lunes 28 de marzo de 2011

Un pedazo de Bolaño

por Sergio Gómez
Revista Fibra Nº22. Santiago, Agosto de 2004







Un día de 1996 recibí una llamada telefónica desde Barcelona. Al otro lado escuché por primera vez la voz de Roberto Bolaño. El propósito de esa llamada era aceptar la publicación de uno de sus cuentos en el diario donde yo trabajaba, se lo habla pedido cuarenta minutos antes y, al no encontrarlo, amablemente me había devuelto la llamada transoceánica. Después de las frases iniciales de la conversación, que yo recuerdo cortas y directas, me preguntó por teléfono: "¿Y cómo está la literatura chilena?". Por supuesto me confundió, debí tartamudear, no esperaba algo así o, probablemente, no tenía idea cómo responderle. Pregunta extraña, o no tanto si se leen las inquietudes posteriores de Bolaño, su permanente preocupación, la obsesión-Bartleby de Bolaño, que concluía en un desdén bastante ingenuo por la literatura chilena o por una literatura que él creía que, con justa razón, no estaba a la altura de lo que declaraba ser; aunque en realidad ni siquiera esto fuera verdadero porque la literatura chilena, la vilipendiada "nueva narrativa", nunca declaró nada y si lo hizo sólo fue la confusión típica que produce un nonato en sus esténtores finales. Pero Bolaño. o los informantes de Bolaño, que a esa altura se multiplicaban, le aseguraban que por acá el asunto era una completa farsa, orquestada por oscuros brazos o por egos extasiados. En parte tenía razón porque lo que él mismo escribía estaba lejos de lo que se escribía en Chile. Pero tampoco ésta era una acotación demasiado aguda, porque siempre ha sido de ese modo. El resentimiento de Bolaño era antiguo: el país, creía él, le debía, le debía una juventud, el exilio semi voluntario, el reconocimiento tardío, todo eso que se cancelaba con sumisión o, por lo menos, con menos fanfarronería de parte de los escritores locales, que de paso, no se daban por enterados y no podían participar de esta querella simplemente porque nadie pensaba en la literatura chilena como Bolaño lo hacía.

La segunda oportunidad en que nos encontramos fue tal vez tres o cuatro años después. La relacionadora pública de la distribuidora de sus libros nos convocó a almorzar. En realidad no fue un almuerzo planificado, surgió a última hora, no era parte de su plan de actividades. Se trataba de la primera visita de Bolaño a Chile después de 25 años de ausencia, una visita con la que comenzaba a hacer pagar al país esa deuda que creía pendiente. Nos reunimos en un elegante restaurante de calle Rosal, al que él llegó con su mujer y su hijo Lautaro. Desde un comienzo noté un ambiente tenso y, francamente, bastante poco entusiasmo de parte suyo. Mientras comimos, Bolaño habló muy poco, más bien no habló nada, y cuando lo hizo fue para dirigirse a la relacionadora pública. Su mujer, Carolina, en cambio, me pareció alegre y conversadora.

Hacia el final del almuerzo, a la hora del café, el escritor por fin levantó la vista, me miró directamente a los ojos y me hizo una pregunta rotunda que me dejó helado por varias razones, la más importante fue porque era exactamente la misma que había escuchado tres o cuatro años atrás por teléfono, tal vez era la misma oración completa: "¿Cómo está la literatura chilena?". Otra vez, como si cuatro años no fueran nada, no supe que responder, o, peor aun, respondí exactamente lo que mi cerebro limitado podía responder, es decir, que no tenía idea de cómo estaba la literatura chilena, una respuesta cercana a dejarle claro que el verdadero Bartleby, el del "prefiero no hacerlo", era yo.

Desde ese momento preferí creer que Bolaño sufría la obsesión-Bartlebly. La que lo obligaba a hacer la misma pregunta eternamente sin poder controlarse. A pesar de vivir a miles de kilómetros, necesitaba confirmar que la literatura nacional, al menos la que alardeaba de ser la literatura oficial, de éxito exclusivamente local, que se atrevió incluso a asegurar que era "nueva", no era nada más que un fraude que debía denunciarse. La conversación o la no-conversación llegó a su fin en ese momento. Fin del almuerzo. La relacionadora pública pagó la cuenta. Y yo, tal vez porque creí que realmente no había estado a la altura de un almuerzo gratis, me ofrecí a llevarlos a todos en mi automóvil.

Cuando por fin llegamos a su hotel, sin hablar en el trayecto más que del clima, y para no parecer descortés, a pesar de la antipatía mutua, decidí bajar del automóvil y despedirme. Entonces, en una vereda de Providencia le estreché por última vez la mano al escritor. En un gesto que no pude interpretar o simplemente no escuché. Bolaño se despidió de mí con una frase breve, tan sólo farfullada, que me resulto y me resulta en la actualidad ininteligible: la intento reconocer o recordar, pero es imposible. Después de algunos años, después de su muerte, me gusta imaginarme que, como Bartleby, Bolaño ese día, a modo de despedida, volvió a preguntarme: "¿Cómo está la literatura chilena?". A veces me imagino la posible respuesta o creo que la respuesta la tenía desde siempre el propio Bolaño, o, digámoslo de una vez, la respuesta era él. Leer, sobre todo sus cuentos, es preguntar seriamente cómo está la literatura chilena.

