martes, 8 de noviembre de 2011

En Bolaño la poesía es origen

por Jaume Vallcorba
Revista Quimera, 314. Dossier Bolaño Poeta. Enero 2010





Hablar del Bolaño poeta es hablar del Bolaño escritor. La poesía fue, parece obvio, el centro y el núcleo de su quehacer literario. Y basta ver su último libro de poemas publicado para advertir las conexiones, sutiles y más que evidentes, con algunos de sus textos, digamos que, prosaicos. Tanto es así que sus agentes de entonces pensaron incluso en desmembrar La Universidad Desconocida, poniendo a un lado su poesía “en verso” y en otro su poesía “en prosa”, y dando a esta última la consideración de colección de relatos breves, creyéndose legitimados a hacerlo por cuanto eran textos íntimamente ligados a algunos de aquellos relatos. Los poemas “en verso” podían configurar en ellos mismos –así lo afirmaban- un nuevo libro de poemas, mientras que los textos en prosa (no se sabe con qué título) serían un nuevo libro de cuentos. Como me negué, alegando la unidad total del libro querida por su autor, no fui ya el editor del nuevo libro de poemas de Bolaño. Por lo menos, al final el libro no fue desmembrado. Sirva el ejemplo, no tanto para manifestar en negro una queja, cuanto para volver al inicio de estas breves notas y a su punto de partida.

En Bolaño la poesía es origen, da aliento y timbre a su literatura. De hecho, en nuestras comidas, no hablábamos casi nunca de nada más que de poesía y en especial de poesía medieval. No fue para nada la única que le interesó, pero quien sabe si conmigo se encontraba con un interlocutor dispuesto (en esa época yo enseñaba literatura medieval en la Universidad). Me imagino que a Bolaño (como a Gabriel Ferrater) la poesía trovadoresca y sus inmediatas continuaciones le ofrecían un fondo de verdad desnuda, alejada de los formalismos y arabescos que la poesía europea adoptó más tarde. Una fascinación similar a la que debieron de sentir Apollinaire, Reverdy o Max Jacob, entre otros, en su búsqueda de una literatura moderna alejada de las olas de líquido sentimental entre las que habían crecido. Claro que, cuando planeó su recordatorio de defunción, hizo que su mujer me pidiera que escogiera un poema de un contemporáneo: Jorge Luis Borges. Diseñé el recordatorio, y lo imprimí. Espero que no le desagrade.