miércoles 15 de julio de 2009

Autorretrato

por Roberto Bolaño
1953-2003






Nací en Chile en 1953 y viví en varias y
distintas casas.
Después llegaron los amigos pintados por Posadas
y la región más transparente del mundo
pintada por un viejo y clásico pintor mexicano
del siglo 19 cuyo nombre he conseguido
olvidar por completo.
Entre una punta y otra sólo veo
mi propio rostro
que sale y entra del espejo
repetidas veces.
Como en una película de terror.
¿Sabes a lo que me refiero?
Aquellas que llamábamos de terror psicológico.





en La universidad desconocida, 2007










Autorretrato

por Roberto Bolaño






Jefe de banda a los 8 años, nadie sospechó
que el que tenía más miedo era yo.
El pelirrojo Barrientos y el loco Herrera
fueron mis más fieles capitanes
en aquellas mañanas rosadas de Quilpué
cuando todo a mi alrededor se desmoronaba,
pero Bernardo Ugalde fue mi más sabio amigo.
Vísperas del Mundial del 62
Raúl Sánchez y Eladio Rojas nos amparaban
en la defensa y el medio campo: los delanteros
éramos nosotros.
Valientes y audaces, como para no morir nunca,
mi pandilla siguió peleando
mientras los autobuses mataban a los niños solitarios.
Así, sin darnos cuenta,
lo fuimos perdiendo todo.



(La verdad es que ya no recuerdo si Bernardo se apellidaba Ugalde, Ugarte o Urrutia; ahora me parece que el nombre era Urrutia, pero quién sabe).






en La universidad desconocida, 2007










Los años

por Roberto Bolaño





Me parece verlo todavía, su rostro marcado a fuego
en el horizonte
Un muchacho hermoso y valiente
Un poeta latinoamericano
Un perdedor nada preocupado por el dinero
Un hijo de las clases medias
Un lector de Rimbaud y de Oquendo de Amat
Un lector de Cardenal y de Nicanor Parra
Un lector de Enrique Lihn
Un tipo que se enamora locamente
y que al cabo de dos años está solo
pero piensa que no puede ser
que es imposible no acabar reuniéndose
otra vez con ella
Un vagabundo
Un pasaporte arrugado y manoseado y un sueño
que atraviesa puestos fronterizos
hundido en el légamo de su propia pesadilla
Un trabajador de temporada
Un santo selvático
Un poeta latinoamericano lejos de los poetas
latinoamericanos
Un tipo que folla y ama y vive aventuras agradables
y desagradables cada vez más lejos
del punto de partida
Un cuerpo azotado por el viento
Un cuento o una historia que casi todos han olvidado
Un tipo obstinado probablemente de sangre india
criolla y gallega
Una estatua que a veces sueña con volver a encontrar
el amor en una hora inesperada y terrible
Un lector de poesía
Un extranjero en Europa
Un hombre que pierde el pelo y los dientes
pero no el valor
Como si el valor valiera algo
Como si el valor fuera a devolverle
aquellos lejanos días de México
la juventud perdida y el amor
(Bueno, dijo, pongamos que acepto perder México y la
juventud
pero jamás el amor)
Un tipo con una extraña predisposición
a sobrevivir
Un poeta latinoamericano que al llegar la noche
se echa en su jergón y sueña
Un sueño maravilloso
que atraviesa países y años
Un sueño maravilloso
que atraviesa enfermedades y ausencia






en Los perros románticos, 2000










viernes 10 de julio de 2009

Roberto Bolaño: literatura y apocalipsis*

por Edmundo Paz Soldán
* Adaptación del prólogo al libro de ensayos Bolaño salvaje, editado por Edmundo Paz Soldán y Gustavo Faverón (Editorial Candaya, 2008)




En “Apocalipsis en Solentiname”, Julio Cortázar indaga en las posibilidades del arte en América Latina: dar una visión naif de la realidad o testimoniar el horror. En el cuento, el narrador, un escritor argentino llamado Julio Cortázar que vive en París visita Nicaragua en plena revolución sandinista. Ya en el primer párrafo, las contradicciones asoman en el personaje y se resumen en la dificultad de conciliar un arte comprometido con el pueblo con una escritura difícil, vanguardista, “hermética”.

Cuando “Julio Cortázar” llega a la isla de Solentiname, descubre las pinturas de los campesinos, que dan cuenta de una realidad en la que hay una comunión del hombre con la naturaleza, “una vez más la visión primera del mundo, la mirada limpia del que describe su entorno como un canto de alabanza”. Esa América Latina de las pinturas contrasta con la sensación del narrador en la misa del domingo, en la que, siguiendo los postulados de la Teología de la Liberación, el Evangelio es leído como si fuera parte de la vida cotidiana de los campesinos, “esa vida en permanente incertidumbre de las islas y de la tierra firme y de toda Nicaragua y no solamente de toda Nicaragua sino de casi toda América Latina, vida rodeada de miedo y de muerte, vida de Guatemala y vida de El Salvador, vida de la Argentina y de Bolivia, vida de Chile y de Santo Domingo, vida del Paraguay, de Brasil y de Colombia”.

El arte naif de los campesinos no da cuenta del miedo, del horror de vivir en la América Latina de los setenta. Pero no es difícil rasgar la superficie y encontrar las tinieblas, lo siniestro. En el cuento, el narrador, como un turista agradecido y conmovido más, toma fotos de las pinturas y se las lleva a París. Allí, ya instalado con el proyector a su lado, se pone a ver las fotos de Solentiname. De pronto, en un típico giro cortazariano, ocurre lo fantástico para hacer estallar las estructuras del realismo convencional: aparece en la pantalla, en vez de una pintura de un campesino, la foto de un muchacho con un balazo en la frente, “la pistola del oficial marcando todavía la trayectoria de la bala, los otros a los lados con las metralletas, un fondo confuso de casas y de árboles”. Después, más fotos del horror: “Cuerpos tendidos boca arriba”, “la muchacha desnuda boca arriba y el pelo colgándole hasta el suelo”, “ráfagas de caras ensangrentadas y pedazos de cuerpos y carreras de mujeres y de niños por una ladera boliviana o guatemalteca”.

La mayoría de las fotos remite a la violencia estatal: hay uniformados en jeeps, autos negros de paramilitares, torturadores de corbata y pulóver. Es la violencia de las dictaduras del Cono Sur, tiempos de “guerra sucia” y Operación Cóndor. “Cortázar”, en el paréntesis revolucionario de la Nicaragua sandinista, escribe un cuento sobre los límites de cierto arte para dar testimonio de ese destino sudamericano, esa violencia latinoamericana. Lo que el escritor comprometido debe hacer es, sin renunciar a su proyecto artístico, sin simplificar sus hermetismos, enfrentarse a esa realidad atroz y representarla. En el ejercicio literal del fotógrafo-escritor, en “Apocalipsis en Solentiname”, se debe revelar el apocalipsis que está detrás de los paisajes bucólicos y la mirada prístina de los habitantes del continente.

Vale la pena detenerse en el cuento de Cortázar para entender lo que ocurre en la obra de Roberto Bolaño. En el escritor chileno, ferviente admirador de Cortázar, no hay otra opción que dar cuenta del horror y del mal, y hacerlo de la manera excesiva que se merece: el imaginario apocalíptico es el único que le hace justicia a la América Latina de los setenta —explorada en novelas como Nocturno de Chile y Estrella distante—. En ambas, Bolaño se asoma como pocos al horror de las dictaduras. Nadie ha mirado tan de frente como él, y a la vez con tanta poesía, el aire enrarecido que se respiraba en el Chile de Pinochet: ese aire en que el despiadado Weider de Estrella distante escribía sus frases y versos desde una avioneta. El aire opresivo de la dictadura lo contamina todo, y si bien es fácil ver a Weider de la manera en que Bolaño lo describía, como alguien “que encarnaba el mal casi absoluto” (entre paréntesis), lo cierto es que en la novela nadie es inocente, como sugiere uno de los sueños del narrador:

Soñé que iba en un gran barco de madera, un galeón tal vez, y que atravesábamos el Gran Océano. Yo estaba en una fiesta en la cubierta de la popa y escribía un poema o tal vez la página de un diario mientras miraba el mar. Entonces alguien, un viejo, se ponía a gritar ¡tornado, tornado! Pero no a bordo del galeón sino a bordo de un yate o de pie en una escollera. Exactamente igual que en una escena de El bebé de Rosemary, de Polanski. En ese instante el galeón comenzaba a hundirse y todos los sobrevivientes nos convertíamos en náufragos. En el mar, flotando agarrado a un tonel de aguardiente, veía a Carlos Wieder. Yo flotaba agarrado a un palo de madera podrida. Comprendía en ese momento mientras las olas nos alejaban, que Wieder y yo habíamos viajado en el mismo barco, solo que él había contribuido a hundirlo y yo había hecho poco o nada por evitarlo (énfasis en el original).

Esta breve alegoría en clave de horror —no es casual la mención a la película de Polanski— se emparenta con otras sugeridas en Nocturno de Chile. Allí, el barco que se hunde es el fundo La-Bas de Farewell y la casa de María Canales. En el fundo de Farewell, el narrador duerme “como un angelito”, y se va ejercitando al descubrir la literatura como “una rareza” en el país de “bárbaros” y en la crítica literaria como un esfuerzo “razonable”, “civilizador”, “comedido”, “conciliador”. El fundo es el espacio de la literatura en Chile, un lugar “allá abajo” donde uno aprende a cerrar los ojos a la realidad, a intentar no mancharse leyendo y descubriendo a los clásicos mientras “allá arriba”, en el país, campea la barbarie. Por supuesto, aquí, tanta civilización, tanta ceguera, termina siendo una forma más de barbarie.

La gran casa de María Canales es la casa de Chile, la casa del establishment literario, que sigue con sus cócteles y recepciones mientras en los sótanos de la casa se tortura a los opositores al régimen. En esta escena, Bolaño hace suya una anécdota siniestra de la dictadura: las sesiones de tortura en el sótano de la casa de Robert Townley, agente de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) y asesino de Letelier, mientras en los salones de la casa se llevaban a cabo las veladas literarias de su esposa. ¿Por qué? Ibacache, el narrador, intenta una explicación pragmática: “Había toque de queda. Los restaurantes, los bares cerraban temprano. La gente se recogía a horas prudentes. No había muchos lugares donde se pudieran reunir los escritores y los artistas a beber y hablar hasta que quisieran”.

Si en el fundo uno aprende a callarse, en la casa uno lleva a la práctica ese silencio. Se puede ver en el sótano a un hombre “atado a una cama metálica... sus heridas, sus supuraciones, sus eczemas” y luego, ¿qué se puede hacer? Callarse por miedo, porque se trata de algo cotidiano y “la rutina matiza todo horror”. Nocturno de Chile es la confesión del civilizado que con su silencio es cómplice del horror. Nocturno de Chile es la novela de la complicidad de la literatura, de la cultura letrada, con el horror latinoamericano.

En Nocturno de Chile se encuentra una lúcida reflexión sobre las perversas relaciones que existen en América Latina entre el poder y la letra. Nuestros intelectuales han terminado más de una vez seducidos por el poder. Se han escrito grandes, fascinantes —y fascinadas— novelas sobre el dictador latinoamericano, pero muy poco sobre esa figura a su sombra, el amanuense de turno, el intelectual cortesano, el que le escribe los discursos al gran hombre. Bolaño, en Nocturno de Chile, nos muestra la debilidad y la hipocresía de nuestras sociedades letradas cuando se trata de su relación con el poder.

Ibacache cuenta de las clases de marxismo que tomaron los militares de la junta con él, para saber cómo pensaban sus enemigos. A la última clase solo asiste Pinochet. Pinochet ataca a los ex presidentes Frei y Allende, que se hacían los cultos, pero en realidad jamás habían escrito un solo libro. Pinochet, orgulloso, para mostrar su superioridad, dice que ha escrito varios libros y artículos. Pinochet le cuenta eso a Ibacache: “[p]ara que sepa usted que yo me intereso por la lectura, yo leo libros de historia, leo libros de teoría política, leo incluso novelas”. El dictador continúa: “Y además a mí no me da miedo estudiar. Siempre hay que estar preparado para aprender algo nuevo cada día. Leo y escribo. Constantemente”.

En la novela de Bolaño, Pinochet aparece como la parodia de un letrado. Si la lectura y la escritura le sirven a Ibacache para no ver lo que ocurre en torno suyo, a Pinochet le sirven no solo para ver mejor lo que ocurre en torno suyo, sino para proyectar el futuro, “imaginar hasta dónde están dispuestos a llegar” los enemigos del país. La escena pedagógica, tan central en la novela latinoamericana fundacional del siglo XIX, solía servir para la construcción del nuevo ciudadano de la patria; ahora, la transmisión de conocimiento sirve para eliminar a los ciudadanos que no piensan como el dictador letrado. La literatura, que preparaba a los hombres para su ingreso a la civilización, se ha tergiversado por completo y ahora es un instrumento para la barbarie. Como dice Richard Eder, el tema central de una novela como Los detectives salvajes —agrego que en realidad es el tema de toda la obra de Bolaño— es que “the pen is as blood-stained as the sword, and as compromised”.

Pero no se trata solo de la escritura. En Estrella distante, las fotografías son también un aspecto central de la revelación del mal. En la novela, el poeta-criminal Wieder invita a sus amigos a una exposición fotográfica en su departamento. Wieder espera hasta la medianoche para abrir el cuarto de huéspedes donde se encuentra el “nuevo arte”. La primera en entrar, Tatiana von Beck Iraola, tiene la esperanza de encontrar el arte naif, “retratos heroicos o aburridas fotografías de los cielos de Chile”; cuando sale, vomita en el pasillo.

En el cuarto, “cientos de fotos” se encuentran en las paredes y hasta en el techo:

Según Muñoz Cano, en algunas de las fotos reconoció a las hermanas Garmendia y a otros desaparecidos. La mayoría eran mujeres. El escenario de las fotos casi no variaba de una a otra por lo que se deduce es el mismo lugar. Las mujeres parecen maniquíes, en algunos casos maniquíes desmembrados, destrozados, aunque Muñoz Cano no descarta que en un 30 por ciento de los casos estuvieran vivas en el momento de hacerles la instantánea.

Hay aquí un doble juego, una puesta en abismo de las intenciones de Bolaño. Al interior de la novela, las fotos de Wieder sirven para revelar su condición de asesino aliado al régimen; el “arte nuevo” no muestra otra cosa que la complicidad del artista con el poder; ante esa revelación, el efecto en los espectadores es fulminante.

A la vez, Estrella distante se presenta como un texto en la tradición de “Apocalipsis de Solentiname”. Al narrar el horror de la Latinoamérica de la década de los setenta, la literatura, sugiere Bolaño, debe provocar en los lectores las reacciones fuertes que suscitan las fotos de Wieder en sus espectadores. No hay consuelo posible, no hay manera de presentar un Chile pastoral de exportación. Hay, sin embargo, una diferencia importante entre el Cortázar de “Solentiname” y el Bolaño de Estrella distante: en Cortázar, el horror en las fotos aparece a partir de una estrategia narrativa fantástica; en Bolaño, aun cuando algunas fotos son montajes, estas son claramente testimonio de la realidad, y muestras de la poética realista abarcadora de Bolaño. En Estrella distante hay “alucinaciones” y “epifanías de la locura”, pero todas dentro del más estricto realismo.

Pero lo que al comienzo era una exploración del continente en un momento específico, en los años finales de Bolaño se generaliza al siglo XX, al mundo, a la condición humana. En 2666, la ciudad de Santa Teresa es un “cráter”, el agujero negro del crimen múltiple sin solución. En un texto sobre Huesos en el desierto, del periodista mexicano Sergio González Rodríguez, al que reconoce su ayuda “técnica” y de investigación para la escritura de 2666 (y al que, de paso, convierte en personaje de su novela), Bolaño escribe que el libro es “una metáfora de México y del pasado de México y del incierto futuro de toda Latinoamérica. Es un libro no en la tradición aventura sino en la tradición apocalíptica, que son las dos únicas tradiciones que permanecen vivas en nuestro continente, tal vez porque son las únicas que nos acercan al abismo que nos rodea” (Entre paréntesis). Al hablar del libro de González, Bolaño parecería estar refiriéndose a su novela, con el añadido de que la metáfora aquí va más allá de Latinoamérica. 2666 es la aventura y el apocalipsis, diseminados a lo largo y ancho del planeta.

La novela recorre Europa, América Latina y los Estados Unidos; cubre casi todo el siglo XX, para ir a desembocar en ese presente turbio en una ciudad fronteriza en México. Bolaño utiliza el hecho macabro de las más de doscientas mujeres muertas en los últimos años en Ciudad Juárez —crímenes todavía impunes—, no solo como símbolo de la violencia en la América Latina posdictatorial, sino como metáfora del horror y el mal en el siglo XX. Benno von Archimboldi encuentra su destino como escritor durante la Segunda Guerra Mundial porque ese periodo histórico es otro de esos “cráteres” que condensan todo lo que hay que saber sobre el horror del siglo XX. Tanto la Segunda Guerra Mundial como las muertas de Ciudad Juárez-Santa Teresa están vinculadas en 2666 por el destino de un hombre que primero, en la guerra, se encuentra como escritor, y luego, en Santa Teresa, se convierte en un escritor extraviado al que los críticos buscan. En el camino que va de la oscilación entre el encontrarse y el perderse de la escritura, se cifra el destino del siglo XX en la versión de Bolaño.

En la cuarta sección de la novela, “La parte de los crímenes”, asistimos a una letanía de muertes salvajes descritas con precisión clínica: “La muerta apareció en un pequeño descampado en la colonia Las Flores. Vestía camiseta blanca de manga larga y falda de color amarillo hasta las rodillas, de una talla superior”, es el primer caso, ocurrido en 1993; el último, trescientas cincuenta páginas después, cierra el siglo:

El último caso del año 1997 fue bastante similar al penúltimo, solo que en lugar de encontrar la bolsa con el cadáver en el extremo oeste de la ciudad, la bolsa fue encontrada en el extremo este... El cuerpo estaba desnudo, pero en el interior de la bolsa se encontraron un par de zapatos de tacón alto, de cuero, de buena calidad, por lo que se pensó que podía tratarse de una puta”.

Son varias las explicaciones que se dan en esa sección para contextualizar las muertes. Algunas están relacionadas con el narcotráfico; otras, con sectas satánicas; otras, con las condiciones económicas paupérrimas de una ciudad de maquilas, fruto del intercambio asimétrico de bienes y trabajo entre las sociedades industrializadas de la economía global y las sociedades en vías de desarrollo; otras, al hecho de que varias de las muertas son prostitutas; otras, a la situación de pobreza de mucha gente en la región: las mujeres son obreras en las maquiladoras, reciben “sueldos de hambre” que, “sin embargo, eran codiciados por los desesperados que llegaban de Querétaro o de Zacatecas o de Oaxaca”.

Otra de las explicaciones es la misoginia. En una escena clave en la sección, los policías que investigan el caso van a desayunar a una cafetería; mientras lo hacen, se cuentan chistes sádicos sobre mujeres: “¿En qué se parece una mujer a una pelota de squash? Pues en que cuanto más fuerte le pegas, más rápido vuelve”. También intercambian refranes, sabiduría popular que no se discute: “Las mujeres de la cocina a la cama, y por el camino a madrazos... las mujeres son como las leyes, fueron hechas para ser violadas”.

El café en que los policías se encuentran tiene pocas ventanas y se parece a un ataúd. Mientras los policías cuentan chistes sobre esas mujeres cuyos crímenes les toca investigar, mientras se hacen la burla de las leyes que dicen defender, ellos, sugiere el narrador, están desafiando a la muerte con sus risas, pero en el fondo no hacen más que encerrarse en su propio ataúd, encontrar una suerte de muerte en vida. Su forma de entender el mundo es la muerte de la sociedad contemporánea; la imposibilidad de escapar de los prejuicios sexistas y racistas tiene un correlato directo con la imposibilidad de resolver los crímenes. Mientras haya policías como los que se reúnen en el café Trejo’s, habrá mujeres muertas, violadas, abusadas en los desiertos del mundo.

En “La parte de los crímenes” un alemán, Klaus Haas —del que luego descubriremos sus conexiones familiares con Archimboldi—, es detenido y llevado a la cárcel como presunto responsable de los crímenes. La Policía, satisfecha, siente que ha cumplido su parte. Pero los crímenes continúan. La sección termina con la sugerencia de que no habrá una resolución posible para esas muertes. Los crímenes quedarán sin resolverse. La última escena, la de las Navidades de 1997, muestra a una Santa Teresa entregada a la fiesta: “Se hicieron posadas, se rompieron piñatas, se bebió tequila y cerveza. Hasta en las calles más humildes se oía a la gente reír”. Pero esa Santa Teresa naif encierra, como en las fotos de “Apocalipsis de Solentiname”, su reverso nefasto: “Algunas de estas calles eran totalmente oscuras, similares a agujeros negros...”. Esos “agujeros negros” son la derrota de la ley, de la civilización. Todo el siglo XX desemboca allí.

En “Autobiografías: Amis & Ellroy”, uno de sus artículos recopilados en Entre paréntesis, Roberto Bolaño escribió que “el crimen parece ser el símbolo del siglo XX”. En una entrevista, el escritor chileno declaró: “En mis obras siempre deseo crear una intriga detectivesca, pues no hay nada más agradecido literariamente que tener a un asesino o a un desaparecido que rastrear. Introducir algunas de las tramas clásicas del género, sus cuatro o cinco hilos mayores, me resulta irresistible, porque como lector también me pierden” (Braithwaite). Se puede leer 2666 como una monumental novela detectivesca, en la que hay tanto un desaparecido al que se busca —el escritor Archimboldi— como múltiples asesinos.

En el trabajo de Bolaño con el género detectivesco, se podría pensar que las muertas de Santa Teresa son parte de un asesinato múltiple, que se trata, si se permite el juego de palabras, de un asesino colectivo en serie. Aquí, sin embargo, como en “La muerte y la brújula”, de Borges, el detective (el periodista-escritor Sergio González) y los buscadores (los críticos admirados de Archimboldi) son derrotados. O mejor: en el caso de los crímenes, a diferencia de Borges, ni siquiera tenemos en Bolaño la posibilidad de encontrar a un asesino victorioso. “La parte de los crímenes” termina como ha comenzado, con un crimen irresuelto, con un asesino o asesinos en la sombra. Como las muertas, los asesinos son también tragados por el “agujero negro” en que se ha convertido Santa Teresa.

En Bolaño, además de los guiños de Los detectives salvajes y 2666 al género, se puede encontrar en El gaucho insufrible “El policía de las ratas”, un cuento que reinscribe un texto clásico de Kafka, “Josefina la Cantora”, en el esquema del policial. El detective de Bolaño, Pepe el Tira, tiene algunas de las características que dicta el género: es un solitario, alguien que se siente distinto a los demás. Su método es mantenerse al margen del pueblo, dedicarse a su oficio, volver al lugar del crimen todas las veces que sea posible. Como se espera del género, al menos en su versión tradicional, el policía comenta que la vida “debe tender hacia el orden, y no hacia el desorden”. Si el orden se rompe —o, mejor, se “disloca”—, entonces el trabajo del policía será intentar recuperar el orden.

Pepe el Tira es una rata que investiga la muerte de otras ratas. La creencia de la comunidad es que las ratas mueren a manos de otras especies más fuertes —comadrejas, serpientes—, pues “las ratas no matan a las ratas”. Sin embargo, en sus investigaciones, cuando se encuentra con un bebé de rata muerto, Pepe el Tira llega a la conclusión de que esa muerte no se debe a un depredador hambriento ya que todo parece indicar que al bebé lo mataron por placer. Las ratas dicen que eso es imposible, no hay nadie en el pueblo capaz de hacer eso. Pepe el Tira, sin embargo, llega a una inevitable conclusión: “Las ratas somos capaces de matar a otras ratas”.

¿Es la pulsión criminal una anomalía de una rata individualista o parte de la naturaleza de la especie? Sea como fuere, el descubrimiento de Pepe el Tira llega tarde pues ya todo ha cambiado: esa pulsión es un veneno, un virus que ha infectado a todo el pueblo. Pepe el Tira sabe ahora que las ratas están “condenadas a desaparecer, lo que equivalía a que nosotros, como pueblo, también estábamos condenados a desaparecer”. El orden no será restaurado.

En Bolaño no hay ninguna nostalgia por los detectives tradicionales del género —esos razonadores como Auguste Dupin y Sherlock Holmes, capaces de descubrir al criminal sin necesidad de acudir al crimen, utilizando solo sus poderes de deducción—, pero todavía continúa la fascinación por las figuras de la ley. Esas figuras, que servían para dar fe de la inteligibilidad del universo y de la autoridad de la razón para desbrozar el caos en torno nuestro, existen ahora para decirnos que la razón ha sido derrotada, y para articular una reflexión existencialista en que el mundo se revela sin sentido y la especie, a la manera de Sísifo, “condenada desde el principio”, no se arredra, continúa luchando y marcha en busca de “una felicidad que en el fondo sabe inexistente”.

En ese contexto, el escritor, figura cada vez más “marginalizada” en la sociedad contemporánea, deviene esencial en Bolaño, y la literatura recupera su aura: el escritor es el testigo que debe ser capaz de mantener “los ojos abiertos”, y una “escritura de calidad” es “saber meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío, saber que la literatura básicamente es un oficio peligroso” (Entre paréntesis). En las entrevistas que dio y en sus artículos, son constantes las referencias al valor del escritor: “Para acceder al arte lo primero que se necesita, incluso antes que talento, es valor” (Braithwaite).

A fuerza de su constante intervención en sus tan agitados como breves años en la esfera pública, Bolaño reactivó para la literatura el imaginario del escritor como un romántico en lucha constante contra el mundo. En la escena primigenia de Bolaño, el artista, como el organillero de “El rey burgués”, de Rubén Darío —no es casual esta genealogía: como decía Octavio Paz, “el modernismo es nuestro romanticismo”—, se encuentra en la “intemperie”. Pero el jardín modernista del organillero en el palacio del rey burgués ha desaparecido, y Bolaño lo reemplaza por un desfiladero, un precipicio, el abismo. El escritor, al borde del abismo, solo tiene una opción: “arrojarse” a este: (Entre paréntesis).

Como en Borges, la literatura es en Bolaño una forma de conocimiento, la búsqueda absoluta de Arturo Belano y Ulises Lima en Los detectives salvajes. Aquí, sin embargo, ya no funciona la analogía del universo como una biblioteca; se trata de algo más visceral, del escritor que entiende el arte como una aventura vitalista, y en otras ocasiones del narrador y del poeta como detectives en busca del “origen del mal”, y por ello condenados desde el principio a la derrota.

En otras escenas del escritor en acción, el imaginario de Bolaño siempre liga al arte con la violencia y la muerte: “Parra escribe como si al día siguiente fuera a ser electrocutado” (Entre paréntesis); Huidobro aburre porque es un “paracaidista que desciende cantando como un tirolés. Son mejores los paracaidistas que descienden envueltos en llamas o, ya de plano, aquellos a los que no se les abre el paracaídas” (Entre paréntesis); “La literatura es como esos lugares donde meten a las reses para matarlas: casi ninguna sale viva” (Braithwaite). En la lucha, en el enfrentamiento contra el “monstruo”, el escritor perderá, pero eso no debería arredrarlo: “Tener el valor, sabiendo previamente que vas a ser derrotado, y salir a pelear: eso es la literatura” (Braithwaite).

