lunes, 5 de enero de 2015

Roberto Bolaño, o el eterno retorno al desierto de Sonora

por Mario Spachiaro
La voz del Sur, Valdivia, Chile. 05.04.2014







Nota de lectura sobre Los detectives salvajes
 

...esas cosas que se dicen cuando uno está muy borracho y la noche no sólo es extranjera sino grande, muy grande, tan grande que como te descuides un poco te traga, a ti y a todos los que estén a tu lado.

Roberto Bolaño


El hombre es un ser de costumbres, pensé hoy, luego de dormir unas cuatro horas, y antes de eso haber bebido por casi treinta horas continuadas. Pensé, no sé por qué, que podría vivir así durante mucho tiempo. También pensé que uno termina por acostumbrarse a todo, y recordé al Perro, amigo de alguna noche anterior, a quien su madre lo botó a la calle cuando tenía tres años. Habíamos, junto a mi amigo Jaime, estado tomando pisco con él y nos había relatado parte de su historia. Lloró un par de veces y yo estuve a un tris de acompañarlo en una de las ocasiones. “Hay vidas tristes y la mía es la más triste”, dijo sin ningún asomo de exigir lástima. “Me ha tocado una vida cabrona, una vida muy puta”, decía entre trago y trago, mientras la botella deambulaba de mano en mano. En pocos minutos relató su última Navidad, con veinticinco perros rodeándolo (nos recitó los nombres de todos), lamiéndole la cara y él llorando, por la soledad, por la pobreza, por el hambre, pero sobre todo por la soledad.


I


Y yo pienso que podría vivir así, como un poeta real visceralista, aunque ellos son mexicanos (también hay un chileno, o dos), y escriben poesía todo el tiempo y las chicas del bar ése al que van se los quieren coger a todos, y... En las novelas el tiempo transcurre más rápido, y más interesante-mente. Finalmente la vida del ser más aburrido puede ser escrita y novelada de manera interesante y hasta entretenida para algunos (Kafka y Dostoievski ya lo hicieron, y más de una vez).

Acabo de revisar mi billetera, y no tengo ni un miserable peso, lo que también me acerca al Real visceralismo. De hecho ya vivo como un poeta real visceralista. Los hermanos Rodríguez viven de a tres por habitación, y deben sacar algunos muebles para poner otros, según sea el día o la noche. Yo vivo de allegado, y aunque tengo una habitación para mí solo, he sentido el hacinamiento y las ganas de estar aún más lejos que la playa. “Yo quiero ser como tu madre, cuidarte, quiero estar ahí cuando seas famoso”, le dice Rosario a García Madero, y él piensa que está loca. En fin, es 23 de enero, y debo apurarme si quiero conseguir la atemporalidad.



Me sigue gustando María Font, más que Rosario, Lupe y Angélica

Ya pasé a la segunda parte, y me parece que la estructura por fechas es bastante mejor que la estructura por personajes. El que lea, entienda. Aunque Bolaño no use esa coma ahí. Ya no me parece tan entretenido el ser real visceralista. Ni siquiera sé muy bien de qué se trata el movimiento. Una poesía muy ligada a las vanguardias (odio las vanguardias, odio la “sorpresa” que, tantas y tantas veces, ronda la impostura), al estridentismo, al insulto, a la concatenación significante, sonora o “infantil”, como el mismo texto dice. La novela tiene pocas sorpresas, tal vez la forma en que está escrita induce a pensar en una atemporalidad que finalmente no es tal. Todo está debidamente documentado, fechado y anotado. Autores y títulos (cientos, tal vez miles de ellos), amistades, lugares y sucesos. Acaso lo más sorprendente sea el que todos beben café con leche. Real visceralistas, poetas comunes, gente aledaña, putas y cabrones. Todos beben café con leche. ¿Será una costumbre mexicana? Tal vez por eso es que vomitan tanto. Deberían probar con café negro.