Resulta impresentable que hoy se comiencen a separar las aguas con afanes carroñeros de uno u otro bando, para despedazar o hacerse de un pedazo del escritor muerto. Bolaño era un escritor militante, el último de causas idealistas, el último de una generación generosamente idealista, como a él mismo le gustaba definirse, y de pasada definía toda su literatura en una frase acertada, hermosa, contenida, entre tanta sonrisa de medio lado, en sus crónicas reunidas recientemente bajo el título de Entre paréntesis (Anagrama, 2004): "Todo lo que he escrito es una carta de amor o de despedida a mi propia generación". Por delante de eso o por detrás se puede entender su calculado menosprecio, su obsesión férrea, su obsesión-Bartleby, aunque el ideal final sea un ideal muerto o, digamos, dormido, como es la literatura chilena.










viernes 25 de marzo de 2011

Banco de pruebas

por Pablo Martínez Zarracina
Las Provincias.es. 29.01.2011









Decía Cyril Connolly que un lector avezado debía ser capaz de evaluar la calidad de un escritor leyendo uno solo de sus párrafos, igual que un experto en telas es capaz de diagnosticar la calidad de una pieza analizando solo un pequeño trozo. Si hacemos caso a Connolly, basta con abrir al azar Los sinsabores del verdadero policía y leer unas pocas páginas para darnos cuenta de la enorme calidad literaria de Roberto Bolaño. Todo está en esas páginas: su mirada inquietante, su tremenda pegada, su arrogante inteligencia, su innegable lirismo.

Los problemas comienzan cuando leemos el libro en su totalidad y terminamos convencidos de que Bolaño era un gran escritor, pero también de que Los sinsabores del verdadero policía no es una gran novela. Probablemente ni siquiera es una novela, sino más bien un cuaderno de autor, una sala de ensayos, un proyecto desarrollado a medias que sirvió para llenar de contenidos algunos de los mejores libros del autor. Los detectives salvajes, por ejemplo. O 2666.

La novela cuenta la historia de Óscar Amalfitano, un profesor universitario chileno, viudo, padre de una hija, homosexual, experto en autores sudamericanos de escaso relumbrón y en el bolañiano Arcimboldi, ese espectro. La novela comienza detallando la relación entre Amalfitano y Padilla, uno de los arquetípicos jóvenes trágicos y letraheridos que pueblan la literatura de Bolaño. Por ser exactos, la novela comienza con el modo en que Padilla divide a los poetas entre «maricones, maricas, mariquitas, locas, vejarrones, mariposas, ninfos y filenos». Es la misma taxonomía agresiva que exponía el 'realvisceralista' Ernesto San Epifanio en la primera parte de Los detectives salvajes.

Bolaño cuenta después los problemas que Amalfitano tiene en Barcelona y su regreso a Sudamérica. El comienzo de la novela -quizá incluso su primera mitad- es rotundo, magnífico por momentos y suena muy conocido: grupos literarios que funcionan como bandas callejeras, oscuros profesores de literatura, falsas biobibliografías, escritores fantasma, marginación, pesadillas, exiliados, supervivientes de las revoluciones americanas. Los elementos que componen el universo del autor condensados y expuestos en una sucesión que tiene algo de 'dèjá vu' inducido.

A medida que avanza, el texto va disgregándose y perdiendo solidez. De pronto se incluyen en él fragmentos que tienen la urgencia y el carácter de una nota adhesiva colocada en un manuscrito ajeno. Hay momentos en los que nos da la sensación de que lo tenemos entre las manos es la carpeta en la que Bolaño guardaba documentación para la composición posterior del personaje de Amalfitano. En su última parte, la novela adquiere -de un modo casi arbitrario- el tono criminal y pesadillesco que el lector encontrará, sonando a todo volumen, en 2666.

¿Quiero esto decir que Los sinsabores del verdadero policía es un mala novela? Más bien quiere decir que es otra cosa: una visita al cuarto de trabajo de un escritor de primer nivel. La visita interesará al lector que conozca la obra de Bolaño y sea capaz de identificar y valorar lo que va encontrando en los cajones. Los lectores que en cambio quieran tomar un primer contacto con la obra del chileno harían bien en comenzar por otros de sus libros.










lunes 14 de marzo de 2011

Huibodolabroño

por Carlos Franz
Letraslibres.com. 06.2009


“Huidobro es el precursor épico del sucesor melancólico que fue Bolaño”,
afirma Carlos Franz en este ensayo,
en el que traza paralelismos entre ambos autores chilenos,
hermanados (o divorciados, o condenados) por sus relaciones con la vanguardia.



Cabezas olmecas

Año 2007. Palacio de Bellas Artes de México DF. Congreso dedicado a la obra de Roberto Bolaño. En ese edificio inquietante –neoclásico y porfirista por fuera, art decó y revolucionario, por dentro– y ante un público “expectante”, escritores y profesores lo desmenuzan. Por mi parte, improviso sobre un texto admirativo y crítico –no sé tener admiraciones que no sean críticas. Como me pasa siempre cuando intento improvisar, pierdo el hilo. Casi sin darme cuenta anuncio que un origen de la violencia patente en la obra de Bolaño vendría de que él triunfó como novelista escribiendo sobre poetas vanguardistas, en lugar haber permanecido fiel a la poesía vanguardista que fue su vocación. Agrego: fue lo mismo que intentó hacer, por ejemplo, Vicente Huidobro con sus novelas y su teatro y hasta sus proyectos cinematográficos, sin resultados, de modo que tuvo que morir poeta, poeta irremediable.