En Bolaño hay un modelo de escritor al que se aspira; por ejemplo, el Sensini que sale a ganar premios en concursos de provincias como un “cazador de cabelleras”, y que está dispuesto a trampas como mandar el mismo cuento a varios concursos a la vez; Henry Simón Leprince, “mal escritor” que se ha ganado a pulso un espacio gracias a su valor—; el Belano de “Enrique Martín”. Estos escritores en pugna con el mercado son, digamos, la versión contemporánea de “las tretas del débil”: como es imposible enfrentarse a un enemigo poderoso y salir bien parado, lo mejor, entonces, sería, como estrategia de supervivencia, decir sí y no a la vez: formar parte de la industria cultural, pero tratar de sabotearla desde adentro.

Hay también antimodelos: el escritor que se adecúa a las reglas de la industria cultural —que parece borrar todo intento de autonomía artística en la década de 1990—, y el que se deja deslumbrar por el poder. En el primer caso están los escritores de “Una aventura literaria”. En el segundo caso se encuentran la mayoría de los escritores de La literatura nazi en América, Ibacache en Nocturno de Chile, Wieder en Estrella distante.

En el cuento “Encuentro con Enrique Lihn”, el narrador “Roberto Bolaño”, en un ambiente a medio camino entre la realidad y el sueño, habla de la literatura como un “campo minado” en el que la mayoría de los escritores son cortesanos del poder que “han dicho ‘sí, señor’ repetidas veces... han alabado a los mandarines de la literatura”. Nuevamente, resuena aquí “El rey burgués”; el organillero viene a cantar “la buena nueva del porvenir”, pero se transforma en una más de las posesiones del rey burgués. El artista, en Darío, tiene intenciones exaltadas: se cree un visionario, un profeta. En Bolaño las intenciones son más prosaicas: simplemente, hacerse de un lugar en la corte. En ambos casos, sin embargo, el resultado es el mismo: el artista es despreciado por el poder, que lo usa cuando le conviene.

De manera ácida, Bolaño indica que el escritor de hoy parece más interesado en el “éxito, el dinero, la respetabilidad” (“Los mitos de Chtulhu”). Ha sido devorado por el hipermercado en el que se ha convertido la cultura contemporánea: quiere triunfo social, grandes ventas, traducciones, portadas en revistas. Quiere “glamour”, dejar atrás la “casa pequeña” de Lihn y llegar a la casa “grande, desmesurada” del “escritor del Tercer Mundo, con servicio barato, con objetos caros y frágiles” (“Encuentro”).

A partir de esa crítica, Bolaño se instala en la construcción misma del canon latinoamericano. Hay que atacar a ciertos autores para reivindicar a otros (y de paso, en la reformulación, instalarse como el nuevo paradigma del canon). Los ataques se despliegan en diversos espacios: al interior de Chile, Isabel Allende, Luis Sepúlveda, Hernán Rivera Letelier (“Los mitos”), incluso autores de prestigio como José Donoso y Diamela Eltit; se recupera al vanguardista Juan Emar, se entroniza a Pedro Lemebel. En la poesía, hay ambigüedad con Neruda —se lo respeta con frialdad—, pero el centro del universo de Bolaño lo forman Parra y Enrique Lihn.

En el canon hispanoamericano, se defiende a autores ya consagrados como Sergio Pitol, Fernando Vallejo, Ricardo Piglia (“Los mitos”); también, por supuesto, a Borges y Cortázar (la literatura argentina ocupa un lugar central en el mapa de Bolaño, como dice Gustavo Faverón). Hay un canon alternativo formado por Martín Adán, Rodolfo Wilcock, Osvaldo Lamborghini y Felisberto Hernández, entre los más marginales; Reinaldo Arenas, Ibargüengoitia, Manuel Puig, entre los conocidos; Horacio Castellanos Moya, Carmen Boullosa, César Aira, Rodrigo Rey Rosa, Juan Villoro, Alan Pauls, entre los escritores de su generación. En poesía, los nombres centrales son los estridentistas mexicanos, Vallejo, Oquendo de Amat, Pablo de Rokha.

De más está decir que Bolaño también intervino en el espacio de la literatura española, a la que vio como parte de un corpus indiferenciado con la literatura hispanoamericana. Fueron frecuentes sus ataques a Cela y Umbral, su defensa de Vila-Matas, Cercas, Marías, Tomeo, su admiración por Cernuda. En la literatura universal, los nombres son legión, pero hay algunos que se repiten constantemente: Catulo, Horacio, Stendhal, Mark Twain, Rimbaud, Perec, Kafka, Philip Dick.

Bolaño se presentó, tanto en entrevistas como en artículos y en sus ficciones, como el escritor rebelde, antisistema. Sin embargo, había contradicciones en su postura: después de todo, el escritor publicaba en Anagrama, una de las editoriales más prestigiosas de España, y concursaba y ganaba premios; al final de su vida, había obtenido un enorme reconocimiento simbólico que significaba buenas críticas, buenas ventas, traducciones. Había adquirido esa respetabilidad de la que renegaba. Quizá por eso en sus últimos ensayos, como en “Los mitos de Chtulhu”, su carácter provocador se había exacerbado, llegando incluso a atacar a escritores como García Márquez y Vargas Llosa, de los que previamente había dicho que su obra era “gigantesca”, superior a la de su generación. Algunos de esos ataques no deben tomarse en serio; en Bolaño muchas veces había humor, el deseo de preservar el espíritu contestatario de los infrarrealistas, de seguir a Nicanor Parra en el espíritu de contradicción. En otros casos se trataba de mantener un necesario espacio de rebeldía ante el reconocimiento. Y en otros, se desplegaba esa maquinaria de guerra nada inocente, dispuesta a seguir aniquilando obras incompatibles con el proyecto de Bolaño. Había en el escritor chileno una nada desdeñable intransigencia; esa intransigencia a la hora de aceptar propuestas estéticas diferentes era, a la vez, su gran virtud y su principal debilidad.

Bolaño era a su manera un escritor comprometido con las causas políticas de América Latina: “Todo lo que he escrito es una carta de amor o de despedida a mi generación, los que nacimos en la década del cincuenta y los que escogimos en un momento dado el ejercicio de la milicia, en este caso sería más correcto decir la militancia...” (Entre paréntesis). Para ello su escritura no bajó los listones, aunque nunca llegó al hermetismo que preocupaba a los lectores del “Cortázar” de “Apocalipsis de Solentiname”. Lo más difícil de su obra se encuentra en Los detectives salvajes y 2666, pero no por la escritura, sino por lo intimidatorio en su extensión. Una multiplicidad de símbolos y metáforas complejas se despliega en su obra, de la cual todavía no hemos desentrañado todos sus misterios, pero eso no impide una lectura gozosa de sus páginas, debidas a su poderosa fuerza narrativa.

El escritor ya no está. Quedan la obra y la leyenda. Quedan la literatura y el apocalipsis.









lunes 6 de julio de 2009

Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, 1984



Anthropos, 1984









Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, 2006



Acantilado, 2006









Consejos de un fanático de Morrison a un fanático de Joyce, 2008



Acantilado, 2008









Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, 2007

Edición italiana
Traducción de Angelo Morino


Consigli di un discepolo di Jim Morrison a un fanatico di Joyce
Sellerio, 2007









miércoles 1 de julio de 2009

Roberto Bolaño: melancolía y delirio en tres novelas breves

por Fernando Pérez Villalón
Cyber Humanitatis N°43. Invierno 2007




Creo que fue Roger Caillois quien escribió que los relatos de Kafka, con su extrañeza soterrada, difícil de localizar pero omnipresente, empapándolo todo, estaba más cerca de la atmósfera real de un sueño de cualquiera que nosotros que los relatos tan deliberadamente delirantes del surrealismo. Lo mismo sucede en alguna medida con estas tres novelas breves de Bolaño, que se mueven en el ámbito de una melancolía en sordina y una irrealidad sutil, que no llega al delirio pero insinúa su proximidad, coquetea con él, se le acerca y retrocede antes de entregársele.

Tal vez la más delirante de las tres novelas sea Nocturno de Chile, el monólogo en su lecho de muerte de un sacerdote del Opus Dei y crítico literario que cualquier chileno reconocería como un doble imaginario de Ignacio Valente. Mientras recuerda escenas clave de su vida, Sebastián Urrutia Lacroix (alias H. Ibacache) pasa constantemente de lo plausible a lo extraño y de lo extraño a lo siniestro, como en esa sucesión de sacerdotes dedicados a la cetrería para eliminar a las palomas cuyos excrementos dañan las iglesias de las que están a cargo, en la visita de Urrutia a Europa. También están teñidas de onirismo las escenas de conversación con Farewell, un crítico algo mayor, homosexual, que esconde apenas la identidad de Alone, o mejor dicho la desplaza (en las novelas "en clave", siempre es peligroso apresurarse a reemplazar los nombres que el novelista le ha puesto a sus personajes por los nombres "reales": si no se estableciera esa relación inequívoca pero distante, la permutación de nombres, que es como un pasaporte para pasar las fronteras del país de la ficción, no tendría sentido). Tal vez lo más inquietante de la novela (aparte de los avances e insinuaciones de Farewell, que tientan y repugnan a la vez a Urrutia) sea su reconstrucción de algunas escenas de la dictadura militar: Urrutia le da clases de marxismo a los miembros de la junta militar, interesados en aprender para "saber hasta dónde podría llegar su enemigo" (es algo que el personaje real que inspira este relato efectivamente hizo, pero la ficción le confiere un aura que lo vuelve un gesto fascinante además de repulsivo: ya Aristóteles decía que algunas cosas horrendas nos repugnan en la realidad pero nos gustan si las vemos representadas como parte de una obra mimética, con esa distancia y perfección que el arte les confiere). También las soirées de intelectuales en la casa de una escritora casada con un norteamericano agente de la CIA, en la cual se interroga y tortura a presos políticos (en un episodio que, según me cuenta una amiga que vivió de cerca los "hechos reales", está muy distorsionado respecto a su modelo) capturan admirablemente el ambiente inquietante de la dictadura en Chile, presente sólo en detalles que cobran fuerza y sentido (o más bien: se hace patente el absurdo del que testimonian) al ser recordados más intensamente y puestos en contexto para quienes fuimos niños o adolescentes durante esos años, personajes de una película cuyo inicio no habíamos visto y cuyas escenas más cruentas no se nos mostraban, no se nos mostrarían sino años más tarde. Cuando escribo inquietante, pienso en lo unheimliche de Freud, algo diseñado para permanecer oculto que sale a la luz, nuestros terrores más íntimos a plena luz del día, o mejor, la plena luz del día como más aterradora que la oscuridad más negra en que podamos adentrarnos.

También en las otras dos novelas se asoma la sombra del fascismo: unos jóvenes gritando "Fascismo o barbarie" en la Roma de Una novelita lumpen, la guerra civil española y la amenaza nazi en Monsieur Pain. Tal vez es por eso que esta última recuerda por momentos a Sostiene Pereira de Antonio Tabucchi: un protagonista inofensivo, un hombre temeroso y débil, enfrentado a fuerzas oscuras, potencias más vastas entrevistas apenas. Pero Bolaño es menos romántico y optimista que Tabucchi, al menos en este relato: su protagonista no se eleva nunca al estatus de héroe novelesco, se mantiene hasta el fin del relato en su rol anodino, apagado, mediocre. La presencia de César Vallejo muriéndose en París como telón de fondo hace pensar también en la novela de José Saramago El día de la muerte de Ricardo Reis, pero esta última es mucho más densa y extensa, poblada de niebla y fantasmas, situada en una Lisboa irreal pero muy viva en sus detalles. Las ciudades de Bolaño son, en cambio indiferentes en cierta medida. Los espacios de París en que se mueve Monsieur Pain no son en absoluto hitos reconocibles por turistas de esos que los novelistas siembran para halagar a algunos lectores enterados (o generar complicidad con ellos): París para Pain es un departamento pequeño y muy desordenado, un hospital laberíntico que hace pensar en ciertos espacios borgeanos, un cine casi vacío, una especie de club nocturno y un enorme hangar de noche.

La Roma de Una novelita lumpen es aún más tenue: vemos de ella sobre todo dos hogares, el departamento de la protagonista y su hermano y la enorme casa del ex mister universo ahora ciego al que Bianca, la protagonista, visita con la esperanza de encontrar la caja fuerte y robarle su dinero, lo que nunca sucede. En su aparente impasibilidad, Bianca recuerda un poco a Meursault, de Albert Camus, pero más aún me hace pensar en È stato così, de Natalia Ginzburg, y en El amigo americano de Patricia Highsmith por el modo en que su indiferencia nos hace evidente hasta qué punto es banal la maldad, más chata que sublime. Tal vez sea esa la causa mayor de la melancolía que impregna estas novelas, ya sea esa "tristeza muy breve, una tristeza casi portátil de no más de cinco minutos" que la protagonista "por suerte podía disimular sin mayores problemas" (99) en Una novelita lumpen o el morbus melancholicus de que hablan Salvador Reyes y Farewell en Nocturno de Chile, ese mal descrito por Robert Burton en su Anatomía, y al que según Aristóteles son especialmente afectos los genios. O bien ese rechazo de la sociedad que conduce a Pierre Pain a empobrecerse "sistemáticamente, de manera rigurosa, en ocasiones acaso con elegancia" (85), para finalmente dedicarse al mesmerismo y terminar leyendo manos, "manos manchadas de sangre, manos de verdugos y de putas siniestras, de vividores y de traficantes del mercado negro" (170). Al leer a Bolaño, un poco como Pain lee esas manos, se le contagia a uno algo de esa melancolía, o más bien se recae en otra, esa de los lectores, cisnes más tenebrosos aún, si ello, cabe, que quien imagina esas ficciones en las que uno se adentra, esa casa de espejos que multiplica nuestra imagen, deformándola en variaciones sin que sin embargo se vuelva por ello del todo irreconocible. Tal vez eso es su catarsis.



NY, 2004










viernes 26 de junio de 2009

Los detectives

por Roberto Bolaño





Soñé con detectives perdidos en la ciudad oscura
Oí sus gemidos, sus náuseas, la delicadeza
De sus fugas
Soñé con dos pintores que aún no tenían
40 años cuando Colón
Descubrió América
(Uno clásico, intemporal, el otro
Moderno siempre
Como la mierda)
Soñé con una huella luminosa
La senda de las serpientes
Recorrida una y otra vez
Por detectives
Absolutamente desesperados
Soñé con un caso difícil,
Vi los pasillos llenos de policías
Vi los cuestionarios que nadie resuelve
Los archivos ignominiosos
Y luego vi al detective
Volver al lugar del crimen
Solo y tranquilo
Como en las peores pesadillas
Lo vi sentarse en el suelo y fumar
En un dormitorio con sangre seca
Mientras las agujas del reloj
Viajaban encogidas por la noche
Interminable




en La universidad desconocida, 2007
Originalmente en Los perros románticos, 2000


Pintura: Jack Vettriano








martes 23 de junio de 2009

Los detectives perdidos

por Roberto Bolaño





Los detectives perdidos en la ciudad oscura
Oí sus gemidos
Oí sus pasos en el Teatro de la Juventud
Una voz que avanza como una flecha
Sombra de cafés y parques
Frecuentados en la adolescencia
Los detectives que observan
Sus manos abiertas
El destino manchado con la propia sangre
Y tú no puedes ni siquiera recordar
En dónde estuvo la herida
Los rostros que una vez amaste
La mujer que te salvó la vida




en La universidad desconocida, 2007
Originalmente en Los perros románticos, 2000


Pintura: Jack Vettriano









lunes 22 de junio de 2009

Los detectives helados

por Roberto Bolaño





Soñé con detectives helados, detectives latinoamericanos
que intentaban mantener los ojos abiertos
en medio del sueño.
Soñé con crímenes horribles
y con tipos cuidadosos
que procuraban no pisar los charcos de sangre
y al mismo tiempo abarcar con una sola mirada
el escenario del crimen.
Soñé con detectives perdidos
en el espejo convexo de los Arnolfini:
nuestra época, nuestras perspectivas,
nuestros modelos del Espanto.




en La universidad desconocida, 2007
Originalmente en Los perros románticos, 2000









miércoles 17 de junio de 2009

La compañera final de Bolaño

por Gonzalo Maier
Revista Qué Pasa, Chile. 15.11.2008









Se llama Carmen Pérez de Vega y, en su auto, llevó al escritor chileno rumbo al hospital donde moriría en julio del 2003. Se conocieron en 1997 y, a los pocos años, él sencillamente la presentaría como su novia. Con esto, se rompe el mito de que la mujer que lo acompañó hasta el final fue su esposa Carolina López. Una advertencia: la historia de este romance es también la historia de los últimos días de Bolaño. Y, de paso, un ingrediente fundamental en la lucha que hoy gira en torno a sus libros. Éstos son -en exclusiva- los detalles del último y más desconocido capítulo en la vida del autor de Los detectives salvajes.



El tren se detuvo en Pamplona, Navarra. Las puertas se abrieron y Roberto Bolaño subió, buscó un asiento y se sentó. Junto a él -la vida a veces puede parecer una película romántica- quedó ubicada una mujer que, durante ese 1997, recién cumplía 40 años. Era rubia y particularmente delgada. Se llamaba Carmen Pérez de Vega, venía del País Vasco y, tal como su improvisado compañero de viaje, iba rumbo a Barcelona. Pero los viajes, ya se sabe, muchas veces no terminan en los destinos finales. Seis años después y mientras Bolaño sufría la última crisis hepática que lo llevaría a la muerte, sería precisamente ella, Carmen, quien manejaría velozmente y de madrugada rumbo al hospital.

Claro que entre el tren que llegó a Barcelona y el auto que partió frenético rumbo a la sala de urgencias del Vall d'Hebron, sucedieron otras cosas. Por ejemplo -la más evidente-, los pasajeros dejaron de ser casuales compañeros de viaje y, paulatinamente, se fueron transformando en una pareja estable. Bolaño, de paso, al año siguiente publicaría Los detectives salvajes y comenzaría a construir una fama que hoy, tras la reciente publicación en inglés de 2666 -elegido recién por la revista Time como el libro del 2008-, se abrió paso incluso en O, la multimillonaria revista de Oprah Winfrey.

Pero nada de lo que sucedió entre el alegre viaje en tren y el dramático viaje en auto fue un misterio. Ya a fines de 2002, un año antes de que muriera por una falla hepática irreversible, Bolaño la presentaba sencillamente como "Carmen, mi novia". Es que para el círculo cercano al chileno, ésa estaba lejos de ser una relación oculta. Mucho menos un secreto o -por descontado- un tema tabú. De hecho, ya para el último cumpleaños de Roberto Bolaño, el 28 de abril de 2003, en una celebración que hizo junto a sus amigos en Barcelona, sería Carmen y no Carolina López -su esposa y la madre de sus dos hijos- quien lo acompañaría.

La mudanza de Carmen Pérez de Vega a la vida de Bolaño, eso sí, sería paulatina. La relación fuera del tren, cuentan amigos cercanos al escritor, comenzó precisamente al día siguiente a ese viaje. Se reunieron en Barcelona y Bolaño le regaló uno de sus libros: "Para Carmen, encontrada en un tren", dice la dedicatoria. La relación fue creciendo con el tiempo y lo cierto es que durante los últimos meses que Carmen pasó con Bolaño, ella se transformó en una habitué de su círculo más cercano, un grupo heterogéneo -en el que no necesariamente todos eran amigos entre sí- que iba desde Rodrigo Fresán a Enrique Vila-Matas, pasando por el chileno Bruno Montané hasta el crítico Ignacio Echevarría. Carmen era completamente ajena a ese mundo: una catalana que hasta hoy trabaja como maestra de Educación Especial -título que no existe en Chile, pero que forzando las convalidaciones sería cercano al de Educación Diferencial-, pero que muy luego frecuentaría a ese grupo de escritores con toda naturalidad. Y, por eso, hace poco y en medio de un homenaje póstumo a Bolaño, cuando un escritor latinoamericano le preguntó en voz baja a su compañero de asiento quién era esa mujer rubia y delgada que estaba sentada al fondo, éste sencillamente le respondió: "Carmen, la novia de Roberto".

Otro escritor que conoció a Bolaño comenta que el autor de Putas asesinas no era muy amigo de conversar sobre sus amores y que, realmente, es poco lo que ellos -incluso ese círculo más cercano- pueden decir al respecto. Lo que sí es sabido, y que el mismo Bolaño comentó abiertamente, es que a él lo que más le gustaba era jugar con Lautaro, su primer hijo, y llevar una vida hogareña junto a Carolina. Y así pasaron muchos años. Esa rutina, precisamente, habría sido el principal motivo por el que el escritor y su mujer permanecieron juntos desde fines de los años 80 hasta 2003. Claro que la relación con Carolina, una que prácticamente todos los cercanos a Bolaño definen poéticamente como "relación abierta" y en la que ambos nunca dejaron de quererse, comenzó a tambalear en 2001.

Aunque algunos aseguren que desde finales de 2002 Roberto Bolaño ya estaba buscando un "piso para alquilar", lo cierto sería que en enero de 2003, seis meses antes de morir, decide dejar la casa que compartía junto a Carolina para mudarse a otra. A un piso ubicado en la Rambla Joaquim Ruyra, en el mismo Blanes, y en el cual la relación con Carmen Pérez de Vega, llevándolo todo a términos marinos, seguiría viento en popa. Poco antes, eso sí, Bolaño comenzó a usar su taller en Carrer del Lloro número 23, también en Blanes y a pocas cuadras de su casa, como un dormitorio cada vez más habitual. Entre esas paredes fue en donde escribió Los detectives salvajes, La literatura nazi en América y gran parte de sus mejores textos. A mediados de los años 90 ese taller hacía las veces de casa y, aprovechando la corta distancia, no perdía contacto con su mujer y su hijo. Pero lo cierto es que Bolaño, a comienzos de 2003, habría tomado sus maletas y se habría mudado. Pudo ir a Barcelona, claro. Pero un antiguo amigo suyo cuenta que decidió permanecer en Blanes para no perder el contacto con Lautaro y Alexandra, su segunda hija, nacida en 2001.

Carmen y Roberto, a partir de ese momento, serían una pareja feliz. Él continuaría yendo a su casa en Valldoreix, un pueblo de poco más de 6 mil habitantes en el extrarradio barcelonés, y ella a la de él en Blanes. Dormirían intermitentemente en uno y otro lugar. Irían juntos a comidas y recepciones. Se dejarían ver en Barcelona, en algunos bares, en un restaurant de comida japonesa en la calle Provença, y a donde los llevaran sus amigos. Pero, claro, todos los viajes se acaban y ya quedaba, cursilería aparte, poco tiempo.


La mujer invisible

Los rastros de Carmen Pérez de Vega en los libros de Bolaño son escasos y, a veces, fantasmales. El primero y más evidente está en el cuento "El viaje de Álvaro Rousselot", incluido en El gaucho insufrible y que, en la dedicatoria -según un amigo de Carmen, ella la guarda con un cariño radical- no dice más que: "Para Carmen Pérez de Vega". Eso sí, la traducción al inglés de ese cuento -hecha por el impecable Chris Andrews- fue publicada por el canónico semanario estadounidense The New Yorker y, en ella, la breve dedicatoria sencillamente desaparece. No está.

Pero las huellas de Carmen Pérez de Vega serán todavía más fantasmales. En Entre Paréntesis, el libro póstumo en que Ignacio Echevarría, amigo y albacea de Bolaño, compiló gran parte de sus textos de no ficción, aparece ella. Carmen está, al menos, en el índice onomástico de la primera edición. Al final, en la página 363 y en la letra P, se puede leer "Pérez de Vega, Carmen" y una coma remite a la página 17. Pero, claro, al llegar a esa página, ella no está. Allí hay sólo un epígrafe de Amberes ("De lo perdido, de lo irremediablemente perdido, sólo deseo recuperar la disponibilidad cotidiana de mi escritura..."), pero nada de la mujer que lo acompañó durante sus últimos meses. Una persona cercana a la editorial comenta que en esa página debió ir un párrafo final, el corolario de la introducción, en donde se le agradecía a mucha gente. Entre ellos, por supuesto, a Carmen. Esa inclusión, eventualmente, habría llevado a que Carolina López, leyendo las pruebas de la edición, optara por sugerir la eliminación de todo el párrafo con los agradecimientos.

Sin embargo, el fantasma de Carmen, tan sutil y delgado como ella, va un poco más allá. De hecho, su historia de amor con el más relevante escritor chileno de las últimas décadas daba vueltas en los círculos literarios desde hace un tiempo. Ya se sabe: nunca fue secreto, pero lo cierto es que el rumor, con todas sus variantes, comenzó a circular aún con más fuerza hace unas pocas semanas. Sobre todo desde que Carolina López caducara los derechos de una producción mexicana que pretendía llevar al cine Los detectives salvajes o, si se quiere, desde que firmara un contrato de representación con el norteamericano Andrew Wylie, el que, dicen, es el agente más poderoso del planeta. La tradición es sabia y los sobrenombres no suelen ser gratuitos: a él, por ejemplo, le dicen "el chacal".

Si bien el entorno del escritor sabe de la existencia de Carmen -algunos, incluso, conservan una suerte de amistad-, nadie quiere hablar de ella. O no dando el nombre. Es que objetivamente Carolina López, con el paso del tiempo, se ha transformado en la viuda y en la cara oficial de la obra de Bolaño. Y eso, por cierto, podría explicar por qué hoy los rumores sobre los amores del chileno se multiplican como la peste negra. Es que lentamente, cuentan, Carolina -quien nunca, por lo demás, participó de las decisiones editoriales mientras su marido estuvo vivo- se ha ido apropiando de todas las facetas relativas a la herencia literaria. Dejando, por supuesto, algunos heridos en el camino.

La historia es sabida: Ignacio Echevarría, antiguo crítico del diario español El País, habría sido el albacea designado por el propio Bolaño para resguardar su obra. Él, por ejemplo, se encargó de Entre Paréntesis, 2666, La Universidad Desconocida -Echevarría había preparado un prólogo para ese texto que, a último minuto, fue reemplazado por otro escrito por Carolina- y El secreto del mal. Eso hasta que divergencias con la viuda lo fueron alejando, cada vez más, de su labor. Tanto, que hoy está completamente marginado de esa tarea. Y hay más aún. Poco después de la muerte del escritor, Carolina López se contactó con la agencia de Carmen Balcells para que administrara los derechos de la obra de Bolaño, rol que la española cumplió hasta hace pocos meses atrás. Porque a mediados de julio pasado, por decisión de la propia viuda, fue el temible Wylie quien se hizo cargo del asunto y quien recibió el manuscrito de El Tercer Reich, la novela inédita que, hace poco, anunció en la Feria de Frankfurt. De ese texto, por lo demás, no tenía noticia nadie del círculo íntimo que, al final, frecuentaban Roberto Bolaño y Carmen Pérez de Vega.

Un rumor: el celo de Carolina López por los derechos habría llegado al punto de advertirle a un viejo amigo de Bolaño que si recitaba en público poemas de su marido, no debía olvidar que para hacerlo necesitaba autorización. Incluso Jorge Herralde, el editor que publica gran parte de la narrativa de Bolaño y quien se convirtió en uno de sus confidentes, aún no tendría claro si podrá continuar o no publicando la obra del chileno. Sí, varios antiguos amigos de Bolaño hoy están muy dolidos por las decisiones que ha tomado la viuda. Y, claro, Carmen Pérez de Vega -quien hace poco más de un mes asistió al funeral de Victoria Ávalos, la madre de Bolaño- está al medio de toda la historia, en los rumores que circulan en torno a Bolaño y a la relación que él, durante sus últimos días, mantuvo con Carolina.


