miércoles, 17 de junio de 2009

La compañera final de Bolaño

por Gonzalo Maier
Revista Qué Pasa, Chile. 15.11.2008









Se llama Carmen Pérez de Vega y, en su auto, llevó al escritor chileno rumbo al hospital donde moriría en julio del 2003. Se conocieron en 1997 y, a los pocos años, él sencillamente la presentaría como su novia. Con esto, se rompe el mito de que la mujer que lo acompañó hasta el final fue su esposa Carolina López. Una advertencia: la historia de este romance es también la historia de los últimos días de Bolaño. Y, de paso, un ingrediente fundamental en la lucha que hoy gira en torno a sus libros. Éstos son -en exclusiva- los detalles del último y más desconocido capítulo en la vida del autor de Los detectives salvajes.



El tren se detuvo en Pamplona, Navarra. Las puertas se abrieron y Roberto Bolaño subió, buscó un asiento y se sentó. Junto a él -la vida a veces puede parecer una película romántica- quedó ubicada una mujer que, durante ese 1997, recién cumplía 40 años. Era rubia y particularmente delgada. Se llamaba Carmen Pérez de Vega, venía del País Vasco y, tal como su improvisado compañero de viaje, iba rumbo a Barcelona. Pero los viajes, ya se sabe, muchas veces no terminan en los destinos finales. Seis años después y mientras Bolaño sufría la última crisis hepática que lo llevaría a la muerte, sería precisamente ella, Carmen, quien manejaría velozmente y de madrugada rumbo al hospital.

Claro que entre el tren que llegó a Barcelona y el auto que partió frenético rumbo a la sala de urgencias del Vall d'Hebron, sucedieron otras cosas. Por ejemplo -la más evidente-, los pasajeros dejaron de ser casuales compañeros de viaje y, paulatinamente, se fueron transformando en una pareja estable. Bolaño, de paso, al año siguiente publicaría Los detectives salvajes y comenzaría a construir una fama que hoy, tras la reciente publicación en inglés de 2666 -elegido recién por la revista Time como el libro del 2008-, se abrió paso incluso en O, la multimillonaria revista de Oprah Winfrey.

Pero nada de lo que sucedió entre el alegre viaje en tren y el dramático viaje en auto fue un misterio. Ya a fines de 2002, un año antes de que muriera por una falla hepática irreversible, Bolaño la presentaba sencillamente como "Carmen, mi novia". Es que para el círculo cercano al chileno, ésa estaba lejos de ser una relación oculta. Mucho menos un secreto o -por descontado- un tema tabú. De hecho, ya para el último cumpleaños de Roberto Bolaño, el 28 de abril de 2003, en una celebración que hizo junto a sus amigos en Barcelona, sería Carmen y no Carolina López -su esposa y la madre de sus dos hijos- quien lo acompañaría.

La mudanza de Carmen Pérez de Vega a la vida de Bolaño, eso sí, sería paulatina. La relación fuera del tren, cuentan amigos cercanos al escritor, comenzó precisamente al día siguiente a ese viaje. Se reunieron en Barcelona y Bolaño le regaló uno de sus libros: "Para Carmen, encontrada en un tren", dice la dedicatoria. La relación fue creciendo con el tiempo y lo cierto es que durante los últimos meses que Carmen pasó con Bolaño, ella se transformó en una habitué de su círculo más cercano, un grupo heterogéneo -en el que no necesariamente todos eran amigos entre sí- que iba desde Rodrigo Fresán a Enrique Vila-Matas, pasando por el chileno Bruno Montané hasta el crítico Ignacio Echevarría. Carmen era completamente ajena a ese mundo: una catalana que hasta hoy trabaja como maestra de Educación Especial -título que no existe en Chile, pero que forzando las convalidaciones sería cercano al de Educación Diferencial-, pero que muy luego frecuentaría a ese grupo de escritores con toda naturalidad. Y, por eso, hace poco y en medio de un homenaje póstumo a Bolaño, cuando un escritor latinoamericano le preguntó en voz baja a su compañero de asiento quién era esa mujer rubia y delgada que estaba sentada al fondo, éste sencillamente le respondió: "Carmen, la novia de Roberto".

Otro escritor que conoció a Bolaño comenta que el autor de Putas asesinas no era muy amigo de conversar sobre sus amores y que, realmente, es poco lo que ellos -incluso ese círculo más cercano- pueden decir al respecto. Lo que sí es sabido, y que el mismo Bolaño comentó abiertamente, es que a él lo que más le gustaba era jugar con Lautaro, su primer hijo, y llevar una vida hogareña junto a Carolina. Y así pasaron muchos años. Esa rutina, precisamente, habría sido el principal motivo por el que el escritor y su mujer permanecieron juntos desde fines de los años 80 hasta 2003. Claro que la relación con Carolina, una que prácticamente todos los cercanos a Bolaño definen poéticamente como "relación abierta" y en la que ambos nunca dejaron de quererse, comenzó a tambalear en 2001.

