluntad de publicar Estrella distante en su país natal. En ella narra una historia de horror -tragicómico, otra vez- durante la dictadura de Pinochet. En su momento, mediados de los noventa, le mandó la novela a su amigo Jaime Quezada y le pidió por carta que llevara el manuscrito a "cualquier editorial que pague". Jaime lo hizo: se la acercó a Carlos Orellana, que en sus Memorias de un editor cuenta: "Quezada trajo Estrella distante con el encargo de ofrecerla a alguna editorial nacional. Yo trabajaba por esos años (1993 y siguientes) en Planeta-Chile. Tardé un par de meses (o acaso más) antes de leer Estrella distante, y comprobar entonces que tenía entre mis manos una novela de un escritor de primer orden. Me conseguí su teléfono con el poeta mensajero y me comuniqué con Bolaño. Demasiado tarde. Ante la falta de noticias de Chile había contactado a la editorial Anagrama". Jaime también lo recuerda y aporta una postal en la que Roberto le anuncia que consiguió editorial para su libro. Nos la muestra en una mesa del bar “El Valle de Oro”, donde Quezada se reunía con un grupo de poetas en la década del 70, los años en que Bolaño volvió de regreso a Chile para participar de la revolución.

Antes de su regreso, hubo varias mudanzas internas y una externa. Después de Quilpué, la familia se mudó a Cauquenes y luego a Los Ángeles, de donde era León. De Los Ángeles se fueron en 1968 rumbo a México. Roberto tenía 15 años. En esa época llegó Jaime Quezada a México y se hospedó dos años en su casa. Le presentó el mundo de poetas, lo sacó por las calles del DF. Le presentó, entre otros, a la poeta argentina Diana Bellesi, que hoy recuerda: "Fuimos amiguitos en nuestra juventud". A los 20, Roberto decidió volver a Chile y subirse al sueño socialista. Llegó a Santiago el 30 de agosto. Once días después el sueño de Allende terminó en manos del golpe militar.

Todo lo que empieza como comedia termina como película de terror.





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En esta casa del barrio La Cisterna, entonces residencia de Jaime Quezada, permaneció Bolaño en los días previos al golpe de 1973.

"Estuve detenido ocho días, aunque hace poco, en Italia, me preguntaron: ¿qué le pasó a usted?, ¿nos puede contar de su año y medio en prisión? Y eso se debe al malentendido de un libro en alemán donde me pusieron medio año de prisión. Al principio me ponían menos tiempo. Es el típico tango latinoamericano. En el primer libro que me editan en Alemania me ponen un mes de prisión; en el segundo, en vistas de que el primero no ha vendido tanto, me suben a tres meses; en el tercer libro, a cuatro meses; en el cuarto libro, a cinco meses, y, como siga, todavía voy a estar preso".

(Entrevista con Eliseo Álvarez)

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Llega el 30 de agosto y se hospeda en lo de Jaime Quezada, en el barrio La Cisterna, donde hoy hay casas bajas, gente trabajadora, poco ruido. La calle La Blanca 0559, habitación en el pasillo, justo frente al baño. Hoy es habitada por Francisco Quezada, sobrino de Jaime, un cantor popular que hace shows en los ómnibus y vende empanadas. A dos cuadras de ahí [al momento de escribir esta crónica], digamos que por casualidad, se entrena la selección brasileña para la Copa América.

