miércoles 21 de diciembre de 2011

Las lecciones especulares de las telarañas

por Ignacio Bajter
Revista El Llop Ferotge nº 8. Septiembre 2008



¿En qué se parece un cuervo a un escritorio?
—En que está allí, esperando la muerte.
A. Griffin, Pesanervios apócrifos leídos por Poe



El silencio de la poesía de Roberto Bolaño no fue el del viaje al África sino el del escritorio. En una entrevista de 2001 dijo al pasar que tenía en el cajón miles de poemas inéditos. Era valiente y sedicioso anunciarlo cuando los poetas del español —o juglares de la horda, juglares heridos dentro del escritorio en que durmió un extraño cuervo—, publicaban hasta lo inacabado. Tras la muerte de Bolaño se dieron a conocer sus poemas. La poesía, como la sabiduría, parece vagar póstuma en el odre del que pocos beben. Antes había publicado escasamente en revistas artesanales, minoritarias, a veces fotocopiadas, siempre sacrificiales. Revistas que nunca comulgarían con Neruda y Octavio Paz, y mucho menos con sus variantes de bolsillo: éste es el gesto de denostación crítica contra una época. Lentamente crecía la horda y su copia de copias, mientras Bolaño sobrevivía leyendo y amontonando cuadernos casi secretos. Un latinoamericano en tierra de nadie escribe poemas para quitarse de la efímera destrucción. Un lector despiadado, un poeta en llamas, algo feliz, algo hambriento, un escritor sin esperanzas.

Es conocido que su obra narrativa atacó a la nobleza y sus logogrifos, pero una vez abierto el cajón de los poemas se abrió el camino y el nombre que se ignoraba, la entrada al sueño innombrable, y así se clausuró y se mutiló una forma de la lírica y la política, de los sueños frágiles. Los manuscritos publicados póstumamente llevan consigo el aliento de los cuentos y las novelas con las que el poeta de la resistencia se impuso a sus lectores, a los panegiristas y a los enemigos. Lo que en el poema es una secuencia mínima será en la narrativa un desplazamiento sagaz. En La Universidad Desconocida pasa la vida de Bolaño, sostenida en la escritura de poemas. No puede existir Bolaño sin poesía: Bolaño es el poeta. Le bastaban dos líneas para cristalizar el sentido lanzándose al leproso centro del texto en una nave heliocéntrica. Una vez que alcanzada la entrevisión tiraba de un hilo (o relato) que pudo no haber tenido fin. Tirar del hilo: batallas por pesetas: el precio de la civilidad proletaria. En caso de haber tenido la suerte de Bioy Casares, que vivió de rentas, le hubiese alcanzado una novela de Walpole sobre la litera y la escritura del poema destinado a ser árbol inútil en medio del desierto. El árbol que sirve para hacer un escritorio.

La voz de la poesía de Bolaño suele hablar desde una sala de lectura. Una sala abierta y móvil —intuía el espacio como paradoja. Y los poemas que allí escribe también se leen como artefactos malditos para triturar el paisaje de las letras. La voz pasa de la iluminación al grito contra los logogrifos y luego al silencio y la desaparición como gesto, la nada, la indiferencia, la percepción de la mortalidad. Sigue el camino de Rimbaud, de Baudelaire, de Tzara. Recorre la literatura por los pasillos mal iluminados, los pasillos reservados a los que ven en la oscuridad. (Su sala de lectura tiene forma de laberinto en un desierto ubicuo al atardecer). Bolaño es un lector con dones oscuros. Tomando las lecciones de Stevenson, escribió: “Leer es aprender a morir, pero también es aprender a ser feliz, a ser valiente”. Y leyó y cruzó cementerios en forma de poemas y vivió a la manera de Arquíloco, del que decía que su épica había sido dedicarse a salvar su vida —escribiendo canciones apoyado en su lanza. Así es como su permanencia en la “Mente Desalojada” levanta lápidas.

En sus viajes por América, Europa y África pasea “Con los hombres concretos y los hombres subjetivos / y los buscados por la ley”, los afiliados a la universidad desconocida o Infierno o infierno pedagógico, salvajes enciclopedistas o bien antienciclopedistas. Se encuentra continuamente con amigos —poetas fantasmas, detectives y pandilleros que se encargan de desorientar a la policía y en este sentido su legión de ciudadanos de Troya, que deben arremeter contra el corazón vacío del caballo, es fiel a Parra. La universidad desconocida es el territorio fugaz del riesgo y la valentía, es la sede de salas cinéticas que propician una poesía cinética que se oculta en el lento escritorio. Bolaño habita metáforas y crea imágenes caleidoscópicas. Es de los pocos escritores conocidos en follar con Anaïs Nin y Carson McCullers, las mujeres dolientes, para así evitar el spleen y la soledad en Barcelona; a su vez las imágenes componen imágenes, como en el poema que cita una carta de Mario Santiago que a su vez cita un movimiento del cielo hacia lo indefinible. Bolaño vive como poeta y busca el paisaje fantástico de La invención de Morel para poder dormir.