Al terminar el acto, se me acercan dos mexicanos de cabezas enormes, como esas testas de piedra colosales de los olmecas, que me arrinconan contra el escenario. Uno de los olmecas se presenta: “somos los infrarrealistas”. Me doy por perdido. Hasta que una de esas bocas del tamaño de buzones declara: “Tienes razón, buey, Bolaño nos traicionó. Mejor Huidooobro”.

Algunos poetas mexicanos me confirmaron luego que no les parecía raro. Lo peor que le puede pasar a un poeta es hacerse inmortal gracias a su prosa. Error. Hay algo peor: para poetas con vocación de no escribir, como es Ulises Lima –coprotagonista de Los detectives salvajes–, qué tormento verse escritos, incesantemente escritos, parodiados, caricaturizados. Y más encima en novelas (esos aparatos burgueses, mercantiles, prosaicos).

Pensando en voz alta me había dejado llevar por una asociación libre, juntando los nombres de Bolaño y Huidobro. Y había pinchado un nervio.

Nervio: Vicente Huidobro fue la vanguardia de Roberto Bolaño. Huidobro es el precursor épico del sucesor melancólico que fue Bolaño. Existen entre ambos tantas similitudes ocultas como coincidencias aparentes. El hilo que los entrevera es el relato de una épica de la voluntad y la crónica de su fracaso. El proyecto radical de la vanguardia, su voluntad, es Huidobro. El fracaso radical de la vanguardia, su melancolía narrada como épica, es Bolaño.

Huidobro & Bolaño. Encuentro del paraguas y la máquina de coser, en la mesa de disecciones de la literatura latinoamericana. Choque que ya venía fundamentado en la propia estética huidobriana. Proclama Huidobro en uno de sus primeros manifiestos (Época de creación):“Inventar consiste en hacer que las cosas que se hallan paralelas en el espacio se encuentren en el tiempo o viceversa, y que al unirse muestren un hecho nuevo”. Juntar a Huidobro y Bolaño como “empresa de mudanza” de sentidos que, poniendo en contacto cosas aparentemente disímiles, cree entre ellas un magnetismo (de atracción o repulsión, dependiendo del polo por el cual las enfrentemos).

Bautismo de fe para lo que nace de ese encuentro: Huibodolabroño. Ser quimérico, pero no imposible. Grifo digno del bestiario fantástico de Borges. Gárgola armada con las greñas y las gafas de Bolaño y el bastón y el sombrero de caballero de Huidobro. El huibodolabroño, recién nacido, nos saluda sacándonos una lengua bífida, babeante de prosa y de poesía.

Morfología del huibodolabroño. La primera y más importante afinidad entre ambos, la que permite que el cruzamiento entre ambas especies parentales no sea estéril es, por supuesto, la vanguardia. Proyecto de poesía y vida en Huidobro; tema novelesco y nostalgia vital en Bolaño.

Uso restringido, el que hago, del término vanguardia. Restringido a los proyectos de ruptura estética que –y esto es crucial, porque les da su dimensión política– buscaron organizarse como movimientos colectivos en el período de entreguerras. Desde el cubismo al surrealismo. Desde Apollinaire y Dada al Duchamp que lo abandona todo por el ajedrez. Queda para eruditos hilar fino sobre cuántos ángeles caben en la cabeza de este alfiler; ángeles todos peleados y enemigos entre ellos.

Huidobro fue el campeón latinoamericano de aquella vanguardia. Bolaño su deudo. En sus respectivos ejercicios ambos fueron dandis: partidarios de un arte puro o arte por el arte. A los dos les apasionaba la guerrilla literaria. Huidobro en París se jactaba de ser muy odiado y lo consideraba un triunfo. Bolaño suscribía esa jactancia. En ambos hubo un culto al poeta como ángel y bestia (embutido de ángel y bestia, que diría Parra). En Huidobro alentó una voluntad nietzcheana, y la vez ingenua, que soñó posible transformar la vida y el mundo mediante la poesía. Voluntad que en Bolaño se transformó en cinismo y melancolía (en otra parte he escrito sobre la mela-cholé de Bolaño).

Mucho de lo que en Huidobro fue aristocrático intelectual, anarquista orgulloso, individualista nietzchano, aparecerá en alguno de los personajes de Bolaño. Los aeroplanos del futurismo serán pilotados por los poetas asesinos del futuro –ese Carlos Wieder de Estrella distante, que es el colmo del dandi: artista y criminal a la vez.

En ambos se percibe el ansia de martirio del héroe poeta, heredada de los románticos y de los poetas malditos. Por último, pero no al final –de hecho este es el comienzo de sus leyendas– ambos mueren amargados y prematuros. A los cincuenta y cinco Huidobro, a los cincuenta Bolaño. (Aunque habría que preguntarse si hay muertes “prematuras” realmente, o sólo los bebés pueden ser prematuros…).

Las amarguras son diferentes: su vanguardia, el creacionismo, ha fracasado, siente Huidobro. Bolaño siente que el triunfo “me ha llegado demasiado tarde”, como me dijo en uno de nuestros escasos encuentros (que, acaso, sería mejor llamar desencuentros). Pero las desilusiones son parientes. La desilusión en Bolaño es hija de la amargura de Huidobro. Tanto más profunda porque es heredada. Heredada del fracaso de las revoluciones estéticas y también políticas que no le tocaron.


