miércoles, 18 de junio de 2008

Bolaño: el humorista sangriento

por Álvaro Matus
El Mercurio. 15.04.2007













"La universidad desconocida" y "El secreto del mal" confirman la vocación del escritor chileno para cabalgar entre la risa y el espanto. Se ha dicho que el primer libro recoge su poesía, mientras que el segundo incluye cuentos, pero la lectura demuestra que en Bolaño las diferencias entre géneros se difuminan. Lo único que queda en pie con la inventiva, el lirismo y las perturbadoras imágenes que vuelven a acechar.

El sentido común dice que una vez que se ha llegado a la cima de la montaña no queda más que descender. Al apogeo, en otras palabras, le sigue la inevitable caída. Pero cuando hablamos de la cumbre de un volcán, de un volcán en cuyo centro habita el mal, ¿habrá que bajar por la ladera o sumergirse valientemente en el cráter? Este es el desafío que Roberto Bolaño le plantea a los lectores, después de haber llegado a la boca del volcán con 2666, novela del horror por excelencia. Ahora se vislumbran por el agujero negro dos nuevas piedras incandescentes, dos nuevos libros que queman las manos y los ojos y la conciencia. Hablan del horror, del espanto, del mal que está lejos de la superficie, pero siempre presente, como el ruido de fondo de la cotidianidad.

El secreto del mal reúne veinte relatos, la mayoría inéditos, encontrados en el computador de Bolaño tras su muerte. En La universidad desconocida, a su vez, están casi todos los poemas que escribió entre fines de los setenta y mediados de los noventa. En total suman cerca de seiscientas páginas que confirman el carácter fragmentario de la obra de Bolaño, una suerte de rompecabezas cuyas piezas se ensamblan o separan a voluntad. Sólo así se comprende que Auxilio Lacouture, uno de los testimonios de Los detectives salvajes, sea la protagonista de la novela Amuleto, o que en la última biografía de La literatura nazi en América esté la génesis de Estrella distante. No está de más recordar que incluso pensó dividirse la monumental 2666 en cinco libros independientes. Asimismo, en La universidad desconocida se incluyen varios poemas que forman Los perros románticos, y en el relato "Músculos" se adivina el núcleo de Una novelita lumpen.

¿Estamos, entonces, ante el refrito de un autor fallecido tempranamente? ¿Son estos cuentos y poemas los restos del disco duro? ¿Los finales abiertos de algunos cuentos indican que estamos ante simples bocetos? En ningún caso. La universidad desconocida tiene su origen en un manuscrito que el propio Bolaño ordenó en 1993, meses después de que le diagnosticaran la enfermedad al hígado, y sobre el cual siguió trabajando hasta 1998. Los cuentos de El secreto del mal estaban agrupados en diferentes archivos y no se realizó ninguna intervención a los originales. Ignacio Echevarría, editor del libro, se hace cargo de las sospechas: "Es toda su narrativa, y no sólo El secreto del mal, la que parece regida por una poética de la inconclusión. En ella, la irrupción del horror determina, se diría, la interrupción del relato; o tal vez ocurre lo contrario: es la interrupción del relato lo que sugiere al lector la inminencia del horror".

Un buen ejemplo de lo anterior es el cuento "La habitación de al lado", que comienza con una reunión en la que el narrador conversa con un loco, con un loco armado, que se despacha su teoría respecto de las pistolas: igual que los autos y las mujeres, un revólver no se presta por la sencilla razón de que tiene "tus huellas dactilares", dice. El sujeto no demora en apuntarle al protagonista, quien al verse con el cañón en la cabeza empieza a divagar sobre el método de composición de las pinturas de Moreau. Luego recuerda la noche que pasó en una pensión de Guatemala, escuchando a dos hombres que alojaban en la pieza vecina: "El tipo de la voz aguardentosa dijo, o repitió, que había matado a su mujer. Supe que era la misma mujer a quien había ensalzado antes de quedarme dormido. La maté, dijo, y luego se quedó esperando la respuesta del otro. Me saqué un peso de encima. Hice justicia. De mí no se ríe nadie". Después el protagonista fuma, lee y al cabo de un rato escucha nuevamente lo que ocurre al lado, pero esta vez distingue la voz de una mujer. Es en ese momento cuando comprende que tiene que tragarse el miedo si quiere salir de allí con vida.

El lector no sabrá qué ocurre con esa mujer ni con el protagonista, ya que lo esencial sigue estando oscuro. La oscuridad aquí nos introduce, como en otros relatos, en una región sin reglas, donde la moral calla y la buena conciencia no aporta ningún consuelo. Es un terreno conocido para los lectores de Bolaño: en 2666, por poner un ejemplo reciente, se constata la muerte de cientos de jóvenes mexicanas que fueron salvajemente violadas en la frontera con Estados Unidos. El secreto del mal, sin embargo, inquieta por la naturalidad con que el horror irrumpe en las situaciones más triviales.


Muertes, viajes y decepciones

Una periodista de la que sólo sabemos que "se acuesta con dos hombres", regresa al diario para escribir la crónica del asesinato de una secretaria. El cuento, eso sí, se llama "Crímenes", en plural, porque el diálogo entre ella y un vendedor de calcetines instala, en su imaginación, el temor a morir apuñalada. Tener dos amantes, al fin y al cabo, es la prueba de que no puede renunciar a nada. Y todos sabemos que algunas mueren por mucho menos.

Cuando Bolaño irrumpió en la escena literaria con La literatura nazi en América y Estrella distante, ambas de 1996, inmediatamente se elogió su capacidad para exaltar la desmesura, el absurdo, los chistes crueles de la Historia. Siempre a caballo entre la risa y el espanto, en este libro incluye un relato protagonizado por V.S. Naipaul, quien visita Buenos Aires en plena dictadura. El país, dice Bolaño, camina alegre y despreocupadamente hacia el precipicio, y un indicador para medir el mal es el número de desaparecidos. Todo es bastante gris y la escena de Bioy Casares tomando un refresco en el club de tenis sirve para graficar la irresponsabilidad o la indiferencia o la estupidez. Bueno, todo era gris, hasta que Bolaño infiere que el país andaría mejor si provinieran de los griegos: "Es posible que con un general Peronidis Argentina hubiera salido ganando. No mucho, sólo un poquito, pero algo es algo. Ay, si los argentinos hablaran demótico. Un demótico porteño, a medias influido por el lunfardo del Píreo y de Salónica. Con un gaucho Fierrescopulos, copia feliz de Ulises, y con un Macedonio Hernandikis arreglando a martillazo limpio el lecho de Procusto. Pero, para bien o para mal, Argentina es lo que es y viene de donde viene, que es, sépanlo, de todo el mundo, menos de París".

En otro relato, Bolaño vuelve a México en busca de Ulises Lima, pero sólo encuentra a tres gordos chiflados, fanáticos del heavy metal, que aseguran ser los últimos discípulos de su amigo. La ironía, esa característica que para William Hazlitt garantiza que un texto siga siendo joven, apenas disimula la sensación de abandono, soledad y pérdida que inunda los cuentos de Bolaño. Y, claro, también los poemas.


Escritura sin fronteras

"Toda poesía -dice Bolaño en 2666-, en cualquiera de sus múltiples disciplinas, estaba contenida o podía estar contenida en una novela". Esta declaración de principios proviene de un escritor que, desde sus inicios, se consideró ante todo poeta, si bien el reconocimiento le llegó por su prosa. La universidad desconocida muestra a un Bolaño confesional, íntimo, acosado por el anonimato y la pobreza, pero sobre todo devela la voluntad de Bolaño por borrar las fronteras que separan el verso de la prosa. Sus poemas pueden leerse como reconstrucción de una vivencia en el sentido clásico (la pérdida de una mujer), como novelas surrealistas o como manifiesto estético, que es lo que ocurre con "La poesía chilena es un gas" y "Horda". "Manifiesto mexicano" es un verdadero cuento en el que una joven pareja se pasea por los baños de vapor de un D.F. mexicano que asemeja a los fumadores de opio ingleses o franceses del siglo XIX. El libro también incluye "Amberes", que en 2002 fue publicado por Bolaño como novela, y una sorpresa inclasificable: "Prosa del otoño en Gerona". Se trata de una novela breve, hecha de fragmentos (o poemas en prosa), con la atmósfera de una película brumosa. Lo importante son las imágenes: la nieve, la grasa en los muebles de cocina, el buzón del correo siempre vacío, una mujer duchándose a las seis de la mañana para partir a la estación, el pasaporte que dice chileno.

En El secreto del mal pueden leerse dos textos que Bolaño leyó en público y que dejan entrever la influencia de los discursos de Parra: "Sevilla me mata" y "Derivas de la pesada" son ensayos, pero la inventiva y fluidez del lenguaje invitan a preguntarse ¿qué clase de textos tenemos al frente, de dónde viene este interés por disolver las formas? La explicación está lejos del virtuosismo técnico del autor. En una sociedad en que la literatura ha perdido su prestigio, al auténtico escritor no le queda más que fusionar novela con poesía, ensayo y autobiografía para acercarse así a la esencia de la escritura. En el ejercicio estaría implícita la voluntad de encontrar la verdad del arte a través del rodeo o el cerco a todos los géneros. Maurice Blanchot en El libro por venir lo anticipaba: "Un libro no pertenece ya a un género, cualquier libro depende únicamente de la literatura, como si ésta ostentase de antemano, en su generalidad, los secretos y las fórmulas exclusivos que permiten dar a lo que se escribe la realidad del libro. Todo sucedería, por tanto, como si al estar los géneros disipados, la literatura se afirmara sola, brillara sola en su claridad misteriosa que ella propaga y que cada creación literaria le devuelve multiplicada, como si hubiera en ella por tanto una esencia de la literatura".

Intentar responder hacia dónde va la literatura es lo que plantean también los libros de Pitol, Calasso, Sebald o Magris, aunque Bolaño se diferencia de ellos por su capacidad para contaminar la alta cultura (citas a la poesía simbolista francesa, por ejemplo) con múltiples referencias a películas de bajo presupuesto, revistas pornográficas, novelas policiales baratas y escritores, claro, pero inéditos, marginales, cuando no derechamente fracasados. Bolaño tiene calle y una sensibilidad que le permite hablar de todo con fluidez. En otras palabras, Bolaño, o la escritura de Bolaño, está en contacto directo con la vida. Y con el mal.










sábado, 14 de junio de 2008

Roberto Bolaño… ¿y qué?

