lunes, 20 de julio de 2015

Roberto Bolaño: 10 frases para recordar al autor de "Los detectives salvajes"

El Comercio, Perú. 15.07.2013






Inclasificable, densa, compleja, exhaustiva… Así es la literatura del chileno Roberto Bolaño, uno de los escritores más representativos de los últimos tiempos, a quien un fallo hepático arrebató la vida hace ahora diez años. El “estilo Bolaño” ha traspasado fronteras en todo el mundo tras la muerte del escritor, a través de artículos, poesías, novelas, relatos o discursos; muchos de ellos publicados póstumamente, como 2666, El Tercer Reich o El gaucho insufrible.

A propósito de la conmemoración de la primera década sin él, aquí lo recordamos con diez frases:

1. “Escribir no es normal. Lo normal es leer y lo placentero es leer; incluso lo elegante es leer. Escribir es un ejercicio de masoquismo; leer a veces puede ser un ejercicio de sadismo, pero generalmente es una ocupación interesantísima”. (Sobre sus preferencias literarias añadió luego en el programa “Off The Record”: “Yo soy básicamente un lector de poemas. Me gusta muchísimo la poesía. Por ejemplo, la literatura chilena que yo leo y que siempre he leído es poesía: Parra, Lihn, Diego Maquieira y Zurita).

2. “Me conmueven los lectores a secas, los que aún se atreven a leer el ‘Diccionario filosófico de Voltaire’, que es una de las obras más amenas y modernas que conozco. Me conmueven los jóvenes de hierro que leen a Cortázar y a Parra, tal como los leí yo y como intento seguir leyéndolos. Me conmueven los jóvenes que se duermen con un libro debajo de la cabeza. Un libro es la mejor almohada que existe”. (Entrevista con la edición mexicana de la revista Playboy).

3. “La única novela de la que no me avergüenzo es Amberes, tal vez porque sigue siendo ininteligible. Las malas críticas que ha recibido son mis medallas ganadas en combate, no en escaramuzas con fuego simulado. El resto de mi ‘obra’, pues bueno, no está mal, son novelas entretenidas, el tiempo dirá si algo más. Por ahora me dan dinero, se traducen, me sirven para hacer amigos que son muy generosos y simpáticos, puedo vivir, y bastante bien, de la literatura, así que quejarse sería más bien gratuito y desagradecido. Pero la verdad es que no les concedo mucha importancia a mis libros. Estoy mucho más interesado en los libros de los demás”. (Entrevista con la edición mexicana de la revista Playboy).

4. “La verdad es que no creo demasiado en la escritura. Empezando por la mía. Ser escritor es agradable… No. Agradable no es la palabra: es una actividad que no carece de momentos muy divertidos, pero conozco otras actividades aún más divertidas, divertidas en el sentido en que para mí es divertida la literatura. Ser atracador de bancos, por ejemplo. O director de cine. O gigoló. O ser niño otra vez y jugar en un equipo de fútbol más o menos apocalíptico. Desafortunadamente el niño crece, al atracador lo matan, el director se queda sin dinero y el gigoló enferma y entonces ya no te queda más alternativa que escribir”. (Entrevista con la poeta mexicana Carmen Boullosa).

5. “Todos los escritores, incluso los más mediocres, los más falsos, los peores del mundo, han sentido la sombra de ese éxtasis de la creación”. (Entrevista durante la Feria del Libro de Chile de 1999).

*6. “Gabriela Mistral era una extraterrestre y, por lo tanto, no tenía ni nuestras necesidades ni nuestros deseos (y añadiría que tampoco tenía un talento literario como el que se le atribuye con una soltura de cuerpo espantosa). Era una simple extraterrestre extraviada en Chile, en Latinoamérica, que no podía comunicarse con su nave nodriza para que la fueran a rescatar”.

7. “Casi siempre he creído, y aún sigo creyéndolo, que escribir prosa es de un mal gusto bestial. Y lo digo en serio. (…) En algún sentido creo que escribir prosa es volver a las labores de mi abuelo analfabeto. Es mucho más difícil la poesía. Las escenografías que te proporciona la poesía son de una pureza y de una desolación muy grande. Cuando juntas pureza y desolación el escenario se agranda automáticamente hasta el infinito y lo lógico es que tú desaparezcas en ese escenario y, sin embargo, no desapareces. Te haces infinitamente pequeño pero no desapareces”. (Entrevista con el diario “Primera Línea”).