Muerte de Huidobro, en 1948. Si consideramos que por esas fechas terminaban de morir también las vanguardias europeas, el asunto supera en interés a la efeméride. La muerte de Huidobro se transforma en un azar significativo. Tan significativo, al menos, como las desapariciones de Cesárea Tinajero y de Benno von Arcimboldi, en las dos obras cumbre de Bolaño. En el caso de Cesárea, contemporánea estricta de la mejor época del creacionismo, es patente que lo que desaparece con ella, en el libro, es la vanguardia pura, la original, el ideal y la maldición de las primeras vanguardias. Así como el creacionismo de Huidobro, en tanto que proyecto vanguardista extremado (pleonasmo, toda vanguardia es extrema), se extingue o termina de caer, para usar el símil de Altazor, con la muerte de su creador. “El hombre sacude su yugo, se rebela contra la Naturaleza, como antaño se rebelara Lucifer contra Dios”, había declamado Huidobro, exaltado y satánico, en su manifiesto La creación pura.

Bolaño hereda la ruina, el fracaso anunciado, el infierno de esa rebelión. Y en ese infierno pone a Huidobro. Cuando Amadeo Salvatierra le lee a los detectives salvajes cierto Directorio de la Vanguardia, confundido en ese largo inventario de vanguardistas muertos y olvidados, figura un tal: “Vicente Ruiz Huidobro. Su compatriota”, le dice Amadeo a Arturo Belano, mientras saborea la última gota de su mezcal etiqueta “Los Suicidas”.

Tanto tiempo después del ocaso dramático de los vanguardismos –y mirado desde este mediodía del arte pragmático que nos toca–, todo aquel entusiasmo parece cosa de locos. Bolaño lo hace patente en varios momentos de su obra. En Los detectives salvajes, cuando Joaquim Font, Quim Font, el padre loco de las hermanas musas de los viscerrealistas, le muestra al poeta García Madero el proyecto de revista que está diseñando para el grupo. Le dice: “Ya se van a enterar estos pendejos lo que es la vanguardia…”. Y enseguida le muestra el espacio que ha dejado en su maqueta de revista para los poemas de estos neo-vanguardistas. “El espacio que me señaló estaba lleno de rayas, rayas que imitaban la escritura, pero también de dibujitos, como cuando en los cómics alguien blasfema: serpientes, bombas, cuchillos, calaveras, tibias cruzadas, pequeñas explosiones atómicas”. Así acaban las vanguardias: en cómic, en lo cómico.

Hoy, el intento de hacer una vanguardia es una locura. O algo peor: una revistilla para poetas adolescentes. “Hay una literatura para cuando estás desesperado.”, continúa desvariando Quim Font, “Esta última es la que quisieron hacer Ulises Lima y Belano.” Y agrega: “Tomemos al lector desesperado, a quien presumiblemente va dirigida la literatura de los desesperados. ¿Qué es lo que ven? Primero: se trata de un lector adolescente o de un adulto inmaduro”.

Protestará alguno: Font está loco. Respuesta: hay método en su locura.


Huidobro aparece mencionado a menudo en la obra de Bolaño. Muchos escritores aparecen a menudo en la obra de Bolaño (que casi no supo hacer otro tipo de personajes), así que esas menciones no son muy interesantes. Cotilleos, perfidias ingeniosas. Por ejemplo, aparte de su nombre mal escrito en la lista antes citada, está el pasaje de una entrevista donde Bolaño contesta que Huidobro “me aburre un poco. Demasiado tralalí ala lí. Demasiado paracaidista que desciende cantando como un tirolés”. Es divertido, pero no es muy interesante.

Más sugestivo es que Bolaño sea el que aparece a menudo –aparece todo el tiempo, diría yo– en la obra de Huidobro. Convendremos en que esto sí que es interesante, escalofriante incluso. El sucesor apareciendo en la obra del precursor. Esto sería una consecuencia radical, vanguardista precisamente, de la noción borgiana de que un sucesor, al escoger a sus precursores, modifica la lectura de sus obras. En este caso Bolaño modifica tanto la lectura de Huidobro que se introduce en ella.

A su vez, Huidobro, desde esa tumba “en cuyo fondo se ve el mar” –como reza su epitafio, en la Cartagena de Chile– se venga de Bolaño anticipándolo. Prefigurándolo hasta el punto de convertirlo menos en consecuencia que en pronóstico.

Repasada la obra de Huidobro, su poesía y su prosa, sin dejar de lado su prosa de circunstancias o sea sus entrevistas y polémicas, y especialmente sus aforismos (pocas obras más llenas de aforismos que las de Huidobro) y si ese repaso de Huidobro se hace luego de leer mucho a Bolaño, y si esas relecturas de ambos se hacen sin devociones ni genuflexiones hacia ninguno, una experiencia inquietante ocurre: Roberto Bolaño aparece en la obra de Vicente Huidobro.

En la obra de Huidobro entendida, eso sí, como la entendían precisamente los vanguardistas: como intento de transformación de la vida y del mundo mediante la poesía (ya fuera creando una realidad paralela, o bien, infiltrando en esta realidad otra más profunda o verdadera).

