lunes 26 de octubre de 2009

El lector como detective en la narrativa de Roberto Bolaño

por Diego Trelles Paz
Revista QueHacer, nº139. Perú. Nov-Dic 2002






La oscuridad es la
cortesía del autor hacia el lector.

Jean Génet





Me encuentro entre los que observan con entusiasmo la aparición de una nueva hornada de escritores hispanoamericanos que ha decidido romper con esa estela todopoderosa que sembró y propagó el boom literario en la década del 60. Aunque la pretensión de pensar la novela como una totalidad o summa literaria se había terminado mucho antes, la mayoría de las voces surgidas posteriormente no pudieron evadir la sombra de los cuatro beatles de la literatura sudamericana (Vargas Llosa, Cortázar, García Márquez y Fuentes). Hubo, sin embargo, intentos aislados que produjeron obras sólidas en las cuales se dio cabida a los llamados subgéneros como el policial o la ciencia-ficción. Escritores como el argentino Manuel Puig (1932-1990) empezaron a incorporar formalmente técnicas narrativas propias del cine, mediante las cuales se intentaba reproducir con la misma imparcialidad con la que lo hacía una cámara cinematográfica [1], y también introdujeron en la sagrada fortaleza literaria, temas y motivos propios de la cultura popular: «las revistas de modas, la confesión religiosa, las (actas) necrológicas se convierten en modos de narrar que permiten renovar las formas de la novela» [2]. Al igual que Puig, Ricardo Piglia (Buenos Aires, 1940) se convierte en uno de los difusores de la vertiente negra (el hard-boiled) de las novelas policiales que cultivaron escritores estadounidenses como Raymond Chandler (1888-1959) o Dashiell Hammet (1894-1961). Su cuento La loca y el relato del crimen (1975) es emblemático dentro del emergente género que terminó adaptándose a la realidad latinoamericana a través de detectives impagos y mafiosos, asesinatos pintorescos y situaciones paródico-grotescas propias de una realidad represiva, en donde la figura de los agudos y elegantes detectives europeos no tenía cabida.

Precisamente, es el derrotero empezado por Puig y Piglia el que empezaron a transitar escritores como Juan Villoro (México, 1956), Horacio Castellanos Moya (Tegucigalpa, 1957), Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948), César Aira (Coronel Pringles, 1949), Rodrigo Rey Rosa (Guatemala, 1958), Rodrigo Fresán (Buenos Aires, 1963) y Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953). Estos autores parecen sentirse más cercanos a escritores norteamericanos como Thomas Pynchon, Don DeLillo o Philip K. Dick y, también, a latinoamericanos tan disímiles como el argentino Macedonio Fernández, el guatemalteco Augusto Monterroso, el argentino Roberto Arlt o el mexicano Sergio Pitol. Son ellos los que están empezando a revalorizar los distintos géneros que siempre se ha tendido a tildar como menores (la ciencia-ficción, la novela de terror, la novela detectivesca, la novela gótica, la crónica de viajes, la novela pornográfica o el thriller) y le dan forma a lo que la crítica, luego de los sucesivos y disgregados post-booms, ya ha empezado a reconocer como el nuevo boom latinoamericano [3].


El laboratorio Bolaño

Decir que el chileno Roberto Bolaño es uno de los más importantes narradores surgidos en la última década, no es inexacto. Es un autor prolífico (ha publicado nueve novelas, dos libros de cuentos y seis libros de poesía, la mayoría durante los 90) que, pese a su regularidad, no suele disminuir la calidad de sus textos. Por ello no sorprende que haya ganado tantos premios literarios, de los cuales dos son los prestigiosos Herralde en Barcelona y Rómulo Gallegos en Caracas por la misma novela: Los detectives salvajes [4]. Su estilo sorprende favorablemente por esa impresión de simpleza con la que engañosamente se presenta. Como bien apunta la crítica literaria Nora Catelli: «en la obra de Roberto Bolaño la impresión de facilidad es nítida, casi indiscutible (...) puede decirse que (...) ha construido un sistema tan sencillo como férreo de hacer ficción» [5].

A ese sistema la crítica le ha dado el nombre de "laboratorio Bolaño". En un artículo publicado en el suplemento Dominical de El Comercio, el crítico literario José Miguel Oviedo expone de una manera precisa las virtudes esenciales de su escritura: «un mundo personal complejo y seductor; un tono entre cínico y conmovido para contar historias que reflejan una visión sombría del mundo moderno; un lenguaje cuya básica funcionalidad no le impide alcanzar la tensión lírica y la profundidad existencial. A Bolaño (...) le gusta mezclar, astutamente, experiencias reales de su vida de escritor con situaciones imaginarias que tienen algo de obsesivas o delirantes, perversas o tragicómicas». Precisamente, lo que distingue a Bolaño de sus contemporáneos es la manera inteligente en la que ha incorporado a su narrativa mecanismos propios de la literatura policial en los que se involucra al lector de una manera activa. Así, a través de un juego de referencias en el que realidad y ficción se involucran de una manera por momentos indescifrable, Bolaño logra que su lector se convierta en el sabueso que irá aportando piezas al puzzle y, a través de su lectura, creando el laberinto significativo de la obra. De esta manera, como bien precisa Oviedo [6], «Bolaño siempre termina convirtiendo a sus lectores en detectives».


