lunes, 5 de noviembre de 2007

Libertad y compasión en el universo Bolaño: Vidas mínimas y azarosas

por Pablo Simonetti
El Mercurio, 24.07.2005
















Adentrarse en la obra del autor de Los detectives salvajes es sumergirse en una minuciosa cartografía de vidas olvidadas y personajes regidos por un destino radicalmente diferente al común de las personas. Un universo compasivo, que termina por convertir sus letras en la salvación de sus lectores.

Mirada desde cierto punto de vista, la obra de Bolaño es la recopilación de las vidas de miles de personajes. La mayoría son personajes que alguna relación mantuvieron con la literatura: poetas, narradores, libreros, vendedores de librerías, profesores de literatura, de filosofía, de lingüística, críticos, periodistas, guionistas, filósofos y matemáticos con aspiraciones literarias, editores, traductores, cuentistas nazis, linotipistas, hasta una mujer que se declara la madre de todos los poetas. Junto a este tipo de personajes vienen otros que alguna relación guardan con ellos: familiares, amigos, cómplices de aventuras, amantes, compañeros de trabajo, automovilistas en la carretera, y tantos otros que terminan de conformar sus cuentos y sus novelas. La mayoría de estos personajes tiene un devenir mínimo y azaroso. Mínimo porque, en general, son gente olvidada, o que ha caído en la desidia, o se dedica a asuntos francamente inútiles para el resto de la sociedad, o pasan por sus cátedras sin pena ni gloria, o se destacan por habilidades que no están bien consideradas por sus congéneres.

Sintiéndonos libres

Si bien en sus dos novelas mayores hay personajes dueños de un halo de superioridad, como la poetisa Cesárea Tinajero y el narrador Benno von Archimboldi, éstos han desaparecido del mapa y son objeto de la búsqueda de estos seres mínimos que ni siquiera tienen una razón muy poderosa para buscarlos.

Y azaroso porque no parecieran responder a un destino, a un sentido de vida. Algunos van detrás de uno de estos personajes míticos, siguiendo pistas más bien dudosas, otros cambian de rumbo sencillamente porque esa mañana sintieron deseos de dejar todo atrás. Los cambios radicales no tienen por lo general una explicación plausible en las novelas de Bolaño. Ni los cambios radicales, ni las actitudes que se acercan al heroísmo ni las conductas autodestructivas o violentas, ni los cambios de humor ni el surgimiento o la extinción del amor, ni nada que la burguesía considere importante. Sus personajes se mueven y no parecieran hacerlo por las razones que lo haría gran parte de la gente.

La obra de Bolaño entonces se transforma en una minuciosa cartografía donde están trazadas las trayectorias de estos personajes, desde el instante en que son percibidas por el radar de su pluma hasta que desaparecen a menudo sin dejar rastros. Mirando estos mapas, nos preguntamos qué ocurre, qué misterio nos atrapa de manera ineludible cuando tenemos, por ejemplo, 2666 en las manos. Cómo se suman o, mejor dicho, se superponen estas vidas en nuestra mente para incentivarnos a seguir leyendo con voracidad creciente. Como si no tuviéramos límites para absorber una vida mínima tras otra.

Quien busca razones que justifiquen un tipo de conducta, no las va a encontrar. Quien busca personajes de una coherencia indiscutible tampoco los va a encontrar. Sólo vemos la estela que va dejando su paso por las páginas. Cada una tiene un color especial y son miles y se entrecruzan y forman un tejido de intrincada trama.

Al mirar estas cartas, podríamos creer que Bolaño, como decimos en buen chileno, le pone con pala. Pienso en Los detectives salvajes y esa cincuentena de historias que se hallan en el centro del texto. La única relación existente entre ellas es la presencia real u ominosa de Arturo Belano o Ulises Lima. Aparte de eso... ¿Qué tiene que ver Luis Enrique Rosado, un profesor de literatura muy atildado que se enamora de un seductor tunante llamado Piel Divina, bisexual, drogadicto, ladronzuelo y dealer que termina muerto a balazos, con el espía nazi que pretende detener el programa atómico israelí o los jóvenes que viajan en una combie a través de Francia con destino a las plantaciones de naranjas en Valencia o el periodista que no le importa morir en Liberia?

