viernes, 28 de septiembre de 2007

Bolaño, el coraje del Cult-Pop

por Omar Pérez Santiago
Septiembre, 2003










Los escritores chilenos Gonzalo Contreras y Camilo Marks, cada uno a su manera, manifestaron su sorpresa por la avalancha de loas y flores a Bolaño después de su muerte. Sin mencionar a nadie en particular (forma oblicua de debatir), Contreras escribió: "Estoy sorprendido por la tumultuosa corte de admiradores que tenía en Chile". Marks dijo: "Muchos elogios sobre Bolaño me parecen poco sinceros". Por otro lado, Jaime Collyer escribió un bilioso guión de cortometraje sobre un hígado que se convierte en objeto de culto luego que no alcanzó a ser transplantado en un escritor latinoamericano. Como si estos escritores estuvieran autorizados por alguien superior, o como si ellos fueran lo políticamente correcto, sospecharon de los que consideraron a Bolaño una verdadera leyenda, o como una estrella de rock que vive rápido y muere joven.

Efectivamente, el lunes 14 de julio ocurrió algo muy preciso: la muerte de Bolaño en el hospital Vall D'Hebron de Barcelona. Y eso, de uno u otro modo, no dejó a nadie indiferente en Chile. Las llamadas telefónicas se activaron, los computadores se encendieron y los correos electrónicos se desplazaron en el ciberespacio. No era raro. Bolaño ya se había metido en el Canon Literario Latinoamericano sin pedir permiso a nadie. Nunca dijo: "Perdón, señores, ¿puedo entrar?". Sin que nadie se diera cuenta ya estaba sentado y separando la grasa de la carne. Bolaño escribía sobre la única hermandad que conocía, la cofradía literaria. Y para esa corporación, el tema primordial es quien define el canon, la composición de la pirámide. Ese es el tema de La literatura nazi en América (1996), en los cuentos de Llamadas telefónicas (1997). Esa es la materia de la novela Nocturno en Chile (que él quería titular Tormentas de mierda), una visión implacable del crítico chileno mercurial y pinochetista. La novela Estrella distante (1996) habla sobre un poeta que después del golpe militar en Chile se dedica a escribir poemas (frases bíblicas) con humo de avión en el cielo. Los jóvenes poetas es el tema también de la novela Los detectives salvajes (1998). En fin, Bolaño habla sobre las fobias, los sueños y los desatinos de los escritores. (Y, la miseria, la miseria cruel de un escritor en dictadura). Está en la cocina literaria. Todas las sectas tienen sus rituales de iniciación y sus códigos. Son los temas de la credibilidad, de la inserción, de la aceptación en la pirámide literaria. Bolaño explora los secretos, las bondades y las miserias del oficio. El rol de la critica, de los premios, de la política y las becas, de los modernos "mecenas", de los profesores universitarios remolones, y de los funcionarios y aditivos de la literatura: los "aborrecibles" lectores de las editoriales, los poetas voluntariosos, los escritores fracasados.

Es decir, las técnicas de cómo constituirse en eso que los periodistas cursis llaman una "personalidad". O sea, las bondades, los secretillos y las miserias de la casta literaria. En fin, historias de escritores -con o sin talento- pero poseídos por la literatura.

Obviamente, este es un tema que le interesa a los nuevos, a los que vienen de abajo, a los excomulgados, a los resentidos y a los marginales (y, créanme, en países injustos como los nuestros, son muchos), pues la obra de Bolaño puede leerse como manual o diccionario literario. Y también como represalia, o venganza, para qué vamos a andar con cosas. Por eso los jóvenes lo leen y lo leerán en el futuro. Pero, además, Bolaño se convertirá, con el tiempo, en un escritor en que otras cofradías -artísticas, profesionales o políticas- lo descubrirán y lo leerán como metáforas de cómo funciona su mutualidad. Su estilo Cult-Pop -refinado, pero sin miedo a la cultura popular- será un estilo muy de moda.

Al revés, la literatura de Bolaño no es para anquilosados o satisfechos, con razones o no. Ni para escritores viejos, en decadencia o no. Por ejemplo, dos escritores vejetes, Enrique Lafourcade y Luis Sánchez Latorre (Filebo), escribieron, a la muerte de Bolaño, que no le habían leído y que seguramente no le leerán ya. "Confieso no haber leído nada de Roberto Bolaño" (Lafourcade). "No creo que deba dar excusas públicas por no haber leído a Roberto Bolaño" (Filebo). ¿Ven? No le han leído nada ni le leerán ya, pero igual metieron la cuchara. Bolaño pertenece a esa estupenda raza de jóvenes (nunca reconocidos, o mal reconocidos, es decir, estigmatizados) que un día -idealistas o tontos, qué más da- estuvieron dispuestos a luchar con y por Salvador Allende. La historia es la siguiente: el día del golpe militar de Pinochet, digamos un 11 de septiembre, Bolaño vivía en el paradero 20 de la Gran Avenida del sur de Santiago, en la casa del joven poeta Jaime Quezada. Entre el invierno de 1971 y el verano de 1972 Quezada visitó Solentiname de Ernesto Cardenal (Un viaje por Solentiname, 1987). Luego viajó a México y allí vivió con la familia Bolaño, que había llegado a México en 1968. La familia Bolaño era originariamente de Los Ángeles, la tierra natal de Quezada. Roberto Bolaño era un chaval introvertido y que se pasaba el día encerrado y leyendo. Influenciado por la visita del joven poeta, Bolaño se viene a Chile en los meses antes del golpe. Aquí se aloja en la casa de Quezada. En su cuento Buba (de Putas asesinas), como en sueños, recuerda cuando caminaba por el Llano Subercaseaux para ver la estatua del Che, que estaba entonces en la Gran Avenida.

Un día, un día aciago, Jaime Quezada lo despierta:
- Roberto, han dado un golpe los militares.
- ¿Dónde están las armas?, que yo me voy a luchar.
- No salgas, no vayas, ¿qué le voy a decir a tu mamá si te pasa algo? (según contó Bolaño en una entrevista con Rodrigo Pinto y según me confirma ahora el propio Quezada).

Bolaño salió no más a buscar células de resistencia. Le dijeron que el general Carlos Prats venía con tropas leales del sur a defender a Allende. Ya lo sabemos, no era verdad, y los líderes de la Unidad Popular llamaron a replegarse, o, lo que es lo mismo, a esconderse. En Los Ángeles, su zona originaria, en una estación de buses, lo detienen por sospecha. Lo llevan a una comisaría. El teniente de carabineros lo ve como un terrorista extranjero pues Bolaño hablaba con acento mexicano. Eso podía ser mortal en el mundo enfermo que vivían los milicos. Luego lo envían a una comisaría de Investigaciones. Como relata en el cuento Detectives (de Llamadas telefónicas), tuvo la buena raja de encontrarse con dos compañeros de curso que ahora eran tiras y que lo ayudaron a salir. Menos literarias, pero quizás más reales, hay otras gestiones que también habrían ayudado; son las de su madre, desde México y del joven Quezada en Chile.

Bolaño le dio vida literaria a esa generación que rondaba los veinte años cuando murió Allende, esa generación -como dijo Bolaño al recibir el premio Rómulo Gallegos- de militantes que se llenaron de historias -heroicas o desastrosas- en todo el continente americano. El escritor -dijo también Bolaño- es un guerrero que siempre lucha, aunque sea, al final, derrotado. Bolaño se convirtió entonces en un verdadero escritor de exilio. Vivió a la intemperie, en la desprotección, pero siempre buscando rehacerse, como tantos latinoamericanos desamparados y errantes, como putas honradas que viven entre la corrupción, la violencia, la innegable inmundicia y, modestamente, pasan hambre, verdadera hambre.

No es raro, entonces, que Roberto Bolaño deseara un funeral con algo de ceremonia vikinga, en que se prende fuego a la embarcación con el difunto adentro. Los vikingos en esas barcazas (drakkar) navegaban días y noches frías y oscuras. A veces, el cielo era tan cerrado que no se guiaban por las estrellas, sino por el instinto y la destreza. En esas condiciones, los vikingos no sabían, no podían saber lo que era el miedo.

Bolaño tuvo algo que los cobardes y los acomodados siempre omiten: coraje.













jueves, 27 de septiembre de 2007

Yo también quiero ser un poeta real visceralista

Patricio Navia
New York, Octubre, 1999










Hoy terminé de leer la última novela de Bolaño. Acabo de terminar y hacía meses, hacía muchas novelas, que no me sentía con la obligación de correr a escribir mi respuesta. Hoy, 31 de octubre, Halloween, las calles de Washington Square siguen plagadas de turistas disfrazados. Es como el carnaval de Río, pero con menos sexo, cuando termina el otoño. Yo quiero ser un poeta real visceralista y salir con mis amigos a comer en Nueva York la noche de Halloween.