La hora del lector

La noción del lector como activo creador de la obra literaria y la destrucción del estado parasitario de la lectura, ya habían sido señaladas por José María Castellet en su libro La hora del lector (1957) y, trece años más tarde, Roland Barthes reafirmaba esta premisa señalando que: «el objetivo del trabajo literario (de la literatura como trabajo) es hacer que el lector no sea más un consumidor, sino el productor del texto» [7].

Uno de los primeros escritores latinoamericanos en incorporar de una manera brillante la hipótesis del nuevo lector fue el argentino Julio Cortázar (1914-1984) a través de su novela Rayuela [8]. Con Rayuela, Cortázar se pone a la cabeza de la vanguardia literaria con un libro que era muchos libros a la vez y en donde la existencia de un Tablero de dirección opcional para leer la novela, otorgaba la posibilidad de ejecutar lo que Morelli, el personaje principal, define como la necesidad urgente de un cambio en la estética novelística para «intentar (...) un texto que no agarre al lector pero que lo vuelva obligadamente cómplice al murmurarle, por debajo del desarrollo convencional, otros rumbos más esotéricos» [9].

Que la crítica especializada haya visto en Los detectives salvajes de Bolaño una Rayuela de fin de siglo, no debería sorprendernos. Al igual que esta, en la novela de los poetas real visceralistas (Arturo Belano y Ulises Lima) que andan buscando a Cesárea Tinajero, una poetisa de culto misteriosamente perdida en México, existe ese afán desmesurado por ampliar los ámbitos de la novela a través de una «saga inconmesurable (que) dura 609 páginas pero podría abarcar una biblioteca concéntrica» [10]. La novela es un texto fragmentario «proliferante, entrecruzado, vasto, polifónico» [11] que está continuamente dialogando con la obra de Cortázar y cuya aparición, como acertadamente lo señala el escritor Enrique Vila-Matas, supuso «una rotura muy importante para lo que hasta ahora ha ido haciendo una generación de novelistas: un carpetazo histórico y genial a Rayuela de Cortázar y de la que Los detectives salvajes bien podría ser su revés, en el amplio sentido de la palabra» [12].

Con Los detectives salvajes Bolaño retoma, de una manera más oblicua, temas fundamentales en los que había profundizado Cortázar como la angustia existencial de toda una generación condenada al fracaso; el juego de los dobles; la persecución circular; la desconfianza permanente con el lenguaje y la paradoja que supone el hecho de que su destrucción solo pueda ser posible utilizando el mismo lenguaje; la musicalidad de la prosa; la búsqueda de sentido desde el sinsentido y, sobre todo, a partir de la asimilación de fórmulas narrativas propias del suspense detectivesco, la nueva manera de entender el oficio del escritor y la tarea del lector.


La estética de la imprecisión

A diferencia de Cortázar, Bolaño no invita al lector cómplice a través de un Tablero de direcciones sino que lo hace jugando con las referencias, mezclando la realidad con la ficción, los hechos y las conjeturas, los personajes apócrifos con los históricos [13] y poniéndole trampas para que, tarde o temprano, termine asumiendo el papel de descifrador. Así, «como buen demiurgo ordena, desordena y escamotea los hechos para presentarlos al final en un juego irónico en el que verdad y mixtificación se dan la mano» [14]. Esta atmósfera de vaguedad, de falta de certeza, plasma al mismo tiempo la incertidumbre que define la época en la que se desarrolla el libro (1975-1996) y le da forma a lo que María Antonieta Flores definió como la «estética de la imprecisión» en la narrativa de Roberto Bolaño [15]. Vemos de esta manera, en Los detectives salvajes (1976-1996) —que es la segunda parte de las tres partes de la novela—, a personas reales con sus verdaderos nombres haciendo las veces de personajes ficticios que tuvieron algún tipo de contacto con Arturo Belano y/o Ulises Lima, mientras estos ejercían la búsqueda de Cesárea Tinajero.

El escritor mexicano Carlos Monsiváis es uno de ellos. Monsiváis transita a lo largo de toda la novela y es uno de los tantos que declara, en primera persona y ante un interlocutor que parece ser el joven poeta García Madero —poeta novel que ingresa al real visceralismo y aparece escribiendo el diario que, dentro del libro, da forma a Mexicanos perdidos en México (1975) y Los desiertos de Sonora (1976)—, sobre el encuentro «amistoso» que tuvo con los poetas real visceralistas, en el cual se discutió la obra de Octavio Paz sin llegar a ningún acuerdo porque los dos jóvenes «estaban obstinados en no reconocerle a Paz ningún mérito, con una terquedad infantil, no me gusta porque no me gusta, capaces de negar lo evidente» (p. 160). Otros escritores e intelectuales que aparecen declarando como personajes son el narrador Juan Marsé, quien consigue una beca de estudio para la madre enferma de Belano, a quien el español «le pareció buen mozo, con unos ojos preciosos, un tipo regio y qué simpático y sencillo» (p. 223); el poeta estridentista mexicano Manuel Maples Arce, quien habla de su relación amical con Borges; Verónica Volkow, la bisnieta de Trostki; y el poeta francés Michel Bulteau que tiene un encuentro extrañísimo en París con Ulises Lima y a quien interroga sin éxito por un grupo de rock mexicano llamado los «Question Mark».