Descartada la ingenuidad de revisar las obras de Huidobro buscando el nombre de Bolaño, propongo un experimento esotérico (más grato al gran esotérico que fue Huidobro).

Primero escríbase con mayúsculas la palabra “OBRA”, de Huidobro.

Enseguida léase y entiéndase esa OBRA en el sentido que le daban los alquimistas: transformación del material y del hacedor al mismo tiempo.

Tercer paso: hágase con la OBRA de Huidobro lo que esos adolescentes fanáticos del rock satánico hacen con los vinilos de ciertos grupos –Iron Maiden, Metallica o Led Zepelin–, es decir escucharlos al revés hasta oír como invocan clarito al demonio.

En el caso de Huidobro, para leer su OBRA al revés no hay que comprarse un tocadiscos de los años setenta. Basta con leerlo desde HOY. Desde este hoy que va en sentido contrario a su proyecto. Para leerlo al revés basta con leerlo desde el futuro que esa obra anunciaba y que no se cumplió. Desde esta posvanguardia.

Resultado del experimento: Leído así, al revés, Huidobro, el pequeño dios, invoca clarito al demonio de Bolaño. El proyecto vanguardista extremo de Huidobro –voluntad a pesar de la imposibilidad– invoca y hasta crea a Bolaño al anticipar su melancolía de sucesor desheredado.

“Un poema es una cosa que nunca ha sido, que nunca podrá ser”, dice Altazor. Faltaría intercalar solamente, después de la palabra “poema”, la palabra “creacionista” o, más en general, vanguardista, para tener una declaración del fracaso anticipado del proyecto creacionista, que sabe que no puede llegar a cumplirse.

¿Qué es lo único que podría redimir ese proyecto poético y vital que no pudo cumplirse? Respuesta: un relato. El relato del proyecto y su fracaso. Esto es lo que va a hacer Bolaño. Esto es lo que ya sabía Huidobro que Bolaño iba a hacer. Puede que el poeta creacionista no alcance su objetivo épico, pero al intentarlo crea la leyenda. Y al crearla engendra al narrador que la cuente.

Bolaño inventado, o mejor, CREADO, por Huidobro.

Suena raro. Pero no habría disonado tanto en tiempos de la vanguardia histórica. En esa arcadia tan reciente y que, sin embargo, ya parece remota, cuando “la obra” de un autor no era meramente el estante de su biblioteca donde este pone los libros que ha “autorizado”.

Sino que la OBRA podía pretenderse, conforme al código creacionista, como la creación de una realidad nueva, autónoma, total-mente humana. Y no temamos intercalar: total-itaria-mente humana; no en balde el manifiesto más radical de Huidobro se llama Total.

(Tanta ambición total. Y pensar que, si ahora salimos a la calle y le preguntamos a un desprevenido qué es el “creacionismo”, probablemente nos informará que es una secta cristiana, fundamentalista, que niega la evolución para afirmar que el mundo fue creado hace 5.000 años por un verdadero dios. Así la poesía se convierte en parodia).

La época cumbre de Huidobro es también la de los primeros real visceralistas en México, los de Cesárea Tinajero. Que son más intensos por supuesto que sus modosos contemporáneos, reales de verdad, los estridentistas. Y mucho más, por cierto, que Ulises Lima y Arturo Belano, estos segundos real visceralistas que, a comienzos de los años setenta, apenas son parodia de una épica, epígonos de una tradición agotada. Como pos vanguardistas que son, Lima y Belano son más infecundos que la vanguardia misma. Sus modelos, los infrarrealistas, fueron casi completamente irreales, de hecho, hasta que Bolaño, transformado en novelista, los sacó de su casi nada. (Y de allí el despecho de aquellos Olmecas, en Bellas Artes).

Podemos imaginar a Huidobro, antipoeta y mago, en sus últimos días en la casa de la Cartagena de Chile haciendo sesiones de espiritismo –que aún aterran a los lugareños–, para comunicarse con un espíritu del futuro. Como buen vanguardista Huidobro prefería ser médium del futuro y no del pasado. En el comedor de esa casa –donde una vez, y a pesar de que yo no creo en fantasmas, se me apareció su fantasma; pero esta es otra historia– en ese comedor de Cartagena, me gusta imaginar a Huidobro haciendo espiritismo con sus amigos más jóvenes, como Volodia Teitelboim (imaginar al prócer del comunismo chileno, Teitelboim, haciendo espiritismo, es algo que produce doble terror). Imagino a Huidobro percibiendo un tambaleo en la mesa de tres patas a la vez que cierta voz, con un extraño acento mechado de chileno y mexicano, le recita desde el futuro sus propios versos: “Vamos cayendo, cayendo de nuestro cenit a nuestro nadir, dejamos el aire manchado de sangre para que se envenenen los que vengan mañana a respirarlo.” Y luego de recitarle esas líneas de su Altazor, la misma voz amexicanada y sardónica de este espíritu venido del futuro increpa a Huidobro: “¡Pinche cabrón, viejo de mierda, no dejaste nada para nosotros!”.

Huidobro oyendo la voz del futuro. Huidobro previendo la rabiosa nostalgia que un Bolaño del mañana podría sentir por aquella época perdida. Previéndola porque él mismo ya la sentía. Como también sentía, ya, el relato que redimiría ese fracaso.