La Tercera. 14.06.2008











Puede ser que en EEUU estén locos por Roberto Bolaño, pero no es lo mismo en todos lados. Especialmente en la ciudad de Blanes, España, donde el autor de Los detectives salvajes vivió desde 1981. Edmundo Paz Soldán, que visitó el pueblo para presentar su libro Bolaño salvaje, notó que las autoridades no estaban precisamente fascinadas por la atención que el chileno ha atraído al pueblo. De hecho, no aprobaron bautizar la biblioteca local como Roberto Bolaño y sólo aceptaron llamar así una sala de lectura, aunque todavía no han puesto una placa con su nombre. Ante la queja, uno de los responsables del ayuntamiento respondió: “Ahora todo el mundo habla de Bolaño, pero en diez años nadie se acordará de él”.










jueves, 12 de junio de 2008

Pequeños asuntos sobre Roberto Bolaño

por Lorenzo Peirano
Carajo. 01.2008















Sobre Roberto Bolaño ya se ha dicho todo. Sabemos que escribía bien y que quería escribir bien. Que se levantaba muy temprano, que vivía en un pueblo catalán. Que se fue de Chile, que le gustaba Borges. Sabemos también que era (es) mejor que Isabel Allende. Lo han acercado, lo han alejado. Ya odiosos personajes pronuncian su nombre; queda claro, este hombre triunfó, y su triunfo fue un cachetazo dentro de nuestro medio literario. “Era también poeta”, me dijo un conocido. “Era también poeta”, y recordé entonces su nombre escrito hace tiempo en un cartel.

Pero sus versos me interesan menos. Y sigo recordando (pero) cosas más recientes: en una entrevista expresaba lo importante que Nicanor Parra era para él. Con honestidad para admirar, con verdadera honestidad, creía debérselo todo al antipoeta. Puede que así sea; puede que en parte. Sin embargo, habría que hacer notar un caso único de beneficio (no olvidando a Adán Méndez, claro está) de una primordial influencia parriana en un escritor o poeta. Porque Parra –esta certeza o insolencia se la debo a Bolaño— ha sido mal entendido; Parra no es un cómico, alguien que sólo provoca carcajadas (las mismas que podría producir un personaje de televisión).

Los últimos atardeceres de la tierra, con B y su padre, nosotros y nuestro padre; mi padre y yo. Movimientos de cuerpos en una atmósfera como de ensueño. “Por temporadas vivíamos juntos en una pieza redonda / que pagábamos a medias en un barrio de lujo cerca del cementerio…”, escribió Parra. Mal cito, enredo y me disculpo.

Bolaño suscita. Podemos o no estar de acuerdo (¿quién decía que un escritor nos parece bueno cuando sus opiniones coinciden con las nuestras?). “Irreverente” han afirmado, pronunciando esta palabra como una novedad. “¿Por qué, Zoilo, ensucias el agua de los baños lavando allí tu culo? ¿Te gustaría ensuciarla todavía más? ¡Mete la cabeza!”, escribió Marco Valerio Marcial, el poeta romano nacido en Bilbilis, en el cuarenta y dos después de Cristo.

Y es que Bolaño, por sobre todo, nos dejó la certeza de un hombre ante el oficio de escribir. Se sintió fracasado, realmente malo, se sintió pésimo, no obstante nunca dejó de sentirse un escritor. Y Marcial de nuevo: “Pues mientras te preguntas qué quieres ser, es posible que no seas nunca nada”. “Claro”, me dirán, “pero era un escritor tremendamente dotado”. Responderé: “No hace tanto que ha quedado claro”. ¿Quién, sino un loco, tiene esa seguridad? Lo razonable en el arte de las letras es el fracaso, la mofa de ex novias y parientes. La megalomanía. Lo irrazonable, al fin y al cabo. Yo he conocido a unos cuantos personajes de esa laya (desde que pasé los cuarenta, tal como me aconsejaban mis amigos muertos, evito los espejos).

Ahora, he leído que uno de los méritos de Roberto Bolaño sería el acometer una novela larga; la extensión; la misma pretensión de la inteligentísima Rayuela. Un nuevo Ulisses de Joyce. Combinaciones, sobre posiciones; exquisiteces que sólo entienden los expertos del lenguaje. Un equivalente, una emulación. Porque en Chile así se piensa: la primera (y pésima) película de vampiros, la primera película de un millón de dólares. La traslación, el adoptar un hijo extranjero al que nunca se llegará a conocer del todo. Bolaño partió desde un Yo, un Yo algo vilipendiado no hace mucho. La distancia como mérito, el no hablar de uno. Ser sólo un observador de nuestros semejantes, meterse en arquitecturas y palpitaciones de otros cuerpos. Aunque “todo lo que realmente pasa me pasa a mí” (Borges).

Si bien Roberto Bolaño se encontró ligado en México a un movimiento como el Infrarrealismo, su experiencia corresponde a la de un solitario. Su enfermedad, la lejanía de la patria. Resulta obvio que únicamente escribió, sin proponerse, astucias destinadas a impresionar a seres como el “cura Ibacache”, crítico y poetastro.

Otros aspectos también me acercan a Bolaño: la asquerosa dentadura (esto no es una ligereza). Sus referencias a ciertos poetas que fueron parte del “alimento de mi juventud”. Habla de Baudelaire, Lautréamont, Rimbaud y Mallarmé, y aunque no dice nada nuevo sobre ellos, su tono regocija. Incluso, a mi juicio, se equivoca, colocando a Mallarmé por sobre Verlaine: Mi alma se prepara para el terrible naufragio. Pero remueve las aguas. Le parece desgastado Jean Valjean. La imagen socavando a la palabra en el llamado “imaginario” de la gente. Y de nuevo (perdón por tanta vanidad) otro de los poetas de mi ayer, León Felipe, encantador según uno de sus personajes femeninos.

Dije, al comienzo de esta afortunada o desafortunada prosa, que había visto el nombre de Bolaño tiempo atrás escrito en un cartel. Fue en la Sociedad de Escritores, en los ochenta. En aquella ocasión alguien hizo una broma que sería una torpeza repetir.










domingo, 8 de junio de 2008

2666 margaritas para los cerdos

por Carmen Muñoz Hurtado
http://stalker.hautetfort.com/
15.04.2008








Ce texte fait suite à ma longue critique de 2666.

Estimado Juan.

Tu texto en torno a 2666 de Bolaño ha inspirado la escritura de estas palabras sueltas que te hago llegar con total admiración por tu pluma ácida, valiente y punzante. Tienes total razón al referirte, del modo que los has hecho, al ejercicio de la pseudo crítica literaria. Yo me sumo y meto en el mismo saco a los «literatosos de Chile», como los bautizó el gran poeta Gonzalo Rojas. En mi país, la crítica no ha muerto, pues nunca ha nacido.

Esta larga faja de tierra siempre ha querido vivir a la sombra de Europa, agazapada como ave carroñera ante un cadáver que no le pertenece. Nuestros intelectuales, en el nacimiento de la República, quisieron remedar el modelo francés academicista, convirtiendo a la capital en una frágil maqueta de París. Vestían, fumaban, fornicaban, escribían, pintaban, esculpían y defecaban como un señorito francés. No sin cierta vergüenza, debo decir que en 1922 tuvimos una circense parodia de estertores vanguardistas, llamada Grupo Montparnasse, que pintaba a la manera del Cézanne juvenil, en la misma época en que el Gran Vidrio de Duchamp se trizaba en dos fragmentos.

En 1938, intentando darle respiración boca a boca a una poesía chilena, que creían agonizante, un hato de jóvenes escritores parió forzosamente al Grupo Mandrágora, remedo aún más vergonzoso del surrealismo bretoniano. En los textos de esta cofradía de saltimbanquis no hubo ni libertad, ni automatismo, ni belleza convulsa. La obra mandragorista se erigió como el patético maquillaje de una anciana que niega su inaplazable muerte. Braulio Arenas, uno de los fundadores del grupo, confundió la poesía nictálope de San Juan de la Cruz con dar palos de ciego a las letras sudamericanas, la nocturnidad del sturm und drang fue reemplazada por una suerte de bohemia santiaguina, en la cual la embriaguez poética era más etílica que literaria. Los jóvenes mandragoristas, en sus ejercicios falsamente automáticos, se fueron haciendo cada vez más adeptos al innovar por innovar, olvidándose absolutamente de la poesía y de las palabras de Breton: «Je ne suis pas pour les adeptes. Je n'ai jamais habité au lieu dit La Grenouillière. La lampe de mon cœur file et bientôt hoquette à l'approche des parvis…».

Este escenario, tan alejado de la capital del dolor de Paul Eluard, no es muy distinto a lo que se vive hoy en las letras chilenas y en el fallido intento de crítica literaria contemporánea. La fauna es similar a la que tú disectas con tanta precisión en Stalker. Tal vez, yo le agregaría unos cuantos especímenes más: la literatura gay que sangra por una herida que no quiero nombrar, la narrativa de las feministas que, amargadas ante la ausencia de másculo, usan la pluma como un consolador masturbatorio, los falsos barroquistas que intentan imitar a Faulkner con menos suerte y oficio que García Márquez, los que se parapetan tras el manoseado concepto de intertextualidad, porque en el fondo no tienen nada que decir, los que utilizan una extrema opacidad semántica para disfrazar la ausencia de sentido, la crítica onanista que se ha vuelto ciega de tanta autocomplacencia… En fin, la lista es interminable y George Steiner tenía razón: «Al mirar hacia atrás, el crítico ve la sombra de un eunuco. ¿Quién sería crítico si pudiera ser escritor?

Comprendo perfectamente que tu lectura de 2666 sirva para seguir denunciando a toda esa mierda institucionalizada que huele al vómito de la habitación de Oscar Fate. Sin embargo, celebro ante todo tu capacidad de mostrarnos esta novela desde una mirada profundamente filosófica. Y es desde ese sitial donde yo también deseé leerla.Creo que cualquier intento de análisis de la novela 2666 estará continuamente acechado por el fantasma de Bolaño, el cual en todo momento nos recordará que hay un fondo irreductible en sus palabras, el resto es silencio. Sólo la pulsión de querer ser parte de la Zona, me aguijonea a intentar un tímido acto de interpretación. «Algo recogeré», afirma Borges al final de El Aleph, luego de comprender que «el problema central es irresoluble: la enumeración siquiera parcial de un conjunto infinito» (Borges, 1961, pág. 164).

Benno von Archimboldi dejó una huella, que aquellos cinco miserables críticos obsesivos intentan buscar por un camino que el escritor errante jamás recorrió. Ellos no han renunciado a la voluntad de dominio ni al ego cartesiano, no se han atrevido a la apostasía de la razón, por eso no pueden guardar silencio, transformándose en sujetos vacíos y adversos al misterio de su propia creación. Aludo a la palabra misterio, ya que gran parte de la maestría de la novela de Bolaño reside en la capacidad de sacar al yo de los límites de su despótica supremacía de querer explicarlo todo o, lo que es aún peor, de creer que todo posee una explicación. No en vano, Bolaño, en su primer Manifiesto Infrarrealista escribió: «Chirico dice: es necesario que el pensamiento se aleje de todo lo que se llama lógica y buen sentido, que se aleje de todas las trabas humanas de modo tal que las cosas le aparezcan bajo un nuevo aspecto, como iluminadas por una constelación aparecida por primera vez. Los infrarrealistas dicen: Vamos a meternos de cabeza en todas las trabas humanas, de modo tal que las cosas empiecen a moverse dentro de uno mismo, una visión alucinante del hombre» (Déjenlo todo, nuevamente. Primer Manifiesto Infrarrealista, México, 1976).

