sábado 21 de febrero de 2009

Juan Garcia Madero: un detective salvaje

por Daniel Salinas
Plagio.cl. 2008



La literatura, como la mujer, ofrece la promesa de una vida nueva. Pero de las dos, la segunda es una mejor apuesta para un joven poeta de poco talento.


Por oposición al modelo Borgeano de iniciación a la literatura –la experiencia del que tiene una biblioteca en su propia casa y desde niño se lanza al solitario e interminable desafío de descubrirla– Juan García Madero (JGM) entra a la literatura en búsqueda de vida social y de sexo. Probablemente se trate de una calculada ironía el que JGM, al iniciarse la novela, sea virgen. El descubrimiento de la sexualidad es el trasfondo del descubrimiento de la literatura: ambas ocurren al mismo tiempo y forman parte de un mismo proceso.

Desde el principio, JGM está como alentado por una vitalidad que su vida anterior no estaba en condiciones de proporcionarle. Viene de una familia que no apoya su insegura vocación literaria y que en vez de Letras lo obliga a estudiar Derecho, una carrera que no le motiva en lo más mínimo. Poco sabemos de la pareja de tíos con la que vive salvo que no son precisamente buenos lectores y que, para todos los fines prácticos, identifican la vida artística con la perdición. En otras palabras, García Madero no tenía a la literatura en su casa y tiene que salir a buscarla afuera: en la universidad, en los bares, en los personajes que pueblan esos espacios, y al entrar a ese mundo cambia de vida: “Antes no tenía tiempo para nada, ahora tengo tiempo para todo”, escribe.

Como casi todo el resto de la patota, decide hacerse realvisceralista sin saber bien de qué va el movimiento y se dice a sí mismo poeta sin haber escrito sino algunos pocos poemas sueltos. Pero al menos ya no está solo: los realvisceralistas le enseñan a leer, a robar libros, a fingirse un lector de envergadura, a no ser tan pelotudo como para parecer “el típico pendejo (perdonen la expresión) que se suicidaba después de leer el Werther”. A ser Alguien, en definitiva.

Pero no sólo eso.

Poco se entendería la exquisita adolescencia del libro si no se reconoce que la energía de lo literario radica, para JGM, en su capacidad para conseguirle mujeres. Como cualquier otra clase de grupo o de rebaño, los de poetas están compuestos por hombres y mujeres que se encuentran: el vínculo que se produce entre ellos, si bien tiene como razón o pretexto la literatura, va más allá de ella. Y por eso el bar Encrucijada Veracruzana o la casa de las hermanas Font pueden ser perfectos reductos de iniciación en la promiscuidad, y también en el amor, o al menos en la emocionante sensación de su inminencia.

Para JGM, en la mujer, al igual que en la literatura, está contenida la promesa de un futuro nuevo. Si la vida tiene que cambiar –dado que el mundo no parece querer hacerlo– tenemos dos opciones: leamos o hagamos el amor. E incapaz de escribir una obra poética pasable, JGM termina yéndose a vivir con una mujer de la que no está enamorado pero con la que obtiene la posibilidad de instalarse en otro lugar, salir a la carretera, enfrentarse a balazos con desconocidos, y hasta desafiar al desierto y a la muerte.

La mujer es todo eso y mucho más, aunque en ciertos momentos también puede ser menos. Porque si uno sigue avanzando en el libro, una idea fija del autor salta a la vista: para quienes han tenido en su juventud la experiencia y la ilusión de la literatura, una vida adulta sin ella se vuelve, por alguna razón, de una pobreza existencial abrumadora. ¿Qué es lo que queda después de la efervescencia creadora de la juventud?

En el fondo la historia de JGM es doble. Por un lado propone a la literatura como una forma de la felicidad: como un camino hacia la felicidad o, más aún, como la realización de la felicidad en una de sus mejores posibilidades.