Aunque algunos aseguren que desde finales de 2002 Roberto Bolaño ya estaba buscando un "piso para alquilar", lo cierto sería que en enero de 2003, seis meses antes de morir, decide dejar la casa que compartía junto a Carolina para mudarse a otra. A un piso ubicado en la Rambla Joaquim Ruyra, en el mismo Blanes, y en el cual la relación con Carmen Pérez de Vega, llevándolo todo a términos marinos, seguiría viento en popa. Poco antes, eso sí, Bolaño comenzó a usar su taller en Carrer del Lloro número 23, también en Blanes y a pocas cuadras de su casa, como un dormitorio cada vez más habitual. Entre esas paredes fue en donde escribió Los detectives salvajes, La literatura nazi en América y gran parte de sus mejores textos. A mediados de los años 90 ese taller hacía las veces de casa y, aprovechando la corta distancia, no perdía contacto con su mujer y su hijo. Pero lo cierto es que Bolaño, a comienzos de 2003, habría tomado sus maletas y se habría mudado. Pudo ir a Barcelona, claro. Pero un antiguo amigo suyo cuenta que decidió permanecer en Blanes para no perder el contacto con Lautaro y Alexandra, su segunda hija, nacida en 2001.

Carmen y Roberto, a partir de ese momento, serían una pareja feliz. Él continuaría yendo a su casa en Valldoreix, un pueblo de poco más de 6 mil habitantes en el extrarradio barcelonés, y ella a la de él en Blanes. Dormirían intermitentemente en uno y otro lugar. Irían juntos a comidas y recepciones. Se dejarían ver en Barcelona, en algunos bares, en un restaurant de comida japonesa en la calle Provença, y a donde los llevaran sus amigos. Pero, claro, todos los viajes se acaban y ya quedaba, cursilería aparte, poco tiempo.


La mujer invisible

Los rastros de Carmen Pérez de Vega en los libros de Bolaño son escasos y, a veces, fantasmales. El primero y más evidente está en el cuento "El viaje de Álvaro Rousselot", incluido en El gaucho insufrible y que, en la dedicatoria -según un amigo de Carmen, ella la guarda con un cariño radical- no dice más que: "Para Carmen Pérez de Vega". Eso sí, la traducción al inglés de ese cuento -hecha por el impecable Chris Andrews- fue publicada por el canónico semanario estadounidense The New Yorker y, en ella, la breve dedicatoria sencillamente desaparece. No está.

Pero las huellas de Carmen Pérez de Vega serán todavía más fantasmales. En Entre Paréntesis, el libro póstumo en que Ignacio Echevarría, amigo y albacea de Bolaño, compiló gran parte de sus textos de no ficción, aparece ella. Carmen está, al menos, en el índice onomástico de la primera edición. Al final, en la página 363 y en la letra P, se puede leer "Pérez de Vega, Carmen" y una coma remite a la página 17. Pero, claro, al llegar a esa página, ella no está. Allí hay sólo un epígrafe de Amberes ("De lo perdido, de lo irremediablemente perdido, sólo deseo recuperar la disponibilidad cotidiana de mi escritura..."), pero nada de la mujer que lo acompañó durante sus últimos meses. Una persona cercana a la editorial comenta que en esa página debió ir un párrafo final, el corolario de la introducción, en donde se le agradecía a mucha gente. Entre ellos, por supuesto, a Carmen. Esa inclusión, eventualmente, habría llevado a que Carolina López, leyendo las pruebas de la edición, optara por sugerir la eliminación de todo el párrafo con los agradecimientos.

Sin embargo, el fantasma de Carmen, tan sutil y delgado como ella, va un poco más allá. De hecho, su historia de amor con el más relevante escritor chileno de las últimas décadas daba vueltas en los círculos literarios desde hace un tiempo. Ya se sabe: nunca fue secreto, pero lo cierto es que el rumor, con todas sus variantes, comenzó a circular aún con más fuerza hace unas pocas semanas. Sobre todo desde que Carolina López caducara los derechos de una producción mexicana que pretendía llevar al cine Los detectives salvajes o, si se quiere, desde que firmara un contrato de representación con el norteamericano Andrew Wylie, el que, dicen, es el agente más poderoso del planeta. La tradición es sabia y los sobrenombres no suelen ser gratuitos: a él, por ejemplo, le dicen "el chacal".

