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lunes, 19 de agosto de 2024

Estudiante angelino propone bautizar espacio de Los Ángeles con el nombre de Roberto Bolaño

Por Nicolás Maureira

La Tribuna, 05.06.2024



Roberto Bolaño, a los 14 años, en el Liceo de Hombres de Los Ángeles, 

Región del Biobío, Chile (foto de 1967)

 

 

El joven estudiante de Derecho, José Tomás Perelló,

busca que el novelista sea reconocido

en la ciudad que lo acogió durante parte de su vida.

 

 

Roberto Bolaño fue un escritor chileno considerado como uno de los más importantes e influyentes de las últimas décadas en Hispanoamérica, según el consenso de los especialistas. Entre sus sus novelas más destacadas se encuentran Detectives Salvajes2666 y Estrella Distante, además de sus libros de cuentos Llamadas Telefónicas y Putas Asesinas.

 

Quien fuera también un reputado poeta, falleció a los 50 años el 15 de julio de 2003 por un fallo hepático. Desde esa fecha sus seguidores han tratado relevar su figura con actos y homenajes para que su obra se traspase a las futuras generaciones, como una forma de preservar su legado literario.

 

Si bien Bolaño nació en Santiago hace 71 años, hay otras ciudades de Chile donde marcó presencia y en las que se hacen esfuerzos para destacar su trayectoria, siendo una de esas Los Ángeles. El también autor de Amuleto vivió su adolescencia en esta capital provincial y, tras el Golpe de Estado en 1973, volvió a la ciudad por algunos meses. Además, su familia paterna tuvo en sus orígenes a los primeros Bolaño que vivieron Los Ángeles.

 

Sus parientes, amigos y conocidos coinciden en señalar que fue en esta capital provincial donde surgió el germen literario que dio origen a un destacado escritor. Por esta razón, no son poco los habitantes de esta ciudad que buscan homenajear a Roberto Bolaño por su paso en Los Ángeles. Esta vez fue un joven estudiante de Derecho y entusiasta del autor quien busca resaltar su imagen.

 

 

Estudiante de derecho propone que espacio lleve el nombre de Bolaño

 

José Tomás Perelló es un estudiante de Derecho de la ciudad de Los Ángeles, que es fanático de la literatura. Un día, en medio de su curiosidad por saber más sobre la vida de Bolaño, descubrió que el novelista había vivido en Los Ángeles. Entonces se interesó en poder corresponderle un justo reconocimiento al autor con un proyecto que viene gestionando desde hace un tiempo. "En febrero (de este año, 2024) estuvimos en el municipio para proponer dar un reconocimiento de la ciudad a esta figura, que es parte de nosotros y de nuestra comuna”, señaló Perelló en entrevista con el periodista Juvenal Rivera en Radio San Cristóbal.

 

 

¿En qué consiste el proyecto?

 

Según contó en la entrevista, el proyecto buscar bautizar un espacio de la ciudad de Los Ángeles con el nombre de Roberto Bolaño. “La idea es cambiar el nombre de un espacio público por el de Roberto Bolaño”, manifestó. Esto podría abarcar "una plaza, una calle, un parque como el Gabriela Mistral que está en Avenida Ricardo Vicuña (...) Asignarle un espacio de reconocimiento que muestre hacia afuera que Los Ángeles tiene historia, cultura y que la podamos reconocer internamente”, complementó Tomás.

 

El joven de veintidós años, además, reiteró por qué es importante reconocer a Bolaño en Los Ángeles. “Bolaño es una figura contemporánea, que tiene citas explícitas de Los Ángeles, que vivió acá, que tuvo su historia educacional en el Liceo de Hombres y con parientes suyos aún en la ciudad. Entonces, que no tengamos un reconocimiento mínimo, habla también de que nos ha faltado quizás un empujón cultural más fuerte en ese sentido", expresó.

 

 

¿Cuál fue la respuesta de los concejales?

 

“Quedamos de ver con una junta de vecinos que estuviera dispuesta a asumir este cambio de nombre. A mí me gustaría mucho que en julio podamos tener una instancia de conversación con los concejales para ver el tema del cambio de nombre. Sería muy lindo que fuera en julio, ya que sería la conmemoración 21 de su fallecimiento. Sería un reconocimiento póstumo, pero muy significativo", comentó Perelló.

 

 














martes, 3 de octubre de 2023

¿Quién quita sus ojos del cometa cuando estalla?, por Enrique Vila-Matas

Prólogo a “Adiós a Bolaño”, de Roberto Brodsky

Rialta Ediciones, 2019





Querido Brodsky:

 

Hace un rato, solo y en la noche muy lejana del barcelonés barrio del Coyote, donde vivo, he regresado por una vía impensada a esos últimos días del pasado siglo, de los que probablemente nunca salí. Y he vuelto a Chile, a Valparaíso, a aquel fin de milenio en la terraza inagotable del Brighton, ya sabes: donde la pólvora. He vuelto a aquella madrugada en la que hablamos hasta el amanecer del amigo común al que tanto admirábamos: Roberto Bolaño. Hacía sólo cuatro años que había publicado Estrella distante, un puntal imprescindible de su obra, pero de lo que en gran parte hablamos aquella madrugada fue sólo de una incógnita: nos preguntábamos si sus poemas, sus novelas, sus cuentos no surgían de vivir en un espacio que no era el suyo y que percibíamos duro, a pesar de los días gloriosos en los que el amigo se había sumergido.

 

Madrugada eterna del Brighton. Sólo hablamos de  Estrella distante  al final. Y no sé quién de nosotros se empeñó en evocar, a modo de letanía que lo puntuaba todo,  Impromptu de Ohio, de Beckett, donde dos individuos, frente a frente, se repetían de una forma obsesiva: “Queda poco por decir”.

 

No veo mejor forma que esta carta breve y urgente para ampliarte información sobre la misteriosa cita de Faulkner que se halla al frente de Estrella distante. Te imagino sorprendido. ¿Cómo suponer que en uno de nuestros tantos “últimos atardeceres en la tierra” acabaría teniendo yo algo más que decir sobre la cita? Pero así es. Incluso cabe la posibilidad de que podamos dejar de parecer unos seres resignados a pulsar siempre unas mismas notas sobre Valparaíso y nuestra amistad cuando en realidad somos instrumentos de muchas cuerdas.