Por otro lado dice que, claro, inaccesible, como lo es la literatura para un poeta de poco talento, al menos puede servir para descubrir al sexo opuesto. Con lo que el buen JGM vuelve del desierto a hacer su entrada triunfal en otro mundo, menos perfecto pero más real e igual de peligroso.









jueves 19 de febrero de 2009

Roberto Bolaño

Gentileza de Alicia Andares



Roberto Bolaño
Amatlán, Morelos. Muy posiblemente en 1975




Fotografía de Consuelo Karoly








Roberto Bolaño y Bruno Montané

Gentileza de Alicia Andares



Roberto Bolaño y Bruno Montané
Amatlán, Morelos. Muy posiblemente en 1975




Fotografía de Consuelo Karoly








domingo 15 de febrero de 2009

Bolaño a lo bestia

por Paul Viejo
Público.es. 15.07.2008









Todo el mundo sigue hablando de Roberto Bolaño. En lo que respecta al escritor chileno se impone el interés y la necesidad de cualquier información inédita cinco años después de su muerte. Los más jóvenes siguen hablando de él como su mayor influencia. Los estudiosos tienen aún un campo abierto a la investigación de una obra que se sabe trascendente e importante. Incluso sus detractores, que los tiene, lanzan todavía algún que otro ataque a sus libros o a su figura.

Esta siempre fue mucho más polémica, rasgo al que el propio escritor contribuyó con sus opiniones contundentes, que herían a unos y despertaban una sonrisa entre otros. Yo no sé qué pensaría Roberto de la forma y de los contornos que está adoptando su posteridad, afirma el escritor Rodrigo Fresán, pero me parece que el grueso o la mayoría de la gente que admira a Bolaño, lo admira por lo que escribió.


Un maremoto

La publicación póstuma de la novela 2666 y unos años después de su poesía reunida en La Universidad desconocida, hacía evidente que la importancia de Bolaño estaba por crecer todavía más.

Este ha sido el año de su coronación en los Estados Unidos como uno de los fenómenos más importantes. El New York Times y el Washington Post, entre otros, no han dudado en situar The Savage Detectives como uno de los libros claves del año y a su autor como un nuevo beatnik latinoamericano digno de descubrir.

Así, poco a poco se van traduciendo sus novelas; incluso la editorial New Directions ha preparado una antología con sus cuentos más autobiográficos, Last Evenings on Earth. Es previsible que el acelerado proceso de canonización del que Bolaño ha sido objeto produzca una fuerte resaca, dice el crítico Ignacio Echevarría, que fue amigo y también albacea literario del chileno. La obra de Bolaño sabrá resistir, sin duda, como resiste ahora el confuso y poderoso oleaje de su propio mito.

También en España sigue activo el maremoto Bolaño como demuestra una última publicación, de más de 500 páginas, que lleva por título Bolaño salvaje (Candaya).


Desde todos los ángulos

Preparada por los escritores y críticos Edmundo Paz Soldán y Gustavo Faverón, el tomo trata de ser un auténtico prisma desde el que observar al autor en su esplendor. Bolaño Salvaje ha reunido un amplio número de textos que hablaban del autor y que permanecían dispersos en revistas o similares y un buen puñado de trabajos rigurosamente inéditos que cubren las diferentes facetas que hay de interés en el autor de Nocturno de Chile. Textos académicos, como los de Chris Andrews (uno de sus traductores al inglés) o de Cecilia Mazoni (la más temprana de las estudiosas de su obra), demuestran el interés universitario por lo bolañesco.


Personal

Pero para que sea accesible al público interesado, se mezcla con testimonios más personales, como las lecturas primeras de Fernando Iwasaki y su entusiasmo con Llamadas telefónicas y Monsieur Pain, o el de Jorge Volpi sobre la influencia de Bolaño en las generaciones siguientes. Y, por supuesto, las palabras de sus cómplices más cercanos: Fresán, Juan Villoro o Enrique Vila-Matas. Nunca están de más los acercamientos a un escritor, por insistentes que sean, asegura Echevarría. Tanto menos si es de la talla de Bolaño.

A esta importante edición para bolañistas acérrimos le acompaña un buen regalo. El director Erik Haasnoot ha preparado un documental titulado Bolaño cercano que se incluye en formato dvd. En él, las declaraciones de Carolina López, viuda del escritor, y las intervenciones de sus hijos, se suman a las de los citados Fresán, Vila-Matas, Villoro o A. G. Porta, para acercar al público un poco más a la intimidad del autor. Su biblioteca y algunos de los papeles que el autor chileno dejó inéditos se mezclan con poemas recitados y detalles de su vida. Como afirma Paz Soldán en su introducción a este trabajo: El escritor ya no está, quedan su obra y su leyenda. Queda la literatura y el apocalipsis. Es decir, 50 minutos y 500 páginas de Bolaño sin Bolaño.









martes 10 de febrero de 2009

La pesadilla de la historia

por Gonzalo Garcés
Revista Quimera, 2004










Consideremos dos escenas de alta literatura. En la primera un hombre tímido es sorprendido una mañana por dos extraños. Van vestidos del mismo modo y no parecen del todo humanos. Le comunican que está detenido. Después proceden a comerse su desayuno. No nos enfrente, dice uno poniendo miel en su tostada, somos su única esperanza.