Si bien el entorno del escritor sabe de la existencia de Carmen -algunos, incluso, conservan una suerte de amistad-, nadie quiere hablar de ella. O no dando el nombre. Es que objetivamente Carolina López, con el paso del tiempo, se ha transformado en la viuda y en la cara oficial de la obra de Bolaño. Y eso, por cierto, podría explicar por qué hoy los rumores sobre los amores del chileno se multiplican como la peste negra. Es que lentamente, cuentan, Carolina -quien nunca, por lo demás, participó de las decisiones editoriales mientras su marido estuvo vivo- se ha ido apropiando de todas las facetas relativas a la herencia literaria. Dejando, por supuesto, algunos heridos en el camino.

La historia es sabida: Ignacio Echevarría, antiguo crítico del diario español El País, habría sido el albacea designado por el propio Bolaño para resguardar su obra. Él, por ejemplo, se encargó de Entre Paréntesis, 2666, La Universidad Desconocida -Echevarría había preparado un prólogo para ese texto que, a último minuto, fue reemplazado por otro escrito por Carolina- y El secreto del mal. Eso hasta que divergencias con la viuda lo fueron alejando, cada vez más, de su labor. Tanto, que hoy está completamente marginado de esa tarea. Y hay más aún. Poco después de la muerte del escritor, Carolina López se contactó con la agencia de Carmen Balcells para que administrara los derechos de la obra de Bolaño, rol que la española cumplió hasta hace pocos meses atrás. Porque a mediados de julio pasado, por decisión de la propia viuda, fue el temible Wylie quien se hizo cargo del asunto y quien recibió el manuscrito de El Tercer Reich, la novela inédita que, hace poco, anunció en la Feria de Frankfurt. De ese texto, por lo demás, no tenía noticia nadie del círculo íntimo que, al final, frecuentaban Roberto Bolaño y Carmen Pérez de Vega.

Un rumor: el celo de Carolina López por los derechos habría llegado al punto de advertirle a un viejo amigo de Bolaño que si recitaba en público poemas de su marido, no debía olvidar que para hacerlo necesitaba autorización. Incluso Jorge Herralde, el editor que publica gran parte de la narrativa de Bolaño y quien se convirtió en uno de sus confidentes, aún no tendría claro si podrá continuar o no publicando la obra del chileno. Sí, varios antiguos amigos de Bolaño hoy están muy dolidos por las decisiones que ha tomado la viuda. Y, claro, Carmen Pérez de Vega -quien hace poco más de un mes asistió al funeral de Victoria Ávalos, la madre de Bolaño- está al medio de toda la historia, en los rumores que circulan en torno a Bolaño y a la relación que él, durante sus últimos días, mantuvo con Carolina.


La mujer al volante

La noche del 29 de junio de 2003, Bolaño habría alojado junto a Lautaro en su departamento de la calle Joaquim Ruyra. Cuentan que él, por esos días, ya se sentía mal. Y a veces muy mal. Estaba en el listado nacional de donantes esperando un nuevo hígado y, tras pasar la noche junto a su hijo, lo envió al colegio. En ese momento, antes de las ocho de la mañana, tomó el teléfono y marcó el número de Carmen. Le habría dicho que se sentía mal, que había comenzado a escupir sangre. Carmen, sobre un citycar pequeño, cruzó los 60 kilómetros que separan Blanes de Barcelona y fue a buscarlo. Un detalle: Bolaño, antes de dejar su piso, uno al que regresaría sólo una vez más, tomó un disquete. Después cerró la puerta y se fueron juntos en ese auto rumbo a la capital catalana. Eso sí, Bolaño se negaría insistentemente a ir al hospital y el viaje terminaría en casa de Carmen en Valldoreix.

Ahí, en el computador de la casa, pondría el disquete e imprimiría una copia de El gaucho insufrible que, ese mismo día, le entregaría en la mano a Jorge Herralde. Carmen, quien no se habría separado de él durante toda esa jornada agonizante, más tarde lo llevaría de vuelta a Blanes. Esa debió ser la última noche que pasarían juntos, aunque, finalmente, fueron sólo unas horas.

El resto habría sucedido rápido. Muy rápido. De madrugada, ese 1 de julio, un muy deteriorado Roberto Bolaño comenzaría a vomitar sangre y Carmen, otra vez, lo subiría al auto. Esta vez irían todavía más rápido. Aún más rápido. Tanto como soportaba el pequeño auto. Todo eso mientras cruzaban salvajemente la carretera rumbo al hospital, al Vall d'Hebron.