 

Verás, todo empezó por algo aparentemente trivial oído en un fin de año reciente, en Palma de Mallorca, hace dos veranos. Todo se puso en marcha cuando a un amigo, en medio del estrépito de la pólvora isleña, se le ocurrió decir que le había llamado la atención en mi recién aparecida novela, Mac y su contratiempo, que la única cita que el narrador daba por verdadera fuera la que Roberto Bolaño, en su epígrafe de Estrella distante, había atribuido a William Faulkner: “¿Qué estrella cae sin que nadie la mire?”.

 

La cita, dijo el amigo, encajaba en aquella fiesta de fin de año, y hasta abría el juego para una pregunta desmesurada: ¿Podían existir personas que celebraran, por ejemplo, miles de fines de milenio sin que nadie las mirara? Por mucho que quisiera evitarlo, su pregunta sonó tan rara que hicimos bien en volver a lo que nos ocupaba: en Mac y su contratiempo el narrador decía que nadie había sabido localizar aquella frase en la obra de Faulkner, y acababa concluyendo que la cita podría ser inventada, aunque todo indicaba que era de Faulkner, porque Bolaño no solía inventarlas, y menos aún si eran para un epígrafe.

 

Y recordé que un crítico español, Javier Avilés, comentando aquel enigma, había dicho que, analizada y bien rastreada toda la narrativa de Faulkner y algunos de sus ensayos y alocuciones, la única referencia a las estrellas aparecía en La paga de los soldados, su primera novela: “Y las estrellas eran unicornios dorados pastando en silencio sobre praderas azules a las que horadaban con sus cascos agudos y centelleantes como el hielo”. Por tanto, decía Avilés, irremediablemente la frase de aquel epígrafe de Bolaño sólo podía encontrarse en algún poema de Faulkner.

 

Y no se equivocó. El otro día, Margaret Jull Costa, que estaba traduciendo Mac y su contratiempo al inglés, me escribió un correo para decirme que con Sophie Hughes, que le ayudaba en su trabajo, habían encontrado la cita en  The Marble Faun and A Green Bough, de Faulkner: “what star is there that falls, with none to watch it?”.

 

Podemos modificar la frase de tu novela, sugería Margaret, y traducirla así: “As far as I know, no one has yet been able to locate this line in Faulkner’s work…” (“Hasta donde yo sé, nadie ha sido capaz de localizar esta línea en la obra de Faulkner…”). De ese modo, venía a decir Margaret, el error recaería sobre mi narrador, por saber menos que ellas y que yo sobre ese verso de Faulkner.

 

Evidentemente, querido Brodsky, queda por averiguar en qué traducción española de The Marble Faun and A Green Bough encontró Bolaño la cita. Tras arduas indagaciones, me inclino por creer que pudo encontrar el verso en una edición bilingüe de 1997,  Si yo amaneciera otra vez: doce poemas de Faulkner, pertenecientes a A Green Bough, traducidos por Javier Marías, acompañados de un recorrido por el Mississippi de la mano de Rodríguez Rivero. Se da la circunstancia de que Margaret Jull Costa es la traductora de gran parte de la obra de Marías al inglés, por lo que quizás ahí se cierre un círculo, aunque sin duda para que se abran otros. Sin ir más lejos, hace un momento y por pura casualidad, me he cruzado con unos conocidos versos de John Donne entre los que se encontraba este: “¿Quién quita sus ojos del cometa cuando estalla?”. Juraría que Faulkner dialogó con ese poema de Donne cuando escribió el verso que luego Bolaño citaría para abrir su deslumbrante Estrella distante.

 

Dicho queda –directo hacia Nueva York, donde los Brodsky– y que por muchos milenios quede algo más por decir.

 















lunes, 21 de agosto de 2023

Roberto Bolaño, la política y el Golpe

Por Matías Rivas

La Tercera, 22 de julio de 2023





La voz de Roberto Bolaño -la que escuchamos al leerlo- no es ni aguda ni ronca, su tono es medio y claro. Es una voz que siempre va al grano, versátil y capaz de narrar a distintas velocidades. Consciente de sus recursos estilísticos, desea expresar sus repliegues sin aburrir. No es meditativa ni abstracta. Sí concreta y cruda, eficaz para el sarcasmo y la melancolía, que son temples que lo caracterizan. Se puede oír con nitidez en las crónicas y ensayos personales que se encuentran en el volumen A la intemperie; también hay señales en sus entrevistas reunidas bajo el título Bolaño por sí mismo. Y, por cierto, en su ficción.

 

Son escasos los escritores talentosos y temerarios. A 20 años de su muerte se extraña su franqueza y distancia crítica. Se conjetura que existen diarios de vida, pero aún no hay datos por parte de la familia. Espero que algún día se libere su legado completo. Necesitamos conocer a Bolaño en todas sus dimensiones. Su correspondencia es igual de importante. Me consta que redactaba correos a alta velocidad.

 

Tiene una marca que cruza toda su obra: la resistencia al poder. Lejos de ubicarse en el sitio de las víctimas o en la esfera de los jueces, ocupó distintos papeles menores en el exilio: fue testigo silencioso, intelectual solitario y un izquierdista perdido. No era un especulador, sino un prosista ejemplar que vivía en la incertidumbre. Adhirió a la ética de Enrique Lihn y de Nicanor Parra, que consistía en incomodar y ejercer la crítica sin piedad ni miedo. Consideraba a Rodrigo Lira como el poeta fundamental de su generación, por sus textos cáusticos y su actitud insobornable.

 

En el relato “Carné de baile” cuenta lo que vivió el día del Golpe. Se presentó como voluntario a la única célula operativa del barrio. Eran pocos. “El 11 de septiembre fue para mí, además de un espectáculo sangriento, un espectáculo humorístico. Vigilé una calle vacía. Olvidé mi contraseña. Mis compañeros tenían 15 años o eran jubilados o desempleados”. Bolaño fue detenido mientras viajaba en bus de Los Ángeles a Concepción. Lo sacaron de la cárcel dos detectives, excompañeros en el Liceo de Hombres de Los Ángeles. En enero de 1974 abandonó el país.