Quienes han querido leer 2666, anteponiéndole a Bolaño el rótulo de ateo, apenas pueden acercarse a una milésima parte de esta novela. Si el ateísmo se manifiesta como un solitario tránsito entre el silencio de Dios y el silencio ante Dios, entonces Bolaño ha sabido expresar aquel anonadamiento que produce la huella de un Creador ausente. «Para llegar al punto que no conoces – aconseja San Juan de la Cruz – debes tomar el camino que no conoces» (Obras completas, 1964, pág. 867).

Cada personaje de 2666 está realizando un viaje de descentramiento en el cual no existe conciencia del punto de partida ni del destino. El secreto que esconde el libro colgado en el tendedero de Amalfitano, a manera de hipóstasis melancólica, nos remite a un ritual vaciado de intención y fundamento. Es cierto, como tú afirmas, que esta obra nos evoca otras novelas, ahí radica gran parte de su genialidad; pero, también, nos enfrenta a una serie de discursos que han sido parte de la tradición filosófica occidental. Bolaño ha sabido simbolizar en cada uno de sus personajes al escéptico, al racionalista, al relativista, al empirista, al hedonista y, por sobre todas las cosas, a aquel individuo, representado por Fate, que no ha podido olvidar las palabras de su madre muerta: «Sé un hombre y carga con tu cruz» (Bolaño, 2004, pág. 299).

En Fate se conjugan las miserias de todos los otros, él es la encarnación fiel de una condición humana que, olvidándose de lo sagrado, concibe la vida como un «hueco que hay que llenar». En este sentido, Bolaño le otorga a la trascendencia un espacio indeterminado, sin negarla, la lleva al plano de la ausencia, a un horizonte que está oculto tras la necesidad de un hombre de carne y hueso que sólo es sensible a la angustia de la propia contingencia.

El relato de la película filmada por Robert Rodríguez, donde aparece una suerte de «puta agonizante» y luego una muchacha y tres tipos «que primero le hablaban al oído y luego la follaban» es uno de los fragmentos más bellos de la novela. «Pues la belleza –como afirmaba Rilke– es aquel grado de lo terrible que todavía podemos soportar» (Elegías de Duino, 1984, pág. 83). Cuando la joven está en la cúspide de su orgasmo, mira a la cámara y, en ese momento de complicidad, el narrador describe la escena: Por un instante toda ella pareció brillar, refulgieron sus sienes, el mentón semioculto por el hombro de uno de los tipos, los dientes adquirieron una blancura sobrenatural. Luego la carne pareció desprenderse de sus huesos y caer al suelo de aquel burdel anónimo o desvanecerse en el aire, dejando un esqueleto mondo y lirondo, sin labios, una calavera que de improviso comenzó a reírse de todo» (Bolaño 2004 : 405-6). El carácter evanescente del cuerpo de la joven, que se transfigura en un éxtasis casi místico, nos sumerge en un clima sacro que se esfuma y da paso a la muerte, a la ciudad y a una habitación que parece contener el abismo donde el hombre es capaz de reconocerse en su frustración por no poder ver más allá. El relato de la película se suspende abruptamente cuando la cámara se acerca a lo indeterminado: «Un pasillo. El cuerpo de una mujer semivestida, tirado en el suelo. Una puerta. Una habitación en completo desorden. Dos tipos durmiendo en la misma cama. Un espejo. La cámara se acerca al espejo. Se corta la cinta» (Bolaño, 2004, pág. 406).

«Nos hemos acostumbrado a la muerte» (Bolaño, 2004, pág. 337), pero aún tememos ver nuestro rostro reflejado en un espejo. La cámara se apaga ante el desasosiego de un espíritu que se desprecia a sí mismo. Quizá, esta novela nos muestra en demasía y descarnadamente lo que estamos siendo, nos evidencia nuestra incapacidad de suspender el miedo. Al igual que las grandes obras de la música, que nos advierten que lo inefable se presta a ser oído, pero no descifrado, 2666, liberada de toda sujeción a una anécdota, nos enseña que «hay una elocuencia del silencio que penetra mucho mejor de lo que el lenguaje podría hacer» (Blaise Pascal, Pensamientos, 1984, IV, pág. 293).










jueves, 5 de junio de 2008

2666 de Roberto Bolaño

por Juan Asensio
http://stalker.hautetfort.com/
12.04.2008







Ce texte que l'on pourrait appeler une tentative de critique kaléidoscopique est tout entier placé sous le signe torve de la Bifurcaria Bifurcata. Je le dédie à François Monti, qui m'a fait découvrir, au travers de ses excellentes notes, les romans de Roberto Bolaño.





De ce qui est perdu, de ce qui est irrémédiablement perdu, je ne désire récupérer que la disponibilité quotidienne de mon écriture, des lignes capables de me saisir par les cheveux et de me remettre debout quand mon corps désormais n’en pourra plus.
Roberto Bolaño, Anvers

Lorsqu’ils arrivèrent, les écrivains disparus se trouvaient dans la salle à manger, en train de dîner et de regarder la télévision, qui à cette heure-là donnait les informations. Ils étaient nombreux, et presque tous français, ce qui étonna Archimboldi, qui n’aurait pas imaginé qu’il puisse exister autant d’écrivains disparus en France.
Roberto Bolaño, 2666

2666 es uno de esos monumentos que han llegado para quedarse, para permanecer. Bolaño, para nuestra felicidad, y con modales de faraón todopoderoso pero mortal y ateo, ha erigido esta pirámide que lo sobrevive y lo honrará por siempre. Pirámide frente a la que nosotros, afortunados testigos, turistas privilegiados – como suele suceder con las pirámides –, no dejaremos nunca de preguntarnos, una y otra vez, cómo cuernos fue que lo hizo.
Rodrigo Fresán




Une évidence: ce ne sont certainement pas les très piètres articles de la presse française dite littéraire, à l'exception, peut-être, de la critique de Philippe Lançon pour Libération (elle-même ne valant pas grand-chose comparée à celle-ci, méditation sur l'impossibilité d'écrire une critique sur 2666 plutôt que critique, signée par Rodrigo Fresán pour El País), qui peuvent nous apprendre quoi que ce soit sur ce roman. Au mieux, elles nous permettent de lire, sans tenir le livre dans nos mains, la quatrième de couverture, et peut-être même, pour les meilleures de ces bluettes journalistiques, le service de presse qui a accompagné l'envoi du roman de Bolaño. Ainsi, le lecteur qui aura lu, sur la Toile, les quelques textes-clones consacrés au roman posthume de ce magnifique écrivain chilien, sauront, émerveillés que son dernier livre est : gros, même très gros, qu'il brasse presque tous les genres littéraires (ce qui est faux), qu'il est épique, qu'il est truculent, qu'il est apocalyptique (ce qui est faux, puisqu'il ne révèle rien), qu'il évoque l'amour, le sexe, la corruption, la peur, la solitude, la mort et le mal, comme à peu près tous les livres qui ont été écrits ou seulement rêvés depuis l'invention de l'écriture et que, puisqu'il est gros et même très gros voire franchement imposant, c'était tout de même le minimum que l'on était en droit d'attendre de semblable pavé.

C'est peu? Non, au contraire, c'est le maximum que la critique littéraire telle que la pratiquent les médias et les revues semble capable de produire.

Du reste, ne le blâmons point trop injustement, cet eunuque bavard exerçant la noble profession de critique : il est illusoire, après une seule lecture de 2666, peut-être même après une deuxième et une troisième, stylo à la main, fiches dûment remplies, de prétendre écrire autre chose que des généralités. François Monti d'ailleurs, dans une magnifique esquisse, a évoqué cette impossibilité, pour le moment, de rentrer, de s'y enfoncer même, au centre de ce roman, d'en déployer les rayons non point infinis mais assurément très nombreux.

Nous essaierons de livrer quelques généralités que, du moins, le service de presse de Christian Bourgois ne nous a point susurrées. Espérons aussi que l'éditeur aura l'idée de livrer au public les carnets de notes que Bolaño tint, selon Ignacio Echevarría, durant la rédaction de son roman tentaculaire, ce qui aidera sans doute les critiques, du moins les vrais critiques (les faux, eux, se contenteront une fois de plus de la quatrième de couverture et, s'ils ont du temps, des dix premières pages et de la conclusion de ce futur livre), à faire correctement leur travail, à ouvrir de nouvelles pistes, à écarter de faux indices, à échafauder de coruscantes hypothèses bref, à accomplir à peu près correctement leur office de vigie.

Pour compléter notre liste des vertus propres à ce roman, j'ajoute que 2666 est, par son intention, par sa démesure, par sa portée enfin (je n'ai absolument pas parlé de style, indissociable d'un livre que je n'ai lu que traduit, excellemment d'ailleurs, par Robert Amutio), un livre absolument à mille coudées au-dessus du plus ambitieux roman français écrit ces trente dernières années.

Les belles âmes, scandalisées parce qu'elles prendront pour des exagérations, des approximations, des schématisations ridicules, auront dès lors une nouvelle occasion de méditer sur l'incapacité de la littérature française, à quelques très rares exceptions, comme celle du premier roman de Julien Capron, Amende honorable, de se hisser à une telle hauteur qui est, en fait, un puits, le puits de la littérature qui ne se contente pas de jouer au Lautréamont portant cache-nez et pantoufles, au combattant de l'espace intersidéral nourri par Albator, Cobra et, dans le meilleur des cas, Avalon, à la midinette avariée, lessivée comme une chaussette blanche dans le bain du festivo-public(l)ito-performativo-mégalo-pseudo-littéraire, roulant son derrière plus que sa bosse dans les cocktails parisiens et confondant Kierkegaard avec une marque danoise de pâte dentifrice, à la vieille pute égolâtre traînant son dégoût de tout et d'abord, de la littérature, et ensuite, de lui-même, distillant sa haine et son immense convoitise dans des livres qui ont moins de densité qu'une bulle de savon, aux ouvrières féministes du Saint Ovaire Rédempteur enfin qui, c'est bien connu de ces théologiennes de la laideur (souvent, leur propre laideur, l'invincible manque de féminité des féministes, ces femmes qui n'en sont point à force de vouloir en être à tout prix), n'aime pas trop les hommes et les dévore comme une idole irascible et insatiable.

Je crois avoir assez fidèlement résumé les principales tendances de la littérature française contemporaine.

Ce préambule nous permet je l'espère de constater que la nullité de la presque totalité des romans qui s'écrivent en France n'a d'égale que la presque totale nullité des critiques qui en vantent les insignifiances mille fois ressassées. Les parasites sont intoxiqués par la carne qu'ils consomment, c'est une règle évidente propre à toute pyramide alimentaire.

