lunes, 17 de junio de 2013

Las identidades posibles de Bolaño en una novela

por Roberto Prada
La Razón, Bolivia. 19.08.2012






Escribir una novela sobre un ser humano que tuvo una existencia real, como hace Cristina Zabalaga en Pronuncio un nombre hueco (Gente Común, 2012) sobre el escritor chileno Roberto Bolaño, es un proyecto que debe enfrentar malas lecturas que le reclamen falta de fidelidad con la verdad histórica del personaje o haber inventado el personaje y no haber atendido a los hechos reales del individuo en cuestión.

Se abre la novela con una referencia a las diversas maneras de ser en el mundo que anuncian las identidades del poeta o B o R: “Esta es la historia de R también conocido como B, el poeta. Y también el padre. El hijo. El chileno. El pobre. El extranjero. El niño-joven. El niño-viejo. El adolescente. El paciente. El amante. El autor. El joven. El prisionero. El vigilante. El escritor”.

Desde el punto de vista de B como escritor, todas esas maneras de ser son posibles, algunas son efectivas, tal vez no todas necesarias. El texto  contribuye a fundamentar esa referencia inicial y en las lecturas diversas se encontrarán respuestas a la posibilidad, efectividad o necesidad de esas identidades.

El epígrafe del libro (Poéticamente habita el hombre sobre la tierra, Hölderlin) sugiere una idea central: la esencia de la labor narrativa es la poesía, de ahí que a B se lo llame poeta. La narración aparece como renuncia a la poesía, pero también confiesa su verdad como poesía y no su traición o renuncia. El estilo de Cristina ratifica esta idea y la ejercita.

En la novela hay dos pasajes bellamente logrados y que se refieren a la relación del personaje con su abuelo materno chileno y con su abuela paterna catalana. El abuelo materno es un coronel que pierde todo por salvar del linchamiento a un poeta que robó unos libros, como si este hecho no fuera hurto, porque la poesía no es de nadie y, por consiguiente, nadie puede robar aquello que le pertenece. En el otro pasaje se describe la conmovedora relación entre la abuela y el poeta casi muerto de hambre, al que alimenta gratis en su restaurante. El poeta un día se va a Santiago, dejándole un paquetito. Cuando éste fallece el sobre es abierto por su esposa, quien con enorme desilusión comprueba que sólo contiene poemas, papeles que no valen nada, que no le darán de comer ni a ella ni a su hijo.

En esos dos pasajes se refleja a B y sus imposibilidades existenciales y el carácter casi subversivo de la escritura, dejando al mismo tiempo claro el halo de romanticismo que dibuja la figura del poeta.

El estilo de Cristina está demandado por la exigencia de acompañar rápidamente los gestos existenciales y literarios de B, apremiado por la realización de una obra amenazada por la muerte prematura. Una obra permanentemente escamoteada por la pobreza, su condición de extranjero, por la tensión entre la narración y la poesía.

Pareciera que la tensión narrativa en la novela surge de las distancias y diferencias entre dos polos. Por un lado, la narración es, al parecer, depositaria de un secreto; ese secreto tiene las claves de todo lo que está siendo representado y está más allá del texto. Y, por otro lado, la escritura proviene de la propia intención narrativa, la cual está dada antes de la experiencia. Así, la escritura es una iluminación o mancha y cobra realidad en los rasgos, las sombras y las luces, las renuncias y las imposibilidades de la narración, marcando los silencios y sentidos que están más acá del texto. Entre esos dos polos se jugará el lector, resultando cómplice del secreto o yendo más allá de un poco previsible juego que pretende simular el horizonte de la historia de B y del mundo.

La historia del poeta es la historia de Chile, de México, de Barcelona y el mundo; la historia de las mujeres que amó; la historia de la claridad que tuvo para ver la historia y todo lo que en la historia le fue oscuro e imposible de interpretar; el muelle del que se parte para siempre o el puerto que espera al viajero, con Penélope o sin ella, con la tejedora que confundió todo, pero siguió juntando los hilos para que uno de los posibles Ulises retorne a su lecho y su casa en Ítaca.

Quiero destacar, finalmente, que me sorprende la intensidad sostenida de la narración, que no cede ante las tentaciones de las historias o cuentos menores que se aproximan desde muchos lados a lo largo de la novela. Yo estoy seguro que esta novela constituye un pacto de Cristina con la escritura, pues la intensa poesía de esta novela corre por sus venas.













lunes, 10 de junio de 2013

En la cocina (inédita) de Roberto Bolaño

por Carles Geli
El País, Cataluña. 06.03.2013







La noticia está recortada con los dedos: “Un poeta chileno ha sido muerto de hambre por su mujer”. La otra nota del periódico, igual: “Seis niños atraviesan el desierto en busca de cariño y de fútbol”. En la libreta pequeña junto al papel amarillento del diario hay apenas un apunte sobre las noticias; unas páginas después, una breve narración engarzando aspectos de ambas; al lado de eso, ya un manuscrito, con una letra envidiablemente cartesiana y clara: “Ahora abro la ventana, qué luna, detrás de mí, acuchillados y silenciosos, están Charles Bronson, Ernesto, Ramón y los dos pequeños”. Así arranca el manuscrito del relato-nouvelle inédito “Las alamedas luminosas”, historia de Julio Arriagada, poeta y ex ministro, secuestrado en casa por su mujer, al que se le han cruzado (o tarde o temprano lo harán) unos niños huidos por Antofagasta.

Ahí está, desnuda, la génesis de un texto inédito del escritor chileno Roberto Bolaño, de entre 1979 y 1980. Es sólo una de las múltiples perlas de su archivo en el que entre las 14.374 páginas del apartado de originales se incluyen 26 cuentos nunca publicados, cuatro novelas también inéditas como lo son un sinfín de poesías, borradores, más de mil cartas recibidas, escritos de vida… Fragmentos de esas novelas aún no impresas, diversos relatos y poemas que tampoco han visto aún la luz y que aún no ha podido ver ni su agente, el temible Andrew Wylie, son el gran atractivo de los 230 originales que hay en la muestra “Archivo Bolaño: 1977-2003”, que hasta el 30 de junio puede contemplarse en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB).

La exposición permite husmear por encima del hombro de Bolaño, pasearse por la trastienda del autor fallecido hace ahora diez años, de moverse en su laboratorio y contemplar lo que sólo vieron sus ojos. Porque hay bastantes muestras de inéditos: como la novela “El espíritu de la ciencia-ficción”, de los géneros predilectos de Bolaño, y en cuyas tres libretas de espiral narra la historia de un periodista y un escritor del género investigando unas extrañas estadísticas sobre poesía, en una historia que intercala cartas a escritores reales de ciencia-ficción; o la también novela “D.F. La Paloma. Tobruk”, que muestra la gran obsesión de bolaño por ser feliz si puede escribir; o el relato “El espíritu de Rudolf Amand Philippi”, donde un profesor de arte dramático ve cómo los alumnos a los que adoctrina sobre Martha Graham se apuntan por las noches a manifestaciones sandinistas.

Pero son obras que tardarán en ver la luz. “Son originales que hay que trabajar y estudiar mucho más; no tengo intención de publicar ningún inédito más hasta que se analicen bien y, por otro lado, hasta que las traducciones de las obras anteriores de Roberto no se consoliden”, apunta Carolina López, viuda de un escritor traducido a 37 lenguas y cuyo título estrella, 2666, da nombre desde hace poco a una librería de Pekín, donde ya es un escritor de culto. La mayoría no está fechado, por lo que la cronología creativa del catálogo de la muestra es clave. Pero López no quiere un experto específico para el archivo. “Cada proyecto tendrá su especialista adecuado”.