II


La nueva disposición es una mierda. Todos los locales nocturnos del Gran Santiago deben cerrar sus puertas a las cuatro de la mañana. Una diputada de extrema derecha, conservadora, con actitud de haber estudiado con las monjas y de no haber cogido con más de dos tipos en su vida, es la que lleva la voz cantante de la medida. Y yo me pregunto, lo sé, retóricamente, cómo es que alguien así puede normar mi vida, cómo es que un ser fascistoide y tendencioso puede decir a qué hora tomo alcohol y a qué hora no. Es una vulgar estupidez, una falta de respeto, una inmoralidad, una bofetada en la cara a la alta bohemia, a la noche, a los trasnochadores, a la inteligencia, a la libertad individual, a la poesía (lo sé, la cursilería es inevitable).

En alguna entrevista, esta diputada, dijo que era mentira que con la medida fuera a aumentar el número de locales clandestinos. Y yo pensaba en dos cosas, en la posibilidad, lejana pero excitante, de tenerla en cuatro patas y darle por el culo (no es nada fea, hay que decirlo), y en lo poco informado de sus declaraciones. La misma noche anterior había estado bebiendo en un local clandestino hasta casi las nueve de la mañana.

Habíamos estado conversando con Gonzalo de todo un poco y, de paso, también de literatura. Le había pedido que corrigiera un texto mío, y me estuvo haciendo comentarios. Estuvimos hablando de Los detectives salvajes, y le expuse mi clásico resquemor de que a toda novela de seiscientas páginas le sobran por lo menos doscientas. Perdón, es lo que pienso, le dije, aunque agregué que me parecía una novela con muy buenas historias. El narrador del viejo Font me sigue pareciendo notable, o la historia de la revuelta guerrillera en Liberia (el punto más alto de la novela, en mi opinión), por nombrar sólo dos. Algo de Kurtz, de Coppola o de Conrad se adivina en esa historia, tal vez de los tres.

Gonzalo dijo que la literatura no debía ser autobiográfica, y le dije que estaba loco, que la mejor literatura siempre tiene algo o mucho de autobiográfico. (Gonzalo ya estaba muy ebrio y era difícil sostener el hilo de la conversación). Belano es un heterónimo, una representación, un otro yo, de Bolaño, representación viva de la biografía –ficcional, real, probable- del segundo. Es evidente la presencia suya, del autor, en la novela. Belano dejó de beber y tenía graves problemas físicos, relacionados con pancreatitis, hígados perforados, etcétera. Ambos son escritores, chilenos, solitarios, fuman tabaco desde que despiertan y van por la vida como sin sentido, pero van. Gonzalo no dijo nada. Al contrario, acomodó sus codos y se quedó dormido sobre la mesa.


III


A estas alturas los poetas real visceralistas dan lo mismo. La importancia, aquí y allá, radica en vivir, en sobrevivir, en matarse o en buscar la muerte. Belano busca a veces morir, otras vivir. Supongo que las ganas de no estar, vienen cuando se pierde algo. Así lo deja traslucir la novela, en una conclusión que no por lo poco original deja de ser cierta. La vida sin amor vale una chingada, por ejemplo. Es por eso que la diferencia entre vivir o morir se difumina.

Hay un algo malo en las novelas largas. El que uno se acostumbra. Ya tengo elegida la próxima lectura y estoy casi seguro de que no me va a gustar (“Junkie”, de William Burroughs). Tal vez porque, como me decía un amigo hoy por mail, nos estamos poniendo viejos. Viejos y nostálgicos, diría yo, y la vida sin amor me sigue pareciendo una chingada. Por eso escribo lo que veo, ya sin tantas claves, ya sin tanta “inteligencia”, sobre lo que han hecho mis amigos, mi padre, mis amores, o la gente que admiro o quiero, por uno u otro motivo.