La mujer al volante

La noche del 29 de junio de 2003, Bolaño habría alojado junto a Lautaro en su departamento de la calle Joaquim Ruyra. Cuentan que él, por esos días, ya se sentía mal. Y a veces muy mal. Estaba en el listado nacional de donantes esperando un nuevo hígado y, tras pasar la noche junto a su hijo, lo envió al colegio. En ese momento, antes de las ocho de la mañana, tomó el teléfono y marcó el número de Carmen. Le habría dicho que se sentía mal, que había comenzado a escupir sangre. Carmen, sobre un citycar pequeño, cruzó los 60 kilómetros que separan Blanes de Barcelona y fue a buscarlo. Un detalle: Bolaño, antes de dejar su piso, uno al que regresaría sólo una vez más, tomó un disquete. Después cerró la puerta y se fueron juntos en ese auto rumbo a la capital catalana. Eso sí, Bolaño se negaría insistentemente a ir al hospital y el viaje terminaría en casa de Carmen en Valldoreix.

Ahí, en el computador de la casa, pondría el disquete e imprimiría una copia de El gaucho insufrible que, ese mismo día, le entregaría en la mano a Jorge Herralde. Carmen, quien no se habría separado de él durante toda esa jornada agonizante, más tarde lo llevaría de vuelta a Blanes. Esa debió ser la última noche que pasarían juntos, aunque, finalmente, fueron sólo unas horas.

El resto habría sucedido rápido. Muy rápido. De madrugada, ese 1 de julio, un muy deteriorado Roberto Bolaño comenzaría a vomitar sangre y Carmen, otra vez, lo subiría al auto. Esta vez irían todavía más rápido. Aún más rápido. Tanto como soportaba el pequeño auto. Todo eso mientras cruzaban salvajemente la carretera rumbo al hospital, al Vall d'Hebron.

Jaime Riera, profesor en la Universidad de Turín, para el tercer aniversario de la muerte del chileno, coló, de hecho, esa anécdota en una columna: "Desafiando una ventolera caliente en la madrugada (...) un auto corría a gran velocidad por la autopista del Maresme buscando el camino más corto para entrar a un hospital de Barcelona. Conducía una mujer valiente y a su lado canturreaba tranquilo un moribundo que ya sabía adonde estaba yendo". Sí, en ese auto iban Carmen y Roberto.

El resto, más que historia, es necrología. Bolaño se interna, queda a la espera milagrosa de un transplante y la madrugada del 15 de julio en España -14 aún en Chile- una hemorragia interna y un shock hepático se encargan de que el milagro no llegue. Las dos, Carolina y Carmen, de mejor o peor gana, habrían compartido la sala de espera durante la semana y media en que agonizó el chileno. En un momento, cuando todo era inminente, la primera abre la puerta y le permite a la segunda que se despida. "Acá se acaba el circo", le habría dicho. Esa, claro, fue la última vez que Carmen y Roberto se vieron.










viernes 12 de junio de 2009

Bolaño, mito y secretos

por Elena Hevia/Ramón Vendrell
El Periódico, Barcelona. 16.11.2008














La novela póstuma de Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953-Barcelona, 2003) 2666, que ha salido a la venta en EEUU esta semana, fue el tema de portada del suplemento literario The New York Times Book Review del domingo pasado. La caudalosa (dos páginas enteras, 2.659 palabras) crítica de nada menos que Jonathan Lethem, el autor de Huérfanos de Brooklyn y La fortaleza de la soledad, señala cual lengua bífida los dos procesos de que están siendo objeto el escritor y su obra, si es que pueden separarse: coronación y mitificación.

Por un lado la pieza es laudatoria. Mucho. "Bolaño ha probado que la literatura puede hacerlo todo, y por un instante, al menos, ha dado nombre a lo innombrable. Ahora lancen sus sombreros al aire", concluye.

Como reverso, el texto atribuye la la colangitis esclerosante primaria (enfermedad hepática crónica sin causas identificables) que mató a Bolaño "al uso de heroína años atrás", una afirmación que ya se había vertido en el pasado, como en la reseña de Los detectives salvajes en el New Yorker en el 2007, alimentando la conveniente -para el mercado norteamericano, necesitado de darle un cierto relevo al fenómeno beat y de paso de echarle leña a la hoguera del mito- pero inexacta imagen de escritor maldito.

Rastro sin fundamento

La pista opiácea seguida por Lethem hasta la enfermedad que acabó con Bolaño recibe tres desmentidos como tres puñetazos de Bruno Montané, Antoni García Porta e Ignacio Echevarría.

"Jamás le vi ni borracho", dice Montané, poeta amigo de Bolaño desde los días en los que militaban en las filas del infrarrealismo poético en México y la inspiración para el real visceralista Felipe Müller de Los detectives salvajes. "Con él todo el rato eran tecitos y cafés con leche", dice el escritor Antoni García Porta, amigo de Bolaño prácticamente desde que este llegó a Barcelona en 1977. Porta recuerda que cuando empezó a manifestarse la enfermedad, hacia 1992, los primeros médicos que le trataron no se creían que Bolaño no fuera un gran bebedor o consumidor de heroína. "No tiene ningún fundamento. Si fuera verdad él mismo no habría tenido reparos en decirlo. Más propio de Bolaño habría sido decirlo y que fuera mentira que ocultarlo", dice Echevarría, responsable de la edición de los libros póstumos 2666, Entre paréntesis y El secreto del mal.

El origen del error habría que buscarlo, indirectamente, en el propio Bolaño, si hay que hacer caso al escritor peruano Gustavo Faverón que apunta con plausible sensatez en su blog que los norteamericanos han tomado como una confesión autobiográfica un relato narrado en primera persona por un drogadicto llamado Playa. A esa presumible intención autodestructiva habitual en toda mitificación también se une la presunción de suicidio, esta vez sí de caracter algo más poético y romántico. Según esa teoría, Bolaño pospondría un trasplante de hígado hasta el último momento, obligado por la necesidad de escribir 2666 contrarreloj.

Carmen Pérez de Vega, que estuvo a su lado en los últimos tiempos, lo niega. "Roberto quería vivir. Tenía proyectos e ilusiones. Quería ver crecer a sus hijos. Desde que le diagnosticaron la enfermedad no dejó de cuidarse, tomaba su medicación, evitaba las grasas y no probaba el alcohol, ni gota, pero yo solo puedo hablar realmente de sus últimos años. Ahora bien, lo que sí hizo a temporadas es negar la enfermedad. Aceptar un trasplante es una decisión difícil. Quizá no era del todo consciente de que lo que le faltaba era tiempo, aunque alguna vez llegó a expresarlo. Tengo el convencimiento de que, de saber que tenía un plazo más largo, habría escrito al mismo ritmo".

Pérez de Vega, a quien está dedicado el cuento El viaje de álvaro Rousselot, es una pieza fundamental en el complejo puzle Roberto Bolaño. Ella fue compañera sentimental del escritor en los últimos dos años, aunque el autor no cortó oficialmente amarras en su matrimonio con la que hoy es su viuda, Carolina López, actual representante de los derechos de sus hijos, Lautaro y Alexandra.

Rebobinemos. En el índice onomástico de Entre paréntesis aparece Carmen Pérez de Vega. Pero en la página a la que remite la entrada, la 17, solo puede leerse un fragmento de la novela breve de Bolaño Amberes. En esa página debían ir los agradecimientos de Echevarría a quienes le habían ayudado en el ensamblaje del libro. Alguien con total autoridad impugnó los agradecimientos, si bien el índice onomástico siguió su curso.

A la muerte de Bolaño, su viuda se dirigió a Echevarría para que "encauzara la edición de sus libros póstumos", según el crítico literario. "Ella me dijo que Roberto le había dicho, a su vez, que me consultara las decisiones relativas a su obra".Echevarría recibió copia de los archivos del disco duro de Bolaño. Suya, de López y del editor Jorge Herralde fue la decisión de sacar 2666 como un libro en vez de como cinco, opción que prefería Bolaño pensando en la seguridad económica de sus hijos. Después Echevarría propuso la edición del, a la postre, conflictivo volumen Entre paréntesis. Fruto de su "exploración" del disco duro, la colección de relatos y esbozos El secreto del mal fue el último libro impulsado por Echevarría. Simultáneamente apareció La universidad desconocida, ya sin rastro de Echevarría y prologado por López "en representación de los herederos del autor".

Porta habla de un "malentendido" entre López y Echevarría. Montané cree que "Carolina no quiere oír comentarios de gente que conocía a Roberto". Una voz que reclama el anonimato hila más fino: "Los amigos de Roberto que no han roto con Carmen, a quien conocíamos todos, para alinearse con Carolina están siendo borrados de la foto".

Los recelos

Echevarría se limita a decir que su "colaboración" con López se "suspendió" por razones en las que prefiere no entrar. No obstante añade que López quedó "desbordada por el hostigamiento de periodistas, mundo literario y admiradores. Se dio cuenta de que el legado de Bolaño es una industria que hay que administrar y se volvió especialmente susceptible con todo lo referente a esa industria". En ningún momento, empero, cuestiona Echevarría a López, que se ha negado a hablar con este diario en dos ocasiones. "Era la primera lectora de los textos de Roberto y participó de la épica bolañiana, fue su pareja en los años difíciles, así que está legitimada para gestionar su legado". En el mismo sentido, García Porta recuerda que "durante años vivieron del sueldo de Carolina".

Y mientras esas cosas suceden en casa, la leyenda Bolaño se agiganta en todo el mundo -pero más en Latinoamérica donde se ha convertido en un símbolo global para los jóvenes- hasta proporciones inverosímiles. Su amigo Rodrigo Fresán, escritor, comenta a modo de disparate que le han pedido un artículo sobre el supuesto de que Bolaño gana el Nobel. Él debía hacer la crónica del acto y reflejar el discurso de aceptación del ganador. "Es muy molesta toda esa glotonería alrededor de la figura de Roberto. Casi da miedo. Lo que hay que hacer es leerle", apostilla Pérez de Vega.

La traducción

El mito incluso es capaz de hacer milagros. 2666 es una de las 320 traducciones de otras lenguas que se publican al año en Estados Unidos. La escritora y crítica mexicana Carmen Boullosa, profesora de Literatura en la City University de Nueva York, que conoció a Bolaño en su etapa de infrarrealismo poético, se muestra recelosa de la recepción norteamericana: "Bolaño pertenece a una tradición literaria que va de Borges a Rulfo y convirtiéndolo en un artículo romántico y autodestructivo rompen eso. En última instancia hacen de él una caricatura del tercer mundo. En su lógica imperial, solo pueden aceptar a un autor latinoamericano tan grande como un loco abocado al fracaso".

Desde su retiro en Girona, Salomé Bolaño, la hermana del autor, asume que las "inexactitudes" son parte de la historia de los escritores carismáticos. "El mito seguro que seguirá creciendo... o la realidad escondida en el mito. Y se equivocan quienes creen que no conocí al mito".









viernes 5 de junio de 2009

El libro colgado (Bolaño y la lectura)

por Martín Cinzano




El escritor no puede salir del apuro.
Desde el momento en que escribe, está en la literatura
y está en ella por completo.
Maurice Blanchot



“Mejor sería que dejaran de escribir y se pusieran a leer. Mucho mejor leer”, escribió Bolaño, y ahora podemos leer gran parte de sus textos no tanto como los de un escritor al filo de la muerte, sino además como la obra de quien desafía el tiempo —que todo lo destruye— leyendo. Un lector feroz, un cazador sin embargo para nada egoísta con sus presas, al punto de asomarse parecido a la voz pertinaz de un crítico en cuyos juicios se juega, ante los otros, el todo o nada.

Como ya está archisabido y archiescrito, un escritor antes de escribir nada es un lector (y es, con seguridad, el primer y a veces el peor lector de su propia obra), y no hace falta incursionar más en el hecho cierto de que finalmente detrás y por delante de él hay una lista infinita de deudas, secuestros, robos y demás crímenes menores que lo constituyen y lo afligen como escritor (sería mejor ahora afirmar lo contrario, decir que todo eso es mentira, un invento de los franceses, en fin). Pero en Bolaño muchas veces las cartas se nos muestran a mano abierta. Sus escritos son una peligrosa guía de lectura para quienes el hecho de leer es considerado tanto o más arriesgado que el hecho de escribir y devenir, como el propio Bolaño, un poeta en medio de los huesos del desierto. Aquí la palabra “escritos” viene a involucrar hasta sus entrevistas (hasta sus cuentas de la lavandería, como dice Foucault), hasta lo que Bolaño dijo y soltó en declaraciones a la rápida, pero “a la rápida” en el mismo sentido en que un pistolero selecciona sus últimas balas, cuando el cerco se ha estrechado y la mejor defensiva no puede ser otra que el ataque (Juan Villoro ha reparado en las respuestas de Bolaño a las entrevistas como las de una “voz que atraviesa turbulencias con una última entereza” [1]).

Basta con leer el tercer y último apartado de Tres, “Un paseo por la literatura”, para introducirse sin reparos —esto es, desde la valentía que posibilita toda lectura— en el terreno de una escritura siempre en diálogo explícito —y onírico— con el gesto carnavalesco de leer, movimiento de manos propio de un escritor que es, de pies a cabeza, literatura.

Otra cosa ocurre con los consejos directos de este discípulo de Lichtenberg: señalan las obligaciones de todo lector hacia el humor y el placer y, además, constituyen estocadas hirientes para quienes creen, todavía, que la literatura es una cosa de escurridiza inspiración liberada de cualquier consideración estética, “una morada con pisos donde cada cual escoge su lugar y quien quiere habitar en lo alto nunca tiene que utilizar la escalera de servicio,” como escribió Blanchot. [2] La lectura es el trabajo del escritor y a la vez su forma de respirar; el resto es el impulso vano que le sigue, pero sin el cual muy posiblemente no sería dable ni seguir leyendo ni mucho menos escribir. Puede tratarse de un trabajo horrible y, como diría Nietzsche, de un filisteísmo detestable. En las antípodas de ese trabajo encontramos a Rimbaud, aunque, como escribió Lihn, “El odio prematuro a la literatura/ puede ser de utilidad para no pasar en el ejército/ por maricón, pero el mismo Rimbaud/ que probó que la odiaba fue un ratón de biblioteca,/ y esa náusea gloriosa le vino de roerla” [3].

Bolaño, como Borges, se jactaba más de los libros que había leído, pero en su caso la relación con la lectura se restringe al caos de una inutilidad manifiesta, en la que, en última instancia, nada importa mucho. Ni leer ni escribir. No hay monumento a la lectura en Bolaño. Pero está comprometido. Y en ese compromiso, palabra desgastada en el pasado siglo por su referente político-sartreano, se abren puertas que llevan a escritores olvidados y dejados atrás, no obstante los vestigios de su escritura sigan ahí y sobrevivan. Los recuerdos de la lectura de un libro como La sinagoga de los iconoclastas, de Wilcock, es un buen ejemplo, entre muchos otros, de cómo un libro en algún momento olvidado es rescatado por Bolaño. Quizá por eso Entre paréntesis y “Un paseo por la literatura” sea un homenaje y un ajuste de cuentas al mismo tiempo. Quizá incluso gran parte de la obra de Bolaño pueda considerarse desde esa perspectiva, sin por ello adjudicarla al ámbito exclusivo de aquellos relatos, poemas y personajes que mantienen alguna relación, cercana o lejana, con la escritura y la lectura.

Ricardo Piglia ha dicho casi todo lo que hay que decir con respecto a las múltiples relaciones entre la lectura y la vida, desde la literatura y la política [4]. Son relaciones tensas, conflictivas, tanto como lo ha sido el intento de unir el arte a la vida con o sin la aureola del escándalo y las pataletas de la vanguardia programática que caracterizaron a esta última utopía, también política. En el ámbito de la lengua española, nuestra novela fundacional por excelencia trata justamente de eso: la tensión y la unión entre la vida y la lectura en un lector extremo y radical como Don Quijote. Después de su aparición, cualquier aventura donde se ponga en juego lo real o lo perceptible con relación a un texto escrito o que está por escribirse, contiene rasgos quijotescos, y en ese ámbito por supuesto cabe ubicar el viaje de los detectives salvajes en la búsqueda de Cesárea Tinajero a través del desierto de Sonora, un viaje, digámoslo, textual, cuya prefiguración se revela en la borrosa lectura de una revista fantasma propiedad de Amadeo Salvatierra; aventura de la ebriedad por cierto muy similar, aunque mucho más salvaje, a la que B emprende, en Bélgica, tras las huellas del desaparecido poeta Henri Lefebvre [5].

Bolaño, como Borges, se jactaba más de los libros que había leído (Borges más bien se jactaba de los libros que había releído), aunque aquí, hablando de Bolaño, habría que agregar: y de los que se había robado. En su entrevista concedida a Playboy lo hace abiertamente, y en “¿Quién es el valiente?” señala: “Los libros que más recuerdo son los que robé en México DF, entre los dieciséis y los diecinueve años”, de los cuales destacan novelas de Pierre Louÿs y libros de varios poetas mexicanos como Gilberto Owen o Efraín Huerta, pero en especial La caída, de Camus: “A partir de entonces —prosigue—, de aquella sustracción y de aquella lectura, pasé de ser un lector prudente a ser un lector voraz, y de ladrón de libros me convertí en atracador de libros” [6]. En el mismo texto, Bolaño cuenta cómo su carrera de atracador acabó al borde de la violencia al ser sorprendido en la Librería El Sótano, cuya fama de sala de torturas para los ladrones de libros —ya todo un género de personajes dentro de la historia de la lectura— perdura hasta hoy. [*]

Los actos de delincuencia libresca involucran al lector extremo en contacto con el riesgo físico que corre. El atracador de libros sigue adelante con la lectura y eso implica salir bien librado del texto, de la biblioteca, de la librería. Sólo hay una certeza, borgeana también: ese lector morirá antes que la lectura, se robe o no se robe los libros, lo atrapen o se escabulla. “Los libros son finitos, los encuentros sexuales son finitos, pero el deseo de leer y de follar es infinito, sobrepasa nuestra propia muerte, nuestros miedos, nuestras esperanzas de paz.” [7] La vida —por suerte— es finita, pero el deseo corre por otra vía interminable. “Uno escribe con su deseo, y yo no termino de desear”, escribió Roland Barthes [8], y a veces en efecto deseamos leerlo todo, y en ese sentido, a la hora de leer, operamos de forma excluyente: un libro sin duda puede contener a todos los demás, pero para efectos del deseo la elección de un libro es la anulación de los otros libros, —es pues una elección a costa de los demás. “Todos los libros del mundo están esperando a que los lea”, dice a la pasada el poeta Juan García Madero después de su primer encuentro con Ulises Lima y Arturo Belano, como si se tratara de una inesperada certeza o de una antigua revelación de la que cualquier escritor es conciente pero que siempre más vale no olvidar.

Los libros son finitos y los lectores también, pero algo extraño, quizás la fuerza final de un escritor, muere junto a su último lector. Ahí Bolaño mantiene con firmeza sus embates contra la inmortalidad en literatura y el famoso sueño de la posteridad. Todos morirán, unos antes otros después. ¿Qué hay de la distinción del conferenciante Ernesto San Epifanio entre maricones, mariquitas, maricas, locas, bujarrones, mariposas, ninfas, asexuados y filenos en cuanto a la pervivencia precaria de los poetas en el futuro? (Los poetas maricones —Whitman y Blake, Amado Nervo, Khlebnikov, Martín Adán, Vallejo, Borges y Cernuda (estos dos últimos, maricones sólo a ratos)— ¿son aquellos cuyos lectores más aguantarán sin extinguirse?) ¿No son elocuentes las profecías lanzadas por Auxilio Lacouture desde el baño de Ciudad Universitaria, con humor y metempsicosis incluida? “Alejandra Pizarnik perderá a su última lectora el año 2100”, por ejemplo. [9]

“Soñé que tenía catorce años y que era el último ser humano del Hemisferio Sur que leía a los hermanos Goncourt”, leemos en “Un paseo por la literatura”. “Soñé que traducía al Marqués de Sade a golpes de hacha. Me había vuelto loco y vivía en un bosque”, seguimos leyendo en la misma sección. [10] Los poetas dejan de existir —o transmigran en animales o se vuelven locos— cuando sus lectores desaparecen sin dejar rastros en el bosque de la biblioteca. Pero por otra parte hay escritores que cada cierto tiempo vuelven a aparecer con fuerza en el desorden de esa biblioteca y se asientan ahí un buen tiempo y luego de un día para otro se van como llegaron, es decir, con la tranquilidad de su anonimato. “Y si no vuelven a aparecer tampoco importa tanto porque ellos, de alguna manera secreta, ya son nosotros”, remató Bolaño en un artículo donde recuerda a autores incluso prematuramente olvidados como Henry Miller, Macedonio Fernández o Sophie Podolski [11].

Ya son nosotros, pero siguen habitando algún libro perdido y el lector, de alguna manera secreta, los seguirá deseando sin saber muy bien por qué, incluso si continúan apareciendo de súbito dentro de una caja arrumbada y húmeda, en otra ciudad y en otro país, cuando también nosotros ya somos otros o al menos arrastramos un fluir muy distinto del que llevábamos a cuestas cuando un escritor se nos apareció por primera o quinta vez.

Así como la experiencia puede llegar a disponerse irreversiblemente como el correlato de la lectura (la experiencia se trastorna por la lectura), ésta se halla siempre un poco o muy contaminada por el flujo de la experiencia. El profesor de filosofía Amalfitano cuelga un libro olvidado del tendedero de la ropa, para que, como decía Duchamp, capte por fin “cuatro cosas de la vida”. En esa imagen se condensa todo. Lectura y experiencia, llegado un momento, se enfrentan a duelo. El libro contra el aire del desierto. La clase de métrica de Juan García Madero contra la clase de argot de Lupe. El poeta contra la puta. ¿Quién gana? Difícil saberlo, posiblemente la puta, posiblemente nadie: la gracia está en que follen. Con seguridad el último lector de Roberto Bolaño, en homenaje a Roberto Bolaño, se extinguirá mucho antes de la desaparición de la última puta. Esperemos.




Notas

[1] Juan Villoro, “La batalla futura”, en: Bolaño por sí mismo. Entrevistas escogidas. Selección y edición de Andrés Braithwaite. Santiago, Ediciones Universidad Diego Portales, 2006.
[2] Maurice Blanchot, De Kafka a Kafka. México, FCE, 1990.
[3] Enrique Lihn, Antología al azar. Lima, Ediciones Ruray, 1981.
[4] Ricardo Piglia, El último lector. Barcelona, Anagrama, 2004.
[5] Vid. “Vagabundo en Francia y Bélgica”, en: Putas asesinas. Barcelona, Anagrama, 2001.
[6] Roberto Bolaño, “¿Quién es el valiente?”, en: Entre paréntesis. Barcelona, Anagrama, 2004. Este texto, como muchos otros de Bolaño, tiene su correlato más abiertamente “ficticio” —aunque esto sea muy difícil de delimitar— en “El Gusano”, un cuento incluido en Llamadas telefónicas.
* Curiosidad: Pedro López, actual Director General de las Librerías El Sótano, recientemente ha recordado no sin un dejo de nostalgia la misma época por la que Roberto Bolaño robó —o intentó robar— libros de El Sótano: “Una librería —señala— que podía cerrar a las doce de la noche y que nunca padeció algún acto de delincuencia; era otro México.” (Revista de Libros Sexto Piso, Año 1, Núm. 8, nov. 2008). A las afueras de El Sótano de hoy (una librería donde los guardias van uniformados, armados y se comunican por radio), se han instalado carteles con fotos de “farderos” presuntamente sorprendidos “sustrayendo libros”, lo cual ha acrecentado aún más su fama de territorio casi inexpugnable. En Los detectives salvajes, por otra parte, Juan García Madero —que ha robado sus primeros libros en las llamadas “librerías de viejo” del DF— es sometido en El Sótano “a una vigilancia estricta” por parte de los empleados “numerosos y perfectamente uniformados” de la librería. “La mafia de los libreros mexicanos —dice García Madero— no desmerece en nada a la mafia de los literatos mexicanos.” Roberto Bolaño, Los detectives salvajes. Barcelona, Anagrama, 2000.
[7] Roberto Bolaño, LITERATURA + ENFERMEDAD = ENFERMEDAD. En: El gaucho insufrible. Barcelona, Anagrama, 2004.
[8] Roland Barthes por Roland Barthes. Caracas, Monte Ávila, 1997.
[9] Roberto Bolaño, Amuleto. Barcelona, Anagrama, 1999.
[10] Roberto Bolaño, Tres. Barcelona, Acantilado, 2002.
[11] “Autores que se alejan”. En: Entre paréntesis. Barcelona, Anagrama, 2004.









domingo 31 de mayo de 2009

Email a Roberto Bolaño, en algún lugar de la Mancha

por Rolando Gabrielli




Las cenizas van al Mar Mediterráneo,
que es el vivir.

R.G.


La Diáspora es un lugar bien berraco en el ninguneo, donde se nace y muere, pero se crece como en un saco roto sin fondo ni punta, el vacío pesa y la voz se siente en off. Extranjero, dijiste, siempre, en realidad se sale una sola vez del vientre y no se vuelve más que otra vez, pero en forma definitiva, sin regreso, más bien para adentrarse más y más al fondo de lo inminentemente oscuro, otra matriz sin duda, que no será necesario abandonar. (Si Chile suena, es porque piedras trae).

Es como la reversa y te vas despidiendo en el adiós final, sin pañuelo, sólo con tu epitafio preferido y a pudrirse en el mañana con el polvo de las estrellas.

No es el momento ni el lugar, este paréntesis, para meter el dedo en el tintero y untárselo en el guardapolvo al mejor alumno de la clase, más bien rascarse la cabeza frente al ordenador, y no explicarse tu partida, aunque a este país de tránsito, no nos llegaran más que tus puteadas e ironías bien pulsadas, respecto de otros colegas latinoamericanos, y en especial los chilenos. Ácido hasta el final, un camino que es un túnel, al que se entra para no salir. Es un motor en marcha, difícil de apagar.

Más autobiográfico de lo deseado por él mismo, referencial, y con su bombo personal, como debe ser. Pero supo agregarle dientes y muela a la literatura chilena, para que tuviera donde agarrarse. El trapecista de Hamelín que la literatura chilena esperaba con su flauta, que algunos ratones tocaban airosos en la fiesta del marketing, con ese oficio triunfal de pasarela, una estudiada manera de sorprender a la audiencia a la hora del crepúsculo nerudiano.

Así son los días también, como una neblina en la espesa cotidiana realidad. Me sorprenden, en momentos en que duermo en mi cama con dos docenas de libros, producto de un ataque de comejenes furibundos, al techo de mi casa, sobre la hilera de la repisa del librero, reducto de una sagrada intimidad vulnerada por los amos despiadados de la tierra y los cielorrasos. Devoradores insaciables de madera y papeles, malos lectores, comejenes del demonio, me digo, y aquí están sobre el lecho tibio, casi impreso, entre otros libros, hace una par de semanas, el cubano Eliseo Diego, Martín Fierro, Rayuela, El Quijote con dibujos de Doré (casi dos mil páginas), Las Mil y Una Noches, Borges, Lihn (Diario de Muerte) Poeta en Nueva York Piglia, Carpentier, Mutis, Rulfo, Rosamel del Valle, T.S. Eliot, diccionarios, en fin, y Los Detectives Salvajes.

Los Detectives Salvajes, entraron al Istmo, como una especie de contrabando literario a un muy buen precio: más de seiscientas buenas páginas por 7 dólares. Yo me matriculé con un ejemplar, que tuve que hacer bajar del sitio más alto del drugstore. Ya medio leído, porque el primer requisito de un escritor es escribir, y después viene el placer de la lectura por añadidura, sobre todo cuando ya pasaste los 50 años.

Esto de ser inédito eternamente es un doble trabajo (mérito además), un oficio secreto, especie de borrón en el aire, sin comienzo ni fin. Estas son vainas (palabra caribeña fuera de contexto quizás) personales que te cuento, para que sepas que no todo es gloriola como dijo Huidobro, y también se deja de existir cuando los libros no son impresos y no llegan al lector. Estoy pensando que alguien me borra de noche las páginas que escribo de día, porque esto de la escritura es un cuento de nunca acabar, largo como un río que se devuelve en las madrugadas para volver a empezar o nacer.