Bolaño consume 600 páginas con una narrativa amena, cargada de odios, sexo, amistad, sensacionalismo y poesía. Los narradores cambian y las historias de a ratos se antojan inconexas y tal vez irrelevantes. Pero la hebra -debo a una mujer de ojos verdes el uso de esta palabra- fundacional de la novela es la soledad. García Madero está solo. Todos los poetas real visceralistas están solos. Desde Rayuela que no sentía tan seductora la soledad. María Font es como la Maga. De a ratos su hermana, Angélica Font, es como la Maga. Hay Maga para todos. Igual que en Rayuela, aunque Bolaño no lo hace explícito, uno puede leer la novela en cualquier orden, saltarse capítulos o simplemente olvidarse de secciones completas. Igual terminamos seducidos por el real visceralismo.

No conozco a Bolaño. Recuerdo haber visto una foto suya en alguna revista. Creo que es Chileno. Al menos su novela la encontré en la sección de literatura chilena. Pero no hay garantías. A Jodorowsky lo he visto en la sección de mexicanos en ciertas bibliotecas. Y a Bernardo Navia, ¿en que país lo tendré que buscar? En los días que me consumía la novela, murió Rafael Alberti, un poeta. Yo quiero ser poeta. Pero de los real visceralistas.

Presentada como una serie de anotaciones en un diario de vida, y por pequeñas y cortas invasiones en el fluir de conciencia de diversos personajes, Bolaño construye una narrativa que sorprende por su agresividad, simpleza y capacidad de seducción. Con una inocencia aparente que molesta, a ratos desaparecen los personajes y su ausencia los hace necesarios. ¿Qué pasa con García Madero? ¿Dónde se ha ido?

Bolaño demuestra un capacidad cautivante de entender, o inventar, los desvaríos de jóvenes poetas mexicanos que quieren matar a Octavio Paz, el padre. Y no obstante, el único padre que aparece en toda la novela, Quim Font, es un tipo genial, el suegro ideal.

Hay novelas que al leerlas se evidencian como inolvidables. Hay personajes que escapan a las páginas del libro y nos acompañan en ciertas jornadas de la vida. En la literatura nacional, pocos han logrado inventar esos personajes que en ocasiones se antojan más grandes que la novela misma. Pablo Martel, la Maga, el Coronel Aureliano Buendía son ese tipo de personajes. En Chile, los novelistas han sido mejor cuentistas que forjadores de personajes. Desde José Donoso hasta nuestros días, la narrativa chilena pesa más por las historias que por los personajes que nos entrega. ¿Quién sabe el nombre de los personajes del Obsceno pájaro de la noche? Ni aún la generación más reciente logra construir personajes que vivan más allá de la novela. ¿Cuándo nos encontramos con el vendedor de armas de La ciudad anterior? Y ¿dónde está el chico Mala Onda de Fuguet?

Bolaño inventa un grupo de real visceralistas que uno llega a querer y odiar. Con los poetas se solidariza y con las hermanas Font se quiere ir a la cama. Uno de estos días me voy a encontrar a Ulises Lima, el padre del real visceralismo, en alguna calle de Nueva York y le voy a exigir que me hagan parte de su club, que yo soy un poeta real visceralista más.













martes, 25 de septiembre de 2007

El deshielo

por Álvaro Bisama
Radar, 8 de abril, 2007














Habría que explicar la relación –o la lectura o el efecto- de la obra de Bolaño con el establishment letrado chileno pensando en una inquietante paradoja: mientras –a principios de los ’90- la Nueva Narrativa local debutaba en gloria y majestad inaugurando la instalación de las prácticas de mercado en el negocio editorial, en España, Roberto Bolaño, con un hijo en camino, se lanzaba –para equilibrar un crítico presupuesto familiar– a ganar concursos de cuentos de pequeños municipios ibéricos. Es esa paradoja, donde se oponen abundancia y escasez, hype e invisibilidad, una supuesta literatura nacional contra la resaca de una vanguardia —el infrarrealismo— apenas conocida, explica en cierto modo cómo se lee a Bolaño en Chile. O cómo Bolaño lee a Chile.

Porque, ¿qué significó Bolaño para las letras chilenas?, ¿qué implicó que en 1998, el mismo año en que detuvieron a Pinochet en Londres Los detectives salvajes se hiciera —sincrónicamente, como alguna vez apuntó Patricia Espinosa— con el Herralde? Una sola cosa: deshielo. Un deshielo profundo de mitos congelados desde hace tantos años. Puro calentamiento local. Un golpe a la cátedra. O un incendio en la biblioteca.

Mal que mal, lo que Bolaño tal vez proponía sin querer queriendo era eso: un modo distinto de pararse en el canon, de apropiarse de él, de transitar en la tradición. De ahí que las operaciones que proponía en Los detectives salvajes o 2666 desfenestraran con violencia los límites del universo literario local, señalando la mediocridad de lo que había sido escrito y celebrado antes, su falta de riesgo y estrechez. Al leer las aventuras de Belano y Lima, uno podía llegar sospechosamente a pensar que Bolaño pretendía cargarse a toda la narrativa chilena reciente, un camino que seguiría después en Nocturno de Chile (colocando como narrador al principal crítico literario de prensa de la época militar) y que, sobre el final, en 2666 alcanzaba cierto paroxismo conspirativo: Juan de Dios Martínez, uno de los policías de los crímenes de Santa Teresa, se llamaba del mismo modo que un secreto autor viñamarino cuya última obra publicada —La poesía chilena, 1978— era un libro/objeto edificado sobre los certificados de defunción de Neruda, Mistral, Huidobro y De Rokha.

Con esos datos y sin esforzarse mucho, se podía percibir la rabia, el aburrimiento, la precisión quirúrgica con que Bolaño desmontaba todo lo que la narrativa chilena de los ‘90 —a esas alturas canonizada y estudiada en los programas de literatura de nuestras universidades— había construido con esmerado lobby político: los eufemismos sobre nuestro pasado traumático, la aceptación de un statu quo consensuado, la angustia de la influencia canónica, la escritura como un lugar incontaminado de cualquier clase de enferma realidad. La obra de Bolaño proponía lo opuesto, con su vocación pop de lector omnívoro, con aquella predilección deliberada por los géneros menores, con la resucitación de las vanguardias como único ideal utópico posible para la ficción o el arte.

Incómodo, Bolaño recordaba la presencia de un ideal colectivo imposible, lleno de mártires; un proyecto sólo invocable en las hagiografías de autores olvidados y secretos, figuras que volvían en el presente como fantasmas insoslayables de revoluciones imposibles. Una revolución que era equiparable con esas dos novelas iceberg que escribió: un proyecto total que podía, cómo no, flotar o naufragar con inaudita elegancia.

De este modo, el deshielo de Bolaño comenzaba con una colección de insoportables verdades para el medio chileno: que a nuestra tradición novelesca había que buscarla en la poesía; o que Nicanor Parra era quince veces más inteligente que Donoso; que la obsesión por una ficción que develara una identidad nacional era imposible porque no había nada más obsceno que el olvido del horror, que la convivencia y aceptación del mal, que la mediocridad como regla estética.

Con esas aspiraciones, en Chile Bolaño no operó jamás como el narrador canónico continental que terminó siendo, sino como otra cosa difícil de leer fuera del “eriazo remoto y presuntuoso”, como alguna vez lo llamó Enrique Lihn. En la cancha chica chilena, fue más bien una figura asimilable al margen, casi un convidado de piedra, cuyos pasos recorrían ese patio helado donde habían pasado antes autores como el mentado Lihn, Gabriela Mistral o Rodrigo Lira. Un lugar de escrituras a la intemperie, en penumbras, implosionadas por la precariedad, el miedo, la locura o la envidia; sombras tenebrosas que encienden hogueras y acechan y sonríen (mostrando los dientes) en la oscuridad, en los jardines de ese palacio en ruinas que es la literatura chilena.














lunes, 24 de septiembre de 2007

El hombre que escribía para morir por su cuenta

por Rafael Gumucio
"El País", 14 de abril, 2007
















Los adolescentes suelen querer creer que su patria está en los libros, y que los poetas y la poesía es lo único sagrado en un mundo lleno de vulgaridad y futilidades. Los padres suelen mirar este exceso de citas y discursos y nombres de escuelas literarias y divisiones trotskistas con una mirada piadosa, pensando: "Ya se le pasará". A Roberto Bolaño, por razones de carácter, pero también por razones históricas -hijo de los setenta, despatriado no sólo simbólicamente sino efectivamente, a golpe de metralleta-, la adolescencia no se le pasó. A Roberto Bolaño la adolescencia siguió -porque para su desgracia también era lúcido, porque no sólo le gustaba leer sino que sabía leer- doliéndole porque conocía mejor que nadie sus mentiras y sus torpezas.