Desde 1978 su poética va de Borges a Rimbaud —de los anaqueles de una biblioteca a la lectura al borde del acantilado, de la imagen del precipicio a la caída o viaje final. Esa visión acaba como una sentencia: “La sabiduría consiste en mantener los ojos abiertos / durante la caída”. Borges permanece como la entrada lateral a un sótano, como la búsqueda de la página perdida que abre un universo, del signo borrado visto a trasluz. Bolaño escribe sobre una página que la memoria ha dejado en blanco, que el tiempo llevó a la fosa, la página de los espejos encantados que reflejan poetas: traductor de los franceses que nadie leyó, devoto de los peruanos que alternaron la literatura con la miseria y de los decimonónicos que se colgaron de un farol por nada en apariencia, de los que se ocultaron tras una antología, de los que se perdieron para siempre. Y escribe sus descensos que conviven con Mario Santiago, Efraín Huerta, Teófilo Cid, El Monje, Fitche, Auden, Pascal, Guiraut de Bornelh, Alfred Bester y Fritz Leiber, los provenzales, los románticos, los antiguos, los clásicos del polvo, los orientales, los felices y los deprimidos, los suicidas. En dos versos se pliega en el escritorio de Pound y Queneau: “Mientras haya viento escribirás / El viento como matemáticas exactas”. El cajón y sus telarañas tienden a la infinitud, al pensamiento negro antes que a las palabras vanas.

La lista, que nunca acaba, debe llevar figuras geométricas en lugar de nombres propios pues en la universidad desconocida, como en las pasiones, las imágenes responden a la geometría. El terror, la pesadilla, la angustia y esa carretera en la que se pierde el miedo son abstractos —lo único concreto es el cuerpo alucinado y su camino hacia el fin. “Lo que aún no tiene forma me protegerá”, escribió. Que el plan de las relaciones de sus libros de narrativa acabe en un diagrama cruzados por líneas no es casual. No es caprichoso conjeturar que bajo ese plano conocido por sus lectores está la invisible escritura de sus cuadernos. Ese plano es una hoja que se despidió del escritorio. Bolaño no olvidó imaginar sus anteojos cayendo al vacío ni la generosidad de compartir sus pisadas (el cajón frente al acantilado, el cajón al vacío, las huellas de los textos, los nombres que desafían la caída). Cuando sueña la vida y la muerte de Aloysius Bertrand comprende que ambos pueden vivir “dentro de un calendario de piedra perdido en el espacio”.

El lector que paseó por la literatura puede advertir la cualidad del tiempo en la sala de lecturas del infierno y la cualidad del poema que se busca componer como oración, como veloz imagen de la lentitud. La lentitud con que los jóvenes aspirantes leían en los 70 a Ernesto Cardenal. Cuando el poeta —un adolescente que está loco— encuentra al poeta que fue cura y revolucionario, lo asedia con preguntas que en su forma son triviales pero en su respuesta traen el éxtasis de la muerte sin paraíso ni verdadero infierno sino en el lodo común del purgatorio. Sobre ese lodo está fundada Civitavecchia, una ciudad de un escultor que leyó y cambió las formas de leer. Una ciudad vieja que no va a hundirse. Que no va a caer por su propio peso porque allí, en las tabernas, está Pascal, como tantas veces, Whitman y Philip K. Dick, el rostro de Marcel Schwob y todo lo demás que puede sobrevivir pendiendo de Roberto Bolaño, de sus anteojos, del escritorio en la sala móvil, del cuervo, de la biblioteca y su diligencia, de la vida en viaje con un solo libro. Un libro incendiándose antes de que el poeta vea crecer sus alas. El escritorio alado en un camino inmóvil.










lunes 12 de diciembre de 2011

Bolaño y el fuera de lugar

por Enrique Díaz Álvarez
Revista Universidad de México nº 54. Agosto de 2008
Revista El Llop Ferotge nº 8. Septiembre 2008








La literatura es, además de otras cosas,
un modelo de conducta.