Jaime Riera, profesor en la Universidad de Turín, para el tercer aniversario de la muerte del chileno, coló, de hecho, esa anécdota en una columna: "Desafiando una ventolera caliente en la madrugada (...) un auto corría a gran velocidad por la autopista del Maresme buscando el camino más corto para entrar a un hospital de Barcelona. Conducía una mujer valiente y a su lado canturreaba tranquilo un moribundo que ya sabía adonde estaba yendo". Sí, en ese auto iban Carmen y Roberto.

El resto, más que historia, es necrología. Bolaño se interna, queda a la espera milagrosa de un transplante y la madrugada del 15 de julio en España -14 aún en Chile- una hemorragia interna y un shock hepático se encargan de que el milagro no llegue. Las dos, Carolina y Carmen, de mejor o peor gana, habrían compartido la sala de espera durante la semana y media en que agonizó el chileno. En un momento, cuando todo era inminente, la primera abre la puerta y le permite a la segunda que se despida. "Acá se acaba el circo", le habría dicho. Esa, claro, fue la última vez que Carmen y Roberto se vieron.










viernes, 12 de junio de 2009

Bolaño, mito y secretos

por Elena Hevia/Ramón Vendrell
El Periódico, Barcelona. 16.11.2008














La novela póstuma de Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953-Barcelona, 2003) 2666, que ha salido a la venta en EEUU esta semana, fue el tema de portada del suplemento literario The New York Times Book Review del domingo pasado. La caudalosa (dos páginas enteras, 2.659 palabras) crítica de nada menos que Jonathan Lethem, el autor de Huérfanos de Brooklyn y La fortaleza de la soledad, señala cual lengua bífida los dos procesos de que están siendo objeto el escritor y su obra, si es que pueden separarse: coronación y mitificación.

Por un lado la pieza es laudatoria. Mucho. "Bolaño ha probado que la literatura puede hacerlo todo, y por un instante, al menos, ha dado nombre a lo innombrable. Ahora lancen sus sombreros al aire", concluye.

Como reverso, el texto atribuye la la colangitis esclerosante primaria (enfermedad hepática crónica sin causas identificables) que mató a Bolaño "al uso de heroína años atrás", una afirmación que ya se había vertido en el pasado, como en la reseña de Los detectives salvajes en el New Yorker en el 2007, alimentando la conveniente -para el mercado norteamericano, necesitado de darle un cierto relevo al fenómeno beat y de paso de echarle leña a la hoguera del mito- pero inexacta imagen de escritor maldito.

Rastro sin fundamento

La pista opiácea seguida por Lethem hasta la enfermedad que acabó con Bolaño recibe tres desmentidos como tres puñetazos de Bruno Montané, Antoni García Porta e Ignacio Echevarría.

"Jamás le vi ni borracho", dice Montané, poeta amigo de Bolaño desde los días en los que militaban en las filas del infrarrealismo poético en México y la inspiración para el real visceralista Felipe Müller de Los detectives salvajes. "Con él todo el rato eran tecitos y cafés con leche", dice el escritor Antoni García Porta, amigo de Bolaño prácticamente desde que este llegó a Barcelona en 1977. Porta recuerda que cuando empezó a manifestarse la enfermedad, hacia 1992, los primeros médicos que le trataron no se creían que Bolaño no fuera un gran bebedor o consumidor de heroína. "No tiene ningún fundamento. Si fuera verdad él mismo no habría tenido reparos en decirlo. Más propio de Bolaño habría sido decirlo y que fuera mentira que ocultarlo", dice Echevarría, responsable de la edición de los libros póstumos 2666, Entre paréntesis y El secreto del mal.

El origen del error habría que buscarlo, indirectamente, en el propio Bolaño, si hay que hacer caso al escritor peruano Gustavo Faverón que apunta con plausible sensatez en su blog que los norteamericanos han tomado como una confesión autobiográfica un relato narrado en primera persona por un drogadicto llamado Playa. A esa presumible intención autodestructiva habitual en toda mitificación también se une la presunción de suicidio, esta vez sí de caracter algo más poético y romántico. Según esa teoría, Bolaño pospondría un trasplante de hígado hasta el último momento, obligado por la necesidad de escribir 2666 contrarreloj.

Carmen Pérez de Vega, que estuvo a su lado en los últimos tiempos, lo niega. "Roberto quería vivir. Tenía proyectos e ilusiones. Quería ver crecer a sus hijos. Desde que le diagnosticaron la enfermedad no dejó de cuidarse, tomaba su medicación, evitaba las grasas y no probaba el alcohol, ni gota, pero yo solo puedo hablar realmente de sus últimos años. Ahora bien, lo que sí hizo a temporadas es negar la enfermedad. Aceptar un trasplante es una decisión difícil. Quizá no era del todo consciente de que lo que le faltaba era tiempo, aunque alguna vez llegó a expresarlo. Tengo el convencimiento de que, de saber que tenía un plazo más largo, habría escrito al mismo ritmo".