El paracaidista de Moscú

Estación Mayakovskaya en el metro de Moscú. Tema de la decoración estalinista, de los años treinta: “24 horas del cielo soviético”. En uno de los 24 medallones de mosaico que adornan el techo, un paracaidista cae directamente sobre nosotros, desde un avión, hacia estas profundidades del tren subterráneo. Un paracaidista entre extático y aterrado, cae con la boca abierta como si viniera cantando (pero para espantar el miedo). Exactamente como cae Altazor.

El azor fulminado por la altura, el poeta en paracaídas cayendo, lentamente, desde el cielo de la poesía hacia la prosa del mañana. Altazor precipitándose desde el futuro de la humanidad proletaria –que no fue– hacia el futuro burgués que somos. Desplomándose desde el pasado de la única vanguardia que triunfó –convertida en dictadura–, hacia un porvenir sin vanguardia posible.

Huidobro, cayendo de su poesía celestial a la prosa infernal de Bolaño –“infierno”: una de las palabras más abusadas en el léxico bolañesco.

En el rostro del paracaidista de la Mayakovskaya se detecta una nostalgia anticipada, una añoranza prevenida del propio fracaso, que quiere ser narrada. Su caída es, al mismo tiempo, el parto del monstruo, del huibodolabroño.

Un escéptico, un incrédulo en los huibodolabroños (un grave de esos que no creen en el Yeti, ni en Bigfoot, ni en la simpática Nessie, “porque no son reales”) podría objetar que las vanguardias no fracasan. O más bien, que el propio fracaso de la empresa vanguardista constituye el éxito de su poesía. La poesía se cumple al frustrarse (si se frustra con grandeza). Es la tesis del martirio como salvación que fue tan cara a Huidobro. Su vocación de derrota era, por supuesto, consustancial a su ideología vanguardista. Ir “a la vanguardia” conlleva exponerse antes que nadie al fuego enemigo y caer en la primera línea del frente. No hay vanguardista verdadero que no sea un nostálgico del heroísmo cuya consagración es el martirio. Todos dudamos de un héroe que sobrevive. (Un Che gordo y pelado, hoy día, entubado en la cama geriátrica vecina a la de su jefe, no vendería tantas camisetas como vende). La derrota, en el doble sentido de fracaso y de rumbo, es la consagración de un verdadero vanguardista. Dicho de otra forma, un vanguardista no puede triunfar, porque para triunfar hay que salvarse y sólo los “retaguardistas”, los que vienen después, serían quienes se salvan…

Todo aquello podría objetar un escéptico. Y se equivocaría. Considerar a la vanguardia cumplida en su propia insatisfacción, que ni siquiera llegó a inmolación, delata pereza intelectual. Hipótesis somnolienta que deja fuera precisamente aquello que hacía tan poderoso y embriagador el contagio de las vanguardias y, en especial, el magisterio de Huidobro. “Magisterio”, porque las vanguardias tenían mucho de pedagogía y proselitismo, distaban de ser puramente espirituales. Fueron no sólo poéticas sino que políticas. Cualquier erudición que pretenda desvincularlas de su empeño por transformar la realidad sacrifica, a la supuesta comprensión del fenómeno, la pasión que era parte inseparable del mismo.

Vivida en aquel presente –que ahora se antoja un pasado ya clásico– la vanguardia debe haber sido embriagadora y seductora, como pocas otras cosas que la literatura pueda ofrecer a sus oficiantes. Recemos de nuevo algo de su credo:

“…la gran palabra que será el clamor del hombre en el infinito, que será el alarido de los continentes y de los mares hacia el cielo embrujado y la tierra escamoteada, el canto del ser realizando su gran sueño, el canto de la nueva conciencia, el canto total del hombre total.” (Huidobro, Manifiesto Total).

Todo esto sería la poesía. Y la política. El maridaje de ambas liberaciones fue consustancial al vanguardismo. La unión del sueño de la poesía con la posibilidad de la política revolucionaria generando entusiasmos que justificaban perder la vida –o quitársela a otros– en el intento.

Si el escéptico objetara hoy que esa voluntad de morir o matar era literal sólo en el caso de la vertiente política de las vanguardias, habría que recordarle que la vertiente literaria no era menos amenazante. Recuérdese, por ejemplo, el segundo manifiesto surrealista donde Breton proclama que el acto vanguardista por excelencia sería salir con los ojos cerrados a la calle dando tiros a diestra y siniestra.

Prueba indirecta: los movimientos vanguardistas se comportaron como facciones políticas o ideológicas. Contra más radical y pura fue su estética, más tendieron a la herejía. La herejía que, bien lo sabemos, se hace siempre en nombre de la pureza del mensaje original traicionado. A esa tendencia centrífuga y martirológica (lógica del martirio) corriente en los extremismos políticos, corresponde un inverso imperativo de orden, de mucha autoridad, de autoridad militar en lo posible. Una autoridad tan exigente que el jefe tiende a quedarse solo. En Los detectives salvajes a Arturo Belano –que uno de sus seguidores califica como “el Breton del tercer mundo”–, le da por expulsar a los miembros del real visceralismo. Simplemente porque Breton hacía lo mismo: purgaba. Y Stalin, habría que agregar, también.