Durante aquellos días antes del Golpe, Roberto recorría la ciudad con Jaime como si fuera un turista. Él lo llevaba al bar “El Valle de Oro” a conocer poetas, iban a la biblioteca, caminaban sin rumbo. "Este recorrido de Bolaño sobre la ciudad de Santiago no se ha hecho nunca", dice Jaime, que reunió gran parte de sus experiencias junto a su amigo en el libro Bolaño antes de Bolaño. "La figura de los detectives, por ejemplo, tan emblemática en su obra, la tenía interiorizada desde muy chico. Recuerdo una vez en México que íbamos a jugar al policía y ladrón, y él dijo: Yo quiero ser detective, para seguir al policía y al ladrón", recuerda Jaime con entusiasmo. Luego abre un libro y nos muestra un fragmento de una entrevista con Mihály Des en la que Bolaño relata sobre el Golpe: "Yo vivía en casa de Jaime Quezada, que ahora es un poeta casi oficial. En aquella época era un poeta joven, amigo de mi madre. Me despertó temblando y me dijo: Roberto, los militares han dado un golpe. Lo primero que recuerdo es haber dicho: Dónde están las armas, que yo me voy a luchar, y Jaime diciéndome: No salgas, no vayas, ¿qué le voy a decir a tu mamá si te pasa algo? Yo no conocía el barrio y Jaime estaba dispuesto a quedarse encerrado todo el día en casa. Fue muy divertido. Fui a casa de un chaval que sabía que era de izquierda y le pregunté: ¿Quién está organizando la resistencia en el barrio? Porque yo voy de voluntario. Y el chaval me dijo: Yo también quiero ir de voluntario. Yo tenía 20 años, pero él tenía 15. Y fuimos juntos a la célula de unos comunistas, que eran los únicos que tenían organización. Había gente de todos los partidos allí. Era la casa de un obrero comunista. Un hombre que estaba muy, muy asustado. Recuerdo, además, que en su aparador tenía libros de Marcial Lafuente Estefanía, esos pequeños libritos de vaqueros. Fue muy tierno. Muy desolador y muy tierno”.

Jaime se ríe. Lanza una risotada larga y feliz. Le preguntamos si es cierto. "Roberto siempre fue un gran narrador, y esto lo engrandece aun más. Él creó su propio relato. Nada de eso sucedió: nunca preguntó dónde estaban las armas. En cambio, nos quedamos todo el día juntos en la casa porque no se sabía nada y era muy peligroso".

Él cuenta en varias entrevistas y en un cuento incluso (“Detectives”) que luego lo detuvieron ocho días y estuvo al borde de la muerte, temiendo ser torturado. Es parte de su poder narrativo. La verdad es que él se sintió atado a Chile a partir del Golpe. El 20 de septiembre se fue para Los Ángeles a visitar a unos parientes que tenía y luego a Concepción a ver a un amigo. En la estación de Concepción lo detienen. Y ahí lo tuvieron un tiempo hasta que averiguaron sus antecedentes.

¿Estaba comprometido? Dice que lo salvaron dos compañeros del liceo que lo reconocieron.
Los que vivimos esa época sabemos que eso no era posible. Roberto había venido de México con una chaqueta militar, hablaba como extranjero, el pelo largo Llamaba la atención, era esperable que lo detuvieran. Pero no hubo cárcel, solo lo interrogaron y lo liberaron. Ahí se vino para mi casa, hicimos los trámites con la embajada mexicana y se fue para allá otra vez.

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"Detesto, con algunas excepciones, los libros de memorias. Suelen ser grandilocuentes, a veces desde el título mismo; piense, si no, en Confieso que he vivido (de Neruda), un título estúpido de donde los haya, pues nadie, ni el torturador más necio, tratará de hacer confesar a alguien que ha vivido. Una respuesta tonta para una pregunta inexistente () En realidad, los únicos a los que se les debería permitir escribir libros de memorias es a los aventureros sangrientos, a las actrices de cine porno, a los grandes detectives, a los traficantes de droga, a los mendigos".

(Entrevista con Rodrigo Pinto)

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Cuando Roberto Bolaño Ávalos murió, el poeta Nicanor Parra le dedicó un poema visual que decía "Le debemos un hígado a Bolaño". Si es cierto que su tierra no lo reconoció a tiempo, creo que le habría alcanzado con el regalo del Antipoeta. Según Jaime, sin embargo, el país siempre le dio y le sigue dando lugar. Cuando le mencionamos que la mayor parte de la gente lo reconoce por la anécdota de Chespirito, se ríe y dice que eso no habla de Bolaño, sino de Chile. Y otra vez se ríe. Y quedamos en plena calle de Santiago mirando el faraónico Centro Cultural Gabriela Mistral, que está justo enfrente, como cayéndole encima a “El Valle de Oro”, donde nadie sabe que ahí estuvo el autor de Los detectives salvajes. Pienso que Parra diría que la única justicia es siempre imaginaria: debió haber sabido Roberto Bolaño que diez años después de su partida, cuando efectivamente muriera el Chavo, en esta tierra de poetas muchos se iban a acordar de él.