Segunda escena: un hombre tímido se apresta a desayunar cuando dos extraños irrumpen. Van vestidos del mismo modo y traen una propuesta que exige discreción. Una propuesta, dicen amenazantes, mientras se comen su desayuno, que nadie puede rechazar. El padre Urrutia Lacroix experimenta una sensación de cosa soñada.

Como nadie ha dejado de notar, la primera escena abre El Proceso de Kafka. La segunda se encuentra en la página 102 de Nocturno de Chile, una de las mejores novelas de Roberto Bolaño.

¿Qué puede hacer el crítico con una aproximación así? ¿Denunciar un plagio? ¿Decir que Bolaño es el Kafka de nuestro tiempo? Eso no tendría el menor interés.

Constatar que un escritor ha reproducido, con un cambio de sentido sutil, una escena famosa, es productivo en la medida en que el antecedente echa luz sobre la obra tardía por sus diferencias. El mundo de Kafka, poblado por homúnculos y vagas amenazas, no es el mundo de Bolaño. Y sin embargo las amenazas vagas, los hombres perplejos y pasivos, la sensación de “cosa soñada” son atributos de Los detectives salvajes, Estrella distante, Nocturno de Chile, cuentos como Últimos atardeceres en la tierra o la totalidad de sus poemas. Con una diferencia: los sueños de Kafka tienen lugar en la eternidad. Los de Bolaño, en la Historia. Mejor dicho, son los sueños (o las pesadillas) de la Historia.

El caso de Nocturno de Chile es extraordinario. En lo referente a la Historia, es el complemento perfecto de Los detectives salvajes. Y, en algunos aspectos, una novela mejor. Los detectives cuenta una errancia de veinte años cuyo origen fue una promesa hecha en sueños. Todo el viaje de Arturo Belano y Ulises Lima, en consecuencia, lleva la estampa de lo irracional, lo gratuito, lo inútil. Pero también lo heroico. Belano y Lima nunca fueron dueños de su destino. Pero su aceptación de las fuerzas de la Historia, su generosidad para responder a la llamada, los redimen. Todo terminará en la perplejidad, pero esos detectives completan su odisea intactos.

Si ése es el sueño, Nocturno de Chile es la pesadilla. Urrutia Lacroix es el hombre que dice no. El hombre que se queda en casa. “Soy un hombre razonable”, repite. “Siempre he sido un hombre razonable”. Alguien sugirió a Bolaño que Urrutia era un lobo por contraste con corderos como Belano o Auxilio Lacouture. Bolaño matizó. El problema de Urrutia no es su maldad, sino su pusilanimidad. Empeñado en negar lo irracional de la Historia, Urrutia se convierte en el peor de sus productos: el cómplice que se ignora.

Volvamos a Kafka. Como Borges señaló, el tiempo en Kafka no progresa. ¿Por qué? Porque la meta se aplaza sin cesar. Eso no impide que los personajes envejezcan y mueran. Es decir que el tiempo no existe para el hombre kafkiano en sus deseos, pero sí en su cuerpo. Seguimos deseando hasta el infinito, pero entretanto el tiempo nos mata. La obra de Kafka problematiza esta paradoja.

¿Y Bolaño? En el autor de Amuleto, en efecto, late un problema análogo. Sólo que la tensión entre inmovilidad y movilidad aquí no pertenece al tiempo sino a la Historia. Nocturno de Chile abarca unos treinta años. En ese tiempo Urrutia toma los hábitos, prospera como crítico, escribe, envejece, llega al umbral de la muerte. El país conoce la revolución, el golpe de Estado, la noche de la dictadura. No obstante hay una impresión pesadillesca de repetición, de órbita en torno a un punto muerto.