Que los vanguardismos estéticos sean más inofensivos que los políticos no habla en su favor, en este caso. Precisamente por eso los estetas pueden ser todavía más radicales que los políticos. Ser un radical estético sale más barato que ser un extremista político. Antes de enterarse de que Belano los purga en broma los real visceralistas se preocupan en serio. Pero a ninguno se le ocurre matar o suicidarse por ello. Una purga estética no acaba con un tiro en la nuca. Aliviadas de esos riesgos las vanguardias estéticas tienden a un anarquismo extremo que las vanguardias políticas rara vez se permiten.

Trotsky objetó que Diego Rivera se convirtiera en Secretario General del trotskismo mexicano, precisamente por eso: “¿Cómo vas a ser jefe de un movimiento político tú que nunca te pones de acuerdo y cuando alguien te discute sacas la pistola?”. El viejo Trotski sabía que un artista –contra lo que creen los melifluos– será no menos sino que mucho más radical que un político.

En nuestro idioma es casi seguro que no hubo otro vanguardista más violento que Huidobro. Hasta es posible sustentar que toda la trayectoria huidobriana puede explicarse por esta doble vertiente de artista y de activista, de creador y de creacionista. De hecho, y según algunos, lo que arruinó a Huidobro (hacia el final de su vida él se consideraba arruinado), fue el despilfarro de energía que empleó en la interminable lucha por imponer su versión de la vanguardia, en desmedro de la creación de su obra. El creacionismo vampirizó a su creación. Y fue dejándolo solo. Terminó peleado con prácticamente todos sus amigos de juventud. Prosapia huidobriana de la obsesión de Bolaño con las guerrillas literarias, con las peleas y zancadillas de nuestra literatura latinoamericana tan, ay, real miserabilista.

Sicología del huibodolabroño: animal paradójico que caza solitario, y bestia nostálgica de la manada literaria, al mismo tiempo.


La lista de los inmortales

La escena ocurre en 1932, durante una tertulia en casa de Carlos Morla Lynch, en la calle Alfonso XII, frente al Parque del Retiro, en Madrid. Es la escena de una apuesta. A altas horas, y en presencia de Lorca, de Altolaguirre, de muchos otros, Vicente Huidobro hace una lista de los escritores contemporáneos que, según él, “serían inmortales”. Siempre se apuesta contra el futuro, pero esta fue una apuesta sobre la posteridad misma. La lista se guarda en un sobre firmado por los presentes. Éstos prometen reencontrarse, unas décadas más tarde, para abrirlo y comprobar si Huidobro ha ganado su apuesta. La guerra –o la vida, que es lo mismo– impide a los conjurados volver a reunirse. El sobre se pierde. Nunca sabremos si aquellos inmortales siguieron siéndolo.

Tres cuartos de siglo después podemos imaginar que encontramos ese sobre, entre las páginas de un libro viejo comprado en una librería de segunda mano, y lo abrimos. El comienzo de la lista es fácil. Previsiblemente, Huidobro la encabezó con el nombre del jefe de la poesía de su tiempo, es decir: Vicente Huidobro. A continuación la lista se complica. Huidobro sólo apostaría por los vanguardistas con los que no estuviera irremediablemente peleado. El problema es que, para esa época ya avanzada del movimiento, ¡los había purgado a casi todos! La lista tiene que haber sido tan corta que nada cuesta imaginarla en blanco. El nombre del jefe, de Huidobro, encabezando una lista en blanco…

Ese papel en blanco, bien leído, nos está diciendo que nadie sobreviviría a las vanguardias, nadie. Nuevamente: “Un poema es una cosa que nunca es, pero que debiera ser. Un poema es una cosa que nunca ha sido, que nunca podrá ser”.

Alternativa: ese espacio en blanco –alarmantemente parecido a los espacios en blanco en las últimas páginas de Los detectives salvajes–, sugiere todavía una tercera posibilidad. Puede que ese papel contuviera un solo nombre, pero otro. Un apellido que nada nos impide conjeturar, porque nunca lo podremos negar del todo: Bolaño. En ese papel, en blanco o no, Huidobro anotó la única posibilidad de supervivencia para una empresa cuya derrota era su rumbo.

La supervivencia de las vanguardias diezmadas no podría estar en su influencia sobre la posteridad –la influencia, esa manera exangüe de la victoria. Lo que no pudo ser en los planes de sus exaltados militantes, vino a sobrevivir, imprevistamente, en una novela. La supervivencia estuvo en la crónica ficticia que, muchos años después de muertos sus protagonistas, y con tremenda nostalgia por lo que NO había vivido, haría un tipo bilioso y genial llamado Roberto Bolaño.

En Huidobro la vanguardia es una experiencia. La de una campaña –más que un proyecto– para unir arte y vida, individuo y humanidad, que hace posible soñar una poesía y una política revolucionarias.

En Bolaño, la imposibilidad de la experiencia vanguardista, hace posible, sin embargo, ese triunfo vicario sobre la realidad que es la novela. La crónica de un ideal perdido.

Huidobro & Bolaño. Campaña, derrota, relato y nostalgia vanguardistas.