Siempre estuve de acuerdo con echarle más leña al fuego de la literatura pacata, coja y bizca, y ese tábano tuyo, Roberto, te estoy tuteando desde el principio, algo que me cuesta, pero aquí si cabe en el aprecio y la verdadera distancia, picó fuerte, tan necesario en algunas nalgas rosadas, pudorosas, fruncidas, afrancesadas, llenas de naftalina, simplemente señoriales.

Es que si no, una marcha castrense tiene más sentido literario que algunos textos, verdaderas cubiertas de mármol, lisas, planas tipografías erráticas, de plagiadores del insomnio. Borges fue un ejemplo de burlarse de lo propio y ajeno, de regalarle sus ojos al mundo. Eso fue el colmo de las ganas de que otros vieran su mismo paisaje porteño y universal.

Bolaño, le pusiste chispa a la narrativa chilena y una luz roja a los que manejan pedaleando al revés, con calcetines prestados, una escritura tan acostumbrada a cierta vinagreta, aburrimiento, por eso unos gramos menos de solemnidad no le van mal a nadie, y menos al cartón piedra que utilizan algunos prosistas.

Orden y patria en literatura, conforman un himno decadente, artificioso, un libreto previamente aprendido y que después de entonado desafinadamente habrá sonado en el vacío.

Hombre, Bolaño, es digno de mención, no sólo el haber escrito unos cuantos buenos libros, sino también poner atención como rompiste las roscas, camarillas, los círculos viciosos de la mediocridad, las sociedades secretas del amiguismo. Difícil cuadratura del círculo, pero realizable, y necesaria, sobre todo, en el Circo de las Águilas Humanas.

Arar sólo en el desierto es un ejercicio más que meritorio, sobre todo cuando existe la recompensa del reconocimiento en vida real, más allá de los premios y la pasarela editorial. Bolaño, eres un escritor de raza como pocos en Chile, en materia de narrativa. Afortunadamente fuiste reconocido en vida como un escritor original, audaz, que rasgó el velo de la abulia y el compromiso con la monotonía en las novelas y el lenguaje. Tengo la impresión que sabías que eras un escritor de futuro. Y te despediste con un libro de cuentos, antes de entrar al hospital, en un maravilloso gesto y compromiso con el porvenir, la literatura que nunca acaba. Un libro nuevo es siempre un relevo. Una buena señal para partir en paz.

Rara especie esta la de Bolaño, por eso habitó poco el país del smog, donde todo es humo, volatilidad, se empañan los vidrios, caen las persianas llenas de hollín y se trancan las puertas, el freno de mano no sirve, y te tiran la chaqueta desde la punta de un hilo hasta dejarte desnudo en el tejado. Es como si te plantaran un tarro de pintura amarilla en la cara y después te dijeran que eres un payaso desempleado, con derecho a permanecer taciturno ocho veces a la semana.

Sé que me estás entendiendo, es difícil vivir con un cadáver de Arica a Magallanes, especie de zopilote negro, carroñero, sobre el espinazo, picoteándote la oreja, alternándose con la nuca y susurrándote Lili Marlen. Por eso tus sacudidas permanentes, para espantar gallotes, malos augurios, aves agoreras, brujas de escobas sin vuelo.

Te comento, se han escrito buenos titulares, en medio de tu partida, que es un hasta luego, porque nos dejaste la imaginación escrita en palabra y eso si no pasa. “Maestro de la generación post boom”. No es un mal calificativo y socarroncillo a la vez, como dicho frente a tu espejo. En la onda dirías, el gusano que te corroe, pero con gusto.

Oye, por momentos me recuerdas Woody Allen, a veces un fraile franciscano con sus sandalias mistralianas o el Quijote, que frisaba los 50 cuando partió definitivamente cuerdo, pero venía de una Castilla cardiaca, infestada por caballeros andantes de muy mal paso, a juicio de Cervantes.

“El último piel roja”, te llamó un diario español monárquico, y pienso que tiene algo de razón, le arrancaste la cabellera a la narrativa chilena.

Te imagino muerto de la risa leyendo los titulares: “Murió Roberto Bolaño, escritor chileno de carácter insobornable” Estás frente a una copa de vino, sonriente, aplaudiendo, y un anuncio: casi abandonabas el panfleto y el libelo, dos disciplinas menores, a tu juicio, pero muy atractivas, sal y pimienta de tus días, que llegaban a espantar moscas en el Chile disciplinado, aterrado, convicto de su pasado, y momia de su propio alcanfor. ¿Tanta democracia vigilada, para qué Benemérito?

Te acuerdas que vendías santitos en las calles del D. F., no eran tiempos de santurronerías, sino de sobre vivencia, para un hijo del exilio que se transformaría en protagonista de lo más universal de la Diáspora.

Perdona un paréntesis, pero es importante, me acabo de enterar que tu hijo lanzará tus cenizas al mar Mediterráneo. Qué buena idea, que hermoso lugar de evocaciones has escogido para vivir para siempre, la dieta mediterránea te asentará de maravillas. Yo ya había titulado este e-mail antes que lanzaran tus cenizas al Mediterráneo, lo dejaré tal cual por una cuestión de cábala, y respeto al autor, a quien me manda escribir esto, ya sabes son compromisos editoriales con el alma, los más permanentes, porque son invisibles a simple vista del comején publicitario, antropófago del verbo.

IL enfant terrible de la prosa chilena, me parece un calificativo al pelo para ti, te peina la mirada de Wooddy Allen, te quita un poco la expresión franciscana, aunque Rimbaud, fuera un místico empedernido en el fondo de la palabra mierda. Te están llamando inclasificable ahora. Eso me huele a incomodidad. Esperemos mejor que los lectores digan su última palabra a través del tiempo, más poderoso que la muerte, que es una puta caliente, como dice el verso de nuestro Hamlet de Las Cruces, refugiado en el poético mundo de la Antipoesía.

Lo que sucede es que Bolaño Belano, es el Parra de la narrativa chilena, se puso a vendimiar la prosa a su manera y se instaló con su propia cosecha en la carpa del Mediterráneo, porque en el circo chileno había muerto la risa, roto la carcajada y asumido el control la solemne payasada.

Oye, algo aparte, pero importante, qué nombre de agallas le pusiste a tu hijo, Lautaro. De sus manos el Mediterráneo está recibiendo tus cenizas. Roberto, coño, que vaina el fantasma de Chile, pero es real.

Continúo, debo aprovechar que los e-mail son gratis y circulan, y espero que este te llegue directo al Mediterráneo, en el caliente verano europeo. Dicen más los titulares en Barcelona: “Una obra llamada a perdurar y muere en plenitud creativa” Dos afirmaciones justas, pero te encargaste de desmentirlas, porque dejaste todo arreglado con el duende y saldrán en serie tus últimos libros inéditos.

El más audaz de los narradores chilenos a partir de los ochenta. Literatura y oralidad, una sola expresión en Bolaño, sin pelos en la lengua, en nuestra opinión. Supo conjugar humor y razón, divertimento en el espíritu y en la forma. Se dejó querer y odiar, en el verbo escrito y en la lengua hablada. Es que, hacerle concesiones a la realidad, es como otorgarle legitimidad a un Bando Militar. Por ahí leí algunas declaraciones de sus pares, que no han leído sus libros, absolutamente descafeinadas, palabras de institutrices de una precocidad feroz en el marketing orquestal.

Entre tus influencias citas a dos poetas, el mexicano Efraín Huerta y a Enrique Lihn, a quien no conociste. Yo tuve la suerte de conocer a Lihn, leer su poesía, ver como tocaba su Musiquilla de las pobres esferas en el Horroroso Chile. En los días finales de mi partida de Chile, fui testigo de una conversación en una pieza oscura entre él y Parra, en el departamento heredado de calle Bustamante, del poeta brasileño, amigo de Lihn, Thiago Di Melo. Lo único que puedo decir, es que se paseaban de un lado para otro en el ring freudiano de la poesía, y se fueron lejos en las reflexiones, donde sale un duende azul y te hace pasar para tomar un té denso con propiedades alucinantes. Es como un boleto sin regreso. Ya Neruda le había dado vuelta al reloj de arena, pero aún no regresaba a Isla Negra, sino estaba en el nicho helado, donde la dictadura permitió que lo pusieran. La República Asesinada, cuesta a bajo, anunciada por Pablo de Rokha. No sé si Teillier ya estaba en Nueva York 11, en la cábala del futuro. Braulio Arenas le rondaba la oreja al Premio Nacional. Y todo lo demás permanecía intacto. Nos encontramos en las inmediaciones de la casa de un joven poeta, ese día, y en el naufragio de la noche recalamos en ese pequeño apartamento que dividía Santiago en dos. Es decir, en la nada. Nada se escurre, es el título de su primer poemario, que Lihn detestaba. Un pecado de juventud, es el más original de todos.

Voy a ir a un punto incómodo para ti, que no comparto, y que voy a adelantar, por una cuestión de orden. Se te fue la mano cuando dijiste que Neruda había escrito sólo dos libros y no mencionaste ninguno. Sólo con las Residencias en la Tierra, cualquier poeta tendría para más que suficiente, y Neruda fue poeta de varias residencias y unas cuantas estaciones. El Canto General, Las Odas Elementales (muy aplaudidas en silencio por Parra), El Hondero Entusiasta, Canto Ceremonial, Plenos Poderes, y numerosos poemas de amor, algunos de Versos del Capitán, otros en Cien Sonetos y esparcidos por sus libros. Pero sus poemarios escritos en su prima juventud, 19 y 20 años, los emblemáticos 20 poemas de Amor y una Canción desesperada y Crepusculario, siguen vigentes en el corazón de la gente.

Mariposa de Otoño de Crepusculario, escrito hace 80 años, “ LA MARIPOSA volotea/ y arde-con el sol-a veces. Mancha volante y llamarada, /a hora se queda parada/ sobre una hoja que la mece. Me decían no tienes nada/ No estás enfermo. Te parece. Dice más adelante el verso neftaliniano, ya camino a las Residencias, Hoy una mano de congoja/ llena de Otoño el horizonte./Y hasta de mi alma caen hojas. Lo cierto es que en 1962, Parra publica sus famosos Versos de Salón, que traen una Mariposa, pero parriana, aunque también vuela con alas neftalinianas a la manera parriana. Nicanor, como sabes, ha sido uno de los principales demoledores del establishment nerudiano, con su poesía. Algo bueno para la poesía, Chile, el castellano, la literatura, y para Neruda, referente obligado, no sólo de los antinerudianos, sino de la poesía misma.

“Me pregunto quién escribirá ese libro que Parra tenía pensado y que nunca escribió: una historia de la segunda guerra mundial contada o cantada batalla tras batalla, campo de concentración tras campo de concentración, exhaustivamente, un poema que de alguna forma se convertía en el reverso instantáneo del \"Canto general\" de Neruda y del que Parra sólo conserva un texto, el \"Manifiesto\", en donde expone su ideario poético.” Son tus comillas Roberto Bolaño Belano, y el referente está enterrado en Isla Negra.

Parra ha tenido treinta años extras para poner en orden la casa de la Antipoesía, digamos con franqueza.

El hombre confesó, no sólo que había vivido, sino, que se seguiría viviendo, y pienso que tu sigues sus pasos, con méritos propios. Cada uno en su mar, Roberto, tú en el Mediterráneo, y Pablo, en el Pacífico de Isla Negra, viviéndose a su manera.

Lo interesante son tus coincidencias con Neruda, Bolaño. Y me digo, no podía ser de otra manera, dos chilenos verdaderamente grandes, auténticos, no, no, no estoy entrando al himno nacional, ni voy para Chile, ni me enloquecí en su geografía, ni por la Razón (que perdimos por tantos años) ni por la Fuerza, todo lo contrario, sólo que el Sur tú sabes puede estar para mí en el Norte y no dejará de seguir siendo Sur. Perro del Amor, dice el verso nerudiano, Perro Romántico, el de Bolaño. Dos axilas para un mismo cuerpo. El Vate dejó unos ocho libros antes de morir y tú dejaste lo tuyo, tu monumental obra, dicen, el 2666, desglosada en cinco partes autónomas.

Bolaño es el 666 de la narrativa chilena, en mi opinión Le hacía falta un verdadero demonio. Un duende que le hiciera cosquillas al ombligo del largo cuerpo de Chile. Que le encontrara las cinco patas al gato. Es que no estamos para tantos homenajes. País de sietemesinos. Te salvaste de las recomendaciones para premios, anarco, iconoclasta, trotskista, aventurero de corazón, trasgresor, echaremos de menos tu lanza en ristre de viejo caballero manchego, hombre del Mediterráneo.

Belano, perdona, Bolaño, ya me confundo. Te acaban de despedir en el cementerio del barrio barcelonés Les Corts. Un centenar de amigos y parientes, estoy leyendo el mensaje en Internet, y alguien te recordó como un trapecista sin red. Te intrigaba y apasionaba la Argentina, dijo Fresán. Bueno, ya somos dos. La mujer más importante, decisiva de Neruda, fue la argentina Delia del Carril. Huidobro lanzó su Manifiesto sobre el Creacionismo en Argentina. La Mistral editó Tala, uno de sus libros de mayor registro, en Buenos Aires. Neruda escribió buena parte de sus Odas Elementales en Argentina. Nos regalaron a Manuel Rojas, uno de los más grandes prosistas chilenos. Si hasta Borges dijo que era argentino. Si supieras mis deudas con Argentina, y están comenzando. Me gustó lo que dijo Fresán, que eras un libro inmenso. Cada vez que tome un libro, diré, Hola Bolaño.


P.D.

No sé cómo hay escritores que todavía creen en la inmortalidad literaria. Me dan ganas de abofetearlos para que reaccionen y salven su vida.
Roberto Bolaño.


Epílogo, no sé si esta figura está permitida después de la Posdata, pero amerita. Voy a conservar el título, aunque sé que estás en el Mediterráneo. Déjame decirte, que eres uno de los buenos productos chilenos de exportación. Estás en el lugar correcto. Me acaba de llegar un correo sorprendente desde Panamá, donde suelo vivir. De un joven librero, hoy periodista, que trabajaba en la librería El Hombre de la Mancha. ¿Qué casualidad con el título y tus quijotadas? Hace un mes o más, le hablé de ti. No había un solo libro ahí tuyo. Y me acaba de decir que leyó mis artículos sobre tu despedida. Ahí yo digo, que de a vaina encontré Los Detectives Salvajes en un drugstore y de los nazis, tiempo ha. Me dice el joven Guillermo Ávila Nieves, “que con respecto a la carencia de la literatura del gran Roberto Bolaño, en este submundo bananero, estamos de acuerdo, pero además de Los Detectives Salvajes, hay un ejemplar de “Putas Asesinas”. Y después de hacerme una pormenorizada descripción donde queda la librería, se recuerda que estuvimos conversando en ella. Después del olvido, Ávila concluye en una buena prosa de periodista que es,”aprovecho la ocasión para saludarlo y desearle lo mejor en medio de esta algo inhóspita jungla del barbarismo primitivo, pero también cálida en oportunidades, y a veces, afecto, llamada Panamá”.

\"Sólo una cosa no hay. Es el olvido. / Dios, que salva el metal, salva la escoria / Y cifra en Su profética memoria / Las lunas que serán y las que han sido\", Borges.

Se nos adelantó Roberto
Pérdida irreparable para Chile.
Pérdida irreparable para mí.
Pérdida irreparable para todos.
The rest is silence
Now cracks a noble heart.
Good night sweet prince,
And flights of angels sing thee to thy rest!
Lo demás es silencio
Ahora un noble corazón se rompe
Buenas noches dulcísimo príncipe
Y que coros de ángeles salgan a recibirte.
Nicanor Parra.
Versos de Parra y Hamlet.


Epílogo dos

Ya no sé si es pertinente o no esta separación, pero es necesaria. Pero las noticias sobre tu partida Belano no cesan. ¿La inmortalidad es una cosa que amerita un muerto?. No sabemos. Nocturno de Chile será lanzado en Estados Unidos, por Susan Sontag. Ya estaba bueno que la narrativa chilena llegara hasta California. Estás abriendo un sendero, Bolaño, gracias de antemano. Las traducciones de tus libros, llueven como si Babel hubiera estallado en una calle de Bagdad. Alguien dijo que eras un perdedor. La literatura, digo, es una resta del cero al cuadrado, cuando es verdadera.

Un adelanto, es el final de cualquier comienzo que no lo tiene. Este es un párrafo al azar de la novela 2666, de nuestro inefable 666.

“Belano llega a Chile con un turbante azul. Lo están esperando en el aeropuerto “Pablo Neruda”, un representante del Orfeón de Carabineros y del Grupo Móvil, uno de la DINA, otro del CNI, un Sargento vestido de las cuatro armas, un miembro del Ejército de Salvación, un delegado de los Canutos de Chile, un representante de la Sociedad 4 Jinetes del Apocalipsis, un delegado semioficial de Los Amigos del Tata, un lector aventajado de Nocturno de Chile, un miembro honorario de la Fundación Neruda, una joven escritora asidua a la SECH, el agregado cultural de México y España (países de exilio), un redactor de El Mercurio, un secretario de la Academia Panameña de la Lengua, una oficial de turno del Ministerio de Educación, un Subsecretario de La Moneda, un detective civilizado, un representante por los Senadores Vitalicios, un representante por cada Campo de Concentración de Pisagua a la Isla Dawson, el último Edecán del Paciente Inglés, un miembro de la Diáspora escogido de a dedo, un vocero de la Colonia Dignidad, un dignatario del Opus Dei, (en una cajita las mancuernas de uno de los desaparecidos), tres mil pancartas con fotos de los que aún no se encuentran, Gracias a la Vida de Violeta Parra llena de recuerdos el aeropuerto, (Belano va sobre el aire de su propio impulso), alguien grita viva Neruda, país de poetas, una monjita llega con un retrato de Allende, varios Parlamentarios alzan un carteloncito con la leyenda siguiente: ”La Concertación es una realidad”, una delegación de los nietos del Tony Caluga, trae su consigna: “Chileno no te sientes, Chile está de pie”, Belano sigue avanzando y firmando de memoria, ya sólo deja la B en las primeras páginas (un cargador de maletas que tiene su ejemplar auto biografiado interpreta la segunda letra del abecedario: ” bueno, bonito, barato,” al fondo se divisa por sus alas lo conoceréis, el angelorum de Parra,

Y lo declaran, al entregarle las Llaves de la Ciudad, Belano Ilustre hijo Trotskista, Iconoclasta, Trasgresor Supremo de la Literatura Chilena, con asiento en Santiago del Nuevo Extremo. Belano comienza a firmar los últimos autógrafos con la mirada, y de pronto al prusiano ritmo de Lili Marlen, se anuncia la muerte del Inmortal Capitán General, y todo Chile comienza a bailar Regué.










martes 26 de mayo de 2009

Ronda de la niña sola. Cuando Alcira fue mima

por Marlene Yacobazzo
Brecha, Uruguay. 09.01.2009




La vi por primera vez cuando bajó del ómnibus de Borderre, pocos días antes del comienzo de las clases, a mediados de marzo de 1945. Venía con otra maestra de Durazno, Ilia Irigoin, que se ocuparía del primer año escolar. Yo estaba deseosa de saber cuál sería mi maestra de segundo año y allí estaba Alcira, a la que todos llamaríamos señorita Mima. Era una mujer alta, esbelta, de cabellos largos, con los clásicos bucles “rellenos” de la época y muy joven.

Había nacido en Durazno en 1923 y tenía por el lado paterno ascendencia francesa. Su bisabuelo Pedro Soust había llegado al país a fines del siglo XIX, dejando algún hijo en Buenos Aires y una hija monja en un convento de Francia. El abuelo Nicolás tuvo un solo hijo –Alcides, su padre–, casado con Angélica Scaffo en la ciudad de Durazno, donde Alcira vivió y estudió en sus primeros años y luego en el Instituto Normal de Magisterio.

Obtuvo una ayudantía interina en la escuela donde mi padre era director. La Escuela Granja número 43 de Chileno Grande está en la ruta que une la vieja terminal de ferrocarril de Estación Blanquillo, de Durazno, con el pueblo de San Gregorio de Polanco, en la costa norte del Río Negro. El ómnibus, que se ve en la fotografía, era un nexo clave en la zona, ya que cubría la ruta 43 llevando cartas, diarios, encomiendas y pasajeros que viajaban en el “motocar” rumbo al sur y los que venían de regreso a San Gregorio. El cruce del río por el paso Romero se hacía, y se hace aún hoy, en una balsa para personas, ganado, caballos y vehículos.

El año anterior Alcira había ocupado el mismo cargo, por lo cual conocía ya a todo el vecindario y a algunos niños que habían sido sus alumnos. En segundo año nos sentaban a ocho niños en unas mesitas bajas, dos de cada lado. Mima asignaba los lugares. A mi lado se sentaba Elisa Bude, que era una niña negra-mulata que además de ser muy inteligente era su favorita. Yo era la hija del director y Elisa venía del pueblito de Las Cañas, lo que en la época se llamaba “pueblo de ratas o rancherío”. Pienso que no era casual que nos juntara a las dos. Yo sentía que nos privilegiaba a ambas y no competíamos por el cariño de la maestra; eso me gustaba. Hoy pienso que aquello tal vez intentaba darle al grupo un sentido igualitario. Cuando años después volví con mi marido a ver la escuela del Chileno –algo que me había prometido en el exilio– me conmovió encontrar un pensamiento de Varela, escrito en la galería de la escuela, respecto al temprano ejercicio de la igualdad, desde las “bancas” de la escuela pública. Y pensé en Mima.

El horario escolar era más extendido, porque todos los niños recibían el almuerzo en la escuela. En la tarde teníamos que hacer “labores”; en mi caso un tapiz en punto cruz que penosamente me llevó meses terminar... Alcira eligió para mi trabajo, en una revista de diseños, un motivo un poco extravagante o al menos exótico (que aún conservo). Era un sultán o maharajá cruzando el desierto sentado en una litera, en un elefante asiático y custodiado por tres hombres de a pie, con turbantes y antorchas en alto. Pero lo más complejo, que era la alfombra persa de muchos colores donde se apoyaba la litera sobre el lomo del elefante, la bordó Mima en mi lugar. Había en ella un interés particular por otros mundos, por otras culturas, y además era creativa y original. Como trabajo de fin de curso hizo con sus manos, a cada uno de sus discípulos, un libro de cuentos en cartulina, muy ingenioso en su factura, con casitas pintadas por ella en tinta china roja, que se desplegaban y plegaban al abrir y cerrar el libro; y nosotros redactábamos el cuento.

Alcira escuchaba música centroamericana. Cantaba: “Itsmo de Tehuantepec, maderos que cantan con voz de mujer...”, y lloró amargamente –según recuerda mi madre– cuando se le rayó con la púa de la “ortofónica” un disco de boleros que le había regalado un ser querido. La recuerdo también cantando la vieja canción española “Las cosas del querer” que hoy canta Ángela Molina. Era soltera y tenía amor –no correspondido– por un primo: Washington Corbo, al que llamaban Tom. Cuenta su hermana Sulma que “se peleaban mucho por carta. Ella se hacía la enferma y lo mandaba buscar; ¡y lo recibía con la cara blanquísima y unas enormes ojeras pintadas!”. También amaba los caballos; tuve hasta hace poco tiempo una foto suya al pie de un caballo, con pantalones de montar y botas altas. Las cabalgatas eran pasatiempo común entre las familias del vecindario. Se juntaban ocho o diez jinetes y se cabalgaba camino al arroyo del Chileno, que era el más cercano. Se cruzaban campos, porteras, cañadas hasta llegar a la costa. Fueron los últimos paseos al monte espeso. Cuando se puso en marcha la represa de Rincón del Bonete se inundaron grandes superficies de campo y poco monte indígena quedó en pie.

La fotografía junto al ómnibus que aparece en esta nota corresponde a la última vez que vi a Alcira. Hace dos días me contacté con familiares más o menos cercanos de Durazno. Todos coinciden en que regresó de México, bastante perturbada luego de los episodios de la UNAM que relata Bolaño y de algún desencuentro afectivo. A su regreso vivió por cortos períodos en casas de familiares. De pronto se marchaba y andaba sola. Luego estuvo internada; se encontraba con sus sobrinos en un lugar convenido cerca de la Universidad. Un día no concurrió a la cita y alguien les dijo que “se había ido con el teatro de China a Buenos Aires”. Así Alcira fue desapareciendo poco a poco. Un familiar político dice haber coincidido con ella cuando viajaba a Montevideo –por 1992–, o sea que aún vivía 16 años atrás. Luego parecen haberse borrado sus huellas, pues nadie pudo confirmar cuándo y dónde terminó sus días Alcira Soust.


Julio de 2008





A la búsqueda de Alcira

En 2003, Roberto Bolaño responde a las consultas de Jorge Ruffinelli sobre la vida de Alcira: le dice que un amigo suyo, de paso por Montevideo, supo por una hermana que Alcira estaba internada en tratamiento psiquiátrico. En su nota de Brecha, Ruffinelli agrega la noticia de que ya había fallecido en Uruguay. Pero en 2003 no eran muchos los que tenían conocimiento de su muerte. Aunque era para mí doloroso, teníamos que saber cuál y cómo había sido su fin.

Luego de consultar sanatorios, hospitales y los archivos del Registro Civil, se confirma su muerte –14 años después de su desaparición– en el servicio de Necrópolis de la Intendencia Municipal. Constan allí su nombre y su edad, en tanto que se ignoran sus documentos, estado civil y profesión. La médica que firma/ certifica con el número 530553 el 30 de junio de 1997 su fallecimiento en el Hospital de Clínicas de Montevideo –a causa de bronconeumonía bilateral– es la doctora Isabel Gubitosi. Me contacté con ella telefónicamente con la esperanza de que hubiera sido su médica tratante y pudiera decirnos algo más sobre sus últimos días, pero según nos explicó actuó en esos años y en ese caso únicamente como médico forense. Si las fechas que manejamos son exactas, Alcira vivió sus primeros 28 años en Uruguay y 36 años en México. Se fue en 1952, regresó en 1988 y vivió en Uruguay – Durazno, Trinidad y Montevideo– trashumante hasta su muerte, nueve años después. Murió un año antes de la publicación de Los detectives salvajes.


El reencuentro

Cuando niña conviví en la misma casa con Mima (según sus códigos de escritura: Mi..ma..estra) y junto a otros niños en las mesitas del aula de segundo segundo año en la escuela del Chileno Grande de Durazno. Fui alentada a recuperar su memoria, pero los recuerdos resultaban un tanto cándidos frente a las otras realidades de su vida posterior. Pero he aquí que al revisar los escritos y papeles que conserva su familia, descifrando algunos códigos y “mensajes en clave” de sus notas y leyendo sus pequeños poemas encontré, reencontré a la misma que conocí. Reconocí estrofas o versos que eran parte de lo que cantábamos cuando ella tenía 24 años. Reconocí gestos y acciones. Alcira hizo y cuidó el Jardín Emiliano Zapata con un grupo de niños de escuela en la UNAM en México. Le llamó el “jardín cerrado” o “jardín interior”. También en mi escuela hicimos con ella almácigos de flores. Luego plantamos y regamos “el jardín del mástil”, un círculo de plantas en flor alrededor del mástil de la bandera.