 

Antes de partir se dedicó a recorrer librerías de viejos, “como una forma barata de conjurar el aburrimiento y la locura”. En la crónica “Quién es el valiente” señala: “Compré la Obra gruesa y los Artefactos, de Nicanor Parra, y los libros de Enrique Lihn y Jorge Teillier que no tardaría en perder y cuya lectura resultaría crucial; aunque crucial no es la palabra: esos libros me ayudaron a respirar”. En el último local que visitó, Bolaño tuvo una experiencia siniestra. Un tipo alto y flaco le dijo de sopetón “si me parecía justo que un autor recomendara sus propias obras a un condenado a muerte”. El tipo agregó que hablaba de lectores desesperados. Y dejó flotando las preguntas: “¿Qué libros le gustan? ¿Cómo se imagina usted la sala de lecturas de un condenado a muerte?”.

 

Quizá los detectives, íconos de la literatura de Bolaño, provienen de su experiencia con el terror y no solo de sus lecturas. Están presentes en sus cuentos y novelas. Son policías que bordean la ley. No operan como una metáfora ni calzan con la realidad. Ambiguos y alienados se vinculan a poetas furiosos.

 

Cuando obtuvo el Premio Rómulo Gallegos pronunció el “Discurso de Caracas”. En unas pocas líneas sintetizó su relación con la política: “Todo lo que he escrito es una carta de amor o de despedida a mi propia generación, los que nacimos en la década del 50 y los que escogimos en un momento dado el ejercicio de la milicia, (…) a una causa que creímos la más generosa de las causas del mundo y que en cierta forma lo era, pero que en la realidad no lo era. De más está decir que luchamos a brazo partido, pero tuvimos jefes corruptos, líderes cobardes, un aparato de propaganda que era peor que una leprosería”.

 

¿Era Bolaño inocente al recordar las ideas revolucionarias de su época? No lo sé, pero suena nostálgico y rabioso. Hay un romanticismo anarquista indiscutible en su posición. El resentimiento es esencial en su poética. El exilio se convirtió en un asunto central. Fue una condición y un punto de vista. Desde ese lugar escribirá en la pobreza y la soledad. En México, junto a sus amigos poetas, emprendió campañas contra el poder y la sumisión de los artistas ante las prebendas del Estado. Una de sus obsesiones consistía en socavar la autoridad de figuras como Octavio Paz, Gabriel García Márquez y otros próceres.

 

En España, refugiado en el pueblo de Blanes, cerca de Barcelona, gestará sus obras cruciales. Dos de ellas abordan el tema de la dictadura. Estrella distante es la historia de un misterioso poeta, un asiduo a los talleres literarios durante el gobierno de la Unidad Popular, que después del Golpe muestra una nueva identidad: pasa a ser un piloto de la Fuerza Aérea que escribe en el cielo y que se empeña en crear una poesía relacionada con el crimen. En democracia desaparece y desata una intriga policial.

 

Nocturno de Chile está inspirado en la figura del crítico Ignacio Valente y su estrecha relación con personeros de la Junta de Gobierno. Su estructura es la de un monólogo delirante basado en hechos reales. En ella hace alusión al taller literario de Mariana Callejas y hay una escena de tortura. Susan Sontag le dedicó un texto a la versión en inglés: “Nocturno de Chile es lo más auténtico y singular: una novela contemporánea destinada a tener un lugar permanente en la literatura mundial”.

 

En ambos libros la política y la literatura están encarnadas en sujetos dobles, turbios. Son intelectuales zafados por el fascismo. El antecedente es La literatura nazi en América, su tercera novela, en la que asume a los sujetos infames en calidad de protagonistas.

 

La fama llegó tarde para Bolaño. Sin embargo, aprovechó esos años finales para trazar un mapa cultural de sus preferencias y desprecios. Armar su tradición fue uno de sus últimos empeños intelectuales, además de sacar adelante su obra monumental, 2666.

 

Estuvo atento a lo que pasaba con la democracia en Chile y era disconforme. Pero no dedicó demasiado espacio a su análisis. Se inclinaba por fenómenos puntuales. Comentó las grabaciones para ejecutar el bombardeo a La Moneda. Observa: “El humor del que hacen gala, es pese a todo, familiar”. Sostiene que pertenece ese registro al género de la pornografía. En “Una proposición modesta” se queja con desaliento del discurso político de los 90, pues según él tiende hacia “la penitencia incesante que sustituye el intercambio o la exposición de ideas”.

 

Había en Bolaño una fascinación por el salvajismo. Estaba con los que se padecen y detestó al estrato satisfecho de la sociedad. Vivió en el desasosiego y apostó por temas que oscilan entre la tristeza, la locura y la violencia. El placer de odiar, del que habla William Hazlitt, no le fue ajeno. La diatriba fue su arma preferida. Una de las más concluyentes se titula “Sobre el expandido virus del escritor amigo del presidente”: “El poder siempre ha sido, digamos, el viagra de los escritores chilenos. El poder representado por el presidente, por el millonario, por el mecenas, por el comité central del partido. A veces pareciera que los escritores chilenos tienen miedo a dormir solos o con la luz apagada”.

 

La frecuencia de Bolaño se escucha cada día más pesada. Su estilo era el de un francotirador. Sus frases suenan como balazos.
















miércoles, 9 de agosto de 2023

Duelo de gigantes: la historia inédita de la pelea de Roberto Bolaño con Pedro Lemebel

Por Marcelo Soto

ExAnte.cl, 30.07.2023





Los 20 años de la muerte de Roberto Bolaño, uno de los grandes escritores chilenos del último medio siglo, autor de obras maestras como Los Detectives SalvajesNocturno de Chile y 2666, no tuvieron la repercusión que algunos esperaban. No hubo grandes actos oficiales en su homenaje. No se inauguró una calle en Santiago que lleve su nombre. Y las ventas de sus libros han bajado.