Todo lo que empieza como comedia acaba como un responso en el vacío.



Fotos: Hugo Infante










martes, 22 de enero de 2019

"Él temía afrontar la enfermedad", entrevista a Víctor Vargas (hepatólogo de Roberto Bolaño)

Por Andrés Gómez Bravo
La Tercera. 18.07.2009
 



Supo que estaba enfermo, gravemente enfermo, a principios de los 90. Era una fría noche de febrero y Roberto Bolaño estaba en un hospital público. “Era pobre, vivía en la intemperie y me consideraba un tipo con suerte porque, a fin de cuentas, no había enfermado de nada grave. Abusé del sexo pero nunca contraje una enfermedad venérea. Abusé de la lectura pero nunca quise ser un autor de éxito. Incluso la pérdida de dientes para mí era una especie de homenaje a Gary Snyder, cuya vida de vagabundo zen lo había hecho descuidar su dentadura. Pero todo llega. Los hijos llegan. Los libros llegan. La enfermedad llega. El fin del viaje llega”, escribiría en su texto “Literatura + enfermedad = enfermedad”.

Afectado de una insufiencia hepática crónica, Bolaño murió el 15 de julio de 2003. Nunca habló  públicamente de su salud, hasta el año de su muerte, cuando ya estaba grave. “Literatura + enfermedad...” acaso sea el único relato donde aborda abiertamente el tema. Publicado en el volumen póstumo El gaucho insufrible, lleva la dedicatoria “para mi amigo el doctor Víctor Vargas, hepatólogo”.

Médico jefe del servicio de hepatología, Víctor Vargas trabaja hace 25 años en el Hospital Vall d’Hebron de Barcelona, donde murió Bolaño y desde 1993 fue su médico tratante. “Más que la relación médico y paciente, fuimos muy amigos”, recuerda al teléfono desde Barcelona. “En una de sus últimas visitas, me contó que me había dedicado un relato. Cuando se publicó, su familia me lo envió “, dice.

Son las 11 de la noche en España y Víctor Vargas aún está en su despacho en el hospital. Tiene a la vista los libros de Bolaño. “Cada libro que sacaba lo traía y me lo dedicaba. Antes de que llamara estaba mirando Los detectives salvajes, que también tiene una pequeña dedicatoria”.

Cuando Bolaño llegó a su consulta, no era un paciente grave. “El tenía una trastorno inmunológico que afecta a las vías biliares y va dañando el hígado. Es una enfermedad de lenta evolución. Al principio estaba más angustiado que otra cosa y durante mucho tiempo estuvo bien. Pero sufría la angustia de estar enfermo, era muy sensible y cualquier exploración o examen era un sufrimiento para él”, dice el médico. Sin embargo, después de años de tratamiento, hubo un momento en que Bolaño se descuidó. Y las cosas se complicaron.


El origen del mal

Javier Cercas fue amigo de Bolaño y en su novela Soldados de Salamina  lo incluye como un personaje clave. En ella habla de su enfermedad. Dice que le habían diagnosticado una pancreatitis. “Antes de dormise esa noche, Bolaño sintió una tristeza infinita, no porque supiera que iba a morir, sino por todos los libros que había proyectado escribir y nunca escribiría, por todos sus amigos muertos y por todos los jóvenes latinoamericanos de su generación (soldados muertos en guerras de antemano perdidas) a los que siempre había soñado resucitar en sus novelas y que ya permanecerían muertos para siempre, igual que él, como si no hubieran existido nunca”, escribe Cercas.