D'où vient cette nullité absolument irrécusable? Les causes (politiques, sociologiques, économiques, historiques et bien sûr spirituelles, les premières dans l'ordre invisible) sont multiples, complexes, anciennes bien sûr mais il en est une qui me paraît bizarrement sous-estimée: les éditeurs français publient beaucoup de merde (le mot, élégant, est de Gilles Cohen Solal, éditeur, sur le blog de son confrère Léo Scheer) qu'ils ne parviennent peut-être même pas eux-mêmes à considérer comme de la littérature. Heureusement, les attachées de presse et leurs amis les journalistes, qui ont l'odorat tout aussi peu développé que la vue, ne flairent rien.

Une merde normalisée, standardisée, préformatée, bien calibrée pour nous délivrer ses plus subtils arômes de sexe, de violence, de bien-pensance contrite, de haine de la France, de son histoire, de ses écrivains les plus illustres, de haine de Dieu, d'amour du pauvre, du marginal, même s'il n'est pas artiste, du perclus, du clochard, du beur, du noir, du jaune, du rouge, de la Terre entière et de sa versicolore diversité à l'exception de ce pays de colonisateurs blancs arrogants et capitalistes qu'est la France, une merde d'origine biologique pour faire plaisir aux écologistes et obtenir ainsi un joli tampon administratif prouvant une irrécusable traçabilité, une merde ayant la forme du temps (carrée), son odeur (mauvaise, cela va de soi) et sa consistance (friable).

Disons-le bien franchement: 90% du temps qu'un critique littéraire, amateur ou professionnel (mais surtout professionnel) consacre à ses lectures de romans français est un temps qu'il perd à s'emplir les poumons d'un langoureux, rapide, délicat, violent, exaltant, dépressif, jubilatoire, nauséeux, immonde, divin, ennuyeux nuage de merde distillée. Ayant défendu bec et ongles ces 10% (allez, soyons optimiste : 20%) qui font l'honneur des lettres françaises, je n'ai aucune espèce de leçon à recevoir, et de la part de personne, qu'il soit auteur, éditeur, journaliste, critique, blogueur.C'est assez clair? Ai-je vraiment besoin de rappeler tel passage de Roberto Bolaño lui-même qui, dans 2666, se moque des écrivains disparus, presque tous français allez savoir pourquoi, regroupés dans un asile psychiatrique (pp. 971-976) et s'interroge, sans nous donner de réponse convaincante ni même satisfaisante (peut-être parce que les titres qu'ils a choisis sont tous excellents, et qu'ils ont tous été écrits par des maîtres), sur l'étonnant tropisme qui pousse les lecteurs à choisir des livres mineurs plutôt que grands? «En laissant de côté qu’Un cœur simple et Un conte de Noël étaient, comme le titre de ce dernier l’indiquait, des contes et non des livres, le goût de ce jeune pharmacien cultivé était révélateur, un jeune pharmacien qui avait été peut-être Trakl dans une autre vie ou à qui peut-être dans celle-ci il lui avait été accordé d’écrire des poèmes aussi désespérés que ceux de son ancien collègue autrichien, qui préférait nettement, sans discussion, l’œuvre mineure à l’œuvre majeure. Il choisissait La Métamorphose plutôt que Le Procès, il choisissait Bartleby plutôt que Moby Dick, Un cœur simple plutôt que Bouvard et Pécuchet et Un conte de Noël plutôt que Conte de deux villes ou Les papiers posthumes du Pickwick Club. Quel triste paradoxe, pensa Amalfitano.

Même les pharmaciens cultivés ne se risquent plus aux grandes œuvres, imparfaites, torrentielles, celles qui ouvrent des chemins dans l’inconnu. Il choisissent les exercices parfaits des grands maîtres. Ou ce qui revient au même : ils veulent voir les grands maîtres dans des séances d’escrime d’entraînement, mais ne veulent rien savoir des vrais combats, où les grands maîtres luttent contre ça, ce ça qui nous terrifie tous, ce ça qui effraie et charge cornes baissées, et il y a du sang et des blessures mortelles et de la puanteur» (pp. 264-5).

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Comme tous les grands romans, 2666 de Roberto Bolaño est un roman qui évoque d'autres romans, une infinité de textes, de façon métaphorique, détournée, loufoque ou bien réelle. Pourtant, ce labyrinthe de la littérature dans lequel nous nous perdons durant des heures d'une lecture aussi joyeuse et admirative que celle du Tunnel de Gass était longue et pénible, ne cache point en son centre le Minotaure terrible que José Bergamín appelait le monstre du romanesque.

En se perdant dans la bibliothèque infinie qui doit autant aux contes de Jorge Luis Borges qu'à la trilogie romanesque d'Ernesto Sábato, Roberto Bolaño n'a qu'une seule idée en tête : à tout prix embrasser la réalité, saisir la rugueuse matière de notre vie quotidienne, que nous soyons critiques, tueurs, putains ou simples adolescentes (parfois, ce sont des putains) dont le corps a été abandonné au pied d'une décharge sauvage d'Amérique du Sud. Y parvient-il? Nul romancier ne peut prétendre avoir saisi ne serait-ce qu'une minuscule parcelle de la plus plate réalité. Et pourtant, Dieu étant pratiquement absent de 2666, ce roman pouvant être même considéré comme une grande œuvre artistique athée qui, selon George Steiner, est une aberration, je dois admettre que le romancier chilien est parfois tout près d'une révélation. Non pas une réalité qui lui serait donnée au triple ou au centuple, nous savons tous que la vraie vie, qui est absente, l'est tout de même un peu moins lorsqu'elle est gorgée d'art et, singulièrement, de littérature. Non pas l'accession au Livre absolu de Mallarmé qui, le pauvre, ne parvint qu'à en lire (et écrire) quelques bribes infimes mais bien l'entrée dans un univers qu'avec Siegfried Kracauer nous pourrions appeler celui de l'antichambre, que l'auteur définit ainsi: «L’ambiguïté appartient à l’essence de cet espace intermédiaire. Ceux qui l’habitent doivent déployer des efforts constants pour faire face aux nécessités contradictoires qu’ils rencontrent à chaque coin de rue. Ils se trouvent dans une situation précaire qui les incite même à parier sur l’absolu, à jouer de toutes sortes d’idées donquichottesques sur les vérités universelles» (1). Et l'auteur de poursuivre (2): «Centrer sur l’«authentique» dissimulé dans les interstices des convictions dogmatiques du monde, fonder ainsi une tradition des causes perdues; donner un nom à ce qui était jusqu’alors innomé», ce qui me semble une définition possible du travail réalisé par Roberto Bolaño dans 2666.

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Difficulté. «Il lui arrivait de penser qu’il ne lisait plus justement parce qu’il était athée. Disons que la non-lecture était le degré le plus élevé de l’athéisme ou du moins de l’athéisme tel que lui le concevait. Si vous ne croyez pas en Dieu, comment croire en un putain de livre?» pensait Emilio Garibay (p. 626). Difficulté apparente: Roberto Bolaño, tout en écrivant des textes remarquables, ne croit pas dans la littérature, chacun de ses textes ou presque moquant les ridicules prétentions des littérateurs, des pseudo-artistes d'avant-garde et bien sûr des critiques. Il connaît bien évidemment ses sombres pouvoirs, les terribles pouvoirs de la littérature, le surcroît bouleversant de joie, de savoirs et de peines qu'elle donne aux plus grands, mais il ne croit pas en elle, tout comme il ne croit pas en Dieu, tout en étant certain que ses livres seront lus dans un siècle, quand seront oubliés les tartufferies des Nothomb, Sollers et un bon millier d'autres. Cet apparent paradoxe est illustré par la vie de Benno von Archimboldi, qui commence comme celle d'un attardé mental, du moins d'un simple seulement désireux de contempler les algues durant de longues plongées en apnée, et finit avec la possibilité, pour ce même homme devenu romancier, de recevoir le Prix Nobel de littérature. Pas seulement une moquerie à l'égard des hommes de lettres et de leur cortège d'honneurs, mais une vérité cruelle: le romancier de génie n'est pas d'une fulgurance intellectuelle évidente. Il s'en moque du reste, le génie n'étant pas l'intelligence, le génie pouvant, après tout, parfaitement se passer de Dieu, puisqu'il en prend, modestement, la place, toutes les fois qu'il crée, singulièrement lorsqu'il écrit un livre aussi remarquable que 2666.

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Je ne suis pas très satisfait de ce que je viens d'écrire. Croire en Dieu, c'est justement, peut-être, savoir se passer des livres, des immenses tours de Babel qu'ils dressent vers le ciel, pour retrouver la vox cordis chère à Pierre Boutang, fille du secret qu'il faut transmettre de la bouche à l'oreille. Je me dis aussi que 2666 est peut-être une tentative désespérée pour, en amassant une quantité monstrueuse de phrases, aboutir au silence, le silence de la destinée d'Archimboldi, le silence annonçant l'arrivée du géant en terre sèche du désert, le silence que ne peut manquer de poursuivre un romancier comme Bolaño. Je suis en train de lire Ce qui est écrit est écrit (Les provinciales, Cerf) d'Henri Du Buit, un essai étrange (bizarrement écrit, aux concaténations pour le moins souples, comme si écriture et style mimaient la fluidité de la conversation à laquelle ce livre aspire de toutes ses forces, sans pouvoir toutefois se résoudre à abandonner sa béquille incommode : l'écriture) qui, à la suite de Tu n'écriras pas mon nom, affirme que le malheur de l'Occident est de ne point avoir su conserver la réelle présence de la parole. Il croule donc sous les écrits, la Toile étant bien sûr, aux yeux de l'auteur, le dernier masque criard dont s'est affublée l'écriture aux milles visages. Si donc 2666 est le roman absolu, le roman-monde selon l'image qu'affectionnent les journalistes, La route de Cormac McCarthy est le roman de la sortie du roman, non point dans le sens ridicule que les Byzantins (ou les Algébrosistes, pour le dire avec Marcel Jousse) ont donné à cette expression, mais dans celui qui poserait comme but de l'écriture le silence.

Position mystique? Bien évidemment, nous sommes dans la Zone. Toute écriture véritable, c'est tout de même une banalité qu'il convient de redire, en reprenant le geste démiurgique du Créateur, affirme la prééminence d'une seule action, qui est une prière : la quête de Dieu, Parole qui est silence. Le silence, pas le mutisme, le silence qui est geste, savoir ancestral selon ce même Jousse (cf. son Anthropologie du geste), geste qui intime et fonde, qui consacre et élargit toute parole au royaume infini du silence, comme j'ai tenté de le montrer, sans mots c'est-à-dire obliquement (ou imparfaitement), dans mon Éloge de Mouchette illustré par les gestes magnifiquement filmés par la caméra de Malick.