Escribió sobre esas torpezas y esas mentiras. No lo hizo ni desde la nostalgia impostada, ni desde la decepción, también impostada, sino con verdadera ternura, con secreta templanza, con adolescente entusiasmo, con juvenil sarcasmo, con maduro control de su prosa. Lo hizo en poco tiempo, poco antes de morir, con la autoridad del que sabe que no le quedan más fichas, que no tiene tiempo para otro intento. Es esa urgencia, y la fe que con contar basta para ser comprendido, lo que hace que lo que cuenta Bolaño sea tan directamente innegable. La extrema autoridad con que sus narradores nos hablan, nace de ese extraño lugar desde el que Bolaño mismo nos habla, un adolescente -es decir, alguien que cree que no puede morir- que habla con la voz de un hombre que lo único que sabe a ciencia cierta es que va a morir. Que escribe por eso y para eso, no para no morir sino para -como pedía Enrique Lihn- morir por su cuenta.














jueves, 20 de septiembre de 2007

La batalla futura

por Juan Villoro
Prólogo a “Bolaño por sí mismo. Entrevistas escogidas”, Ediciones UDP












Una noche de 1998 sonó el teléfono y oí una voz que atravesaba el tiempo: “Habla Roberto, Roberto Bolaño”. Nos habíamos conocido casi veinte años antes. La comunicación no era muy buena; las palabras parecían venir de un submarino. “Aquí hace mucho viento”, explicó Roberto. Estaba en Blanes, una pequeña ciudad en la costa del Mediterráneo. “Donde se alza la primera roca de la Costa Brava”, precisó. Esa roca podía ser la última viniendo desde Francia, pero él prefería que fuera la inicial. En conversaciones posteriores, cuando lo visité en su casa, y a partir de 2001, cuando me instalé en Barcelona, lo escuché singularizar las cosas con gusto por los extremos. Alguien era “único”, otro era “borderliner”. Los matices le interesaban poco; prefería corregir criticando.

Como ha recordado Rodrigo Fresán, Roberto “no alentaba las conversaciones en abstracto”; le tenía sin cuidado hablar de Dios, la izquierda o el clima. Se sumía en la plática como un cazador que respira el olor de su presa y se dispone a poner una trampa. Perseguía los temas con esmero de taxidermista. Al poco rato, cambiaba de opinión: la historia del sudamericano ejemplar se transformaba en la historia del sudamericano canalla. Todo asunto es reversible para quien sepa contarlo. Como los “monstruos esperanzados” que tanto le interesaban a Roberto (las criaturas que padecen una anomalía y buscan adaptarse al medio en forma excepcional), los relatos encontraban en su voz diversos modos de sobrevivir. El vaquero insolado reaparecía como pistolero místico o vaquero sudaca.

Con frecuencia, cometíamos el error de escucharlo en actitud notarial, como si pormenorizara lo ya sucedido, un acervo inmodificable, convertido en ley. Olvidábamos que su temple era el del investigador: sólo le interesaban los cabos sueltos. Si le recordabas algo que había dicho, y con lo que estabas de acuerdo, podías toparte con su sonrisa diagonal: “¡¿Pero qué dices?!”. Mónica Maristain le preguntó en su ya célebre entrevista para Playboy: “¿Por qué le gusta llevar siempre la contraria?”. De manera ejemplar, el polemista contestó: “Yo nunca llevo la contraria”. Las extraordinarias entrevistas con Roberto Bolaño equivalen a la caja negra de los aviones. Las palabras antes del accidente. No se trata de un calculado testamento, sino de la voz que atraviesa turbulencias con una última entereza.

¿Qué pensaría él al verlas reunidas? Hay que considerar, de entrada, su desprecio por los sistemas de consagración. Al mismo tiempo, resulta imposible soslayar una paradoja: los géneros menores que practica un autor —sus voces secundarias— sólo emergen con su consagración.

He usado la imagen de la cacería para las conversaciones con Roberto porque es una de las muchas tareas de supervivencia individual que se ajustan a su modo de narrar. El relator ponía una trampa y la cubría cuidadosamente con hojas secas. Hablaba con el sentido de la consecuencia de quien deja carnadas rumbo a un sitio de peligro. Inmerso en los detalles, los olores, la hora exacta en que ocurrían las cosas, el escucha se dejaba llevar por el asedio hasta advertir, demasiado tarde, que la presa era él mismo: “¡¿Cómo pudiste creer eso?!”, exclamaba el piel roja feliz.

Las entrevistas que concedió incluyen celadas de este tipo. Inflexible en el terreno de los afectos —un militante emocional, con fobias y lealtades de hierro—, Roberto hacía que la conversación literaria se moviera en el terreno de las conjeturas. Compartía con Nabokov la idea de la escritura como simulacro que acepta las condiciones de lo real sólo en la medida en que puede reinventarlas. ¿Hasta dónde hay que tomar al pie de la letra sus provocaciones, sus salidas de tono, sus bromas, sus afortunadas desmesuras? ¿En verdad le detuvo un tiro penal a Vavá? Cuando dijo que Gabriela Mistral era extraterrestre, ¿elogiaba a la escritora y criticaba el oxígeno de la Tierra, o sugería lo contrario? Seguramente sonreiría al saber que ha logrado despistar al enemigo.

Las entrevistas son claves que rodean el campo de batalla, minas que no han sido desactivadas, pero estallan al margen de la estrategia principal. El núcleo fuerte de la obra de Bolaño está en sus cuentos y novelas, y en un extraño interregno: la zona en que su prosa se alimenta de su poesía. Las entrevistas pertenecen al corpus literario en la medida en que casi todas fueron contestadas por escrito y pusieron en juego su imaginación y las líneas de fuerza de su prosa. “Inteligencia, soledad en llamas”, escribió José Gorostiza en Muerte sin fin. La expresión se aplica sin pérdida a la actitud general de Bolaño ante la escritura. Con todo, vale la pena tener presente que las entrevistas son excursiones sin mapa definido que desafían al turista de ocasión y al peregrino precipitado. Bajo la superficie de hojas secas hay ramas afiladas como lanzas.

Borges afirmó que la fama es siempre una simplificación. Como tantos grandes, Roberto Bolaño corre el albur de convertirse en mito pop. De manera sugerente, las entrevistas que concedió son a un tiempo el tónico y el antídoto de esa situación. El detective salvaje sigue retando a sus lectores. Sus opiniones se debilitan al ser juzgadas como verdades absolutas y ganan fuerza al ser leídas como rarezas esquivas (criaturas provisionales como el “pez soluble” de Breton). Se trata de tomarlo en serio no al modo de un gurú, sino de un escritor que usó las palabras como lumbre y, al modo de Cocteau, supo que lo más rescatable del incendio es el fuego.

Ante la pregunta de en qué persona o cosa le gustaría reencarnar, ofreció una miniatura narrativa: “Un colibrí, que es el más pequeño de los pájaros y cuyo peso, en ocasiones, no llega a los dos gramos. La mesa de un escritor suizo. Un reptil del desierto de Sonora”. Rara vez rehuyó hablar de temas personales, pero no le interesaba la literatura confesional, sino la autofabulación. Cuando le preguntaron por su mayor remordimiento, dijo: “Son muchos y se acuestan y levantan conmigo y escriben conmigo, porque mis remordimientos saben escribir”.

Bolaño tuvo una clara estrategia de solitario que impone su ley, repudia la convención, descree de la gloria y sus poderes. Resulta difícil compartir todos sus juicios, en gran parte porque él mismo desconfía de ellos: “A la literatura se llega por azar (…). ¿Dije que a la literatura se llega por azar? No, no, no, a la literatura nunca se llega por azar. Nunca, nunca”.

Como conversador era menos enfático, pero su temperamento dependía de las exageraciones, y los exagerados dominan la plática. Hacía muchas preguntas, mostraba genuina curiosidad por los datos más nimios de los otros, las travesuras que habían hecho los niños, cualquier cosa que le contaran las mujeres, y luego recuperaba el hilo de una historia larguísima, animada por la contundencia de los adjetivos, que podía ser sórdida hasta el disparate. Hablaba con un exaltado afán de veracidad, como si los detalles precisos fueran cuestión de honor. Lo oí referirse con idéntico sentido de la apropiación a asesinos seriales, estrellas porno, trovadores merovingios, poetas perdidos en el México del siglo diecinueve.