Final


Después de todo, el final es algo inevitable, en todo orden de cosas y situaciones. En este caso esperaba algo más. Es cierto, la escena anterior al final (¿matemático? ¿Esquemático? ¿Enigmático?), es al más puro estilo mejicano, con balazos, muertos y carreteras polvorientas y solitarias. Pero no sé. Es el otro problema de las novelas largas, que uno espera un final digno de la cantidad de páginas que ha leído y, por lo general, ésta no es la excepción, el final se esconde en un no final, como si el mismo autor no tuviera los cojones de terminar tal como empezó. Cortázar lo hizo separando las maneras de leer, o creando una estructura “lúdica”, como dicen algunas personas.

Bolaño se va por las ramas y elude un estilo al que fue fiel durante quinientas noventa y ocho páginas. Así y todo el final no es malo, sólo hubiera esperado menos cabos sueltos, un estilo coherente, un poema de Cesárea del texto encontrado por García Madero, una buena frase final, qué sé yo, algo así.


Salida del bar clandestino


Y me quedo con esa sensación amarga de salir en la mañana, desde un bar rumbo a la casa. Anoche hablé con Pedro Peirano y le recordé su participación en un gran programa de televisión: “Plan Z”. Sólo le hice un comentario al pasar y él me contestó recordando todo aquel capítulo, con ojos brillosos, supongo que debido a una mezcla de remedios, sueño y ganas de pasar a otra cosa. Luego de aquello me instalé de espaldas a un ventilador gigante y me quedé ahí por largos minutos, sintiendo el aire frío en mi cabeza y haciéndome a la idea de recorrer el largo camino de regreso a casa. Al salir miré la cordillera y sentí la tristeza de la ausencia. De la ausencia del amor, de los amigos, de la poesía. Aquella hora infame en que uno está más verdadera y putamente solo que nunca.

En fin, “sólo queda caminar”, dijo Bart, el gran Bart, alguna vez. Sólo queda caminar… hasta que mis pies pidieron el descanso. Sólo entonces abrí la puerta de mi casa, abrí la última cerveza y me instalé frente al computador.



Santiago de Chile, 2005












lunes, 29 de diciembre de 2014

Los detectives retratan a Bolaño

por Roberto Careaga C.
La Tercera. 13.07.2013


A 10 años de su muerte, Roberto Bolaño es recordado por tres amigos que inspiraron Los detectives salvajes, la novela de poetas incendiarios que inició su leyenda.




Tenía el pelo largo, llevaba un morral lleno de hojas con poemas, casi siempre estaba fumando. Había vuelto corriendo a Chile para vivir la Unidad Popular, pero cuando llegó la Junta Militar ya estaba en La Moneda. Ya leía a Nicanor Parra. Creía que la poesía debía volver a las barricadas. Corría 1975, tenía 22 años y era uno de los cabecillas de un grupo de poetas incendiarios que atacaban al orden cultural mexicano. Los infrarrealistas. Era el único que no bebía alcohol ni fumaba marihuana. Observaba y escribía. "Aprendía del silencio de las madrugadas", dice uno de los que estaba ahí, Bruno Montané. Otro, el más joven de la pandilla, Juan Esteban Harrington, lo recuerda recatado: "Roberto Bolaño era el menos salvaje de todos".

Encendida la mecha del Infrarrealismo, lo abandonó. Se instaló en España en 1977 y atravesó los 80 escribiendo cientos de poemas, cuentos y novelas en completo anonimato. No volvió a México. Allá, su mejor amigo, el poeta Mario Santiago, mantuvo vivo el Infrarrealismo hasta quemarse. En 1998, con 45 años, Bolaño convirtió en leyenda a sus primeros cómplices literarios en la novela Los detectives salvajes. Ganadora de los premios Herralde y el Rómulo Gallegos, tuvo el fervor de la crítica y de los escritores hispanos, hasta situarlo como el tótem de su generación. Cinco años después murió: la madrugada del lunes 15 de julio se cumplirán 10 años de su partida.