Dans le roman de McCarthy, que les ânes ne lisent que comme une enquête romanesque sur les manifestations de l'irrationalité de l'homme lorsqu'il est dénué de sa qualité d'homme, le geste est bien la tentative première, désireuse même de se passer d'une immense tradition religieuse, de fonder l'Arche d'alliance. De fait, les derniers romans de McCarthy, à mesure qu'ils s'épurent, retrouvent une oralité qui ne peut aboutir qu'à cette conséquence: le triomphe de la parole, mimée par une écriture qui s'interdit les méandres de celle, ô combien savant, de Roberto Bolaño, devra à terme conduire le romancier américain au silence. Les ânes, toujours les mêmes, s'étonneront de cet échec apparent. Nul doute qu'ils n'invoqueront aussi, l'image est belle et surtout très commode, l'ombre tutélaire de Rimbaud, sans toutefois comprendre la nécessité absolue ayant mené McCarthy non pas en dehors de l'écriture et de la littérature, mais en son dernier recès qui est: le silence.

***

Bolaño est à placer, avec ce livre, parmi les plus grands romanciers. Cervantes (pas besoin de préciser je crois), Sterne (La vie et les opinions de Tristram Shandy), Potocki (Le manuscrit trouvé à Saragosse), Dostoïevski (tout ce qu'il a écrit), Borges (lui aussi, tout ce qu'il a écrit), Sábato (sa trilogie romanesque, surtout son dernier volet, L'Ange des ténèbres), Broch (Les Irresponsables), Musil (L'homme sans qualités), Canetti (Autodafé), Faulkner (Absalon, Absalon!, Parabole), Melville (Moby Dick), Conrad (Nostromo), Joyce (Ulysse), Corti (Le Cheval rouge), McCarthy (Suttree), certainement pas Vollmann. Gass? Non. Aucun français, mort (mais si: Proust) ou vivant mais un oublié tout de même, Paul Gadenne avec ses Hauts-Quartiers. Et, j'y songe tout à coup, La fosse de Babel d'Abellio. Qui s'étonnera, du reste, de pareille absence de romanciers français? Pas l'auteur de 2666 qui se moque des prétentions littéraires des écrivains français... vivants et disparus comme il se doit ou plutôt parqués dans un asile.

***

Cette volonté de servir dignement la littérature tout en la moquant est illustrée par un passage (pp. 889-896) de notre monstrueux roman, où Reiter, qui vient à peine de devenir le mystérieux Benno von Archimboldi, rend visite à un vieillard qui fut autrefois écrivain et qui va lui vendre une machine à écrire avec laquelle Reiter donc va écrire ses propres livres, accédant ainsi à une gloire bizarre puisqu'elle est le fait d'une poignée de lecteurs et de quelques érudits disséminés dans le monde qui considèrent l'auteur comme l'un des plus grands écrivains, peut-être même le plus grand, après Kafka toutefois. Dans ce long passage, histoire dans l'histoire (l'auteur multiplie de fait ces mises en abyme), l'ancien auteur explique sa curieuse théorie littéraire selon laquelle les écrivains mineurs n'existent tout simplement pas, si ce n'est sous le mode peu enviable de l'illusion optique ou, pour le dire sous forme de métaphore conclusive, en tant que camouflage (p. 896): «Jésus est l'œuvre maîtresse. Les voleurs sont les œuvres mineures. Pourquoi sont-ils là? Non pour faire valoir la crucifixion, comme certaines âmes candides le croient, mais pour la cacher».

Cette thématique de l'occultation, voisine de celle du camouflage (p. 891) est peut-être bien la marque du diable qui, selon José Bergamín, n'affectionne rien tant que de se glisser tout près, le plus près possible, de son Ennemi, jusqu'à s'accrocher aux flancs du Supplicié.

Mais 2666 n'est pas, à strictement parler, un roman sur le mal et nous n'aurons pas vraiment besoin de convoquer les livres d'auteurs qui, comme Enrico Castelli ou Erwin Reisner, ont étudié les techniques picturales utilisées par les artistes pour figurer le démon, afin de les appliquer à notre roman. 2666 est un roman sur la littérature, l'écriture, l'inspiration, la critique littéraire, les mystères de la destinée des hommes, singulièrement de ceux qui se mêlent d'écriture, le secret de la gloire d'une œuvre d'art justement, qui est d'éclore à l'abri des regards, entourée d'une multitude d'arbres communs qui cacheront aux importuns (ou aux distraits, ou aux imbéciles, ou aux critiques) ce qu'il importe vraiment de voir, donc de cacher et de protéger: «Il est nécessaire qu’il y ait beaucoup de livres, beaucoup de beaux sapins, pour qu’ils veillent du coin de l’œil le livre qui importe réellement, la foutue grotte de notre malheur, la fleur magique de l’hiver» (p. 891).

L'ancien écrivain qui raconte au jeune Benno von Archimboldi cette étrange histoire a tiré toutes les conséquences de sa curieuse théorie. Si l'art véritable n'a de sens que parce qu'il aspire à l'unicité absolue du génie, il est donc inutile de croire qu'un artiste ou un écrivain qui, dès sa première ligne, ne s'est pas fixé comme but de ruiner les vérités sacrées sera autre chose qu'un amateur: «Mais j’ai aussi su que jamais je ne parviendrais à approcher ou à pénétrer une œuvre maîtresse. Vous me direz que la littérature ne consiste pas uniquement en œuvres maîtresses, mais qu’elle abonde en œuvres qu’on appelle mineures. Moi aussi je croyais cela. La littérature est une grande forêt, et les œuvres maîtresses sont les lacs, les arbres immenses ou très étranges, les éloquentes fleurs précieuses ou les grottes cachées, mais une forêt est aussi constituée d’arbres normaux, de fourrés, de flaques, de plantes parasites, de champignons et de petites fleurs sylvestres. Je me trompais. Les œuvres mineures n’existent pas en réalité. Je veux dire: l’auteur d’une œuvre mineure ne s’appelle pas Machin ou Truc. Machin et Truc existent, il n’y a pas de doute sur ça, et souffrent et travaillent et publient dans des journaux et des revues et de temps en temps ils publient même un livre qui ne gâche pas le papier sur lequel il est imprimé, mais ces livres ou ces articles, si vous faites attention, ne sont pas écrits par eux» (p. 890).

L'inspiration est un leurre. Non parce qu'elle proviendrait de quelque redoutable Furie désireuse de mettre en pièces l'artiste, vieux conte à l'époque d'un Pétrarque mais parce qu'elle est l'émanation même de la littérature, c'est-à-dire de tous les autres livres, de tous les grands autres livres, puisque les petits n'existent pas, qu'ils ne constituent que la coquille de la littérature selon Bolaño. Ce pauvre écrivain, disons, l'écrivain commun, vous et moi, ne sera même absolument rien selon le vieillard qui poursuit: «À l’intérieur de l’homme qui est assis en train d’écrire il n’y a rien. Rien qui soit lui, je veux dire. Comme ce pauvre homme ferait mieux de se consacrer à la lecture. La lecture est plaisir et joie d’être vivant ou tristesse d’être vivant et surtout elle est connaissance et questions. L’écriture, en revanche, est d’ordinaire vide. Dans les entrailles de l’homme qui écrit il n’y a rien. Rien, je veux dire, que sa femme, à un moment, puisse reconnaître. Il écrit sous la dictée» (p. 891).

Sous la dictée des grandes œuvres bien sûr, des grands auteurs puisque «Toute œuvre mineure a un auteur secret, et tout auteur secret est, par définition, un écrivain d’œuvres maîtresses. Qui a écrit telle œuvre mineure? Apparemment, un écrivain mineur. La femme de ce pauvre écrivain peut en témoigner, elle l’a vu assis à sa table, penché sur les pages blanches, se tordant et faisant glisser sa plume sur le papier. Elle a l’air d’être un témoin irréfutable. Mais ce qu’elle a vu, ce n’est que la partie extérieure. La coquille de la littérature. Une apparence, dit le vieillard ex-écrivain à Archimboldi [...]. Celui qui en vérité est en train d’écrire cette œuvre mineure est un écrivain secret qui n’accepte que la dictée d’une œuvre maîtresse» (Ibid.).

Dès lors, l'écrivain ayant renoncé à écrire expose à Archimboldi sa conclusion la plus évidente: tout écrivain mineur est un plagiaire volontaire, heureux même. «Un plagiat, direz-vous ? Oui, un plagiat, dans le sens où toute œuvre mineure, toute œuvre issue de la plume d’un écrivain mineur, ne peut être qu’un plagiat d’une œuvre maîtresse quelconque. La petite différence est qu’ici nous parlons d’un plagiat consenti. Un plagiat qui est un camouflage qui est une pièce dans une scène bigarrée qui est une charade qui probablement nous conduira au vide (p. 893).

C'est dire, en quelques mots, que la littérature est uniquement constituée par ses plus hautes réussites. Tout concourt, comme dans la philosophie de l'histoire de Hegel, à cette splendide évidence, le triomphe de l'Esprit, ici, les grands romans. Tout, même les institutions chargées de trier prétendument le bon grain de l'ivraie: «Le jeu et l’erreur sont le bandage et le ressort des écrivains mineurs. Et aussi : ils constituent la promesse de leur bonheur futur. Une forêt qui pousse à une vitesse vertigineuse, une forêt à qui personne ne met de frein, pas même les Académies, au contraire, les Académies se chargent de ce qu’elle pousse sans problème, et les entrepreneurs et les universités (pépinières de clochards), les bureaux de l’État, les mécènes, les associations culturelles, les déclamatrices de poésie, tous contribuent à ce que la forêt pousse et cache ce qu’elle doit cacher, tous contribuent à ce que la forêt reproduise ce qu’elle doit reproduire, puisqu’il est inévitable qu’elle le fasse, mais sans jamais révéler ce qu’elle reproduit, ce qu’elle reflète doucement» (pp. 892-3).

Voici donc qui rassurera les mauvais éditeurs (ils se reconnaîtront; un indice : ils publient, justement, beaucoup de merde): quelle que soit la nullité recevant les suffrages de la critique, nous saurons que Tarik Noui n'est pas l'auteur de Serviles servants, qui a été écrit, bien avant que Noui ne regarde les premiers épisodes de la série Albator et, plus grand, le film de Francis Ford Coppola, par un certain Joseph Conrad.

C'est dire encore, pour inverser la célèbre proposition de Borges selon laquelle un «grand écrivain crée ses précurseurs», qu'un grand écrivain n'a même pas besoin de descendants puisque, une fois pour toutes, il remonte non seulement l'histoire, mais la parcourt, logiquement, d'arrière en avant.

C'est conclure, en un seul mot, qu'un grand artiste, que son chef-d'œuvre sont ceci : une singularité au sens astrophysique du terme.

***

Paraphrasant l'auteur (3), nous pourrions écrire que «Les personnages énigmatiques ou extravagants ne manquent pas, mais la figure centrale, celle qui se dresse solitaire au cœur du vertige et du balbutiement de la décennie maudite, est sans aucun doute Benno von Archimboldi».

Qui pourtant n'a rien de très franchement exceptionnel, comme s'amuse à le démontrer son inventeur, sans doute pour moquer les prétentions des critiques qui le voient en futur Nobel de la littérature.