En aquella llamada de 1998 traté de distinguir el acento que oía después de casi veinte años, un acento trabajado por las emigraciones y quizás enronquecido por el clima (“aquí hace mucho viento”). Roberto pronunciaba las palabras con espontánea cautela, como si mostrara algo valioso y barato a la vez, al modo de un vendedor callejero que abre el impermeable para ofrecer una ristra de relojes chinos que imitan el oro suizo. Un cuidado desaliño del habla que sólo podía definirse como mezcla. Se servía de expresiones de Chile, México, España, y de ciertos giros catalanes, pero su voz representaba el país de una persona. El acento movedizo permitía saber dónde había estado y ocultaba adónde iba. Esta singularidad le sentaba bien a alguien que había dicho: “Todo país, de alguna forma, deja de existir alguna vez”. El transterrado conserva memorias progresivamente imaginarias; los países se diluyen y regresan como restos entrañables y dispersos, al modo de las cosas que de pronto aparecen en los bolsillos.El uso fluido de fórmulas dispersas hacía que el fraseo de Roberto fuera ya un acto de estilo. Además, fumaba tanto como un personaje de Onetti y esto influía en su ritmo: un relator torrencial que hacía una pausa para inhalar una bocanada y retomaba el relato con un impulso asordinado por el humo. Los conversadores que fuman tienen tendencia a las digresiones.

En esa primera llamada habló de suficientes cosas para que yo me pusiera nervioso por el costo. “No te preocupes”, contestó: “La casa es fuerte”. Le pregunté de qué vivía y fue la primera vez que lo oí definirse como cazador de cabelleras. Acechaba concursos municipales de cuento y se lanzaba sobre ellos como un cherokee. En realidad, en 1998 ya había perdido esa costumbre y escrito un cuento maestro sobre el tema, “Sensini”, pero quiso situarse en ese pasado, quizás aprovechando que yo no lo había leído.

En los años siguientes comprobaría su fascinación por ciertos solitarios de intemperie: pistoleros, exploradores, gambusinos, gauchos, hombres apartados de la ley común pero que se asignan a sí mismos una moralidad severa, determinada por las arduas condiciones de su oficio. En una entrevista declaró: “La literatura se parece mucho a las peleas de los samuráis, pero un samurái no pelea contra un samurái: pelea contra un monstruo. Generalmente sabe, además, que va a ser derrotado. Tener el valor, sabiendo previamente que vas a ser derrotado, y salir a pelear: eso es la literatura”.

Le gustaba soltar las fórmulas del “mílite guerrero” al que el Quijote se refiere en su discurso sobre las armas y las letras, extraviarse en videojuegos donde podía ganar la batalla de Borodino o Austerlitz, estudiar la intrincada maquinaria de la guerra. Sin embargo, nada tan alejado de él como la celebración de la violencia. La fantasmagoría bélica le brindaba un espejo extremo de la realidad, el humo negro que había que detectar para huir de él. Conocer los circuitos en que se mueve el horror, distinguir la metodología del mal, son formas de comenzar a refutarlos. En parte por eso planeaba una Antología militar de la literatura latinoamericana. Como las bombas que permanecen enterradas en tiempos de paz, sus metáforas guerreras podían estallar ante quien se acercara a ellas con descuido. No buscaban explicar la realidad sino ilustrarla. Nada le hubiera desagradado tanto a Roberto como ser soldado, pero seguía el precepto de Séneca de considerarse soldado de las más diversas circunstancias. Para elogiar el temple de un colega, decía cosas como ésta: “Con Sergio González Rodríguez iría a la guerra”.

Aunque no tenía el menor ánimo de enrolarse en un batallón, apreciaba la lealtad en situaciones extremas y la activa oposición ante el horror. Una noche me comentó que aún no me encontraba acomodo en su Antología militar. “¿Qué regimiento te gusta?”, preguntó con malicia. Le contesté que sólo me veía yendo a la guerra como Bob Hope o Marilyn Monroe, en la sección de entretenimiento para las tropas. “Con eso basta”, respondió. Para sí mismo, prefería papeles beligerantes. “Soy un marine”, me dijo en el restaurante japonés de Barcelona que tanto le gustaba: “Donde me pongas, resisto”. La fabulación de su destino como pionero en descampado era un correlato psicológico de las vastas extensiones que abarcó como narrador, de la guerra civil española al movimiento estudiantil del 68 en México, pasando por el frente ruso en la segunda guerra mundial, las muertas de Ciudad Juárez y el golpe de Estado en Chile.

Crítico de tiempo completo, rehusaba quejarse de su situación. Cuando soltaba un chiste terrorífico sobre su hígado, suponíamos que disponía de una mala salud de hierro. Alguien que pasaba la noche entera escribiendo, sin encender la calefacción, sólo podía ser descrito en términos de fortaleza. Sin embargo, no le gustaba alardear de su temple. Estuvo preso en Chile después del golpe de Pinochet, pero detestaba que se exagerara al respecto. En una entrevista con Eliseo Álvarez comentó: “Estuve detenido ocho días, aunque hace poco, en Italia, me preguntaron: ¿qué le pasó a usted?, ¿nos puede contar algo de su medio año en prisión? Y eso se debe al malentendido de un libro en alemán donde me pusieron medio año de prisión. Al principio me ponían menos tiempo. Es el típico tango latinoamericano. En el primer libro que me editan en Alemania me ponen un mes de prisión; en el segundo, en vistas de que el primero no ha vendido tanto, me suben a tres meses; en el tercer libro, a cuatro meses y, como siga, todavía voy a estar preso”.

El motivo de la llamada de 1998 era una nota que yo acababa de escribir sobre la muerte del poeta Mario Santiago (Ulises Lima en Los detectives salvajes). Roberto hizo preguntas de sucesos ocurridos en 1972 y asuntos de la semana anterior. No pude satisfacer su curiosidad. A la distancia, él había construido un país de la memoria, de espectral exactitud.

Se sumía con minucia de buscador de pruebas en una época cuya mayor virtud para mí era que ya había transcurrido. Volví a ponerme nervioso por el costo de la llamada. Ignoraba que en Europa hay tarjetas de descuento, aunque nunca supe si él las usaba. Tal vez el único derroche en su espartano código de vida fueran las largas horas de telefonía con amigos distantes, tal vez en un gesto de honor se negara a usar especulativas tarjetas de descuento.

El conversador pasional requiere de cierta lejanía para alumbrar sin calcinar. Roberto evitaba la plática de circunstancias; la intensidad de sus intereses hacía que toda charla fuera una excepción. Imposible repetir la experiencia al día siguiente. Por conveniencia mutua, el trato debía ser espaciado y muchas veces telefónico.

Era bueno darle el privilegio de la iniciativa. Desde que trabajó en un camping tenía horarios de vigilante nocturno y su salud mermada no siempre lo predisponía a un diálogo ocioso. Yo prefería que él llamara, pero había que responderle rápido. En una ocasión tardé más de la cuenta atendiendo a mi hija y colgó, muy molesto. Pasaron dos o tres días antes de que pudiera devolverle la llamada. “¡Te hablo por algo urgente y tardas siglos en contestar!”, se quejó, indignado por no haber impuesto la agenda de la conversación. Le pregunté qué era tan urgente. “¿No sabes que murió Irán Eory?”, preguntó, el ánimo recompuesto por los recuerdos de la belleza rubia que habíamos idolatrado en México. Esto disparó una cadena de anécdotas que desembocó en el mismo reproche de antes, ahora convertido en una extraña virtud de mi parte: “Nunca permitas que nadie te impida atender a tu hija”.

Otras conversaciones no fueron tan armónicas. Para facilitar el diálogo había que respetar su severo código de vetos. No aceptaba la menor crítica sobre México (la última palabra que escribió, y con la que concluye su novela 2666, fue precisamente ésa: “México”) ni toleraba elogios a Chile. En su peculiar teodicea de los países, hablaba de virtudes y defectos nacionales sin tomar demasiado en cuenta la realidad. Ajeno a la geopolítica, precisaba sus ideas como un mitógrafo: “Latinoamérica es como el manicomio de Europa. Tal vez, originalmente, se pensó en Latinoamérica como el hospital de Europa, o como el granero de Europa. Pero ahora es el manicomio. Un manicomio salvaje, empobrecido, violento, en donde, pese al caos y a la corrupción, si uno abre bien los ojos, es posible ver la sombra del Louvre”.

A mediados del 98 Roberto me envió dos de sus libros, con títulos emblemáticos: Estrella distante y Llamadas telefónicas. Las palabras del que está lejos. A partir de entonces, la voz fantasmal surgida del pasado se convirtió en una constancia.