8. “Si hubiera podido escoger, probablemente ahora sería un caballero rural belga, de salud de hierro, solterón, asiduo a burdeles de Bruselas, lector de novelas policiales, y que derrocharía, con sentido común, una riqueza acumulada durante generaciones. (…) Pero soy chileno, de clase media baja y vida bastante nómada, y probablemente lo único que podía hacer era convertirme en escritor, acceder como escritor y sobre todo como lector a una riqueza imaginaria, ingresar como escritor y como lector en una orden de caballería que creía llena de jóvenes, digamos, temerarios, y en la que finalmente, ahora, a los 48 años, me encuentro solo”.

9. “Yo no me siento el mejor narrador chileno, ni siquiera me preocupa eso. A mí lo único que me interesa en el momento de escribir es hacerlo con una mínima decencia, que no me avergüence al cabo de un tiempo de lo que he escrito, no lanzar palabras al vacío”.

10. “Que tal vez sea una pésima novela. O tal vez no”. (Respuesta a la pregunta “¿Qué nos puede adelantar de su próxima novela, 2666?”, durante una entrevista con el diario El Mercurio de Chile, en marzo del 2003).










lunes, 25 de mayo de 2015

Mario Santiago desde Barcelona

por Martín Cinzano
México D.F. 12.2013





Gracias al poeta Bruno Montané, desde Barcelona nos llega nuevamente la poesía de Mario Santiago Papasquiaro. Corregido más tarde por él mismo y rescatado en su momento por el propio Montané y por Roberto Bolaño (o “Caupolicán-Kerouac”, como se le alude en el poema), Sueño sin fin (Ediciones Sin Fin, 2012) es un único poema largo escrito durante la estancia del poeta en Barcelona a principios de 1977.

Decir “un único poema largo” puede llevar a engaños en el caso de este libro y, quizás, en buena parte de los textos de Santiago: “poema largo” aquí también quiere decir varios poemas cortos que se suceden y se interrumpen los unos a los otros “a ritmo de chile frito”, según una fórmula acuñada en la “Carte d’identité” de 1996 (también reproducida en esta edición de Sueño sin fin). “Escribe como camina / a ritmo de chile frito. / A tranco firme & sin doblarse”: la trancada —y la tranca— se despliega en el poema como una marcha sin programa donde se toman desvíos-citas hacia ninguna parte y a la menor provocación, para terminar en una provocación mayor.

Si sólo se avistan los poemas reunidos en Jeta de santo, hasta el momento la más abarcadora antología de la poesía de Mario Santiago, sin duda la ciudad aparece o se entromete con regularidad, no tanto en su sentido escenográfico cuanto en el de la posibilidad misma del poema y su incontenible vagabundeo por las citas pictóricas, literarias (presentes ya desde el título con la alusión a Muerte sin fin de José Gorostiza) mezcladas al cascajo y al adoquín “como el eco manchado de mi rostro”.

Así también, de la misma discontinuidad del poema resulta en Sueño sin fin su disolución o su propio carácter de apunte borroso. La trancada no prospera aquí junto a la marcha teleológica de la historia, sino hacia atrás, “mirando un punto pero alejándonos de él, en línea recta hacia lo desconocido”, como le dice Ulises Lima a Juan García Madero al inicio de Los detectives salvajes: se trata de avanzar con la escritura por un camino (en ocasiones campo minado) que paradójicamente (te) retrocede y (te) chupa. El poema, sin doblarse, vira de golpe por una esquina en la que se corta pero donde al mismo tiempo aguarda, presto como un perro a saltar y morder, otro poema más, y por ahí, quizás, “Vertiginosamente me dejo ir”, según declaró Santiago en una entrevista de 1996 reproducida en este libro.

A contracorriente de la gran prosa latinoamericana de la época afincada en Europa (y, desde luego, a contracorriente del “vals entre porfiriano & medieval” de “O. Paz”), el poeta no ha ido allí precisamente para acusar parte histórico del subdesarrollo continental ni de la “otredad”. En 1975, en París, Enrique Lihn lo escribió en un recordado soneto: “Espero de la tierra no hacer colas / ni así hormiguear buscando mi sustento; / quiero en todo ganar el mil por ciento / y pasármelo todo por las bolas”.