Como se sabe, Los detectives salvajes es una ficción hecha de puras verdades. Los Infrarrealistas son en la novela los Realviceralistas, Bolaño es Arturo Belano, Santiago es Ulises Lima, Octavio Paz es Octavio Paz, etc., etc. Piel Divina, Felipe Müller, las hermanas Font, Pancho Rodríguez, Laura Jáuregui, Catalina O’Hara, incluso Cesárea Tinajero están inspirados en personas con nombre y apellido. "La novela es tan cercana a la realidad, que los que estuvimos ahí nos reconocemos. Pero todo está tergiversado", dice Harrington, que al empezar la conversación insiste en aclarar uno de los tantos mitos: "Yo no soy García Madero".

Creado en 1975, por Bolaño y Santiago, el Infrarrealismo bebía de todas las vanguardias posibles y se enfrentaba al imperio de Paz en la poesía mexicana. El nombre era una cita a Roberto Matta. "Déjenlo todo, nuevamente. Láncese a los caminos", pedían los infras en su primer manifiesto. Eran marginales y temidos. Iban de fiesta en fiesta. Nunca a una organizada por la pintora Carla Rippey, que en Los detectives salvajes aparece retratada en el personaje de Catalina O’Hara, una artista famosa por sus veladas.

"Es posible que los infras salgan más interesantes y románticos en el libro que en la vida", dice. "Roberto tenía un don para volver cualquier cosa interesante, tomaba muchas notas y sabía volver mítica la realidad. Creo que, en un principio, hizo el libro como una broma privada entre él y Mario", agrega Rippey.

Muchos creen que el chileno Harrington, hoy un productor audiovisual, inspiró a García Madero, el poeta de 17 años que narra gran parte de la novela. "Yo era el más chico", reconoce. Un día aparecieron por su casa Bolaño y Bruno Montané (Müller en el libro). Por su padre, se habían enterado que escribía. "Léete unos poemas, me dijeron. Roberto fumaba, Bruno miraba a cualquier parte. Leí varios. Ya, agarra tus cosas y mañana te pasas por la Casa del Lago (centro cultural de la Unam), me dijeron al terminar. Ya está. Así entré a los Infrarrealistas", cuenta.

Harrington se unió a la rutina de la banda. Se veían todas las semanas en cualquier café barato. "Bolaño siempre iba a expulsar a alguien. Después era readmitido”, cuenta. Y aclara: “En la novela inventa a un personaje que él nunca fue. Nunca fue el aventurero. Roberto era híper inteligente, pero también era desagradable. Además, era mojigato. Bebía cero, no fumaba mota. No hacía nada. Observaba y escribía".

"Su 'droga' era estar días sin dormir, escribir y leer; aprender del silencio de las madrugadas", dice Montané, que fue su amigo desde los 70 hasta que murió. "Era genial, lúcido y complejo. Recuerdo a Roberto como un tipo entrañable, con mucho humor, cariñoso, pero también podía ser muy depresivo y, dicho en mexicano, podía tener episodios en que mandaba a todo el mundo a la chingada", agrega.

A Lisa Johnson la mandó a la chingada varias veces. Ella también a él. "Fue el gran amor de Roberto", dice Harrington. Retratada en el personaje de Laura Jáuregui en Los detectives salvajes, rondó el grupo de los infras y fue la pareja de Bolaño. Incluso, la llevó a vivir a su casa; no funcionó. En 1979, cuando se publicó la antología Muchachos desnudos bajo el arcoíris de fuego, Bolaño incluyó un rabioso poema sobre ella: “Generación de los párpados eléctricos”. Puro despecho. En mayo de 2003, le pidió a Rippey el teléfono de Lisa, pero ésta -una bióloga de respeto- prefirió no recibir llamadas del pasado.