El doctor Víctor Vargas no recuerda una pancreatitis, pero sí la etapa en que Bolaño temía morir. Fue al principio de la enfermedad. “Su evolución fue la típica de esta patología. Con el tiempo la enfermedad crónica del hígado genera una insuficiencia hepática grave. Fue cuando planteamos hacer el trasplante. De alguna manera, él tenía miedo de afrontar la enfermedad y durante un período tuvo una tendencia a negarla y no controlarse. Eso llevó después a complicaciones”.

El origen del mal de Bolaño, dice el médico, es difícil de precisar. “Es una enfemedad de base inmunológica, no es infecciosa ni tóxica, no tiene relación con el alcohol ni con drogas; son anticuerpos que atacan la vía biliar”.

Con la traducción de sus novelas en EE.UU., se creó la leyenda Bolaño. Su muerte generó una serie de mitos. Uno de ellos decía que un supuesto pasado de heroinómano le pasó la cuenta. O que la literatura y su actitud autodestructiva acabaron con su salud: habría pospuesto el trasplante hasta última hora para terminar su novela 2666. “Heroinómano, seguro que no era”, dice el médico. “Lo que tal vez se podría interpretar como actitud autodestructiva fue ese período en que no se controló. Dejó correr la enfermedad sin preocuparse. Un poco por miedo a afrontarla. Y coincidió también con el comienzo del reconocimiento. Se dedicó a hacer literatura”.

Volvió a la consulta el 2001, aproximadamente, y fue incluido en lista de espera para el trasplante. Pero su salud ya estaba deteriorada y las perspectivas no eran las mejores. Él lo sabía. “Me van a hacer un trasplante de hígado, no me van a poner una pila atómica. Lo digo en serio. Yo creo que perfectamente podría vivir cinco años como cinco días”, dijo a La Tercera el 19 de junio de 2003 (Nota del editor: Bolaño murió casi un mes más tarde, el 15 de julio de 2003).


Un tipo especial

“Literatura + enfermedad...” es una buena ecuación para describir las consultas de Bolaño con el doctor Vargas. “Era una persona muy amigable”, recuerda. “Diría que las consultas eran un 50% de enfermedad y un 50% de literatura. Comentábamos su estado de salud y hablábamos de su trabajo, de América Latina y de los escritores. Recuerdo que siempre decía que él no era famoso como Vargas Llosa y García Márquez”.

Durante su último año trabajó obsesivamente en 2666, novela que acabó siendo su testamento literario. ¿Habrá resentido su salud? Vargas piensa que no. “Trabajaba en ella en forma compulsiva, pero no creo que el curso de la enfermedad se modificó por eso. Si algo precipitó las cosas fue el tiempo que no se controló. Pero al final volvió al redil y decidió hacer caso de lo que le decíamos”.

¿Cómo podría haberse salvado? Vargas hace una pausa. Es una pregunta infructuosa. “No lo sé. Tal vez si llegaba antes y lo poníamos en lista de trasplante con seis meses de antelación. O si él no hubiera tenido complicaciones, a lo mejor hacíamos el trasplante. ¿Y si salía mal?”, pregunta. Para el doctor Vargas, “las cosas se hicieron lo mejor posible. Roberto tenía una enfermedad terminal grave, que se complicó, tuvo una infección y fue internado en la UCI. La insuficiencia hepática terminal no se cura con pastillitas”. El médico recuerda a Bolaño como “un tipo muy especial, sencillo y con una mirada llena de ironía”. Aún parece verlo, dice, “ahí sentado, esperándome”. Tan lejos entonces de la estrella de moda en que se ha convertido. “Nunca pensé que tendría esta popularidad. Cuando ganó el premio (Rómulo Gallegos) todo se disparó. Y hoy es casi una leyenda. Él no se lo tomaría en serio, seguro que se habría reído”.


Fotografía: José Rosas Ribeyro














lunes, 10 de diciembre de 2018

Cinco voces para recordar a Roberto Bolaño

www.semana.com/
18.07.2018


A 15 años de la muerte de Roberto Bolaño, cinco autores, realizadores y críticos lo recuerdan y hablan de su innegable influencia.