Resulta fascinante desmontar los resortes usados por Bolaño para crear esta impresión. En apariencia la novela narra escenas bien distintas; en realidad, una misma escena se repite en forma encubierta. Su esquema es éste: un grupo de personas departe mundanamente sobre arte; a un lado del escenario, ignorado, alguien sufre una injusticia atroz. Primera escena: Urrutia visita por primera vez al famoso crítico Farewell en su casa de campo. Urrutia, Farewell, Neruda y un discípulo recitan poemas y evocan a los trovadores provenzales con exquisita frivolidad. Pero afuera, en la noche de los caseríos miserables, rondan hombres vestidos con harapos, niños llenos de mocos. Segunda escena: durante la ocupación de París, Salvador Reyes y Ernst Jünger visitan a un pintor guatemalteco muerto de hambre. Pronto olvidan al pintor y se ponen a conversar animadamente. Fuman cigarrillos turcos. El pintor, con la vista fija en la ventana, se consume de angustia. Tercera y última: bien entrada la dictadura de Pinochet, María Canales (trasunto de una persona real, como casi todos los personajes de Nocturno de Chile) recibe a la flor y nata de la intelectualidad chilena en su salón. Mientras tanto, en el sótano, su marido tortura a presos políticos.

El horror de la escena recurrente va en aumento. Pero el esquema esencial no varía. Y sin embargo Chile se arruina, el mundo se arruina. Urrutia Lacroix acompaña cada una de estas escenas. Pero Urrutia Lacroix es dual: en él hay una presencia incómoda, un “joven envejecido” que lo mira con reproche. Ese joven envejecido (¿no es este oxímoron una ilustración de la paradoja de Kafka?) corresponde a los deseos impotentes de Urrutia; la voz que narra, a su desgastarse contra la piedra de la Historia. “Poco puede uno solo contra la historia”, reflexiona Urrutia. “El joven envejecido siempre ha estado solo y yo siempre he estado con la historia”.

Ahora bien, para Bolaño el dilema no consiste en ser héroe o víctima. Héroes no hay. Todos somos juguete de fuerzas superiores. Todo se juega, en cambio, en la actitud ante este hecho. Está el “sí” de los admirables detectives salvajes, pero también el “sí” del siniestro Carlos Wieder. Y no parece casual que, al final de Estrella distante, el narrador contemple a Wieder con cierto respeto. “Wieder y yo habíamos viajado en el mismo barco”, piensa el narrador, “sólo que él había contribuido a hundirlo y yo había hecho poco o nada por evitarlo”. Wieder será un agente del mal, pero con los ojos bien abiertos.

Urrutia Lacroix, en cambio, dice “no”. Viaja en el barco de Wieder y Belano, pero elige ocultarse la verdad. Antes enumeré las escenas repetidas de Nocturno de Chile. Otras tantas involucran a Urrutia Lacroix en la intimidad. Urrutia encuentra una y otra vez su rostro y lo niega. Por ejemplo, es homosexual. Pero cuando Farewell le planta la mano en el culo, su reacción consiste en recitarse el Apocalipsis. Más adelante le dice Farewell: “[Si no me sintiera tan mal] procedería a arrastrarlo al baño y a culeármelo de una buena vez”. Y Urrutia: “No es usted quien habla, es el vino, son esas sombras que lo inquietan”.

Ligado a la identidad de Urrutia aparece el motivo de los pájaros. En su primer encuentro con Farewell, Urrutia habla “con la ingenuidad de un pajarillo”. El otro le apoya en el hombro una mano que pesa como si tuviera “un guantelete de hierro” (como los que se usan en cetrería). Sus ojos parecen “de halcón”. Urrutia viaja por Europa: cada iglesia tiene un halcón para matar a las perniciosas palomas. Una bandada de pájaros grita: “Quién, quién, quién”. ¿Quién? La pregunta es pertinente. Pero Urrutia elige no responderla. ¿Y cabe recordar que el nombre de la coordinación entre las dictaduras latinoamericanas de los ’70 para aniquilar a la subversión fue Plan Cóndor? Farewell era un ave de presa. Augusto Pinochet era un ave de presa. Urrutia Lacroix era un ave de presa, pero nunca lo admitió. Hasta que llega la hora de la verdad. ¿Y después? “Después se desata la tormenta de mierda”.