Por lo menos como adscripción a esa anti-militancia radical (cuyo precio a pagar —con las mismas bolas— es el silenciamiento y/o la babada anticrítica de Gabriel Zaid), ya desde la portada de esta nueva aparición de Mario Santiago tenemos el indicio de una apuesta sin fin: “Me asusto de ser tan prehistórico / tan fetal / tan impreparado / para las grandes y necesarias acrobacias”.








lunes, 18 de mayo de 2015

¿Quién es el valiente?

por Roberto Bolaño
Babelia, El País. 31.01.1998





Los libros que más recuerdo son los que robé en México D.F., entre los 16 y los 19 años, y los que compré en Chile cuando tenía 20, en los primeros meses del golpe de Estado. En México había una librería extraordinaria. Se llamaba Librería de Cristal y estaba en la Alameda. Sus paredes, incluso el techo, eran de vidrio. Vidrio y vigas de hierro. Examinada desde fuera, parecía imposible poder robar un libro allí. Sin embargo, la tentación de hacer la prueba pudo más que la prudencia y al cabo de un tiempo lo intenté. El primer libro que cayó en mis manos fue un pequeño tomo de Pierre Louys, con hojas delgadas como papel de Biblia, no sé ahora si Afrodita o Las canciones de Bilitis. Sé que tenía 16 años y que Louys se convirtió en mi maestro durante algún tiempo. Después robé libros de Max Beerbohm (El hipócrita feliz), de Champfleury, de Samuel Pepys, de los hermanos Goncourt, de Alphonse Daudet, de los mexicanos Rulfo y Arreola, que entonces estaban, a su manera, activos, y que por tanto era factible que hasta yo me los pudiera encontrar una mañana cualquiera en la abigarrada avenida del Niño Perdido, una avenida que los mapas que hoy tengo del D.F. me escamotean, como si Niño Perdido sólo hubiera existido en mi imaginación o como si la calle, con sus tiendas subterráneas y con espectáculos se hubiera, efectivamente, perdido tal como me perdí yo a los 16 años. De esas brumas, de esos asaltos sigilosos, recuerdo muchos libros de poesía. Libros de Amado Nervo, de Alfonso Reyes, de Renato Leduc, de Gilberto Owen, de Huerta y de Tablada, y de poetas norteamericanos, como El General William Booth entra en el paraíso, del gran Vachel Lindsay. Pero fue una novela la que me sacó y me volvió a meter en el infierno. Esta novela es La caída, de Camus, y todo lo que concierne a ella lo recuerdo como atrapado en una luz espectral, luz de atardecer inmóvil, aunque ya la leí, la devoré, iluminado por aquellas mañanas privilegiadas del D.F., que son o que eran de una luminosidad roja y verde cercada por ruidos, en un banco de la Alameda, sin dinero y con todo el día, es decir, con toda la vida, a mi disposición. Después de Camus todo cambió. Recuerdo el ejemplar. Era un libro de letras muy grandes, como un primer abecedario, de pocas páginas, de tapas duras, con un dibujo horrendo en la portada, un libro difícil de sustraer y que ni supe si ocultar bajo la axila o en la espalda, pues no se amoldaba a mi marciana de estudiante cimarrero, y que al final saqué a vista y paciencia de todos los empleados de la Librería de Cristal, que es una de las mejores formas de robar y que había aprendido en un cuento de Edgar Allan Poe. A partir de entonces, de aquella sustracción y de aquella lectura, pasé de ser un lector prudente a ser un lector voraz, y de ladrón de libros me convertí en atracador de libros. Quería leerlo todo, que, en mi simpleza, equivalía a querer o a intentar descubrir el mecanismo hecho de azar que había llevado al personaje de Camus a aceptar su atroz destino. Contra todas las predicciones, mi carrera de atracador de libros fue larga y provechosa, pero un día me atraparon. Por suerte no fue en la Librería de Cristal, sino en La Librería del Sótano, que está o estaba enfrente de la Alameda, en la avenida de Juárez, y que como su nombre indica era un sótano de proporciones considerables en donde se amontonaban relucientes las últimas novedades llegadas de Buenos Aires o Barcelona. Mi detención fue ignominiosa. Parecía como si los samuráis de la librería hubieran puesto precio a mi cabeza. Amenazaron con expulsarme del país, con propinarme una madriza en el sótano de La librería del Sótano, lo que a mi me sonó como si aquellos neofilósofos hablaran entre ellos de la destrucción de la destrucción, y al final, tras la larga deliberación, me dejaron en libertad no sin antes apropiarse de todos los libros que yo llevaba, entre los que estaba La Caída, ninguno de los cuales había robado allí. Poco después me marché a Chile. Si en México hubiera podido encontrar a Rulfo y Arreola, en Chile me pudo pasar lo mismo con Parra y Lihn, pero creo que al único que vi fue a Rodrigo Lira caminando aprisa una noche que olía a gases lacrimógenos. Después vino el golpe y tras éste me dediqué a recorrer las librerías de Santiago como una forma barata de conjurar el aburrimiento y la locura. A diferencia de las librerías mexicanas, las de Santiago carecían de empleados y eran atendidas por una persona, casi siempre el dueño. Allí compré la Obra gruesa y los Artefactos de Nicanor Parra, y los libros de Enrique Lihn y Jorge Teillier que no tardaría en perder y cuya lectura resultaría crucial; aunque crucial no es la palabra: esos libros me ayudaron a respirar. Pero respirar tampoco es la palabra. De mis visitas a esas librerías recuerdo sobre todo los ojos de los libreros, ojos que a veces parecían los de un ahorcado y a veces estaban velados por una tela como de legañas y que ahora sé que era otra cosa. No recuerdo, además, haber visto nunca librerías más solitarias. Allí no robé ningún libro. Eran baratos y los compraba. En la última que visité, un librero, un hombre de unos cuarenta años, alto y flaco, me dijo de sopetón mientras revisaba una hilera de viejas novelas francesas si me parecía justo que un autor recomendara sus propias obras a un condenado a muerte. El tipo estaba de pie en un rincón, llevaba sólo una camisa blanca arremangada hasta los codos y tenía una nuez prominente que le temblaba al hablar. Le contesté que no me parecía justo. ¿De qué condenados a muerte estamos hablando?, dije. El librero me miró y nos dijo que él sabía, fehacientemente, de más de un novelista capaz de recomendar sus propios libros a un condenado a muerte. Después dijo que hablábamos de lectores desesperados. Soy el menos indicado para decirlo, dijo, pero si no lo digo yo no lo dirá nadie. ¿Qué libro le regalaría usted a un condenado a muerte?, me preguntó. No sé, dije. Yo tampoco lo sé, dijo el librero, y me parece terrible. ¿Qué libros leen los desesperados? ¿Qué libros les gustan? ¿Cómo se imagina usted la sala de lecturas de un condenado a muerte?, dijo. Y después: es como la Antártida. No como el Polo Norte, sino como la Antártida. Pensé en el final de Arturo Gordon Pym, pero preferí no decir nada. A ver, dijo el librero, ¿quién es el valiente capaz de poner sobre el regazo de un condenado a muerte esta novela? Levantó un libro que había gozado de cierta fama y luego lo arrojó sobre una espuerta. Le pagué y me fui. Al darle la espalda, el librero no sé si rio o se puso a llorar. Cuando gané la calle lo oí decir: ¿Quién es el gallito capaz de semejante hazaña? Y luego dijo algo más, pero no entendí sus palabras.