En 1977, Bolaño viajó con Santiago a Europa y, según él, en una estación de trenes de Francia, dieron por muerto al Infrarrealismo. "En realidad, sólo lo integrábamos dos personas", dijo en una entrevista. Desde España, le escribió decenas de cartas a Mario, que éste rara vez contestó. Mientras el autor de 2666 trabajó sin cansancio para levantar una carrera literaria, Santiago puso en práctica uno de sus versos: "Si he de vivir, que sea sin timón y en el delirio". Murió atropellado el 10 de enero de 1998, de acuerdo con Bolaño, un día después de que él terminara de corregir Los detectives salvajes.









jueves, 27 de noviembre de 2014

Tanto Bolaño y nunca ser Bolaño

Jaime Quezada





Nosotros, que fuimos muchachos,
hoy somos épocas.
 

Octavio Paz


El tal Bolaño saltó –y solito saltó- todas las fronteras de modos y modas del oficio de escritor que desde muy joven se propuso e impuso. Me conozco el caso Bolaño –porque es un caso- desde sus orígenes. De alguna halagadora manera tengo un temprano acercamiento al dramaturgo, al poeta, al narrador Bolaño que fue. Pero, por sobre todo, al muchacho-joven Roberto Bolaño Ávalos en permanente crecimiento.

Casi dos años (1971-1972) viví en su casa, es decir, la casa de sus padres, en Ciudad de México, calle Samuel 27, una callecita de barrio de la Colonia Guadalupe Tepeyac, muy cerca de la Villa, el corazón religioso guadalupano. Entonces él era un muchacho de 18 o 19 años, que se había venido muy niño, y con sus padres, desde Chile varios años antes del Golpe militar del 73, y que ahora abandonaba enseñanza secundaria sistemática, que se estaba día y noche leyendo y releyendo (de Kafka a Eliot, de Proust a Joyce, de Borges a Paz, de Cortázar a García Márquez), y fumando y fumando, y bebiendo tazones de té con leche, y enojado siempre contra sí mismo o contra el otro (que era acaso yo) o contra el mundo, de un enojo que no se avenía con su blanquísimo rostro barbilampiño o su atenta mirada de precoz intelectual.

Un Gaspar Hauser este Roberto (a imagen y semejanza del protagonista de la novela de Jacob Wassermann), que no salía de su habitación-sala-comedor sino para ir al retrete o comentar en voz alta, tirándose los pelos de su amplia cabellera, algún pasaje del libro que estaba leyendo. O para acompañarme pacientemente -él, un paciente e impaciente lector- a la fuente de soda de la esquina, mientras yo me bebía una cerveza Superior y él, un licuado de guayaba. O salir conmigo a la vivencialidad cotidiana y plural de un  México revelador de historia y vida más allá de “Un domingo en la Alameda”, el vivísimo e iluminador mural de Diego Rivera.

Yo entones escribía (los jueves) comentarios de política internacional (en especial el proceso chileno del Gobierno del Presidente Allende) en el diario El Universal y, a su vez (los domingos), artículos literarios para la Revista Mexicana de Cultura, suplemento dominical del diario El Nacional. El bueno de Juan Rejano (un español republicano exiliado en México y amigo de Neruda) me había abierto generosamente las puertas del periódico invitándome a colaborar en dichas páginas. Y colaboré durante todo ese tiempo mexicano tan mío.

El Premio Nobel a Pablo Neruda (1971) me sorprendió en México y tuve entonces materia y lectura para varios meses. Y Roberto se entusiasmó y se motivó al verme teclear todas las mañanas en la única máquina de escribir –una Royal portátil- que había en su casa. Y, entonces, nos hicimos un horario. Por las mañanas, yo. Y por las tardes él ocupaba esa pequeña máquina de escribir.

 “Tengo ganas de escribir una obra de teatro”, me dijo un día. Y la escribió en menos de tres semanas. Una obra más gestual que textual, más mímica que parlamento. Con un sólo personaje, un personaje monologante que se burlaba de Carroll, de Kafka, de Joyce. ¡Y ya se estaba leyendo a Joyce –Retrato del artista adolescente-, y comentándolo! (“Tengo que leerme el Ulises”, repetía varias veces). La obrita la envió a un concurso literario de La Habana, yo mismo lo acompañé a la Embajada de Cuba. No pasó nada. Pero por allí andaba la rejunta tácita de su futura escritura. El divino botón, diría Cortázar. Cómo lamento hoy, sin embargo, no conservar esa pieza, tal vez el único intento de dramaturgia en la obra de Bolaño.