Al contemplar el mapa de rutas que empiezan en cualquier lugar y de pronto se interrumpen se puede sentir confusión, que es semejante al miedo, al desorden, a la infiltración de la culpa, al temor al desenfreno, al pavor a desintegrarse; o bien se puede sentir indiferencia, nacida de una incapacidad de encontrar alguna secuencia lógica a esa maraña de curvas, líneas quebradas, dibujadas por una mano en apariencia insegura. O, por último, se puede experimentar asombro. Esto nos ocurre a quienes admiramos a Bolaño.

Si fijamos la vista en la trama, surge de ella una figura tridimensional, o llamas formadas por los filamentos agitados, o un espectro holográfico, o sentimos que nos alzamos del suelo, como si flotáramos, o como si fuéramos de nuevo niños y saltáramos sin miedo a caer sobre esta red firme que forman las trayectorias de los personajes de Bolaño. La red nos sostiene, nos eleva, nos arropa, nos hace reír, nos sirve de hamaca y nos despierta acariciados por mil pares de manos de los mil personajes que han desfilado por algún lugar del mundo novelesco de Bolaño.

Por decirlo en una frase, nos hace sentir libres. Nuestra vida puede ser ésta, la que ahora llevamos, y mil otras; puede cambiar en cualquier momento, es cosa que nos decidamos a hacerlo, o que el azar se cuele en los intersticios de la existencia y cambie el rumbo que alguna vez creímos inmutable. Y cuando surge este relieve que nos llena de asombro, también nos hace sentir leves. Ninguna de nuestras decisiones es tan definitiva o tan trascendental. Y nos hace sentir librados de un destino único y definitivo. Nuestra vida está hecha de circunstancias, no de culpas. De sucesivas posibilidades, no de sucesivos encarcelamientos. De futuro, no de pasado.

La compasión

La novela Los detectives salvajes en cierto modo me cambió la vida, al dejarla proclive a su libre deambular más que obligarla a ser como mis expectativas dictaban que fuera. A ser más bien una curva bella como las que observamos en la naturaleza y no un vector intransigente.

En buenas cuentas, la lectura de sus obras me hizo sentir compasión por mí mismo, y lo digo en el mejor sentido del término, y al notarlo supe que era la compasión que Bolaño sentía por sus personajes. Esas miles de trayectorias entrelazadas se alzan y nos envuelven amorosamente gracias a la compasión del autor. Bolaño no entra en las razones de por qué hacemos las cosas, nos contempla sin emitir juicio, acompañándonos, compadeciéndose. Creo que él mismo se consideró fruto de una carambola del destino, el resultado azaroso de la experiencia, una vida en que una sola convicción permaneció intacta: el valor de la literatura. Y más que una convicción fue un sentimiento: el amor por la literatura. Pero dónde, cuándo, con quién, nunca fueron del todo relevantes.

Esta mirada tiene un especial valor para la sociedad chilena, que ha pensado de sí misma por siglos que cuna y tumba se corresponden, y el camino entre ellas está prefijado. Y no me refiero solamente a cosas de clase: el ya manido encierro entre cordillera y mar nos tiene acostumbrados al anquilosamiento, a vivir rodeados de chilenos, a sentir que nacimos aquí para morir aquí, que nuestro mundo -familiares, amigos, trabajo, incluso prensa, políticos e Iglesia- tiende a no cambiar.

Los personajes de Bolaño no siempre terminan bien, pero no por eso sus vidas dejan de ser valiosas, interesantes, sujeto de ser narradas. Al rescatar estas vidas mínimas y azarosas, Bolaño nos rescata a todos. Nos perdona. La literatura nos perdona. La literatura es la religión de los pecadores, de los escépticos, de los extraviados. La literatura nos salva, ahora, mientras nos movemos aquí en la Tierra.