La muestra expone una ínfima parte de un fondo que cuenta con 14.374 páginas del apartado de originales, que incluyen 26 cuentos inéditos, cuatro novelas, poesías, borradores, más de mil cartas recibidas.

Bolañistas y bolañólogos (más éstos) disfrutarán de lo lindo. La muestra, comisariada por Valérie Miles y Juan Insua, ofrece esos 230 originales, así como un centenar de fotografías, otros tantos libros, ocho audiovisuales y un archivo digital con casi todas las entrevistas de las 167 que le hicieron y que él conservaba. “Lo guardaba todo: he encontrado hasta una servilleta de papel de estas de bar de México; cómo un papel así de 1975 resistió hasta Blanes en 2006 lo dice todo”, ilustra López, que ese año empezó a trabajar en ese gran archivo, donde ha localizado también 84 libretas y 15 cuadernos-libros (seis inéditos) montados por ella y el propio Bolaño para presentarse a galardones.

De todo un poco de eso hay en esta “primera exploración a un archivo que muestra el origen de personajes y obsesiones, la tremenda productividad de Bolaño y cómo se enfrentó a un canon bien heterodoxo; por suerte, lo hizo todo con una alta legibilidad caligráfica”, apunta Insúa. Eso se aprecia ya en el material del primero de los tres apartados que conforman la muestra, que corresponden a cada uno de las ciudades y los procesos creativos que vivió en Cataluña desde su llegada en 1977, con apenas 24 años, procedente de México.

En Barcelona (“La universidad desconocida, 1977-1980”) se tratará de leer y escribir, perseverar y volver a leer y a escribir, en un bucle sin fin. “Desde que llega a España quiere aprender a hacer novela, lo tiene en la cabeza”, perfila Miles. Vive precariamente en un piso lamentable de la calle Tallers: “el cagadero en el pasillo compartido con otros dos pisos sin ducha”, lo describe en una libretita, que comparte vitrina con las tres, más grandes, tituladas “Diario de vida, ejercicios de 1979” y cuyo primer volumen subtitula: “Notas de vigilante nocturno del camping Estrella de Mar”, labor que ejerció tal que así. Está también un ejemplar de “Algunos poetas en Barcelona”, publicado por esos años por La cloaca, editorial de mal nombre pero en cuya entrada conocerá a uno de sus amigos más íntimos en Barcelona, Antoni García Porta, de quien puede leerse una carta que acompaña un relato suyo sobre el que pide a Bolaño opinión.

En medio de infinitos “ejercicios de estilo, al modo de los de Raymond Queneau”, compara Miles, ese apartado ofrece también los originales inéditos del relato “Tres minutos antes de la aparición del gato” (referencia al felino cortazariano de Rayuela) y la nouvelle “La virgen de Barcelona”, relato autobiográfico donde ya se aprecian los cambios de punto de vista, la fragmentación, la mítica influencia de Arcimboldo.

Tras esa obra ya está en “condiciones de trabar y desarrollar las estructuras de sus grandes obras”, explica Miles sobre el apartado de Girona (“Dentro del caleidoscopio, 1980-1984”). Aislado, Bolaño escribe e intenta que se publiquen sus primeros títulos, por lo que se presentará a un sinfín de “premios búfalo que un piel roja tenía que salir a cazar pues en ello le iba la vida”, escribirá sobre ese periodo. Junto a otros recortes alucinantes (un viejo chino de 142 años y en bicicleta; los portentosos ojos de un niño también chino que parece ver a través de objetos opacos y que darán pie al relato “El contorno del ojo”), una vitrina recoge los tubos de ensayo de más novelas inéditas como Diorama, de 1984 (donde ofrecen a un chileno sin papeles un trabajo de operador y vigilante nocturno en una sala de cine barcelonesa).

El tercer apartado, el de Blanes (“El visitante del futuro: 1985-2003”) refleja cómo en la localidad gerundense van reduciéndose los innumerables trabajos extraliterarios y se nota, para regocijo del mitómano: se pone estudio (en la calle del Lloro); deja la vieja máquina de escribir y coge otra eléctrica y salta al ordenador (ambas piezas pueden verse en la muestra) y acabaran saliendo productos como la endemoniada, por inacabada, Los sinsabores del verdadero policía o la capital 2666, cuya elaboración permite ver libretas, y notas y esquemas, como el de la misma novela (con un “centro oculto”, según sus dibujos, a los que era aficionado y con los que juega la exposición). Entre sus tres gafas, juegos de guerra de mesa e imágenes con sus amigos Javier Cercas y Enrique Vila-Matas, hay hasta listados de libros clave en su vida (La sinagoga de los iconoclastas, de Roberto Wilcock, es uno) e infinitud de poemas inéditos en cualquier soporte; entre ellos, en un libreta grande de espiral, un autorretrato de marzo de 1993, donde dice que lee y escribe “En una vano intento de que el Tiempo/ no me devore/ Soy un pasajero ilegal en este autobús del Infierno”.













martes, 4 de junio de 2013

“Su ausencia es irreparable y no está vinculada a su literatura”. Entrevista a Carolina López

por Lucía Magi
La Tercera. 01.06.2013







Carolina López, 52 años, es una mujer tímida que, dice, tuvo que aprender a protegerse. El coche que la recoge en el aeropuerto de Turín, norte de Italia, la lleva al Salón Internacional del Libro, que este año orquestó un gran homenaje a su marido, Roberto Bolaño, fallecido hace diez años. En el camino, con una sonrisa habla del autor y del padre de sus dos hijos; los ojos le brillan tras las gafas. Cuando la conversación empieza a parecerse a una entrevista, se encierra, reacia a cualquier protagonismo: “Roberto no lo necesita, su obra camina sola. ¿Qué puedo aportar yo?”. Tampoco suele viajar para acompañar publicaciones o nuevos homenajes. Sigue el éxito del escritor desde lejos, desde Blanes, el pueblo donde vive, en la costa que se aleja de Barcelona rumbo a Francia. Pero decidió ir a la feria italiana, que finalizó el 20 de mayo: “Hace diez años que Roberto se fue. Coincide con el cierre de una primera fase de catalogación de su archivo. Se convirtió en una exposición (en el Centro Cultural de Barcelona), Chile se mostró muy interesado en acogerla en Santiago tras su estancia en Nueva York. Así que me pareció importante venir”. “Archivo Bolaño, 1977-1993” es como abrir el baúl de los recuerdos y encender el foco sobre un escritor íntimo desconocido. Bolaño antes de ser Bolaño.



¿Cómo fue recopilar sus escritos?
Catalogar el archivo fue una experiencia muy emocionante. Descubrir el cómo y el cuándo de la creación de un universo literario tan complejo como el de Roberto es una experiencia enriquecedora. Hasta ahora, hemos finalizado la primera fase: identificar y pasar al digital los documentos. Fue complicado preservar la clasificación que había utilizado Roberto, a veces vinculada a proyectos concretos como libros de cuentos o novelas, pero también guardaba carpetas con anotaciones de ideas, apilaba papeles sin ningún criterio. Respetar la estructura del archivo en la exposición fue lo más difícil, porque en una misma carpeta podíamos encontrar narración, poesía, material inédito, publicado, recortes de prensa. Pero mantenerla era fundamental para aproximarnos a su sistema de trabajo.