Y después, hacia finales de 1972, yo regresé a Chile... Y Bolaño siguió en su México de la “región más transparente” escribiendo, ahora, poemas y cuentos y  capítulos que serían después tema para sus novelas. Y continuando él una relación (o coincidencias temperamentales) de acercamiento y de amistad con aquellos amigos poetas y escritores que yo había conocido en el México de mi tiempo y de mi residencia. Y de ahí, de ese su México -diciendo adiós a sus padres, si es que les dijo adiós-,  a Barcelona, siempre solo, a ganarse la vida y la literatura.  Y se la ganó.

Y con una narrativa en búsqueda de un lenguaje, ya no único, sino múltiple. Haciendo así cierta la frase de Margo Glantz: “La literatura puede servir como ensayo para aprender a desleer un mundo o como ensayo verbal para ordenarlo. La preocupación de escribir bien tiene ahora una oposición: la de aquellos que no creen más en los ceremoniales literarios”.

Desde muy temprano, entonces, sabía yo que estaba en presencia de un escritor fuera de serie, de un talento nato, de un intelectual impúribus. Le tuve admiración y aprecio y fe desde un principio, a pesar de nuestras siempre contradictorias relaciones de amistad y de literatura. Aun así, algo y mucho de afecto y de ternura rodeó siempre esa mutua relación de amistad. Me respetaba, sin duda, como su hermano, su compañero, su amigo.

Pero en Chile nadie, absolutamente nadie, conocía a Roberto Bolaño. O no lo querían conocer y reconocer cuando ya en España estaba su nombre y su obra sonando de campanillas. Un día me fui yo a las oficinas de Planeta, en Santiago, con un manuscrito que Roberto me había enviado para que le gestionara en Chile alguna posibilidad de publicación. Quería que lo conocieran en su patria natal [1].  El manuscrito estuvo guardado dos años en los cajones del editor, hasta que la obra se publicó en España con gran éxito de crítica y de venta. El libro: Estrella distante [2]. El editor de Planeta-Chile (Carlos Orellana) se daba de cabezazos contra la pared [3]. Algo semejante ocurrió con un librito de sus poemas que llevé a otra editorial santiaguina, y de cuyo nombre no quiero recordar. Ninguna casa editora en Chile le abrió originalmente las puertas. Era un desconocido total. Sólo yo hablaba de Bolaño con los jóvenes y los no jóvenes, en todas partes, en mis talleres, con los escritores. “¿Y quién es Bolaño?”, me preguntó incrédulo en Santiago un periodista especializado en literatura, cuando le propuse publicar una entrevista que yo le había hecho al narrador en julio de 1993, y en Barcelona donde nos reencontramos después de veinte años. Me respetaba también como un hermano más mayor.

La distancia del país de Chile y su lucidez de sismógrafo le permitieron ser el irreverente y el iconoclasta que fue en relación con las gentes y la literatura de su país natal. Ni José Donoso, considerado nuestro principal novelista de estos tiempos, se salvó de la guillotina  verbal, de la iconoclastia de Bolaño. Ni un ex ministro de educación, ni varios dogmáticos críticos, ni muchos “donositos” por venir. Tenía sus razones el hombre. Aunque Bolaño no vivió in situ la sociedad chilena. Muchos antecedentes y datos, que luego serían tema para sus novelas y relatos, le llegaron más bien de oídas o de informantes a veces desinformados. En fin, ahora todos rompen lanzas y queman incienso: tanto Bolaño y nunca ser Bolaño, parodiando o actualizando un clásico verso de Lope de Vega.