Santiago Gamboa, escritor colombiano
“No eran detectives, eran poetas”

Semana: ¿Qué hace a Roberto Bolaño un escritor único? 
Santiago Gamboa: Bolaño tuvo siempre un talento indescifrable y un gran magnetismo que proviene de muchas cosas al mismo tiempo, pero sobre todo de una relación profunda entre escritura y vida. Sus temas, su manera de abordarlos con nostalgia, el hecho de ver la vida desde la juventud y sus contradicciones, desde la pureza y los sueños incontaminados de la juventud. Todo eso hace que sus libros sean entrañables. También su mirada específica sobre América Latina desde una generación que fue sacrificada a ciertos ideales políticos, y que perdió la batalla.

¿En qué libro es identificable esto?
Esto se ve sobre todo en Amuleto, que proviene de Los detectives salvajes: esos jóvenes que entran al valle cantando e imitando los gestos de la vida y la alegría, pero que fueron sacrificados, y por eso, cuando la narradora llega al valle, sólo escucha el eco de su canto. Y ese eco es su "amuleto". En su mirada sobre América Latina aparece México, que fue siempre su gran tema (más que Chile), pero también la vida de los latinoamericanos de paso por Europa, jóvenes también, soñadores, intentando conquistar otros territorios, pero siempre un poco anclados en sus recuerdos latinoamericanos. De todos sus personajes emana una gran ternura. Y también la literatura como tema, el deseo apasionado de transformarse y ser poeta, que en su obra es un sueño y un anhelo juvenil, así esté encarnado en personas mayores, como en los críticos literarios de 2666. Para Bolaño, buscar a un poeta era un camino de perfección. Los críticos de 2666 buscan a Archimboldi, los jóvenes detectives buscan a la Tinoco. No son detectives en realidad, son poetas. 

¿Por qué Los detectives salvajes y 2666 siempre aparecen entre las mejores novelas de los últimos treinta años?
Los detectives salvajes fue siempre su gran obra "visible", mientras que 2666 fue su obra invisible. En vida, a Roberto le gustaba mucho preguntarles a los escritores cuántas páginas habían publicado. Recuerdo una cena en Sevilla, veinte días antes de su muerte, en la que estábamos varios: Volpi, Fresán y Padilla, entre otros. Cada uno dijo un número de páginas. Cuando fue su turno él dijo que había escrito más o menos el doble de lo que había publicado, y que su gran novela (2666), así la llamaba, contendría todo y tenía igual número de páginas que todos sus libros previos juntos. Esto no es exacto, claro, pero sí muestra cómo su obra invisible se relacionaba con la visible. 2666 con Los detectives salvajes. Recuerdo que él decía: "En mi nueva novela, quiero escribir la historia de toda América Latina, pero como eso es imposible, me centré en México. También quiero escribir toda la historia de la literatura, pero como eso es imposible me centré en la literatura alemana.

¿Y era 2666?
Sí. Él hablaba de su "nuevo libro", de su obra invisible, como si fuera la novela total y definitiva. Incluso una vez le oí decir que, al publicarse, le gustaría que la portada de 2666 fuera de hierro, como una puerta que pudiera cerrarse con llave. Él jamás tuvo la más mínima duda sobre su talento, sobre el valor de sus libros, y se veía a sí mismo como una especie de monje de la literatura. Su estudio en Blanes no tenía calefacción y hacía un frío de mil diablos, pero él decía que estar incómodo lo ayudaba a escribir mejor. "Et in Esparta ego", solía decir, parafraseando esa frase, creo que es de Cernuda, que decía "Et in Arcadia ego". Para él, había una relación estrecha entre el sufrimiento y el sacrificio con la escritura. Es un modo de ver y hacer la literatura muy propio, que en su caso tuvo que ver también con un aspecto físico, con una actitud de descreimiento muy adolescente hacia la vida. Todo eso está en sus dos grandes libros, pero también, de manera fragmentaria, en las obras menores, que son a su vez pequeñas obras maestras, como Estrella distante Nocturno de Chile.