¿Qué aspectos emergen de ella?
La exposición documenta su cronología creativa e intenta reflejar su sistema de trabajo: a partir de una idea o de una noticia, luego las notas, una primera estructura o breve síntesis de la narración, el borrador en bruto, un segundo borrador y finalmente el mecanoscrito. Es increíble la cantidad infinita de proyectos en los que trabajó: exponemos aquel laboratorio, la cocina del escritor.


¿En qué momento del día escribía?
Escribía por las noches, con la llegada de los hijos fue adaptando su horario. Es una fantasía pensar que Roberto escribe desde que empezó a publicar. El publicó en una editorial grande por primera vez a los 43 años, pero decidió ser escritor desde su niñez. El genio está, el talento está, pero sin el trabajo sirven de poco.


¿Cómo se preparaba para sus libros tan precisos en datos e información?
Se documentaba leyendo libros, consultaba con amigos expertos y más tarde a través de internet.


¿Cómo fueron los años antes de los premios, cuando su trabajo no era tan reconocido?
Fueron años de lectura, escritura, ver películas, amigos, aficiones... A Roberto no le cambió el reconocimiento.


¿Pero le daba satisfacción el éxito?
Los premios que cosechó en vida le llenaron de alegría. Estaba muy satisfecho y feliz. Sin embargo, aún vendía muy poco. Empezaba a despuntar, ganó el Rómulo Gallegos y el Herralde, pero el éxito que conoció Roberto fue un éxito de crítica y de reconocimiento de sus pares, en absoluto nada comparable al actual. Tras su muerte, se ha convertido en una figura literaria a nivel universal. Conquistó su sitio en el canon.


¿Esto ayuda a llevar la ausencia?
Esto es una maravilla. Una satisfacción brutal pensar: “Roberto, ¡lo has conseguido! Has trabajado tanto y, ¡mira!, lo has logrado”. Pero él ya no está. No está con nosotros.


En las entrevistas siempre parecía muy modesto y rechazaba con ironía todas las alabanzas. ¿Era consciente de sus capacidades?
La modestia de Roberto es muy real y está directamente vinculada a su ambición literaria. Al mismo tiempo, sin embargo, era muy consciente de su valía como escritor.


Es un trabajo muy solitario. El dijo que usted era la primera lectora de sus libros. ¿Le daba consejos?
No, sólo mi valoración como lectora. Cuando Roberto no publicaba, sus textos los leíamos muy pocas personas, algunos amigos y yo.


¿Qué la llevó a enamorarse de él?
Lo conocí en Gerona, en la calle. Me abordó para invitarme a cenar y yo acepté. Me enamoró su sentido del humor, su alegría, su inteligencia, su conversación, era un hombre muy atractivo.


Catalogar y ordenar sus escritos y la admiración de miles de lectores en el mundo, ¿ayudan a superar la pérdida?
Catalogar y ordenar sus escritos ha representado ampliar en mucho mi conocimiento sobre su sistema de trabajo. Leer a Roberto ayuda. Pero su ausencia es irreparable y no está vinculada a su literatura.















jueves, 30 de mayo de 2013

Roberto ya no vive aquí

por Álvaro Bisama
Revista Qué Pasa. 16.05.2013







La sala es oscura y hay algo que hace pensar que las vitrinas donde se exhiben los cuadernos y libretas de Roberto Bolaño parecen féretros. Hay algo sepulcral acá, en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB). Algo que me hace pensar que la exposición Archivo Bolaño puede ser una peregrinación frustrada a estos manuscritos, que son los rollos del Mar Muerto de la religión en la que se ha convertido el culto al escritor chileno. Es interesante, pero poco profunda. Todo queda en el centro de la ciudad y a escasas cuadras del balcón de un departamento que, me cuentan, es parte de un tour literario que hay por la ciudad. Al parecer, Bolaño vivió en ese balcón pero, me confiesan, no está muy claro cuál es el lugar exacto. 

Lo importante es que el mito está ahí aunque cada vez me parezca más dudoso, más parcial. Pienso en los textos que Bolaño publicó para las revistas de la diáspora (“Literatura chilena en el exilio”, “Araucaria”), en las antologías de poesía chilena que hicieron Sergio Macías (Los poetas chilenos luchan contra el fascismo, que salió en Alemania Oriental, en 1977) y Soledad Bianchi (Entre la lluvia y el arcoíris), en esa lectura de poesía chilena que armaron los infras en 1975 donde hablaban de Millán y otros, en ese número de “Berthe Trépat” (que sí está acá, pero cerrado), que era un dossier completo sobre literatura chilena y que partía con la carta dolorosa de un Enrique Lihn que no dejaba nada en pie. Archivo Bolaño vadea todo aquello. Presenta un cajón inagotable de manuscritos que, quizás, no sirven de mucho. Todas, obras inacabadas, tentativas de genio y destellos precoces; marcas de una literatura que no fue, la ficción de un documento algo estéril. 

De haber vivido, Bolaño hubiera cumplido 60 años este 2013. Su obra, que ha sido leída y releída hasta el hartazgo, es una iluminación y una trampa. Quizás por eso resulta decepcionante la muestra, que quiere inventar otro Bolaño (el de un artista solitario, precoz y genial), pero que no avanza mucho más. Las libretas están cerradas, de cada una de ellas sólo podemos ver un par de páginas y nada de eso explica esa letra suya perfecta y ordenada, que nunca se escapa de las líneas de la hoja, aquella caligrafía que escribe sin romperse nunca. Una letra que está en el reverso exacto de la de su amigo Mario Santiago, que sólo sabía escribir en los bordes de cualquier superficie. A partir de ahí, respecto de Bolaño sólo podemos hacer conjeturas, contemplar los planos de sus ciudades ficticias, los mapas conceptuales de las novelas que nunca veremos.

Es demasiado pobre todo esto, aunque queda la sospecha de que de estos cuadernos saldrán las decenas de libros de Bolaño que leeremos en el futuro. Se extraña la complejidad de las máscaras infinitas del yo del autor, que acá no alcanzan a romperse y sólo cristalizan en este recuerdo parcial, en esta postal de un rostro donde falta el fondo. Por ahora, afuera de la sala, España vive la crisis. Ésta es una ciudad que Bolaño dejó hace mucho tiempo. Mientras que por las ramblas se pasean alemanes borrachos y el Barcelona celebra su triunfo en el campeonato, en la cuasi penumbra del CCCB, los cuadernos nos hablan de un mundo desaparecido, del que sólo podemos contemplar unos pocos fragmentos.











miércoles, 22 de mayo de 2013

De Estocolmo a La Paz, los puentes de Bolaño...

por Carlos Decker-Molina







Fui a escuchar una mesa redonda sobre la obra del escritor chileno Roberto Bolaño, empaquetada en una paradoja: “El escritor, para crear, necesita de la soledad; para vender requiere de una multitud”. Pensé en un ataque velado o abierto a la literatura “hamburguesa”, tan querida por las multitudes ilustradas pero sin ilustración. Me equivoqué.

Lo que plantea Marc Caellas, autor de la performance “Los críticos también lloran”, es darle vida propia a la primera parte de la novela del chileno con la complicidad de cuatro escritores que buscan a Benno von Archimboldi, personaje de la obra cumbre de Roberto Bolaño, 2666.

La performance se estrenó en Bogotá, estuvo en la Casa de América de Cataluña, luego pasó a un escenario madrileño y finalmente llegó a Estocolmo a la sala del Instituto Cervantes. Los que allí estuvimos quedamos encandilados por el relato de los cuatro personajes que inician la búsqueda del escritor Archimboldi, el personaje “ausente” de 2666. En el texto de Bolaño los personajes que se encuentran en un congreso, y que coinciden en su interés por la obra de Archimboldi, son Pelletier, Moroni, Espinoza y Norton.