Hacia finales de agosto de 1973, unas semanas antes del Golpe Militar, vino a Chile [4] siguiendo la misma ruta que yo había hecho en sentido inverso (Santiago-México) un par de años antes. Aquí, en Santiago, se quedó en mi casa (Comuna de La Cisterna) durante aquellos dramáticos y salvajes días, hasta que pudo regresar de nuevo al México de aquella vivencialidad callejera de esos años primeros de la década del setenta. Y cuando Roberto Bolaño estaba lejos –la estrella distante- de ser el narrador que a cabalidad llegaría a ser veintitrés años después. Pero era ya el talentoso muchacho desencantado y encantado con la literatura: Bolaño antes de Bolaño. En su novela Estrella distante, allí aparezco como un poeta con nombre y apellido [5]. Por eso digo, con vanidad y con modestia y con verdad (guardando las circunstancias), que yo soy el mentor de Roberto Bolaño, pues rompí lanzas verdaderas por él. Lo saqué a la vivencialidad callejera del México que yo me viví el 71, y después  en el Chile maltratado del 73. Tal cual.

Perdóneseme todo el contar de esta historia tan autorreferente,  pero creo que era necesario decirlo a estas alturas de un personaje literario ya plenamente decantado y encantado: Bolaño antes de Bolaño. Buen título para una crónica o para un libro ¿no? Y acaso estos evocadores recuerdos sean mi homenaje memorial también [6].




Notas

[1] Blanes, octubre, 95. Querido Jaime: Te envío el manuscrito de Estrella Distante, mi última novela. Dos son las razones: la primera es que se trata de una novela demasiado chilena como para que interese en un lugar que no sea Chile; la segunda es porque en una de sus páginas apareces tú y creo que en justicia debes ser de los primeros en leerla. Mi intención es ofrecerla a Planeta Chilena o a cualquiera editorial que saque novelas y que pague. Si después de leerla te ves con ánimos de llevarla tú a la editorial, hazlo, si no, telefonea a mi abuela en Santiago (Tel: 22-35-915) y entrégasela; ella ya tiene la dirección de Planeta. De paso puedes sugerirle otras editoriales. Me interesa mucho conocer tu opinión. Si te parece una mierda, por favor dímelo. (Yo creo que es lo mejor que he escrito, pero uno nunca sabe nada). Bueno, eso es todo, quedo a la espera de tus noticias. Recibe un fuerte abrazo y un beso. Roberto


[2] Blanes, marzo, 1996. Querido Jaime: He vendido Estrella Distante; la publicará Anagrama, en Barcelona, a finales de año. Te agradezco que la llevaras a editoriales chilenas. Me hubiera gustado publicarla en Chile, aunque mi editor dice que algunos ejemplares sí que se venderán allá. Escríbeme. Un fuerte abrazo. Roberto


[3] El poeta Jaime Quezada, amigo de Roberto, trajo de vuelta de un viaje a España el original de una novela suya con el encargo de ofrecerla a alguna editorial local. Era su vuelta al país, demoró tal vez un mes (o quizás más) en comunicarse conmigo y llevarme el manuscrito. Yo tenía sólo un recuerdo más o menos vago de Bolaño-poeta y de unos poemas suyos publicados en la revista Araucaria en el número 14, del segundo trimestre de 1981. Tardé a mi vez un par de meses (o acaso más) antes de leer Estrella distante, y comprobar entonces que tenía entre mis manos una novela de un escritor de primer orden. Me conseguí su teléfono con el poeta mensajero y me comuniqué con Roberto. Demasiado tarde. Ante la falta de noticias de Chile, había contactado a la editorial Anagrama, cuyo prestigio más los méritos sobresalientes de la novela hicieron luego lo suyo, disparando al escritor al primer plano del escrutinio público. Lamenté sólo a medias el haber perdido la oportunidad de publicar Estrella distante, porque es evidente que su destino no habría sido el mismo de haber aparecido entre nosotros. (Carlos Orellana. Informe final: Memorias de un editor. Editorial Catalonia, Santiago de Chile, 2008. pp. 240-241).