Pienso que había en ella un respeto especial por los símbolos de su “patria”; también eligió para nuestra fotografía en la escuela un sitio justo debajo del escudo nacional. Tal vez ya se intuía una expatriada o más bien “transpátrida”, que adoptó a México durante 36 años con igual pasión. Yo ignoraba que Alcira escribiera poesía, tampoco que manejara el francés y me encantó “Le bonheur sera pour tous”. Leyendo su ronda de la “luna, luna comiendo aceitunas, la boba de Mima no come ninguna” recordé algunas noches en que le cantábamos a la luna llena sentadas en la veredita frente al aljibe y al jacarandá. O cuando en clase nos leía a Juan Ramón Jiménez: “Platero juega con Diana, la bella perra blanca que se parece a la luna creciente, con la vieja cabra gris, con los niños...”. Sus poesías de la niña loba me suenan en el oído a la otra canción de cuna –un poco más dulce– que cantábamos: “La loba, la loba le compró al lobito, un calzón de seda y un gorro bonito...”.

Las “guirnaldas de luz” de su poesía me recordaron las guirnaldas de flores que hacíamos enhebrando en un pequeño junco (Cyperus) que nace en las praderas, corolas amarillas y rojas de macachín, que al regresar a casa regalábamos a alguien. En las tardecitas, cuando bajaba el sol, caminábamos hacia el norte por la carretera vacía, mirando a la distancia el Río Negro y a un lado y otro los arroyos Chileno y Las Cañas. En las zanjas del camino buscábamos pequeñas piedras que arrastraban y rodaban las lluvias; allí encontramos una cuarcita “mamelonada” que guardé durante años. Esto es un cuarzo, me dijo, y aquél fue mi primer contacto con los orígenes de la tierra. Su sobrina me dice que desde México hablaba de Uruguay como “su tierra de las naranjas”. Recordamos con mi madre que había en el vecindario del Chileno una gran quinta familiar de naranjos de los Santurio. Las visitas a doña Eulogia eran “anunciadas” para un determinado día (y confirmadas con el reflejo de dos espejos a la distancia). Incluían sentarse largo rato en la sala frente a un jardín cerrado, las mujeres de la casa, mi madre, Mima y su compañera maestra Ilia Irigoin (después casada con el hijo de los Santurio) y nosotros. Mate, tazón de leche para los niños, licor de pitangas y en una gran copa de cristal un postre de ambrosía. No hablaban todas a la vez. Se producían largos silencios –los niños juiciosos y ansiosos–. Cuando doña Eulogia Santurio daba “el permiso” para ir al huerto de las naranjas se producía la avalancha, y en la sala sólo quedaban mi madre y la dueña de casa. Naranjas, limas, pomelos, limones, naranjas sanguíneas y de ombligo, bergamotas y mandarinas. Y ahí venía la “guerra de las nosotros. Los tiempos gozosos de la otra vida.

Alcira tenía luz en el alma –es lo que hay en sus pequeñas poesías–, que devino luego en esa mezcla de ternura y de horror de la “ronda, ronda de la niña loba, la ronda, ronda de la niña sola”. Ésta es mi evocación de la Mima tierna y esencial, de la Alcira bohemia, solidaria y sesentista, de la Auxilio Lacouture que reinventaron Bolaño y Antonio Algarra – un mito de la resistencia mexicana–, y en su tiempo final, “la boba de Mima” trashumante, confundiéndonos, tratando de engañar a la vida y la muerte, “la niña loba, la niña sola” de..vuelta/envuelta en “su tierra de las naranjas”.



Diciembre de 2008









viernes 22 de mayo de 2009

Signos particulares (Apéndice de Testamento I)

por Alcira Soust Scaffo –Auxilio Lacouture-





Ahora
sin paréntesis
las últimas palabras
que te escribo
En prosa cotidiana
como corresponde
me regreso
con (mí-silencio)
con (mí-flecha rota)
con (mí-hambre)
con (mí-sitiar)
Y mis trampas
Y mis lamentaciones
Y mi qué importa (en el mes
próximo te amo)
Y tú te quedas con tu desengaño
Y tu-tiempo perdido
Y tus oídos destrozados
Y tu te amo
Y tu ser amigo
Y tu/ta te ti to tú
(Asombrado)
“Mañana me voy mañana.
Mañana me voy de aquí”.
(Canción ranchera)
Yo me voy de aquí
En alas de el-Viento
¡Ay! ¡ay! ¡ay de mí!
Llevaré mi canto
A tierras lejanas
En alas de el-Viento
Llevaré mis lágrimas
Mis lágrimas serán nubes
Rocío de la mañana
Canto de amor en los campos
Olas en la mar salada









lunes 18 de mayo de 2009

Las pelucas de Barcelona

por Roberto Bolaño





Sólo deseo escribir sobre las mujeres
de las pensiones del Distrito 5º
de una manera real y amable y honesta
para que cuando mi madre me lea
diga así es en realidad
y yo entonces pueda por fin reírme
y abrir las ventanas
y dejar entrar las pelucas
los colores.





en La universidad desconocida, 2007









miércoles 13 de mayo de 2009

El Llop Ferotge: Especial Bolaño

por Jorge Morales
Editorial de Revista, nº8, Barcelona. Septiembre 2008










Si ha habido un poeta en los últimos años, que por su obra y trayectoria, haya sido capaz de despertar la admiración y el entusiasmo a nivel internacional, ese fue Roberto Bolaño. Nacido en Chile en 1953, y fallecido en el Hospital Vall d’Hebrón en julio de 2003, Bolaño vivió en Girona a mediados de los 80, para radicarse luego en Blanes, donde nacieron sus hijos Lautaro y Alexandra, y donde escribió la mayor parte de una obra literaria que se eleva a alturas de vértigo, con títulos como Los detectives salvajes, 2666 o Nocturno de Chile. Y si bien fue por su obra narrativa con la cual conquistó el unánime reconocimiento del público y la crítica, hay que señalar que Bolaño siempre fue, ante todo, un poeta, y su extensa obra lírica, es de un valor que no ha sido ponderado con justeza, más allá de Los perros románticos o Tres. Bolaño también dejó una importante obra ensayística, reunida en el volumen Entre paréntesis, publicada en forma póstuma, y que es un verdadero tratado de literatura: En ella, el gran escritor nos descubre sus vastos y sorprendentes viajes por el mundo de los libros, así como su posición frente a la cultura y a la historia.

Entonces, es con el conjunto de su obra, con el que Roberto Bolaño logró, y en muy poco tiempo, (pues sus andanzas editoriales de verdad comenzaron en 1996, con Estrella distante) traspasar los límites de la lengua castellana, para convertirse en uno de los primeros clásicos universales del siglo XXI. Así lo sostiene, por lo menos, la crítica más exigente, las voces egregias de personalidades tan altas como Enrique Vila-Matas o Susan Sontag, y los miles y miles de lectores que agotan sucesivamente, una y otra edición de sus libros.

No obstante, este particular homenaje que Llop Ferotge realiza a Roberto Bolaño, y que nace, básicamente, de nuestra pasión de lectores, tiene mucho que ver también, con un reconocimiento al tesón y la valentía de nuestro autor. Pues los citados méritos de este poeta, en sólo 50 años de vida, brillan aún más cuando consideramos las condiciones de producción de su obra, marcadas por circunstancias vitales difíciles, llenas de escollos, que no fueron impedimento para la construcción de una obra literaria tan trascendente, vasta y necesaria.

Por ello, y a cinco años de su partida, hemos reunido en este número, a un grupo de autores de procedencia variada que, en registros diversos que van desde el homenaje a la crítica literaria, desvelarán diferentes aspectos del amplio universo de Roberto Bolaño, ese “perro romántico” cuyo aullido tanta falta nos hace.










domingo 10 de mayo de 2009

Borges y Bolaño: un juego intertextual desde la divergencia

por Luis Nitrihual Valdebenito
Revista Espéculo. Universidad Complutense de Madrid. 2007







Actualidad de la obra de Bolaño


Roberto Bolaño es un nombre que apareció en el mundo de la literatura chilena y, por qué no, universal, para quedarse de manera permanente. El escritor chileno se ganó un cupo entre los más grandes autores con una obra sólida, con una escritura propositiva, sugerente y variada, que recorre la poesía, ensayo, cuento y novela.

No hay duda que es un poeta, y él mismo se consideraba de este modo, pero al igual que uno de sus escritores admirados y odiados [1], Jorge Luis Borges, se hizo conocido por su prosa, que le trajo tantas alegrías que ya no pudo dejar de continuar en la senda prosística. No hay duda que todo su ideolecto está nutrido por la poesía, en una simbiosis transtextual que va desde la aparición de la poesía como motor generador del universo narrado, tal es el caso de Los Detectives Salvajes, realizando citaciones de autores admirados o creando poesía dentro de novelas y cuentos. Lo cierto es que su prosa es especialmente rica en esa heterogeneidad de géneros.

Cuando el 2003 Roberto Bolaño dejó de existir, hubo un reconocimiento unánime en torno a su obra, sus detractores y seguidores concordaron en calificar su obra como una de las más importantes de las últimas décadas, de ahí la vigencia de estudiarla.

Tiende a reconocerse que la cumbre como escritor de Bolaño se debió a la publicación de Los Detectives Salvajes (1998) que fue merecedora de la XI versión del Premio Internacional Rómulo Gallegos de Novela. Se trata de una obra fantástica, tan imaginaria como la realidad más dura, una escritura fascinante y que lo lanzó de golpe al lugar de los escritores latinoamericanos de mayor peso y porvenir.

La literatura nazi en América (1996) se inscribe, igual como Los Detectives Salvajes, en la tradición borgeana de Historia de la eternidad, donde la realidad se funde con la ficción. La obra del mismo Borges es un juego especular y Bolaño, como su hijo pródigo, la revive de manera fantástica. La especial relación que Bolaño tenía con Borges [2] se puede intuir desde la obra misma, que revive un estilo cargado de búsquedas filosóficas. De algún modo el "hombre libro" que fue Borges y que lo llevaba a plantearse no sólo escritura sobre temas precisos, sino escritura sobre la literatura misma (autoreflexión) y sobre los escritores (imaginarios y reales), fue también el norte del escritor chileno. El humor borgeano, tanto dentro del texto como en la vida cotidiana, es patente en Bolaño [3], entregando otro elemento para pensar en la vinculación de estos dos escritores.

Precisamente, es la evidencia de una intertextualidad manifiesta la motivación de esta investigación. El dialogismo textual que destacara Bajtin y Kristeva (entre sus primeros teóricos) es el pilar fundamental de cualquier estudio literario actual. Pero más interesante que destacar el carácter intertextual de la literatura, que anticipara también Borges cuando señalaba que se han contado unas cuantas historias a lo largo de todos los tiempos [4], es notar cuáles son los temas que convergen y dónde los textos proponen lecturas y visiones de mundo diversas, en una dialéctica textual que une a estos dos escritores.


El concepto de intertextualidad

Es importante precisar a qué haremos referencia cuando hablamos de intertextualidad, pues tal como lo señala Fernández (2001) el concepto es un poco lábil y tiende a confundirse entre otros con el concepto de fuente o influencia, que parecieran sinónimos, pero que obedecen a otra manera de entender el texto y más que al texto, a los procesos dadores de sentido, que no necesaria y únicamente pertenecen a textos escritos u orales.

La intertextualidad es hoy un campo fértil de investigación y procede de la mirada bajtiniana sobre polifonía y dialogismo textual. Existe consenso en que la primera en acuñar el concepto de intertextualidad es Julia Kristeva que propone un modelo tomado de Bajtin donde “la estructura literaria no existe sino que es generada por relación a otra estructura” (Rivero, 2003: 4 citando a Kristeva 1966: 35). De este modo, la definición operativa que podríamos realizar para atender al concepto de intertextualidad es la de textos que participan de otros textos en un diálogo ilimitado. Es decir, tal como lo vislumbraba Borges, un texto no es sino reescritura de otros textos y quizás de un primer texto.

La idea de intertextualidad es la de un texto “que no se legitima en su corporeidad o singularidad, sino por estar escrito desde, sobre y dentro de otros textos” (Fernández, 74). Esta idea nos lleva a preguntarnos cómo participa un texto de otro, pues la idea puede resultar abstracta.

Más allá de las definiciones necesarias de lo que entenderemos por intertextualidad realizaremos un esfuerzo para hacer fructífero este estudio. Es decir, evidentemente estamos en presencia de textos dialogantes, la mirada semiótica así lo afirma y con ello complejiza la realidad misma, pero qué propone cada texto, cómo revierten, invierten y hasta pervierten el texto origen, es algo que veremos con el estudio cruzado de una obra de Borges y Bolaño.

Los textos que hemos elegido para vislumbrar el concepto de intertextualidad son: El Sur, de Jorge Luis Borges, aparecido en el libro Ficciones [5]. Y como segundo texto, el cuento El Gaucho Insufrible de Roberto Bolaño, aparecido en el libro que lleva el mismo nombre y que se presta para nuestros propósitos pues nos permite conocer la obra de Bolaño en su funcionamiento interno, en su riqueza de mirada, en su visión del mundo actual.

Al concebir el texto como un diálogo, Bolaño entra en el juego de Borges, y reescribe El Sur, pero (lo más importante) con una mirada personal, actual, vigente, que atiende a todas las hondas problemáticas del pueblo argentino y latinoamericano.

Creemos que puede trazarse una línea que va desde Martín Fierro, que es a su vez el texto origen de muchos cuentos y poesías borgeanas (El Sur, El Fin, El Gaucho, entre otros) y que recorre un largo trecho hasta llegar a Bolaño. Es decir, partiendo de los tópicos de Martín Fierro, se prolongan historias que llegan hasta el autor chileno.


Roberto Bolaño: la reescritura como actualización discreta

El Gaucho Insufrible [6] es el cuento que da nombre al libro del 2002 de Roberto Bolaño, en este se cuenta la historia de Héctor Pereda, abogado argentino intachable (situación que el narrador indica como poco habitual en la Argentina de esos años) que tiene dos hijos: el Bebe y la Cuca Pereda, que son criados de la mejor manera posible y por ello son jóvenes “felices” que luego de unos años hacen su vida: el Bebe se transforma en escritor de fama latinoamericana y la Cuca va a vivir a Río de Janeiro.

Lógicamente hubo una señora Pereda, que de soltera tuvo el apellido Hirschman y que falleció joven y dejó al joven abogado viudo y siendo, de algún modo, el soltero “cotizado” de su época de gloria. La soledad de Pereda se incrementa cuando también el Bebe, su hijo menor, decide marcharse a EEUU. En su soledad, y para matar el tiempo, decide dedicarse a ordenar su biblioteca. Cuando Bebe regresa, y al verlo tan abandonado, decide llevarlo a sus reuniones y cafés literarios, en donde Pereda se siente un bicho raro, pues: Para él, los mejores escritores de Argentina eran Borges y su hijo, y todo lo que se añadiera al respecto sobraba.

Pero si bien la literatura no era uno de sus temas favoritos, cuando hablaban de política su cuerpo se estremecía. Sus hábitos cambiaron desde el momento en que se sintió atraído por las tertulias, se levantaba temprano y en su biblioteca buscaba algo que no sabía qué era. Se pasaba las mañanas leyendo. Incluso sus hábitos higiénicos cambiaron. Es más, destaca el narrador, Un día se fue a leer el periódico a un parque sin ponerse corbata. Hasta que un día Pereda se levantó y tuvo la certidumbre de qué algo ocurría en la Argentina. Almorzó con un par de amigos y no paraba de reírse como un loco. Le preguntaron qué le hacía tanta gracia. Pereda sentenció que Buenos Aires se hundía.

Tal como dijo sucedió y comenzó el caos en la ciudad. Participó en los cacerolazos y las protestas contra el corralito, hasta que un día les aviso a sus sirvientas que se iría a vivir a la estancia del sur. Subió a un tren y en un viaje monótono fue cruzando la pampa. Luego el tren empezó a rodar por la pampa y el abogado juntó la frente al cristal frío de la ventana y se quedó dormido. Cuando despertó, observó por la ventana que la pampa estaba plagada de conejos. En Capitán Jourdan, se bajó para tomar camino hacia su estancia, llamada “Álamo Negro”. Mientras estaba sentado en la estación recordó el cuento El Sur de Borges y sus ojos se llenaron de lágrimas.

Cuando llegó a su estancia todo estaba en ruinas y tuvo que contratar peones, que luego se convirtieron en sus amigos, para reconstruirla y hacerla habitable. Fue a la ferretería de Capitán Jourdan para comprar lo necesario y le preguntó al indio que atendía dónde podía encontrar caballos, este le contestó que ya no había en la zona, pero que un tal don Dulce, tenía uno para la venta. Efectivamente don Dulce le vendió un caballo que no tenía utilidad pues él viajaba en Jeep.

Desde su llegada, Pereda comienza un viaje al pasado perdido, busca caballos, animales para domar, peleas a cuchillo, pero ya todo es distinto. En su lugar hay conejos que plagan la pampa y sirven de alimento a los gauchos, que ya no están dispuestos a pelear por honor. Es, en definitiva, un mundo desencantado.

Una tarde recibe una carta del Bebe donde le indica que debe ir a Buenos Aires para firmar los papeles de la venta de su casa. A los dos días parte.

Una vez en Buenos Aires decide ir a buscar a su hijo al café donde se reúnen los escritores. Lo encuentra presidiendo una reunión. En la misma mesa, uno de los tipos se unta las narices con cocaína. Pereda lo mira fijo y éste reacciona con furia increpándolo. Pereda saca su cuchillo y lo pincha en la ingle ante la sorpresa de todo el mundo. En el acto, Pereda desaparece y decide volver a la pampa, de la que reconoce no sabe nada, pero donde al menos lo aceptan.


El regreso a Buenos Aires…

Hay varios elementos que nos llevan a proponer que este texto de Bolaño es una reescritura de El Sur borgeano, pero con algunas propuestas radicalmente distintas. Estructuralmente el Gaucho Insufrible posee una secuencia; el regreso de Pereda a Buenos Aires y la posterior decisión de volver a ese Sur desencantado, que el cuento de Borges, El Sur, no posee.

El universo presentado por el narrador de El Gaucho… es un mundo en crisis. No hay que olvidar que este texto presenta a la Argentina del 2000, con las convulsiones sociales que la afectaron brutalmente. Por tanto, es un texto contextualmente anclado en el presente. ¿Cómo puede entonces un texto como éste ser reescritura de El Sur? Bolaño reconstruye la idea de viaje al Sur como zona de salvación. Observemos como ambos textos presentan una misma fabula: el viaje al Sur, el reencuentro con la tradición gauchesca.




Precisemos que al final de la tercera secuencia, El Sur establece un estado especial de disyunción con la muerte del protagonista. De este modo, el texto de Borges se mueve en los opuestos vida/muerte, pasando por gradaciones precarias. De este modo, se presenta como un texto clásico en torno a ir de un estado conjunto a uno disyunto. Eso, independiente de las posibles interpretaciones en torno al papel ya advertido de los sueños (Alazraki, 1986) que contribuyen a otorgarle al relato un juego especular.

El Gaucho Insufrible en cambio no presenta una resolución final en torno a los opuestos vida/muerte. Se pasa de un primer estado de desencanto con la vida, manifiesto en el trabajo rutinario de Pereda o en su vida sentimental truncada con la muerte de la esposa, a un estado final también de desencanto, con la vuelta al Sur, que ya no es el sitio borgeano anhelado sino un lugar fantasmagórico.

Mientras la muerte es en El Sur un modo de conjunción buscada por Dahlmann, como experiencia de lo que para él es un “verdadero hombre”, y en este caso se transforma en una liberación. En El Gaucho Insufrible la muerte no llega nunca. Pereda no tiene escapatoria y está obligado a vivir en lo aparente.


Algunos elementos del mundo desencantado de Bolaño

Patéticamente, Bolaño nos describe el mismo mundo que Borges: EL SUR, que muestra la dicotomía entre la cultura propia y la ajena, lo europeo y lo argentino (léase también como lo latinoamericano), ¿En esa pugna quién triunfará? La conclusión es que hemos sido criados por una madre postiza, y por eso no hemos resuelto nuestros conflictos de hijos huérfanos. No triunfa una solución como en Borges sino el eterno conflicto, los Cien Años de Soledad de García Márquez.

El mismo argumento es expuesto por Bolaño, pero aprovechando la coyuntura social de Argentina. En una parte de El Gaucho Insufrible, el narrador nos recuerda: Argentina es una novela, les decía, por lo tanto es falsa o por lo menos mentirosa. Buenos Aires es tierra de ladrones, es similar al infierno, dice más adelante.

Pongamos atención en que es lo mismo que piensa Dahlmann de El Sur cuando está postrado en su habitación: Dahlmann los oía con una especie de débil estupor y le maravillaba que no supieran que estaba en el infierno. Tenemos como conclusión que ambos autores nos presentan a Buenos Aires como lo pasajero y efímero, lo doloroso para Dahlmann, lo insoportable para Pereda.


El Sur de los cuentos: tres elementos claves para terminar

La dualidad, Pampa-Buenos Aires, nos recuerda que si Buenos Aires es lo aparente, entonces la pampa es lo eterno. Así lo explicita el narrador en El Gaucho: La pampa, en cambio, era lo eterno. Un camposanto sin límites es lo más parecido que uno puede hallar. Bolaño, al contrario de lo que hace Borges, nos presenta en todo momento un mundo pervertido. Mientras en Borges, el Sur es un modo de liberación y de llegada a un pasado glorioso, Bolaño hace llegar a Pereda a un mundo que ha perdido esa magia.

El primer elemento que resalta en este sur bolañiano es el de los conejos. Mientras Pereda va viajando, nota que el tren es perseguido por conejos que parecen brotar como malezas. No será su único encuentro con este verdadero mundo conejil. El viejo Sur ganadero, en donde los gauchos arriaban rebaños a caballo por la pampa, ha sido reemplazado por los conejos, que se reproducen como la mala hierba. Ahora los gauchos dedican su vida a cazar conejos. El narrador se pregunta en este punto: ¿A qué gaucho de verdad se le puede ocurrir vivir de cazar conejos?

El segundo elemento que nos gustaría resaltar es el del viejo almacén. Encontramos que en Borges el almacén es el sitio donde se fragua la lucha, donde Dahlmann sella su muerte. En El Gaucho… en cambio, tenemos que el viejo almacén ha sido pervertido, por ejemplo, por un juego como el Monopoly. Los gauchos que se reúnen en la pulpería que visita Pereda se divierten jugando Monopoly y esto le parece bastardo y ofensivo, pues Pereda tiene en mente que una pulpería es un sitio donde la gente conversa o escucha en silencio las conversaciones ajenas.

Un tercer elemento a consignar es el cambio en la imagen esterotipeada de los “gauchos”, si se los puede seguir llamando así en Bolaño. Si ellos se prestan para cazar conejos y jugar Monopoly, lógicamente han cambiado. Ya no están dispuestos a pelear. De hecho, cuando Pereda en una discusión reta a unos lugareños a salir a la calle para enfrentarse y pelear, todos lo miran preguntándose si estará loco.

En este sentido, Pereda es un personaje que invierte el papel de Dahlmann en El Sur. Mientras este último se presenta como disonante en un mundo de gauchos recios, hábiles con los chuchillos, Pereda irrumpe en un mundo que ya no es como lo ha imaginado, y aunque sólo en lo aparente (pues él reconoce que no sabe nada de la pampa) se presenta como un verdadero gaucho. A Pereda no se le permite la muerte, ¿quién podría matarlo en un mundo de cobardes como ése?

Pereda es él Gaucho Insufrible pues busca revivir una cultura perdida en los anaqueles de la literatura gauchesca, una cultura de valientes que ahora ha derivado en su opuesto, la cobardía. Pero también es insufrible porque el mismo es un cobarde. De allí la clara alusión textual que realiza el narrador al cuento de Borges: Oyó voces, alguien rasgaba una guitarra, que la afinaba sin decidirse jamás a tocar una canción determinada, tal como había leído en Borges. Por un instante pensó que su destino, su jodido destino americano, sería semejante al de Dahlmann y no le pareció justo.

Pereda es lo aparente. Se conoce lo suficiente, sabe que su mundo no tiene escapatoria, pues ni él está dispuesto a llegar a la muerte. ¿Y si la muerte no se encuentra, entonces qué?

Entonces a Pereda, una vez que comprueba que en Buenos Aires no hay escapatoria y ve que su hijo se reúne con artistas drogadictos y que por tanto su hijo quizás es igual, acepta al menos vivir en lo aparente. Acepta implícitamente cazar conejos para subsistir. Al menos no estará en el infierno, se encontrará en una pampa eterna y pervertida.


Conclusiones

Podemos destacar dos conclusiones principales que pueden servir para trabajos futuros, al menos en el campo de la intertextualidad entre Borges y Bolaño. La segunda conclusión la presentamos a su vez en otras, que clarifican la relación entre El Sur y El Gaucho Insufrible.

1.- Es evidente que existe una intertextualidad: esta se manifiesta en Bolaño, desde las alusiones explícitas que hace el narrador y donde destaca a Borges como escritor admirado, o citando algunas de sus obras, como en el caso de El Sur. También tomando, a partir de una interpretación del propio Bolaño, un tema particular como es el “regreso al Sur”.
2.- Más interesante que dar cuenta de esta intertextualidad, que es manifiesta y evidente, es mostrar cuáles son las características que hace a cada texto sui generis. En este sentido, pensamos que la intertextualidad se teje no sólo en convergencia sino también en la divergencia.

A razón de esto, pueden precisarse las siguientes conclusiones de nuestro análisis de los cuentos de Borges y Bolaño:

(A) El Sur de Borges presenta una estructura que recuerda intertextualmente los trabajos precedentes de Hernández y Lugones y se ve marcadamente la presencia de Martín Fierro, como propuesta de un mundo romántico que se ubica en el SUR como lugar arquetípico.
(B) El Sur presenta un duelo final y la muerte del personaje como una liberación. Si bien la muerte es privativa, y en este sentido el texto es una estructura bastante clásica que va desde un estado de conjunción a uno de disyunción, la gradación en estados intermedios precarios de no-vida/no-muerte produce un juego especular, que hace que el texto pueda leerse también como el sueño de una muerte anhelada (lectura de Alazraki, 1986)).
(C) Bolaño por su parte, propone una estructura similar a la de Borges. Se observa que ambas obras presentan tres secuencias fundamentales que pueden resumirse en: Buenos Aires-Viaje-Sur. La diferencia la establece Bolaño al proponer una cuarta secuencia en que Pereda regresa a Buenos Aires y nuevamente, desencantado, se devuelve al Sur.
(D) El Sur presentado por Bolaño es un Sur actual, donde los gauchos ya han olvidado el uso del cuchillo y más triste que eso, no están dispuestos a morir por nada. Juegan Monopoly y viajan en Jeep, el caballo y el ganado han sido reemplazados por los conejos, que son el verdadero sustento de los gauchos, o lo que queda de ellos.
(E) Tanto Pereda como Dahlmann, aunque inversamente, son hombres que están a contrapelo en el universo al que les toca enfrentar. Dahlmann no tiene la competencia para enfrentar un duelo que acepta y Pereda intenta forzar la realidad hasta convertirse en INSUFRIBLE.

La riqueza de Bolaño, el escritor chileno de mayor vigencia en la actualidad, se encuentra en reescribir desde la divergencia temática que Borges y la tradición gauchesca anterior habían presentado de manera arquetípica.