En la performance son Jorge Carrión, escritor y ensayista de Tarragona; Leo Campos, autor venezolano de la novela Sexo en mi pueblo; José Tomás Angola, escritor y dramaturgo, poeta y narrador nacido en Caracas, y la colombiana Margarita Posada, periodista y escritora. Cada uno de ellos asume el rol de los personajes de la novela póstuma de Bolaño, pero manteniendo sus nombres propios lo que le da credibilidad a la performance.

Como esta nota la estoy escribiendo para un medio allende la cordillera de los Andes, no se trata de comentar o reseñar la performance, sino de hacerles saber que el arte no se detiene en la búsqueda de nuevas expresiones. Produce híbridos como “Los críticos también lloran”, donde se mezcla el arte escénico —sin llegar a ser teatro—con la literatura “hablada” que se apodera magistralmente de un texto ajeno. Magistralmente porque el texto es magistral. Escuchar y ver a los cuatro escritores —huelga decir que no son actores— es volver a la novela de una manera diferente y eso no se puede hacer con todas las novelas, ni siquiera con todas las de Bolaño. Tal vez la estructura de 2666 se ofrece para el híbrido, aunque pienso que Los detectives salvajes también podría darse, aunque sin la soltura de la obra póstuma.

No sé si le habría gustado a Bolaño ver y escuchar su obra en una performance porque el escritor cultivó —con paciencia de jardinero— su propio mito, el de outsider, el despatriado con identidades dispersas; el hombre global, el incorrecto político y el cínico inteligente del post-ideologismo. Al mismo tiempo, los parámetros del mito le sirvieron para escribir obras inolvidables y mostrar con sus textos que alguien de la periferia podía inventar muchas historias y escribir, por ejemplo, la biografía de Archimboldi cuando fue soldado de la Segunda Guerra Mundial. Sin duda, Bolaño está más cerca a Rayuela que a Cien años de soledad.

Así como Rayuela destrozó los viejos esquemas, la búsqueda de Benno von Archimboldi es también una ruptura al extremo que sigue vigente la indagación. ¿Tal vez Archimboldi esté radicado en el altiplano de Bolivia?, quién sabe. A Bolaño es difícil imitarlo, no lo intenten, porque de hacerlo no alcanzarían a ser sino ridículos bolañitos.

Hago votos porque el grupo de Marc Caellas llegue a los espacios culturales de Bolivia. O que esta nota inspire a otros creadores. La presente nota fue escrita y enviada por el autor desde Suecia. El escritor, fuera de su espacio. La propuesta del español Marc Caellas piensa a los escritores fuera de su ámbito tradicional (el estudio, el escritorio), según explicó Jorge Carrión, quien participó de la propuesta.












miércoles, 8 de mayo de 2013

Actos de bolañismo

por Karina Sainz Borgo
Revista Quimera, nº 328. 03.2011






Actos de bolañismo, o cómo cargarse una mesa redonda sin que parezca delito
 

Archimboldi está aquí -dijo Pelletier-, y nosotros estamos aquí,
y esto es lo más cerca que jamás estaremos de él.
Roberto Bolaño. 2666



El teatro está convocado, aunque sin avisos que recuerden su existencia. Todo está solapado, encubierto, y quienes asisten asumen como verdaderas algunas condiciones… Que esto es una mesa redonda literaria. Que quienes participan en ella gozan de alguna licencia intelectual, sentimental o biográfica para hablar sobre Roberto Bolaño -el parricida del boom se ha convertido en un difunto de moda al que, ahora, le crecen por igual los inéditos y los amigos-. Que esto se trata de un acto culto, ajustado a la norma de los ceremoniales y los desenfados previstos en el repertorio de lo políticamente correcto.

En resumen, quienes asisten lo hacen confiados de las convenciones hasta ahora pactadas por el uso y la costumbre. De ahí el éxito anticipado –pero necesariamente finito- de “Los críticos también lloran”. Se trata, como sus organizadores dicen, de un “homenaje”, pero también de una conferencia adulterada, un asalto entre paréntesis, una novela escénica, un objeto portátil, de uso limitado y rápida caducidad debido su carácter efímero (se puede engañar una vez, quizás dos, pero llegar a la decena supondría, quizás, hacer la acción previsible).

Para ser prácticos y convertirlo en sujeto para una oración, “Los críticos también lloran” puede definirse como una puesta en escena dirigida por Marc Caellas e interpretada por cuatro escritores, Leo Felipe Campos (Venezuela), Jordi Carrión (España), Margarita Posada (Colombia) y José Tomás Angola (Venezuela). Hasta ahora, este proyecto -a mitad de camino entre la conferencia, la obra de teatro, el performance y el saboteo con pretensiones intelectuales- se ha representado en Bogotá (Colombia), en la Bienal de Literatura Mariano Picón Salas, en Mérida (Venezuela), así como en Barcelona (Casa de América), Madrid (Casa de América) y Estocolmo. 

En ella, se supone, que los escritores deben sostener un debate acerca de la narrativa de Roberto Bolaño. Basándose en el mecanismo del humanista a tiempo completo y la lógica del bookstar, “Los críticos también lloran” debería jugar la carta de la mesa literaria como bingo cultural. En este formato, cada vez más repetido, el autor sustituye a su propia obra. El escritor pasa por encima de lo escrito. En el caso de Roberto Bolaño la propuesta de una conferencia en esos términos resultaba aún mucho más atractiva. De ahí la convocatoria; un señuelo perfecto.

Pero ni ésa es una mesa redonda ni los escritores se comportarían como tales. Ellos representan, mejor dicho, sustituyen en su papel a los cuatro investigadores protagonistas de “La Parte de los Críticos”, primer tramo de la novela 2666 de Roberto Bolaño. Así, Jean-Claude Pelletier (Leo Felipe Campos), Manuel Espinoza (Jordi Carrión), Liz Norton (Margarita Campos)y Piero Morini (José Tomás Angola), se remiten a contar su propia historia: la de cómo conocieron al escritor Benno Von Archimboldi, cómo coincidieron entre sí en sus investigaciones sobre el autor y los lazos extraliterarios –emocionales, obsesivos, eróticos- que fueron atándoles hasta llegar a la enloquecida búsqueda del escritor en Santa Teresa, eufemismo de Ciudad Juárez, a donde van a parar envueltos en una manta de polvo y locura. 

Y si el público lo que espera es panegírico, otro inédito hallado por Herralde en la gaveta de una cómoda del chileno o la disertación sobre Ulises Lima en clave Nocilla, se topará de bruces con la voz de un hombre que habla sentado desde su silla de ruedas: “La primera vez que Leo Campos leyó a Benno von Archimboldi fue en la Navidad de 1990, en París, en donde curaba estudios universitarios de literatura, a la edad de 19 años. El libro en cuestión era D'Arsoval. El joven campos ignoraba entonces...”. En ese momento la mesa redonda es defenestrada y el teatro -o la novela- se abren paso en la sala.
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Aunque el texto de 2666 es el asiento conceptual del proyecto, “Los críticos también lloran” está basada en el libreto de la adaptación que hicieron Alex Rigola y el dramaturgo Pablo Ley para el teatro Lliure de la novela póstuma del chileno, además de un fuerte influjo de las ideas de Mario Bellatín, cuyo garfio duchampiano resplandece cual guiño en toda la puesta en escena.