Pérez de Vega, a quien está dedicado el cuento El viaje de álvaro Rousselot, es una pieza fundamental en el complejo puzle Roberto Bolaño. Ella fue compañera sentimental del escritor en los últimos dos años, aunque el autor no cortó oficialmente amarras en su matrimonio con la que hoy es su viuda, Carolina López, actual representante de los derechos de sus hijos, Lautaro y Alexandra.

Rebobinemos. En el índice onomástico de Entre paréntesis aparece Carmen Pérez de Vega. Pero en la página a la que remite la entrada, la 17, solo puede leerse un fragmento de la novela breve de Bolaño Amberes. En esa página debían ir los agradecimientos de Echevarría a quienes le habían ayudado en el ensamblaje del libro. Alguien con total autoridad impugnó los agradecimientos, si bien el índice onomástico siguió su curso.

A la muerte de Bolaño, su viuda se dirigió a Echevarría para que "encauzara la edición de sus libros póstumos", según el crítico literario. "Ella me dijo que Roberto le había dicho, a su vez, que me consultara las decisiones relativas a su obra".Echevarría recibió copia de los archivos del disco duro de Bolaño. Suya, de López y del editor Jorge Herralde fue la decisión de sacar 2666 como un libro en vez de como cinco, opción que prefería Bolaño pensando en la seguridad económica de sus hijos. Después Echevarría propuso la edición del, a la postre, conflictivo volumen Entre paréntesis. Fruto de su "exploración" del disco duro, la colección de relatos y esbozos El secreto del mal fue el último libro impulsado por Echevarría. Simultáneamente apareció La universidad desconocida, ya sin rastro de Echevarría y prologado por López "en representación de los herederos del autor".

Porta habla de un "malentendido" entre López y Echevarría. Montané cree que "Carolina no quiere oír comentarios de gente que conocía a Roberto". Una voz que reclama el anonimato hila más fino: "Los amigos de Roberto que no han roto con Carmen, a quien conocíamos todos, para alinearse con Carolina están siendo borrados de la foto".

Los recelos

Echevarría se limita a decir que su "colaboración" con López se "suspendió" por razones en las que prefiere no entrar. No obstante añade que López quedó "desbordada por el hostigamiento de periodistas, mundo literario y admiradores. Se dio cuenta de que el legado de Bolaño es una industria que hay que administrar y se volvió especialmente susceptible con todo lo referente a esa industria". En ningún momento, empero, cuestiona Echevarría a López, que se ha negado a hablar con este diario en dos ocasiones. "Era la primera lectora de los textos de Roberto y participó de la épica bolañiana, fue su pareja en los años difíciles, así que está legitimada para gestionar su legado". En el mismo sentido, García Porta recuerda que "durante años vivieron del sueldo de Carolina".

Y mientras esas cosas suceden en casa, la leyenda Bolaño se agiganta en todo el mundo -pero más en Latinoamérica donde se ha convertido en un símbolo global para los jóvenes- hasta proporciones inverosímiles. Su amigo Rodrigo Fresán, escritor, comenta a modo de disparate que le han pedido un artículo sobre el supuesto de que Bolaño gana el Nobel. Él debía hacer la crónica del acto y reflejar el discurso de aceptación del ganador. "Es muy molesta toda esa glotonería alrededor de la figura de Roberto. Casi da miedo. Lo que hay que hacer es leerle", apostilla Pérez de Vega.

La traducción

El mito incluso es capaz de hacer milagros. 2666 es una de las 320 traducciones de otras lenguas que se publican al año en Estados Unidos. La escritora y crítica mexicana Carmen Boullosa, profesora de Literatura en la City University de Nueva York, que conoció a Bolaño en su etapa de infrarrealismo poético, se muestra recelosa de la recepción norteamericana: "Bolaño pertenece a una tradición literaria que va de Borges a Rulfo y convirtiéndolo en un artículo romántico y autodestructivo rompen eso. En última instancia hacen de él una caricatura del tercer mundo. En su lógica imperial, solo pueden aceptar a un autor latinoamericano tan grande como un loco abocado al fracaso".

Desde su retiro en Girona, Salomé Bolaño, la hermana del autor, asume que las "inexactitudes" son parte de la historia de los escritores carismáticos. "El mito seguro que seguirá creciendo... o la realidad escondida en el mito. Y se equivocan quienes creen que no conocí al mito".









viernes, 5 de junio de 2009

El libro colgado (Bolaño y la lectura)

por Martín Cinzano




El escritor no puede salir del apuro.
Desde el momento en que escribe, está en la literatura
y está en ella por completo.
Maurice Blanchot



“Mejor sería que dejaran de escribir y se pusieran a leer. Mucho mejor leer”, escribió Bolaño, y ahora podemos leer gran parte de sus textos no tanto como los de un escritor al filo de la muerte, sino además como la obra de quien desafía el tiempo —que todo lo destruye— leyendo. Un lector feroz, un cazador sin embargo para nada egoísta con sus presas, al punto de asomarse parecido a la voz pertinaz de un crítico en cuyos juicios se juega, ante los otros, el todo o nada.