miércoles, 29 de abril de 2015

"En la ficción de Bolaño, la poesía es una forma de enfrentar la vida". Entrevista a Chris Andrews

por Juan Manuel Vial
La Tercera. 25.08.2014


El responsable de llevar al inglés novelas y cuentos del autor chileno 
publica el revelador estudio 
Roberto Bolaño’s fiction: an expanding universe



Chris Andrews tradujo diez libros de Roberto Bolaño al inglés, actividad que le permitió sumirse, como pocos lo han hecho, en las profundidades, en los pasadizos oscuros e intrincados de aquella maquinaria enorme, compleja y fenomenal que es la literatura del celebrado narrador chileno (“El policía de las ratas”, uno de los cuentos de El gaucho insufrible, está dedicado a Andrews). Hace algunos días se publicó en Estados Unidos Roberto Bolaño’s fiction: an expanding universe, un estudio en el que, con inteligencia, claridad y precisión, el escritor australiano revela las capas ocultas del método, para muchos lectores misterioso, con que Bolaño compuso sus obras más famosas.

En el primer capítulo, el autor se pregunta por qué la ficción del narrador chileno fue tan bien recibida en el mundo angloparlante (sus respuestas son de crucial importancia, ya que él mismo, en calidad de traductor, es responsable en buena medida de aquel éxito). En los seis capítulos restantes, Andrews se dedica a revisar temas que les resultarán apasionantes a los seguidores de Bolaño: el manejo de la tensión dramática, la forma en que los personajes evolucionan a lo largo del tiempo, cómo ellos se protegen y dañan unos a otros, y qué valores políticos y éticos entran en juego por medio de aquellas interacciones.