Sin embargo, son los escritores y las personas aludidas a través de hechos y circunstancias que pueden resultar familiares —aunque sin nombre o, bien, con nombres alterados—, los que impulsan al lector a participar activamente de la búsqueda emprendida por los detectives-poetas y, al mismo tiempo, a establecer una investigación personal que los ayude a discernir lo real de lo ficticio. En primer lugar, están los protagonistas: Arturo Belano es el alter ego del propio Bolaño (en otros libros del autor aparecerá solamente con la inicial B.) y Ulises Lima es el ya fallecido poeta mexicano Mario Santiago (1953-1998). Santiago aparece nombrado en Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce (1984), la primera de sus novelas, escrita de manera conjunta con Antoni García Porta (1954) y, también a su memoria, Bolaño dedica su novela corta Amuleto (1998). Los real visceralistas, por su parte, representan a los infrarrealistas mexicanos, un grupo de poesía vanguardista de los 70 identificado con lo hecho por los estridentristas mexicanos (1921-1927), movimiento al que pertenece Cesárea Tinajero en la ficción. Los infrarrealistas tuvieron contacto con los horacerianos peruanos (de hecho, se les nombra en la novela) y con otros grupos vanguardistas latinoamericanos. El espectro se amplía cuando Bolaño presenta como declarantes a un grupo de poetas peruanos que en los 70 vivía en una buhardilla en París. El chileno ha sabido captar los diversos dialectos de sus personajes y ha reproducido con maestría la jerga de los diferentes países. Así, tenemos a Hipólito Garcés, o Polito, un poeta peruano indeseable que estafa a Ulises Lima cobrándole de más por la comida que le cocina. Todos los días le da arroz blanco y le pide sumas exorbitantes de dinero para las compras. La excusa que esgrime es la siguiente: «no, mi pata, le dije yo, no mi causita, ni te imaginas tú lo cara que es la vida, se nota que no vas a hacer las compras» (p. 229).

Otro de los poetas peruanos que habla es un tal Roberto Rosas, quien presenta la buhardilla como la «Comuna de Passy o Pueblo Joven Passy». Rosas habla de la relación de Polito con Ulises Lima y cuenta cómo lo expulsaron de su comuna («O te vas de aquí esta misma semana conchatumadre o te vamos a tirar por las escaleras, nos vamos a cagar en tu cama, te vamos a poner matarratas en el vino». P. 232) porque pedía plata prestada, libros prestados que nunca devolvía y siempre contaba que «esa semana había visto a Bryce Echenique, a Julio Ramón Ribeyro, que había estado tomando tecito con Hinostroza, las mentiras de siempre» (p. 232). Seguidamente, el lector puede verse obligado a ingresar en el atractivo juego detectivesco, al que es guiado de la mano por Bolaño y, de esta manera, preguntarse: ¿quiénes podrán ser estos dos poetas peruanos, presumiblemente vinculados con el movimiento Hora Zero, si acaso existen?

Páginas más adelante, un chileno llamado Felipe Müller relatará una historia que le contó Belano sobre dos escritores jóvenes (un poeta peruano y un escritor cubano) que tenían un futuro brillante hasta que les «ocurrió lo que suele ocurrirles a los mejores escritores de Latinoamérica (...): se les reveló, como una epifanía, la trinidad formada por la juventud, el amor y la muerte» (p. 497). El peruano regresó de París guiado por la inercia y, luego de algunas malas experiencias, terminó perdiendo la cordura. Lo abandonó su mujer, se fue a vivir con su madre, perseveró en su locura «y, por supuesto, no dejó de escribir y de producir libros enormes e irregulares en donde a veces se percibía un humor tembloroso y brillante» (p. 499). El caso del cubano es distinto. Era anticastrista y homosexual. Logró huir de la isla y mudarse a Nueva York en donde contrajo el sida. Prefirió suicidarse antes que agonizar en un hotel. El juego de espejos e ilusiones se reproduce con igual habilidad. No es muy difícil deducir que el escritor cubano es Reinaldo Arenas. En el caso del peruano, hay quienes piensan que Bolaño está hablando en realidad del poeta Enrique Verástegui, aunque nada es seguro. De la misma manera, se hace participar como personajes a otras personalidades de las letras como Alejandro Jorodowski o Augusto Monterroso pero, aunque las pistas y descripciones coinciden, no hay total certeza de que realmente se trate de ellos.

Es precisamente esta incertidumbre la que hace que el lector transite con los narradores testigos sabiendo más que cada uno de ellos, pero siempre desde la carencia y la duda [16]. La estética de Bolaño funciona a través de la lectura en clave, apoyándose en trampas irónicas y falsas pistas por las que el lector tendrá que llegar a comprender por qué, cuándo y cómo. Si bien estos crucigramas o puzzles literarios ya habían sido explotados por el escritor chileno en obras anteriores como La literatura nazi en América (Seix Barral, 1996) —en donde se presenta una falsa enciclopedia de escritores nazis que, sin embargo, tienen una sospechosa similitud con escritores reales— y La senda de los elefantes (1994), luego reeditada con el nombre de Monsieur Pain (Anagrama, 1996) —en donde se narra la extraña muerte de un poeta peruano que sufre de hipo y que no es otro que César Vallejo, aunque nunca se diga su primer nombre—, es con Los detectives salvajes que Roberto Bolaño va realmente a alcanzar un nivel extraordinario al fundir con armonía «su capacidad para observar la realidad y seleccionar de ella los datos que permiten interpretarla de forma sobrecogedora» [17]. No creo equivocarme, pues, al decir que esta novela es ya un clásico de la nueva literatura hispanoamericana y el ejemplo más importante del camino que podría tomar la estética novelística en las décadas siguientes.