 

El poeta Sergio Parra, socio de la librería Metales Pesados, dice que “con suerte se vende un libro suyo al mes. Hace una década era un best seller, los jóvenes lo leían con devoción, incluyendo a Boric. Ya no es así, porque han surgido otros autores, traducidos a varias lenguas, como Benjamín Labatut, Alejandro Zambra o la argentina Mariana Enríquez”.

 

Parra fue probablemente el primer amigo de Bolaño cuando el narrador volvió a Chile en 1998, después de 25 años viviendo en México y España. Fue una amistad intensa y breve, que esconde pasajes inéditos como su pelea con el escritor Pedro Lemebel.

 

 

Aterrizaje exitoso 

 

En 1998, luego de una carrera llena de dificultades, en la que debió trabajar como guardia de un camping y otros empleos mal pagados, Bolaño por fin conocía el éxito gracias a Los Detectives Salvajes, que ganó el premio Rómulo Gallegos, uno de los más importantes de la lengua española. Fue en ese contexto que aterrizó en Santiago como miembro del jurado del concurso de cuentos de Revista Paula.

 

Pocos saben que Sergio Parra, quien había leído sus poemas a mediados de los 80, tuvo un rol importante en la visita de Bolaño. Un año antes, cuando era vendedor en la Feria Chilena del Libro, llegó a sus manos Literatura Nazi en América, del escritor chileno. A Parra le encantó el libro y llamó a Malala Ansieta, de Editorial Planeta y le recomendó efusivamente que publicara La Pista del Hielo, otra novela de Bolaño.

 

Cuenta Parra: “En 1998 conocí a Roberto con su esposa Carolina. ‘Me han contado que te gusta mucho lo que escribo y me dijeron que también eres poeta’, me dijo. Nos fuimos a almorzar, íbamos bajando el ascensor y preguntó: ´¿Has leído a Houellebecq? Acaba de publicar Las Partículas Elementales’. Abrió su mochila y me regaló el libro. Atrás me puso su correo. Fuimos a comer al Bar Nacional, en Bandera. El quería probar una empanada. Ya no tomaba alcohol. Yo pedí una copa de vino, la Carolina también. Empezamos a conversar del ambiente chileno. Yo le hablé de Lemebel. ‘Tengo ganas de conocerlo’, me dijo”.

 

Parra recuerda que hablaron sobre escritores como Eduardo Anguita, Braulio Arenas y Campos Menéndez, que habían apoyado a la dictadura. “Bolaño me preguntaba qué autores chilenos faltaron en su libro sobre autores nazis, pero sentenció: ‘Los chilenos son muy fomes’. Supongo que había cierto odio hacia Chile”.

 

 

Lanzamiento estelar

 

Bolaño lanzó La Pista del Hielo en la plaza Mulato, en Lastarria. Fue un hito de la narrativa chilena de la época. Un entusiasta Carlos Franz alabó su trabajo. Sergio Parra llegó con Lemebel. Luego de las presentaciones de rigor, Lemebel le contó la historia de Mariana Callejas y los tallares literarios que se hacían en su casa, que tenía un subterráneo que había sido un centro de torturas de la DINA. Bolaño tenía una comida con otros escritores, alguno de los cuales visitaban ese taller, pero después de un rato les pidió: “Esperen, me voy con ustedes”.

 

Se fueron a un restaurante peruano en Lastarria. “Roberto le empezó a preguntar a Pedro qué novelitas le gustan. Y a Pedro le importaba un carajo hablar de ese tipo de cosas. ‘No seas aburrido’, le dijo. Bolaño no sabía hablar mucho de otra cosa que no fuera literatura. Roberto era como un pistolero. O estabas con él o no estabas con él. Si se aburría contigo, te disparaba”, dice Parra.

 

 

Amistad rota

 

La segunda vuelta a Chile, en 1999, fue más conflictiva. Parra recuerda que habló con Lemebel por teléfono. Este último le dijo: “Me llamó Robertito (así le decía), quiere que nos juntemos con él, pero me da una lata feroz. De todos modos, lo voy a invitar al programa de radio Tierra que hago en la Casa La Morada”.

 

Ese programa tendría consecuencias lamentables. “Llegué a las seis de la tarde a La Morada.” recuerda Parra. “Me quedé en el patio fumando y de repente veo que Roberto sale muy enojado, muy mal, descompuesto. Luego aparecen Pedro con la Raquel Olea muertos de la risa. Todo era bien extraño”.

 

Se fueron a comer al Venezia. Al tercer pisco sour, aunque Bolaño no tomaba, se desahogó: “Ese puto programa salió  muy mal. ¿Cómo me traes a esta vieja dinosaurio, la Raquel Olea, esta crítica dinosaurio que se quiere burlar de mí por mi acento español?” .

 

Lemebel intentó defender a Olea, que era su amiga. Pero Bolaño seguía muy enojado. “Está lleno de dinosaurios en Chile, partiendo por Gladys Marín”, dijo el novelista. Parra sostiene que Bolaño en ese punto tocó un tema sensible.

 

“Ahí Pedro se le tira encima: ‘Qué te pasa con Gladys Marín, es mi amiga’. Bolaño respondió: ‘Pero es una dinosauria del Partido Comunista’. Empezó una discusión a gritos”. Estaban a punto de irse a los golpes. Parra en un momento dijo: “Ya, se acaba esta discusión. Terminemos acá”.  Bolaño pagó la cuenta, y antes de subir al taxi, ofreció la mano para despedirse. Pero ni Lemebel ni Parra se la dieron.

 

 

Desencuentro en la Estación

 

Al día siguiente Lemebel y Bolaño tenían una conversación estelar en la Feria del Libro en la Estación Mapocho, cuando la Feria atraía a miles de personas. El encuentro entre Lemebel y Bolaño era el gran atractivo del evento. El cronista de El Zanjón de la Aguada pensó no asistir, pero decidió que no iba a dejar que Bolaño ocupara su espacio. Parra pasó al camarín, donde Pedro se estaba maquillando. Había una fila gigante para entrar, tanto por Bolaño como por Lemebel, las dos estrellas literarias del momento.