Il y a donc un autre centre, caché, dans 2666: l'identité secrète (bien que fortement suggérée, émanation de réseaux mafieux liés à la drogue et au putanat de haut vol) des meurtriers des centaines de jeune femme? La ville de Santa Teresa, parangon d'une ville moderne et inhumaine? La traversée du siècle passé avec l'histoire d'Archimboldi? Le Mal déchaîné par les Nazis, qui ne semble pas beaucoup plus terrifiant que celui rongeant Santa Teresa? Quelque livre au titre mystérieux, qu'un des personnages accroche, superstitieusement, à une corde à linge? Le géant hantant les rêves du neveu et de la propre sœur d'Archimboldi, qui est bien sûr et qui n'est pas Archimboldi? Je ne le sais pas. Il me faut relire ce livre et, même après l'avoir relu, je ne suis pas certain de pouvoir donner une réponse. Cette absence de réponse n'a bien évidemment aucun lien avec l'inachèvement fort relatif de 2666 qui me semble au contraire étonnamment structuré.

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J'ai parlé de nullité de la critique française, sur ce roman (comme en général d'ailleurs). Ce n'est point une affirmation gratuite, hélas.

Voici quelques exemples de critiques anglo-saxonnes, espagnoles (et latino-américaines) et même italienne. Le lecteur confrontera ce texte aux bluettes parues dans les principaux quotidiens de langue française et jugera si je me trompe.

The New York Times Book Review.
Times Literary Supplement.
La Stampa Tuttolibri.
La Tercera (Chili).

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«Ils parlaient de Pélagie, une actrice de théâtre d’Antioche, laquelle, dans son apprentissage du Christ, change plusieurs fois de noms, se fait passer pour un homme et adopte d’innombrables personnalités, comme si dans un transport de lucidité ou de folie, elle avait décidé que son théâtre était toute la Méditerranée, et sa seule et labyrinthique œuvre, le christianisme» (p. 977). Je crois que si, à la place du mot christianisme, nous mettons celui de littérature, nous aurions la plus parfaite description de la destinée fulgurante de Roberto Bolaño.



Notes:

*Sans autre mention, les références des pages renvoient à 2666 (Christian Bourgois, traduction de Robert Amutio).

(1) Siegfried Kracauer, L’histoire des avant-dernières choses (Stock, coll. Un ordre d’idées, 2006), p. 291.
(2) Ibid., p. 293.
(3) Étoile distante (Christian Bourgois, coll. Titres, 2006, traduction de Robert Amutio), p. 134.












martes, 27 de mayo de 2008

sábado, 24 de mayo de 2008

"Los detectives salvajes" de Bolaño será llevada al cine

Emol. 23.05.2008













SANTIAGO.- La novela "Los detectives salvajes" del fallecido escritor chileno Roberto Bolaño, que fue considerada una de las diez mejores publicadas el 2007 por el New York Times, será adaptada al cine a cargo del prestigioso productor mexicano Jaime Romandia.

Romandia, quien el 2005 fue nombrado por Variety uno de los "10 productores a los que estar pendientes", ha trabajado de forma cercana con el realizador Carlos Reygadas, con quien colaboró en los elogiados filmes "Batalla en el cielo" (2005) y "Luz silenciosa" (2007). La película, en todo caso, será dirigida por Carlos Sama, quien tiene sólo un largometraje en su filmografía: "Sin ton ni Sonia" (2003). Ha recibido algunos galardones por cortometrajes.

De acuerdo a Variety, la cinta estará en las manos de la productora mexicana Cadereyta, propiedad de Romandia, en conjunto con Mantarraya Producciones. La idea de los realizadores es reunir un elenco de actores latinoamericanos y también involucrar a Chile en el proceso, por lo que existen negociaciones con MC Films para participar como coproductora.

"Estamos tratando de tomar ventaja de oportunidades de coproducción para abrir el cine mexicano. La primera película de Carlos Reygadas 'Japón' sugirió que se podía hacer una película sin tener que ir a escuelas de cine formales con un presupuesto mínimo", aseguró Romandia.

Seis películas producidas por Romandia, incluidas sus tres colaboraciones con Reygadas, han terminado siendo exhibidas en distintas muestras del Festival de Cannes.













viernes, 23 de mayo de 2008

Un detective salvaje

por Gonzalo León
La Nación. 16.04.2007


















El Viernes Santo me invitaron a un bar. Según Jaime Pinos, el bar habitualmente está cerrado en esos días, pero que esta vez habrá una excepción, sólo por nosotros, aclara. Me pregunto qué clase de cofradía o secta puede hacer abrir un bar en Viernes Santo. Inmediatamente me vienen a la mente los masones. ¿O sea que Jaime es masón?

Detengo un taxi y mascullo la dirección. El chofer me responde con un ah, usted va a la reunión. Paranoico, pienso que a lo mejor no se trata de una cofradía, sino de una confabulación en mi contra. Quiero bajar del auto, pero ya ha tomado velocidad por Diagonal Paraguay, luego por Rancagua. En medio de las luces, diviso un restaurante chino al que siempre he querido entrar sólo por su nombre: Cam Xiong, ubicado en Bilbao con José Manuel Infante. Llegamos, anuncia el chofer. Intento pagar, pero el taxista se niega a recibir mi dinero, cosa que me hace anotar esto en una libretita.

Me encuentro en las afueras del bar en cuestión que, pese al anuncio de Jaime, está con las cortinas abajo. Era sólo una broma, pienso para mi tranquilidad; pero luego, cuando me encamino hacia Providencia, observo una cortina levantada y luz adentro. Soy curioso, así es que ingreso. Un hombre vestido de blanco me dice lo estábamos esperando, señor León. Me dejo guiar hasta una mesa en donde se encuentra Jaime y diez personas más. Intento sentarme, pero mi guía dice aquí no, es allá. Lo esperan. Miro para todos lados y no veo ninguna mesa ocupada, a no ser que me esté esperando el hombre imaginario.

De pronto, alguien grita por aquí. Y una figura inmensa, muy parecida a Little Johnny, el fiel compañero de Robin Hood, me tiende la mano a través del aire. Mi nombre es Juan Esteban, pero Roberto me decía García Madero. Imagino entonces que este tipo, que posee un extraño acento, se llama Juan Esteban García Madero. Tomo asiento.

Juan Esteban me pregunta si quiero cerveza, a lo que contesto sí. La cerveza se desliza lentamente por mi mente, a medida que desaparece del vaso.

Como no sé qué hago aquí, espero a que Juan Esteban me explique. Pero Juan Esteban habla de poesía, de poesía mexicana, de infrarrealismo, ¿tú sabes qué es eso, no es cierto?, luego nombra a Mario Santiago, a José Rosas Ribeyro, a un tal Roberto Bolaño. Y cuando nombra a este Bolaño, que no es el comediante, aunque convengamos que el comediante publicó hace poco su libro de poemas, por lo que podríamos decir que la única diferencia entre esos Robertos es la “s” del apellido del comediante.

Bueno, cuando nombra a este Bolaño, se detiene, me mira fijamente a los ojos y me cuenta que, pese a que está muerto, tiene un serio problema con él. Como nunca he tenido problemas con los muertos, le digo que no creo en fantasmas y estoy a punto de irme. Juan Esteban me dice entonces que en realidad es un personaje de una novela de ese tal Roberto Bolaño. No entiendo, le digo, y él se exalta y grita no sé por qué a la gente le cuesta entender lo difícil que es ser García Madero en “Los detectives salvajes”.

Pienso que este tipo está loco. ¿Cómo alguien puede pensarse personaje o protagonista de una novela? Juan Esteban explica entonces que él conoció a Roberto en los ’70 en México y que en “Los detectives salvajes” él nombra a muchos amigos de esa época.

Ahora sí que no entiendo cuál es el problema. Juan Esteban exclama de pronto me carga que me escriban. Bueno, ¿y yo qué puedo hacer al respecto? Di en tu diario que me carga que me escriban, dilo, por favor, porque esto no es agradable, digo que te escriban, porque lo escrito, escrito está. A lo que me refiero es que las palabras nunca tienen relato con la realidad y eso, no sé por qué te cuento esto, bien lo sabe mi esposa.













domingo, 18 de mayo de 2008

El detective salvaje

por Rodrigo Fresán
16.07.2003













UNO Escribir necrológicas no es otra cosa que desarmar al vivo para ensamblar al muerto. Pocas ganas de hacer eso con Roberto Bolaño. Y muy difícil: Bolaño era una persona definitivamente viva. Por eso, porque se lo merece, porque es lo único que sale a la hora de su todavía inverosímil muerte, mejor, una vitalógica antes que una necrológica.


DOS La clave tal vez esté en el título de su libro más famoso. En eso de Los detectives salvajes caben tanto el profesional de la fría deducción como el ser que se mueve por puro instinto y fuera de los límites de lo civilizado. Así es la literatura de Bolaño. Así seguirá siendo: un torrente donde cantan las bestias más líricas y razonan los cerebros más poderosos. Y escribo esto en el amanecer del martes, hace un rato que llamaron para avisar de su muerte y abajo, en la calle, un hombre golpea y le grita “¡Háblame!” a un teléfono público que no le responde. Una inequívoca escena de un libro de Bolaño. Un último y respetuoso homenaje de la realidad a sus ficciones.


TRES Bolaño muere luchando y escribiendo. Bolaño muere en activo y en el momento justo de su gran despegue internacional, con todavía mucho para contar, para seguir contando. Días atrás, Bolaño era tapa del suplemento de Libération, Le Monde le dedicaba una página entera, Susan Sontag y el TLS saludaban con euforia su edición en inglés, y –en su última aparición pública, en un reciente congreso de nueva literatura latinoamericana en Sevilla– había quedado muy claro que toda una generación lo consideraba su tótem así como el mejor ejemplo posible a seguir. Una de esas noches —días antes de ser internado– Bolaño ofreció una espontánea y magistral clase en el arte de narrar: Bolaño repitió una y otra vez un chiste malísimo –que a él le parecía formidable– con mínimas variaciones o con drásticos cambios sin por eso alterar en nada la trama de ese chiste. No exagero si afirmo que ahí y entonces se pudo aprender mucho más que en años de taller literario. El vacío que nos deja es un vacío sin remate ni gracia. Por su parte –no es chiste–, Bolaño estaba poniendo a punto su mega-opus de más de mil páginas titulada 2666 y acababa de entregar a su editor el libro de cuentos El gaucho insufrible. Allí, la Argentina aparece de muchas maneras. A Bolaño le intrigaba y le apasionaba la Argentina. “Ese país donde hasta los escritores pésimos saben escribir”, definía. Y no hace mucho tiempo, en un ciclo cultural, Bolaño había leído un texto genial y demoledor –”Derivas de la pesada”– en el que recorría toda la literatura argentina como si se tratara de una casa. Una casa tomada donde los escritores aparecían en forma de muebles, de objetos, de electrodomésticos. Borges estaba en todas partes. Eso sí: Bolaño era muy pero muy malo a la hora de imitar el acento argentino.