Nos habíamos conocido en 1976 en una premiación de la revista Punto de Partida. Él tenía 23 años y yo 20. Hubo un cóctel en los jardines de Ciudad Universitaria y me detuve a hablar con Poli Délano, jurado de cuento. Roberto había leído a Poli y se acercó a nosotros. Llevaba anteojos de Groucho Marx y el pelo agitado por un viento imaginario que conservaría dos décadas después. Supo que yo había quedado segundo en cuento y dijo: “Yo apenas quedé tercero en poesía, aunque en realidad merecería una amonestación”. En sus poemas de Punto de Partida, había escrito: “Nicanor Parra será el antipoeta, no yo”. La trayectoria del autor de Nocturno de Chile sería una perpetua corrección de sus ideas. Disfrutaba enormidades tener razón, pero sólo en tiempo presente. Luego escogía otro rumbo.

Una de sus anécdotas favoritas se refería a la militancia política. Fue anarquista hasta que conoció a otro anarquista. La condición única era su signo: “Yo tengo un tipo de sangre que sólo tienen los que han escrito Los detectives salvajes”, le dijo a Andrés Gómez. No buscaba maestros ni discípulos, necesitaba a los demás para probar la fuerza de sus intuiciones y discutirlas a fondo; en este sentido, hacía de la discrepancia una forma del afecto.

Era difícil olvidar lo que decía. En el remoto cóctel de 1976 comentó que el exilio obligaba a preguntarse por la patria del poeta. Con los años, él encontraría este territorio en los caminos que recorren sus personajes. Aunque no dejó de verse a sí mismo como alguien entregado a la poesía, su mejor literatura trasvasa un género en otro: desde la narrativa, recrea las condiciones que permiten el acto poético. Ignacio Echevarría ha sostenido con acierto que la figura narrativa dominante en Bolaño es la del poeta: el investigador heterodoxo de lo real, el detective salvaje. Si Ricardo Piglia ve al detective como una variante popular del intelectual (el hombre que busca conexiones y una teoría que explique el entorno), Bolaño escribe de poetas que indagan el reverso de las cosas y transforman la experiencia en obra de arte.

Esto no necesariamente ocurre por escrito. Los poetas de Bolaño viven la acción como una estética de vanguardia. Algunos de ellos escriben cosas que no leemos, otros buscan la gramática del desmadre, todos resisten. El cuento “Enrique Martín”, incluido en Llamadas telefónicas, comienza en forma emblemática: “Un poeta lo puede soportar todo. Lo que equivale a decir que un hombre lo puede soportar todo. Pero no es verdad: son pocas las cosas que un hombre puede soportar. Soportar de verdad. Un poeta, en cambio, lo puede soportar todo. Con esta convicción crecimos. El primer enunciado es cierto, pero conduce a la ruina, a la locura, a la muerte”.

Desde aquellos poemas de 1976 hasta —rima de cifras— 2666, Bolaño persiguió con mirada insomne el heroísmo de los que versifican fuera de la escritura, con los vidrios rotos y los fierros oxidados que entregan las calles traseras de la realidad.

En La República, Platón indaga a los poetas con preocupante interés: “Si un hombre capacitado llegara a nuestra ciudad con intención de exhibirse con sus poemas, caeríamos de rodillas ante él como ante un ser divino, admirable y seductor. Sin embargo, indicándole que ni existen poetas entre nosotros ni está permitido que existan, lo reexpediríamos con destino a otra ciudad”. El platonismo rechaza la horda poética no porque descrea de sus efectos, sino porque cree demasiado en ellos y por lo tanto les teme. Bolaño comparte esta convicción, pero otorga carta de naturalidad al poeta, lo cual equivale a decir que lo manda de viaje: sólo en tránsito puede sobrevivir; la ciudad ha seguido el paranoico consejo de Platón. Al escribir de nómadas, Bolaño tenía presente la idea de Raymond Russell de que el viaje es un “pretexto de movilidad”. Lo interesante no es lo que sucede en la carretera, sino lo que siente el hombre que se desplaza.

La decisiva extranjería del poeta es la de quien habla otra lengua, reveladora pero intraducible. Su palabra (o su acción que aspira a ser palabra) representa la disonancia. Ciertos personajes de Bolaño se sirven de esta capacidad transgresora para metas nada edificantes. En una de sus entrevistas, recuerda que Hitler fue un buen lector. La cultura, en sí misma, no libera del oprobio. Pocos autores rivalizan con Bolaño en su exploración de las posibilidades destructivas de la sofisticación. A la manera del sobrino de Rameau, personaje de Diderot que combina el buen gusto con la vileza, los dandis vanguardistas que pueblan La literatura nazi en América actúan como crápulas excelsos, eruditos de complicada iniquidad. Con Estrella distante y Nocturno de Chile, la enciclopedia de nazis del nuevo mundo conforma una trilogía sobre la sensibilidad al margen de la ética, o sin más ética que la Forma. Si en los albores de la Revolución francesa Diderot se ocupa del pacto que el refinamiento puede sostener con la inmundicia, en la Latinoamérica de las dictaduras Bolaño despliega una galería de infames capaces de conjugar con elegancia la gramática de la tortura. Enemigo de las simplificaciones, crea sujetos facetados, poliédricos: Wieder, el poeta que escribe versos con la cauda de su avión en Estrella distante, es tan represor como artista. En él la creatividad coexiste con la depredación.

Poetas, por todas partes poetas. Chamanes próximos como Mario Santiago, visionarios en órbita como Philip K. Dick. Octavio Paz aparece en Los detectives salvajes, extraviado en el Parque Hundido. Una frase cae como una flecha en su recorrido circular: “El poeta no muere, se hunde, pero no muere”.

Ya en una de sus primeras novelas, La senda de los elefantes (reeditada como Monsieur Pain), Bolaño describía a César Vallejo aquejado de hipo. El intercesor con los heraldos negros yace en una cama y se somete a un tratamiento hipnótico. Lo único que se escucha de él es un quejido. Lo inefable, sugiere el novelista, proviene de esa garganta rota, el desgastado instrumento del poeta. La entereza en la debilidad reaparece en Amuleto, que recupera el caso real de una mujer encerrada en un baño mientras el ejército mexicano invade la Ciudad Universitaria en 1968. El asedio conduce a una elegía a la madre de todos los poetas.

Uno de los aspectos que Bolaño apreciaba en Malcolm Lowry y Henry Miller era la capacidad de situar a artistas en situaciones muy poco artísticas y forzarlos a ejercer ahí su poética. El detective salvaje encuentra un sistema para esta condición: orienta su aventura en torno a una búsqueda (Cesárea Tinajero en Los detectives salvajes, Benno von Archimboldi en 2666) y resuelve crímenes que no han sido codificados. Robbe-Grillet ha comentado que se considera un autor policiaco, no en la cuerda de Raymond Chandler, sino en la de Sófocles: escribe de quienes no saben que son culpables. Bolaño rara vez se sirve de una intriga y no pospone las soluciones al modo de un novelista de deducción policiaca; sin embargo, como Piglia en Respiración artificial o Robbe-Grillet en Reanudación, ordena la trama en torno a personajes que investigan, detectives de una alteridad que se les resiste. Sus continuos encomios de la valentía se inscriben en esta estética. Encontrar es un atrevimiento. Sin embargo, su imaginación no privilegia lo extravagante, sino la novedad de las zonas comunes. Como Perec, busca fulgores infraordinarios. La prosa de Bolaño depende de leves rupturas en la percepción de lo real. Llama la atención el poco interés que concede al mundo subjetivo de sus personajes. Cuando refiere un sueño lo hace con la sobriedad exterior de un delirio de Kafka. Su escritura no depende de la introspección, sino del recuento de los datos. Aunque sus personajes opinan mucho, no ofrecen ideas sobre ideas, sino actas de descargo. Forenses de lo cotidiano que es inusual, levantan inventario y comentan sus hallazgos.

En su última obra Bolaño perfeccionó el recurso, desplazándolo de los personajes al propio narrador. En Los detectives salvajes un coro múltiple se narra a sí mismo a través de monólogos. El autor está del otro lado de un vidrio de espejo, registrando declaraciones. Apenas publicada, la novela se convirtió en objeto de culto, un I-Ching en el que se adivina hacia atrás, para descifrar lo ya sucedido, el Libro de las Mutaciones de una generación, una época pensada en primera persona, donde cada quien es detective de su destino. El procedimiento se altera en 2666. Los personajes son trabajados como casos, sujetos ajenos a las vacilaciones de la vida interior que al modo de los héroes griegos avanzan a su desenlace sin cerrar los ojos. Los capítulos representan las carpetas de un investigador. Esta vez el detective está fuera del libro, narrándolo. Si los crímenes de Ciudad Juárez son descritos como un peritaje médico, los protagonistas integran un archivo de datos: tienen acciones, no conjeturas.