A diferencia del épico montaje de Rigola, que escenificó las cinco partes de 2666, “Los críticos también lloran” toma de la apuesta de Rigola sólo la selección del texto y se aleja de planteamientos estéticos. Al contrario, se planta en preocupaciones más tácticas que retóricas. Utiliza lo esencial: el texto, el espacio y un tercer e indefinido elemento, el paréntesis donde coinciden el humor y el ensombrecimiento.

“Los críticos también lloran” funciona como una máquina sin telón, un artefacto portátil y mucho más efectivo donde el principal efecto es la apariencia de realidad. Una mesa de conferencia, cuatro micrófonos y cuatro sujetos que no se dedican a dramatizar, sino a narrar una novela. No es la acción, ni el conflicto representado. Lo que prevalece es la situación literaria contada mientras la novela se comunica con la obra o con el simulacro de obra.

A diferencia de cualquier adaptación, casi siempre sacrílega, esta representación se vale del texto para llevar lo escrito al mundo de la apariencia, sin artificios. Una vez en el asiento, puesta en marcha la “mesa redonda”, quienes han leído la novela, inmediatamente entrarán en ella y a través de ella. Quienes no, serán llevados de la mano. Sin distracciones. Sin información simultánea, ni escenografía, ni vestuario, ni caracterización. Sólo texto y voz. Sólo eso. Los cuatro escritores, envueltos en la situación de una conferencia, narran. Y son interrumpidos en sus –a veces- indirectos diálogos por personajes –que a manera de voces sueltas en un coro- aparecen desde el público –la señora Bubis, el pintor Edwin Johns, Amalfitano- como recursos más narrativos que teatrales para romper con la monotonía. En este sentido, actúan más como mecanismos audiovisuales que escénicos. Lo que parece una conferencia se vuelve una escena, y lo que debía ser una escena deja de ser acción en sí misma, para ser una situación. Lo teatral se subordina ante la oralidad de la escritura. Y aunque pudiese pensarse que la propuesta es democrática, no lo es. Nuevamente, aparenta una experiencia democrática, porque lo teatral ha sido convocado pero sin avisos que recuerden su existencia. La imprecisión del escenario no excluye sus dominios.

Por muy paródica o engañosa que resulte para quienes esperaban de ella un coloquio como tal, la mesa redonda no deja de ser un evento distante que juega la carta del peta zetas. Algo parece estallar, sin hacerlo realmente. Es cierto que Edwin Johns responde, escondiendo su mano manca, desde el fondo de la sala que de pronto se vuelve manicomio. Y es cierto, también, que la señora Bubis bebe un vodka en medio de un salón sembrado en la tercera fila del auditorio. Sin embargo, el lugar de la acción sigue siendo fijo, permanece en el texto.

La historia se separa del resto del espacio, se mantiene muy bien definida por la noción de marco que aleja a la estampa de quien la mira, reafirmando su condición de objeto de representación. La noción de límite –marco, pedestal- refuerza la puesta en escena, el gesto de quienes han cambiado de lugar esas páginas -las de 2666- y las han colocado en clave de performance en el lugar institucional del pretencioso –y defenestrado- escritor conferenciante.

Ese sencillo –y necio gesto de atorrancia o ingenio- refuerza la intención de “Los críticos también lloran”. Un autor como Roberto Bolaño, irónico por naturaleza, tiene la suficiente fuerza como para, a través de su texto, ocupar un espacio institucionalmente ritual, parodiarlo y lograr así, el doble efecto, es decir, que el humor se active y que el texto, en su sentido original, adquiera un peso aún mayor, debido a la concentración de pocos elementos bien ordenados. De ahí que la realidad sea esencial y suficiente, que no sea necesario nada más excepto la propia parodia de la mesa redonda, que genera, a la vez, un engaño y un nuevo sentido, un significado adicional mordaz, opaco, melancólico y furioso.


Paréntesis para el humor y ensombrecimiento

Cuando el periodista Demian Orosz le preguntó a Roberto Bolaño qué significaba para él su país de nacimiento, el reportero argentino utilizó exactamente estas palabras: “¿Qué representa Chile para usted? Parece que su país fuera un lugar que sólo le interesa visitar en su escritura, y eso más que nada para señalar zonas oscuras, esa porción de infierno que persiste allí”. El delgadísimo autor de Los detectives salvajes, siempre mordaz cuando de Chile o de Isabel Allende se trataba, comenzó al trote complaciente del reportero para luego dar un par de coces hilarantes:

“Bueno, la porción de infierno chilena es mi infancia y mi adolescencia. Y luego el Golpe de Estado. Pero me gusta la comida chilena. No sé si tú la has probado: es una comida bastante buena. Las empanadas, el pastel de choclo, las humitas, la cazuela chilena, los mariscos, que tal vez son los mejores que he comido jamás, esa salsa que allí llaman pebre y que es muy sencilla pero también muy eficaz, el charquicán, que es un plato que viene de antes de la Guerra de Independencia y que dicen que era el plato preferido de Manuel Rodríguez...”.

El humor –y la ironía- en Bolaño es un ingrediente tan esencial en su literatura como la melancolía, la rabia triste o la poesía como “vida peligrosa”. Y es justamente en “La parte de los críticos”, armador de “Los críticos también lloran”, uno de los textos donde el mecanismo irónico se desliza de manera más natural de un personaje y de una situación a otra.

"La parte de los críticos es una burla elegante, mediante una narración sin pausa, de la rutina comercial y académica de la República Mundial de las Letras, de sus ritos y coloquios, de sus extenuantes traslados aéreos, del mercado editorial y de quienes viven para alimentarlo o derruirlo”, escribió Christopher Domínguez Michael en el ejemplar de Letras Libres de abril de 2005 al referirse , justamente, al elemento cítrico con el que Bolaño conduce al cuarteto de críticos “entreverados erótica y profesionalmente ” a un estado tal de exceso que termina por llevarlos hasta Santa Teresa, trasunto de Ciudad Juárez, el lugar que Bolaño coloca como punto ciego del universo.

Es ésa, justamente, una de las pocas ocasiones de la representación en las que el lector convertido en espectador, no el que lee 2666 sino el que presencia “Los críticos también lloran”, siente un salto. La puesta en escena viene de relatarnos la alternancia de alcobas en Madrid, Londres y París, un juego de voces que opone la vitalidad, la locura y la pulsión de lo erótico a la resignación, la que invade primero a Morini y luego a los otros tres profesores, aplastados por el peso la búsqueda infructuosa de Archimboldi en Santa Teresa. Es allí donde al humor le sobreviene el ensombrecimiento, el bolañismo desesperado que se resiste a toda apariencia que no sea su propia naturaleza escrita.

Justo en ese salto, “Los críticos también lloran” clava las espuelas en el costado del texto. Quizás porque comience a arrojar luz sobre muchos aspectos que quizás Bolaño prefirió ensombrecer y demorar, como la propia Santa Teresa y su realidad aplastante, un lugar cuya textura llega a parecerse, incluso, a esa geografía que Bolaño llamó “el territorio del riesgo”: “Para mí la literatura traspasa el espacio de la página llena de letras y frases y se instala en el territorio del riesgo, yo diría del riesgo permanente. La literatura se instala en el territorio de las colisiones y los desastres, en aquello que Pascal llamaba, si mal no recuerdo, el paréntesis, que es la existencia de cada individuo, rodeado de nada antes del principio y después del final”.