[4] Roberto había llegado a Chile la última semana de agosto de este 1973 después de un largo viaje en autobús desde Ciudad de México (donde vive casi de niño), motivado por la experiencia de mi propio viaje en sentido inverso (Santiago-México) que yo había realizado América del Sur arriba en los inicios del año 71, y toda vez que viví varios meses de meses en su casa (calle Samuel 27, Colonia Guadalupe-Tepeyac) gracias a la hospitalidad de sus padres y a la aceptación benevolente del mismo Roberto. Allí, en esa casa de esa callecita del  Distrito Federal, lo conocí y lo padecí (o él me padeció a mí), muchacho de 18, 19 años, neurótico lector con los siete tomos de Proust al cateo de su ojo, intolerable (aunque tolerable) como el que más, superdotado sin tasa ni medida, necesitado de ternura que va del querer intenso al odio y viceversa, impaciente de imaginarios sueños, fumándose la noche entera cigarrillo tras cigarrillo, bebiéndose su mañanero vaso de leche, escribiendo una obra de teatro para enviar a un concurso cubano y, en fin, retrato de artista adolescente con Joyce y todo. Y ahora llegaba sorpresivamente a la casa mía, aquí en Santiago (calle La Blanca 0559, Comuna de La Cisterna), para vivir mi hospitalidad y tolerancia también, e integrarse al “yo lo vi yo lo viví” de la realidad cotidiana del gobierno del Presidente Allende, que tanto fervor y admiración tenía mucho allende las fronteras de Chile y en el mismo gobierno y pueblo mexicano. El Golpe Militar, sin embargo, lo sorprende visitando familiares en Los Ángeles y Mulchén, en el centro-sur del país, en un recuperar acaso su infancia perdida, allí donde estudió unos cursos primarios y allí donde su padre –León Bolaño-, en la década del 50, era un lucido y activo boxeador, según cuenta una crónica de revista Estadio de la época. Y luego Concepción, ciudades aquéllas y ésta donde no pasaría desapercibido a los severos controles militares en calles, lugares públicos, terminales de buses y estaciones ferroviarias. El marcado canturreo mexicano de su hablar y el aspecto desfachatadamente extranjerizante y desafiante de su vestimenta, le traerían momentos de ingratos pesares. Luciendo un ancho y provocativo cinturón de cuero, con dorada hebilla de balas-vainas de fusil, Roberto andaba muy orondo por las calles de Santiago y de aquellas ciudades del sur. “Lo primero que tienes que hacer” –le dije, apenas se apareció por Santiago-, “es quitarte ese cinturón”. Advirtiéndole, además, que el país estaba ya casi entregado al control y vigilancia militares. “Me acordé de tu advertencia”, me dice, al regresar de ese sur-surazo violento y represivo, salvado sólo por fortuitas circunstancias de un ignorado destino. ¡Y él –Roberto-, que venía a un reencuentro con el Chile que había dejado muy niño (“En el cielo había una espada azul. Una gran espada azul sobrevolando los tejados marrones y rojos de Quilpué. Volví en sueños al país de la infancia”), se encuentra, de la noche a la mañana, con un Chile bárbaro y maltratante y, a su vez, maltratado! (Jaime Quezada: Bolaño antes de Bolaño. Editorial Catalonia, Santiago de Chile,  2007. pp. 115-117).

[5] Roberto Bolaño: Estrella distante. Editorial Anagrama, Barcelona, España. 1996.

[6] Entrevista al poeta chileno Jaime Quezada realizada por el escritor y poeta mexicano  José Ángel Leyva. Publicada en el libro Versos Comunicantes (Poetas Entrevistan a Poetas Iberoamericanos). Ediciones Alforja, Universidad Autónoma Metropolitana. Ciudad de México, 2005. pp: 246-269.