El recuerdo o el anhelo importan poco al investigador; no puede extraviarse en las posibilidades del pasado o el futuro; debe enfocar el presente donde las huellas dactilares trazan una película confusa y sin embargo legible; no se pregunta por qué esos personajes hacen lo que hacen: reconstruye los hechos. La vida diaria se abre como un misterio equivalente a las fosas comunes de Ciudad Juárez. De ahí la peculiar energía del libro y su tensión de avance.

Las entrevistas representan una zona lateral pero significativa de este método de exploración. Son como los objetos numerados con que el investigador trata de reconstruir los hechos. Una bala perdida, un vaso con rastros de lápiz labial, un mechón de pelo, cosas que pueden tener que ver o no con los sucesos, pero que indiscutiblemente estuvieron cerca de ellos. El detective rescata y ampara. No quiere decirlo porque eso vulnera la dureza de su oficio, pero cuando duerme tiene sueños de protección.

El libro de poemas Tres termina con el salvamento de una infancia ajena: “Soñé que Georges Perec tenía tres años y lloraba desconsoladamente. Yo intentaba calmarlo. Lo tomaba en brazos, le compraba golosinas, libros para pintar. Luego nos íbamos al Paseo Marítimo de Nueva York y mientras él jugaba en el tobogán yo me decía a mí mismo: no sirvo para nada, pero serviré para cuidarte, nadie te hará daño, nadie intentará matarte. Después se ponía a llover y volvíamos tranquilamente a casa. ¿Pero dónde estaba nuestra casa?”.

La literatura de Bolaño es la casa a la que se dirige el hombre que duerme. Su sueño es de una precisa realidad. No hay subjetividades extrañas. Una casa, un niño, un cuaderno para pintar. Quizás lo que encierra esta breve parábola es la asimilación del genio a la inocencia. Importa que Perec tenga tres años y esté hecho de futuro.

Cuando el autor de 2666 fue internado en el hospital, el aire ardía como un mensaje del horror. Hacía siglos que Marte, el planeta guerrero, no estaba tan cerca de la Tierra. Poco antes de la muerte de Roberto, se incendió el camping Estrella de Mar, donde él fue velador nocturno. Nadie recuerda otro verano igual en Cataluña.

Fuimos al funeral en el tanatorio de Les Corts como a una reunión en los desiertos de los que él había escrito. A los pocos días, el aire sufrió un cambio repentino. Llovía, “con lentitud poderosa”, como en la vana tierra de los inmortales que imaginó Borges. El agua caía, semejando un milagro inútil o un demorado bautizo. Roberto Bolaño había iniciado su resistente posteridad, distinción que le interesaba menos que aprovechar el más allá para inscribirse en un curso de Pascal.

Cuando le preguntaron cómo le gustaría ser recordado, contestó: “Ésa es una batalla futura”. Recordar a alguien es permitir que siga peleando. Sobre todo si se trata de un detective y sobre todo si debe cuidar al joven Perec para que crezca y crezca y escriba La vida instrucciones de uso. La batalla continúa.














jueves, 13 de septiembre de 2007

La escritura y la muerte en Los detectives salvajes de Roberto Bolaño

por Ricardo Cuadros







Fue Rodrigo Pinto (1999) el primero que propuso que el movimiento interno de Los detectives salvajes se podía entender como una doble pesquisa. Por una parte, los poetas Ulises Lima y Arturo Belano andan en busca de una elusiva poeta mexicana llamada Cesárea Tinajero y de su obra: por otra, un narrador innominado anda en busca de Ulises Lima y Arturo Belano por el mundo. Creo, con Rodrigo Pinto, que la novela se sostiene en este doble movimiento y apoyaré mi lectura en sus diferencias, semejanzas y proyecciones.



Concentración y dispersión: los tipos de narrador


En primer lugar quisiera mencionar el efecto de concentración y dispersión que se produce al comparar las dos pesquisas y sus respectivos narradores. La búsqueda de Cesárea Tinajero se reduce espacialmente a México y temporalmente a poco más de dos meses, entre noviembre de 1975 y febrero de 1976: por su parte, la búsqueda de los poetas detectives, o mejor sería decir la recolección de sus huellas, toma veinte años y se desarrolla en casi una decena de países.

El primero es un narrador intradiegético, el adolescente Juan García Madero, que escribe la primera y tercera partes de la novela en forma de diario. El segundo narrador es extradiegético y recoge o transcribe los testimonios de 38 personas, en 15 ciudades, en 8 países. Narrador innominado, se podría pensar en él como un periodista (o detective, claro) obsesionado por la historia de Belano y Lima, dispuesto a recorrer medio mundo para saber qué fue de ellos. La concentración del plano narrativo a cargo de García Madero contrasta notablemente con la dispersión del segundo, a cargo del narrador innominado.

Juan García Madero, joven mexicano de 17 años, de clase media acomodada, cuenta la historia de su propia iniciación en una forma de vida centrada en la poesía y el amor. Madero nos cuenta además la historia de los poetas real visceralistas, de la familia Font, de la prostituta Lupe y su cafiche o padrote, Alberto, de las coincidencias que hacen posible que, en la tercera parte (continuación de su diario), García Madero y Lupe acompañen a Belano y Lima por los desiertos de Sonora, hasta encontrar a Cesárea Tinajero. La narración de García Madero da cuenta de un orden de realidad perfectamente engranado, de una causalidad sin fisuras que conduce desde el descubrimiento de la poesía hasta el enfrentamiento con la muerte. La filiación romántica, en tiempos posmodernos, de Roberto Bolaño es aquí evidente: la creación poética no es un ejercicio de salón sino un modo, peligroso, de vida.

El segundo plano narrativo está formado por una larga serie de anécdotas, testimonios, reflexiones, encuentros, descripción de acontecimientos históricos, personas, viajes, ciudades, etc. En este plano prima el narrador innominado, recipiente y redactor de las palabras de los distintos personajes, aun cuando Arturo Belano aparezca alguna vez como interlocutor y recipiente de una historia (la del chileno Andrés Ramírez, en un bar de Barcelona). La narración avanza y retrocede en el tiempo y las ciudades tras las huellas de Belano y Lima, dando ocasión a disgresiones que varias veces se convierten en narraciones autónomas (Auxilio Lacouture en la UNAM, Heimito Künst en Viena, Xosé Lendoiro en Roma, Mary Watson en Londres, Clara Cabeza en México DF): siguiendo una práctica ya iniciada con el último capítulo de su Literatura nazi de América, que poco después se convertiría en la novela Estrella distante, Roberto Bolaño desprenderá de uno de los relatos de la obra que estoy comentado, el de Auxilio Lacouture, la novela Amuleto.

Esta práctica de arborescencia narrativa es una característica fuerte de la narrativa de Bolaño. Mientras narra, utilizando cualquier tipo de narrador, Bolaño parece estar siempre en presencia de un próximo relato que lo acosa desde afuera, esperando ser escrito. En rigor, Los detectives salvajes está construída como una gran serie de narraciones (relativamente) cortas, imbricadas o dialogantes, que bien podrían -como sucedió con Auxilio Lacouture- convertirse en libro independiente. En una entrevista (Iribarren, 2002), Bolaño habla de un trabajo en progreso, la novela 2666 que promete ser más voluminosa y compleja que Los detectives salvajes: pues bien, esta novela está anunciada en las últimas páginas de los DS, donde García Madero narra el encuentro con "una maestra en activo" que conoció a Cesárea Tinajero (Bolaño 1998: 596).

Siguiendo esta línea de reflexión, tenemos que "el doble movimiento" propuesto por Rodrigo Pinto para entender la novela puede entenderse como un módulo que se desdobla o ramifica en direcciones diversas. El relato de García Madero afirma a la novela como dos pilares (primera y tercera parte) y al centro (segunda parte), mediante la serie de testimonios -con el relato de Amadeo Salvatierra como viga maestra-, Bolaño despliega su visión del mundo, una imago mundi cuya reflexión central es la pregunta por la relación entre poesía y existencia individual, entre poesía y vida.

Por su construcción formal, por su ambición totalizadora, Los detectives salvajes me parece la narración central de la obra de Bolaño. A ella se pueden remitir las series de cuentos publicados en Llamadas telefónicas y Putas asesinas e incluso la novela Nocturno de Chile, que es, desde el título, su contribución a la crítica de la identidad (literaria) chilena. No se trata, valga advertir, de reducir una obra tan amplia y todavía en pleno desarrollo a un modo único de manifestarse sino de afirmar que con Los detectives salvajes el autor ha llegado a su punto de no retorno, a su excelencia formal, y que la fuerza de gravedad de esta obra atrae hacia ella toda obra que podamos reconocer como narración "de Bolaño".