Julio Ramón Ribeyro






Sólo en una ciudad como México D.F. puedes desear que te roben un libro. Hace años, cansado de perder reiteradamente el radio del coche con diversos cristalazos, decidí involucrar a los ladrones en una experiencia estética. La mecánica era simple, estacionaba en la calle -si era de noche lejos de los postes de luz-, ponía un libro en el asiento del copiloto y, cuando el barrio era bueno, incluso bajaba un poco la ventanilla para incitar el delito de mi ladrón lector ideal.

En vez de una burda radio Clarion, les ofrecía libros que había disfrutado a mis entonces 25 años. Por ese asiento desfilaron La muerte de Artemio Cruz de Fuentes, Mi último suspiro de Luis Buñuel, Diario de un seductor de Kierkegaard, Masa y poder de Canetti, y un diccionario de símbolos carísimo. Inevitablemente mi familia y amigos se enteraron del disparate y terminaron sugiriendo títulos. Algunos de ellos, bajo el contexto, llegaron a constituir una verdadera obra de arte; el propietario a plazos de un Volkswagen gris pide que le roben Cómo ser buenos de Nick Hornby.

Nunca recibí el cristalazo, pero esa terapia absurda funcionó: me quitó la rabia del hurto y me acostumbré a leer en los embotellamientos. Todo esto era para confesar que hace poco me sorprendí pensando en regresar al D.F. y poner mi ejemplar de Los detectives salvajes en el asiento del copiloto. Quizá así encontraría al caco interlocutor. Después de todo, esa novela universalmente mexicana se ha hecho célebre pasando horizontalmente entre las manos de diversos afectados. El problema es que ya no tengo coche y no recuerdo a quién le presté esa novela.

Un libro generacional es aquel del que te despojan tus amigos. Un libro de culto es aquel que te gustaría dejar a la vista cuando bajas del auto en una ciudad travesti.

No es fortuito que piense en Roberto Bolaño mientras me debato entre la metrópoli que vivo y la que pienso. Buena parte del éxito de su narrativa es que habla, incluso sin saberlo, a un lector desterrado y posnacional. Su poética del tránsito encuentra eco en miles de seres humanos que construyen su identidad en lo híbrido, en lo mestizo, en el intersticio. Sujetos entre países que no saben conservar, que se desplazan y engañan con tal de contar una buena anécdota. Sujetos que entienden que la identidad es narrativa, que ponen en evidencia la arbitrariedad de las fronteras y que saben que uno es lo que recuerda, hila y puede decir que es. Inclasificables que quitan peso a palabras monolíticas como Patria y de paso le agregan una suave “s”. Lectores que ponen nerviosos a los infatigables fanáticos de lo propio. Individuos concretos que cada vez que se definen y compran el pan ponen en crisis al Estado-nación. Sujetos que tienen como hábito y hábitat el fuera de lugar.


Dos postales mexicanas

La única vez que Roberto Bolaño se sintió extranjero en México fue durante su primer día en la escuela. Nada más pisar su nuevo colegio, un chico bajito y torpe lo retó a pelear por el simple hecho de que era chileno. Bolaño cerró los puños, despejó su cabello ingobernable, y calculó la situación como si fuera un ajedrecista georgiano; aunque estaba seguro de que dos puñetazos serían suficientes para tumbar al chaparrito, intuyó que de hacerlo se le vendrían encima todos los demás chicos.

Un mexicano, dos mexicanos, nueve mexicanos. La estrategia que adoptó Bolaño a los 15 años habla del personaje: después de intercambiar algunos golpes y exagerar algún movimiento, condujo la pelea al empate. Esa puesta en escena dio resultado, el chico se hizo muy amigo suyo, Bolañito salvó su honor y, por si fuera poco, se encontró un billete de mil pesos en ese ring improvisado. Esto del billete es falso, lo agregué yo, pero lo que sí cuenta Bolaño en una entrevista es que después de ese desagradable bautizo en plan Azteca lo dejaron en paz y se mexicanizó.

Habría que completar esta anécdota del bautizo, con la historia que narra en La muerte de Ulises, uno de esos textos inacabados y autobiográficos que se publicaron dentro de El secreto del mal. Libro póstumo al que Kundera, seguramente, calificaría como un testamento traicionado. Pero aquí interesa la anécdota de su alter ego: el día en que Arturo Belano regresa a México después de más de veinte años de ausencia, descubre y evita a un escritor argentino, amigo suyo, que esperaba en la misma sala del aeropuerto Benito Juárez su enlace para volar a Guadalajara. En ese instante, Belano entiende que no le interesaba participar en la Feria del Libro de aquella ciudad sino quedarse en el D.F. Busca la salida. Muestra el pasaporte. Cruza la puerta. Otra vez México, piensa.