Las posibilidades de ese paréntesis son el producto resultante del martillazo que, en nombre del teatro o la provocación, Marc Caellas ha dado a la rígida tabla de la mesa redonda literaria. Una vez finalizada la puesta en escena, cuando Pelletier y Espinoza reparan en su extravío y en el del propio Archimboldi, el final se precipita. La sala entera enmudece. Aplaude después, aunque todavía parece muda sin saber si preguntar o no algo. Quedan en el aire tantas permutaciones como astillas o individuos. ¿Parodiar, provocar? No. Son los actos de bolañismo, abriéndose paso.














domingo, 28 de abril de 2013

Hoy se cumplen 60 años del natalicio de Roberto Bolaño

por Mauricio Weibel/DPA
Emol.com. 28.04.2013


El fallecido autor, responsable de novelas como Los detectives salvajes y 2666, donde plasmó lo mejor de su lenguaje deconstructor de la literatura, habría llegado hoy a las seis décadas de vida.





El mundo de la literatura universal y sobre todo la de habla hispana recuerda hoy el sexagésimo aniversario del nacimiento Roberto Bolaño, escritor nacional que intentó corroer los bordes de la novela con obras como la póstuma 2666 (2004) y Los detectives salvajes (1998).

"Déjenlo todo, nuevamente láncense a los caminos", arengó en México a su séquito de poetas infrarrealista e inició un camino literario y humano que sólo la muerte detuvo en 2003. Hijo de un boxeador y una profesora, su obra fue un viaje por los confines de la literatura, pero sobre todo un intento por reinventar la novela cervantina. "Una pelea de verdad", como subrayó. Asesinos que defecan en iglesias, escritores de pasado nazi, académicos temerosos, prostitutas asesinas y narcotraficantes constituyen para Bolaño "un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento", como dijera evocando a Charles Baudelaire.

Sus novelas y cuentos, y también su más escasa poesía, recorrieron América, Europa y África con cientos de personajes siempre caminando al borde de sus abismos. "Frente a ese destilado de clichés, que se vanagloriaba de retratar las contradicciones íntimas de la realidad latinoamericana, Bolaño opuso una nueva épica o más bien la antiética encabezada por Arturo Belano y Ulises Lima", opinó incluso el escritor Jorge Volpi.

La gran obsesión de Bolaño, en especial desde que supo que las complicaciones hepáticas le podían acarrear la muerte, fue crear un género paralelo a la novela, un desafío mayor al canon literario. En Los detectives salvajes lo intentó narrando dos veces la misma historia. En 2666, obra póstuma, construyó un mundo literario edificado sobre cinco novelas que rozan caminos. "Bolaño no es el inicio, sino la culminación de un movimiento de vanguardia, que tuvo sus antecedentes en los chilenos Juan Emar y Vicente Huidobro", sostuvo el premio Cervantes Jorge Edwards, actualmente embajador chileno en Unesco.

En Bolaño, como en los bordes de la creación, todo es muerte y locura, en una humanidad que como una cárcel devora incesante su cultura. "La inmortalidad no existe, Shakespeare será olvidado", bramó alguna vez de hecho, inconsciente quizá de su propio destino.

Ganador de los premios Herralde (1998) y Rómulo Gallegos (1999), su amigo y crítico Ignacio Echevarría lo considera un ícono de la novela latinoamericana, a la altura de los argentinos Jorge Luis Borges y Julio Cortázar. Pero su fallecido compatriota y poeta Gonzalo Rojas, amigo de Gabriela Mistral, Pablo Neruda y Vicente Huidobro, sostuvo siempre que el lugar final de Bolaño sólo lo dará el tiempo.

La misma travesía que lo hizo abandonar a los 15 años el país para emigrar a México —tierra que parece ser muy fecunda para los artistas nacionales—, país donde abrazó el Infrarrealismo, el movimiento poético que encabezó junto al mexicano Mario Santiago Papasquiaro en una lucha abierta con Octavio Paz. Una travesía que lo empujó a su Blanes final en España, convertido él para entonces en un nuevo canon, país donde finalmente a los 50 años esta luminaria de la literatura nacional dejó de existir.









viernes, 26 de abril de 2013

Homenaje de El llop Ferotge a Roberto Bolaño





Estimados amigos y amigas…


El próximo domingo 28 de abril, ese genio de la literatura llamado Roberto Bolaño, habría cumplido 60 años. Al día siguiente, lunes 29, todo y mediar el peso de esta quemante ausencia, nos reuniremos los bolañistas de Girona para celebrar este aniversario y para evocarle una vez más a través de la poesía, parlamentos y la exhibición en primicia de algunos cortes del nuevo trabajo documental que el amigo Ricardo House tiene en preparación.

A diez años de su muerte, creemos que el legado literario y vital de Bolaño está más vivo que nunca, despertando siempre en sus lectores lo mejor de un espíritu crítico y alentando el ardor de una voluntad insobornable y completamente alejada de los consensos interesados y las transacciones de todo signo, actitud que en nuestro medio cultural, político y social, se echa en falta desde hace tanto.

Para eso, para no dormirnos como el camarón, les invitamos a sumarse a esta iniciativa Bolañista que pretende -como todas las acciones emprendidas por El llop ferotge- realzar el entusiasmo lector, la pasión literaria y avivar la inteligencia y la crítica. Aparte del mencionado House, contaremos con la presencia y palabra del poeta Bruno Montané Krebs ("Felipe Müller "en Los detectives salvajes); el realizador de cine Isaki Lacuesta, el escritor Carlos Gámez Pérez, y los poetas David Casadellà Llavià, Jorge Garralda y Jorge Morales.

Conducirá el acto Guillem Terribas.
Reciban saludos bien cordiales,


El llop ferotge
Art i Poesia

http://el-llop-ferotge.blogspot.com/









martes, 9 de abril de 2013

A diez años de su muerte: los homenajes a Roberto Bolaño

por Catalina Marilao 
El Mercurio.com. 18.02.2013




Exposiciones, charlas, películas y encuentros literarios recuerdan pasajes de la vida y obra del autor fallecido en julio de 2003





"Los escritores nos damos cuenta demasiado tarde de que la vida es breve", señaló el novelista y poeta chileno Roberto Bolaño, vaticinando su propio destino, pues murió a los 50 años en 2003. El autor de la premiada novela Los detectives salvajes, ganadora de los premios Herralde (1998) y Rómulo Gallegos (1999) y la póstuma 2666 (premio National Book Critic Circle Award 2008, entre otros), se ha convertido en un artista de culto y a una década de su deceso, diversas actividades se organizan para homenajearlo.

Uno de los eventos más grandes será (es) la exposición "Archivo Bolaño (1977-2003)", organizada por el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB). Esta muestra "detectivesca" invita a los lectores a jugar para descubrir pistas sobre la vida y obra del autor. La actividad se realizará en Barcelona, entre el 5 de marzo y el 30 de junio.

La sexta versión del festival internacional de literatura "Kosmopolis" también se llevará a cabo en el CCCB. El programa incluye diversas ponencias en honor a Bolaño, quien inauguró la primera versión en 2002.

En Chile, los escritores Fabio Morábito y Javier Cercas dictarán cátedras abiertas en la Universidad Diego Portales, los días 25 de marzo y 30 de abril, respectivamente. Por otro lado, el Centro Cultural de Viña del Mar prepara un congreso literario para conmemorar la fecha. El evento se realizará el mismo día de la muerte del escritor (15 de julio) en la Universidad Católica de Santiago, para luego continuar en Viña del Mar (U. Andrés Bello, 17 de julio) y Valparaíso (U. de Playa Ancha, 19 de julio). Todas las actividades son gratuitas y abiertas a todo público, sin embargo, quienes deseen la certificación oficial deberán pagar una cuota de inscripción.