Puede que Urrutia Lacroix sea el personaje más abyecto de Bolaño. Pero sólo un personaje así devela el engaño de la Historia. Belano, el marginal, está siempre fuera del juego. Carlos Wieder es el juego mismo. Son personajes un poco más que humanos. Pero Urrutia Lacroix participa y se engaña y sólo gradualmente descubre la horrible verdad, y en ese sentido se parece más a nosotros.









jueves 5 de febrero de 2009

2666 al teatro, Pablo Ley y Àlex Rigola: Cinco horas con Bolaño

por Miguel Espigado
Hermano Cerdo. 04.2008















El teatro no viene a tu encuentro, ni se ofrece en cada lugar y cada instante. Nadie ha conseguido contenerlo en un envase plástico o soporte digital que podamos recibir en nuestros cómodos hogares con un solo click. Como producto, su soberbia es absoluta; nos emplaza en un momento y un lugar irrepetibles, al que debemos acudir no sin antes habernos anticipado a nuestros propios deseos, comprando las entradas con antelación. Sin avisos que nos recuerden su existencia, poco o nada interfiere en el mundano discurrir de nuestra vida. El teatro sale de nuestros dormitorios por la puerta de atrás y se pierde rápidamente entre la niebla. Nosotros somos quienes hemos de seducirlo, aceptando sus condiciones en el lugar y el momento indicados. Por eso es tan fácil olvidarse de él.

Yo me olvidé del teatro en la primavera del 2007. Durante esa temporada la programación del Alhambra se había visto confinada a una sala de barrio, oficialmente debido a las diversas remodelaciones que se llevaban a cabo en la histórica sede del Realejo, impelidas por las intrigas entre el Ayuntamiento de Granada y la Junta de Andalucía. Nunca había sido tan fácil olvidarse del teatro, aunque éramos muchos los que aceptábamos la larga caminata hasta el barrio periférico de la Chana, sumando así un nuevo mérito a la ya de por sí heroica tarea de ver las obras relevantes en su gira de provincias. La programación del Alhambra no volvió al Realejo hasta el invierno de 2007, y 2666 no se representó en Granada sino hasta finales de marzo de 2008. La noche del estreno quise fijarme en la sonrisa pletórica de los acomodadores, y atribuir su elegancia y su gesto a lo mismo que yo celebraba; la vuelta del exilio, de la periferia al corazón de la ciudad, y al mío propio. El teatro había vuelto a mi vida.

Dicen que el apodo de La Bombonera, el estadio del Boca de Buenos Aires, surgió de la lengua del relator Fiovaranti, de la pluma del periodista Hugo Marini, o de la imaginación del arquitecto Victorio Sulcic, indistintamente. Yo no sé a quien corresponderá apodar al nuevo Alhambra, que parece una apelotonada caja de dientes rojos en vertiginoso descenso hacia el proscenio. Me hubiera gustado tener cerca entonces a un acomodador para explicarle la imposibilidad de su trabajo, dada la imposibilidad literal de acomodarse, o siquiera juntar las rodillas una vez constreñido entre las butacas. Afortunadamente 2666 es una obra con cuatro descansos, y pudimos aliviarnos regularmente de la densa humanidad que fue gestándose en las cinco horas de representación. Justo al anunciarse el primer descanso escuché una voz familiar a mi izquierda.

-Cuanto más oigo hablar de Archimboldi, más me parece estar oyendo hablar de Roberto Bolaño.

La frase, que no iba dirigida a mí, me interceptó en el momento en que comenzaba a bajar las escaleras en busca de mis amigos, que salían a fumar un cigarrillo. Antes de girar la cabeza no tuve ninguna duda de que se trataba de la voz de Gracia Morales, joven dramaturga afincada en un coche que viaja sin descanso entre Jaén y Granada, que yo había conocido en un curso de escritura teatral que impartió el año pasado. Reconocí su voz inconfundible (y por lo mismo difícil de definir) pero, ya incluso antes de girar la cabeza, reconocí un pensamiento típico de Gracia, de ese tipo en que realidad e imaginación se entremezclan con la mayor rigurosidad posible. Gracia había visto la primera parte de la obra a escasos metros de mí, y ninguno había advertido al otro, pero lo más casual fue que durante el desarrollo de la primera parte, yo me había acordado de Gracia, o más bien de algo que dijo Gracia un año atrás, en los cursos de escritura teatral. Y luego, al reconocernos y saludarnos, ya bajando juntos las escaleras de camino al cigarrillo, Gracia actualizó casi con las mismas palabras aquello que había venido a mi memoria espontáneamente.

Dijo: es narrativo.