Como ya está archisabido y archiescrito, un escritor antes de escribir nada es un lector (y es, con seguridad, el primer y a veces el peor lector de su propia obra), y no hace falta incursionar más en el hecho cierto de que finalmente detrás y por delante de él hay una lista infinita de deudas, secuestros, robos y demás crímenes menores que lo constituyen y lo afligen como escritor (sería mejor ahora afirmar lo contrario, decir que todo eso es mentira, un invento de los franceses, en fin). Pero en Bolaño muchas veces las cartas se nos muestran a mano abierta. Sus escritos son una peligrosa guía de lectura para quienes el hecho de leer es considerado tanto o más arriesgado que el hecho de escribir y devenir, como el propio Bolaño, un poeta en medio de los huesos del desierto. Aquí la palabra “escritos” viene a involucrar hasta sus entrevistas (hasta sus cuentas de la lavandería, como dice Foucault), hasta lo que Bolaño dijo y soltó en declaraciones a la rápida, pero “a la rápida” en el mismo sentido en que un pistolero selecciona sus últimas balas, cuando el cerco se ha estrechado y la mejor defensiva no puede ser otra que el ataque (Juan Villoro ha reparado en las respuestas de Bolaño a las entrevistas como las de una “voz que atraviesa turbulencias con una última entereza” [1]).

Basta con leer el tercer y último apartado de Tres, “Un paseo por la literatura”, para introducirse sin reparos —esto es, desde la valentía que posibilita toda lectura— en el terreno de una escritura siempre en diálogo explícito —y onírico— con el gesto carnavalesco de leer, movimiento de manos propio de un escritor que es, de pies a cabeza, literatura.

Otra cosa ocurre con los consejos directos de este discípulo de Lichtenberg: señalan las obligaciones de todo lector hacia el humor y el placer y, además, constituyen estocadas hirientes para quienes creen, todavía, que la literatura es una cosa de escurridiza inspiración liberada de cualquier consideración estética, “una morada con pisos donde cada cual escoge su lugar y quien quiere habitar en lo alto nunca tiene que utilizar la escalera de servicio,” como escribió Blanchot. [2] La lectura es el trabajo del escritor y a la vez su forma de respirar; el resto es el impulso vano que le sigue, pero sin el cual muy posiblemente no sería dable ni seguir leyendo ni mucho menos escribir. Puede tratarse de un trabajo horrible y, como diría Nietzsche, de un filisteísmo detestable. En las antípodas de ese trabajo encontramos a Rimbaud, aunque, como escribió Lihn, “El odio prematuro a la literatura/ puede ser de utilidad para no pasar en el ejército/ por maricón, pero el mismo Rimbaud/ que probó que la odiaba fue un ratón de biblioteca,/ y esa náusea gloriosa le vino de roerla” [3].

Bolaño, como Borges, se jactaba más de los libros que había leído, pero en su caso la relación con la lectura se restringe al caos de una inutilidad manifiesta, en la que, en última instancia, nada importa mucho. Ni leer ni escribir. No hay monumento a la lectura en Bolaño. Pero está comprometido. Y en ese compromiso, palabra desgastada en el pasado siglo por su referente político-sartreano, se abren puertas que llevan a escritores olvidados y dejados atrás, no obstante los vestigios de su escritura sigan ahí y sobrevivan. Los recuerdos de la lectura de un libro como La sinagoga de los iconoclastas, de Wilcock, es un buen ejemplo, entre muchos otros, de cómo un libro en algún momento olvidado es rescatado por Bolaño. Quizá por eso Entre paréntesis y “Un paseo por la literatura” sea un homenaje y un ajuste de cuentas al mismo tiempo. Quizá incluso gran parte de la obra de Bolaño pueda considerarse desde esa perspectiva, sin por ello adjudicarla al ámbito exclusivo de aquellos relatos, poemas y personajes que mantienen alguna relación, cercana o lejana, con la escritura y la lectura.