Notas

(1) José María Castellet: La hora del lector. Notas para una iniciación a la literatura narrativa de nuestros días. Barcelona: Editorial Seix Barral. Serie Biblioteca Breve, 1957.
(2) Ricardo Piglia (compilador): La Argentina en pedazos. Buenos Aires: Ediciones de la Urraca, 1993.
(3) Aunque, debido a la diferencia de edades, me parece equivocado establecer una ligadura generacional, es importante puntualizar que muchos críticos tienden a incluir dentro de este nuevo boom a autores nacidos alrededor del año 68, como los mexicanos Jorge Volpi, Ignacio Padilla, Jordi Soler y Mauricio Montiel, el peruano Iván Thays, el boliviano Edmundo Paz-Soldán, el chileno Alberto Fuguet, entre otros.
(4) Roberto Bolaño: Los detectives salvajes. Barcelona: Editorial Anagrama, Serie Narrativas Hispánicas, 1998.
(5) Nora Catelli: «El laboratorio Bolaño», reseña crítica de la novela Amberes de Roberto Bolaño, publicada en la red en el suplemento Babelia del diario El País (14/09/02) (
www.elpais.es), visitada el 20/10/02.
(6) José Miguel Oviedo: «Bolaño en la noche oscura de Chile», suplemento Dominical del diario El Comercio, Lima, 11 de febrero del 2001, año 48, Nº 105, pp. 8-9.
(7) Roland Barthes: S/Z. París: Editions du Seul, 1970, p. 4. La traducción del francés es mía.
(8) Julio Cortázar: Rayuela, 1963. Edición de Andrés Amorós. Madrid: Cátedra. Serie Letras Hispánicas, 1984.
(9) Este fragmento de la novela ha sido extraído de la casilla 79. En el mismo apartado, Cortázar definirá, de una manera controvertida, al lector pasivo, cómodo, apegado a la rutina, como un lector-hembra. Luego pediría disculpas públicas por el término utilizado.
(10) Juan Villoro: «El copiloto del Impala», en La Jornada Semanal (18/07/99). Extraída de la red el 15 de octubre de 2002 (
www.jornada.unam.mx/).
(11) Antonio Bordón, Jorge Edwards, Elena Hevia: Reseñas críticas de Los detectives salvajes publicadas de manera conjunta en la Revista Lateral, Nº. 52, abril de 1999. Extraídas de la red el 15 de septiembre de 2002 (
www.lateraled.es). El texto citado pertenece a Edwards.
(12) Enrique Vila-Matas: «Bolaño en la distancia», en Letras Libres. Extraído de la red el 15 de octubre de 2002 (
www.letraslibres.com).
(13) José Antonio Ugalde: «Una bárbara y destructiva estela», reseña crítica de Estrella distante de Roberto Bolaño publicada en El mundo. Extraído de la red el 15 de octubre de 2002 (
www.elmundolibro.com/). Antonio Bordón et. al., op. cit. El texto citado pertenece a Hevia.
(14) María Antonieta Flores: «Notas sobre Los detectives salvajes de Roberto Bolaño», en Verbigracia, año III, Nº 38 de 22 de enero del 2000. Extraída de la red el 15 de octubre de 2002 (
www.eluniversal.com/).
(15) María Antonieta Flores, op. cit.
(16) Antonio Bordón et. al., op. cit. El texto citado pertenece a Bordón.











miércoles 21 de octubre de 2009

Visiones o el virtuoso engendro de Bolaño

por Patricia Espinosa
Revista Rocinante (nº 52). 02.2003









No necesita justificarse. Sin embargo, toda regla tiene su excepción. Amberes es el primero de sus libros que contiene una nota introductoria o prólogo que muestra una especie de pudor pero también el descaro justo y necesario para introducir esta narrativa: definitivamente el texto más loco de Bolaño y tal vez el más complejo, algo así como un virtuoso engendro drogo-metafísico. “Anarquía total: veintidós años después” es el título del pequeño segmento en el que se remonta a sus duros años ochenta. Zigzagueando por la rabia y el orgullo, Bolaño escupe rencor sobre el oficialismo, los escritores cortesanos y los nacionalismos trasnochados. “No creía que iba a vivir mas allá de los treintaicinco años. Era feliz. Luego llegó 1981 y, sin que yo me diera cuenta, todo cambió”. Amberes es sin duda el germen, la precuela, el grado cero, lo más febrilmente rizomático de lo que hasta ahora constituye toda su obra. Una exquisita, impecable y confusa escritura que asume la fragmentación como único sitio posible.