Notas

[1] Sobre este punto, ver el trabajo de Julia Elena Rial: Los Detectives Salvajes de Roberto Bolaño. Un Obituario a la narrativa del Siglo XX. En este texto se muestra como esta novela de Bolaño presenta a Borges como un escritor odiado, pero donde este odio se transforma en amor y admiración.
[2] Sobre su admiración a Borges, Bolaño indicaba que “he leído toda la obra de Borges, al menos dos veces, y casi todo lo que se escribió sobre él (...). A parte de ser un gran poeta y el más grande cuentista y un gran ensayista. En fin, probablemente el mejor escritor en lengua española desde Quevedo” (Swinburn, Daniel. "Roberto Bolaño: Catorce preguntas". El Mercurio, 2 de Marzo de 2003).
[3] Sobre el tema del humor literario, el mismo Bolaño destacaba a Borges y Cortazar, quienes jugaban con la realidad. (Bolaño, Roberto. "El humor en el rellano". Las Ultimas Noticias. Lunes 20 de Enero de 2003).
[4] Borges señalaba: “Digamos que durante muchos siglos, estas tres historias -la de Troya, la de Ulises, la de Jesús- le han bastado a la humanidad. La gente las ha contado y las ha vuelto a contar una y otra vez” (Borges, Jorge Luis (2001) Arte Poética. Barcelona. Crítica.
[5] Pensamos que en Ficciones y El Aleph se encuentra la madurez de su obra cuentística. Por otro lado, "El Sur" es considerado por el propio Borges como uno de sus mejores cuentos: “De El Sur, que acaso es mi mejor cuento básteme prevenir que es posible leerlo como directa narración de hechos novelescos y también de otro modo” (Ficciones: 112)
[6] En cursiva se presentan las citas textuales del cuento de Bolaño.


Bibliografía consultada


Abril, Gonzalo et al. Análisis del discurso. Hacia una semiótica de la interacción textual. Madrid: Cátedra. 1999.
Alazraki, Jaime. La prosa narrativa de Jorge Luis Borges. Madrid: Gredos 1986.
Bolaño, Roberto. El Gaucho Insufrible. España: Anagrama. 2001
Borges, J. L. Ficciones. Buenos Aires: Emecé1968.
Fernández, José Enrique. Intertextualidad Literaria. Madrid: Catedra. 2001
Greimas, A. J. Del sentido II. Ensayos de Semiótica. Madrid: Gredos.1989
Greimas, A. J. La semiótica del texto. Ejercicios prácticos. Análisis de un cuento de Maupassant. Barcelona: Paidós. 1983.
Greimas, A. J.; J. Courtés. Semiótica. Diccionario razonado de la teoría del lenguaje. Vol. 1 Madrid: Gredos.1982.
Grupo de Entrevernes. Signos y parábolas. Semiótica y texto evangélico. Madrid. Ediciones Cristiandad. [s.f. 1989].
Kazmierczak, Marcín. La metafísica idealista en los relatos de Jorge Luis Borges. Barcelona: Tesis doctoral. 2001.
Rivero, Isabel. Intertextualidad, Polifonía y Localización en investigación cualitativa. Athenea Digital N°3: 2003.









jueves 7 de mayo de 2009

El secreto del mal o La Religión del profeta Bolaño

por Cástulo Aceves Orozco
Al Margen, España. Noviembre 2007










Escribir es un acercamiento al abismo, escribió Bolaño de muchas formas, en muchos de sus libros. Escribir es una enfermedad, también un viaje, también terrible monstruo que puede arrebatarte la vida. A estas alturas, a tan solo unos años de su fallecimiento, ya se puede hablar de los fanáticos del escritor, de los seguidores, los incondicionales, y en contraposición, los críticos furiosos, los retractores.

Cargando a Los detectives salvajes como biblia, a 2666 como profecía, nos quedan sus libros de cuentos como evangelios. El secreto del mal, publicado este año por Anagrama, junto con la antología de poesía La universidad desconocida, es posiblemente el último de los acercamientos, la pieza final de narrativa que nos queda a los que, como yo, hemos devorado cada palabra que escribió Bolaño. De antemano pido disculpas, procuraré ser crítico, pero en el fondo de mí habita un fanático, intentaré ser duro, veraz, pero la melancolía tendrá un peso muy fuerte en lo que de los cuentos incluidos en este libro pueda yo decir.

Empecemos por la narración que bautiza al libro: "Este cuento es muy simple aunque hubiera podido ser muy complicado. También: es un cuento inconcluso, porque este tipo de historias no tienen un final". Aquí esta la premisa, la apuesta y la condena. Textos encontrados en los archivos de computadora de Roberto Bolaño, una obra póstuma, revisada por terceros, que busca, sobre todo, a los que deseamos leer aunque sea un poco más de él, criaturas insaciables. Siendo claro: no es un libro para quién se quiera acercar por primera vez a este autor. Eso parece obvio, pero muchas veces la obviedad es lo último que se ve.

Las narraciones están divididas en dos grupos. Por un lado los textos que están completos, que posiblemente eran ya preparación para un esperanzador siguiente libro, posterior a El gaucho insufrible, el cual, de acuerdo a la introducción de su editor, fue entregado por Bolaño como con la conciencia de que el final estaba cerca: "Todo llega, el final del viaje llega" dice en ese tomo de narraciones. Quedaba 2666 como epitafio, como último aliento. Los segundos textos en ese grupo son apenas esbozos, primeras páginas de futuros cuentos que quedaron inconclusos. Al leerlos uno no puede evitar sentir melancolía, un poco de tristeza por lo que pudieron ser. Tampoco se puede evitar ver su capacidad para crear, desde las primeras líneas, excelentes piezas literarias.

Haciendo disección: Están los cuentos que aún pulsando el más puro estilo de Bolaño, pertenecen a un universo propio: "El secreto del mal", "El hijo del coronel", "Crímenes", "Playa" (que ya había sido publicado en alguna revista). Estas historias son las que un lector nóvel pudiera leer con mayor facilidad. Están también las narraciones metaliterarias, textos que funcionaron como conferencias o que simplemente van, más que sobre una historia, como un ensayo narrativo.

Encontramos, por supuesto, los cuentos donde aparece Belano. Aquí los fanáticos tendrán un dejo de nostalgia. Narraciones que nos hablan de la muerte de Ulises Lima (Mario Santiago) o sobre una visita desconocida, tal vez inexistente, a la ciudad de México. Imposible no sonreír con nostalgia. Existen más textos, uno donde aparece Bolaño en vez de su alter ego, también el origen posible de la novela Una novelita Lumpen. Llaman la atención, ya hacia el final del libro, los textos inconclusos que, sin necesidad de que los editores lo remarcarán, dejan en obviedad que eran proyectos aun en construcción.

Tengo que confesarlo: a mí me gusta más el Bolaño cuentista que en sus otras facetas. Aquí es posible que me convierta en objeto de odio, que me lancen piedras, que me condenen al infierno por hereje. Él mismo me llamaría farmacéutico ilustrado, entonces posiblemente me contaría de las grandes batallas contra "aquello", me reeducaría. Tengo mis razones, su capacidad para crear universos consistentes, sus personajes entrañables, la levedad, la fuerza, el humor oscuro que envuelve a sus narraciones.

Creo que aquellos que profesen la religión Bolañesca apreciarán este libro, lo atesorarán, lo aprenderán de memoria. Aquellos que sean detractores, que se confiesen en contra, que ya estén pensando en escupirme apenas terminan estas líneas: abstenerse, el libro podría envenenarlos, poseerlos, perseguirlos en sueños. Los que simplemente se quieran acercar al autor, les indicaría precaución: como en la mayoría de su obra, el conocimiento de otros textos incrementa a este libro, desconozco su impacto sin estas bases, pero se corren dos peligros, el olvido espontáneo o, aun más terrible, la conversión forzosa e involuntaria a la adoración. Siempre hay espacio para un fanático más en este lado del muro.










viernes 1 de mayo de 2009

Literatura + Enfermedad = 2666

por Roberto Cabrera
Taller de Letras, Universidad Católica de Chile. 01.05.2005











En el año 2003, poco después de la muerte de Roberto Bolaño, fue publicado un pequeño volumen de relatos, titulado El gaucho insufrible. Al interior de este libro, incluidos casi como un extra, un acápite de último minuto, aparecen dos conferencias o ensayos. En el primero de ellos, “Literatura + enfermedad = enfermedad” el autor intenta vincular los conceptos de enfermedad, viaje y literatura. Y lo consigue. De la mano de Baudelaire y Mallarmé, Bolaño sostiene una suerte de teoría emanada desde su doble condición de escritor y enfermo terminal.

La propuesta de aquel ensayo resulta clarificadora respecto de 2666, especialmente en lo referido a la importancia del viaje en la constitución de un escritor. Es, por lo demás, un texto acerca de la condición del escritor, tomando en cuenta el (no) modelo de los poetas simbolistas.

La lectura de 2666, arroja una serie de luces y otras tantas sombras, mensajes cifrados que sugieren lazos, correspondencias y afinidades literarias; hoy, sin embargo, nos centraremos en la presencia de la enfermedad como un elemento constitutivo de la narrativa de Bolaño, una directriz que se encarna en el personaje central de la inmensa novela póstuma. El recorrido vital de Benno von Archimboldi reafirma lo dicho por los poetas franceses del siglo XIX: entregado al viaje, se ve sumido en el tedio; arrojado al vacío, encuentra lo nuevo, aunque esto corresponda a un oasis de horror.


Una genealogía enferma

La quinta novela incluida en 2666 es “La parte de Archimboldi.” Lógicamente, encontramos en ella las pistas que nos conducen (con sinuosidad, claro) al autor. Dos elementos resaltan en cuanto al origen del escritor: Sus padres y su país.

Su verdadero nombre es Hans Reiter y es hijo de un cojo y una tuerta cuyos nombres desconocemos. Las particularidades físicas de la pareja progenitora resultan irónicamente funcionales al posterior desarrollo del futuro escritor: el niño Reiter muestra una extraña capacidad para mantenerse bajo el agua y ver a través de ella. De hecho, sus ojos crecen de manera exagerada, haciéndolo ver como un animal anfibio, un tipo que no parece estar cómodo en la tierra ni en la orilla de una playa, sino que encuentra su medio natural mar adentro, en lo profundo. Obsesionado con la realidad subacuática, se especializa en la observación y el catastro de las algas. Años más tarde, parecerá estar condenado a un eterno deambular, a un viaje sin fin ni retorno, un peregrinaje a ninguna parte.

Reiter es prusiano, cuestión que liga su vida al desarrollo de los conflictos bélicos europeos; estos últimos entroncan al protagonista con el mundo de la literatura. La existencia de una nación prusiana comenzará a derrumbarse a medida que el gobierno nazi avance en su anhelado proyecto del tercer Reich. Como le sucede a su país, a Reiter también le son retirados los andamios de su incipiente estructura. Prontamente es retirado de la escuela a insinuación de sus profesores, quienes lo juzgan lejano e incapaz. El día de su temprano retiro de la escolaridad coincide con la llegada de Hitler al poder. Su padre, el cojo, ve en el niño-alga los residuos fantasmales de una Prusia idealizada:

¿Dónde están entonces los prusianos? Me acerco a los roqueríos y miro el Báltico y trato de adivinar hacia dónde se fueron las naves de los prusianos… Solo te veo a ti, tu cabeza que aparece y desaparece, y entonces me siento en una roca y me quedo quieto mucho rato, mirándote, convertido yo también en otra roca, y aunque a veces mis ojos te pierden de vista… no temo por ti, pues sé que volverás a salir, que las aguas nada pueden hacerte. (803)

A pesar de su rudimentaria mentalidad, el cojo parece entender la condición incombustible de su hijo (muy distinta de la suya, mutilado en la Primera guerra) y hacia él conduce un lejano vaho de magra esperanza.

A propósito de la construcción niño-alga, el Diccionario de los símbolos de Jean Chevalier entrega datos que reafirman lo propuesto y que, además, resultan anticipatorios respecto de la trama: “Sumergida en el elemento marino, reserva de vida, el alga simboliza una vida sin límite y que nada puede aniquilar, la vida elemental, el alimento primordial” (Chevalier 75).

Como se observa, Reiter enfrenta desde muy pequeño el problema de la ausencia, de la disolución y la fuerza enorme de lo anónimo. Así, la carencia de un nombre y de vínculos generacionales (el retiro de la escuela supone un distanciamiento de todos aquellos con quienes pudo haber compartido su niñez) se convierten en condiciones inherentes al futuro escritor, sus rasgos distintivos, una marca distinguible incluso en su narrativa. Sus novelas son inclasificables, aunque puedan ser comparadas o relacionadas con algunos estilos o escuelas. El narrador de 2666 es claro al respecto: “…esa novela era parte de una trilogía (compuesta por El jardín, de tema inglés, La máscara de cuero, de tema polaco, así como D’Arsonval era, evidentemente, de tema francés)…” (15).

Así, con la misma sumisión que Prusia es asimilada por la Alemania nazi, Reiter se integra al ejército que esparcirá el caos por buena parte de Europa. En el campo de batalla, el futuro escritor —aparente blanco fácil, gracias a su estatura inconveniente— se mueve entre la incredulidad y la indiferencia. Otra vez, como un alga entregada a los devaneos de las corrientes marinas, Reiter conoce a personas cuya influencia sobre su actuar se hará sentir posteriormente. La misma sumisión de su patria demuestra el ex soldado cuando cambia su nombre al momento de asumir la literatura. Esta decisión es fundamental porque evidencia la capacidad del personaje para adaptarse, para mutar, para sobrevivir en ambientes tan distintos como hostiles:

…entonces el viejo sacó una libreta de un escritorio y quiso saber su nombre. Reiter dijo lo primero que se le pasó por la cabeza.
—Me llamo Benno von Archimboldi.
El viejo entonces lo miró a los ojos y le dijo que no se pasara de listo, que cuál era su nombre verdadero.
—Mi nombre es Benno von Archimboldi, señor —dijo Reiter— y si usted cree que estoy bromeando lo mejor será que me vaya.
(981)

La escasa importancia que el personaje otorga a su nuevo bautizo, contrasta con su afición infantil de memorizar y escribir el nombre de cada alga contenida en el libro que robó desde el colegio. Esta es, en todo caso, una hábil maniobra que le permite (a pesar de lo irrisorio y equívoco de su nueva identidad) distanciarse aun más de todo aquel que lo conozca. La triquiñuela es doblemente eficaz si consideramos que cada oficio, cada espacio, cada nombre asumido por el personaje, lo acerca al modelo de un tipo cualquiera, fundiéndose en la multitud de los rostros tristes y heridos de la Europa de posguerra. Sin saberlo (sin siquiera sospecharlo) alimentará su propia leyenda, diseminando sus huellas sin lógica aparente; a la vez, hará más difícil la tarea a los críticos que se obsesionan por encontrarlo.

Archimboldi podría ser considerado una suerte de emblema de la anomia, si tomamos en cuenta sus nombres y oficios, multiplicados por cada individuo con que se encuentra en los devastados paisajes que recorre. Cabe, en todo caso, hacer una distinción que favorece al dibujo del personaje que construye Bolaño. Si bien es cierto que Archimboldi vive el desarraigo, no es menos cierto que saca partido del mismo, moviéndose subrepticiamente de un espacio a otro, inmune a los males y conflictos que asolan al continente europeo. La misma condición de sujeto anómico que mencionábamos antes, le permite revestirse, reconstruirse, reconstituirse a partir de muchas y diversas fuentes.

Como los cuadros de su casi homónimo Giuseppe Arcimboldo (pintados a partir de trozos, de elementos dispersos, que, en su conjunto, logran una figura), la literatura y la vida de Benno von Archimboldi son una mezcla de partes y personas diversas y contradictorias (Halder, Ansky, Ingeborg, Sammer, Zeller) que, sin embargo, lo enriquecen y le permiten desarrollar una capacidad de camuflaje que impide su encasillamiento o clasificación fija, categórica. Siempre en la línea de la poesía simbolista francesa, Bolaño crea un personaje que hace recordar a Rimbaud en Una temporada en el infierno: “Varias otras vidas me parecían debidas a cada ser”. Archimboldi/Reiter, el hijo de un cojo, recorre toda Europa y México; el hijo de una tuerta ve bajo el agua y desarrolla una visión privilegiada de la literatura y el arte.

Es momento de retomar la propuesta inicial y referirse a la enfermedad que ataca a Archimboldi, el mal del cual es portador, víctima y sobreviviente. En líneas generales (y respetuosas del carácter abierto de la novela y la narrativa bolañesca) podemos decir que el protagonista de 2666 muestra una tendencia a la dispersión, una suerte de disolución constante, un comportamiento ambiguo, dual y equívoco, marcado por una sostenida producción literaria y el sistemático borrado de sus huellas. Este último elemento es particularmente interesante, puesto que todos quienes han tenido contacto físico con el escritor guardan vagos y escasos recuerdos del mismo, acrecentando así la leyenda y cargando de literariedad al personaje.

De hecho, “La parte de los críticos” —primera sección de 2666— termina en un total extravío de los protagonistas respecto del paradero de Archimboldi, aunque Pelletier y Espinoza, atolondrados por el calor santateresiano, manejen una ciega convicción:

—¿Y por qué no lo hemos hallado? —dijo Espinoza …
Eso no importa. Porque hemos sido torpes o porque Archimboldi tiene un gran talento para esconderse.
Es lo de menos. Lo importante es otra cosa. ¿Qué? —dijo Espinoza.
—Que está aquí… Archimboldi está aquí —dijo Pelletier— y nosotros estamos aquí y esto es lo más cerca que jamás estaremos de él.
(206-7)

Quizás si lo que mejor define a la enfermedad de Archimboldi sea la entrega al vacío, una vocación por la huida y la difuminación. Al respecto, es justo destacar que el protagonista recibe la clave de la escritura de boca de un hombre que le arrendará una vieja máquina de escribir:

“La lectura es el placer y la alegría de estar vivo o tristeza de estar vivo y sobre todo es conocimiento y preguntas. La escritura, en cambio, suele ser vacío. En las entrañas del hombre que escribe no hay nada” (983).

Nueva y exquisita paradoja creada por Bolaño: el poseedor de un artefacto, de una máquina de escribir (un tipo que, además, se declara ex escritor) ha llegado al convencimiento —después de ver pasar cientos de dedos golpeando las teclas— que lo competente al escritor es tomar el camino del vacío, atribuirle el mérito a la escritura como una actividad que trasciende a quien la practica. Respecto a esto último, Enrique Vila-Matas (cuya narrativa guarda evidentes vínculos con la de Bolaño) ha declarado hace poco en una entrevista que “escribir es dejar de ser escritor” y que, en los años de descubrimiento de su vocación literaria:

…ni sabía que era preciso renunciar a una notable porción de vida si se quería realmente escribir. Por no saber, ni sabía que escribir, en la mayoría de los casos, significa entrar a formar parte de una familia de topos que viven en unas galerías interiores trabajando día y noche. (Revista de Libros 828)

Volviendo a la doble constitución del personaje central, cabe recordar lo propuesto por el egipcio Ihab Hassan, en el texto Postmodernism, a reader. El crítico intenta caracterizar el posmodernismo, sosteniendo que este se forma mediante dos tendencias: la indeterminación y la inmanencia.

La primera de ellas es un complejo referente al que muchos y muy diversos conceptos ayudan a delinear: ambigüedad, discontinuidad, heterodoxia, pluralismo, revuelta, perversión, deformación. La deformación, asume, de hecho, docenas de términos de uso corriente para referirse al “deshacer.” Lo que acarrea esta conjunción de conceptos es el movimiento de una “vasta voluntad del deshacer que afecta al cuerpo político, al cuerpo cognitivo, al cuerpo erótico, a la psique individual y colectiva, es decir, a toda la corriente del discurso en el occidente” (Hassan 153).

En cuanto a la inmanencia, esta designa a la capacidad de la mente para generarse ella misma en símbolos e intervenir más en la naturaleza. La inmanencia puede ser evocada por términos como difusión, diseminación, comunicación; todos ellos derivados de nuestra condición de seres con lenguaje. La indeterminación y la inmanencia constituyen la contradicción inherente a lo posmoderno, un monstruo bicéfalo que, no obstante, permite hacer funcionar la lógica de lo post (continuación) y lo moderno (la renovación constante).

Lo anterior parece funcionar como un marco de acción para entender el comportamiento creativo de Archimboldi, pero también de otros personajes de la novela, partiendo por los críticos, a quienes se suman Amalfitano y Fate, entregados al desarme y la disolución.


La ruta del contagio

Ya se sabe, la novela está constituida por cinco partes, capítulos o subnovelas, que podrían ser leídas de manera independiente, no obstante la figura de Archimboldi constituye el elemento común a todas. Pues bien, la estructura elegida por Bolaño relaciona 2666 con el Pentateuco bíblico y aunque establecer comparaciones rigurosas entre uno y otro texto amerita un trabajo de muy largo aliento, llaman la atención algunos detalles. En primer término, cabe destacar que el Pentateuco comienza con el libro del Génesis y el escrito, en su conjunto, también está unido por medio de una figura, la de Moisés. La novela póstuma de Bolaño termina con la biografía de Archimboldi (un sobreviviente, al igual que el patriarca bíblico), cuestión que podríamos considerar como el origen de la extensa narración que precede a la última parte.

Otro de los libros reconocibles en el Pentateuco es El Éxodo: el pueblo elegido debe emprender la huida desde Egipto de la mano de Moisés, quien, a su vez, es conducido por los mensajes de Yahvé. Es sabido que, a pesar de la ayuda divina, el viaje adquiere ribetes caóticos, la ruta elegida incluye una estadía en el desierto, además de rebeliones al interior de las tribus y varios momentos de abierta desesperanza, instantes en que parece imponerse la idea del error.

La primera parte de 2666, “La parte de los críticos,” está marcada por el viaje que emprenden Espinoza, Pelletier y Norton tras la dudosa huella archimboldiana, si bien la novela completa está impregnada por un nomadismo absoluto, que trasciende tiempo, espacio e ideologías. La voluntariedad del viaje no necesariamente lo aleja del concepto de éxodo; consideremos que las carreras de los críticos han llegado a un punto entrópico, demostrado en la escasa preparación de sus últimas ponencias en torno a Archimboldi, como bien lo observa el narrador:

…a participación, ya no digamos el aporte, de Espinoza y Pelletier al encuentro ‘La obra de Benno von Archimboldi como espejo del siglo XX’ fue en el mejor de los casos nula, en el peor catatónica, como si de pronto estuvieran desgastados o ausentes, envejecidos de forma prematura o bajo los efectos de un shock. (100)

Al menos aparentemente, la obra del enigmático escritor ya les pertenece (o ellos ya son parte de la obra misma de Archimboldi), tras largos años de estudios y absurdos grados de especialización. Por lo tanto, lo que resta es el abandono de las comodidades, la peregrinación y el encuentro.

Otra coincidencia. Aunque buena parte del viaje se desarrolla por Europa, la búsqueda los llevará —casi por azar— al desierto de Sonora, una amplia y agreste región del norte de México, dentro de la que Bolaño inserta a la ciudad de Santa Teresa. Evidentemente, el hipograma (en términos de Rifaterre) de la tierra prometida se desliza en la trama. La travesía de Moisés y su gente tiene un final acorde a las bendiciones divinas, sin embargo, para Pelletier y Espinoza, el desenlace es del todo abierto. A pesar de concluir sus pesquisas con las manos vacías, es constatable un ánimo cercano al del sobreviviente: ambos intuyen que —a pesar del innegable fracaso de su misión— esta experiencia marca un punto de quiebre en sus vidas y carreras, es un punto de fuga sin retorno.

En cuanto a otros textos del Pentateuco, digamos, por el momento —un trabajo más extenso y específico sería la instancia ideal— que puede plantearse un grado de cercanía en negativo entre el Deuteronomio (una suerte de censo efectuado durante el exilio) y “La parte de los crímenes,” conteo y descripción de los asesinatos registrados en Santa Teresa.

Ahora, apelando una vez más a la intertextualidad, extendemos vínculos hacia otros escritos de La Biblia. Un complejo perfil es el que caracteriza a los críticos: sus rasgos, nacionalidades y comportamientos permiten el establecimiento de varios juegos interpretativos.

El primer elemento dice relación con el número de personajes implicados, cuatro: el francés Pelletier, el español Espinoza, la inglesa Norton y el italiano Morini. Probablemente a causa de su “inestabilidad topográfica”, Archimboldi no es criticado ni seguido por algún especialista alemán. Así, el cosmopolita cuarteto se une en torno a un escritor del que no saben nada, biográficamente hablando. A pesar de este último rasgo, es factible postular una alusión a los cuatro evangelistas, por medio de cuyos escritos se ha tenido acceso a la vida de Jesucristo, al menos a los episodios de interés teológico, claro.

Contra la ignorancia del medio germano y europeo en general, los cuatro estudiosos logran construir un corpus crítico de la obra de Archimboldi, consiguen legitimarlo (en términos de Bourdieu) en el campo de poder de la literatura alemana de posguerra y posicionarlo como un referente. La “misión” de proclamar la (Buena) Nueva archimboldiana está conseguida.

Siguiendo con el elemento numérico, la trama indica que Morini (postrado en una silla de ruedas) está impedido de iniciar la búsqueda, por ello, los peregrinos son tres. La anécdota puede remitir al episodio de los Reyes Magos, los sabios de Oriente que viajan kilómetros para al futuro rey de los judíos. Guardando las evidentes distancias, diremos que el ibérico, el galo y la isleña inician un periplo tras el poseedor de una verdad que consideran clara y categórica.

Se produce acá un nuevo giro, una nueva revuelta textual. Tras establecerse una dinámica sexual tan nociva como inquietante, Liz Norton comprende que su estadía en México es innecesaria y decide volver a Europa, al lado de Morini. Pelletier y Espinoza perseveran y —ya con las naves quemadas— se entregan al descubrimiento del alma santateresiana. Si hemos de continuar la propuesta numérica, el dos presenta variados y diversos referentes dentro del hipograma bíblico, lo que oscurece el camino y acerca al borde de una lectura aberrante. Asumiendo el riesgo, se propone que el español y el francés podrían ser asociados (al menos, tangencialmente) a las figuras de Pedro y Pablo, respectivamente. El primero, más intuitivo, voluntarioso y enérgico en sus formas. El segundo, en cambio, asume un perfil un tanto más culto, riguroso e intelectual; así también son los caminos por los cuales han llegado los críticos al universo archimboldiano.

No obstante sus diferencias, que le permiten al lector imaginar una amistosa, pero definitiva separación, Espinoza y Pelletier coinciden en la importancia prioritaria que otorgan al eventual encuentro con Archimboldi.

Independiente de la lectura anterior, hay que considerar la manera en la que Bolaño presenta a los críticos y el medio en el que se desempeñan. La ácida ristra de críticas al sistema universitario y al campo literario europeo, se manifiesta en la caracterización de las casas de estudio (“fábricas de atorrantes ”) o en el pulular de personajes tan sórdidos como el decano Guerra y su hijo.

Mención aparte para los protagonistas, quienes, a pesar de su intelectualidad de alto vuelo, se muestran obnubilados con la figura legendaria del escritor; finalmente esta obsesión los convierte en otro grupo de europeos que viajan a América atraídos por el mito. En el inicio, se planteó la idea de la enfermedad como directriz narrativa en 2666; pues bien, los críticos no escapan a ella, muy por el contrario, en búsqueda, se entregarán a la duda y a la experimentación, sacrificando su aparente bienestar europeo.

A muy poco andar, se asume que el cuarteto muestra carencias afectivas achacables a sus carreras profesionales y a la escasa importancia que le atribuyen a ese tema. Lo cierto es que la afinidad literaria que los lleva a conocerse, encontrarse e intercambiar trabajos en congresos, deviene en amistad. En la obra de Bolaño, este vínculo es siempre complejo y relativo; las relaciones de amistad son también instancias para el cruce y la definición de identidades. Entre los críticos —particularmente entre Pelletier y Espinoza— se fija un lazo similar al de Belano y Lima en Los detectives salvajes; utilizando la misma imagen del autor, diremos que el vínculo de la amistad se establece “como una peste”. Así, constituye una marca difícil de borrar y un margen de sufrimiento para cada uno de los involucrados.