Ricardo Piglia ha dicho casi todo lo que hay que decir con respecto a las múltiples relaciones entre la lectura y la vida, desde la literatura y la política [4]. Son relaciones tensas, conflictivas, tanto como lo ha sido el intento de unir el arte a la vida con o sin la aureola del escándalo y las pataletas de la vanguardia programática que caracterizaron a esta última utopía, también política. En el ámbito de la lengua española, nuestra novela fundacional por excelencia trata justamente de eso: la tensión y la unión entre la vida y la lectura en un lector extremo y radical como Don Quijote. Después de su aparición, cualquier aventura donde se ponga en juego lo real o lo perceptible con relación a un texto escrito o que está por escribirse, contiene rasgos quijotescos, y en ese ámbito por supuesto cabe ubicar el viaje de los detectives salvajes en la búsqueda de Cesárea Tinajero a través del desierto de Sonora, un viaje, digámoslo, textual, cuya prefiguración se revela en la borrosa lectura de una revista fantasma propiedad de Amadeo Salvatierra; aventura de la ebriedad por cierto muy similar, aunque mucho más salvaje, a la que B emprende, en Bélgica, tras las huellas del desaparecido poeta Henri Lefebvre [5].

Bolaño, como Borges, se jactaba más de los libros que había leído (Borges más bien se jactaba de los libros que había releído), aunque aquí, hablando de Bolaño, habría que agregar: y de los que se había robado. En su entrevista concedida a Playboy lo hace abiertamente, y en “¿Quién es el valiente?” señala: “Los libros que más recuerdo son los que robé en México DF, entre los dieciséis y los diecinueve años”, de los cuales destacan novelas de Pierre Louÿs y libros de varios poetas mexicanos como Gilberto Owen o Efraín Huerta, pero en especial La caída, de Camus: “A partir de entonces —prosigue—, de aquella sustracción y de aquella lectura, pasé de ser un lector prudente a ser un lector voraz, y de ladrón de libros me convertí en atracador de libros” [6]. En el mismo texto, Bolaño cuenta cómo su carrera de atracador acabó al borde de la violencia al ser sorprendido en la Librería El Sótano, cuya fama de sala de torturas para los ladrones de libros —ya todo un género de personajes dentro de la historia de la lectura— perdura hasta hoy. [*]

Los actos de delincuencia libresca involucran al lector extremo en contacto con el riesgo físico que corre. El atracador de libros sigue adelante con la lectura y eso implica salir bien librado del texto, de la biblioteca, de la librería. Sólo hay una certeza, borgeana también: ese lector morirá antes que la lectura, se robe o no se robe los libros, lo atrapen o se escabulla. “Los libros son finitos, los encuentros sexuales son finitos, pero el deseo de leer y de follar es infinito, sobrepasa nuestra propia muerte, nuestros miedos, nuestras esperanzas de paz.” [7] La vida —por suerte— es finita, pero el deseo corre por otra vía interminable. “Uno escribe con su deseo, y yo no termino de desear”, escribió Roland Barthes [8], y a veces en efecto deseamos leerlo todo, y en ese sentido, a la hora de leer, operamos de forma excluyente: un libro sin duda puede contener a todos los demás, pero para efectos del deseo la elección de un libro es la anulación de los otros libros, —es pues una elección a costa de los demás. “Todos los libros del mundo están esperando a que los lea”, dice a la pasada el poeta Juan García Madero después de su primer encuentro con Ulises Lima y Arturo Belano, como si se tratara de una inesperada certeza o de una antigua revelación de la que cualquier escritor es conciente pero que siempre más vale no olvidar.

Los libros son finitos y los lectores también, pero algo extraño, quizás la fuerza final de un escritor, muere junto a su último lector. Ahí Bolaño mantiene con firmeza sus embates contra la inmortalidad en literatura y el famoso sueño de la posteridad. Todos morirán, unos antes otros después. ¿Qué hay de la distinción del conferenciante Ernesto San Epifanio entre maricones, mariquitas, maricas, locas, bujarrones, mariposas, ninfas, asexuados y filenos en cuanto a la pervivencia precaria de los poetas en el futuro? (Los poetas maricones —Whitman y Blake, Amado Nervo, Khlebnikov, Martín Adán, Vallejo, Borges y Cernuda (estos dos últimos, maricones sólo a ratos)— ¿son aquellos cuyos lectores más aguantarán sin extinguirse?) ¿No son elocuentes las profecías lanzadas por Auxilio Lacouture desde el baño de Ciudad Universitaria, con humor y metempsicosis incluida? “Alejandra Pizarnik perderá a su última lectora el año 2100”, por ejemplo. [9]

“Soñé que tenía catorce años y que era el último ser humano del Hemisferio Sur que leía a los hermanos Goncourt”, leemos en “Un paseo por la literatura”. “Soñé que traducía al Marqués de Sade a golpes de hacha. Me había vuelto loco y vivía en un bosque”, seguimos leyendo en la misma sección. [10] Los poetas dejan de existir —o transmigran en animales o se vuelven locos— cuando sus lectores desaparecen sin dejar rastros en el bosque de la biblioteca. Pero por otra parte hay escritores que cada cierto tiempo vuelven a aparecer con fuerza en el desorden de esa biblioteca y se asientan ahí un buen tiempo y luego de un día para otro se van como llegaron, es decir, con la tranquilidad de su anonimato. “Y si no vuelven a aparecer tampoco importa tanto porque ellos, de alguna manera secreta, ya son nosotros”, remató Bolaño en un artículo donde recuerda a autores incluso prematuramente olvidados como Henry Miller, Macedonio Fernández o Sophie Podolski [11].