Ya en el taxi, Belano pronuncia la última dirección que recuerda del poeta Ulises Lima. Cierra los ojos. El auto caracolea y se detiene en el sitio acordado. Mientras le devuelve el cambio, el taxista le pregunta si es mexicano:

Más o menos, contesta Belano.



Cuando los escritores escogen patria/s

Si Tales era de Mileto, Bolaño era de Blanes, de Santiago y de la Colonia Lindavista en el D.F. Es frecuente encontrar textos que vinculan su literatura con la noción de exilio, pero buena parte de ellos se limitan a analizar puntualmente determinados pasajes que reflejan el hecho de que Bolaño deambuló erráticamente por diversos países. A nadie pasa desapercibido que algunos de sus personajes más entrañables son exiliados políticos, fugados o desterrados, pero creo que esta clase de lecturas reducen el concepto de exilio al desplazamiento y a la mera imposibilidad de regresar al lugar de origen. Nada más inmediato, manifiesto y simplón.

Sospecho que esa clase de interpretaciones motivaron que el mismo Bolaño mencionara, nada más empezar su memorable conferencia sobre el tema ante la Sociedad Austriaca para la Literatura de Viena, que no creía en el exilio cuando esa palabra iba junto a la palabra literatura. Si algo es sugerente dentro del imaginario del autor de Amuleto es una noción de exilio que tiene que ver poco con la desgracia, el padecimiento o la queja, sino como un hábito o actitud ante la vida. El exilio como algo que se dispone, se ocupa, se procura.

Una cierta apología de la trasnacionalidad es evidente dentro del carácter global de su proyecto narrativo. Esta condición cosmopolita se ilustra con personajes e historias que se tejen, de ida y vuelta, en diversas y distantes ciudades del planeta; Barcelona, París, Santiago, Londres, Great Falls, Managua o Viena son sólo algunos de sus escenarios. Si 2666, Estrella distante o Llamadas telefónicas agregan cierto pathos a la categoría del exilio es porque tienen un telón de fondo común; la idea de que el exilio tiene también una dimensión voluntaria y es, por qué no, una opción literaria.

En sus magnificas Reflexiones sobre el exilio Edward W. Said ya expresaba algunas condiciones positivas de la condición de exiliado. Entre los placeres del exilio, menciona el privilegio de adoptar una mirada original que permite ver “el mundo entero como una tierra extraña.” Tiene razón Said, la mayoría de las personas sólo tienen conciencia de una cultura, un escenario, un hogar; mientras que los exiliados tienen la ventaja de ser conscientes de al menos dos. Esa conciencia, que Said califica de contrapuntística, permite vislumbrar que existen varias miradas y dimensiones simultáneas. Hace algunos años, al recibir el Premio Juan Rulfo, Tomás Segovia –otro exiliado ilustre– reivindicaba el desarraigo en términos similares, y es que para este poeta desde la orfandad del exilio se puede entender mejor la pluralidad de las culturas.

Todo esto apela a la estética de Bolaño, porque la espacialidad de sus novelas está estructurada de tal forma que el lector es consciente de que habita un solo mundo y lo hace yuxtaponiendo diferentes planos simultáneamente. Somos una historia entre un entramado. Desde lo fragmentario, lo nómada y lo descentrado Bolaño enlaza las ficciones hasta constituir un orden extraterritorial. Desde esta perspectiva su narrativa tiene una dimensión moral; nada como la novela para familiarizarnos con miradas disímiles, obtusas. Pensar otro orden de posibilidades al margen de los países y su voluntad de frontera.

A Bolaño le gustaba citar este poema de Nicanor Parra:

Los cuatro grandes poetas de Chile
Son tres:
Alonso de Ercilla y Rubén Darío.

No es baladí o frívolo que Bolaño, a través de Parra, reivindicara como chilenos a un español y un nicaragüense que pasaron por tierras australes sin ninguna intención de quedarse. Tres, dos, uno. No es un despropósito ofrendar a los ladrones del D.F. la gran novela mexicana de fin de siglo, escrita por un chileno. En tiempos en que la Unión Europea endurece y aprueba leyes absolutamente obscenas para detener y expulsar a los inmigrantes extracomunitarios, habría que defender la necesidad y el derecho a tomar distancia del país de origen. Ponerse en el lugar del extraño hasta confundirnos. Vagabundear. Imaginar una sociedad mundial de alegres desarraigados.




Ilustración: Cecil Gaspar