Amberes se niega, en cada uno de los 56 fragmentos, a establecer coordenadas referenciales, asumiendo la sucesividad del fragmento numerado y los destellos intermitentes de ciertos fantasmales personajes, como las únicas líneas de fuerza disparadas hacia el infinito. El jorobadito o el policía o un sudamericano indocumentado o el pálido tipo de veintisiete que ha dejado atrás toda la mierda literaria y que solo viaja o la pelijorra sodomizada o un cadáver en las afueras del pueblo o el inglés que proyecta una película en medio del bosque cuya sinopsis se encuentra recién en el fragmento Nº 20. Partiendo siempre de lugares o situaciones que de algún extraño modo se van recuperando unos a otros, cada relato nos ubica siempre en la potencialidad continua del inicio. Se destruye la trama, el máximo paradigma del ideario estético anarquista de Bolaño en aquel período, en tanto no hay coherencia lógica en el planteamiento del relato y en los trayectos que los personajes realizan. Sin principio ni finalidad, sin anécdota, sin un hecho detonante, sin un culpable ni un protagonista: solamente contamos con el trayecto del narrar y el post scriptum donde el autor nos lleva a sospechar demoledoramente que la realidad se articula mediante la forma de una escritura “a lo humano y a lo divino”. Es por ello que la metaficción ocupa un sitio tan importante en este libro. Se trata de un estar en alerta continuo respecto al acto creativo: “De lo perdido, de lo irremediablemente perdido, sólo deseo recuperar la disponibilidad cotidiana de mi escritura, líneas capaces de cogerme del pelo y levantarme cuando mi cuerpo ya no quiera aguantar más”. Es casi la descripción del éxtasis místico o alucinógeno que consigue desasirse del cuerpo como lastre mediante una escritura que se niega a la descomposición y que permite acceder a la revelación. Amberes nos enfrenta a la presencia de ese cuerpo gastado, cansado, al cual las palabras de los otros resultan ininteligibles y que solo la adopción del porno logra hacer más real lo real: “los dedos entraban y salían sin ningún adorno, sin ninguna figura literaria que les diera otra dimensión distinta que un par de dedos gruesos incrustados en el culo de una desconocida”. La pornografía aparece en este volumen como el deseo por el exceso de realidad, o por una hiperrealidad siempre asumible a pedazos: “Sólo me salen palabras sueltas, le dijo, tal vez porque la realidad me parece un enjambre de frases sueltas. Algo así debe ser el desamparo”. Desoyendo el principio de causalidad, contigüidad, organicidad que la literatura y la crítica tienden enfermizamente a imponer, solo queda el desamparo de cualquier ley o paradigma: “Toda escritura en el límite esconde una máscara blanca. Eso es todo. Siempre hay una jodida máscara”. Adoptar una escritura que opere en la frontera y que pueda desafiar cualquier “dentro oculto” mediante la misma escritura. Bolaño juega con la fragilidad, ¿todo riesgo no sería una forma de romper con la propia fragilidad?, y la vuelve un reto extraordinariamente expuesto en Amberes; un texto presagio, prefiguración de todas las páginas posteriores, actualidad y anuncio a la vez del enorme y raro talento de este autor.










lunes 19 de octubre de 2009

Alicia Scherson sigue "turisteando" antes de llevar a Bolaño al cine

por Felipe Vásquez
Emol. 19.10.2009 (Extracto)





Scherson ahora ya se dice directora, pero con su próximo proyecto probablemente tendrá más miradas inquisidoras sobre ella. Será la primera vez que adapte una novela para el cine y, para hacerlo más complejo, es una del laureado Roberto Bolaño.





¿Será muy drástico el cambio ahora que en la película “El futuro” adaptarás una obra de Roberto Bolaño?
Hay cosas que son comunes a mis películas y va a haber una continuidad fluida, en los diálogos y la construcción de los personajes. Pero hay otros desafíos, como la atmósfera de Bolaño, que es mucho más oscura y un poco apocalíptica, que contrasta con el colorido y el clima un poco veraniego que he planteado en mis películas. Esta película tiene mucha oscuridad, personajes más marginales. Tiene mucho sexo y ninguna de mis películas tiene mucho sexo, tienen algunas escenas inocentes o ligeras, pero esta tiene sexo más hardcore y de distintos tipos, mucho más explícito. Y esas cosas son entretenidas para enfrentar como directora.


¿Te preocupa que haya un fuerte foco sobre ti por adaptar a un autor con un cartel tan grande como el que hoy tiene Bolaño?
Sí, pero también me ayuda el espíritu de Bolaño de hacer un poco lo que quería. Específicamente esta novela la escribió por encargo, fue una comisión editorial, por lo tanto hay gente dentro de los bolañianos que la encuentran menor, una novela chiquitita. Se llama “Una novelita lumpen”, o sea el mismo Bolaño la desprecia o la pone en un lugar como de lo desechable, de lo barato. Yo creo que eso es súper útil y liberador para poder enfrentar una película que trata sobre eso, del mundo de lo “b”, de la trastienda, de lo pobre, de lo malo. Jamás se contempla como una obra maestra, como el aura que rodea “Los detectives salvajes”, que me paralizaría. Aquí hay una cosa de juego, de cosa desechable y de encontrar en esta basura pop de sexo posmoderno un brillo de algo.


¿En qué etapa está la película?
Ya está el guión escrito y nos hemos adjudicado dos fondos: el Ibermedia y el Fondart. Estamos en preproducción, pero igual el rodaje lo planteamos para el segundo semestre del próximo año, por lo que hay tiempo. Puede que sea filmada en Chile algunas cosas, pero la novela está ambientada en Roma. Lo más probable es que siga siendo en Roma o pueda ser cambiada por otra ciudad, pero tiene que ser del primer mundo, en la que estos hermanos (protagonistas de la novela) son inmigrantes. Eso es muy importante, porque tienen que estar muy solos.