 

Sergio Parra se sentó en primera fila y vio pasar las 7 de la tarde, las 7:15, con el local lleno. Una hora después, Lemebel no salía. La gente empezó a gritar que saliera Pedro. Y Bolaño estaba en el escenario con cara de rabia. Ante la demora, la organización decide darle la palabra a Bolaño. Parra vio que “Pedro estaba detrás de una cortina mirando todo esto. Y cuando Bolaño va a abrir la boca, sale y lo deja callado. Pedro era así, dramático, una especie de diva”.

 

“Lemebel se sentó de lado, casi dándole la espalda a Bolaño. Le hacen una pregunta a Pedro, y dice: ‘¿Se escucha? Antes de empezar esta conversación con Robertito, quiero saludar a una gran amiga que está presente acá: Gladys Marín’. A Bolaño la cara se le descompuso”, describe Parra.

 

 

Enemigos íntimos

 

“Pedro decía lo que quería y Roberto decía lo que quería. Y nunca llegaron a conversar. Nunca”, reflexiona el poeta. “Al final Pedro se sacó una foto con Roberto, un abrazo muy falso. Nos fuimos a una mesa a tomar un café, con varios escritores, y Bolaño apura el tranco y me dice: ‘Me hicieron una encerrona malditos de m…’ , unos insultos fuertísimos. ‘No los perdono’, amenazó. ‘Ok, chao’, respondió Lemebel. Se da media vuelta y se va. Nunca más lo vi. Pedro tampoco”.

 

De acuerdo con el socio de Metales Pesados, “hicimos un pacto con Pedro (quien falleció en 2015) de nunca hablar de lo que había pasado. Lo que sintió Pedro era que Roberto no era suficientemente feminista. Es cosa de ver su su lista de escritores favoritos y son puros hombres. Bolaño después escribe Nocturno de Chile con la historia que le había contado Pedro sobre los talleres de Callejas. Y nunca reconoció que gran parte de esa novela Pedro se la contó. Pero fue gracias al apoyo de Bolaño que Lemebel se hizo famoso internacionalmente. Lo recomendó con entusiasmo en España. Una paradoja”.

 

La historia tuvo un final inesperado. “Años después, limpiando cosas en mi departamento, me encuentro con un sobre sellado que decía ‘Roberto Bolaño, Blanes, España’. Lo abro y era un disquete con poemas de Roberto que me había mandado para ver si yo podía buscar una editorial para que los publicaran. Y todavía tengo guardado el disquete, pero nunca lo he abierto”.

 

 

 

Fotografía: Mural “Bolaño y Lemebel”, de Afropunk (Pedro Moraga), 

ubicado en Pasaje 21 Sur esquina de Avenida Central, 

Población José María Caro, Lo Espejo.
















lunes, 31 de julio de 2023

El Bolaño cauquenino

Por Rodrigo Alcaíno Padilla

http://ralcaninop.wordpress.com, 25.02.2023





Mi amigo Óscar Fuentes se aprestaba a emprender viaje de placer por Cataluña, y como buen lector de Roberto Bolaño, tenía incorporado en su itinerario Blanes, esa ciudad costera impregnada del sudor literario del escritor.

 

Pasaron los días, Óscar fue a Barcelona, y en esos diálogos por Whatsapp de pronto sale a colación un hecho que nunca notamos, simplemente pasó desapercibido: “Estoy en Barcelona y visité donde vivió Bolaño... Ahora reviso la biografía y dice que estudió en Cauquenes... Cauquenes de no sé dónde, porque no creo que sea el de la séptima región, como el link dirige Wikipedia. Por lo que yo sé, hay un Cauquenes también en la octava región, lo cual me hace más lógica ya que vivió una vida más al sur... ¿A qué Cauquenes se referirá este artículo, crees tú? ¿Sabías que había otro Cauquenes?”.

 

Me picó la guía el asunto y me puse a chequear si existía ese supuesto “otro Cauquenes” en el mapa. Apurando la memoria, lo único que se acercaba a la ciudad maulina eran las Termas de Cauquenes en la región de O’Higgins, pero otra localidad con el mismo nombre no la hallé. 

 

Después de aclarar esa duda, todo se tornó más evidente cuando me puse a indagar en biografías y en la propia obra de Bolaño alusiones a la ciudad en cuestión.

 

A mediados de la década de los setenta, se publicó en la revista mexicana Punto de Partida, perteneciente a la UNAM, un poema del escritor chileno bajo el seudónimo de Galvarino titulado “Overol blanco y otros poemas”, que obtuvo el tercer lugar de un concurso literario en 1976. En su estrofa VIII dice: “Tierra de Chillán aquí estoy de nuevo pisándote quien ha dicho / que soy ángel Tierra de Cauquenes aquí estoy de nuevo”.

 

En el relato “Carnet de baile” del libro Putas Asesinas, página 207, relata: “1. Mi madre nos leía a Neruda en Quilpué, en Cauquenes, en Los Ángeles”.

 

También hay referencia en la última entrevista que dio a Mónica Maristain para la revista Playboy, en julio de 2003; ante la pregunta de cuál de todos los paisajes de Latinoamérica que recorrió le viene primero a la memoria, sostuvo: “Los labios de Lisa en 1974. El camión de mi padre averiado en una carretera del desierto. El pabellón de tuberculosos de un hospital de Cauquenes y mi madre que nos dice a mi hermana y a mí que aguantemos la respiración”.

 

Finalmente, aparecen los fragmentos de una entrevista que concedió Roberto a fines de 1999, y que fue publicada en la Revista de Libros de El mercurio, en octubre de 2003: “Yo nací en Santiago, pero nunca viví en Santiago. Viví en Valparaíso, luego en Quilpué; en Viña; en Cauquenes, una zona llena de alcohólicos y de espiritistas”.

 

Más claro, echarle agua…

 

 

*

 

Roberto Bolaño había vivido en la ciudad, pero había un vacío inexorable de información respecto a esos años. Google, aparte de las referencias ya comentadas, dice poco y nada.