Diego Trelles Paz, escritor, guionista y músico peruano
“Bolaño genera ganas de aventurarse a escribir”

SEMANA: ¿Por qué usted considera que Los detectives salvajes es la gran novela de América Latina en los últimos veinte años?
Diego Trelles: En primer lugar, es su megaestructura abierta, elástica y polifónica, en la que aparecen cincuentaitrés personajes declarando, uno escribiendo en un diario y una treintena asomando por el foco de la historia, veinte años de recorridos y ocho países como telón de fondo, además de una mixtura de géneros y situaciones que bien podrían permitir una infinidad de interpretaciones. Por esta razón, Juan Villoro la ha descrito como "una marea de historias, Las mil y una noches de una generación adicta a los paraísos artificiales de la poesía y del tequila blanco". Esta aparente desmesura narrativa es bien controlada por la limpieza de su estilo narrativo y por su inteligente composición circular.

Pero usted habla de más razones…
Sí, en segundo lugar, la novela está poblada y protagonizada por jóvenes latinoamericanos desdibujados y espectrales que emprenden búsquedas --físicas y metafísicas-- y que nunca dejan de desplazarse. Y, en tercer lugar, se ha dicho que Los detectives salvajes funciona como el reverso de Rayuela de Julio Cortázar porque Bolaño retoma temas fundamentales en los que ya había profundizado Cortázar con la novela más experimental del boom: la angustia existencial de toda una generación condenada al fracaso, el juego de los dobles, la persecución circular, la desconfianza permanente con el lenguaje.

¿Qué hace a Roberto Bolaño un escritor único?
Fue un autor prolífico que, pese a su regularidad, parecía competir con él mismo para alzar el listón de calidad en cada una de sus entregas. Su estilo sorprende favorablemente por la impresión de simpleza con la que se presenta: para definir la estética de Bolaño resulta útil la figura del oxímoron puesto que está elaborada en base a contrastes. Posee, así, una sencillez compleja cuyo efecto puede llegar de golpe o retardar las secuelas feroces que genera en el lector. Es dueño, además, de una prosa directa que nunca es intrincada ni hosca ni hermética. Hay en ella una musicalidad propia que no tiene parangón alguno en la literatura de habla hispana y, en este sentido, es a partir de Bolaño que se puede por fin consolidar el quiebre necesario con el boom latinoamericano de finales de la década del 60.

¿Qué más lo puede distinguir?
Si hay algo que distingue a Bolaño de sus contemporáneos es la manera inteligente en la que ha incorporado a su narrativa mecanismos propios de la literatura policial en los que involucra al lector de una manera activa. Finalmente, Bolaño es uno de esos autores que generan en los escritores más jóvenes de distintas nacionalidades unas ganas genuinas e inmediatas de aventurarse a escribir.




Jorge Carrión, escritor y crítico cultural
“Leerlo es como escuchar a un amigo”

“Bolaño creó un estilo muy reconocible, aparentemente conversacional, pero con metáforas puntuales de poeta y una estructura subterránea también poética que hace que el conjunto tenga una gran fuerza simbólica. Es decir, cuando lo lees parece como si estuvierais escuchando a un amigo, en medio de la noche, tomando un whisky, aventuras, misterios, exilios, chistes, digresiones y miedos; y cuando acaba de hablar descubres que ese monólogo de pulso aparentemente improvisado en realidad tenía la arquitectura y la fuerza de una tragedia clásica o de un poema épico”.