El sino trágico de una época


En Los detectives salvajes, la búsqueda de Cesárea Tinajero es ocasión para una reflexión crítica sobre la literatura. Lo que persiguen Lima y Belano, a través de la persona de Tinajero, es uno de los orígenes de la poesía moderna mexicana, representado por el movimiento del real visceralismo, un invento de Roberto Bolaño fundado en las poéticas vanguardistas mexicanas de comienzos del siglo XX. Inventar un origen es un gesto literario por excelencia, y en este plano del relato, la figura de Juan García Madero es fundamental. No solamente porque vive y describe un mundillo literario existencial en Ciudad de México a mediados de los setenta; no solamente porque acompaña a Lima y Belano hasta encontrar a Cesárea Tinajero y verla morir, sino porque además será el depositario de la obra no publicada de la mítica poeta. Después de febrero de 1976, Juan García Madero queda en un pueblo perdido de Sonora, en compañía de Lupe que ahora es su amiga y amante, con la obra de Cesárea Tinajero bajo el brazo y ya no se vuelve a saber nada de él. La pesquisa literaria de Lima y Belano termina, irónicamente, en la muerte de Tinajero, el supuesto origen, y la continuación de la obra de Tinajero, si es que llegara a darse tal continuación, queda en manos del aprendiz de poeta, el más joven de todos, el más inocente, el recién llegado Juan García Madero.

La búsqueda o recolección de huellas de Belano y Lima, por su parte, está construida como una serie de relatos cuyo propósito es hablar de dos sujetos ejemplares de una generación de latinoamericanos que fue joven cuando los grandes acontecimientos ya habían tenido lugar: hacia 1976 (cuando se inicia el relato) las revoluciones sociales ya habían fracasado o se habían institucionalizado, y las vanguardias literarias habían cristalizado en las obras de poetas como Vallejo, Borges, Lezama Lima, Paz, de narradores como Cortázar, Carpentier, Fuentes u Onetti. "Belano y Lima no eran revolucionarios. No eran escritores. A veces escribían poesía, pero tampoco creo que fueran poetas. Eran vendedores de droga". (Bolaño 1998: 328), dirá de ellos Alfonso Pérez Camarga en México, el año 1981. No obstante, entre 1994 y 1995, hay por lo menos tres relatos (Guillem Piña, Jaume Planells y María Teresa Solsona Ribot) que sostienen que Arturo Belano era, si no poeta, por lo menos un novelista con algunas obras publicadas: más aún, un novelista que desafía a duelo con espadas a un crítico llamado Iñaki Echavarne por suponer que haría una mala reseña de su próximo libro. Poco después del duelo, contado por Jaume Planells como una obrita de teatro de Jarry, Belano viaja al Africa y desaparece en Liberia (relato de Jacobo Urenda): se ha jugado la vida por una reseña, pero prefiere irse como periodista al infierno africano.

El eco de Rimbaud resuena claro, pero es que Rimbaud, al abandonar la poesía por una vida peligrosa, se convirtió en la figura literaria moderna in extremis: más allá del misterio de la poesía sólo queda explorar los reinos de la muerte. Además, Arturo Belano, antes de hacerse novelista ya había matado a alguien, al cafiche Alberto, e indirectamente había causado la muerte de Cesárea Tinajero. En tanto personaje, Belano es la representación de un estado último del genio poético: después de matar a otro ser humano, de ver morir al origen de la poesía (Tinajero), de escribir un par de novelas sin mayor repercusión, la única manera de seguir siendo fiel al impulso creativo-destructivo de la poesía es buscar el contacto directo con la muerte.

Ulises Lima tiene un final menos emblemático. Después de vagabundear por Francia, donde tiene un último encuentro con Arturo Belano (relato de Alain Lebert en Port Vendres), regresa a México. Viaja a la Nicaragua Sandinista a un congreso de poetas y desaparece en Managua, para reaparecer dos años más tarde en México DF (relato de Jacinto Requena en septiembre de 1985): su figura de disipa en un suburbio de la gran ciudad, "adonde sólo iba a dormir, y se ganaba la vida vendiendo marihuana. No tenía mucho dinero y el poco que tenía se lo daba a una mujer que vivía con él, una chava que se llamaba Lola y que tenía un hijo" (Bolaño 1998: 366).

Además de las historias de Lima y Belano, seguidas a través de toda la novela, hay todavía un relato -el de Felipe Müller en Barcelona, en 1995, oído de boca de Belano- que habla del destino trágico de dos hombres "de nuestra generación, es decir de los nacidos en la década del cincuenta". Se trata de un poeta peruano y de un cuentista cubano, que "crecieron como niños alegres, dispuestos a la alegría, con una gran voluntad de ser felices". Ambos conocen primero el reconocimiento de sus méritos literarios pero pronto les ocurre "lo que suele ocurrirles a los mejores escritores de Latinoamérica o a los mejores escritores nacidos en la década del cincuenta: se les reveló, como una epifanía, la trinidad formada por la juventud, el amor y la muerte" (Bolaño 1998:497). Marcados por la fatalidad, en lugar de convertirse en autores de éxito, decaen: el peruano acosado por sus contradicciones literario políticas, el cubano a causa de su homosexualidad y el destierro.

Los hijos latinoamericanos de los años cincuenta -aun cuando habría que matizar la diferencia entre haber nacido en 1950 y haberlo hecho en 1959-, en la mirada de Bolaño, estamos todos marcados por el sino trágico de las utopías traicionadas. Eramos demasiado pequeños cuando se estaban gestando los proyectos de transformación radical del mundo y cuando llegamos a la edad de participar en el mundo descubrimos que teníamos que movernos entre escombros y cadáveres. Como señaló Roberto Brodsky en su discurso de homenaje a Bolaño, en la entrega de los premios Rómulo Gallegos el año 1999, "ustedes ya saben el cuento de Chile: primero fue el sueño, luego la pesadilla, y enseguida el sueño nuevamente con flash-backs y raccontos de pesadilla" (Manzoni et.al 2002). Este deambular entre el sueño y la pesadilla creo que corresponde plenamente, a la transición (latinoamericana) entre las fuerzas de nuestras culturas locales y las de la globalización de las comunicaciones y del capital transnacional, la transición entre modernidad y posmodernidad. En una novela como Los detectives salvajes, las preguntas por el origen conducen a los territorios de la tragedia: el cumplimiento del sueño de encuentro con el origen (Cesárea Tinajero) pone a los personajes en el umbral de la pesadilla representada por el asesinato, el exilio, el sin sentido, la auto aniquilación. A la vez, por el sólo hecho de haber sido escrita, una novela como ésta es un acto de fe, de confianza en las posibilidades de la imaginación: "¿Qué hay detrás de la ventana?" (se) pregunta Juan García Madero en la última frase que aparece en las páginas del libro, ante un rectángulo de líneas entrecortadas. Con la obra de Cesárea Tinajero en su poder, al joven García Madero le queda toda una vida por delante para leer e inventar respuestas. Con Los detectives salvajes, Roberto Bolaño sitúa a la literatura donde debe estar: en medio de la tormenta.



Bibliografía


- Bolaño, Roberto. 1998. Los detectives salvajes. Anagrama. Barcelona.
- Iribarren, Mónica. 2002. "Bolaño le saca lustre al caos", entrevista. Las últimas noticias, Chile. 19/11/2002.
- Manzoni, Celina et.al. 2002. Roberto Bolaño: la escritura como tauromaquia. Corregidor. Buenos Aires.
- Pinto, Rodrigo. 1999. "Los detectives salvajes". Revista Caras, Santiago de Chile. 22/01/1999.












lunes, 10 de septiembre de 2007

Julia Toro en Nueva York

Libros que acompañan a Bolaño




Estantería, nivel superior (de izquierda a derecha): Son de Almendra (Dancing to Almendra), de Mayra Montero. All the same time, de Susan Sontag. Albert Camus, the Algerian, de David Carroll. The man who sttoped time, de Brian Clegg. The Illuminating Story of Eadweard Muybridge, Pioneer Photographer, Father of the Motion Picture, Murderer


Estantería inferior (de izquierda a derecha): New and Selected Poems (1963-2006), de David Shapiro. All the same time, de Susan Sontag. 8. Storming the Gates of Paradise: Landscapes for Politics, de Rebecca Solnit.


Abajo: Sólo es posible distinguir un libro sobre la maestra japonesa del anime, Tabaimo, de la Foundation Cartier pour l’art contemporain. (Spring 2007, 100 ilustraciones, 60 en color · 92 páginas).