CUATRO El problema, claro, es que Bolaño te llamaba por teléfono, con pésimo acento argentino, y –aseguraba él– imitando a la perfección a alguien a quien nunca había visto u oído y del que apenas conocía el nombre. Para colmo, por lo general, las personas a las que aseguraba calcar al detalle eran mujeres argentinas. Después, enseguida, vencido, asumía su acento de Bolaño en conversaciones larguísimas donde podían entrar sin dificultad los decadentes hábitos culinarios de algún César; las últimas investigaciones sobre el crimen de la Dalia Negra (lo que lo llevaba a James Ellroy); Irak; el final de El sexto sentido (Bolaño no iba al cine, consumía videos; y entonces tenía casi todo un año para atormentarte con sus delirantes hipótesis sobre el final de esa película –”Ya sé: el niño es vampiro, ¿no?”– y tantas otras); las teorías psicotemporales a la Philip K. Dick (que, en más de un caso, compartía); las novedades en la última edición de “Gran Hermano”; y, claro, todo aquello que a uno le preocupaba: porque Bolaño no era sólo un enorme escritor, también era un amigo inmenso.

O, si no, bajaba desde su casa en Blanes y te tocaba el timbre de golpe y sin previo aviso (una vez temblando y asegurándome que acababa de matar a un skinhead en una pelea en el metro... ¡¡¡y yo le creí!!!) y de ahí a un bar a conversar –sin acento argentino– sobre tantas otras cosas. La última vez teorizó acerca de que el próximo gran salto evolutivo del hombre sería artificial y no natural: los hombres se autoconvertirían en máquinas para así poder alcanzar las tan lejanas estrellas y “no depender de esta porquería de cuerpo que nos tocó”, gruñó. En realidad, claro, Bolaño hablaba de su enfermedad; y ése fue uno de esos momentos. Le dije que sonaba como el replicante Roy Batty de Blade Runner. Bolaño sonrió y dijo: “¿Verdad que me ha salido bonito?” y se fue a pasear un rato por ahí.


CINCO En Tres –su último libro de poesía- Bolaño se despide con un largo texto titulado “Un paseo por la literatura”. Allí, Bolaño sueña que “era un viejo detective latinoamericano y que una Fundación misteriosa me encargaba encontrar las actas de defunción de los Sudacas Voladores”. Allí, Bolaño se presenta como un investigador de libros en llamas, un visitador de países enfrascados en batallas floridas, un médium de escritores extraviados pero unidos para siempre por los estantes de su biblioteca. “Soñé que era un detective viejo y enfermo y que buscaba gente perdida hace tiempo. A veces me miraba casualmente en un espejo y reconocía a Roberto Bolaño”, dijo allí.Ahora, Bolaño –sudaca volador que nació en Chile en 1953 pero murió en el universo en el 2003– es parte de ese paseo. Y nos corresponde salir a buscarlo y reconocerlo. No será un caso difícil: Bolaño –como Borges– estará en todas partes, en todos esos libros que escribió y en todos esos libros que no llegó a escribir pero, aun así, siempre al frente y en el frente, peleando y peleándose.

En sus últimos tiempos, Bolaño jugueteaba con la idea de armar una antología de nueva literatura latinoamericana. Primero pensó en llamarla Continente pero, enseguida, le divirtió el título de Invasión y formar a sus elegidos como si se tratara de una unidad de combate: “Unos pocos y muy calificados comandos/ninja, algunos cuantos marines, y el resto... ¡a la Cruz Roja!”, se reía a carcajadas.

Descansa en paz, Roberto. Tus libros seguirán dando guerra. Siempre.












martes, 13 de mayo de 2008

Roberto Bolaño, in memoriam

Premio póstumo por su monumental novela 2666
Página 12. 08.07.2005









2666, la novela póstuma del escritor chileno Roberto Bolaño, fallecido hace dos años en España, fue galardonada en Santiago de Chile con el Premio Municipal de Literatura. El premio en la categoría de novela fue decidido de forma unánime por el jurado, integrado por Poli Délano, Alejandro Zambra y Luz Ángela Martínez, que además concedió una mención honrosa a La Burla del Tiempo, de Mauricio Electorat. El año pasado, la obra ganadora fue El Baile de la Victoria, de Antonio Skármeta. El Premio Municipal está dotado de 2 millones de pesos chilenos (unos 9 mil de los argentinos) y será entregado a finales de este mes en la capital chilena.

Los demás ganadores del Premio Municipal 2005 fueron Pretérito Presente, de Carlos Iturra, en la categoría Cuento; Historia general de Chile II (Los Césares perdidos), de Alfredo Jocelyn-Holt, en Ensayo, y Libro de Atanasio Beley, de N. Miquea Salas, en Poesía. Este año se incorporó por primera vez el premio a la narrativa infantil, otorgado al libro Amarilis, de Ana María del Río.
Roberto Bolaño, considerado por la crítica, sus colegas y lectores como una de las voces más originales de la narrativa hispanoamericana actual, murió el 15 de julio de 2003 mientras esperaba un trasplante de hígado en un hospital de Barcelona. Sus cenizas fueron esparcidas en la localidad catalana de Blanes, donde pasó los últimos veinte años de su vida. El autor de Los Detectives Salvajes (Premio Herralde de Novela 1997, Premio Rómulo Gallegos 1998), Putas Asesinas, Amuleto y Nocturno de Chile, entre otras obras, había dejado expresado su deseo de que 2666 fuese publicada en un único tomo. Así se hizo: la obra recientemente editada por Anagrama tiene 1119 páginas.












jueves, 8 de mayo de 2008

Ruta de un detective salvaje en el D.F.

por Andrés Muñoz



El 15 de julio se cumplieron cuatro años de su muerte. Pero, de una u otra forma, Roberto Bolaño sigue vivo. Sobre todo en Ciudad de México, escenario clave en la vida y libros de este escritor chileno. Allí se ambientó su premiada novela "Los detectives salvajes". Y allí también se mantienen en pie -a duras penas- las calles, bares y plazas que Bolaño visitaba en los 70 y por los cuales hizo incluso desfilar a sus personajes. Cuando iba a estos sitios, Bolaño no se movía solo. Junto a él caminaba un grupo de poetas infrarrealistas, que hoy se atreven aquí a reandar la ruta. Entre nostalgias y unas disimuladas gotas de rabia.




La imagen está detenida en el tiempo. Ciudad de México, mediados de los 70. Una tarde muy fría. Parado al lado de un banco, un tipo crespo y de anteojos lleva a cuestas un morral, casaca de cuero, jeans gastados y botas. Está de pie, porque nunca se sienta. En una mano sostiene un taco comprado en la calle; en la otra, incómodo, varios libros. Mordisquea su taco y fuma Delicados, su marca predilecta de cigarros y los más baratos. Lo hace todo al mismo tiempo. Siempre con frío. Y siempre de pie.

Así recuerdan en el D.F. a Roberto Bolaño quienes lo conocieron a fondo. Sus amigos más íntimos. Entre ellos estaban Juan Esteban Harrington, José Peguero y Guadalupe Ochoa, tres poetas que fueron y aún son parte del movimiento infrarrealista, al cual también perteneció el escritor chileno y que es el pilar de su novela Los detectives salvajes. Estos tres mexicanos estuvieron con Bolaño en su juventud y fueron convertidos en personajes de la premiada novela: Harrington en Juan García Madero, Peguero en Jacinto Requena y Guadalupe en Xóchitl García.

Pese a los años que han pasado, dicha situación -ser personajes de la novela de Bolaño- no deja de incomodarlos un poco. Según ellos, esto fue un juego literario, pero también una falta a la lealtad y a la confianza del grupo. A la amistad que tenían. "Yo sé que García Madero soy yo, todo está moldeado a la verdad. Yo tenía 17 años ¡y el auto Impala que sale era el mío! Pero hay cosas inventadas y traiciones, y eso nosotros lo reconocemos en el papel", señala Harrington, quien junto a Peguero realiza un documental del infrarrealismo. Para mostrar que siguen vivos.

Pero hoy, en pleno Zócalo del D.F., los tres están reunidos por otros afanes: revivir, como en una máquina del tiempo, los pasos de Arturo Belano -álter ego de Bolaño en Los detectives salvajes- y los "infras" en la capital mexicana. Con las mismas paradas que juntos hacían en la década del 70. Los detectives salvajes salen otra vez de cacería.


De chelas a escribanos

Primera parada: bar El nivel, a un costado de la Catedral. Entre niños que se pasean con máscaras de lucha libre y cientos de postales de la Virgen de Guadalupe que tapizan la acera, se vislumbra una pequeña puerta. Los infrarrealistas entran. "No ha cambiado mucho" dice Peguero, mientras observa antiguas fotos blanco y negro de la ciudad que decoran los añosos muros del lugar. Hay mucha gente, más hombres que mujeres. Todos con un vaso de cerveza en la mano. "Por lo menos ahora entran mujeres, antes debíamos disfrazarnos para entrar", explica Guadalupe, y se toca su pelo corto. El aire aquí huele a maíz frito y al cuero de los viejos sillones. Los tres poetas se sientan.

"Roberto no tomaba tequila; una cerveza quizás, pero cuando decía 'vamos a tomar' no tomaba. Prefería la 'Chesco light', una bebida malísima, destilado del cactus", recuerda Harrington. Un ventilador del techo espanta el humo de los cigarros de los "infras", quienes recuerdan que Bolaño era algo tacaño: "Cuando ofrecía fumar, cortaba los cigarros por la mitad. Lo mismo hacía con los huevos al desayuno, sus medio-huevos eran clásicos. ¡Éramos miserables, pero no tanto!". En este bar, "la primera cantina de la ciudad" según reza un pequeño cartel, antes había una canaleta al lado de la barra, para que los borrachos se desahogaran sin moverse de sus asientos. Hoy deben ir al baño.

Es hora de volver a caminar. Igual que hace 30 años, donde junto con Bolaño recorrían diariamente 15 km por el D.F. En el trayecto, se oyen rancheras que salen de los locales ambulantes. "¿Qué escuchaba Roberto? A Kiss y a Lou Reed. Tenía patinadas con la música, le gustaba el rock de vanguardia", dice Peguero. Después de diez minutos, los pasos se detienen en la esquina de las calles Argentina y Dorceles. Allí estaba el departamento de Bruno Montané -Felipe Müller en la novela-, otro "infra" chileno, hijo de exiliados, que conoció a Bolaño en el México de los 70 y que hoy vive en Barcelona. Es un edificio con fachada de ladrillo, moderno para ese tiempo: tenía hasta ascensor. El departamento era muy amplio, sin ventanas y podían entrar 50 personas. O 50 "infras", para ser más precisos. "Nos reuníamos todos apretados. Ahí se fue formando el grupo, incluso ahí le pusimos el nombre a Piel Divina, el personaje del libro", explica Guadalupe, quien saca una foto en un arrebato de nostalgia.