viernes 16 de octubre de 2009

La literatura nazi en América, 2010

Edición en inglés
Traducción de Chris Andrews



Nazi literature in the Americas
Pan Macmillan, 2010
Reino Unido










La literatura nazi en América, 2008

Edición en inglés
Traducción de Chris Andrews


Nazi literature in the Americas
New Directions, 2008
USA, Canadá










La literatura nazi en América, 2003 y 2006

Edición en francés
Traducción de Robert Amutio


La littérature nazie en Amérique
Christian Bourgois, 2003
Francia





La littérature nazie en Amérique
Christian Bourgois, 2006
Francia










La literatura nazi en América, 1999

Edición en alemán
Traducción de von Heinrich v. Berenberg


Die naziliteratur in Amerika
Kunstmann Ed., 1999
Alemania










La literatura nazi en América, 1998

Edición en italiano
Traducción de Angelo Morino y Enza Sanfilippo


La letteratura nazista in America
Sellerio, 1998
Italia










La literatura nazi en América, 1996 y 1999

Edición en español



La literatura nazi en América
Seix Barral, 1996
España





La literatura nazi en América
Seix Barral, 1999
España









martes 13 de octubre de 2009

El enigma universal de Roberto Bolaño

por Lola Galán
El País. España. 22.03.2009












A Roberto Bolaño no le cambió el éxito. No le llegó a tiempo. Cuando murió, a los 50 años, víctima de una cirrosis hepática, el 15 de julio de 2003, tenía una decena de obras de culto, que le permitían, todo lo más, vivir con holgura de la literatura. Ahora, seis años después de su muerte, su nombre de escritor está en boca de todos. Se reeditan sus libros, se le dedican ensayos y artículos, se adaptan sus novelas para el teatro, se estudian como guiones de posibles filmes. Es el éxito con mayúsculas. Un vendaval que lo ha trastocado todo, aunque a su principal responsable no puede ya afectarle.

Lo que saboreó antes de morir, apreciado por la crítica, consagrado, incluso, como el mejor escritor latinoamericano de su generación, fue una celebridad a escala humana, por decirlo así. Su novela Los detectives salvajes, tejida con los mimbres de su experiencia juvenil en México, había sido la clave de ese ascenso, a partir de 1998, que se tradujo en dos premios importantes, el Herralde y el Rómulo Gallegos. Eso le proporcionó muchos más lectores y una cuenta bancaria saneada, después de una década de penuria económica, y mil oficios de sudaca que diría él.

El éxito con mayúsculas, su inscripción en una liga superior de autores, en la que sólo caben nombres como el de Gabriel García Márquez o Jorge Luis Borges, entre los latinoamericanos, le llegaría con una obra póstuma, 2666. O, mejor dicho, con su edición norteamericana, que llegó a las librerías el año pasado. Una obra monumental, la más ambiciosa y compleja, según los críticos, que le ha abierto las puertas de la celebridad.

Su traductora, Natasha Wimmer, tardó años en verterla al inglés. Preguntada por la dificultad del lenguaje de Bolaño, crecido en México, Wimmer, respondía al magazine del New York Times: “Vivió veintitantos años en España, y se aprecia muy bien la influencia del español castellano, al menos tanto como la del español de México”.

Novela del año para la revista Time, ponderada por la archifamosa Oprah Winfrey, 2666 ha sido elegida mejor libro de ficción por el prestigioso Círculo Nacional de Críticos Literarios de Estados Unidos.

Juan Villoro escribe en el prefacio de un libro de entrevistas sobre el autor, publicado en Chile: “Como tantos grandes, Roberto Bolaño corre el albur de convertirse en mito pop. De lo que no hay duda es de que es un fenómeno literario generador de millones de dólares. Una mina de oro susceptible de ser explotada”. Porque si el éxito no pudo cambiar a Bolaño, ha cambiado al menos el mundo que rodeó al escritor, nacido el 28 de abril de 1953 en Santiago de Chile, y afincado en España a partir de 1977.

Su legado literario, en manos de su viuda, Carolina López, ha pasado a ser gestionado por el todopoderoso Andrew Wylie, el agente más famoso, y más temido, del panorama literario mundial. Wylie está inventariando el archivo del escritor, en busca de nuevas joyas. De momento, se ha anunciado ya la publicación de un libro, El Tercer Reich, y se habla de otras dos nuevas, Diorama y Los sinsabores del verdadero policía o Asesinos de Sonora.

Su albacea oficioso, el crítico Ignacio Echevarría, amigo íntimo de Bolaño, cree, sin embargo, que las obras en papel, el material que está siendo examinado ahora por la viuda del escritor y por Wylie, es una parte arqueológica de su obra. “Nada de lo nuevo que se publique va a sumar al escritor que es ya”, dice. Obviamente, no opina lo mismo su viuda, que vive todavía en Blanes, con los dos hijos de la pareja, Lautaro, de 18 años, y Alexandra, de 8. López declina, amablemente, hablar con este periódico. En un correo electrónico explica que necesita preservar la intimidad de sus hijos. No quiere entrar en cuestiones personales. ¿A quién puede importarle que antes de morir Bolaño la pareja estuviera prácticamente separada? Y, sin embargo, interesa.

La vida y la obra de Bolaño apasionan a un público cada vez más amplio, a medida que su obra escala en la lista de superventas. Y sus novelas son fuente de nueva inspiración. El Teatro Lliure presentó el año pasado una versión dramatizada de 2666. Y se habla de una posible adaptación al cine. 2666, un relato dividido en cinco partes, donde se mezcla el humor con la fantasía desbordante, y el inventario pormenorizado de los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, contiene todos los ingredientes necesarios para interesar al séptimo arte. Si Los detectives salvajes cambió el paradigma del escritor latinoamericano, según Echevarría, 2666, la novela del mal, ha provocado una verdadera deflagración en la sociedad lectora estadounidense.