 

La experiencia me sugiere que en los grupos de Facebook hay muchas historias que circulan en un limbo nostálgico que pareciera relevante solo para sus integrantes. ¡Nada más errado!

La búsqueda en dicha red social me llevó al grupo “Cauquenes, mi música, tu música”. Allí, el músico, profesor y gestor cultural Alejandro Morales compartió un poema de Bolaño, y agregó en el posteo: “un poeta y escritor que vivió algunos años en Cauquenes”.

 

Me puse a revisar en los comentarios, y el propio Morales relató que “siempre tuve la duda si era el mismo. Héctor Torres, un compañero común, escribió una vez ‘creo que estoy loco, le cuento a mis hijos que fui compañero de Bolaño y se ríen de mí’. Hasta que conversando con mi amigo y compañero Jorge Córdova, que fue más cercano a él, ratificó que era el mismo, y recordó a sus padres, tal como lo hacíamos nosotros. Vivía muy cerca de los Barrios, en Carrera Pinto (…) Vivió en Cauquenes y fuimos compañeros en el Instituto Cauquenes”.

 

Había un par de pistas a seguir, pero el instinto me dijo que mi amigo René Abarza Yáñez, cauquenino de tomo y lomo, me podría ayudar a seguir la hebra. Y no me equivoqué.

 

En paralelo, descubrí que el Instituto Cauquenes estuvo en dos locaciones: Catedral con Yungay y luego en Maipú con Chacabuco, y que durante un tiempo lo dirigieron unos padres canadienses. Con esos datos, le pregunté a René si sabía algo de ese colegio.

 

Mi amigo recordó que su padre había estudiado en el Instituto, y me preguntó el porqué de mis consultas. Fue una sorpresa para él que Roberto Bolaño haya vivido en su ciudad, y se comprometió a preguntar a don René padre. A las horas me comentó que su progenitor recordaba un alumno de apellido Bolaño, difícil de olvidar “porque el apellido le parecía poco común”, pero no recordaba haber interactuado con él.





*

 

El nombre de Jorge Córdova asomó a la postre como la pista más directa a la historia. Logré dar con él en Facebook, y mostró una gran disposición a compartir los recuerdos de esos años, a pesar de la forma poco ortodoxa de abordarlo virtualmente en su perfil. Me dio su número de teléfono un fin de semana, y un par de días después lo llamé. Coincidió que por esos días este testigo privilegiado estuvo de paso por Cauquenes, incluso se acercó al barrio de infancia para tratar de tomar alguna fotografía de las casas, pero para nuestro pesar ya no existían, todo estaba reconstruido.

 

A partir de lo relatado por don Jorge, él fue vecino de Roberto Bolaño entre 1963 y 1964, en la calle Carrera Pinto, entre Chacabuco y Antonio Varas. Solían jugar al fútbol en el pequeño patio frontal que daba a la calle, y siempre Roberto elegía ser el arquero. Durante esas jornadas supo de la anécdota en ese tiempo reciente -y bien conocida por quienes han seguido la vida de Bolaño- de haberle atajado un penal a Vavá durante los entrenamientos de la selección brasileña en Quilpué durante el mundial de fútbol de 1962.

 

Según Córdova, cuando doña Victoria Ávalos no quería cocinar, la familia de Roberto solía almorzar en una residencial a la vuelta de la esquina, en Antonio Varas 680, lugar donde asegura que también tuvo la oportunidad de compartir una comida con el padre del escritor, León, quien animosamente bajo un parrón se jactaba de que Roberto había dejado callados a uno de sus amigos adultos en una discusión. “Ya era un genio, muy agudo”, agregó don Jorge a la hora de recordar el temperamento de su vecino como colofón de la anécdota de León Bolaño.

 

Aunque la madre de Roberto, Victoria, era profesora, ella habría trabajado en el hospital de Cauquenes, dato que le aportó el profesor Alejandro Morales, y que adquiere mucho sentido al recordar una de las citas antes mencionadas, alusiva a un pabellón de tuberculosos. Un tema a dilucidar es qué labor ejercía en el mencionado hospital.

 

Respecto al colegio, Córdova confirmó que Roberto Bolaño estudió en el Instituto Cauquenes en su ubicación de Maipú con Chacabuco. También corroboró el dato del profesor Morales, relativo a que Héctor Torres fue su compañero de curso, y añadió que solían hacer la ruta de regreso desde el instituto por calle Chacabuco.

 

En uno de los últimos puntos de la conversación, don Jorge reveló que recién se enteró que Roberto era un escritor famoso cuando murió, al ver el titular del diario La Segunda. De hecho, recordó que en esa edición del vespertino se rescató una entrevista que había sido publicada originalmente por la revista El Sábado, el 18 de abril de 2003, meses antes de fallecer. Allí Bolaño hacía un autodiagnóstico postrero y poético de su enfermedad a propósito de un evento vivido en Cauquenes, en ese mismo patio que tantas veces fue testigo de las pichangas de dos amigos de provincia.

 

El fragmento de la entrevista decía lo siguiente: “- ¿Cuándo supo que estaba enfermo? – Hace más de diez años. Aunque en realidad me di cuenta de que estaba enfermo a los 11 o tal vez a los 10 años, en Cauquenes. Yo estaba solo, en el patio de mi casa, y un tipo muy alto y flaco me preguntó, desde el otro lado de la barda, por una calle. Le dije que no sabía dónde estaba esa calle y el tipo se alejó. Yo me asomé a la barda (era una barda no de ladrillos ni de cemento, sino de adobes hechos con barro y paja) y lo vi alejarse. Parecía un zancudo. Y entonces me di cuenta de que, de la misma forma que él se alejaba, yo también, en cierto modo, me alejaba, ambos nos alejábamos mutuamente de nuestras respectivas conciencias. Me di cuenta de que yo pensaba y que él también pensaba y que ambos pensamientos no sólo no eran parte de un juego, sino que eran dos pensamientos distintos, destinados a encontrarse una sola vez en la vida y por espacio de pocos segundos. Que yo tenía mi vida y que él también tenía su vida. Y esa toma de conciencia para mí fue el primer atisbo concreto de la muerte, pese a que ya por entonces había visto a dos muertos (en dos velorios, naturalmente)”.