La parte de los críticos es narrativa. La adaptación de Teatre Lliure de la primera parte de la novela de Roberto Bolaño consiste en contarnos la novela, más que en dramatizarla. Luego leí lo que dejó dicho Alex Rigola, director de 2666:

-Existe una manera de trabajar propia de cada parte. En la primera, la idea es montar una conferencia en la que los ponentes son los cuatro protagonistas de esta historia: empiezan contándola de un modo muy neutro, pero lentamente se van implicando más.

Encontré estas palabras en un dossier PDF colgado en el sitio de Teatre Lliure, donde también había una carta que Rigola había dirigido a los hijos del escritor fallecido, con la excusa de excusarse, declarando humildad ante la genialidad del padre y de paso mostrando su cariño hacia la familia. Tanto él como el dramaturgo Pablo Ley, dice la carta, habían tratado de traspasar al espectáculo el espíritu de la novela. Evidentemente se refieren a la novela 2666, pero también puedo malinterpretarlo. También puedo entender por novela todas las novelas. Y el sentido de la frase se vuelve todavía más luminoso.

En julio de 2003 la revista Play Boy publicó una entrevista con Roberto Bolaño -la periodista era Mónica Maristain- que sería la última antes de su desaparición. A través de ella nos llega la voz de un muerto; su testimonio, como toda huella de lo que el tiempo ha destruido, posee esa magia especial. Pero también porque Bolaño habló como entonces como un fantasma, ya empapado de la conciencia de su final, y aceptado su condición de muerto aún antes de estarlo, habló como un muerto porque posiblemente entonces ya vivía como un muerto, que por otra parte constituye la única forma de fantasma posible. Entre otras muchas cosas Mónica preguntó:

- ¿No le da miedo que alguien quiera hacer la versión cinematográfica de la novela?.
- Ay, Mónica - dijo Bolaño- yo les tengo miedo a otras cosas. Digamos: cosas más terroríficas, infinitamente más terroríficas.

Ahora yo (Miguel) pienso en Mónica, que intentaba espolear con su pregunta el desprecio implacable del autor hacia los malos artistas. Y Bolaño, aprovechándose de Mónica, esbozaba los últimos trazos de su autorretrato, siempre salvaje, con el infierno tatuado al fondo de la retina.

Pero Mónica tenía razón: las adaptaciones dan miedo.

Quizás Alex Rigola sintió algo parecido al miedo horas antes de marcar el número de teléfono de Pablo Ley. La prudencia también es otra forma de temblor, y la empresa en su fase embrionaria debía pedirla por los cuatro costados. A Rigola se lo preguntaron frente a una mesa del modernista Cafè de l´òpera de Barcelona, un día de febrero de 2006.

- Trabajas con Pablo Ley, ¿cómo es trabajar con un dramaturgo? Porque tú estás acostumbrado a hacer tus dramaturgias…
- En este caso - dijo Alex Rigola- creo que es una obra tan grande, no sólo por dimensión sino por todo lo que hay que alcanzar, que conviene trabajar con otra persona con la que puedas discutir continuamente hasta encontrar las fórmulas para llevarla a cabo.

Hace poco leí algo en El País Semanal.

- ¿Dónde están los buenos lectores?- lanzó el periodista mantilla.
- ¿Dónde? - se dijo Philip Roth- Mirando las pantallas de sus ordenadores, las pantallas de televisión, de los cines, de los DVD. Distraídos por formatos más divertidos. Las pantallas nos han derrotado.

Las palabras del escritor americano inmediatamente me recuerdan a Javier Marías, igualmente genial y apocalíptico, quien no hace mucho publicó la tercera y última parte Tu rostro mañana, una trilogía que en total suma más de 1500 páginas de novela. En un artículo, Javier Marías se quejaba de la escasa relevancia de su trilogía a pesar del esfuerzo titánico (8 años) que supuso completar el trabajo. Reflexionaba sobre la fugacidad de las cosas, que no permanecen sino que son sustituidas rápidamente por novedades que las desplazan y las relegan al cajón del olvido. Tu rostro mañana será sustituido mañana por la siguiente novedad editorial, como cualquier otro producto, da igual el valor. Como Philip Roth, a Javier Marías le cabría decir:

- El marketing nos ha derrotado.