Jorge Herralde, director y fundador de Anagrama, la editorial que ha publicado sistemáticamente la obra de Bolaño a partir de 1996, se explica el éxito del autor por un conjunto de factores. Susan Sontag descubrió Estrella distante, editada por New Directions, en 2004, y no cesó de alabarla. Sontag era una entusiasta de la literatura y una propiciadora de grandes triunfos, dice el editor. Ahí empezó la “onda Bolaño”, que con Los detectives... dio un salto enorme, porque fue designada novela del año, y con 2666 llegó al máximo, a la apoteosis, editada por Farrar, Straus & Giroux. La fuerza, la profundidad de Bolaño, su prosa adictiva, y su mordaz examen del mal, según la crítica estadounidense, han hecho el resto. La fascinación de Bolaño por la relación entre crimen y arte, su interés por la investigación detectivesca, su curiosidad de forense ante el horror y el mal, ha llevado a los críticos a compararle con Cormac McCarthy.

Pero si ese era el Bolaño escritor, el Bolaño real, nieto de gallego, era, en cambio, una persona tímida, que creía en la bondad del buen escritor. Apasionado lector, devorador de cine y de programas de televisión: “siempre mejor la tele que un best seller”, solía decir, cultivador de un cierto talante rebelde. En más de una entrevista, Bolaño recomendaba a sus lectores jóvenes que robaran los libros, sin más.

Sobre sus años en México, adonde la familia se trasladó desde Chile, cuando él apenas tenía 15 años, creó casi una leyenda. Los elementos más vívidos de aquella etapa, han quedado atrapados en Los detectives salvajes, una novela por la que deambula el autor, convertido en Arturo Belano, y su amigo Mario Santiago, transmutado en Ulises Lima. Bolaño reconoció siempre una deuda profunda con México, donde sintió la llamada de la escritura, y se hizo poeta.

Bruno Montané Krebs lo conoció en ese país, en 1974, y se hicieron amigos. Montané aparece en Los detectives…, convertido en Felipe Müller. En la obra de Roberto no habrá más de un 30% de material real, el resto es pura invención. “Conviene tenerlo en cuenta”, dice el poeta chileno, afincado en Barcelona. “A Roberto lo frecuenté en Barcelona. Cuando se trasladó a Blanes (a comienzos de los años ochenta), ya nos veíamos menos. Pero hablábamos mucho por teléfono. Roberto era excelente conversador por teléfono, sobre todo cuando llamaba él”.

Herralde y Echevarría lo recuerdan como un tipo con gran sentido del humor, muy divertido. Trabajaba en un estudio bastante modesto, en Blanes, en la Costa Brava. En horario nocturno. Con un paquete de cigarrillos a mano e ingiriendo litros de infusiones con miel, porque no podía beber otra cosa. A Bolaño le inspiraba la música, pero nada de autores clásicos. Solía escuchar rock duro a través de los auriculares.

Roberto Bolaño pertenecía a una generación que creció esperanzada con la revolución cubana y como chileno, vio un horizonte de cambio en el Gobierno de Salvador Allende. En 1973 atravesó América, de México a Santiago, en autobús y en autoestop, mochila al hombro, para contribuir con su granito de arena a aquella revolución pacífica. Pero en Santiago le pilló el golpe de Pinochet y fue detenido. Un encuentro con dos viejos compañeros de estudios convertidos en policías le permitió ser liberado ocho días después. Y regresar a México en avión. Allí reemprendió su carrera y fundó el Infrarrealismo. Un experimento de rebeldía literaria, inspirado en el dadaísmo, radicalmente contrario a los grandes escritores institucionales, a los santones del régimen. “Detestábamos a Octavio Paz”, declaraba Bolaño en una entrevista a la televisión chilena, en 1999, “pero es un gran poeta, y un ensayista de los más lúcidos”.

Aquella etapa le sirvió a Bolaño para construir su propio mito. “La mayor parte de lo que cuenta es verdad, aunque no está claro cuánto tiempo estuvo detenido en Chile”, corrobora Montané. Después de todo, Bolaño adoraba a Borges, un maestro de la recreación inventada. Había leído dos veces toda su obra, y casi todos los libros publicados sobre él. Pero distinguía los trucos y las trampas en su personalidad. Adoraba el malditismo de poetas adolescentes como Rimbaud y Lautreamont, pero tenía claro que eran vidas extremas que no quería para su hijo.

De la fauna literaria no tenía buena opinión. “La escritura es un oficio poblado de canallas y de tontos, que no se dan cuenta de lo efímero que es”, declara en la misma entrevista de la televisión chilena, realizada en su primer viaje a la patria, tras 25 años de ausencia.

Fue una ocasión perfecta para opinar de todo, especialmente de literatura, y de autores chilenos. Bolaño, que admiraba a Nicanor Parra, fue bastante duro con sus compatriotas. Se despachó a gusto contra algunos de los más destacados. Ya lo había hecho con los autores del famoso boom y, sobre todo, con la larga secuela de los que transitaron esos caminos trillados con enorme fortuna. Sus declaraciones despreciativas no fueron pasadas por alto. “Es curioso que salvo Jorge Edwards y, mucho más tarde, Vargas Llosa, ninguno de los autores del boom haya dicho una palabra de Bolaño”, comenta Herralde.