Huibodolabroño: animal estoico y entristecido, campeón y deudo de sí mismo.









lunes 7 de marzo de 2011

Roberto Bolaño: la obra única

por Patricio Pron
El Boomeran(g). 27.01.2011









Algo menos de un año atrás, la publicación de El Tercer Reich permitió a los lectores asistir a un episodio en la formación de Roberto Bolaño: escrito en 1989, el texto no se correspondía necesariamente con el estilo que su autor desarrollaría más tarde y no alcanzaba sus cotas de calidad posteriores pero parecía haber sido funcional en la obtención de ese estilo y de esa calidad; aun tratándose de una buena novela y participando de las principales características de la obra del escritor chileno, El Tercer Reich no resistía en realidad la comparación con sus otras obras y provocó en algunos lectores la impresión de que ya no cabía esperar mucho de los materiales dejados por Bolaño tras su muerte.

La lectura de Los sinsabores del verdadero policía, la novela o conjunto de relatos y proyectos de novela en el que Bolaño trabajó a partir de la década de 1980 y hasta su muerte, produce un efecto por completo diferente. El libro no es un texto de formación independientemente de lo que indiquen las fechas que se le atribuyen: aquí encontramos la erudición marginal, el gusto por la inclusión de fragmentos narrativos (sueños principalmente, pero también cartas) que están en una relación enigmática con las narrativas principales que les sirven de marco, la enumeración de elementos heterogéneos y la conformación de series y de listas, la tendencia a la irresolución y a la insinuación y esa escritura que Juan Antonio Masoliver Ródenas denomina en su prólogo "una escritura visionaria, onírica, delirante, fragmentaria, y hasta se podría decir que provisional" (8), características del estilo de Bolaño en libros como Estrella distante, Llamadas telefónicas, Los detectives salvajes y 2666, entre otras obras. La mención a estos textos no es casual: buena parte de sus motivos y temas parecen haber hecho su primera aparición en Los sinsabores del verdadero policía, en el que, como sostuvo recientemente Rafael Suárez Plácido "está todo Bolaño" y en el que tal vez deba verse la única obra del escritor prolífico y singular que fue el chileno.

Aunque el texto se divide en cinco apartados que carecen de un protagonista único ("La caída del muro de Berlín", "Amalfitano y Padilla", "Rosa Amalfitano", "J. M. G. Arcimboldi" y "Asesinos de Sonora"), su autor regresa una y otra vez al infortunado Óscar Amalfitano, el profesor chileno de 2666 cuyo pasado conocemos por primera vez aquí, y a Santa Teresa y sus crímenes. Aquí también se encuentra la taxonomía de los poetas que Bolaño atribuía a Ernesto San Epifanio en Los detectives salvajes y que los distribuye en las categorías de "maricones, maricas, mariquitas, locas, bujarrones, mariposas, ninfos y filenos" (21-24); también la narración de la supuesta violación a Arthur Rimbaud del mismo libro. El relato de Llamadas telefónicas "Un cuento ruso" constituye el séptimo capítulo del segundo apartado del texto y existen otras correspondencias entre esta novela y 2666 de las que Ignacio Echevarría dio cuenta en un artículo reciente en El Cultural del diario español El Mundo, pero también una divergencia sustancial en la figura del J. M. G. Arcimboldi que, como afirma Echeverría, "nada tiene que ver con el Benno von Archimboldi" de 2666, ya que el de aquí es un escritor francés (y no alemán), el resumen de cuyos libros es tal vez la sección menos atractiva del texto.

Quizás más interesante que el propio argumento de Los sinsabores del verdadero policía (en el que hay un amor fou y una larga relación epistolar entre Amalfitano y el joven poeta catalán Joan Padilla, una novela titulada "El dios de los homosexuales" que quedará indefectiblemente inédita, un falsificador de cuadros de Larry Rivers, un general de la Revolución Mexicana, un escritor que practica la prestidigitación y está obsesionado con hacer desaparecer a las personas y unos policías mexicanos y corruptos, todos "personajes de novela filosófica del siglo XVIII exiliados en un continente semejante a la luna, a la cara oculta de la luna, el sitio ideal para que crecieran y se desarrollaran, inocentes y codiciosos, singulares y valientes, fantasiosos y rematadamente ingenuos", 90), sea el hecho de que su publicación obliga a pensar en la obra de Bolaño ya no como una serie de textos autónomos vinculados por la circulación de temas y personajes sino, más bien, como fragmentos y textos extraídos de un continuo desconocido hasta el día de hoy por sus lectores, una novela extraordinaria de naturaleza inconclusa (como sólo pueden serlo las obras a las que se dedica la vida, cuya naturaleza es finita) que desafía todo lo que creíamos y lo que dijimos sobre Bolaño hasta el momento. A la altura de 2666 y Los detectives salvajes, Los sinsabores del verdadero policía testimonia la existencia de una novela subterránea y secreta de la que sólo conocemos algunos capítulos sueltos; de esos capítulos (Amuleto, Monsieur Pain, Estrella distante) puede y se ha dicho mucho, pero de la obra de la que emergen no puede decirse nada: tan sólo se la puede contemplar con fascinación y asombro como al paisaje por el que Bolaño hace deambular a sus personajes y en el que él mismo parece haber vivido siempre:

"Por allí, se decía Amalfitano como un loco, busca por allí, escarba por allí, por allí hay rastros de verdad. En la Gran Intemperie. Y también se decía: con los parias, con los que no tienen absolutamente nada que perder hallarás, si no la razón, la jodida justificación, y si no la justificación, el canto, apenas un murmullo (tal vez no sean voces, tal vez sólo sea el viento entre las ramas) pero indeleble" (126).