Tras la muerte de Bolaño han aparecido varios estudios de su literatura, escritos en diferentes idiomas, pero dados la amplitud de los conocimientos de Andrews, el valor de sus juicios -casi siempre novedosos; a veces arrojados-, y debido también a la peculiar intimidad que un traductor puede alcanzar con el material traducido, no hay riesgo en afirmar que Roberto Bolaño’s fiction: an expanding universe es un obra superior, y, a todas luces, definitiva.


Parte advirtiendo que su libro es un libro de crítica literaria, pero se lee como una investigación que tiene muchos rasgos bolañescos: ¿Qué les diría a los lectores que se asustan con la mención de “crítica literaria”?
Partí de esa manera para despejar una confusión que surge a veces en el mundo anglófono: aquí hablo de la obra de Bolaño, y no de la traducción de su obra. Lo poco que puedo decir sobre la traducción no tiene mucho interés comparado con lo mucho que queda por decir sobre la ficción de Bolaño. Quería ir al grano. Entiendo que hay lectores para quienes los términos de la narratología, por ejemplo, son intimidantes. A ellos les diría que podrían saltarse el capítulo dos. Espero no haber abusado de una terminología recóndita. Traté de escribir de la manera más clara posible, para que el lector pueda saber hasta qué punto está de acuerdo con mi argumentación (y en dónde empieza su desacuerdo).

Dentro de las razones que en su opinión explican el éxito de Bolaño en inglés llama la atención la siguiente: “Bolaño suple una carencia en la ficción norteamericana”. ¿Cómo llegó a tal conclusión?
Allí hago eco de algo que viene diciéndose desde el boom de las escuelas de “escritura creativa”: lo que falta no es destreza ni inteligencia, sino que la osadía y la excentricidad de los autodidactas.


En su libro cita a Alberto Manguel, quien opina que “algunos críticos impresionables” serían en parte responsables del éxito de Bolaño en EE.UU. Manguel también sugiere que libros como Los detectives salvajes y 2666 son obras menores. ¿Cuánto de conservadurismo estético y cuánto de falta de comprensión hay en sus juicios?
Me pareció sobre todo un juicio apresurado, y quizás una reacción al éxito de Bolaño en el mundo anglófono. Para algunos críticos, la popularidad es sintomática de una falta de calidad literaria. Lo que sostengo es que la popularidad es tan incierta que no puede servir como medida de la calidad. Así, los esnobs que dicen “este libro no puede ser bueno porque se vende bien”, y los populistas que dicen “por eso precisamente es bueno”, caen en la misma trampa: dan demasiada importancia a los azares del mercado y de la vida literaria.


Declara que “ninguno de los escritores que los libros de Bolaño nos permiten tomar en serio piensa en términos de una carrera literaria”. ¿Hasta qué punto es responsable sostener hoy que Bolaño no tenía grandes ambiciones literarias?
Bolaño tenía grandes ambiciones literarias, de eso no hay dudas. Sin grandes ambiciones literarias no se escribe una obra como 2666. El quería que sus libros llegaran a muchos lectores. Sin embargo, no creo que pensara en términos de una carrera literaria, que viera su trabajo como una serie de peldaños por los cuales debía trepar para alcanzar una posición alta y dominante en el mundo literario y social. Un escritor puede tener éxito sin ser arribista.


Cuando Jean Franco, la experta inglesa en literatura latinoamericana, sostiene que Bolaño “a menudo suena como un anarquista romántico”, usted interpreta que ella usa el término de manera peyorativa. De modo que decide ir más lejos y argumenta que Bolaño es un anarquista romántico, claro que sin una connotación negativa. ¿Podría explicar las bondades en esa clasificación?
Donde se ve más claramente el anarquismo de Bolaño es en su examen implacable de las seducciones del poder institucional. En el universo de su ficción, ceder a tales seducciones, como Sebastián Urrutia Lacroix, en Nocturno de Chile, o El Cerdo, en 2666, es un pecado capital. Esa arista crítica me parece muy valiosa, muy saludable, porque las instituciones siguen manufacturando auras de prestigio que se prestan a muchos abusos. El romanticismo de Bolaño se ve en su valoración de la poesía, que tiene un papel simbólico en su ficción: representa una manera abierta y juvenil de enfrentar la vida, un estilo vital que no es propiedad exclusiva de los jóvenes. De hecho, adquiere su verdadero valor en personajes relativamente viejos, como Cesárea Tinajero o Amadeo Salvatierra en Los detectives salvajes.