Orlando Echeverri, escritor y periodista colombiano
“Comencé con La literatura nazi en América

“Leí a Roberto Bolaño cuando tenía poco más de veinte años, en la biblioteca de la Casa España de Cartagena, rehuyendo de las clases de Kant en mi universidad. El primer libro que leí fue La literatura nazi en América y luego, si no me equivoco, Una novelita lumpen, y de allí en adelante todo lo que fui encontrando. Probablemente lo primero que me cautivó de su obra fue la naturalidad con que navegaba entre géneros diversos, o precisamente la ambigüedad que les imprimía, lo que evidenciaba una increíble libertad narrativa que no había encontrado en ningún otro escritor. Desde luego, otra de las características que me enganchó fue la desenvoltura con que encarnaba personajes y contextos internacionales, es decir, como constatando que más allá de las singularidades de cada nacionalidad, de cada idioma, fuera posible narrar el mundo a través de un lenguaje común, el del terror o la soledad, el del desamparo y el humor. Y, finalmente, la abundancia de referencias y la intertextualidad en sus libros me parecía una fuente inagotable para descubrir a otros autores”. 




Ricardo House, director de cine chileno
“Bolaño no es una leyenda inventada para conmover”

SEMANA: ¿Por qué se habla de que Bolaño es un mito?
Ricardo House: Bolaño se ha mitificado al verse rodeado de circunstancias que parecieran irreales y creadas con el propósito de construir a un personaje inexistente. Nada más alejado de la realidad. La onda expansiva que ha provocado su propuesta literaria en toda una generación de lectores, no es gratuita. Había un espacio vacío donde un héroe literario podría emerger. Un escritor con la potencia y con la audacia de Bolaño podría aspirar a obtener un buen recibimiento generacional, si era lo suficientemente grande. Y así fue. El último gran fenómeno literario latinoamericano había sido García Márquez pero ya habían transcurrido más de cuarenta años. Un público lector amplio recibió gozosamente a un Bolaño que aparecía proponiendo nuevas estructuras.

¿No es su vida, sí su literatura?
Su literatura es la que se ha encargado de mitificarlo al fusionar ficción y realidad, logrando atrapar a una generación completa de jóvenes lectores que necesitaban volver a identificarse con un escritor. Es muy reconocible que un escritor salido de una clase media trabajadora esforzada, que abandona la escuela para dedicarse a escribir (y a leer), trastornado por la poesía, trasplantado de país, haya logrado catapultarse de la manera que lo hizo Bolaño. Jugarse todo por la literatura, construyendo una alternativa poética al margen de la institucionalidad cultural y literaria en México y pasando todo tipo de "pellejerías" en Catalunya, hasta que finalmente se le toma en serio y se le reconoce en lo que vale, lo hace aparecer como un personaje valiente y especial. Y, por encima de todo, siendo un tremendo escritor.

¿Nada de leyenda?
Cuando se juntan características tan valiosas como el talento creativo, la inteligencia, sensibilidad y arrojo, y la capacidad para imaginar mundos y ponerlos al servicio de la literatura, entonces puede aparecer la magia, y junto a ella, el mito. Pero un mito nacido de una realidad verdadera, no de una leyenda inventada para conmover. El hombre y su historia están allí, para quien se interese en descubrirla. 

¿Cuál era la relación de Bolaño con el cine?
Bolaño viviendo en Catalunya se instaló a vivir en Blanes, un pueblo bonito en la costa del Mediterráneo. Un sitio de pescadores y de trabajadores. Allí se hizo amigo del dueño de la videoteca, lugar a donde acudía cada día por películas. Le gustaba todo. Yo creo que el mismo Bolaño se vivía como un personaje cinematográfico, escapado de alguna película policial, o de terror. Pero esto es pura especulación mía. La vida de Bolaño es una vida cinematográfica. Bolaño probablemente se resbaló por la fisura de alguna película. 

¿Por qué hizo un documental sobre él?
Cualquier documentalista con los ojos abiertos, que se encuentre con un personaje del tamaño de Bolaño, estaría ilusionado por abordarlo. El buscar respuestas para una generación que quedó dispersa en una gran diáspora latinoamericana, contribuye a incrementar el interés por un escritor poliédrico y seductor como Roberto Bolaño. Un personaje como este escritor tan distinto, es una oportunidad de oro para cualquier documentalista atento a lo que ocurre a su alrededor.