Durante la caminata, los tres poetas se detienen cada segundo: un recuerdo, una anécdota, un abrazo, una foto. Hace tiempo que no repetían esta bitácora. Por fin llegan a la Plaza de Santo Domingo, o de los "Escribanos" como le dicen ellos. Allí, ancianos con máquinas de escribir antiguas se dedican a redactar cartas de amor a pedido de campesinos que vienen de otros pueblos. "La primera máquina de escribir de Roberto era una de ésas, pero roja. Cuando amanecía -recuerda Peguero-, veníamos a la fuente de la plaza para ponernos presentables, nos lavábamos la cara y despertábamos después de una noche de copas. También era todo un panorama sentarse a escuchar lo que la gente pedía en sus cartas, son verdaderos poemas".


Habana Club

"Era demasiado tarde. Ya no pasaba ninguno, así que decidimos tomar juntos un pesero hasta Reforma y de ahí nos fuimos caminando juntos hasta un bar de la calle Bucareli, en donde estuvimos hasta muy tarde hablando de poesía" cuenta García Madero en Los detectives salvajes. Hoy, Harrington -o García Madero- está vestido de negro. Tiene varios kilos de más y está calvo. Y sigue fumando sin parar, un código que él, Bolaño y los otros "infras" nunca rompieron. Harrington y su colegas llevan media hora caminando desde el Zócalo. Se detienen en las calles Reforma con Bucareli, las mismas del libro. Los bares y almacenes están remodelados. Excepto uno.

El café La Habana, o café Quito para los lectores de la novela bolañista, es popular entre detectives, abogados y periodistas. Tiene muchas historias, como haber sido centro de reunión del Che Guevara y Fidel Castro. "Nos sentábamos al fondo y a la izquierda, en una mesa doble. Ese era nuestro sagrado sitio. A veces Roberto venía sin sus lentes y no nos veía al entrar, y teníamos que ir a buscarlo a la calle", cuenta Peguero. Ya no están las mismas meseras, que fueron inspiración de tantos poemas y discusiones. "Escribíamos como locos, poemas de 28 cuadrillas con pasión y fuerza. Y todo aquí mismo y en el momento", dice Harrington. En este café las charlas trataban de literatura, política, cine y mujeres. "Eran algo machistas, no sólo por hablar de mujeres, sino porque ellos se creían más importantes. A veces nos dejaban de lado", se queja Ochoa, sentada en la misma mesa de antaño. Piden unos tragos y un plato de "chiles toreados", sólo para valientes. "Antes sólo tomábamos café y banderilla, un pan dulce. Eran muy lindos esos días, había un sentido de la belleza y la pureza que era muy determinante en nuestra vida. Vivíamos nuestra poesía de esa forma. Nunca hemos dejado de querer esos momentos", recuerda Harrington con la voz cortada.

La mesera trae la cuenta, mientras sobre la mesa hay un ejemplar de Los detectives salvajes que nadie se molesta en abrir. Los tres "infra" lo ven con indiferencia. Como si no existiera. Sólo Harrington atina a decir: "Mientras conversábamos, Roberto sacaba su libreta y con su letra chiquitita anotaba lo que serían las historias de su novela. Y es que son escritos nuestros, los vivimos, los dijimos, todos participamos". Un breve silencio recorre el salón color crema.

Afuera, a pocos pasos, está el cine Bucareli. "Ahí veíamos películas clase B, donde los senos de las actrices se veían de cuatro metros", explica Peguero, sin darse cuenta que hoy los carteles sólo anuncian el estreno de Harry Potter 5. También está el monumento del Reloj y la esquina donde estaba la Pizzería del Gringo -otro lugar reconocible en la novela-, reemplazada por una gran casona. "Comer pizza en esa época no se acostumbraba, pero Roberto siempre lo hacía, fue un precursor", dice Harrington. De vuelta a la ruta, siempre en el centro de la ciudad, pasan varias cuadras entre Reforma y Juárez. En una de ellas, no muy lejos del Palacio de Bellas Artes, estaba la antigua librería El Sótano, ahora demolida. Era el antro del robo de los "infras": guardaban la mercancía en las chaquetas y salían corriendo como si hubiesen visto al demonio.

Cruzando Juárez, detención en otro espacio obligado: el Correo. "Veníamos a escribir para participar en concursos literarios o lo que fuera", recuerda Peguero, mientras mira a este gigante edificio de estilo clásico. Como añorando los tiempos donde no había e-mail.


Ese hígado de Bolaño

"Creo que se puso Arturo Belano en honor a su amiga Bárbara Délano -hija del escritor Poli Délano, fallecida en un accidente aéreo en 1996-, pues la quería mucho", especula Harrington sobre el álter ego de Bolaño en Los detectives salvajes. Fue este personaje quien en el libro hizo un discurso sobre películas de terror en La Casa del Lago, un centro cultural que sigue en pie en el Bosque de Chapultepec, el pulmón del D.F. Allí también los infrarrealistas irrumpieron para molestar a su enemigo Octavio Paz, en un recital poético. Hoy La Casa del Lago sigue igual, escondida entre pinos, ardillas y pájaros. Con sus pilares blancos frente a un lago. "Llegar ahí es muy padre, no te quieres ir, es inhóspito", señala Peguero. Todavía se hacen recitales. Un aviso en una solitaria pizarra, con letras a color, lo confirma: "Lectura de cantos: sábados y domingos. En el bosque de la imaginación".

De vuelta al Zócalo. Son varios kilómetros, pero a nadie le importa. En el camino aparecen los clásicos "cafés de chinos", tan nombrados en la novela de Bolaño. Sobre todo El Popular, que carga 60 años de existencia. Es un local abierto las 24 horas, que antes era atendido por chinos y cuyos clientes eran estudiantes o trabajadores por sus bajos precios. La carta se remite al café con leche y a platos mexicanos en versión oriental. "Cuando había para comer, éste era el lugar: harta gente y bueno", explica Peguero. El sitio es pequeño y el tiempo vuela mirando la experticia de los mozos en los embaldosados pasillos, siempre con un amable "¿mande?" a flor de labios.

La parada final de la ruta es la casa de Roberto Bolaño. Los "infras" quieren ir a pie, pese a que cargan 50 años encima. Pero al final deciden usar el metro, hasta la estación Balderas. Mientras camina, Harrington hace recuerdos: "Roberto era algo hígado, que acá significa ser pesado, desagradable. ¿Qué irónico, no? Recuerdo cuando se ensombrecía: bajaba un poco el mentón, se echaba para atrás y empezaba a tirarte mierda. Tenía un humor seco y duro. También era algo ególatra, pero igual era un cuate, lo queríamos". Según sus amigos poetas, Bolaño era una especie de André Breton, que siempre quiso ser líder del grupo. Sin serlo. Peguero dispara: "Era un gran amigo, escribía muy bien. Quizás para su novela no debió inventar ciertas cosas, y haberse preocupado más de promover el amor y la continuidad del movimiento".

El grupo camina por la calle Abraham González, dobla en Versalles al topar con Berlín. Allí, donde estuvo la casa de Bolaño, hoy se levanta una casona de ladrillo. Ya no existe el departamento del escritor, ubicado en el cuarto piso de un edificio que fue demolido. La calle sigue siendo muy residencial. Cerca, se ven fábricas nuevas y una clínica automotriz. Más allá, en una gran avenida, un Mc Donald, farmacias y un teatro que presenta el musical "Los productores". Los tres detectives salvajes saben que el tiempo terminó. Que deben emprender la marcha de regreso. Se despiden, no entre ellos -se ven seguido-, pero sí de aquel otro infra que los miró, los investigó y escribió sus vidas. Aquel que, en la página 21 del libro, en la voz y diario de García Madero, escribió un 7 de noviembre: "La Ciudad de México tiene catorce millones de habitantes. No volveré a ver a los real visceralistas, ahora estoy leyendo a los poetas mexicanos muertos, mis futuros colegas".













jueves, 1 de mayo de 2008

2666

por Vladimir Vera















Roberto Bolaño declaró una vez que para reconocer una obra de arte, la misma tenía que ser traducida a algo capaz de hablar a todos los seres humanos. Bolaño, el último escritor maldito de Latinoamérica, dejó antes de su muerte en Barcelona, en el año 2003, un testimonio salvaje, donde muestra su visión de la muerte, el amor y el desarraigo que experimenta el inmigrante. Hablo de la novela póstuma, inacabada, de más de mil páginas, 2666. Esta obra literaria fue (en una odisea titánica) adaptada al teatro por Pablo Ley y Álex Rigola, en una pieza dividida en cinco partes y presentada en el Teatre Lliure de Barcelona.

La obra nos muestra a un coloso teatral de casi 5 horas de duración, o 5 piezas llevadas con maestría por el veterano director Álex Rigola.

La primera parte llamada “La Parte de los críticos”, recuerda los montajes de Peter Brook, por el bien llevado uso del espacio vacío, dándole importancia primordial a la palabra; es una clase magistral de literatura y el público se sumerge en la búsqueda incansable de un escritor creado por Bolaño (recordándonos su gran novela Los detectives salvajes), esperando descubrir el paradero del escritor Benno von Archimboldi, gran hilo conductor de la historia.

Luego Rigola nos transporta a la segunda parte: “La parte de Amalfitano”, ubicándonos en Santa Teresa, un pequeño poblado de México. Transitamos por varias historias desde el patio trasero de una casa mexicana, y se nos revelan los horribles asesinatos del estado de Sonora, donde cientos de mujeres han muerto y aún se desconoce su asesino.

Tercera parte: “La parte de Fate”. En una puesta escénica casi claustrofóbica, vamos de la mano de un periodista afro-americano de New York, por la vida mexicana y sus excesos, y vemos cómo, dentro del caos, puede florecer el amor como una flor en el desierto.

Cuarta parte: “La parte de los crímenes”. A mi juicio Rigola llega al cénit de la obra en este instante. Vemos la muerte riéndose en nuestra cara, apretándonos de manera inclemente al cuello, sin poder hacer absolutamente nada, paseándonos de manera descarnada por la insensibilidad del hombre, mientras el sufrimiento de las víctimas de los asesinatos de Sonora se mete por cada poro de nuestra piel. El clímax de la obra florece en esta parte, y el director se pasea de manera tímida por el teatro de la crueldad. Las cruces se quedan tatuadas en nuestra memoria.

Quinta y última parte: “La parte de Archimboldi”. Un hermoso y poético epílogo. Cerramos la obra y la búsqueda incesante con imágenes salpicadas de belleza.

Las actuaciones son uniformes. Cada actor brilla y se destaca de manera creíble y fascinante. Cabe destacar de manera positiva el trabajo escenográfico de Castells Planas de Cardedeu, que nos transporta a cinco realidades diferentes del universo de Bolaño. 2666 se presenta como un trabajo del Teatre Lliure, donde se da esa traducción de la obra de arte enunciada por Bolaño que apuntaba al principio de este texto, reconciliándonos con el hecho teatral, y dejándonos con ganas de conocer el siguiente trabajo de Rigola.