Como ya se ha dicho, Pelletier y Espinoza son bastante similares: solteros enfrentados a una cuarentena que los hace ver esquivos, no obstante sus viajes y participaciones. El fantasma de la misantropía visita con frecuencia las oficinas y cuartos de hotel de los críticos. Hacia el final de la mencionada primera parte, el francés y el español mostrarán algunos rasgos de sus enfermedades: afectivamente neutro, Pelletier se sume en la lejanía y su figura se ve reducida por la fallida búsqueda de Archimboldi. Espinoza, en tanto, dirige (más bien desvía) sus afectos a una adolescente santateresiana, en una clara muestra de su nula educación sentimental.

En cuanto a los males de Norton y Morini, estos presentan un doble nivel: Norton evidencia rasgos depresivos, conducidos mediante un alcoholismo que la lleva a cometer actos inconscientes; el más celebre para la novela es el menage a trois con Pelletier y Espinoza. Los rasgos anteriores delatan su condición de abandono y soledad extrema. De Morini, sabemos que necesita una silla de ruedas para poder desplazarse y es esta misma herramienta la que lo aísla del trío restante en su peregrinación por Europa. Mayor que el resto, el italiano es un tipo introvertido, casi un asceta cuya opinión de la obra de Archimboldi es muy positiva, pero dista del entusiasmo que manifiestan sus compañeros.

Aparentemente, entre Pelletier, Espinoza y Norton, existe un nexo que los acerca a la sordidez y la oscuridad, a cierto ambiente violento en su forma y fondo. El trío está abierto al vacío, al viaje; ese desplazamiento (que es también afectivo, literario, idiosincrásico) los llevará a violar los límites de una convivencia civilizada. Previo al ya nombrado encuentro sexual de los críticos, ha habido un hecho violento en las laberínticas calles de Londres:

…rebalsó, y con creces, la paciencia de Espinoza, el cual, al tiempo que bajaba, abrió la puerta delantera del taxi y extrajo violentamente de este a su conductor, quien ni esperaba una reacción así de un caballero tan bien vestido. Menos aún esperaba la lluvia de patadas ibéricas que empezó a caerle encima, patadas que solo le daba Espinoza, pero que luego, tras cansarse este, le propinó Pelletier, pese a los gritos de Norton que intentaba disuadirlos… (103)

La paliza de los críticos al taxista paquistaní va acompañada de expresiones racistas y reclamos culturales, dibujando un conjunto grotesco, cuyo resultado ellos mismos relacionan a una instancia erótica. La escena —todo un homenaje a Donoso en El lugar sin límites— es sintomática respecto de la inconveniencia del trío. Aunque Norton viajará a Sonora junto a sus amigos, pronto comprenderá que necesita la estabilidad y quietud de la silla de ruedas del italiano; no hay posibilidad de viaje para ellos, el salto al vacío es tarea de otros.

La enfermedad de la disolución, del vacío y la dispersión atrapa también a los críticos, quienes, al viajar a Sonora, extenderán el contagio o conocerán otras manifestaciones del mal.

El contacto de los europeos en México es Óscar Amalfitano, un profesor chileno residente en Santa Teresa producto del exilio. Consecuentemente, es un tipo cuyo desarraigo es evidente y total y que se combina con un incipiente estado de locura y paranoia, manifestado en apariciones fantasmales y el miedo a que su hija adolescente (dulce resabio de una horrenda relación con una mujer de desequilibrada personalidad) termine engrosando la lista de mujeres salvajemente asesinadas.

Amalfitano entra en el camino de Archimboldi a través de la traducción que ha hecho de una de las novelas del prusiano. La permanencia del profesor en México responde a la creación de un inestable microcosmos en el que conviven incontables nombres literarios (que Amalfitano se esmera en unir de acuerdo a intrincados esquemas), paisajes decadentes y una enorme soledad.

El fantasma que lo acosa cada vez con mayor frecuencia enfoca su acción a la pregunta por el origen: el espectro habla primero como el abuelo del protagonista, de nacionalidad italiana, luego, como el padre de Amalfitano. En tales visitas, se manifiesta otro rasgo de la enfermedad de 2666; toda verdad absoluta se difumina, toda certidumbre desaparece, todo constructo se deconstruye. Lo trascendente, las claves de la escritura y del arte en general, no se evidencian, solo se entregan bajo la apariencia de mensajes cifrados. Otras veces —como en el caso de Amalfitano— no se obtiene ni una huella de lo esperado y, por el contrario, el discurso de la revelación se desacraliza:

Y la voz dijo: ¿lo eres?, ¿lo eres?, y Amalfitano dijo no y además negó con la cabeza. No voy a salir corriendo. No será mi espalda ni la suela de mis zapatos lo último que de mí veas, si es que ves. Y la voz dijo: ver, ver, lo que se dice ver, pues francamente no. O no mucho. Ya bastante chamba tengo con mantenerme aquí. ¿Dónde?, dijo Amalfitano. En tu casa, supongo, dijo la voz. Esta es mi casa, dijo Amalfitano. Sí, lo comprendo, dijo la voz, pero procuremos relajarnos. (267)

Además de constituir una señal de locura más o menos clara, los cantinfleados diálogos del profesor con los hombres de su familia lo obsesionan al punto de comenzar la búsqueda de la verdadera cuna de O’Higgins. La pregunta por el origen no tiene (otra vez) respuesta y Amalfitano comprende que su herencia, lo que le ha dejado la tradición familiar no es más que la locura y la paranoia, incluso llevadas a lo intelectual. Esto último se demuestra en el libro de geometría colgado en el famélico patio de la casa. Locura duchampista, insanidad dadaísta, la vía estética al vacío.

En su intento por alejar del peligro a su hija Rosa, Amalfitano la deja en manos de un desconocido, Óscar Fate. Periodista neoyorquino, se ha especializado en el trabajo con las “minorías” étnicas y los barrios duros. Su estadía en Santa Teresa obedece, sin embargo, a criterios muy distintos.

Como Amalfitano, Fate es también un desarraigado. De hecho, “La parte de Fate” comienza con la muerte de la madre del protagonista, un deceso solitario y silencioso, acallado por el devenir citadino. De la lectura, se infiere que Fate y su madre no tenían una relación cercana, a pesar de ello, el fallecimiento afecta al periodista al punto que —tras recibir las cenizas de Edna Miller— se desconcierta y acepta un curioso encargo laboral: cubrir un encuentro boxeril en la lejana Santa Teresa. La orfandad y carencia de identidad del personaje son aceptadas con igual pasividad por el propio Fate y también por el narrador, para quien ambos elementos parecen ser hechos de la causa: “Es hora de volver al trabajo. Con la mano en el pomo de la puerta, se quedó quieto y pensó si no sería conveniente llevarse a su casa el jarrón con las cenizas. Lo haré cuando vuelva, pensó, y abrió la puerta” (304). La trama indica que el citado retorno es, al menos, incierto. De esa forma, Fate deja atrás su primera y original identidad; Quincy Williams. Poco se sabe de este primer nombre, puesto que en su trabajo, todos lo conocen como Fate. A esto se suma el absurdo y circunstancial cambio de giro laboral, que implica pasar del periodismo político al deportivo y, de este, a la investigación policial. Una vez en Santa Teresa y tras constatar la escasa trascendencia de la pelea que debe reportear, Fate se ve atraído por la sórdida lógica que —intuye— lleva a la ejecución de los crímenes; entra en juego la narrativa en clave policial, que será protagonista de “La parte de los crímenes”.

El traspaso de Rosa, desde Amalfitano a Fate, es otra muestra de la continuidad como tema catalizador de 2666, este es un fenómeno que supera la trama, donde una cosa lleva a la otra, o mejor dicho, cada personaje aporta con una pieza del puzzle archimboldiano, aun sin saberlo. La continuidad de la escritura (la continuidad del viaje, de la anomia, del desarraigo) está marcada por los abundantes vínculos entre los propios textos bolañescos, así como con otros referentes de la literatura universal.

Como decíamos, el profesor cede su hija a Fate y, con ello, permite el afianzamiento de la orfandad de los personajes, ambos carentes de madre, de refugio y dirección. Significativa onomástica la elegida por Bolaño: el profesor Amalfitano, en franco camino a la perturbación mental, ve en la llegada del periodista Fate una clara señal del destino (¿destino fatal, destino negro, como la piel del neoyorquino?), un mensaje superior que se encarga de llevar adelante incluso contra la sorpresa de la inédita pareja. El plan diseñado por Óscar Amalfitano contempla el envío de su hija a Barcelona, lejos del alcance del viento y el polvo santateresianos.

Y es que, efectivamente, Santa Teresa se presenta como el eje físico de la enfermedad, donde convergen las líneas de la narración, el punto equidistante para todos aquellos que se han topado con Archimboldi; para el mismo escritor también lo será.

Bolaño atribuye al pueblo (o ciudad, nunca queda del todo claro) una contradictoria dualidad: es la zona con menor cesantía de todo el país, pero a la vez la tasa de crímenes es muy superior al promedio. Constituida por un conjunto de fábricas, una serie de poblaciones o colonias y rodeada de cerros baldíos y basureros municipales y clandestinos, no parece existir un centro en Santa Teresa; solo la universidad muestra una apariencia que, si bien es absurda e irónica —en medio del desierto, un centro de estudios dedicado a las humanidades— se aleja un tanto de la inmundicia circundante.

Una lectura rápida permite evocar a Pedro Páramo y una Comala infernal, un sitio donde la muerte omnipresente marca a todo aquel que llega. Dicho sea de paso, Rulfo también podría ser considerado una víctima de la enfermedad de 2666: la disolución de su escritura, el desarme de su identidad. Citando a Vila-Matas en Bartleby y compañía, diremos que Rulfo es un “escritor del No”.

Retomando el análisis, cabe preguntarse qué atrae a tan numerosas y diversas personas a esta suerte de Comala posmoderna, donde todos perciben la muerte y la violencia, pero no se logra identificar a los agentes del mal. Evidentemente, la respuesta no es categórica, no obstante, hay algunos elementos que permiten la especulación. Como ciudad fronteriza, Santa Teresa permite el constante tránsito de aquellos que no encuentran espacio ni en un lado ni en otro, tránsfugas cuyas identidades son falseadas hasta la rutina; en buenas cuentas, sobrevivientes.

La conformación del lugar y la aparición de la ola de crímenes dan cuenta de una vasta voluntad del deshacer, como bien define Hassan, lo que lleva a presentar a Santa Teresa como el reducto del desarme estructural.

Un elemento evidente es la deshumanización marcada por los crímenes sobre mujeres; jóvenes y solitarias empleadas de las maquiladoras, muchas veces sin vínculos familiares directos o formantes de círculos íntimos violentos. La disolución del componente humano se ve apoyada en la abundancia de detalles narrados, propios del ambiente forense y policial, es tanto el énfasis en este punto que, tras un primer acercamiento al texto, suele perderse la cuenta de mujeres asesinadas; otra vez las identidades son puestas en cuestionamiento. A lo anterior debe agregarse la duda en torno a ¿el asesino?, ¿los asesinos?, una pregunta que no obtiene respuesta satisfactoria con el encarcelamiento de Klaus Haas, excéntrico sobrino de Reiter/Archimboldi.

Los cadáveres aparecen con frecuencia en medio de los basurales que socavan las febles bases de la ciudad. Mezclados, mimetizados con los desechos productivos generados por las maquiladoras, los despojos femeninos van marcando especies de hitos geográficos, rutas por donde la muerte —una muerte silenciosa, cómplice y salvaje— pasa y se queda, acechando.

La Santa Teresa de Bolaño —como la santa de Ávila— está siendo traspasada en su corazón por una fuerza que aparenta superioridad. Transverberación negativa, distante de la mística religiosa, el proceso que afecta al nicho sonoriano conduce a la creación de un auténtico oasis de horror en medio de un desierto de tedio.

La ciudad-eje de 2666 funciona como un imán de la muerte y la descomposición: narcotraficantes, boxeadores decadentes, policías que duramente logran diferenciarse de los delincuentes, estudiosos desorientados, psicópatas. La gama de tipos humanos es tan amplia como espeluznante. Es más, el miedo supera la categoría de sensación, para convertirse en un rasgo idiosincrásico, un carácter a estudiar. Esto es lo que sucede con la doctora Elvira Campos, a cargo del hospital psiquiátrico del pueblo, quien, en conversación con el policía Juan de Dios Martínez, realiza un acabado catastro de las formas del miedo:

O la ginefobia, que es el miedo a la mujer y que lo padecen, naturalmente, solo los hombres. Extendidísimo en México, aunque disfrazado con ropajes más diversos. ¿No es exagerado? Ni un ápice: casi todos los mexicanos tienen miedo de las mujeres… Pero las peores fobias, a mi entender, son la pantofobia, que es tenerle miedo a todo, y la fobofobia, que es el miedo a los propios miedos. ¿Si usted tuviera que sufrir una de las dos, cuál elegiría? La fobofobia, dijo Juan de Dios Martínez. Tiene sus inconvenientes, piénselo bien… si les tiene miedo a sus miedos su vida se puede convertir en una observación constante del miedo, y si estos se activan, lo que se produce es un sistema que se alimenta a sí mismo, un rizo del que le resultaría difícil escapar, dijo la directora. (478,9)

Santa Teresa parece ser un excelente caldo de cultivo para el crecimiento de tales enfermedades y otras variedades. De hecho, la pantofobia y la fobofobia pueden resumir el carácter de quienes viven en la ciudad: Amalfitano y el miedo a los fantasmas, a las sombras, a él mismo; los policías y el miedo a descubrir la verdad acerca de los crímenes.


El ¿desenlace?

Una constante en la narrativa bolañesca es, sin duda, la continuidad de la escritura, la concatenación (muchas veces inesperada) de las subhistorias, el diálogo entre los textos. Pues bien, las páginas finales de 2666 reafirman esta característica; en estricto rigor, hablar de las páginas “finales” de la novela constituye un abuso del adjetivo, por cuanto la secuencia sitúa a Archimboldi presto a iniciar un nuevo e ineludible viaje, uno que se hará sobre sus propias huellas, ésas que él y el azar se han esmerado en borrar y que, sin embargo, están allá, latentes.

El abierto final de la novela plantea también un choque de universos: el de Reiter y el de Archimboldi. Es más, la conversación que mantiene el protagonista con su hermana delata la incomodidad de quien ha sido otro (y otros) durante largo tiempo, sin necesidad —hasta ese momento— de volver atrás.

El desenlace es también una pregunta para el narrador de 2666, Arturo Belano (según apuntes de Bolaño encontrados por el editor Ignacio Echevarría). La búsqueda parece haber concluido, pero —tal como ocurre en Los detectives salvajes y el fatídico encuentro con Cesárea Tinajero— un viaje lleva a otro. Probablemente, Belano (como Baudelaire) siempre esté atento al deslizamiento, al viaje eterno, al inexorable salto al vacío en busca de lo ignoto, lo nuevo.








martes 28 de abril de 2009

He vuelto a ver a mi padre

por Roberto Bolaño


para León Bolaño



La historia comienza con la llegada del sexto enfermo,
un tipo de más de sesenta, solo, de enormes patillas,
con una radio portátil y una o dos novelas de aquellas
que escribía Lafuente Estefanía.
Los cinco que ya estábamos en la habitación éramos amigos,
es decir nos hacíamos bromas y conocíamos
los síntomas verdaderos de la muerte,
aunque ahora ya no estoy tan seguro.
El sexto, mi padre, llegó silenciosamente
y durante todo el tiempo que estuvo en nuestra habitación
casi no habló nadie.
Sin embargo una noche, cuando uno de los enfermos se moría
(Rafael, el de la cama nº 4)
fue él quien se levantó y llamó a las enfermeras.
Nosotros estábamos paralizados de miedo.
Y mi padre obligó a las enfermeras a venir y salvó al enfermo
de la cama nº 4
y luego volvió a quedarse dormido
sin darle ninguna importancia.
Después, no sé por qué, lo cambiaron de habitación.
A Rafael lo mandaron a morir a su casa y a otros dos
los dieron de alta.
Y a mi padre hoy lo volví a ver.
Como yo, sigue en el hospital.
Lee su novela de vaqueros y cojea de la pierna izquierda.
Su rostro está terriblemente arrugado.
Aún lo acompaña la radio portátil de color rojo.
Tose un poco más que antes y no le da mucha importancia a
las cosas.
Hoy hemos estado juntos en la salita, él con su novela
y yo con un libro de William Blake.
Afuera atardecía lentamente y los coches fluían como
pesadillas.
Yo pensaba y pensaba en mi padre, una y otra vez,
hasta que éste se levantó, dijo algo
con su voz aguardentosa
que no entendí
y encendió la luz.
Eso fue todo. Él encendió la luz y volvió a la lectura.
Praderas interminables y vaqueros de corazones fieles.
Afuera, sobre el Monte Carmelo, pendía la luna llena.




en La universidad desconocida, 2007




Fotos: León y Roberto Bolaño, la Nochebuena de 1976








jueves 23 de abril de 2009

Juegos borgeanos en Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño

por Jorge Mario Sánchez










“En Sevilla, en el congreso (…) que terminaría por ser su última aparición pública, un escritor joven se acercó a Bolaño, el maestro indiscutible, el sabio y el aeda, y le preguntó con ingenuidad y veneración y respeto qué consejo podía darles a los escritores jóvenes, no sólo a quienes estaban allí reunidos para escuchar sus profecías, sino a los escritores jóvenes de todos los países y de todas las épocas. Y Bolaño, que siempre buscaba desconcertar a sus interlocutores –y en especial a los críticos– respondió algo como esto: les recomiendo que vivan. Que vivan y sean felices”.

Jorge Volpi, “Bolaño, epidemia”




1. Fragmentación y nomadismo

Los detectives salvajes, novela insigne de Roberto Bolaño, está construida a partir de una inquietante multiplicidad de relatos y de voces. Las vidas agujereadas de sus dos protagonistas, los poetas real visceralistas Arturo Belano y Ulises Lima, son siempre contadas por terceros, por narradores/personajes que entran y salen de la novela y que relatan sus encuentros y desencuentros con ellos, el impacto que tuvieron en sus vidas, la manera como los percibieron. Pero estos narradores nunca se limitan al recuento de las peripecias de los dos poetas: siguen adelante con el relato de sus propias historias hasta llegar, la mayoría de las veces, al momento en que están siendo entrevistados por el compilador oculto y casi nunca nombrado. Por lo tanto, cada uno de los relatos tiene su génesis específica en un pasado cualquiera, y sigue una línea argumental que puede extenderse más allá de la novela.

La estructura de Los detectives salvajes no es circular: es abierta, arbórea, rizomática (las raíces penetran en un pasado que no es común y las ramas se extienden a lo lejos, más allá del campo de visión). En vez de una operación de llenado, al avanzar con la lectura lo que ocurre es un vaciado: los espacios en blanco crecen hasta límites intolerables (apuntan hacia el infinito), y por lo tanto el lector-detective (el perseguidor de Lima y Belano) descubre que nunca podrá completar el rompecabezas, que hay piezas que sobran y ante todo piezas que faltan. Ulises Lima y Arturo Belano son, al finalizar la novela, un misterio aun mayor que al momento de iniciar la lectura.

En este entramado de Los detectives salvajes encontramos resonancias de esos descabellados sistemas de composición novelística que Borges propone en algunos relatos de su libro Ficciones, entre ellos “El jardín de senderos que se bifurcan” y “Examen de la obra de Herbert Quain”. En este último el narrador nos presenta a un escritor, Herbert Quain, quien concibe su novela April March como un verdadero juego:

Yo reivindico para esta obra, le oí decir, los rasgos esenciales de todo juego: la simetría, las leyes arbitrarias, el tedio. (…). Trece capítulos integran la obra. El primero refiere el ambiguo diálogo de unos desconocidos en un andén. El segundo refiere los sucesos de la víspera del primero. El tercero, también retrógrado, refiere los sucesos de otra posible víspera del primero; el cuarto, los de otra. Cada una de esas tres vísperas (que rigurosamente se excluyen) se ramifica en otras tres vísperas, de índole muy diversa. La obra total consta, pues, de nueve novelas; cada novela, de tres largos capítulos. (El primero es común a todas naturalmente). De esas novelas, una es de carácter simbólico; otra, sobrenatural; otra, policial; otra, psicológica; otra, comunista; otra, anticomunista, etcétera. (…). Quain se arrepintió del orden ternario y predijo que los hombres que lo imitaran optarían por el binario (…) y los demiurgos y los dioses por el infinito: infinitas historias, infinitamente ramificadas. (1)

El lector tiene la impresión de que Bolaño, en Los detectives salvajes, intenta, o por lo menos esboza, el sistema de los demiurgos previsto por Borges. Sin embargo, el método de Bolaño, a diferencia del de Quain, no es regresivo. Seguiría en general un orden cronológico, ya que al avanzar la novela el presente en el que se efectúan las entrevistas por parte del periodista anónimo avanza también (excepto la entrevista a Amadeo Salvarrieta, con la que retornamos siempre a enero de 1976, y el diario de Juan García Madero, fechado entre finales de 1975 y principios de 1976, y que merece un análisis aparte). No obstante, el relato de cada uno de los entrevistados (narradores) retrocede en el tiempo una y otra vez, y la amplitud de su pasado depende de su edad en el presente del narrador. Constantemente avanzamos y volvemos atrás, y no encontramos en Los detectives salvajes un único punto en el cual desemboquen las historias, sino múltiples puntos, cada uno con un pasado específico.

Tomemos unos ejemplos: a la temporada que pasó Arturo Belano como guarda de un camping en España llegarán varios narradores, a veces casi imperceptiblemente (relato de Mary Watson, quien nunca se refiere a Belano por su nombre) y a veces de forma evidente (relato de Xosé Lendoiro), pero estos relatos no culminan en este punto, siguen de largo dejando a Belano atrás. La estancia en Israel de Ulises Lima será referida por distintos narradores y será un evento central en el relato de unos y accesorio en el de otros. El duelo entre Belano e Iñaki Echavarne será visto y narrado por Susana Puig, Guillem Piña y Jaume Planells, cada uno desde su propia óptica y con una intencionalidad específica. La creación del movimiento poético realismo visceral será parte central de algunos relatos (como en el diario de García Madero), y en otros será un evento casi sin importancia…

De lo anterior podríamos inferir que, de forma global, Los detectives salvajes carece de centro. Pero esta ausencia de centro es aparente y sólo nos percatamos de ello hacia el final de la novela, cuando se nos revela el resultado de la búsqueda por parte de Lima y Belano de Cesárea Tinajero, la poeta estridentista de los años 20 en el México posterior al triunfo de la Revolución, fundadora original del realismo visceral y quien era el faro ausente que iluminaba las ansias poéticas de los dos protagonistas. Cesárea Tinajero es la razón por la cual Bolaño nos hace regresar una y otra vez al relato de Amadeo Salvarrieta (que gira en torno al origen de esta poeta), y por la cual hace énfasis en el diario de Juan García Madero, que refiere, en sus últimas páginas, el decepcionante encuentro de Lima y Belano con la poeta en el pueblo de Villaviciosa, en el desierto mexicano, en el año de 1976:

Cuando llegamos sólo habían (sic) tres lavanderas. Cesárea estaba en el medio y la reconocimos de inmediato. Vista de espaldas, inclinada sobre la artesa, Cesárea no tenía nada de poética. Parecía una roca o un elefante. Sus nalgas eran enormes y se movían al ritmo que sus brazos, dos troncos de roble, imprimían al restregado y enjuagado de la ropa. Llevaba el pelo largo hasta casi la cintura. Iba descalza (…). Los ojos de Cesárea eran negros y parecían absorber todo el sol del patio. Miré a Lima, había dejado de sonreír. Belano parpadeaba como si un grano de arena le estorbara la visión.(2)

Ese mismo día Cesárea muere asesinada en un fuego cruzado entre los poetas y los matones que los han estado persiguiendo desde el D.F. a ellos y a Lupe, la prostituta que los acompaña. A partir de este momento Lima y Belano inician su huída permanente, el vagabundeo que los llevará a recorrer Europa, África y el Medio Oriente, y que será relatado por la mayoría de narradores cuyas voces forman el apartado central de la novela, titulado “Los detectives salvajes (1976-1996)”.

Este nomadismo constante, tanto físico como ideológico, de Ulises Lima y Arturo Belano (y de la mayoría de personajes de la novela) es sin duda característico del hombre contemporáneo, que se percibe a sí mismo como un ser fragmentado y caótico tras la crisis de la modernidad, tras el derrumbamiento de las grandes utopías y de las ideologías totalizantes. Zigmunt Bauman, en su libro Amor líquido, plantea un paralelismo inquietante entre los refugiados o desplazados, condenados a huir de sus lugares de origen debido a la violencia y a la persecución de las que son víctimas, y los “trotamundos” de las clases altas, consumistas desaforados, nómadas en búsqueda perpetua de placer y emociones fuertes; y los sitúa, a unos y otros, como estandartes de una tendencia global de los últimos años. “El atributo común a los refugiados y los trotamundos es la extraterritorialidad”, nos dice Bauman: “no pertenecen verdaderamente a ningún lugar, están “en” sin ser “de” el espacio que ocupan físicamente”. Y más adelante:

las nowherevilles de los campos de refugiados cerrados, así como los hoteles de paso de los hombres de negocios supranacionales que viajan libremente, bien podrían ser las cabeceras de playa de la avanzada de la extraterritorialidad, o (según una perspectiva más amplia) los laboratorios donde se experimenta bajo condiciones extremas con la desemantización del espacio, la fragilidad y desechabilidad de los significados, la indeterminación y plasticidad de las identidades y, por sobre todas las cosas, con la nueva permanencia de lo efímero, todas ellas tendencias constitutivas de la fase “líquida” de la modernidad.(3)

En Los detectives salvajes la muerte de Cesárea Tinajero, el ideal de juventud de Lima y Belano, los arroja al escepticismo y a la vagancia. Por eso, es al finalizar la novela que comprendemos que los dos poetas giran alrededor de un vacío, de una ausencia que es Cesárea Tinajero. Ella (su ausencia) es un centro que no existe, un abismo. El psicoanalista francés Jacques Lacan afirmaba que “todo arte se caracteriza por cierto modo de organización alrededor de(l) vacío”. La Cosa lacaniana, ese no-lugar a donde se dirigen todas nuestras pulsiones, todas nuestras búsquedas vitales, “estará representada siempre por un vacío, precisamente en tanto que ella no puede ser representada por otra cosa –o con más exactitud ella sólo puede ser representada por otra cosa”(4). Siguiendo a Lacan, el objeto elevado a la dignidad de la Cosa en Los detectives salvajes sería justamente Cesárea Tinajero.

El arte contemporáneo (y las teorías lacanianas sobre la sublimación son muy dicientes al respecto) es especialmente consciente de ese carácter suyo de organización alrededor del vacío. Esta autoconciencia está presente en Los detectives salvajes tanto en su contenido como en su estructura caótica, fragmentada, donde predominan los saltos temporales y sobre todo espaciales. Al respecto nos dice Andrés Amorós en su Introducción a la novela contemporánea:

Una realidad oscura, contradictoria, exige ser expresada también de una forma oscura, desconcertante. De ahí la dificultad que muchas novelas contemporáneas presentan para el lector medio. Éste no recibe ya un mensaje claramente expresado, sino que es invitado a penetrar en un laberinto sugestivo. Es incompleta la presentación del escenario y los personajes. Éstos actúan muchas veces de forma inconexa o contradictoria. Como en la vida real.(5)

La gran novela contemporánea, aquella que se ha publicado desde comienzos del siglo XX, ha intentado dar cuenta, formal y temáticamente, del carácter descentrado del individuo moderno, de su desarraigo en un mundo que ya no puede explicar completamente sino de forma parcial y relativa. Y, por lo tanto, en esta novela “la misma autenticidad personal, al margen de cualquier código, parece ser ya un recuerdo histórico propio de la época y el talante existencial, mientras que se difunden hoy los valores del juego libre, del ‘carnaval’, del derecho a la inconsecuencia”(6). Estas novelas quieren ser juego, como lo es la obra del Herbert Quain de Borges, y como lo es también la propuesta de Julio Cortázar en Rayuela (por citar un autor que, junto con Borges, ha sido admitido por Bolaño como una de sus grandes influencias) en la que ya desde el mismo título se alude al juego, y que cuenta con una introducción donde se invita al lector a elegir el orden de lectura. En estos casos, como afirma Jaime Alejandro Rodríguez, “el juego elimina la escisión entre sujeto y objeto, sólo admite jugadores no espectadores”(7). Es decir, en obras como Rayuela y Los detectives salvajes no somos simplemente “lectores-hembra” –por usar la definición de Cortázar–, sino jugadores atentos a las reglas del juego y a las apuestas y a las pistas que nos va dejando el contrincante (el autor).