Ya son nosotros, pero siguen habitando algún libro perdido y el lector, de alguna manera secreta, los seguirá deseando sin saber muy bien por qué, incluso si continúan apareciendo de súbito dentro de una caja arrumbada y húmeda, en otra ciudad y en otro país, cuando también nosotros ya somos otros o al menos arrastramos un fluir muy distinto del que llevábamos a cuestas cuando un escritor se nos apareció por primera o quinta vez.

Así como la experiencia puede llegar a disponerse irreversiblemente como el correlato de la lectura (la experiencia se trastorna por la lectura), ésta se halla siempre un poco o muy contaminada por el flujo de la experiencia. El profesor de filosofía Amalfitano cuelga un libro olvidado del tendedero de la ropa, para que, como decía Duchamp, capte por fin “cuatro cosas de la vida”. En esa imagen se condensa todo. Lectura y experiencia, llegado un momento, se enfrentan a duelo. El libro contra el aire del desierto. La clase de métrica de Juan García Madero contra la clase de argot de Lupe. El poeta contra la puta. ¿Quién gana? Difícil saberlo, posiblemente la puta, posiblemente nadie: la gracia está en que follen. Con seguridad el último lector de Roberto Bolaño, en homenaje a Roberto Bolaño, se extinguirá mucho antes de la desaparición de la última puta. Esperemos.




Notas

[1] Juan Villoro, “La batalla futura”, en: Bolaño por sí mismo. Entrevistas escogidas. Selección y edición de Andrés Braithwaite. Santiago, Ediciones Universidad Diego Portales, 2006.
[2] Maurice Blanchot, De Kafka a Kafka. México, FCE, 1990.
[3] Enrique Lihn, Antología al azar. Lima, Ediciones Ruray, 1981.
[4] Ricardo Piglia, El último lector. Barcelona, Anagrama, 2004.
[5] Vid. “Vagabundo en Francia y Bélgica”, en: Putas asesinas. Barcelona, Anagrama, 2001.
[6] Roberto Bolaño, “¿Quién es el valiente?”, en: Entre paréntesis. Barcelona, Anagrama, 2004. Este texto, como muchos otros de Bolaño, tiene su correlato más abiertamente “ficticio” —aunque esto sea muy difícil de delimitar— en “El Gusano”, un cuento incluido en Llamadas telefónicas.
* Curiosidad: Pedro López, actual Director General de las Librerías El Sótano, recientemente ha recordado no sin un dejo de nostalgia la misma época por la que Roberto Bolaño robó —o intentó robar— libros de El Sótano: “Una librería —señala— que podía cerrar a las doce de la noche y que nunca padeció algún acto de delincuencia; era otro México.” (Revista de Libros Sexto Piso, Año 1, Núm. 8, nov. 2008). A las afueras de El Sótano de hoy (una librería donde los guardias van uniformados, armados y se comunican por radio), se han instalado carteles con fotos de “farderos” presuntamente sorprendidos “sustrayendo libros”, lo cual ha acrecentado aún más su fama de territorio casi inexpugnable. En Los detectives salvajes, por otra parte, Juan García Madero —que ha robado sus primeros libros en las llamadas “librerías de viejo” del DF— es sometido en El Sótano “a una vigilancia estricta” por parte de los empleados “numerosos y perfectamente uniformados” de la librería. “La mafia de los libreros mexicanos —dice García Madero— no desmerece en nada a la mafia de los literatos mexicanos.” Roberto Bolaño, Los detectives salvajes. Barcelona, Anagrama, 2000.
[7] Roberto Bolaño, LITERATURA + ENFERMEDAD = ENFERMEDAD. En: El gaucho insufrible. Barcelona, Anagrama, 2004.
[8] Roland Barthes por Roland Barthes. Caracas, Monte Ávila, 1997.
[9] Roberto Bolaño, Amuleto. Barcelona, Anagrama, 1999.
[10] Roberto Bolaño, Tres. Barcelona, Acantilado, 2002.
[11] “Autores que se alejan”. En: Entre paréntesis. Barcelona, Anagrama, 2004.