Los Grandes Escritores de las Grandes Obras se sienten derrotados, como el propio Bolaño, quien también se declaró amante de las Grandes Batallas que se libran en las Obras Extensas, y no en las formas literarias breves que hoy prevalecen sobre las demás. Algo tienen en común estos tres Gigantes de la literatura, que la moda ha hecho pequeños, incluso insignificantes.

Ahora recuerdo bien nuestra actitud -la mía y la de Gracia- cuando recorrimos el camino hacia la salida del teatro, durante el primer descanso de 2666. Quedaban aún cuatro partes por representar y no había lugar a valoración alguna, pero de alguna manera constatamos en el otro la gran expectativa que se iba abriendo en cada uno, seguramente como en los demás espectadores. Por eso cuando Gracia dijo: es narrativa, la actitud de su voz tomó esa modulación que indica que acabamos de decir algo que aún no sabíamos que sabemos, y aún no nos creemos del todo, porque tampoco sabemos si lo queremos creer, pues como acabábamos de saberlo, no tenemos una posición muy clara al respecto. Mi cabeza retrocedió a los días de los talleres de escritura teatral, a la sala de estudio de la Corrala de Santiago, también en el Realejo, no muy lejos del recién restaurado teatro Alhambra. Entonces Gracia nos grabó a fuego que el teatro es acción, conflicto; vida en escena. Corregía así la tendencia de nuestro grupo variopinto a convertir a los personajes en narradores de su propia historia. Pero hoy asistíamos a una conferencia donde los personajes de Bolaño se habían convertido en narradores de su propia historia, pues los críticos de 2666, Pelletier, Espinoza, Norton y Morini, contaban su propia historia aunque a veces dialogaban, y a veces dejaban traslucir las emociones de aquello de lo que estaban narrando como si lo estuvieran viviendo en ese momento, o dicho de otro modo, actuaban.

¿Qué es el teatro?- respondió Barthes- una especie de máquina cibernética. Cuando descansa, esta máquina está oculta detrás de un telón. Pero a partir del momento en que se la descubre, empieza a enviarnos un cierto número de mensajes. Estos mensajes tienen una característica peculiar: que son simultáneos, y, sin embargo, de ritmo diferente; en un determinado momento del espectáculo, recibimos al mismo tiempo seis o siete informaciones (procedentes del decorado, de los trajes, de la iluminación, del lugar de los actores, de sus gestos, de su mímica, de sus palabras… estamos pues ante una verdadera polifonía informacional, y esto es la teatralidad: un espesor de signos.

Las adaptaciones dan miedo porque de natural las artes no se hablan entre sí. De las palabras de Philip Roth (las pantallas nos han derrotado), se infiere una lucha de fuerzas antagónicas entre pantallas y literatura, donde Mr Roth, parapetado en el bando de la literatura, otea “las pantallas” con prismáticos de trinchera. Pero ilustra bien la pésima relación que lo textual ha venido manteniendo con lo audiovisual en este cambio de siglo, hasta la esperanzadora irrupción de la literatura digital, donde la interacción entre interfaces, texto, imagen y sonido no ha aportado más que sus primeros balbuceos. Pienso en mí, que publico mis cosas en Internet y que he conocido tantos escritores y lectores gracias a Internet, quienes a su vez publican en Internet y se han conocido gracias a Internet, donde, por cierto, muchos tuvimos una primera noticia de Philip Roth. La literatura no morirá de pureza porque existe en nosotros la necesidad vital de no escuchar a Philip Roth, de no creer en nuestra propia destrucción poco después de haber nacido como lectores o como escritores, lo mismo da, e igualmente nos resulta vital escuchar a gentes luminosas, como Robert Lepage.

Nada más acomodarse el público en el teatro Alhambra, cuando las luces de la sala aun permanecían encendidas, Robert Lepage apareció en un extremo del escenario y comenzó a leer un texto con motivo del día internacional del Teatro. En realidad, se trataba de un señor español con barba leyendo un texto de Robert Lepage, pero aproximadamente:

- Existen varias hipótesis sobre los orígenes del teatro- comenzó Lepage- pero la que más me ha llamado la atención tiene forma de fábula; una noche, en el origen de los tiempos, un grupo de hombres se reunieron en una cantera para calentarse alrededor de un fuego y contarse historias. De repente, uno de ellos tuvo la idea de levantarse y utilizar su sombra para ilustrar su relato.