Arriba: Ralph Ellison, de Arnold Rampersad. The life of Kingsley Amis, de Zachary Leader. En este libro Leader ensaya una biografía sobre el novelista, poeta, crítico y profesor inglés, padre de Martin Amis.









viernes, 7 de septiembre de 2007

“No exhibirá la generosidad de Allende”. Entrevista a Roberto Bolaño

por Florencia Grieco
en “Página 12”, 19 de enero de 2000





Muchos chilenos se fueron del país después de que Augusto Pinochet bombardeara La Moneda el 11 de septiembre de 1973 para instalar una dictadura que se prolongaría por los siguientes 17 años. El escritor chileno Roberto Bolaño, autor de Los detectives salvajes y de Amuleto, entre otras novelas, siguió ese camino. Y después de pasar por México se instaló definitivamente en España. Desde allí, Bolaño habló con Página/12 sobre las elecciones del domingo, el triunfo de Ricardo Lagos, Pinochet y el futuro chileno con el segundo presidente socialista de la historia.




¿Cómo cree que influyeron la detención de Pinochet y, 15 meses después, el anuncio de su liberación sobre el triunfo de Lagos?
La detención de Pinochet en Londres definitivamente no jugó a favor de Lagos ni de la Concertación, porque, a fin de cuentas, colocó en una muy mala posición, incluso ética, al gobierno de Eduardo Frei: no queda bien que ministros socialistas salgan a debatir y pelear por liberar al peor tirano que ha tenido Chile en este siglo. Pero me gustaría creer que no influyó el fantasma de Pinochet, el fantasma de su regreso al país, aunque por supuesto entra dentro de las posibilidades que haya tenido peso. Creo, o quiero creer, que después de tantísimos años de dictadura el pueblo chileno no se ha vuelto amnésico.


¿Y el hecho de que Lagos fuese socialista?
Creo que en el porcentaje de votos que consiguió Lavín ha tenido peso el hecho de que Lagos fuera un candidato socialista. Muchos han votado con el miedo de que representara la vuelta después de la muerte de Salvador Allende. Incluso debe haber influido para que gente de la Democracia Cristiana votara en contra de la Concertación de la que forman parte. Pero, a efectos prácticos, no hay punto de comparación entre Lagos y Allende. Los socialistas de todo el mundo han cambiado mucho. Lagos no cometerá los errores garrafales de Allende, pero tampoco podrá exhibir su generosidad, básicamente porque no tiene las virtudes enormes que tenía Allende. Con él había un espacio muy grande para la utopía. Su intención era llegar al socialismo. Pero eso ya pasó a la historia, en Chile y en el mundo. Al menos por ahora.


¿Cree que bajo el nuevo gobierno se podrá enjuiciar a Pinochet?

Chile tiene una democracia muy frágil, casi se podría decir vigilada. El Ejército tiene y seguirá teniendo un papel muy fuerte. Obviamente, lo ideal sería que volviera a ser un ejército súper profesional y apolítico, pero no me parece que sea posible. Yo no confío en ningún ejército del mundo, menos voy a confiar en el de Chile. Por otra parte, para que Pinochet pueda ser juzgado primero hay que desaforarlo, y a un senador vitalicio no se lo desafuera, según las leyes que el mismo Pinochet elaboró. Primero tendrían que cambiar esas leyes, y no creo que eso pueda pasar en Chile. Además, Lagos ha dicho que deja todo en manos de la Justicia, así que yo no veo al futuro gobierno hacer nada por juzgar a Pinochet. Definitivamente no se lo juzgará en el país. Es impensable. Ojalá no fuera así. Me encantaría equivocarme. Me equivoco en muchas cosas, y quisiera hacerlo en ésta también, pero no creo que ocurra.


¿Cómo se imagina el regreso de Pinochet a Chile?

En Chile, la gran mayoría de la población está un poco aburrida de Pinochet. Incluso mucha gente de la derecha ha empezado a sentirlo como un estorbo. De todos modos, nadie duda de que sus incondicionales lo recibirán con vítores y aplausos. Lo que también parece fuera de duda es que cuando llegue empezará a mejorar su salud, algo que habla muy bien del aire chileno y que nos puede ayudar mucho para desarrollar el turismo. Pero no pasará nada más. Excepto algo que podría resultar tan divertido como vergonzoso: dentro de uno o dos meses, Pinochet podría presentarse en el Senado, levantarse de su silla de ruedas y ocupar su banca. Algunos dirían: “Milagro, milagro”, y hablarían sobre la salud prodigiosa del “ex tirano”. Pero a Straw se le tendría que caer la cara de vergüenza.














lunes, 3 de septiembre de 2007

“La literatura se instala en el territorio de las colisiones y los desastres”. Entrevista a Roberto Bolaño

por Gonzalo Aguilar
Clarín, 11.05.2002





Hace años que Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953) vive en las afueras de Barcelona. Allí escribió casi todos sus libros -La literatura nazi en América, Estrella distante, Nocturno de Chile, entre otros- y allí también se transformó en uno de los escritores latinoamericanos más importantes de los últimos tiempos. Traducido a una decena de idiomas, ganador del premio Rómulo Gallegos 1999 por su novela Los detectives salvajes, Bolaño es uno de los exponentes de esa generación de escritores latinoamericanos que ha logrado narrar los horrores de los 70 haciendo uso de las potencias virtuales de la buena literatura. En esta conversación -a medias telefónica, a medias por email-, el autor de Putas asesinas parece hablar como si saliera de un sueño.





A propósito de la globalización, la crítica Pascale Casanova habló de la "república mundial de las letras". En su caso, ¿se considera un escritor chileno en el extranjero, un representante de lo latinoamericano en España o como alguien a quien todas esas denominaciones le pesan?
Lamentablemente no puedo considerarme ninguna de estas tres cosas. La primera, un escritor chileno en el extranjero, se acerca de algún modo a lo que según los controles burocráticos, soy o pretendo ser. Pero la verdad es que si viviera en Chile, si nunca hubiera salido de Chile o hubiera vuelto a Chile tras un tiempo prudencial, ahora me sentiría, de igual manera, un escritor chileno en el extranjero. Es decir: soy chileno, es algo con lo que vivo con mayor o menor resignación, pero ese ser chileno no me remite, necesariamente, a lo que, casi siempre con poca fortuna, se da en llamar patria. Y si viviera en Chile me sentiría en el extranjero. Desde que tengo uso de razón siempre me he sentido en el extranjero. A veces, en algunas casas, me sentí en mi propio país. O en algunas habitaciones. O en algunas camas. O bajo algunas camas. Durante un tiempo tuve un sueño recurrente y aquel sueño, mientras lo soñé, era de alguna manera mi país. Es decir un sitio en donde la reglamentación de la violencia, y, sobre todo, sus consecuencias, eran diferentes.



En la novela Los soldados de Salamina de Javier Cercas no sólo aparece como personaje, sino que se produce una cierta "afinidad electiva". ¿Esas afinidades llegan a constituir un grupo en Barcelona, una nueva camada de escritores?

No creo que, en el caso de Cercas, haya afinidad electiva ni de ninguna clase. En todo caso, si la hay es en una sola dirección y no de mi parte. La visión que tiene Cercas de la literatura es distinta de la mía. Para mí la literatura no sólo es una elección estética, sino también una apuesta ética. Yo no intento conciliar a la izquierda con la derecha. Para mí la literatura traspasa el espacio de la página llena de letras y frases y se instala en el territorio del riesgo, yo diría del riesgo permanente. La literatura se instala en el territorio de las colisiones y los desastres, en aquello que Pascal llamaba, si mal no recuerdo, el paréntesis, que es la existencia de cada individuo, rodeado de nada antes del principio y después del final. Mis afinidades en este sentido están con algunos escritores latinoamericanos. Si formamos o no un grupo que sea algo más que un grupo de amigos es algo que se verá en el futuro.

En este grupo está Rodrigo Fresán, sobre cuya última novela, Mantra, escribió una reseña muy elogiosa.
Es que me gustó mucho, probablemente es el mejor libro de Fresán, un libro desmesurado, lleno de humor, en ocasiones hiperviolento, que trata, en primera instancia de México, pero que en realidad habla de Latinoamérica: México, en este caso, funciona como los ojos de Latinoamérica. Y para mí fue una doble felicidad el que me gustara tanto esta novela: felicidad como lector y felicidad porque soy amigo de Fresán.



En su literatura parece haber una visión desencantada de las vanguardias. ¿Cómo vio los actos vanguardistas que llevaron a cabo en su momento en Chile el grupo de Zurita, Diamela Eltit y otros?
La verdad es que no me enteré o me enteré bastante tarde de lo que hacían. Y tampoco me interesó demasiado. Casi todas las vanguardias artísticas, de alguna manera, han servido de refugio para mediocridades impresionantes. Hay una clase de personas que necesitan participar en lo que llamamos arte, pero que están negadas para cualquier acto de valor y para acceder al arte lo primero que se necesita, incluso antes que talento, es valor.