En pantalla, uno de los proyectos que retratan al autor es el documental "La batalla futura", de Ricardo House. Una especie de trilogía que fusiona entrevistas, fragmentos de obras y animaciones en stop motion.

La primera entrega muestra la adolescencia de Bolaño en México, mientras que la segunda recorre las ciudades catalanas donde escribió la mayor parte de sus obras. Ambas se darán en la Cineteca Nacional el 23 y 24 de febrero. La tercera parte de "La batalla futura" (aún en producción) se filmará en Chile, e indagará en la infancia del escritor y la relación con su padre.

En el campo de la ficción, la directora Alicia Scherson ("Play") acaba de estrenar "El futuro", basada en la novela Una novelita lumpen, sobre dos adolescentes huérfanos en Roma. Alicia Scherson, quien también fue guionista del filme, cuenta que la trama y los personajes se mantuvieron casi idénticos. Sin embargo, en la producción resultó complejo trabajar las atmósferas que Bolaño creó dentro del mundo de la literatura. "Lograr materializar eso en algo que se pudiera filmar (ya sea una imagen o un sonido) fue el verdadero desafío", comenta la directora.











martes, 2 de abril de 2013

Roberto Bolaño y los días febriles de Cataluña

por Juan Ángel Juristo
ARN Digital, Madrid. 07.03.2013





En el CCCB, el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona, se inauguró el martes 5 una muestra insólita, pues se trata, bajo el título de 'Arxiu Bolaño 1977-2003', de dar a conocer mediante manuscritos la etapa de los años en que el escritor chileno Roberto Bolaño anduvo errante y errático por ciudades catalanas y cuya manera de estar en el mundo entonces dejó reflejado en un poema que dice: “Días febriles en Barcelona con la ropa arrugada y los labios partidos”. La muestra, que recoge ingente cantidad de material, se compone de ensayos, novelas, poemas, diarios, artículos… una montaña de manuscritos que hasta ahora ha permanecido oculto y que esconde curiosidades como la novela El espíritu de la ciencia ficción, que Bolaño escribió en el año 84 y dedicó a Philip K. Dick.



La muestra ha sido auspiciada por Carolina López, viuda de Bolaño, que ha trabajado con Valerie Miles, autora del catálogo de esta exposición, en la clasificación de los papeles de Bolaño, y ha actuado como comisario de la misma Juan Insúa, responsable de la división en secciones donde se ha querido conectar a Bolaño y las ciudades que habitó en ese periodo, Gerona, Barcelona, Blanes, con otros autores presentes en la geografía de las urbes, ya sea James Joyce y Dublín, ya Magris y Trieste. Este tipo de correspondencias son arriesgadas, sin embargo, porque suponen un conjunto de semejanzas que se antojan un tanto traídas por los pelos, aprovechando gestos del marketing cultural que no aguantan el mínimo análisis textual. ¿Por qué, por ejemplo, Dublín y Trieste y Joyce y Magris y no Svevo, sin ir más lejos? Azarosa elección que podría extenderse a otras correspondencias de capricho parecido: ¿por qué esa incidencia en establecer distintos Bolaños, en su obra, en justa correspondencia con la estancia en Barcelona, Blanes o Gerona?

Tengo para mí que una muestra de material literario da para poco si nos atenemos a la costumbre de lo que el público entiende por una exposición pública. Parecería que este material se adaptaría mejor al goce de los estudiosos que al acto fetichista de los fans, que se van a encontrar con papeles y sólo con ellos, manchados de letras, eso sí, del autor. Es probable, de todas maneras, que me asista un prejuicio en esta prevención, pues no sé bien la razón de que no le ocurra a un escritor lo que les acontece a los músicos populares: no hay más que ver muestras de instrumentos musicales y las colas que se guardan para ver, por ejemplo, un saxo usado, para percatarse de que es probable de que la literatura haya pasado de ser una categoría midcult a la de cultura de masas sin puente alguno.

No es la primera vez, por otro lado, que acontece. Los relicarios de las catedrales son muestras mostrencas del fetichismo de los siglos anteriores que en conexión directa con los souvenirs de los templos griegos y romanos enlaza ahora con las ventas millonarias que alcanzan vestidos y zapatos que alguna vez han utilizado estrellas de cine o ídolos del pop. ¿Ha llegado Bolaño a esa categoría fetichista? No, en lo que concierne a la panoplia que se desarrolla, acorde con el público que lo reclama. Sí, en lo referente a la intención.

De ahí que no le haga ascos a cierta prevención de Ignacio Echevarría que se muestra veladamente reticente ante esta muestra por lo que tiene de totum revolutum. Ignacio Echevarría fue el primero que tras la muerte de Bolaño se metió en el disco duro de su ordenador y sacó inéditos en forma de bits radiantes. Gracias ello hemos leído 2666, Entre paréntesis y El secreto del mal, una notable narración, un curioso libro de artículos y un más que bueno libro de relatos. Hasta aquí todo bien, pero creo que el material sacado, ese material secreto, necesita de una criba antes de su exposición porque puede acabar por abrumar, que es una manera distinta de emplear la palabra cansar.

La muestra navega entre esas prevenciones, en todo caso, en sentimientos encontrados. Porque es curioso encontrarse con manuscritos, verlos y atisbar entre líneas, y ello forma parte del goce del fetichismo que, además, deja entrever muchas cosas, como las lecciones que pueden sacarse de la visión del modo de escribir de ciertos autores, como todos los que hemos ejercido la investigación filológica sabemos. Uno ha aprendido, contemplando un manuscrito de Calderón de la Barca, lo poco que corregía y la razón de la memoria de aquella época, en justa correspondencia con el precio astronómico del papel. Saber de esas cosas ayuda a entender el mundo de donde surgió la obra, pero poco más. Es legítimo, por tanto, acudir al fetichismo, legítimo y dador de cierto conocimiento, pero el problema de esta muestra son, digamos las ínfulas con que se exhibe.

Porque dividir las estancias en las ciudades como La universidad desconocida, que abarca su estancia en Barcelona y se la quiere ver como aquella en la que Bolaño escribe versos pero sueña con una novela, el Caleidoscopio, en su etapa de Gerona, que es cuando su obra comienza a cobrar cierta enjundia, con la escritura de Monsieur Pain, La paloma Tobruk o El espíritu de la ciencia ficción y termina en Blanes donde consolidará un universo literario que se quiere semejante al de Coetzee o de Don De Lillo, y enlaza todo esto con cierta coherencia y destino literario me parece un tanto, ya dije, azaroso. Repito, ¿cuál es la razón de colocar a Bolaño junto a Coetzee o De Lillo? ¿Por qué no otros?

Me temo que aquí hay una voluntad, fallida por otro lado, por dividir el mundillo literario occidental en fronteras poco definidas literariamente pero sí respecto a influencias de otro tipo, al modo que aconteció en Tordesillas hace mucho tiempo: a Bolaño le correspondería el de padre de lo más moderno que surge en las letras en español y ejemplo de las nuevas generaciones. Digo, es una intención que planea en la exposición. Hasta ahora pura querencia.


















martes, 19 de marzo de 2013

El año en que Bolaño perdió la batalla

por Roberto Careaga
La Tercera. 14.07.2012


Hace 10 años, Roberto Bolaño empezaba su último año de vida. Mientras se pone a la cabeza de la literatura hispana, trabaja contra el tiempo en 2666, se separa de su mujer y la enfermedad lo acorrala.