Fotografías: Plaza de Armas de Cauquenes, en 1945,

y la iglesia San Alfonso.

 















lunes, 3 de julio de 2023

Bolaño, un poeta junto al acantilado

Por Patricia Espinosa

Revista Qué Pasa, Chile. 18.07.2003





Cualquier ranking en literatura es estúpido y falaz, lo sé, no hay primeros lugares, solo constelaciones que se forman. Entonces rescato nuevamente mis propios mitos y ubico a Bolaño a la altura de Borges, Cortázar, Parra, Emar. Solo los grandes, los que han ido más allá del límite de lo posible, pueden instalar un paradigma estético tan radical que sea capaz de conmocionar como lo ha hecho Roberto Bolaño. El mejor de los narradores que haya tenido este país. Su obra es la revelación de un pensamiento enloquecido y racionalista, frenético, desesperado y contemplativo, que abre muchos pliegues sobre la superficie de la lengua oficial. Se trata de una literatura de resistencia, de sobrevivencia, habitada por individuos perdidos en las grandes capitales europeas y latinoamericanas, adscritos a una condición de nacionalidad hibridizada. España, México o Santiago de Chile. Territorios multiculturales abordados a partir de una táctica que valoriza lo local/individual. Putas, niños tristes, poetas, asesinos y conversos habitan el territorio Bolaño. Una y otra vez surge la continua presencia de un personaje que actúa a partir de sucesivas fugas del orden lineal, causalista. Se forman así, una multiplicidad de trayectorias que van construyendo y deshaciendo mapas de intensidades “real visceralistas”: es el deseo lo que nos mantiene pegados a la historia, a la vida. De tal modo, no hay un norte posible, porque continuamente los planos se cruzan, permitiendo que todo recorrido pueda cambiar sin previo aviso. Bolaño recupera de la tradición oral el relato en torno al viaje mítico, al tiempo donde “Todos los tiempos conviven”, que permitirá dejar atrás el logos, el pensamiento racionalista, e ingresar al mundo de la “pura inspiración y nada de método”. El viaje, la nomadía, ocupa de tal modo el sitio privilegiado de conocimiento, nos instruye, vincula con lo nuevo, con un fuera definitivo. La narración y el hacer poético, Bolaño es un tremendo y aún desconocido poeta, reproduce la ruta, instala el territorio-vía-camino de sentido donde la epifanía opera a partir de experienciar lo pequeño, la miseria y el fracaso continuo de los peregrinos sudamericanos. El horror del abandono, la soledad, la pobreza, la muerte, son tematizados en sus obras sin asco, tal vez como la única posibilidad de subvertirlos. “El resto es silencio” como ha dicho Nicanor Parra en este terrible momento. A lo cual me atrevería a agregar: estamos perdidos, como en las peores pesadillas, pero aún nos queda leer y releer, tan desesperadamente como el mismo Bolaño supo hacerlo.
















miércoles, 17 de mayo de 2023

Por qué ya no leo a Bolaño

Por Christina Soto van del Plas 

Tierra Adentro, México, 2020





Hace al menos diez años que no desempolvo mi 2666 de Roberto Bolaño, pese a que me ha acompañado en todas mis mudanzas. Me acordé de su existencia hace un par de semanas cuando C decidió usar el tomo para elevar su computadora y simular que tenía uno de esos caros escritorios para estar de pie. Al ver ahí a mi 2666, cumpliendo una función utilitaria, tuve por un instante ganas de volver a leerlo y restituirle su dimensión literaria, pero rápidamente me distraje leyendo libros que ahora me interesan mucho más. Que no haya vuelto a abrir el libro y que no tenga el menor deseo de rescatarlo de su función utilitaria no quiere decir que no reconozca el valor de la obra de Roberto Bolaño y su importancia indiscutible dentro de la literatura latinoamericana. Pero sí quiere decir que me interesan muy poco las historias que cuenta y la forma en que las narra. A decir verdad, siempre fui una lectora bastante desapasionada de Roberto Bolaño y con el tiempo esto empeoró porque me cansé de escuchar y de leer tanta mala crítica literaria sobre su prolífica producción.

 

Leí por primera vez 2666 en el 2008, cuando la locura y el furor de la obra de Bolaño recién comenzaba luego de que su obra fuera traducida al inglés.[1] Tras su muerte prematura en 2003, la importancia de la obra de Bolaño se instituyó primero en Estados Unidos y regresó después a llamar la atención dentro de América Latina, pese a que el autor ya había ganado el Rómulo Gallegos. En 2008 estaba en mi primer año de la licenciatura en literatura latinoamericana y el profesor de la clase de “Problemas de teoría literaria”, José Ramón Ruisánchez, en una de sus lúcidas y extrañas ocurrencias, decidió que leeríamos todo 2666 y complementaríamos nuestra lectura con distintos teóricos para pensar de forma crítica y creativa el libro de Bolaño.[2] En esa, mi primera clase de teoría literaria, me formé como crítica y leí por primera vez a autores como Georges Didi-Huberman, Jacques Derrida, Joan Copjec, Slavoj Žižek, Peter Brooks y Nelly Richard, entre otros. Recuerdo que en clase conjeturamos sobre todos los aspectos de 2666, desde el tamaño del libro y su portada como tumba hasta la compulsión de repetición en “La parte de los crímenes” y su necesidad de aproximarse a lo Real. Mi primer encuentro con Bolaño, como pueden constatar, no fue nada inocente, sino que estuvo guiado por la necesidad de hacer que mis intuiciones de lectura fueran más allá de las apariencias y las primeras impresiones. Escribí un denso ensayo sobre lo Real y Das Ding en 2666 y después de la clase leí todo lo que pude encontrar de Bolaño en las bibliotecas y librerías, acaso intentando convencerme de la importancia que todo el mundo decía que tenía. Fui con gusto a un coloquio dedicado a su obra y presenté un trabajo sobre él en uno de mis primeros congresos académicos. Pero muy poco tiempo después de comprometerme con su literatura y de que la infatuación se acabó, me cansé de leerlo y me quedó claro que mis intereses no iban por ahí. Desde entonces, si me lo preguntan, contesto que “no me gusta” y “no me interesa” la obra de Roberto Bolaño.