Enrique Vila-Matas, que frecuentó al chileno a partir de 1995, dice que se dio cuenta de la grandeza de Bolaño, “cuando leí Estrella distante y Los detectives salvajes. Junto a Jorge Edwards, presenté este último libro en Barcelona, en 1999, y allí ya expuse por escrito mi percepción de estar ante un genio de la literatura”. Por eso no oculta su extrañeza ante otro fenómeno ligado al autor chileno. “Siempre me ha llamado la atención el poco interés que ha despertado Bolaño entre una gran parte de los escritores españoles. Es una indiferencia que hay que encuadrarla dentro de esa falta de interés que sienten normalmente los escritores españoles hacia sus propios colegas, y más aún si son latinoamericanos”.

Puede ser. Tampoco Roberto Bolaño se anduvo con muchas diplomacias. Criticó a muchos autores consagrados sin importarle lo más mínimo hacerse enemigos. ¿Qué pensaría ahora de esta consagración global? ¿Cómo juzgaría las nuevas obras que tiene en cartera su agente norteamericano? Seguramente con satisfacción, pensando al fin y al cabo en la seguridad económica de sus hijos.











jueves 8 de octubre de 2009

No hay un Bolaño menor

por Jordi Gracia
El País, España. 03.10.2009











Esta novela breve nació como un encargo y el resultado fue valioso, como sucede con tantos otros encargos que felizmente la industria editorial hace a los autores de los que se fía (o en los que confía). Quizá por eso Herralde ha decidido rescatar este relato de Roberto Bolaño, escrito por encargo de Claudio López de Lamadrid para una colección de Mondadori en 2002 (lo ha contado por escrito el propio Herralde). Transcurre en Roma pero podría transcurrir en las quimbambas mientras hubiera casas grandes y pisos pequeños, comercios de alquiler de vídeos y personajes con biografías complicadas o infinitamente sosas. La de la protagonista es anodina y amputada, peluquera de poco futuro, amante mecánica y urgente de un par de tipos que viven azarosamente en su propia casa, huérfana de edad indefinida pero ya crecida, y a cargo de un hermano desorientado y más joven que ella.

El cuadro es simple y muy poco prometedor: lo que sucede es todo mate. No hay melodrama ni hay autocompasión ni fantasías redentoras más allá de la mera ilusión de mejorar de vida. Pero hay una gran habilidad en dotar de una irresistible inocencia a la protagonista que narra una breve etapa de su vida y donde vibra sin notarse la inteligencia sentimental del mejor Bolaño. Algunos somos más decididamente partidarios del Bolaño comedido y sutil -el de esta novela breve o el de Estrella distante- que del Bolaño arrebatado por la ambición y la desmesura de Los detectives salvajes o de 2666. En las más extensas demasiadas veces acude la pregunta de para qué, y en ésta cada línea tiene un para qué inequívoco, fatal. Quizá precisamente porque el propio Bolaño no debió tomársela demasiado en serio.

Está el mejor Bolaño sin desatarse: el de la piedad difusa y sin huellas visibles, el de la amargura de las vidas malsanas sin culpa, el de las frustraciones veladas pero invencibles, y el de la vitalidad psicológica suficiente como para trazar personajes de escasa complejidad cuyo papel sin embargo desemboca en relatos complejos. Todo es fácil y directo en Una novelita lumpen y sin embargo la novela trata de la infelicidad y de las recompensas falsas dentro de la infelicidad, de la valentía para cambiar de rumbo y de la lucidez súbita sobre el rumbo real de la vida de cada cual: un pedazo de realismo inteligente sin sermón.











domingo 4 de octubre de 2009

El incidente Bolaño

por Paula Coddou B.
El Mercurio. 03.10.2009
Fragmento alusivo en artículo "La revancha de Jorge Arrate"










En 1999 Roberto Bolaño comió en la casa de Jorge Arrate y Diamela Eltit. Esa comida quedó inmortalizada en una crónica del escritor chileno en el libro Entre paréntesis. "Estamos en la mesa, comiendo la cena que Jorge personalmente ha preparado. No hay carne. Alguien en la casa es vegetariano, y presumiblemente ha impuesto su dieta sobre los demás. En cualquier caso, es Jorge el que cocina, y no lo hace nada mal. A mí la comida vegetariana me sienta como una patada en el estómago, pero me como todo lo que me ponen. Diamela mira a Jorge y luego mira a mi mujer, Carolina, y luego a Lina y al novelista Pablo Azócar, el quinto comensal, y a mí no me mira. Tengo la impresión de que le he caído mal. O tal vez Diamela es excesivamente tímida" (...)

Los anfitriones se molestaron mucho con Bolaño. Hubo intercambio de cartas por los diarios. "Me pareció faltar a la intimidad. Lo invitamos, él quería conocer a Diamela, y uno se sorprende después... Además, él dejó correr su fantasía. Encontré que fue una cosa bien machista además", dice hoy Arrate.

-¿Qué rescata hoy de esa experiencia?
-Me da risa. A mí no me pareció particularmente simpático, pero me cayó bien. Incluso tengo un libro dedicado por él. Fue muy divertido, porque yo era ministro y vivíamos aquí en Ñuñoa, pero en una casa más chica que ésta, en la calle Cervantes. Era verano y yo dejé la puerta abierta y se entraba directamente al living. Y él llegó a la casa de un ministro. Y me preguntó: "¿Y vosotros tenéis la puerta abierta?" (lo imita). "Sí", le dije, "porque hace mucho calor". "¿Y no tienen seguridad?". "No, raras veces en mi vida he tenido". Entonces, en la dedicatoria de un libro me puso: "A Jorge Arrate, que no usa guardaespalda".