Nosotros, que nos creemos a pies juntillas la fábula de Lepage, nos imaginamos esa cueva primigenia donde el narrador fue sumando lenguajes al verbal, primero su sombra, imitando algún sonido, impostando su voz, luego con la ayuda de otros, hasta lograr ese espesor de signos del que nos hablaba Roland Barthes. El teatro nació pues de la necesidad de expresar por todos los medios, y 2666 años después se vuelve a reivindicar exactamente lo mismo: la legitimidad para contar con todos los lenguajes, no importa si viejos o nuevos.

- ¿Cómo podría jactarse el teatro de ofrecer soluciones- continua Lepage- a los problemas de intolerancia, exclusión o racismo, si en su misma práctica rechazase cualquier mestizaje o integración?

También puedo entender por novela todas las novelas. Y entonces el director Alex Rigola y el dramaturgo Pablo Ley no solo habrían adaptado 2666 al teatro, sino que el propio género - la novela - sería objeto de representación.

- Inevitablemente - dijo Pablo Ley- la adaptación de una novela de estas características a la escena obliga a dejar que la novela hable por sí misma. No se la puede someter a ideas preconcebidas, no se la puede resumir limitándose a localizar los fragmentos más teatralizables, los diálogos más sustanciosos, las imágenes visuales más logradas. Hay que dejar que la novela hable en toda su complejidad, en su condición fragmentaria, en su multiplicidad, en su inabarcable ambición.

El teatro es un acontecimiento lumínico, y necesariamente el 2666 del Teatro Lliure perfila más los personajes, arrojando luz sobre muchas cosas que Bolaño prefirió ensombrecidas, como Ciudad Juárez, como la propia realidad, igual que los clásicos de la novela negra prefirieron ensombrecida la luminosa Los Ángeles. Y el teatro también es acción, conflicto; vida en escena, como no dejó de recordarnos Gracia Morales en el taller de escritura teatral. Pero gracias al teatro Lliure, ahora sabíamos algo que antes no sabíamos, algo que habíamos comenzado a saber en la primera parte, y ahora ya, a mitad de la obra, queríamos saber. Liure nos estaba narrando una novela, obraba ante nosotros una novela escénica.

Vamos por el cuarto descanso y se anuncia por megafonía que la Parte de Archimboldi va a comenzar. Como la gente tarda en aposentarse y mis amigos han emigrado a mejores asientos (algunos espectadores han abandonado la sala), escucho la conversación de Gracia y los suyos, que se encuentran a escasos metros de mí. Los imagino a todos gente de teatro por su aspecto levísimamente estrafalario, aunque bien podrían ser fontaneros o contables exactamente por la misma razón. Sin embargo, los cómicos son como los soldados o los maestros, profesiones todas que acaban calando en el cuerpo hasta traslucirse en los más pequeños ademanes, o mí me lo parece observando a los amigos de Gracia. Hablan de la obra y de la novela; alguno dice que viendo la obra podrá ahorrarse la lectura de 2666, ya que no tiene tiempo; otro tipo barbudo protesta con humor ante la perspectiva de que “le revienten” el final, pues -entendemos- la está leyendo en esos momentos.

Todos tenemos en mente la novela de Roberto Bolaño, porque hemos leído, porque estamos leyendo o proyectamos leer o quizás simplemente porque conocemos su existencia. La novela se comunica con la obra de manera que al ver la obra, leemos la novela. Y quienes después de la representación, hayan sentido el impulso de “zambullirse en la novela”, como le pasó al crítico Pérez de Olanguer, cuando lean la novela, verán la obra. La novela continua en la obra, o así lo siento yo, cuando veo al protagonista Archimboldi y a su amante la Baronesa contar la misma historia con las mismas palabras que utilizó Bolaño, y cuando la monodia o voz única de la literatura se multiplica en el espesor de signos lumínicos, interpretativos y plásticos que conforman el teatro. Recuerdo ahora el estallido de aplausos al final de la obra, pero sobre todo a un hombre, grande y mejicano, rompiéndose las manos hasta quedarse solo en la platea. Luego a la salida pude verle la cara, más joven de lo que hubiera imaginado. Lo vi turbado y solitario, alejándose del teatro, y lo vi detective, perdido en alguna de las batallas salvajes que los poetas pobres y latinoamericanos libran en las ciudades de Europa. Lo imagino una vez más y luego lo describo en este papel; ahora ya es literatura. Y así se cambia de signo, una y otra vez, en el juego del arte.