“Sospecho que en 1980 nadie, en Chile y la mitad oeste de Argentina, escribía como yo”, anotaba Roberto Bolaño el 9 de julio de 2002, en un mail para un amigo chileno. Hablaba de Amberes, una novela oscura y experimental que publicaría pocos meses después. La rescataba para ganar tiempo. Tenía algo más importante entre manos: 2666. Bolaño llevaba más de un año trabajando casi exclusivamente en esa novela gigantesca que cerraría su obra. Escribía contra el tiempo. Según sus cálculos, pronto saldría de circulación, por varios meses, cuando lo sometieran a un trasplante de hígado. Antes de entrar al quirófano, quería dejar lo más cerca del final el relato sobre los asesinatos en Ciudad Juárez. Casi lo logró. Antes llegó la muerte: un año después Bolaño falleció.

Después de doce días sedado en la UTI del Hospital Valle de Hebron, de Barcelona, el autor de Los detectives salvajes murió el 15 de julio de 2003. No era un secreto para nadie que partía el escritor más importante de su generación. En parte, su estatus quedó fijado en su último año: alabado por la crítica británica y francesa, en su agenda se acumulaban las invitaciones para ferias de Europa y Latinoamérica; sus pares -Jorge Volpi, Rodrigo Fresán, Iván Thays y otros- lo iban a proclamar, tácitamente, su tótem en un encuentro en Sevilla. Un año público agitado que, en privado, fue mucho más intenso: a la escritura casi febril de 2666 se sumó el quiebre definitivo de su matrimonio y, sobre todo, el avance sin pausa de la enfermedad.

“El otro día, sin ir más lejos, me desmayé en el tren”, le cuenta en un mail a su amigo chileno Andrés Braithwaite, hacia fines de agosto de 2002. Es la cuenta regresiva de su hígado. Enfermo desde inicios de los 90, no fue sino hasta enero de 2002 que Bolaño decidió por fin apuntarse en la lista de espera por un trasplante. En tanto, abandonó el alcohol, cuidó las comidas y escribió, escribió y escribió.

Probablemente después de publicar Los detectives salvajes (1998) empezó a organizar el material de 2666, pero no fue sino hasta abril de 2001 que comenzó a escribirla. Antes ya se había contactado con el periodista mexicano Sergio González Rodríguez, quien le entregaba datos técnicos de los crímenes en Ciudad Juárez. Lo único que desvió su atención fueron los libros Una novelita lumpen y Amuleto.

Hubo más cosas: pide a Braithwaite que le envíe Umbral, de Juan Emar, y todos los “incunables de Lihn” que encuentre. No puede evitarlo y, al teléfono desde Blanes, salta a la polémica por el Premio Nacional de Literatura: “Isabel Allende es una escribidora”, dice, pero la prefiere a ella que a Volodia Teitelboim, quien lo ganará. Paralelamente, desde Francia, donde se publican Estrella distante, Nocturno de Chile y Amuleto, llegan las primeras sinopsis de su salto al mundo: “Asombroso”, lo llama Le Monde, mientras Libération y Les Inrockuptibles lo toman por el heredero de Borges y Cortázar.

Por esos días, en el verano europeo, Bolaño se queda por las noches con cada vez más frecuencia en su estudio, en la Calle del Loro. No es sólo por la escritura de 2666. La relación con su esposa, Carolina López, está fría. Llevaban un par de años con problemas, pero seguían viviendo juntos. El escritor ya está con Carmen Pérez de Vega, a quien presenta como su novia. Necesita una casa y donde primero busca es en Barcelona. Quiere volver a Barcelona. No encuentra nada. Se le cruza la idea de comprar una casa en el campo. Finalmente, es su esposa quien halla lo que busca: un piso en la rambla Joaquím Royra, en Blanes, al que se mudará en febrero de 2003. Solo.
“¡Colédoco maldito!”, solía decir, refiriéndose al conducto de su hígado que cada tres semanas lo obligaba a exámenes y exámenes. En octubre publica Amberes y desiste de venir a la Feria del Libro de Santiago. En diciembre recibe en su casa a su lazarillo en Ciudad Juárez, González Rodríguez. Apenas hablan de 2666, recuerdan el D.F. de los 70. El mexicano, de hecho, le lleva un café de La Habana, la cafetería mexicana favorita del escritor. Es tarde: Bolaño ya no toma café.

En febrero de 2003, poco después de sufrir una hemorragia, Bolaño cruza la frontera y viaja a Londres para lanzar By night in Chile. Es su primera traducción al inglés. De vuelta a España lo esperan exámenes. Le dice a Braithwaite que el trasplante avanza como una crecida del río Biobío. “Menos mal sé nadar”, anota. Poco después, otra hemorragia lo tumba. Toma una decisión radical: suspende la escritura de 2666. “No estoy para hacer el trabajo que exige”, dirá.

Aunque su enfermedad corría como un rumor, sólo el 18 de abril la hace pública en una entrevista. Cuenta del trasplante, del cansancio, los desmayos. No cuenta que pasó la Semana Santa en vela: en un accidente carretero podía estar su hígado. Diez días después cumple 50 años y en esa fiesta no está su esposa, sí Pérez de Vega. Justo antes, en una comida se reencuentra con Enrique Vila-Matas, con quien llevaba tres años distanciado.

El hígado acorrala a Bolaño. Aparecen náuseas. Junio lo pasa entrando y saliendo del hospital, preparándose para el trasplante: está tercero en la lista. Su tipo de sangre, B negativo, es escaso. “Es un tipo de sangre que tienen los que han escrito Los detectives salvajes”, bromea. En Chile, cuenta Marcial Cortés Monroy, un grupo de amigos intenta lo imposible: buscar un órgano para el escritor. Las gestiones llegan hasta el ministro de Salud, Pedro García. Imposible. Viajar está descartado.

Pero viaja: el 25 de junio llega a Sevilla para asistir al I Encuentro de Escritores Latinoamericanos. Le quedan 20 días de vida, pero entre Fresán, Volpi, Thays, Santiago Gamboa y otros, se mueve sin pausa y con el humor de ser el protagonista. “Un imprescindible”, fue llamado Bolaño en la cita por todos los presentes, recuerda Thays, que en el día final lo vio pálido y con la mirada perdida.

El lunes 30 de junio va a las oficinas de Anagrama y, de improviso, le entrega a su editor, Jorge Herralde, un disquete con los cuentos de El gaucho insufrible. También anuncia que su proyecto final, 2666, serán cinco novelas independientes. Sólo La parte de los crímenes aún no estaba concluida. Horas después, Bolaño sufrió otra hemorragia. El 1 de julio es hospitalizado. Al tercer día cayó en una nebulosa de sedantes, de la que no regresó. Su nombre figuraba segundo en la lista de espera para el trasplante. Hacía rato estaba a la cabeza de la literatura hispana. Quizás desde 1980, cuando era un “salvaje de verdad” y ya escribía mejor que todos.




Comentarios al artículo:


Kaerre. 16/07/2012 - 09:50. UNA ACLARACIÓN PERTINENTE (1) (Debido a las limitaciones de espacio para los comentarios, este se hará en partes): En este artículo se señala lo siguiente: "Es la cuenta regresiva de su hígado. (...) En tanto, ABANDONÓ EL ALCOHOL, cuidó las comidas y escribió, escribió y escribió".

Kaerre. 16/07/2012 - 14:18. UNA ACLARACIÓN PERTINENTE (2): Familiares y amigos siempre han aclarado que Roberto Bolaño NUNCA FUE BEBEDOR. Salvo alguna bebida cola de tanto en tanto, sólo bebía agua e infusiones de manzanilla. Sus problemas hepáticos no tienen relación con el alcohol. Su enfermedad, de hecho, no era cirrosis. Gracias.