2. Los juegos

Son varios los juegos propuestos por Roberto Bolaño en Los detectives salvajes. El primero, quizás el más evidente, es el rompecabezas narrativo que el lector debe armar (si puede). El segundo nos remite a aquél del personaje de Borges, Herbert Quain, que en su novela April March explora diversos subgéneros: “De esas novelas, una es de carácter simbólico; otra, sobrenatural; otra, policial; otra, psicológica; otra, comunista; otra, anticomunista, etcétera”. La exploración y la parodia de los géneros narrativos fueron intentadas por el mismo Borges en sus cuentos para, justamente, proponer universos muchos más amplios que los percibidos en la superficie de sus historias. Así, en cuentos en apariencia realistas o directos como “Emma Zunz” o “La intrusa” podemos encontrar trasfondos similares a las de un relato fantástico como “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, en lo que concierne a la incapacidad del lenguaje para apresar la realidad, y, por ende, en la necesidad de reconstruir una realidad posible a partir de los relatos, de la ficción. Ya lo decía Ricardo Piglia en su “Tesis sobre el cuento”, donde afirma que todo cuento siempre cuenta dos historias, una evidente y otra oculta: “Para Borges, la historia 1 es un género y la historia 2 es siempre la misma. Para atenuar o disimular la monotonía de esta historia secreta, Borges recurre a las variantes narrativas que le ofrecen los géneros”(8).

Si revisamos algunos de los géneros de la novela del siglo XX planteados de forma acertada por Amorós en su Introducción a la novela contemporánea(9), encontramos que muchos de éstos son abordados, ensayados o parodiados en Los detectives salvajes:

Novela psicológica: en relatos como el de Xosé Lendoiro (las transformaciones que se operan en él –siniestro abogado que usa su dinero para ponerse a sí mismo el mote de “poeta”– antes y después de conocer a un verdadero poeta como Belano); en la caída en la locura de Joaquín Font; en los relatos muy introspectivos hechos por Mary Watson y por Edith Oster; y, sobre todo, en el diario de Juan García Madero, una novela de iniciación en sí misma, en donde se nos detalla el descubrimiento, por parte del narrador, de la poesía, el sexo, el amor, la propia vocación y, sobre todo, el desencanto. Sin embargo, debemos tener en cuenta que en estos y otros relatos el análisis psicológico, tal como nos lo dice Amorós, “conoce sus limitaciones, no cree poder explicarlo todo. Sabe hacer referencia a motivos de tipo irracional”. El lector que intente comprender o explicar lógicamente el comportamiento de, por ejemplo, Ulises Lima, Joaquín Font o Heimito Künst, encontrará perplejidad y frustración.

Novela simbólica: Los detectives salvajes es también novela simbólica en el sentido de que “existe una ‘gran verdad’ oculta que significa la solución a todos nuestros problemas; que es, en suma, nuestra salvación. Novela simbólica es la que intenta acercarse a esa gran verdad”. En buena parte de la obra, sobre todo en el diario de Juan García Madero y en la narración de Amadeo Salvarrieta, Cesárea Tinajero es símbolo, oculta tras su figura esa “gran verdad” de la que habla Amorós, y que puede ser equiparada a la poesía, a la verdadera poesía, esa “palabra que atraviesa ilesa los dominios de la nada (o del silencio o de la otredad)”(10). O, como dice el propio Bolaño en alguna parte, esa poesía que es “saber meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío”(11). Así, en una novela que trata, entre muchas otras cosas, de la búsqueda poética o literaria, hallamos esa universalidad de la que habla Amorós, que está presente en toda obra maestra y que es el sentido último de lo simbólico: “Por eso toda gran novela es algo simbólica de la condición humana”.

Novela policíaca: el diario de Juan García Madero, sobre todo el apartado “Los desiertos de Sonora (1976)”, es, entre otras cosas, una parodia de novela policíaca en donde el misterio a resolver sería el paradero de Cesárea Tinajero. El recuento de estas pesquisas cumpliría con algunas de las características que Amorós establece respecto al género: “La novela policíaca tiene un carácter fuertemente cerebral. Significa la resolución de un problema, casi de un crucigrama. Psicoanalíticamente, está ligada al tema del laberinto o de la búsqueda peligrosa, en el que algunos ven la expresión literaria del complejo de Edipo”(12); “sigue el orden del descubrimiento, como una arquitectura piramidal”; “es también novela saturada de humanidad sufriente: recurre para ello al honor, la crueldad, el sexo…”. Incluso podemos ver en la definición del detective de la novela contemporánea, que hace Amorós, ciertas similitudes con los “detectives salvajes” Lima y Belano: “en general, ha ido perdiendo toda su brillantez inicial para convertirse en un tipo medio, oscuro, grisáceo, no demasiado diferente de los bandidos contra los que lucha, humanizado por sus pequeñas manías”. Sin embargo, como dijimos arriba, lo que busca Bolaño no es construir una novela policíaca siguiendo las reglas del género, sino parodiarla, ir más allá del simple intelectualismo de muchas obras de este tipo e invertir los lugares comunes. En vez de “reducir lo inexplicable a explicable, lo imposible a posible, lo sobrenatural a natural”, y de “buscar una verdad concreta, fácilmente inteligible”, la conclusión del diario de Juan García Madero nos lleva a un estado contrario: no hay orden sino caos; no hay verdad concreta, sino relativización extrema, fragmentos de verdad dispersos y contradictorios; predomina lo inexplicable, lo imposible, e incluso lo sobrenatural (para citar sólo un ejemplo, basta leer la narración de otro de los personajes de la novela, el chileno radicado en Barcelona Andrés Ramírez, que gira en torno al azar y el destino).

Ciencia ficción: en particular, uno de los relatos de Los detectives salvajes encajaría en este género. Es una narración de Felipe Müller que comienza con esta advertencia: “Estoy casi seguro que esta historia me la contó Arturo Belano porque él era el único de entre nosotros que leía con gusto libros de ciencia ficción”(13), y en la que encontramos algunos clichés del género, desde experimentos científicos hasta clonaciones ad infinitum.

Novela de iniciación: en el diario de García Madero encontramos aquella novela intelectual conocida como “Bildungsroman o novela de desarrollo”, que, según Amorós, “trata de la maduración intelectual, moral, espiritual o artística del joven protagonista”. Esta “maduración” no sólo la encontramos en García Madero, sino también en los dos poetas protagonistas, Ulises Lima y Arturo Belano. Es una maduración que, sin duda, concluye en desencanto y en un sentimiento de fracaso, pero también en aceptación de la vida con todas sus complejidades. Dice Bolaño: “Yo soy de los que creen que el ser humano está condenado de antemano a la derrota, a la derrota sin apelaciones, pero hay que salir y dar la pelea y darla, además, de la mejor forma posible, de cara y limpiamente, sin pedir cuartel (porque además no te lo darán), e intentar caer como un valiente, y eso es nuestra victoria”(14).

Novela política: Los detectives salvajes es también una novela política que, no obstante, evita un discurso ideológico totalizante, y logra evitarlo justamente por su multiplicidad de voces, de puntos de vista, de concepciones sobre la vida (y por ende de concepciones políticas). Hay en ella relatos con un acento político muy marcado, como el de Auxilio Lacouture, que habla del 68 mexicano y latinoamericano y de la toma de la UNAM por parte del ejército para aplacar las revueltas estudiantiles; o la oscura narración de Heimito Künst, sobre el conflicto palestino-israelí. Vemos en Arturo Belano, además, la paulatina desilusión respecto a los ideales de izquierda y la pérdida de fe en la Revolución simbolizada por la muerte de Cesárea Tinajero, lo que daría paso en él al nihilismo político. Esta decepción la encontramos desde el epígrafe de la novela, atribuido a Malcolm Lowry: “–¿Quiere usted la salvación de México? ¿Quiere que Cristo sea nuestro rey? / –No.”(15)

Vitalismo: Uno de los géneros más importantes de nuestro tiempo, para Amorós, es el vitalismo, corriente literaria proveniente especialmente de Norteamérica, y presente en autores como Ernest Hemingway y Henry Miller. La actitud vitalista en Los detectives salvajes la hallamos principalmente en Juan García Madero, seguidor fiel de Ulises Lima y Arturo Belano, y el único poeta real visceralista que los acompaña en la búsqueda de Cesárea Tinajero. No obstante su erudición respecto a las técnicas poéticas, García Madero es un hedonista, algo que contrasta con el marcado intelectualismo de muchos de los narradores de la novela. Desde el diario de este personaje (escrito en “una prosa cortada, sin retórica ni convencionalismos”), pasando por la mayoría de relatos hechos por personajes femeninos y las narraciones del poeta Luis Sebastián Rosado, Los detectives salvajes está impregnada de erotismo, característica fundamental de la novela vitalista de autores como D.H. Lawrence y Miller. En la novela de Bolaño se hace evidente que “lo erótico se vuelve agónico”, para usar la frase de Pedro Salinas citada por Amorós, y en este erotismo encontramos plasmados “la soledad, la angustia, las dificultades de una auténtica comunicación, el deseo de romper nuestras barreras, la nostalgia de una vida más feliz, el choque con la sociedad, el recuerdo, la distancia, la plenitud vital, la esperanza y la desesperanza…”.

Y encontramos que el vitalismo en Los detectives salvajes gira también en torno a la literatura, a la poesía. La vida de sus personajes, sobre todo de Ulises Lima, Arturo Belano y Juan García Madero, se alimenta de la poesía y viceversa. Ricardo Cuadros, en su crítica a la novela de Bolaño, escribe que “la filiación romántica, en tiempos posmodernos, de Roberto Bolaño es aquí evidente: la creación poética no es un ejercicio de salón sino un modo, peligroso, de vida”(16).

Otro de los juegos propuestos en Los detectives salvajes es el intento de una autobiografía en tercera persona y desde múltiples narradores no-omniscientes, algo atípico si tenemos en cuenta que en general las novelas autobiográficas modernas son narraciones en primera persona donde el autor se funde y/o se esconde tras la máscara de su narrador homónimo, tal como lo hicieron durante toda su obra Henry Miller o William Burroughs, o como lo viene haciendo el escritor colombiano Fernando Vallejo. En el caso de Los detectives salvajes, como han admitido tanto los críticos como el mismo autor, Arturo Belano es el alter ego de Roberto Bolaño(17), y en la novela se nos relatan algunos hechos de la vida de éste, desde su estancia en México y la fundación por parte de él y de Mario Santiago (Ulises Lima en la novela) del movimiento poético conocido como Infrarrealismo, hasta su posterior vagabundeo por Europa y África. Pero, como dijimos, en la novela nos encontramos con una estructura que quiebra radicalmente el esquema típico de la autobiografía, al ser registrada la vida de Arturo Belano a partir de fuentes diversas y múltiples puntos de vista. El autobiografiado se convierte, así, en una especie de fantasma, de sombra que va dejando huellas que el lector-detective –que es probable que sepa a priori y a partir de reseñas o artículos de revistas que Bolaño en sus libros se esconde bajo el disfraz de Belano, o que intuya este paralelismo– se encarga de recoger, mientras se pregunta constantemente hasta qué punto el autor da cuenta de hechos reales de su vida, en dónde empieza y en dónde termina la ficción.

Así, por ejemplo, en medio del extenso relato del gallego Xosé Lendoiro, hombre muy rico, abogado y “poeta” que nos cuenta su propia vida, encontramos de pronto: “Entonces, con otro grupo procedente del camping, apareció el vigilante y el grueso de las mujeres, entre las cuales estaba la madre del desaparecido (…). ¿Quién está abajo?, preguntó el vigilante”(18). Y más adelante nos revela la identidad de este “vigilante, al que llamaban El Chileno pues ésa era su nacionalidad”, y quien “descendía de esforzados gallegos y su apellido, Belano, así lo indicaba”(19). Aquí el lector, después de asistir durante varias páginas a un relato en apariencia desconectado del resto de la novela, reencuentra al alter-ego de Roberto Bolaño, y busca atar los cabos sueltos que se han desprendido de las narraciones anteriores. En cierto momento, por ejemplo, nos habíamos enterado ya de que Belano había trabajado un tiempo como vigilante de un camping en España, y de que había sido amante de una estudiante de literatura inglesa llamada Mary Watson. Y revisando los datos biográficos de Roberto Bolaño, descubrimos que él mismo nos habla de este trabajo: “El oficio en el que mejor me he desempeñado fue el de vigilante nocturno de un camping cerca de Barcelona”(20).

El “lector-macho” acepta este juego y se pregunta constantemente: ¿por qué decide Bolaño contarnos apartes de su vida manteniendo una distancia enorme, la que da el hecho que esta vida no la cuente su alter-ego, sino sus múltiples narradores? ¿Por qué ese intento del autor de esconderse detrás de diversas autobiografías ficticias? Pero quizá la verdadera pregunta que Bolaño a través de este entramado nos obliga a hacernos sea esta: ¿no son ficción y realidad, literatura y vida, la misma cosa? ¿No es “literatura” la manera como percibimos nuestras propias vidas, por medio, sobre todo, de narraciones, de relatos?

Robert Musil, en cierto apartado de su colosal novela El hombre sin atributos, publicada en la primera mitad del siglo XX, propone una respuesta:

Se le ocurrió que la ley de esta existencia a la que uno está apegado y en la que se sueña por pura simpleza a pesar de la sobrecarga, no es otra que la ley del orden narrativo, ese orden simple que consiste en poder decir: –‘Al ocurrir esto sucedió aquello’. Lo que nos tranquiliza es la sucesión lisa y llana, la reproducción de la dominadora multiplicidad de la vida en una forma unidimensional, el aislamiento de todo aquello que ha sucedido en el tiempo y en el espacio siguiendo una ilación, el famoso ‘hilo de la historia’ del que deriva también el hilo de la vida (…). Los hombres, en sus fundamentales relaciones consigo mismos, son en su mayoría narradores. No aman la lírica, o sólo en algunos momentos; y cuando en el hilo de la vida se anuda alguna vez el ‘porqué’ y el ‘para qué’ aborrecen toda reflexión que los rebase; les gusta la sucesión bien ordenada de los hechos porque parece una necesidad; y gracias a que su vida les parece un ‘curso’ se sienten amparados de alguna manera en el caos. Ulrich se dio cuenta entonces de que él había perdido el sentido de aquella épica primitiva que la vida privada todavía conserva, aunque públicamente todo se ha vuelto inenarrable y ya no se sigue ningún ‘hilo’, sino que se extiende a lo largo y ancho de una superficie infinitamente entretejida.(21)

La vida sigue siendo una narración, pero para el hombre contemporáneo es una narración caótica, múltiple, inextricable; hay narración, pero no una “sucesión bien ordenada de los hechos”; nuestras vidas son un entramado de relatos que se cruzan y se intersecan; y sólo existimos verdaderamente en los relatos de quienes nos conocen, sólo existimos cuando alguien nos mira, nos escucha o nos recuerda.


3. Literatura y vida

Es mediante los juegos, y sobre todo mediante este constante salto de un género novelesco a otro y su entrelazamiento, que Bolaño crea en Los detectives salvajes un entramado que apunta más allá de las aspiraciones clásicas de la novela tradicional, como si quisiera, de hecho, avanzar un paso más, dar el salto definitivo que equiparará literatura y vida. Esta búsqueda, presente de distintas maneras en un buen número de escritores contemporáneos, ha sido estudiada por las teorías sobre la posmodernidad, y está relacionada con el término “metaficción”. Nos dice Jaime Alejandro Rodríguez que


siendo la autoconciencia un elemento inherente a toda escritura, la metaficción era la forma de expresión más compatible con un estado de cosas en el que se tendía a proclamar que todo era ficción (la posmodernidad): ‘Ya no sólo se trata de la posibilidad de re-presentar el mundo de la ficción, sino de re-presentar el mundo como una gran ficción’.(22)

En este punto volvemos a Borges y uno de sus temas frecuentes: la vida que se equipara a la literatura, la literatura que replantea o absorbe la vida. En su famoso cuento “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, Tlön, un universo autónomo imaginado por los hombres y que aparece referenciado en una enciclopedia escrita por infinidad de autores, termina abriéndose paso en nuestra realidad y adueñándose de ésta. Casi al final del cuento el narrador nos dice:

Manuales, antologías, resúmenes, versiones literales, reimpresiones autorizadas y reimpresiones piráticas de la Obra Mayor de los Hombres abarrotaron y siguen abarrotando la tierra. Casi inmediatamente, la realidad cedió en más de un punto. Lo cierto es que anhelaba ceder. Hace diez años bastaba cualquier simetría con apariencia de orden –el materialismo dialéctico, el antisemitismo, el nazismo– para embelesar a los hombres. ¿Cómo no someterse a Tlön, a la minuciosa y vasta evidencia de un planeta ordenado? Inútil responder que la realidad también está ordenada. Quizá lo esté, pero de acuerdo a leyes divinas –traduzco: a leyes inhumanas– que no acabamos nunca de percibir. Tlön será un laberinto, pero es un laberinto urdido por hombres, un laberinto destinado a que lo descifren los hombres.(23)

¿No es la literatura, en general, un laberinto urdido por hombres, destinado a que sean los mismos hombres quienes lo descifren, y que, para muchos, puede tomar el lugar de la “realidad” –una realidad imposible de abarcar, de comprender en su totalidad, y que por lo tanto tiene fisuras que nos hacen dudar de ella, de su carácter real? ¿No construimos la realidad por medio de signos y de palabras, de discursos, de la misma forma en que hacemos literatura, para poder manejarla, ponerla a nuestro nivel, para poder comprenderla y vivir en ella? ¿Y no es el mundo que percibimos, y sobre todo el mundo contemporáneo, saturado por el consumismo y las imágenes y los sonidos de los medios masivos y de la publicidad, una ficción gigantesca e inextricable?

Nos encontramos, en el mundo contemporáneo, ante “un debilitamiento del principio de realidad, que se manifiesta en la sociedad de la comunicación extendida y de los consumos masivos como una generalización de la ‘fabulación’ o el simulacro”(24). Los autores contemporáneos, y especialmente Bolaño (como queda demostrado en Los detectives salvajes), son concientes de este simulacro, de esta “disolución del principio de la realidad en la ‘vaguedad poética’”(25), y, por lo tanto, buscan aquello que intenta el arte posmoderno, que es conformar “su propia realidad, (…) crear realidad más que imitar lo real”(26). “El cuestionamiento de la diferencia literatura-realidad”, nos dice Jaime Alejandro Rodríguez, “debe considerarse como uno de los puntos de irradiación de la actitud anti-discursiva de los escritores posmodernos, en cuanto conciencia de que todo discurso es construcción de una realidad, es decir, en cuanto conciencia de que toda realidad es formulación, escritura verosímil, verdad arbitraria, literatura”(27). Y como vimos antes, Borges, maestro indiscutible de Bolaño, lo entendió siempre así en sus cuentos y ensayos: la realidad es inasible; las ficciones son simulacros de la realidad que el ser humano necesita para ordenarla y hacerla tolerable.

La “antidiscursividad del arte posmoderno puede también moverse entre dos polos: el silencio, es decir la incomunicabilidad; o la fragmentación, es decir la heteroglosia” (28). Los detectives salvajes es una novela profundamente fragmentada, pero encontramos además que la conciencia del fracaso en la novela y en sus protagonistas está presente de igual forma en el silencio, en los vacíos de las vidas de Lima y Belano que el autor no se preocupa por llenar; en la desaparición final de Belano en África; en el desierto en el que se refugia y muere Cesárea Tinajero; en la desaparición de García Madero en ese mismo desierto en 1976 (29); en la pregunta con la que termina el libro, “¿Qué hay detrás de la ventana?”, seguida del dibujo de un rectángulo hecho con líneas punteadas (es decir, líneas con vacíos) (30).

Conciencia del fracaso que impregna toda la obra de Bolaño pero en la que, a pesar de esto, la vida sigue abriéndose paso por medio de la literatura, que se nos ofrece como tabla de salvación, como impulso vital inextinguible.




Notas

(1) Borges, Jorge Luis. “Examen de la obra de Herbert Quain”. En Ficciones. Alianza Editorial, Madrid, 2005. Ps. 80-82.
(2) Bolaño, Roberto. Los detectives salvajes. Editorial Anagrama, Barcelona. 2006. P. 602.
(3) Bauman, Zygmunt. Amor líquido. Fondo de Cultura Económica de Argentina S.A. Buenos Aires, 2007. Ps. 183-184.
(4) Lacan, Jacques. “El problema de la sublimación: Breves comentarios al margen”. En Seminario Libro 7, La ética del psicoanálisis. Paidós. P. 160.
(5) Amorós, Andrés. “La novela del siglo XX. Mundo inquietante”. En Introducción a la novela contemporánea. Ediciones Cátedra, S.A. Madrid. 1981. P. 52.
(6) Íbid. P. 50.
(7) Rodríguez, Jaime Alejandro. “Encrucijada del sentido”. En Posmodernidad, literatura y otras yerbas. Pontificia Universidad Javeriana, Facultad de Ciencias Sociales – Sociales Virtual. Tomado de
http://www.javeriana.edu.co/Facultades/C_Sociales/Facultad/sociales_virtual/publicaciones/posmodernidad/posmodernidad_fcs.html el 1 de Junio de 2008.
(8) Piglia, Ricardo, “Tesis sobre el cuento”. En
http://www.ciudadseva.com/textos/teoria/tecni/tesis.htm. (Tomado el 10 de abril de 2009).
(9) Amorós, Andrés. Op. Cit. Ps. 109-164. (Todas las citas de Amorós que siguen provienen de este texto).
(10) Bolaño, Roberto. Los detectives salvajes. Editorial Anagrama, Barcelona. 2006. P. 85.
(11) Bolaño, Roberto. “Diccionario Bolaño”. En Herralde, Jorge, Para Roberto Bolaño. Villegas Editores, Bogotá, 2005. P. 101.
(12) Recordemos que el laberinto es uno de los temas que obsesionaban a Borges, y que encontramos también en su discípulo Roberto Bolaño, sobre todo en Los detectives salvajes, cuya estructura laberíntica tiene resonancias con la novela ideada por uno de los personajes de Borges en el cuento “El jardín de los senderos que se bifurcan”.
(13) Bolaño, Roberto. Los detectives salvajes. Editorial Anagrama, Barcelona. 2006. P. 423
(14) Bolaño, Roberto. “Diccionario Bolaño”. En Herralde, Jorge, Para Roberto Bolaño. Villegas Editores, Bogotá, 2005. Ps. 101-102.
(15) Bolaño, Roberto. Los detectives salvajes. Editorial Anagrama, Barcelona. 2006. P. 9.
(16) Cuadros, Ricardo. “La escritura y la muerte en Los detectives salvajes de Roberto Bolaño”. Tomado de
http://www.critica.cl/html/rcuadros_07.html, el 1 de Junio de 2008.
(17) Veamos algunas pruebas de esta afirmación: “Ahora, Ulises Lima (es decir, su gran amigo Mario Santiago, poeta destruido) y Arturo Belano (nuestro querido Roberto Bolaño), los detectives salvajes, ya se han enfrentado a su última pesquisa, the big sleep” (Herralde, Jorge. “Adiós a Bolaño”. En Para Roberto Bolaño. Villegas Editores, Bogotá, 2005. Ps. 24-25). “Bolaño se presenta en algunas de sus obras (como Los detectives salvajes, Amuleto, Estrella distante o el borrador de 2666) como su alter ego, Arturo Belano.” (“Roberto Bolaño”, en Wikipedia, La enciclopedia libre. Tomado de
http://es.wikipedia.org/wiki/Roberto_Bola%C3%B1o el 1 de Junio de 2008). “En alguna conversación, como al pasar, Bolaño se confesó tentado de que Belano acabara como una suerte de eternauta viajando a través del tiempo y transmitiendo desde el futuro. Y digo supuesto alter ego porque me parece que con Belano, Bolaño consiguió algo mucho más interesante que el habitual disfraz que utiliza un escritor para convertirse en personaje”. (Fresán, Rodrigo. El último caso del detective salvaje, en Página/12. En “Arturo Belano”. Wikipedia, la enciclopedia libre. Tomado de http://es.wikipedia.org/wiki/Arturo_Belano el 1 de Junio de 2008.
(18) Bolaño, Roberto. Op. Cit. P. 431.
(19) Íbid. P. 434.
(20) Bolaño, Roberto. “Diccionario Bolaño”. En Herralde, Jorge, Para Roberto Bolaño. Villegas Editores, Bogotá, 2005. Ps. 97-98.
(21) Musil, Robert. El hombre sin atributos, 1. Editorial Seix Barral, S.A. Barcelona, 2006. P. 662.
(22) Rodríguez, Jaime Alejandro. “A modo de genealogía”. Op. Cit.
(23) Borges, Jorge Luis. “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”. Op. Cit. P. 39.
(24) Rodríguez, Jaime Alejandro. “Escrituras de la resistencia”. Op. Cit.
(25) Íbid. “Escrituras del saber”.
(26) Íbid. “Hacia una estética de fuerzas”.
(27) Íbid. “Encrucijada del sentido”. Hago un paréntesis en este punto para recalcar el hecho de que esta percepción de la realidad como simulacro conlleva, según algunas teorías de la posmodernidad, y tal como nos lo dice Jaime Alejandro Rodríguez, un “abandono de la crítica” por parte de los escritores contemporáneos, sobre todo entre los más jóvenes, una aceptación y una pasividad ante el caos del mundo que puede rayar en la banalidad. Pero el mismo Bolaño, en Los detectives salvajes, fustiga irónicamente esta actitud, y lo hace por medio de una de las voces de la novela, el escritor Pere Ordóñez, quien durante la Feria del Libro de Madrid de 1994 nos dice: “Antes los escritores de España (y de Hispanoamérica) entraban en el ruedo público para transgredirlo, para reformarlo, para quemarlo, para revolucionarlo (…). Escribir era renunciar, era renegar, a veces era suicidarse (…). Hoy los escritores de España (y de Hispanoamérica) (…) se comportan como empresarios o como gángsters. Y no reniegan de nada o sólo reniegan de lo que se puede renegar y se cuidan mucho de no crearse enemigos o de escoger a éstos entre los más inermes. No se suicidan por una idea sino por locura y rabia. Las puertas, implacablemente, se les abren de par en par. Y así la literatura va como va” (Bolaño, Roberto. Los detectives salvajes. Editorial Anagrama, Barcelona. 2006. P. 485).
(28) Rodríguez, Jaime Alejandro. “Hacia una estética de fuerzas”. Op. Cit.
(29) “¿Juan García Madero? No, ése no me suena. Seguro que nunca perteneció al grupo. Hombre, si lo digo yo que soy la máxima autoridad en la materia, por algo será”, dice Ernesto García Grajales en 1996, hablando sobre los poetas real visceralistas (Bolaño, Roberto. Op. Cit. P. 551).
(30) Bolaño, Roberto. Op. Cit.. P. 609.