 

La primera de las razones por las cuales me alejé entonces del concurrido club de los admiradores de Bolaño fue completamente extraliteraria. A la popsteridad[3] y el éxito internacional de Bolaño le siguieron los demasiados libros de crítica literaria mediocres que comparan su obra con la de otros autores o que la consideran según tal o cual teoría crítica postestructuralista (acaso siguiendo el patrón de lo que Bolaño advertía con ironía en “La parte de los críticos” sobre las novelas del huidizo Benno von Archimboldi). Me cansé de leer sobre las infinitas intertextualidades y de encontrar ensayos que poco aportan a abrir nuevos enunciados y se dedican más bien a aplicar fórmulas preestablecidas a la literatura, encasillándola, domesticándola. También me cansé de ver la pelea entre mexicanos, chilenos, y españoles por apropiarse territorialmente de la obra de Bolaño mientras los críticos de los Estados Unidos supieron explotar bien el potencial del imaginario que Bolaño creó en su obra a través de su biografía. Luego, en el país en el que estudié mi doctorado vi cómo Los detectives salvajes y 2666 se convirtieron, a principios del siglo XXI, en el nuevo imaginario latinoamericano, sucesor del realismo mágico estereotípico del Sur Latinoamericano.[4] Tanto el ethos romántico del poeta latinoamericano como la representación de Latinoamérica como región violenta y apocalíptica donde confluye el mal contribuyeron a este fenómeno que calzaba bien con el imaginario que los noticieros gringos frecuentemente proyectan de nuestros países.

 

La segunda razón por la cual dejé de leer a Bolaño fue más literaria. En la narrativa de Bolaño hay una promesa (incumplida) de que siempre hay más que descubrir, pero como lectora me topé una y otra vez con la mera repetición de lo mismo. Los narradores de Bolaño son seductores y manipuladores cuando cuentan historias y parece que siempre van a llegar a algo que apenas se vislumbra y que es necesario descubrir. Las historias despliegan una asombrosa habilidad de irse por las ramas. En cada uno de los libros de Bolaño (incluidos los manuscritos publicados de forma póstuma) no hay nada nuevo o diferente, sino la misma estrategia repetida ad nauseam. ¿Para qué leer el mismo libro en decenas de variaciones? Más allá de la imperfección o incompletud de la obra de Bolaño que algunos han resaltado como una virtud transgresora, lo que me agota como lectora es enfrentarme una y otra vez con la misma estrategia que no apuesta por un camino, sino por el desvío como gesto constitutivo.

 

En definitiva, a diferencia de los autores que más me gustan, Bolaño no es un innovador en la forma o en términos del lenguaje. Es un autor que juega con la representación visual y quizás el montaje y poco más. No se arriesga a pensar el lenguaje sino al servicio de la trama. No quiero decir aquí que todos los autores deben ser innovadores en este sentido, sino a que la literatura que está al servicio de la trama suele devenir (aunque no siempre) en tediosos discursos ideológicos o alegóricos. Esto es más visible en el hecho de que gran parte de la crítica literaria sobre Bolaño se decanta por este tipo de reflexiones sobre la violencia, la noción del mal o la modernidad y sus males(tares). Incluso en su versión más refinada, Bolaño siempre nos dice algo, como argumenta por ejemplo Zavala en La modernidad insufrible: “[s]u proyecto literario puede leerse como una compleja crítica de la modernidad literaria occidental y el modo en que se intersecta con la experiencia latinoamericana que simultáneamente la niega y la refunda”.[5] 

 

Desde mi punto de vista, la literatura que decide apostar su descubrimiento en la trama no es necesariamente una literatura que deja los elementos necesarios para pensar, sino que nos da un pensamiento ya rumiado y tejido para que lleguemos a una conclusión inevitable.

 

Ya no leo a Bolaño porque me cansé de su mismidad y porque la literatura que me da las piezas para decirme lo que debo de concluir me convierte en el tipo de lectora pasiva que nunca quiero ser. Ya no leo a Bolaño porque sus historias que se van por las ramas no llegan a tener consistencia y porque sus narradores voluntariosos e irónicos ya no me entretienen como antes. Ya no leo a Bolaño porque tanta crítica de su obra turbó mi capacidad de leer de formas más intuitivas. Ya no leo a Bolaño porque C necesita un librote del tamaño correcto para apoyar su computadora y poder trabajar.

 

 

 

Notas

[1] En 2007 se publicó la traducción al inglés de Natasha Wimmer de Los detectives salvajes (1998) en Farrar, Straus and Giroux y en 2008, la de su novela póstuma, 2666 (2004).

[2] José Ramón Ruisánchez Serra publicó recientemente uno de los mejores libros sobre Roberto Bolaño que me parece que venía pensando desde entonces: La reconciliación. Roberto Bolaño y la literatura de la amistad en América Latina. México: UNAM, Serie El Estudio, 2019.

[3] “Popsteridad” es un término que utiliza Rodrigo Fresán para referirse a cómo la cultura de masas se ha apropiado de la figura de autor de Roberto Bolaño más allá de su práctica literaria y lo ha convertido en un fetiche académico o en ícono pop.

[4] Recomiendo leer el ensayo de Sarah Pollack sobre Bolaño sobre este tema: “After Bolaño: Rethinking the Politics of Latin American Literature in Translation.” PMLA, Volume 128, Number 3, May 2013. 

[5] Oswaldo Zavala, La modernidad insufrible: Roberto Bolaño en los límites de la literatura latinoamericana contemporánea. University of North Carolina Press, 2015, p. 242. Este libro de Zavala es una rara excepción a la mala crítica de Bolaño.

 

 

 

 

 

* Christina Soto van der Plas (Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.